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Decir que el fracaso escolar es cosa de las familias es saber muy poco de educación

Fue en los años 80 cuando Shirley Brice-Heath publicó su maravilloso libro Ways with words. Era el informe de un estudio etnográfico realizado en 3 comunidades de Carolina del Norte, dos rurales y una urbana. La diferencia entre las dos comunidades rurales es que una de ellas era fundamentalmente afroamericana y la otra “blanca”. En la urbe había de todo, como en todas las urbes. Pues bien, Heath estuvo haciendo observación participante en las tres comunidades sobre los usos que se hacían en familia del material impreso (libros y otros útiles escritos). También estuvo observando lo que ocurría en la escuela urbana a la que acudían niñas y niños de las 3 comunidades. El fracaso escolar era mucho mayor entre niñas y niños rurales de ambas comunidades que entre niños y niñas urbanas. 

¿Por qué? se preguntó la investigadora. Porque las personas que investigan se hacen preguntas y buscan su respuesta. Solo los charlatanes hacen afirmaciones tajantes sin comprobar su veracidad. Después de un tiempo de inmersión en las comunidades, de recoger datos, sumergirse en ellos, analizarlos e interpretarlos, Heath llegó a la siguiente conclusión: el discurso que empleaban las familias urbanas en la interacción con sus hijas e hijos sobre los materiales escritos (cuentos, revistas y libros) era similar, por no decir igual, al que se desarrollaba en la escuela. Sin embargo, las madres y padres de las otras dos comunidades hacían cosas muy distintas a las que hace la escuela con las palabras.

 Una de las comunidades usaba los artefactos escritos mayoritariamente en contextos religiosos y los tomaban al pie de la letra, como algo sagrado e inamovible. La otra era una comunidad fundamentalmente oral, que nunca hacía preguntas cerradas a sus pequeños y valoraba la reflexión y la búsqueda autónoma de soluciones en la vida. La forma en que niñas y niños se implicaban en situaciones de enseñanza-aprendizaje en sus contextos de origen era radicalmente diferente a las formas que imponía la escuela de la ciudad. Las relaciones en las que estaban implicados materiales impresos en el contexto escolar estaban dominadas por la secuencia discursiva IRE (Interrogación-Respuesta-Evaluación) (En este otro post hablo de la secuencia IRE). Seguro que todas sabéis que es eso. Sí mujer sí, mira: 

– ¿Cuanto son 2+2? (I)

– ¡¡¡¡Cuatrooooo!!!! (R)

– ¡Muy bien!  (E)

Esta forma de discurso, dominante en el discurso escolar urbano, era absolutamente extraño para las niñas y niños que venían del ámbito rural. Literalmente, no sabían participar en estas secuencias. Y cuando no sigues el discurso mayoritario del grupo, el fracaso está asegurado. Si no sabes someterte al discurso de la evaluación escolar, la evaluación será negativa, sin duda. 

Todo esto ya lo apuntaba Bernstein en su obra centrada en la sociología de la educación, Freire en la Pedagogía del oprimido, así como tantos autores que se han preocupado por comprender por qué las niñas y niños de clases sociales desfavorecidas fracasan en la escuela. Y todos ellos acaban apuntando a lo siguiente: son los profesionales los que tienen que buscar la CONGRUENCIA con las prácticas familiares y culturales no dominantes. No podemos exigir a todas las familias que se adapten a los códigos de las clases dominantes. Debe ser la institución escolar la que se amolde a las diferencias de sus estudiantes. Debe ser la escuela, plagada de profesionales en educación, la que aporte soluciones educativas a estas diferencias. Y si no, pues la verdad, no sé para qué sirve la escuela. 

Unas familias tienen ordenador, otras no. Unas familias tienen las casas plagadas de libros, otras no. Unas familias tienen acceso a montañas de recursos culturales, otras no. Unas familias tienen la suerte de no tener ningún problema, otras no. Decir que son estas desigualdades el origen del fracaso escolar es como decir que la escuela no sirve para nada. Que una persona tenga que ser de clase media, con una familia exquisita y nuclear y sin ninguna rareza en la forma de procesar la información para tener éxito en la escuela es tirar por tierra la verdadera labor educativa. Admitamos que el único mérito de la escuela sería conseguir que esos niños y niñas que vienen de entornos no dominantes tuviesen éxito. Los demás van a tener éxito con o sin escuela, porque aprenden en cualquier contexto si les ofreces unas condiciones mínimamente motivantes. 

En definitiva, dejemos de decir sandeces. El fracaso escolar es un problema de la institución escolar. Sin escuela no existe el fracaso escolar. La escuela está diseñada para que haya personas fracasadas o, dicho de otra forma, el fracaso escolar está incluido en el ADN de la escuela, no es ajeno a ella. Los docentes reflexivos y críticos lo saben y trabajan para transformar la escuela. Esos son los docentes que marcan la diferencia. 

La escuela decimonónica

maestroYa sé que he escrito mucho sobre esto, pero no me cansaré de hacerlo nunca, pues año tras año son muchas las niñas y los niños que sufren en sus carnes las visiones decimonónicas de la educación, el aprendizaje y el desarrollo que tienen muchos y muchas de sus maestras. Que sí, que de acuerdo, no todas, no todos. Pero sí un número suficiente para que lo notemos y para que sea un clamor en muchos foros en los que nos damos cita familias de niñas y niños en edad escolar.

En las reuniones de principio de curso, muchas hemos tenido que soportar a personas con aires de autoridad decirnos lo que tenemos que hacer en NUESTRAS casas. No son sugerencias ni recomendaciones, son imposiciones, como que nuestras hijas e hijos tienen que hacer deberes un mínimo de 2 horas al día fuera del periodo lectivo. Suponen que es necesario y beneficioso para cualquier niño o niña estar 2 horas haciendo deberes repetitivos, copiando enunciados de los libros de texto y resolviendo ejercicios absurdos que no tienen ninguna aplicación en la vida real. Y nos imponen una actividad ajena a nuestra vida familiar.

Enseñan a nuestros hijos e hijas que el conocimiento adquirido se premia con un número que va del 0 al 10. Ignoran así todo principio de evaluación formativa y eluden su propia responsabilidad en los resultados de aprendizaje de sus estudiantes. Sin olvidar que hay muchísimas familias luchando encarnizadamente por que se reconozca la dificultad de aprendizaje de sus hijos e hijas y se aplique una intervención educativa adecuada a estas formas peculiares de aprender.

Es indignante la cantidad de maestras y maestros que ignoran lo que son y cómo se interviene educativamente en una dislexia, un TDHA o una discalculia, por poner algunos de los ejemplos más sangrantes. Y es muy indignante cuando una familia acude al colegio para tratar el tema de las dificultades del niño o la niña y tardan meses o incluso años en obtener una respuesta y una actuación eficaz en las aulas. Lo peor de todo es la cantidad de veces que estos niños tienen que cargar con las etiquetas de vago y gandul antes de ponerse a trabajar en las adaptaciones curriculares pertinentes.escuelaEnseñar no es introducir información en las cabezas y luego asignar un número a cada alumno/a. La colaboración de las familias no consiste en que éstas se conviertan en los esbirros del maestro y estén con el látigo en casa haciendo que los niños refuercen su conocimiento como si fuese un zapato. Y aprender no es asimilar un puñado de temas de los libros de texto al uso y realizar muchos ejercicios para automatizar los procedimientos. No.

El conocimiento es algo vivo, que se usa para conseguir cosas en la vida real, para crear, para ir más allá de lo ya dicho. En la vida real está penado copiar y no se hacen dictados. Por eso, cuando salimos del sistema educativo nos damos cuenta de todo lo que nos hemos perdido y de todo lo que no hemos aprendido.

Por favor, maestras y maestros, dejen de decir sandeces. Dejen de quejarse de que tienen 45 minutos por asignatura y que, como no tienen tiempo de embutir todos los datos en las cabezas de sus alumnos, tienen que mandarles deberes. Dejen de hablar de reforzar, de hábitos de estudio, de resumir, de hacer esquemas, de copiar enunciados y demás tonterías. Eso solo pasa dentro del aula. Lo único que están aprendiendo nuestros hijos en las aulas es a ser buenos alumnos. La escuela se ha fagocitado a sí misma y no encuentra un sitio en la sociedad. Mientras fuera corremos, la escuela se ha quedado congelada en el siglo XIX y o corre mucho o no nos alcanzará en la vida.

Relájense y respiren. Hagan lo papeles que tengan que hacer para la administración, pero cuando lleguen al aula recuerden que lo que tienen allí son seres humanos en proceso de formación con una historia familiar y personal y no unas serie de bidones vacíos para llenar de información. Ese simple gesto mejoraría infinitamente la labor que realizan día a día en las aulas. Puede ser que los niños no lleguen a final de trimestre sabiendo calcular raíces cuadradas, pero hay tantas cosas que nos dejamos por el camino, como enseñar el valor y la utilidad de las matemáticas (más allá de que no nos sisen en la compra), descubrir el carácter matemático de todo lo que nos rodea, hablar sobre los números y por qué existen, que ese objetivo curricular se nos que da corto y desfasado.

La rigidez del XIX tiene que quedar en el olvido. Estamos en el XXI. El mundo ha cambiado a una velocidad vertiginosa en los últimos años. La escuela se ha quedado estancada, y es urgente que salga de su letargo y deje de protestar y victimizarse porque la sociedad reclame un cambio que ya es muy urgente.

El colegio de mis hijxs es el mejor

Hay mucha gente que llega a mi blog y, cuando lee los post sobre educación, se lamenta de mi mala suerte con el colegio de mis hijxs. Nada más lejos de la realidad: creo que encontré el mejor colegio posible en el lugar donde vivimos. Es un colegio público normal y corriente, con maestras y algún maestro comunes, alguna maestra maravillosa y algunos esperpentos educativos. Como en cualquier colegio público de nuestro país. Nada fuera de lo común. 

Lo que es cierto es que siempre he tenido mi responsabilidad de madre muy presente: si mis hijos son tratados injustamente, si sufren, si lo pasan mal, si no se asegura su bienestar físico y psicológico en un lugar al que tengo la obligación de llevarles, pues yo les defiendo e intento conseguir que la situación que les hace sentir mal, desaparezca. Es entonces cuando te encuentras con un muro delante, con una resistencia a ese derecho que tenemos de estar seguras de que el sitio en el que dejamos a nuestros pequeños es un sitio adecuado para su desarrollo. 

Cuando mis hijos comenzaron a ir al colegio, hace ya mucho tiempo, una de las cosas que hizo que saltase la alarma es que les sacaban sin abrigo al recreo. Ya sabéis que los primeros años de cole son un sinvivir con los mocos, las bronquiolitis y demás. Pues bien, fui al colegio a hablar sobre el tema, pensando que sería un despiste, algo sin importancia que se resolvería con sentido común. Cuál sería mi sorpresa, cuando la maestra me dijo que ella no podía perder el tiempo en que 25 niños y niñas de 3 años se pusiesen el abrigo para salir. No me quedé ahí, y fui a hablar con la jefa de estudios, una persona bastante sensata que me aseguró que los niños y niñas saldrían con abrigo. Pero volvió a suceder. En esta ocasión hablé con el director, un personaje bastante peculiar que leía el periódico con los pies sobre la mesa y fumaba en los servicios cuando se prohibió fumar en los espacios públicos. El director se rió por mi preocupación y me dijo que esas cosas pasan y que no me tenía que preocupar tanto. 

Fue entonces cuando les tuve que recordar que, cuando dejamos a nuestros hijas e hijos en el colegio, esta institución se hace responsable de su bienestar físico y psicológico y que sacar a los niños al recreo sin abrigo, cuando las maestras salían bien abrigadas, incluso algunas con bufanda y guantes, era una canallada. Desde es momento se empezaron a tomar las cosas en serio. Es increible que haya que acudir al colegio hasta en 3 ocasiones para conseguir algo que es tan de sentido común. 

Ese año aprendí que el sentido común no es algo que funcione cuando se trata de cambiar las prácticas de una institución que funciona a la española, bien con la ley del mínimo esfuerzo y de manera negligente o bien con una mentalidad pedagógica de siglos pasados. Este último fue el caso de una maestra que, una tarde, llegó a mandar la friolera de 50 operaciones matemáticas para el día siguiente. Mis hijos estaban en 2º de primaria y tenían un hermanito de meses, al que yo sentaba en la mesa del comedor mientras me ponía a ayudarles con los deberes. Esa tarde se hizo interminable, no podíamos ir al parque, no podíamos salir a comprar y mis hijos lloraban por tener que hacer una cuentas inútiles (sabían sumar perfectamente) pudiendo estar haciendo cosas mucho más interesantes. Fue entonces cuando empezó mi divorcio de la escuela. ¿Por qué tenía una institución ajena marcar los ritmos de nuestra casa, nuestras actividades y nuestras relaciones? Desde entonces, todo fue mucho mejor y más relajado. 

Por lo demás, exceptuando hechos puntuales, como una cuidadora de comedor que le pegó a mi hijo (deberían poner mucho más cuidado con la gente que contratan para esos menesteres) y poco más, nunca he tenido grandes problemas con el colegio. Todo lo que planteo sobre la educación es una crítica al sistema educativo español, a las cosas comunes que suceden: los métodos decimonónicos, la filosofía caduca del esfuerzo y el sufrimiento en el aprendizaje, la infantilización de las familias y las malas prácticas en general. Por supuesto que hay colegios y maestros/as que son diferentes, pero hoy por hoy son excepciones que confirman la regla. 

Por suerte, mis hijos son lo que habitualmente se llama “buenos estudiantes”. Ahora, ya mayores, se quejan tanto como yo de las limitaciones del sistema educativo español. Estas limitaciones no se resuelven cambiando de centro. Quizás se resolviesen cambiando de país o educando en casa, pero hoy por hoy no tenemos pensado mudarnos ni dejar de trabajar. Por lo tanto, tenemos que conformarnos con lo que hay y luchar por cambiarlo. Y eso es duro: siempre te vas a encontrar con gente a la que tu forma de relacionarte con la escuela no le parezca bien. Yo empecé siendo una madre super implicada, hasta que me di cuenta que no encajaba en el perfil de madre implicada, porque tenía ideas propias de cómo debería funcionar el sistema. Así que, ahora, tengo claro que lo importante es lo que mis hijos aprenden después del colegio. Me centro en mi función educativa e intento que el colegio no interfiera mucho. Si mis hijos me piden ayuda, se la doy, pero no me desvivo por ser la madre perfecta que el colegio quiere que sea. 

Al final, todo esto es un tira y afloja. Todas nos acabamos adaptando lo mejor posible a los recursos que te ofrece tu entorno. Creo que mis hijos han sacado un buen partido a lo que tenían a su disposición y se han formado (y en muchas ocasiones, autoformado) para salir al mundo. Están bien preparados. No puedo decir que hayan ido a centros educativos excelentes, pero tienen competencias excelentes: saben hablar en público, se comunican en una segunda lengua tanto de forma oral como escrita, saben encontrar todo tipo de recursos de manera autónoma, tienen pensamiento crítico y formación política, sentido del arte y de la música y, lo mejor de todo, es que son buenas personas, con un sentido de la ética que más quisieran muchos adultos. La pena es que todo esto dependa de la familia de origen y que la escuela no sea capaz de formar a sus estudiantes para que, vengan de donde vengan, desarrollen habilidades y competencias para bucear en la sociedad y sacar partido de ella. 

Las diez conductas de los docentes que entorpecen la educación de los niños

Hoy, una amiga del Facebook compartía un curioso artículo titulado Las diez conductas de los padres que entorpecen la educación de los niños. Es un ejemplo tan perfecto de lo que en otra entrada llamaba La familia infantilizada que no me resisto a destriparlo.

En primer lugar, el artículo da por supuesto que la educación de los hijos e hijas es una cuestión institucional que los padres (y las madres, supongo) deberían aprender a no entorpecer. No es que hagan algo mal, no, es que intentan hacer algo cuando no les corresponden y la cagan. Y esto es porque no saben cuál es su papel. Han tenido hijos, les mantienen, les dan de comer, viven con ellos y ellas, pero no se han enterado de cuál es su papel. Y los pobres maestros y maestras, las y los profesores, sufren las consecuencias. ¿Dónde dejaron el libro de instrucciones, el prospecto, la etiqueta de sus criaturas que ahora cada vez que hacen algo estorban?

Ironías aparte, considero que, por cada una de estas diez conductas disruptivas de los progenitores, hay otras tantas de los profesores que son causa y origen. Vamos por orden.

1. Si no quieres que estudiemos con nuestros hijos, no mandes deberes

Vaya… los padres y las madres estudian con sus hijos/as. Y esto, por lo visto, crea conflictos y dependencia. Los niños, después de 5 horas lectivas, llegan a casa y tienen que seguir realizando tareas escolares, “deberes”, que viene de deber, obligacion. Y nosotros tenemos que estar mirando cómo, durante toda la tarde, se desesperan porque no entienden un problema, están cansados, se quieren ir a jugar o preferirían estar mirando a las musarañas. Y claro, lo mejor es no ayudarles.

Pues miren señores expertos: NO.  No es lo mejor. Y les voy a dar dos razones, una de madre y otra de experta. La de madre es que, miren, quiero que el niño termine de una vez para poder irnos a dar una vuelta en bici, salir a comprar por el barrio, ir a clases de viola o al parque con los amigos. Y lo quiero ya. Y si es necesario, saco la calculadora y le hago las 250 cuentas inútiles que les ha puesto hoy su profesora. La de experta es que alguien que conoce al niño de cerca, con sus competencias y limitaciones, como puede ser su madre o su padre, le ofrecerá una ayuda mucho más ajustada a sus necesidades que una maestra que tiene otros 27 niños en la clase. Por lo tanto, aunque no tengamos por qué hacerlo, la escuela delega sus funciones en nosotros y nos obliga a pasar tardes enteras haciendo tareas que, efectivamente, no nos corresponden para solventar carencias de la propia institución escolar.

2. Si no quieres que les resolvamos todo, no les mandes cosas imposibles 

Si es que tenemos unas cosas… se lo queremos resolver todo. Y, según los expertos, los niños tienen que resolver sus cosas y ser autónomos, a cualquier edad. Pero claro, el día que llegan con el encargo de hacer la maqueta de una ciudad con material reciclado en 3º de primaria, así, sin más especificaciones, y la tarea es para el fin de semana, no le resuelvas el encarguito a la criatura. El pobre, que lleva pensando 3 días cómo decirle a su madre que necesita 4 tetrabricks, 40 tapones de botella y 4 cajas de quesitos vacías. La maestra se debe creer que cada familia tiene un contenedor de material reciclado en su casa, así como una tabla de contrachapado o un cartón grande como base de la ciudad de papel. O que un niño o niña de 9 años es absolutamente capaz de encontrar estos materiales por su cuenta. Claro. Muy realista todo.

3. Si no quieres que lo focalicemos todo en el estudio, deja espacio para la vida familiar

Los progenitores es que somos de lo que no hay. Las criaturitas todo el día en el cole o haciendo deberes y nosotros sin saber disimular. Actuando como si todo estuviese focalizado en el estudio. No tenemos vida de familia, porque los niños tienen que leer un capítulo del libro de lectura obligatorio, hacer 4 ejercicios de Ciencias Naturales, otros 4 de Mates, 3 de lengua y 5 de Ciencias sociales, además de estudiar para un examen de lengua y nosotros, ale, como si la formación (escolar) fuese el eje de la vida familiar. Que poco tacto. Y encima, cuando llegan a la universidad, no les ponemos a hacer tareas domésticas ni nos preocupamos por su vida emocional y relacional… eso dice una psicóloga que debe haber hecho un estudio de observación etnográfica que, por más que busco, no encuentro publicado. Vaya.

4. Nos acusas de querer genios y de sobre-estimular a nuestros hijos, pero tú no conoces los talentos de tus estudiantes

Es verdad. En la escuela no soportan a los listillos. Las madres y los padres nos preocupamos mucho por que aprendan cosas que no tienen que aprender. ¿Para qué quieren estímulos culturales, recursos, libros, visitas a museos, al teatro, a otras ciudades, si en el cole ya les enseñan lo que es importante en la vida? Y luego, los plastas de los padres (y las madres) osamos ir al cole a decir que nuestros hijos tienen talento. Qué desfachatez. Nuestros hijos son como tienen que ser, mediocres, del montón, sin sobresalir, que eso da muchos problemas a los maestros. Que no sepan más que ellos, que eso es muy problemático, hombre ya.

5. Si no quieres que premiemos las notas, no hagas exámenes

¿Premiar las notas? ¿Pero quiénes somos nosotros para premiar las notas? Los niños han estado saliendo con las puñeteras caritas sonrientes desde infantil, pero ese tipo de triquiñuelas solo se las pueden permitir los maestros, que son los expertos en premios y castigos. En una cosa sí que estoy de acuerdo con el psicólogo de ese del artículo, el tal Domènech: “El mejor estímulo es descubrir cosas nuevas y desarrollar tus intereses, si hace falta un estímulo material, es que algo no funciona” Y es que, claro, si en el cole descubriesen cosas nuevas y desarrollasen sus intereses, no haría falta que nosotros les prometiésemos la bici si sacan buenas notas… claro.

6. Para decir que una familia disfrazar la vagancia de su hijo, primero debes demostrar tener formación sobre las dificultades de aprendizaje

A ver, si nuestros hijos/as fracasan en la escuela, la única razón posible es que son unos vagos inmaduros. Y nosotros empeñados en que quizás tengan un trastorno mental (¿quizás el tal Montenegro quiso decir Dificultad de Aprendizaje?). Si les obligásemos a hacer los deberes y a dejar de lado ese pecado capital, la pereza, el fracaso escolar desaparecería en España. Padres y madres del mundo, uníos para que nuestro país alcance las puntuaciones más altas en el informe PISA, que ya está bien de hacer pasar a nuestro profesorado por vagos incompetentes e inmaduros, aun sin trastorno mental. Y si vuestros hijos parecen tener algún problema con el aprendizaje, llamadles vagos: puede que acertéis.

He de decir, abandonando el tono irónico, que me parece muy grave que en un periódico de la tirada de la Vanguardia digan cosas de este tipo. Sabemos que  los niños  con dificultades de aprendizaje como la dislexia sufren la acusación de vagos y maleantes durante años, hasta que alguien con formación tiene a bien ofrecer un diagnóstico.

7. Si no queréis que ejerzamos  de detectives, no deis órdenes contradictorias

Aquí me quedo un poco descolocada, porque si bien no hemos de disfrazar la vagancia, tampoco hemos de comprobar si nuestros hijos han hecho los ejercicios que le ha mandado la seño. Estoy empezando a entrar en cortocircuito, porque en una reunión del cole nos dijeron que teníamos que mirar la agenda, que era el instrumento esencial para comunicarse con las familias. Que era importante para saber lo que están haciendo nuestros hijos en el cole. Además, cuando vamos a tutorías nos dicen que nuestra labor en casa es esencial… pero ahora resulta que lo estamos haciendo todo mal. Que nos debemos despreocupar, desentender de esos cientos de deberes que traen nuestros hijos a casa, y ya si eso, por casualidad, como quien no quiere la cosa, nos enteraremos casi a final de curso de que tiene un grave problema de lectura que puede ser que no sea porque es vago. Esto es lo que Bateson llamaba Doble Vínculo. Nos van a volver locos.

Pero eso sí, dicen que no les importa que les echemos un cable en su labor de profesionales de la educación, que  si tomamos las lecciones lo hagamos por escrito, que ellos siguen usando el obsoleto instrumento de evaluación llamado examen y tomar la lección de forma oral es como de chichinabo. Gracias. De nada.

Aprovecho esta tribuna para decir que mis grupos de Whatsapp son asunto mío y estoy y estaré en todos aquellos que me de la santa gana. La libertad de reunión (aunque sea digital) y de expresión no han quedado derogadas para los progenitores.
8. Si no quieres que usemos el estudio como peaje, motiva lo suficiente a tus estudiantes

Borremos esta frase de nuestro repertorio:  “hasta que no hagas los deberes no ves la tele”. A ver qué nos hemos creído. Los progenitores debemos hacer lo que los maestros y maestras no hacen en sus aulas: inculcar (¿os he dicho alguna vez que odio la palabra inculcar?) a nuestros amadísimos hijos el gusto por el aprendizaje y la sabiduría, para que estén durante todo su tiempo libre haciendo ejercicios sin ningún sentido en su vida real. (La vida es eso que pasa mientras haces deberes).

9. ¿Será que nos empeñamos en proyectarnos en nuestros hijos, o que tú quieres que todos los estudiantes sean excelentes y motivados de fábrica?

“A ver, si tu hijo es un zoquete, ¿Por qué te empeñas en que estudie? ¿No ves que ese tipo de estudiantes, los que no aprenden solos, me dan mucho trabajo? Si tú no pudiste estudiar, no te proyectes en tu hijo y mándale a FP, alma de cántaro.” (Voz en off)

10. Si quieres que respetemos la línea escolar… sigue una línea escolar

Yo entiendo que los profes se ponen nerviosos cuando las familias les llevamos la contraria. Por ejemplo, si a la profesora de tu hijo le gusta dar gritos en clase y  decirle al niño que es lento, o al amigo de tu hijo que es penoso, haberte informado de la línea escolar antes de llevarle a ese colegio. Si te gusta más Santillana que Anaya, pues pregunta antes cuál es la editorial que dota de material al cole a cambio de garantizarle la compra de un montón de libros por parte de los molestos progenitores. Y si te gusta más que estén sentados en círculo que en parejas, infórmate antes. No se te ocurra mencionar la palabra constructivismo, ni decir aprendizaje significativo, ni Zona de Desarrollo Próximo o Andamiaje: algunos maestros, los más mayores seguramente, y practicamente todos los profesores, creerán que son palabrotas y pondrán en práctica la autoridad que les otorga el estado.

Métodos educativos made in Spain

Me ha costado darme cuenta de que el problema del sistema educativo español no sólo es la pésima formación de las maestras y maestros. A esto se une la moral pedagógica que subyace a las prácticas disciplinarias de estos profesionales y de las instituciones que forman parte. Vamos a describir algunas de estas prácticas.

1. Castigos colectivos: Esta práctica consiste en someter a una sanción a un grupo de niños y niñas cuando no se sabe quién o quienes son culpables de un estropicio, daño o ruptura. Con esto se consigue coaccionar al grupo para que acuse al culpable o que el culpable confiese para que no castiguen a sus compañeros. Va en contra del derecho a la presunción de inocencia y no se recoge en ningún reglamento como sanción permitida. Es injusta por definición y no tiene justificación usarla en ningún contexto. Es propia de campos de concentración y cárceles decimonónicas.

2. Humillación pública: Cuando mis hijos me contaron el método que usaba una de sus maestras para conseguir que los niños que no querían separarse de sus madres dejasen de llorar me quedé atónita. Les había enseñado una canción que todos cantaban al unísono señalando al niño en cuestión. La canción decía “niño bebé, chupete y a la cuna”. ¿Qué os parece como forma de consolar a un pequeño que se siente mal, angustiado, separado de su madre? Esta técnica adquiere matices diferentes a medida que se avanza de curso. Un castigo habitual cuando un niño de los primeros cursos de primaria se convierte en un estorbo para la maestra consiste en enviar al niño a un aula de infantil. Curiosa forma de cambiar las ratio. ¿Qué consigue la maestra con esta treta? Nunca hemos llegado a averiguarlo, no viene en ningún manual de Psicología de la Educación. Lo que sí sabemos es que a veces la estrategia cambia, y los niños son enviados a los grupos de mayores para que se rían de ellos. Diabólico ¿verdad?

3. Afirmaciones negativas sobre uno mismo: Este último procedimiento lo he conocido durante este curso. Consiste en que la maestra hace escribir al niño en el cuaderno o la agenda una afirmación negativa, como por ejemplo “soy muy lento, necesito espabilar” y le hace llevarle la nota a su madre para que la firme. De esta forma, el niño está confesando delante de su madre, que suscribe frente a la maestra la afirmación negativa sobre su hijo. Este método produce a veces intercambios epistolares muy interesantes entre las maestras y las madres, pero no tienen ningún valor pedagógico. 

4. Retención en el colegio más allá de la hora de salida: Por último, os hablaré de un último método que nos tiene estupefactas a las madres durante este curso. Llegamos a las 14:00 a las puerta del colegio y esperamos al menos 15 minutos hasta que salen nuestros hijos. La maestra les ha retenido porque dice que estaban hablando. La semana que viene creo que adoptaré el mismo método: llevaré a mi hijo 15 minutos más tarde al colegio y así tendrá más tiempo para desayunar. Ah ¿que eso se considera impuntualidad? Sospecho que no se valora con el mismo rasero el tiempo que pierden de clase y el que nos hacen perder a nosotras esperando en la calle. 

Y hasta aquí la relación de métodos pedagógicos bizarros que usan los colegios españoles, todo ello aderezado con la estratagema de investir con el calificativo de autoridad al profesorado de algunas comunidades autónomas, lo que les da más credibilidad que a los niños y a sus familias en aras de una supuesta protección de su persona y su dignidad. Increíble pero cierto, amigos finlandeses. 

Y no, no es que hayamos tenido mala suerte. He escuchado de boca de distintas familias de distintas comunidades y distintos tipos de colegios relatos semejantes. Que no, que no son excepciones. Son cosas que pasan en las escuelas españolas. 

Madres y maestras 

  

Estoy en un grupo de Facebook en el que interactúan madres y maestras (también hay padres y maestros, pero son los menos). Y en ese grupo he detectado un fenómeno curioso. Hay algunas maestras que entran en el grupo con su falda de tubo, sus gafas de pasta y un moño alto dando lecciones. Ya, ya sé que es un grupo de Facebook y que no nos vemos. Pero es la imagen que aparece cuando empiezan a dar recomendaciones. 

Diréis “qué mal educada, le dan recomendaciones y mira cómo se las imagina “. Pero a ver, es que todavía hay más. Las recomendaciones que nos dan a las madres nos sitúan en un lugar de ignorancia absoluta. Nosotras somos las modestas mujeres que no somos maestras y que no sabemos nada de la educación, nada sobre cómo se enseña a un niño, cómo se trabaja en un colegio y cómo funciona eso del desarrollo humano. Y ellas nos dicen lo que tenemos que hacer para ayudar a nuestros hijos e hijas a progresar en la vida. Nos dan consejos y nos dicen qué ejercicios tiene que hacer el niño en casa para reforzar lo que ha aprendido en clase. Porque en casa no se aprende nada que sea de mucha utilidad. Los niños pierden el tiempo si no tienen deberes, así que hay que darles pautas y ejercicios para que aprovechen cada minuto que tienen libre. 

Me parece curioso que en un espacio en el que no nos vemos la cara y no sabemos nada las unas de las otras, nos hagamos una imagen tan precisa. Precisa pero seguramente falsa: no creo que ellas lleven ni falda de tubo ni moño alto ni gafas de pasta. Pero lo cierto es que ellas tampoco tienen una imagen muy real de las personas con las que están intercambiando impresiones. Ellas son las expertas y nosotras las legas. Así, sin más. Por el simple hecho de ser madre, la maestra activa el automático para que salga el pedestal y mirar desde ahí arriba. Sin considerar que la educación es algo que está en el mundo, que la gente tiene y ha tenido experiencias educativas durante toda su vida, que las personas leen, piensan, razonan y argumentan sobre su mundo. Y, sobre todo, que si dejas a tu hijo o hija en la escuela, tienes el derecho y la obligación de estar informada, opinar y quejarte cuando las cosas no van bien. 

Así que cuando empiezan a escribir ya sabes lo que va a pasar. La relación que establecen es un poquito feudal, así como la señora y la campesina, yo mando y tú obedeces, yo tengo la verdad y tú, plebe, no sabes nada y necesitas mi sabiduría. Y entonces ya sabes que no hay nada que aprender ahí. Que es el rollo pedagógico de los 50, que se perpetúa y no logramos arrancarnos ni con estropajo. La escuela que sigue pensando en ella misma como un espacio cerrado al mundo social, que no deja entrar el aire de cambio que llegó ya hace mucho tiempo. La escuela gris. La escuela que no progresa. La escuela que no es una comunidad educativa, aunque se les llene la boca con esas dos palabras. 

Las maestras necesitan soltarse el moño, quitarse las gafas y ponerse los vaqueros. Y las madres (y los padres, vale, los padres también) estaría bien que se lo creyeran: que tienen mucho que aportar al mundo cerrado de la escuela. Que saben/sabemos mucho más de lo que nos creemos y que tenemos la responsabilidad de contribuir a su cambio. 

Buenas prácticas en la enseñanza de la escritura

Hace unos días publicaba en mi página de Facebook un post sobre la caligrafía. Decía lo siguiente:

Las maestras se siguen empeñando en machacar a lxs niños y las niñas con eso de que “tienen mala letra”. La escuela pasa años torturándoles con ejercicios absurdos de caligrafía, constriñendo su manipulación libre de instrumentos gráficos con ejercicios y papeles pautados. Nada de esto tiene ningún apoyo científico. Cuando ya llevan años moldeando sus movimientos (que si letra ligada, que si líneas, que si cuadros) les dicen que tienen mala letra.

A partir de ese momento, todo su afán es que hagan buena letra, y a algunas solo se les ocurre el recurso al castigo: les hacen repetir ejercicios en casa (ejercicios que han hecho bien, pero no les gusta la letra), les bajan la nota por la letra, les están todo el día machacando con la letra. Y se desentienden de su aprendizaje. Todo gira en torno a la letra.

Está muy bien saber escribir a mano, pero la escritura no es sinónimo de caligrafía. Saber escribir es sinónimo de saber argumentar, saber construir un discurso, saber crear con palabras. Pero la escuela equipara la escritura con la caligrafía, hace caso omiso de la escritura como proceso constructivo del pensamiento y machaca a los niños y niñas con una destreza que van a usar de forma marginal cuando acaben sus años escolares. Y será entonces cuando los chavales se den cuenta de que nadie les ha enseñado a escribir con un teclado, que es la forma en que se escribe en el mundo fuera de la escuela.

Una maestra se ofendió bastante con este post, y entre todas las cosas que dijo, hubo una que fue la que más me llamó la atención. Decía riéndose si realmente se podía debatir si enseñar o no a escribir, que dónde estábamos llegando.

En esta entrada me gustaría hacer dos aclaraciones, una sobre la escritura y otra sobre la caligrafía. 

En primer lugar, y aunque ya lo apunto más arriba, escribir no es hacer marcas gráficas en un papel. Escribir es usar nuestro lenguaje de una manera específica, usando un código alfabético y desarrollando discursos propios de la lengua escrita para fines particulares y diferentes a los que se persiguen con la lengua oral. Por tanto, una persona que no tenga manos puede aprender a escribir, siempre que de con un maestro o maestra que crea que saber escribir es mucho más que juntar letras en un papel.

En este sentido, cuando aprendemos a escribir, tenemos que aprender géneros de escritura: aprendemos a narrar, a hacer listas, a describir un paisaje, a escribir un informe, un comentario de Facebook, un artículo científico, un mensaje de correo electrónico. Todos esos textos requieren distintos conocimientos y competencias para ser escritos. Con sólo aprender el código alfabético y a escribir palabras y frases con un lápiz no basta para aprender a escribir. Tampoco basta con aprender a teclear, por supuesto. Para aprender a escribir hay que aprender a usar el lenguaje escrito de manera funcional en situaciones de uso real.

Veamos ahora esta fotografía:

Cuadernos Rubio. Ejemplo.

Esto es una hoja de los Cuadernos Rubio, que siguen usándose en la escuela. Cuando los niños y niñas están haciendo estos ejercicios, no están aprendiendo a escribir, están aprendiendo a hacer marcas gráficas de las letras del alfabeto sobre el papel. Es decir, están aprendiendo a escribir a mano, pero no están aprendiendo el lenguaje escrito. La mayoría de los niños y niñas aprenden rápido y bien a componer palabras usando el código alfabético con herramientas gráficas (lápiz, bolígrafo, etc). Tener “mala letra” no es tener una dificultad de escritura, aunque hay un porcentaje pequeño de niños que pueden presentar una disgrafía. Solo los niños y niñas que tienen dificultades para escribir a mano relacionadas con procesos cognitivos y motores necesitan una intervención específica.

Por otra parte, la caligrafía es sólo una forma de enseñar a escribir a mano, pero hay otras formas posibles. Me gustaría saber los argumentos que llevan a los maestros y maestras en las escuelas a usar determinados métodos frente a otros, cursiva frente a mayúscula o caligrafía punteada frente a escritura libre sin pautar. Pero creo que esos argumentos, más que estar apoyados en evidencias científicas y en una cuidadosa observación de los efectos que producen en los niños y niñas a largo plazo, derivan de una tradición pedagógica ya obsoleta.

Sin embargo, la importancia de la escritura libre de los niños y niñas sí está documentada. Se ha demostrado que dejar que los niños usen los instrumentos gráficos con libertad y pedirles que escriban en un entorno lúdico y sin presiones está relacionado con un rendimiento superior en lectura y escritura más adelante (ver por ejemplo Sénéchal, M., Ouellette, G., Pagan, S., & Lever, R. (2012). The role of invented spelling on learning to read in low-phoneme awareness kindergartners: A randomized-control-trial study. Reading and writing, 25(4), 917-934.)

En fin, no me quiero extender más. Simplemente quería ahondar un poco más en el sinsentido de algunas prácticas escolares que se perpetúan más por tradición, como los toros, que por utilidad pedagógica real. Esperemos que con el tiempo, los profesionales de la educación en España se vayan acostumbrando, como ya hacen en otros países, a fundamentar sus prácticas en la evidencia, tanto científica como práctica. Y esa evidencia no existe para apoyar los beneficios de la caligrafía.

Se convertirán en unos vagos

Mis queridos señores, si debemos gastar cada año sumas tan considerables en cañones, caminos, puentes, represas e innumerables cosas de ese tipo para asegurar la paz temporal y la prosperidad de una ciudad, ¿por qué no deberíamos destinar mucho más a la pobre juventud desatendida —al menos lo suficiente para emplear a uno o dos hombres competentes para enseñar en las escuelas? (Lutero, 1524, p. 350; traducción de Roldan Tomasz Suárez Litvin, 2003)

Hoy quisiera hablar del mito de la sobreprotección, esa idea relativamente extendida de que la paternidad consiste en hacer sufrir relativamente y frustrar en cierta medida los deseos infantiles y juveniles de nuestros vástagos para que puedan adaptarse a la vida que les espera de adultos. Esta es una idea muy luterana, muy de la reforma: la función de los padres es meter en vereda a los niños y niñas para ponerles al servicio del sistema. En aquella época era la religión, en esta es el capital. El caso es que marquemos un camino definido y concreto por el que las niñas y niños tienen que  transitar hasta convertirse en siervos disciplinados. Las familias que intentan proteger a sus hijos de este camino de sacrificio son familias sobreprotectoras que viven, dicen con sorna los luteranos del XXI, en un mundo de fantasía y que acabarán malogrando las vidas de sus hijos. 

Sin embargo, la preocupación por la educación y la crianza de estas familias a las que se tilda de sobreprotectoras tiene sus miras en objetivos muy diferentes a los de Lutero. Conscientes del encorsetamiento social al que la educación reglada somete a sus hijos, buscan la forma en que sus hijos e hijas sean capaces de plantar cara al sistema y saber desarrollar sus competencias de una manera libre y creativa. Esto, inevitablemente, desafía el sistema. La creatividad no tiene cabida en un sistema educativo cuya única finalidad es uniformizar al alumnado y convertirlo en un ejército dócil. No puede ser creativo un sistema educativo que perpetúa las desigualdades sociales planteando, de manera superficial, un falso halo de igualitarismo. 

“El mito, por ejemplo de que el orden opresor es un orden de libertad. De que todos son libres para trabajar donde quieran. Si no les agrada el patrón, pueden dejarlo y buscar otro empleo. El mito de que este ‘orden’ respeta los derecho de las personas humanas y que, por lo tanto, es digno de todo aprecio. El mito de que todos pueden llegar a ser empresarios siempre que no sean perezosos y, más aún, el mito de que el hombre que vende por las calles, gritando ‘dulce de banana y guayaba’ es un empresario tanto cuanto lo es del dueño de una gran fábrica”. Paolo Freire

Por tanto, las familias sobreprotectoras son muy peligrosas para el sistema. No permiten que sus hijos se hijas sean machacados en la escuela. Tampoco machacan a sus hijos e hijas dirigidos por el sistema, por los supuestos expertos que intentan manejar nuestras vidas. No lo permiten. Son los padres y madres que se niegan a que sus hogares se conviertan en una extensión del aula. Los que no responden a las notas de las maestras quejándose de que los niños no atienden en clase dándo al niño un capón en la cabeza. Son los que comprenden que el aprendizaje es un camino de placer y de sabidurían, y no de codos y de sufrimiento. ¿Recuerdas haber aprendido algo valioso mientras subrayabas en rojo unas cuantas frases que te habían mandado estudiar de memoria? 

Nuestros hijos e hijas, los de las familias sobreprotectoras, se convertirán en unos vagos. No trabajarán para este sistema. Quizás no lleguen a ser del todo felices, porque vivir fuera del sistema no es fácil. Pero sus vidas serán intensas. Crearán. Serán diferentes. Trabajarán fuera del mecanismo. Se librarán de la neurosis aunque la sociedad les inunde de estrés. Y crearán sus vidas, esto es lo más importante. Tendrán la oportunidad de crear su camino a medida que lo vayan andando. Y su vida tendrá la posibilidad de ser poética. 

Lo que no da tiempo a hacer en clase

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Hace unos años, cuando mis hijos mayores iban al colegio, éramos muy pocas las familias que nos quejábamos de la cantidad de deberes que traían los niños para hacer en casa. Sin embargo, hoy en día proliferan los artículos de opinión, incluso los libros, sobre este tema, hay grupos de Facebook en contra de los deberes escolares y en la puerta del colegio escuchas las quejas de las madres sobre este asunto.  Quizás sea porque la LOMCE ha convertido el currículum de primaria en un cúmulo de despropósitos que convierten el aula en una carrera de fondo, y no en un espacio de enseñanza- aprendizaje. Por otra parte, el apego de la escuela a los libros de texto no pone las cosas más fáciles: las maestras y los maestros se empeñan en que los niños y niñas cumplimenten todos y cada uno de los ejercicios de esos libros que ha diseñado no sabemos muy bien quién.

Como consecuencia, ahora los deberes escolares han cambiado de nombre. Ahora no son deberes. Ahora es “lo que no da tiempo a hacer en clase”. Así que nuestras casas se convierten en una extensión del aula escolar y las familias tenemos que emplear todo nuestro tiempo en familia para descifrar lo que quiso decir esa persona que escribió ese libro y esos ejercicios y explicarles a nuestros hijos cómo hacerlo. El otro día, con el libro de Natural Science de mi hijo en las manos, intentábamos descifrar la pregunta (en inglés) “¿Qué factores influyen en el clima de un lugar?”. Para mí, ya entrenada en esas absurdas preguntas de evaluación durante años y años, no era difícil adivinar a qué se refería, pero mi hijo buscaba y buscaba sin encontrar. Al final me preguntó “Mamá ¿Qué son factores?”

La palabra “factores“, un concepto altamente complejo y abstracto que se aprende en entornos letrados (sólo se usa en libros especializados y conferencias, rara vez en novelas y mucho menos en libros infantiles) aparecía descarnado en una pregunta de un libro de texto de 4º de primaria. Yo pregunté a mi hijo si la profesora les había explicado el tema y el significado de la pregunta. No, claro que no. Tenía que explicarle a mi hijo qué significaba esa palabra y afortunadamente tenía recursos para hacerlo. Pero ¿es lícito que la casa se convierta en un aula escolar en horas no lectivas?  ¿Tienen todas las familias los recursos pedagógicos para convertirse en los maestros de sus hijos?

La escuela es la responsable de gestionar su tiempo y enseñar a sus alumnos lo que tienen que aprender en el tiempo que tienen para hacerlo. Y si ese tiempo es insuficiente, a quien debe acudir es a la administración y plantear “con el tiempo del que disponemos y la ratio de alumnos que nos imponéis, no somos capaces de enseñar todos los contenidos planteados“. Pero no es serio ni profesional enviar a las familias el trabajo educativo que no da tiempo a trabajar en clase. En familia tenemos otras tareas que desempeñar, entre las que no está usar un libro de texto para hacer ejercicios. Las familias no pueden ser usadas como extensión del aula sin su consentimiento y sin partir de una igualdad de condiciones. Hay niños con dificultades de aprendizaje que deben ser abordadas en la escuela y las familias que no pueden realizar estas tareas, ya sea por falta de recusos o por lo que sea, están siendo discriminadas en este sentido.

Enviar tareas a casa por falta de tiempo en el colegio es señal de un grave fallo en el sistema educativo, que funciona como si todos los niñas y niños tuviesen los mismos ritmos de aprendizaje, y si no los tienen, es su problema y el de sus padres. En esta escuela no hay una preocupación por el aprendizaje, sino por la cumplimentación de ejercicios. Se aprende completando ejercicios. Y cuando un niño o una niña no aprenden al ritmo estipulado, les envían a las familias las tareas sin hacer:  las tareas que no han sabido abordar los que creemos son especialistas en educación.