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Argumentos a favor de los deberes

Cada vez que sale un artículo en contra de los deberes escolares, lo que más me fascinan son los comentarios. Los comentarios de los educarcas y sus rocambolescos argumentos sobre los deberes (si se pueden llamar así) son delirantes. Vamos a ver algunos de ellos, aunque no pretendo ser exhaustiva, ya que la creatividad de estos ancestrales docentes es inagotable: cualquier excusa es buena para convertir nuestras casas en un campo de trabajos forzados. 

Argumento 1. Los nenes no son funcionarios. Este argumento afirma que no se puede plantear que los nenes no hagan nada a partir de las 14 h., cuando salen de la escuela. Los funcionarios, que por lo visto son seres vagos e inútiles, se lo pueden permitir, pero los nenes tienen que aprender a vivir solos (sic.) y la misión de los padres (sic.) es enseñarles a hacerlo. 

Quien argumenta esto no se ha enterado de que hay muchas cosas que hacer en la vida además de tareas escolares y que, además, tenemos libertad para hacerlas. Que no tenemos que aprender a vivir solos, porque lo normal es vivir con otras personas, o al menos es lo sano, y que el hecho de hacer tareas escolares, de todas formas, no enseña a ser un ermitaño… o sí. A estar aislado y a tener carencia de vitamina D por no darte el sol en la cara sí que puede ayudar. 

Argumento 2. Si los niños no hacen deberes, estarán toda la tarde de extraescolares. ¡¡Si!! ¡¡De extraescolares o de lo que nos de la gana a los padres!! Eso es así. Eso es inapelable. Estarán en extraescolares, o en el parque, o jugando con la Play o la Nintendo, o leyendo, o pintando, o haciendo cualquier actividad de su elección. ¡¡Qué desfachatez!! ¿Dónde queda la autoridad y la autonomía del maestro? Pues en su aula, claro. En mi casa, la autoridad soy yo. 

Argumento 3. Los niños tienen que hacer deberes, porque tienen que reforzar el conocimiento que adquieren en el aula. Ya se sabe que, durante siglos, el ser humano ha tenido que encerrarse en su cuarto entre cuadernos, bolígrafos, lápices, sacapuntas y libros de texto para saber cada vez más. Ha sido la única forma en que el ser humano ha podido progresar: hincando codos desde los 3 a los 11 años. Nada de salir a la calle a correr, a columpiarse, a saltar a la comba, a montar en bici. Hay que hacer deberes de sol a sol para progresar como humanos y reforzar el conocimiento, que es algo así como un zapato. 

Argumento 4. Los deberes, en definitiva, son la forma en que la autoridad del maestro se manifiesta en nuestros hogares. Hemos de acatar la autoridad del maestro, porque, en caso contrario, estamos perdidos: todo el sistema se desintegrará sin poder evitarlo. Hagamos lo que nos manda el maestro, olvidemos nuestra libertad de acción, olvidémonos de la música, del deporte, del sol, de divertirnos.  Y obliguemos a nuestros hijos a hacer ejercicios del libro de texto de sol a sol para levantar el país. 

Hay muchos más argumentos, de lo mas loco y variopinto. Pero por hoy es suficiente. Basta con esta pequeña muestra para estar seguros de que los educarcas son tóxicos y están ligeramente enmohecidos. Hay que alejarse de ellos para aprender en plenitud de nuestras facultades y, además, ser felices, cosa que, hoy por hoy, no es incompatible.   

De cartas salvadoras y realidades evidentes


En los últimos días, se ha hecho viral una carta de un profesor de literatura a sus estudiantes suspensos. El discurso que se desarrolla en ella es bastante tradicionalista y lo llevamos escuchando décadas, siglos diría yo, sin que nada haya cambiado en nuestro sistema educativo y sin que los jóvenes a los que esta carta va dirigida hayan cambiado un ápice. Este profesor, que trabaja, por lo que podemos intuir a partir de sus palabras, en un medio rural, en el que la economía está basada en la agricultura, se dirige a sus estudiantes y les dice que tienen que esforzarse porque la vida es dura. 

Después de 5 minutos de vídeo, he creído entender que este profesor, cuyas intenciones no pongo en duda que son buenísimas y que lo que dice lo dice de corazón y porque se lo cree, asegura a sus estudiantes que si estudian con mucho ahínco y llevan los trabajos a tiempo, podrán salir del sistema de pobreza y explotación al que se ven sometidos gran cantidad de españoles. Puede ser que alguno de ellos le haga caso, y dentro de unos años vuelva para decirle “mira Pablo, hice lo que tú me dijiste en esa carta navideña que te publicó el Huffington Post y que me dejó impresionado. Pero han pasado los años, y por mucho que me he esforzado, por mucho que he entregado los trabajos a tiempo, por mucho que he leído a los románticos, mira, aquí estoy, con un contrato de mierda que he firmado comprendiendo perfectamente lo que ponía en el texto. Aquí estoy, con una jornada laboral interminable, currando para alguien que se lucra con mi trabajo y lejos de mi pueblo y de mi familia. Eso sí, soy un buen trabajador, me esfuerzo y entrego todas mis tareas a tiempo.”

No sé, Pablo. ¿Cuál es realmente tu visión del ascenso social? Yo creo que, si lo que quieres es que tus estudiantes tengan la mente abierta y pensamiento crítico, deberías poner manos a la obra y ponerte a trabajar en ello. ¿Les has propuesto que se vean reflejados en algún personaje literario? No sé, se me ocurren Germinal, Cañas y Barro, Los Santos Inocentes… hay tantas joyas de la literatura que te pueden servir para hacer que sus mentes se revelen contra la injusticia, que yo no dejaría escapar un momento y me pondría a trabajar ya. 

¿Y qué decir del dadaísmo, de los Provo, de los movimientos de vanguardia que intentaron romper con el status quo establecido, o el más contemporáneo movimiento grafitero, con artistas como Bansky, Obey, Blu y tantos otros? ¿Has pensado alguna vez trabajar por proyectos y dejar que ellos y ellas experimenten el impulso creativo y el intento de romper con el orden establecido en la vida de mierda que dices les espera? 

Te animo a que liberes tu mente y, en vez de insistir con datos, apuntes, libro de texto y clases magistrales, cuya única propuesta es la de hincar los codos y leer por leer sin entender, les hagas vivir el lenguaje y la literatura. Haz que escriban para conseguir cosas, que noten el poder de la escritura en sus carnes. Que escriban sobre los problemas que les rodean adoptando las técnicas literarias de esos movimientos que ahora les suenan a chino. Que vean sus textos publicados. Que elaboren un periódico de aula. No hace falta que sus textos sean perfectos, lo que es necesario es que los sientan como suyos y aprendan a amar el lenguaje escrito. Que lean para disfrutar y para comprender su entorno. 

¿Te imaginas lo que podrías conseguir?

La mala educación en la escuela

Cuando mi hijo y mi hija eran pequeños, tenía mucho cuidado con las cosas que veían en televisión, bajo el convencimiento de que la desensibilización a la violencia cumple un papel fundamental a la hora de diseñar ciudadanos insensibles y poco reactivos. No quería que diesen por normal los disparos, las peleas, los insultos y los golpes tan comunes en series, películas y dibujos animados. Así que crecieron con un control bastante cuidadoso de lo que veían, y usando muy poco la tele. 

Sin embargo, la escuela no me lo puso fácil. En las aulas no había pizarras digitales, y si había ordenador lo usaban para tener entretenidos a los niños y niñas los días de lluvia y en esas horas en las que no sabían que hacer. Y les ponían películas. Un día, mi hijo de 4 años me dijo que no podía dormir. Que había visto una película muy fea en el colegio. Indagando, me enteré de que les habían puesto Spiderman, una película no autorizada para menores de 12 años. Fui al colegio a protestar. No es normal que yo esté cuidando la educación de mis hijos en casa y me echen a perder el trabajo hecho en la escuela. 

Como esta, podría contar otras tantas anécdotas. Un día, la maestra de tercero de primaria le pidió a mi hija que escribiese una lista de 5 palabras (no recuerdo el objetivo). Mi hija escribió, entre otras, ipso facto (lo escribió todo junto, ipsofacto). Era una palabra que le oía mucho a su padre (podéis reíros, sí, yo también lo hacía) y para ella era una palabra habitual. Pues bien, la maestra se la tachó sin mediar palabra, y ella llegó muy enfadada y frustrada con ese asunto. ¿No hubiese sido mejor hablar sobre esa palabra (que por otra parte, es una expresión bastante culta) que tachar sin más la producción de la niña? En fin, cosas de maestras… 

Otra cosa que me ha costado mucho erradicar de los hábitos adquiridos en la escuela por mis hijos ha sido el de la copia y el resumen. Trabajaban la poesía copiando poesías, trabajaban la narración resumiendo cuentos del libro de texto, y así sucesivamente. Y luego nos extrañamos de que el plagio esté a la orden del día entre los estudiantes universitarios, que los de secundaria no sepan escribir y que incluso los rectores españoles usen el copy-paste para elaborar sus textos. Para aprender a escribir hay que crear textos propios, no copiar los ajenos. Y para estudiar no hace falta resumir copiando párrafos: los esquemas y los mapas conceptuales han probado ser mucho más eficaces para almacenar conjuntos de información compleja. 

En cuanto al acoso escolar, tema que está produciendo una gran alarma social en los últimos tiempos, he de decir que ha habido profesores y profesoras de mis hijos, tanto de primaria como de secundaria, que no han contribuido de la manera más eficaz posible a su erradicación. No han sido ni uno, ni dos ni tres los que han insultado a sus estudiantes menos aventajados en clase, diciéndoles cosas del tipo “eres penoso”, “nunca llegarás a nada en la vida” y cosas por el estilo. Por eso, cuando me hablan del método ese que usan en Finlandia para erradicar el acoso escolar, que consiste en centrarse en los testigos del acoso, pienso que nuestro sistema, una vez más, está a años luz del de Finlandia (sí, aunque os fastidie que lo digamos y lo repitamos hasta la saciedad). Aquí deberíamos empezar por que los profesores tratasen con respeto a sus estudiantes, que no es poco. 

En definitiva, cuando Elvira Lindo dice que los deberes los tenemos que hacer todos, la sociedad y el sistema educativo, discrepo. Sí, señora periodista. Discrepo porque el sistema educativo debe mejorar la sociedad, no compararse con ella. No es lo mismo exigir a las familias que mejoren la educación de sus hijos e hijas que exigírselo al sistema educativo, un sistema que se supone está compuesto por profesionales al servicio del estado. Por último, le rogaría que cuando escriba sobre educación, como periodista y profesional que es, además de esmerarse por dotar de estructura y legibilidad a sus artículos, piense en las consecuencias y efectos de lo que escribe. Sus lectores y lectoras se lo agradecerán. 

Maestras cuñadas


(Advertencia: en este post uso el femenino genérico. Donde dice maestra se debe entender también maestro. Donde dice alumna, dice alumno también. Además, no excluyo a las profesoras y profesores de los IES)

El cuñadismo dentro de la profesión docente está en alza. Antes permanecía encerrado en las sesiones de evaluación, esos conciliábulos secretos que nos ilustraron tan bien los estudiantes del IES Berengüer Dalmau. Pero ahora ha saltado a las redes, y todas podemos ser testigos de él. Si una maestra se queja en las redes sobre una alumna, saltan 10 compañeras con el “bien, coño, bien, compañera” haciendo sugerencias de lo más variopinto. 

De esta forma, en el imaginario de la maestra media, las familias son, por definición, dejadas e ignorantes. No saben qué hacer con sus hijas, que les engañan y se encierran en sus cuartos a navegar por internet mientras ellas toman cafés con las amigas creyendo que están estudiando. 

Para la maestra cuñada, la sociedad se divide en dos grupos bien definidos: maestras y todo el resto de la población. Las familias, que por supuesto no tienen maestras entre sus miembros, no se preocupan por sus hijas y hay que forzar su asistencia a las necesarias tutorías. A pesar de tener tiempo libre a raudales, prefieren irse a hacer yoga o a merendar al centro comercial que escuchar atentamente los sabios consejos de la maestra de su hija, que es la única persona que se preocupa por su futuro. 

Las maestras cuñadas suelen dar respuestas muy parecidas cuando las familias critican el sistema educativo: 

– Señora, siento que haya tenido tan mala experiencia. 

– Seguro que eres de esas madres que superprotegen a sus hijos y les conviertes en unos inútiles.

– Señora, si su hijo es un vago en clase tendrá que llevar lo que no ha terminado para casa. 

– Las mamis meten a sus hijas a extraescolares mientras que vuelven del curro. Qué desfachatez. 

– El Whatsapp es la agenda de los niñas, y las mamás solo lo usan para criticar a la maestra. Hay que prohibirlos. 

– Finlandia bla bla bla

– Pisa bla bla bla 

– Se ha perdido el respeto y la confianza en las maestras. ¿A los médicos acaso les pides pruebas de que la prescripción va a funcionar?

– Hay que dar siempre la razón a la maestra delante de la niña, aunque no estés de acuerdo con ella (señora, sí señora)

Y así hasta el infinito. Planteamientos muy cuñados que parte de las premisas de que todas las familias son iguales, no poseen ni la más mínima noción de educación, deben estar bajo la supervisión de las maestras  y deben respetar incondicional y ciegamente al cuerpo docente. 

Cuidado, que yo no digo que no vivamos en una sociedad consumidora de televisión y comida basura que habla a los hijos y a las hijas como el del vídeo de la cabra. Que hay familias bastante cuñadas, eso es indiscutible. Y familias pobres, familias con trabajos agotadores y mal pagados, familias monoparentales, familias reconstituidas, familias intelectuales, familias de empresarias con dinero, niños y niñas sin familia. Nuestra sociedad es múltiple, y que las maestras nos trate a todas las familias siguiendo el mismo ideario no funciona nada bien. No puedes exigir a una familia que su hija lleve los materiales escolares si antes no te has informado sobre su situación económica. Ni decirle a una madre lo que tiene que hacer en casa para que su hija mejore su rendimiento si no sabes cuáles son sus circunstancias. Quizás esa madre tenga un turno de tarde y no vea a su hija hasta las 10 de la noche, cuando vuelve agotada de trabajar. O tiene una familia numerosa de la que ocuparse sin ninguna ayuda. 

Pero bueno, menos mal que todas estas cosas solo las hacen las maestras cuñadas. Lo normal es que se preocupen por conocer las circunstancias de sus alumnos y alumnas, atiendan con empatía las preocupaciones de sus familias y adapten sus prácticas docentes a las peculiaridades de cada estudiante. Como debe ser. 

Venga, voy a responder a la encuesta

Tomada de Pixabay.com
Tomada de Pixabay.com

Los de Gestionando Hijos, en colaboración con la Fundación SM, del Grupo SM, sí, los que, entre otras cosas, venden libros de texto, hacen dos encuestas para conocer la relación familia-escuela. Y la hacen, cómo os diría yo… imaginaos que yo hago una encuesta sobre feminismo y hago preguntas en esta línea:

¿Crees que el feminismo es necesario o prefieres la igualdad?

¿Responderíais a esa encuesta? Un poco sesgada ¿verdad?

Bueno, vamos a ver las preguntas, porque creo que merece la pena.

1. En general, veo a los profesores como socios con quien (sic) colaborar para mejorar la educación de mi hijo.
Pues no. Los/as profesores/as no son mis socios, son personas encargadas de la educación escolar. Y según la ley, son ellos los que deben colaborar con las familias. Lo dice la LOMCE en su preámbulo, no lo digo yo. Partiendo de ahí, la colaboración no es mala nunca. Pero me importa la horizontalidad y la firme convicción en que , quien decide sobre la educación de mis hijxs, soy yo.

2. Acepto las decisiones y formas de actuar de los profesores aunque no las comparta.

Pues depende de la decisión. Si esa decisión perjudica a mi hijx y no está basada en criterios pedagógicos, ni la compartiré ni la aceptaré, sino que iré al colegio a que me expliquen por qué se ha tomado, y si tengo argumentos contundentes haré que se retracten. Es mi obligación velar por el bienestar de mis hijxs.

3. Los grupos de padres de WhatsApp son un medio para criticar al colegio, los profesores y cuestionar sus decisiones.

Pues depende. ¿Los grupos de amigotes son un medio para compartir fotos de la novia desnuda y contar las proezas del fin de semana? Pues eso… Además, no puedo hablar con propiedad de los grupos de padres, solo conozco grupos de madres.

4. Delante de mis hijos siempre muestro mi apoyo a sus profesores.

Siempre no, por supuesto. Ni nunca. Cuando alguien tiene razón, se le da. Pero estoy en contra de esa idea de que el adulto siempre tiene razón, aunque no la tenga, y al niño/a hay que enseñarle a obedecer sin cuestionar las órdenes. Esa es la mejor forma de dejar a niños y niñas expuestos a los abusos sin saber defenderse. Total ¿para qué se lo van a contar a su madre y/o a su padre, si van a apoyar incondicionalmente al profesor? Gran fail

5. La profesión docente es una de las más importantes para la sociedad.

A ver. Importantes son muchas. ¿Qué haríamos sin las personas que recogen las basuras, sin las que nos cobran en el supermercado, sin las que gestionan nuestras multas?

Si lo que me preguntas es que si considero que un profesor/a o maestro/a deben estar bien formados y tener unos valores sólidos para ejercer su profesión, la respuesta es sí. Más considerando que nuestras hijas e hijos están en sus manos durante 5 horas al día, 5 días de la semana.

6. Siempre estoy dispuesto a colaborar con los profesores de mi hijo para buscar soluciones conjuntas.

Pues depende de cuál sea el caso, obviamente. La casuística es enorme. Si me piden que mi hijx no hable en clase, yo lo único que puedo hacer es decirle que no lo haga, pero no estoy en la clase para ver qué pasa allí y buscar soluciones conjuntas. Aunque estaría dispuesta a hacerlo: iría al aula y buscaría soluciones conjuntas con la maestra para que sus estudiantes la escuchen y dejen hablar. Por lo tanto, mi respuesta es SÍ.

7. Es importante que los padres colaboremos con los profesores y la escuela para erradicar el acoso escolar, aunque nuestros hijo/s no se vean afectados.

Con esta pregunta, otra vez me cuesta entender a qué se refiere. Si se refiere a que eduquemos a nuestras hijas/os en el respeto a los demás y a afrontar los conflictos de manera cordial y civilizada, estoy totalmente de acuerdo. Pero eso no es colaborar con la escuela o con el profesor, es educación pura y dura, lo que debemos hacer las familias, nuestra obligación, vaya. Y la escuela debe asegurar que el acoso escolar no se de entre sus muros: cuando los niños y niñas están dentro, esa es labor suya con la que no podemos colaborar porque no estamos allí. Decir que a un niño/a le han acosado porque los padres del otro le tenían mal educado es echar balones fuera. Si yo dejo a mis hijxs en el colegio, el colegio se responabiliza de su bienestar y seguridad. Y punto. No hay excusas.

8. Los padres debemos hacer los deberes con nuestros hijos.

No. Los padres (y las madres) debemos cuidar y educar a nuestros hijos e hijas, y hay miles de actividades interesantes que hacer en nuestro tiempo libre. No hace falta que la escuela nos indique lo que tenemos que hacer en ese tiempo, muchas gracias. Y os aseguro una cosa: cuando tienen que estudiar, estudian. Es increible. Aunque tengan una madre como yo, constructivista, antideberes y casi libertaria (o libertina) al respecto.

9. Es importante transmitir emociones positivas a mi hijo en relación a los profesores, el aprendizaje y la escuela

Sí. Yo lo intento, pero no se lo creen. Yo les digo lo importante que es estudiar y, según la edad que tengan, me dicen que el colegio es aburrido, que quieren que lleguen las vacaciones, o bien que el sistema escolar está hecho para mediocres. No obstante, han aprendido a tener éxito sin entusiasmarse demasiado, sabiendo que es un peaje que tiene que pasar.

10. Es necesario que los padres colaboren activamente en la vida escolar (actividades en el aula, participación en tutorías, extraescolares, AMPA, Consejo Escolar…).

Bueno, hemos llegado a la pregunta número 10. ¿Qué nota habré sacado? Vamos por partes:
A. Me encantaría participar en actividades en el aula, pero nunca me han llamado para hacerlo.
B. En las tutorías no se participa, se va a que te cuenten si tu hijo/a es bueno/a o malo/a y si necesita refuerzo o reprimendas. Por lo tanto, pocas veces he ido a una tutoría. Y las veces que he ido ha sido porque las he pedido yo.
C. Las extraescolares, como su propio nombre indica, no forman parte de la vida escolar. Hay vida más allá de la escuela.
D. El AMPA…. hubo un tiempo en que caí en la trampa. No gracias, no me interesa organizar festivales.
E. Consejo Escolar: lo mismo que D

Espero haber respondido bien. Soy una estudiante muy aplicada.

La autoridad del profesorado

Leo con estupefacción que un señor que es profesor, aunque ataca a las disciplinas encargadas de estudiar el hecho educativo con saña y odio, ha ido a hablar al parlamento de Navarra sobre la necesidad de dar más autoridad al profesorado. A él le gustaría que se hablase de autoridad más que de protección, pero da por bueno hablar de una ley de protección del profesorado.

Vamos a ver. Los necesitados de protección son los menores. Siempre y por encima de todo. Partiendo de ahí, el profesorado se debe dotar de herramientas para la resolución de conflictos en el aula. Haya o no haya ley, el poder en el aula lo ejerce el profesorado. Tiene cogidas las riendas y es el menor el que tiene las de perder. Aunque nos inunden con historias del pobre profesor que es diana de las burlas de sus malvados estudiantes, en las que él siempre termina de baja por depresión, estamos hablando de alumnos y alumnas que tienen entre 12 y 16 años (asumo que estamos hablando de la etapa obligatoria de la E.S.O.). Para gestionar un aula, hay que desarrollar competencias pedagógicas que te permitan manejar las dificultades.

Este señor dice que los docentes tienen derecho a ejercer su labor en unas condiciones adecuadas. Olvida que el derecho constitucional es el de la educación, y su labor es que los niños y niñas hasta los 16 años puedan disfrutar de este derecho. Esto implica que un docente tiene que ser especialista en trabajar con adolescentes. Su labor no es llegar a una clase y empezar a soltar su perorata mientras los estudiantes le miran con admiración e introducen la información en sus cabezas. Su labor es potenciar el aprendizaje de una manera adecuada a la edad y los conocimientos previos de sus pupilas y pupilos.

Partiendo de estos supuestos (que el que está ejerciendo su derecho es el y la estudiante, y no la profesora o el profesor, y que hay que saber trabajar con adolescentes), pretender basar el clima de convivencia en lo que este señor llama “medidas disciplinarias” es un absoluto despropósito basado en una ideología muy concreta. Puede ser que, para él, la educación se pueda desarrollar en un ambiente de miedo. Pero desde la Pedagogía y la Psicología de la Educación, eso es imposible. El aprendizaje solo se puede desarrollar en una ambiente de confianza, y el profesorado es el encargado de crear ese clima.

Pasa que, entre los estudiantes, este profesor se va a encontrar una gran variedad. Y además, en la vida de una persona, pueden pasar muchas cosas, y hay días en que un niño o una niña puede haber vivido algo especialmente amargo, violento o desagradable. No hay que perderlo de vista: los alumnos y alumnas son personas que se alegran, sufren, viven fuera del colegio y del instituto. Y forma parte de la educación, sobre todo a estas edades, ser sensible a estas situaciones. No son máquinas en las que introducir el excelso contenido. Esas máquinas tienen vidas e intereses con los que hay que sintonizar. Malas noticias para una persona que quiere basar la convivencia en medidas disciplinarias.

En cuanto a la confianza que debemos depositar las familias en el profesorado, eso depende de muchas cosas. Las familias somos responsables de velar por el bienestar de nuestros hijos e hijas. Nunca debemos depositar confianza ciega en nadie, por mucho que tenga un título y haya obtenido una plaza en un servicio público. Nuestros hijos e hijas siguen siendo responsabilidad nuestra, y haremos todo lo que esté en nuestras manos para asegurar su bienestar. Las familias pueden tener muy buenos argumentos para no estar de acuerdo con algunas de las prácticas que tienen lugar en las aulas y es nuestro deber denunciarlas y exigir su erradicación. De la misma forma, apoyaremos al profesorado cuando sus argumentos sean correctos y la educación de nuestros hijos requiera de nuestra intervención para que su conducta en el aula sea adecuada. Todo es, efectivamente, una cuestión de diálogo en un entorno democrático. No hace falta que el profesorado se convierta en policía y su palabra tenga más valor que la nuestra como familias.

Por último, recordarle a este señor que el respeto no se impone, el respeto se gana. Es obvio que todas las personas (profesoras y profesores, madres, padres y estudiantes) merecen respeto a priori como seres humanos, y eso no se le niega a nadie. Pero aquí hablo del respeto como emoción que surge de una historia de convivencia. Este tipo de respeto debe ser mutuo: sin reciprocidad es imposible que exista el respeto. Claro, si se refiere al respeto que emana de la autoridad tipo militar, que el cabo le tiene al comandante y el comandante le tiene al general, efectivamente estamos hablando de cosas distintas: así no funciona la educación. Eso lo sabía hasta la profesora y ex marine LouAnne Johnson en Dangerous Minds.

Cualquier ciudadano y ciudadana está protegida legalmente ante las agresiones. Si un profesor o profesora es agredido, será protegido sin necesidad de que exista una ley, como cualquier otra persona. Pero cuando el que agrede a una persona adulta es un niño o una niña, hay que estudiar esta situación y poner en marcha medidas educativas y de convivencia real, no medidas disciplinarias más propias del sistema penitenciario y militar. Negar la necesidad de formación educativa sobre estas cuestiones y pretender solucionar los conflictos que se producen en las aulas (en las de algunos más que en las de otros) con medidas cohercitivas y disciplinarias es un despropósito solo comprensible en una persona que tiene más nociones de instrucción militar que de manejar contextos educativos. Si esto es lo que llaman “anti-pedagogía”, ya sabemos a lo que nos enfrentamos.

Madres: prohibido hablar de educación

Llevo casi cuatro años en este blog, y desde que escribo desde mi identidad de madre he podido constatar que a la gente que en las redes escribe desde sus perfiles profesionales les molesta sobremanera que una madre hable de otra cosa que no sea “sus labores”. 

Desde la perspectiva de estos expertos (y expertas), una madre es una madre. Y punto. La interacción con nosotras es serena cuando planteamos nuestras dudas partiendo de la ignorancia y la admiración por sus inalcanzables conocimientos. Pero ay de nosotras si osamos poner en cuestión sus planteamientos. En esos casos, da lo mismo que nuestros argumentos sean impecables, estén basados en la evidencia o que citemos investigaciones recientes de gran impacto: somos unas histéricas que atacamos desde la rabia y el resentimiento a los sabios expertos (y expertas). 

Leyendo el blog, la gente puede saber de forma fehaciente que tengo 3 hijos, pero no saben nada sobre mi profesión. La sensación que he tenido siempre debatiendo desde mi identidad de madre es que, cuando estos expertos interactúan conmigo, usan un arquetipo caduco de madre. Me siento tratada como una ignorante sin formación que se hace la listilla, una mujer de su casa que habla desde la emocionalidad y no desde la razón.

La verdad es que estoy aprendiendo mucho desde un punto de vista socio-psicológico sobre la forma en que funciona el poder en las interacciones cotidianas cuando me relaciono con personas desconocidas desde mi identidad de madre. Foucault estaría fascinado si pudiese observar las interacciones en las que me veo envuelta. Cualquier estudioso del poder, del discurso y de la interacción lo estaría.

¡Pero qué hago yo hablando sobre estas cosas, si solo soy una pobre madre histérica! Vuelvo a mis fregonas, mi bayeta y mis cup cakes. Perdones excelsos expertos del saber oculto que ose argumentar sin llevar un mísero título en la boca. 

#VDLN 118: Napoleón Solo y Lolaila Carmona (hablando de zombies)

©1964 NBC Television
Hoy os meto la chapa y luego os pongo una canción. Es lo que hay. Y es que, en estos tiempos convulsos en los que sería mejor estar muertos y no respirar, como dicen los Napoleón Solo, me empeño en seguir trabajando en mis cruzadas particulares. 

No sé si os habréis dado cuenta de que nuestro sistema educativo es un zombie, un muerto viviente que intenta devorarnos en sus últimos estertores. Pero es que lo que no puede ser es que nos vendan la moto de la democracia, la libertad, la libertad de expresión y los derechos humanos y luego venga una institución a la que es obligatorio acudir de los 6 a los 16 años e intente imponer sus reglas en nuestras casas. 

La escuela se empieza a destapar abiertamente como instrumento de control y coacción. Cuando la gente se ha empezado a rebelar masivamente contra sus truculentos planes de convertir a nuestras hijas e hijos en copistas y reproductores de ejercicios y relatos mal escritos de libros basura, la escuela ha saltado de su asiento. ¡¡¡No nos desprestigiéis !!!! ¡¡¡¡Somos la autoridad!!! ¡¡¡Respetad nuestros mandatos!!!

Pero la creatividad y el pensamiento crítico están reñidos con esa fábrica de rumiadores que abre sus puertas todos los días a las 9. Nunca olvidaré ese párrafo en el que Bruner (un prestigioso psicólogo que murió este mes de junio a los 100 años de edad), en su libro La educación, puerta de la cultura, contaba cómo la generación anti-Vietnam había surgido de una renovación pedagógica. El grano en el culo que le salió a los USA no pasó desapercibido, y se tomaron medidas para que esto no volviese a pasar. La nueva escuela europea de los años 20 había abierto una vía muy peligrosa: la liberación de las mentes, el mayor enemigo del poder institucional. 

En fin, que si nos oponemos a los deberes y otras malas prácticas de la escuela zombie no es por dejadez (a la que, por otra parte, tenemos todo el derecho). Es porque nuestros hijos e hijas van más allá de todos esos papeles malgastados con prosas mediocres y cuentas inútiles. No pueden estar perdiendo su precioso tiempo llenando papeles cuadriculados de grafito cuando pueden explorar el mundo real y el virtual. Señores y señoras maestras promotores de los deberes, a los que les gusta que sus alumnos tengan buena letra y coloreen sin salirse: en nuestras casas no queremos hacer eso. Ya bastante tenemos con sufrir el pinta y colorea en las aulas. 

Bueno, y ahora la canción. Estos chicos, Napoleón Solo, rebosan creatividad por todos sus poros. Seguro que su educación fue más allá de la flauta dulce y el a mi burro a mi burro le duele la cabeza



Las mal llamadas extraescolares


La típica respuesta de la masa docente cuando damos argumentos en contra de los deberes que nos imponen desde la escuela es que las familias cargamos de extraescolares la agenda de nuestros hijos e hijas. Este argumento de quítate tú para ponerme yo funciona mal. Cuando las niñas y niños salen de la escuela, después de 5 horas lectivas, el tiempo es gestionado por la familia, y lo que hagamos con ese tiempo no puede ser decidido desde una institución ajena a la misma.

En muchos casos, ese tiempo se aprovecha, además de para descansar y tener un rato de ocio libre, para aprender cosas que la escuela española no enseña ni de refilón. Tocar un instrumento, aprender lenguaje musical, a jugar al tenis, a nadar, a pintar o a practicar un arte marcial. Ese tipo de cosas son, en muchos casos, vocaciones y talentos que nunca se desarrollarían si no fuese por esta inversión extra-escolar.

Pero el hecho de llamarlas “extraescolares” las sitúa en referencia a la escuela. Como si fuesen algo añadido a la escuela y subordinadas a ella . Nada más lejos de la realidad. En estas disciplinas que no se trabajan en la escuela, bien porque no se les ha dado la suficiente importancia, bien porque no existen profesionales preparados para enseñarlas en esa institución, se trabaja de forma radicalmente diferente a la escuela. Las niñas y niños aprenden haciendo. Nada de estar sentados en un pupitre con lápiz y papel, copiando o escribiendo al dictado lo que un adulto dice y realizando miles de ejercicios sin referente en la vida real. Si un niño o una niña aprende a tocar un instrumento, formará parte de una agrupación o de una orquesta y tocará delante de un público desde el primer momento. Formará parte de una comunidad en la que va asumiendo más responsabilidad a medida que adquiere más destrezas y conocimiento. Y nada de calificaciones: en este entorno, la recompensa es la satisfacción de hacer las cosas mejor cada día. Todo esto no tiene nada que ver con la innovación, sino que es algo normal y más bien antiguo. Se aprende como se aprendía antes, formando parte de una comunidad de práctica y participando en ella, primero en la periferia y pasando poco a poco hacia el centro, a medida que se va aprendiendo más y más.

En estas disciplinas sí que se trabaja la cultura del esfuerzo. Las niñas y los niños aprenden que el buen desempeño va acompañado de muchas horas de práctica, de entrenamiento, de ensayos y de estudio. Y estas horas se ven recompensadas cuando llegan a ser capaces de hacer algo que antes no sabían hacer. Es entonces cuando reciben los aplausos y la enhorabuena, el nuevo cinturón o un puesto más cercano a la directora de orquesta.

Este tipo de actividades de aprendizaje no son extraescolares. Son comunidades de aprendizaje independientes del colegio. Actividades extraescolares son las academias a las que algunas familias llevan a sus hijas e hijos para hacer los deberes que mandan en la escuela, o para reforzar destrezas en las que el colegio invierte mucho tiempo pero no acaba de enseñar bien, como por ejemplo una segunda lengua. Las extraescolares siguen los mismos métodos de transferencia de contenidos y realización de ejercicios a los que son sometidos niñas y niños durante 5 horas al día. Mis hijos nunca han ido a este tipo de actividades, principalmente porque son ellos los que eligen qué hacer.

En conclusión, el tiempo no lectivo es un tiempo que gestiona la familia y que no está sujeto a las imposiciones que se hagan desde la institución escolar. La educación obligatoria tiene su tiempo asignado y no puede exigir que las familias nos convirtamos en una extensión de la escuela. Es demencial imponer a niños y niñas de 3 a 11 años que dediquen gran parte de su tiempo libre a estar sentados frente a un libro de texto y un cuaderno. Comparar esto con las actividades que las niñas y los niños hacen de forma libre y voluntaria y en las que aprenden destrezas inalcanzables para ellas y ellos en el colegio es un sinsentido.

Me parece increíble tener que estar escribiendo sobre esto. ¿No os da la impresión de que las instituciones se inmiscuyen cada vez más en nuestras vidas?