Sociología

Esa delgada línea…

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Desde que llegué al mundo de la crianza, que fue cuando me quedé embarazada por primera vez, he observado una delgada línea entre la crianza con respeto, el puritanismo y el machismo feminista. Por empezar por algún sitio, empecemos por el feminismo. Siempre he defendido que la maternidad debe ser protegida como uno de los estados de mayor vulnerabilidad. Tienes hijos y la sociedad ignora la necesidad de las crías de ser cuidadas y de la madre de cuidar a sus crías. Hasta ahí estamos de acuerdo. Pero a partir de ahí, toda decisión de la mujer con respecto de las actividades a las que se va a dedicar después de tener un bebé son cuestión suya. No ayudan esas afirmaciones carlogonzalescas de que “La conciliación no existe, hay que decidir entre el trabajo o la familia”. Esas afirmaciones, dirigidas a personas que no forman parte de nuestras vidas, solo cumplen una función: la de extorsionar a las mujeres que hayan decidido seguir con su carrera profesional o que tengan que seguir trabajando sin más y ponerlas bajo el punto de mira como si hubiesen tomado una decisión egoista y desnaturalizada.

Así, secuestrando la voz del feminismo, diciendo a las mujeres lo que deben sentir al ser madres, lo que deben hacer y lo que deben pensar, cumplimos la misma función que en los años 50 cumplieron los discursos machistas que culpaban a las mujeres del descenso de puestos de trabajo y las exhortaban a volver al hogar para mantener a la familia unida. Ahora la bandera es el vínculo sagrado y reprimido entre la madre y la criatura. Ese vínculo que no vemos, que no sentimos porque estamos oprimidas, porque estamos heridas, porque llevamos una coraza de acero.

Al final, nos quedamos en un puesto tan difícil como en el que ocupamos en aquellos años de las tartas humeantes en el alfeizar de la ventana, ahora convertidas en sabrosos cupcakes y maravillosos tratados sobre como mantener el orden en casa. Las madres volvemos a ser esas santas puras que mantienen cada cosa en su sitio, tanto física como socialmente. Y, por supuesto, tenemos el deber de velar por el desarrollo sagrado e intocable de la bondad de nuestros infantes.

Aquí es donde entra en juego el puritanismo. La teoría del vínculo sagrado va acompañada habitualmente de una creencia Roussoniana del desarrollo infantil. Los niños y niñas son almas puras que se desarrollan de manera perfecta si lo hacen en plena libertad. Y nosotras, sus madres, hemos de velar por la imperturbabilidad de esta pureza en desarrollo. Toda intervención en este proceso sacro es inadecuada, incluso los premios y las alabanzas se transforman en manipulaciones inadmisibles y violentos sobornos.

El lugar que antes ocupaba el Rock’nd Roll, esa música del diablo que pervertia a los jóvenes de antaño según las mentes bien pensantes,  es ocupado ahora por el sucio regeton,  que hipersexualiza a las mujeres según la feminista blanca de clase media. Ahora solo se admite la música infantil y, en todo caso, el pop clásico.

Y así andamos, convirtiendo discursos antiguos y actualizándolos para los tiempos que corren.  Discursos que ignoran por completo las diferencias de clase y que nos tratan a todas por igual, ignorando las múltiples circunstancias que nos conforman en la historia de nuestra vida. Triunfa la que, habiendo sorteado miles de obstáculos, consigue criar a sus cachorros cual lobos en manada y se convierte en bloguera o en coach de madres y mujeres. Y la que no lo consigue, pasa sus días lamentándose por la sociedad en la que le ha tocado vivir. Esta sociedad enferma que le impide alcanzar la tierra prometida.

El feminismo no aboga ninguna forma de vida. No tiene nada que ver con la imposición  de un modelo de mujer (la que siente el instinto maternal biológicamente determinado) ni de madre (la que permanece en casa junto a sus crías durante sus primeros años de vida). El feminismo persigue la igualdad y la libertad de elección. También la de las madres que quieren quedarse en casa para criar. Y la de las madres que eligen otras formas de conciliación. Y la de las mujeres que no quieren ser madres.

Las mujeres envejecemos peor

http://www.fucsia.co/moda/famosos/articulo/mujeres-iconos-de-moda-mayores-de-60-anos/64948

Uno de los primeros pasos para cambiar algo es hacerse consciente de ello. Y una cosa que está empezando a hacerse evidente es que a las mujeres, a partir de los 50, no se las toma en serio. No es que antes de los 50 sea una maravilla y nos tengan en un pedestal, no. Es que, en el ideario común, la mujer a partir de 50 adquiere un estatus de ignorante, inocente y gracioso ser que hace muy buenas croquetas pero que no entiende nada de lo que dicen los jóvenes y los hombres.

Ya sé que los lugares comunes, si no se viven y experimentan, no se comprenden. Pero imaginad. Una mujer, 50 años, baila en una discoteca. Una mujer, 50 años, va a la quedada de Pokemon Go en la Puerta del Sol de Madrid. Una mujer, desconocida, 50 años, da una opinión política en una tertulia. ¿Qué os ha pasado por la cabeza? Seguramente lo mismo que cuando veis a Iris Apfel (que ya pasó la cincuentena) vistiendo esos llamativos ropajes y collares. No es común ¿verdad? Lo típico de una mujer de 50 es estar recluida en su hogar vistiendo una bata de flores y solo saldrá del brazo de su marido con la media melenita teñida con mechas y las lorzas embutidas en un vestido por debajo de la rodilla.

Pero vamos llegando a la cincuentena, e igual que en su momento me negué a adoptar el papel de madre reciente, que deja atrás los pearcing y los tatuajes para cambiarlos por la coleta y las chanclas, me niego ahora a que se me encasille y se me mire por encima del hombro por estar llegando a un sitio al que todos y todas vamos a llegar. No es solo ya la típica actitud de los adolescentes que creen que sus madres no saben nada. Eso es comprensible y puedo vadear con ello. Es además la actitud de tus compañeros de trabajo más jóvenes, que se creen con una sabiduría infinita que tú nunca rozaste, la forma en que la gente que no te conoce te sitúa en las conversaciones, el modo en que empiezas a escuchar la palabra señora de los hombres expertos en chapuzas varias en el hogar y en el automóvil, etc.

Yo entiendo que cuando no se pasa por un etiquetado colectivo tácito e inconsciente, no se comprende cómo se vive esta situación. Pero es muy desagradable que los demás quieran que seas de una manera que te es absolutamente ajena. Se empeñan en hacernos envejecer según la idea que tienen en su mente de lo que debe ser eso. Pero lo siento, no creo que cumpla con vuestras expectativas. Nunca he sabido dónde venden esa ropa de señora, esas batas de flores y esas zapatillas imposibles. Nunca me he puesto ni faja ni combinación, no me pienso poner mechas y no pienso dejar de leer y opinar sobre política. Y lo que es peor: nunca he sabido hacer croquetas.

Para que os hagáis una idea de cómo nos sentimos las mujeres cuando llegamos a los 50, os dejo aquí un vídeo que me ha pasado una amiga mía, muy lúcida en el terreno del impacto visual y narrativo. Somos las viejas brujas locas a las que nadie tiene en cuenta, peligrosas y apestosas. Nuestra experiencia profesional, nuestras competencias, nuestras virtudes se han corrompido al llegar a los 50. Dejad paso a las jóvenes promesas y atended los consejos de los viejos expertos. Donde esté un Merlín y un hada joven y buena, que se quite Madam Mim.

La herida primal es una metáfora


Una herida es una lesión que se produce en el cuerpo debido a golpes o desgarros en la piel. Una herida es lo que veis en la foto. Una herida se cura con agua oxigenada, si es muy profunda se cose y normalmente deja una cicatriz visible de por vida. Eso es una herida en términos médicos. Se sabe cuándo se ha producido, causa dolor y daño y deja un rastro físico. Cuando tenemos una intentamos sanarla. Puede infectarse o curar con el tiempo. La podemos dejar al aire o taparla con apósitos. Duele, pero si no te tienen que cortar el miembro, la herida sana y deja un rastro blanquecino que nos recuerda el momento del accidente. No te hurges la herida, no te arranques la costra, si pica es que está curando o hay que dejarla sangrar son expresiones comunes que oímos sobre nuestras heridas. 

Y ahora vamos con lo de la herida primal. Me imagino que ya sabréis que es Freud el que habla por primera vez de la teoría primal, planteando que las experiencias de la infancia son decisivas para la constitución de la personalidad en la vida adulta y el origen de las neurosis. En particular, las experiencias traumáticas tienen, de acuerdo con esta teoría, un poder decisivo para la constitución de nuestras vidas. A partir de aquí, se cataloga como trauma cualquier evento que frustre la obtención de placer por parte de la criatura, siendo el impulso hacia el placer el motor que mueve al niño y a la niña hacia el desarrollo natural y pleno. 

Aquí ya vemos el primer viso de la metáfora. Un trauma, en términos médicos, es un golpe que causa una herida o un daño en el cuerpo físico. A partir del planteamiento de la teoría psicoanalítica, este término se asimila al ámbito psicológico y se define como trauma cualquier hecho que daña el sistema psíquico del individuo y deja una huella duradera que deja ver sus efectos a lo largo de la vida. 

En su libro Metáforas de la Vida Cotidiana, Lakoff y Johnson nos dice que “la esencia de la metáfora es entender y experimentar un tipo de cosa en términos de otra“. Plantean que nuestro entramado conceptual es metafórico y que las metáforas que organizan nuestro conocimiento tienen un efecto decisivo en nuestra forma de actuar. Ponen ejemplos tan ilustrativos como entender la discusión como una guerra o el tiempo como dinero. Estas son potentes metáforas de la cultura occidental que marcan nuestras interacciones y nuestras formas de actuar. La discusión podría ser conceptualizada con otro tipo de metáfora (la danza, la orquesta, el trabajo en equipo, etcétera) pero al entenderla como un campo de batalla, los contendientes tienen el objetivo de ganar la discusión, batir al adversario, atacar los puntos débiles de los argumentos, etcétera. Es difícil hacer de la discusión un acto constructivo y cooperativo en estos términos. 

Partiendo de este planteamiento, usar la metáfora de la herida para aludir a las experiencias tempranas y sus efectos en nosotras tiene consecuencias contundentes en nuestras formas cotidianas de actuar, hablar, pensar y argumentar sobre este tema. Una de las cosas que más les molesta a las personas que usan la metáfora de la herida cuando les dices que están usando una metáfora es la posibilidad de que estés sugiriendo la inexistencia de la herida primal. Eso es algo que, desde luego, es imposible hacer con las heridas en la piel: son claramente visibles tanto ellas como sus huellas. Pero las heridas como metáforas de los efectos emocionales que producen los sucesos tempranos no se ven, lo cual pone en riesgo su estatus de realidad. De hecho, la metaforización de estos efectos y su corporización como herida física cumplen la función de ofrecer estatus de realidad a este constructo teórico. 

En este sentido, la herida se tiene que corporeizar. Las investigaciones que hablan de sustancias segregadas, pérdidas neuronales, formación de conexiones sinápticas y demás hechos “duros” se ponen a la cabeza como sustanciación de la herida. Cuanto más grande es el golpe, más grande es la herida y más difícil es sanarla. Las huellas, las cicatrices, la sangre que mana de la herida abierta se manifiestan en nuestra incapacidad para llevar una vida normal en nuestra vida adulta. La neurosis se convierte en la herida que hay que sanar. Tienes que sanar tu herida y el primer paso que tienes que dar para hacerlo es reconocer su existencia. El recuerdo  del trauma y su integración en el flujo de conciencia se convierten en el objetivo vital de los planteamientos terapeúticos que mantienen esta metáfora viva. No hay mercromina para la segregación de cortisol.

Los traumas pueden ser pequeños eventos o sucesos arrasadores. Cada cortapisa a la consecución del placer es un trauma. Desde el llanto desatendido en la cuna hasta la la violación más abominable. De esta forma, quedan catalogadas en el mismo estante y son tratadas desde la misma perspectiva moral: golpes que producen heridas que necesitarán sanar para poder llevar una vida normal. De este modo, solo se catalogan como heridas aquellos daños ocasionados en nuestro aparato emocional desde el nacimiento hasta los 12 años aproximadamente (según las teorías psicoanalíticas). A partir de los 12 años, los golpes que nos da la vida no tienen el carácter de trauma, y las heridas son superficiales y consecuencia, quizás, de aquellas heridas antiguas que no hemos sanado. En este orden de cosas, los perpetradores de las heridas son las personas que han tenido contacto con el niño o la niñas y que estaban a cargo de sus cuidados. Y son ellos los responsables no solo de los traumas infantiles, sino de las consecuencias de estos traumas en la vida adulta. Alguien que fue tratado con desamor, tratará con desamor. Alguien que fue golpeado, golpeará. Alguien que fue violado, violará. Y la culpa no la tendrá él o ella, sino sus ancestros. Aunque sí tendrá la responsabilidad de hacerse consciente de la herida y sanarla, rompiendo así el ciclo. Creo que os sonará esta argumentación. La podéis encontrar en los últimos escritos de la Gutman y la polémica por su visión de los pederastas como víctimas. 

La metáfora es un potente instrumento simbólico que estructura nuestro sistema conceptual y determina nuestras formas de actuar. Por ello, es muy importante ser consciente de las metáforas que usamos en nuestra vida cotidiana. La metáfora de la herida primal nos hace ver al ser humano como un organismo frágil que lleva siglos de historia sufriendo por el pecado original de sus padres primigenios. Nos despoja de la responsabilidad de nuestra propia vida, pone como meta un paraíso que nunca llegaremos  a alcanzar y nos inunda de la tristeza de lo que pudo ser y no fue. Ademas, desecha nuestra capacidad de supervivencia en entornos hostiles, la vida como una trama narrativa de aprendizaje continuo, el sufrimiento de las clases oprimidas por las injusticias estructurales y otras formas de contar nuestra historia y metaforizar nuestras vidas. 

No quiero acabar sin mencionar el arma arrojadiza que emplean los creyentes y usuarios de la metáfora de la herida primal. Si tus palabras les sugieren una mínima alusión a la inexistencia de la herida, te conviertes en una persona inconsciente de sus propios traumas por la directa. Insensible, dañada y dañadora, generadora de heridas por doquier y alguien que se lo tiene que hacer mirar. Así funcionan las metáforas de la vida cotidiana: perméan nuestros conceptos y se convierten en ellos, creando un mecanismo de protección ante cualquier intruso o intrusa que ose intentar desbaratar el entramado. Y nos pasa a todas sin excepción: nadie está libre de metáforas. Yo tampoco. 

La filosofía de las madres

Intento recordar mi infancia y a las que entonces eran madres hablando de su maternidad como lo hacemos nosotras en el Facebook y no encuentro parangón en mi memoria. Por más que busco sólo recibo las ondas de tardes de café con las vecinas contando muchos chismes, pero nunca éramos nosotrxs (o al menos muy pocas veces) lxs protagonistas de estas conversaciones. Sin embargo, entro en las redes y ahí están las madres, venga darle vueltas a un hecho aislado protagonizado por un niño, una situación en el parque, en el colegio, en una tienda, en la piscina o en el autobús. Y el nivel de profundización en este hecho me hace recordar cuando estudiaba el Discurso del Método de Descartes. Parece que estemos desgranando la existencia de Dios a veces.

Esto demuestra varias cosas: la maternidad ha llegado por fin al ámbito de la filosofía. Algo que antes era ignorado en los discursos más enrevesados de los filósofos masculinos está tomando relevancia como objeto de reflexión profunda. Y no lo digo de coña. ¿Es más elevado e importante hablar de la existencia de Dios que de la crianza en el hogar? Teniendo en cuenta que lo segundo es algo que ha sido y sigue siendo considerado como cosa de mujeres, es comprensible que haya sido ignorado por los señores pensadores de antaño.

Pero siempre que a una mujer le ha dado por pensar públicamente (en privado lo hacemos todas, aunque algunos tengan serias dudas al respecto), ha hablado de la maternidad. Y no me hagáis enumerar nombres. Podría mencionar a Simone de Beauvoire, Margaret Mead, Celia Amorós, Victoria Sau e incluso nuestra querida Amelia Varcárcel. Pero me interesan mucho más nuestras reflexiones: mujeres anónimas que abordamos el tema de la maternidad desde las tripas, el corazón y la garganta, y nos lanzamos a nuestros teclados a mostrar nuestros dolores, nuestras dudas, nuestra culpa, nuestro amor, nuestra soledad.

Muchas veces no estamos de acuerdo y defendemos con uñas y dientes nuestras posturas. Va nuestra identidad en ello, y quién sabe si algo más. Seguramente, cuando dejamos el teclado y nos encontramos de nuevo con nuestros hijos e hijas lo hagamos con una pizca más de sabiduría, o con unas cuantas dudas azotando nuestros pensamientos. Pero ningún debate es en vano. Cada debate lleva un poco de nuestras vidas y de nuestros desvelos. Quizás por eso, la contraparte de estos salones de café virtuales sea la creación de facciones enfrentadas que se baten en duelo en los grupos. Las de la Herida Primal vs. las de la Pedagogía Blanca. O las Malas Madres vs. las Madres Reales. O las blogueras comerciales vs. las blogueras independientes.

No creo que estas disputas sean muy diferentes a las que tienen los académicos y académicas en sus reuniones científicas. Una disputa siempre está investida de ego. Hay una parte de nosotras mismas que está en riesgo. Negar la herida primal y los efectos nocivos de la represión del alma infantil puede ser tan amenazante como negar la existencia de Dios. Sostener que la conciliación pasa por los permisos iguales e intransferibles tan drástico como decir que el lenguaje da forma a la realidad. Y cada cuál tiene sus argumentos bien aprendidos y ensayados. Alcanza la gloria la que construye el argumento más novedoso y contundente.

Bueno, y ahora os dejo que voy a ver cómo sigue la última discusión. Promete mucho. Creo que resolveremos, de una vez por todas, la cuadratura del círculo.

 

Médicos despiadados


Recuerdo como en un sueño el día en el que, tumbada en la camilla, el ginecólogo pasaba el ecógrafo por mi barriga y dijo “esto está muerto”. Un escalofrío recorrió mi cuerpo. Había ido sola, porque no esperaba ni de lejos ese desenlace. Con la misma me despidió y me quedé en la puerta del hospital, llorando y temblando. Menos mal que existen los teléfonos móviles. Son el mejor invento en muchos siglos. 

El reduccionismo biológico hace mucho mal a nuestro bienestar psicológico. Que los médicos se crean que con cumplir con los protocolos establecidos han cumplido con su trabajo y que piensen en sus pacientes como cachos de carne con ojos son los grandes males de la sanidad de nuestra época. Engreídos y con aires de superioridad, los médicos contemporáneos se creen con una superioridad moral que hace mucho daño a las relaciónes sociales que tienen lugar en los espacios sanitarios. Y que sea cuestión de suerte dar con un médico empático y con sabiduría integral dice mucho de la formación de estos profesionales. 

También recuerdo el día de mi primer parto. Una residente de ginecología me cose una episiotomía innecesaria sin anestesia y me regaña porque me quejo. Jovencita y sobradamente preparada, hace mal su trabajo y una hora después tengo una hemorragia que hace que me tengan que someter a un proceso doloroso y traumático. Al día siguiente, viene a explorarme y le digo que no me va a poner un dedo encima. “Mira guapa, llevo toda la noche sin dormir y no estoy para tonterías” me dice. “Mira bonita, si no has dormido en toda la noche, con más razón no me vas a tocar”. Sus compañeras la miran y le dicen que me deje, que estoy muy deprimida. No saben lo que es el síndrome de estrés postraumático. 

Muchas veces, estos semidioses se creen que con tener el título ya han cumplido con su trabajo y pueden atender a la gente como en un matadero o una cadena de montaje. Pero su modelo hace aguas por todos sitios. Aunque se empeñen en que es malo que las personas que no tenemos el don de un título en medicina consultemos internet para informarnos, lo hacemos. Hay pacientes, además, que saben dónde buscar y que tienen la competencia de entender una revisión sistemática o un ensayo clínico. Y entonces nos podemos llevar grandes sorpresas. 

Otro recuerdo que me viene a la memoria fue el día en que mi hijo fue diagnosticado de una esofagitis eosinófila. El especialista en digestivo, un médico serio que nos informaba detenidamente de todos los pormenores, dando por supuesto que teníamos cerebro, nos contó que esta enfermedad estaba relacionada con las alergias y las intolerancias. Cuando acudimos a la pediatra, le comenté este aspecto y muy ofendida me dijo que no, que de eso nada. Que qué sabría yo. Ella tenía un caso que estaba llevando y las alergias no tenían nada que ver con eso. A los dos días recibí un correo electrónico disculpándose porque había estado mirando en internet y, efectivamente, la esofagitis eosinófila tenía relación con las alergias. En fin. Pobre niño al que estaba tratando. 

Nos llevamos las manos a la cabeza por los (malos) hábitos de salud de la población española. La automedicación y la heteromedicación están a la orden del día. Personas pasándose pastillas para diversas dolencias cual yonkis desesperados. Para la tensión, para la ansiedad, para el dolor, para la fatiga… para lo que sea. Yo te paso una y tú me pasas tres. Y los médicos expiden recetas sin dar ninguna explicación. Haz lo que te digo y te curarás. No te explican ni efectos secundarios, ni cómo funciona el fármaco que te han recetado, ni hacen, en muchas ocasiones, las pruebas necesarias para saber si ese antibiótico es la indicación adecuada. Y te sorprendes cuando cambias de médico y se lleva las manos a la cabeza por lo que estaba haciendo su compañero. ¿¿¿Pero esto no era una ciencia??? Ah, ya, que el razonamiento clínico es importante y no todo es A+B=C. 

En los últimos tiempos, es sorprendente la facilidad con la que los médicos de familia recetan psicotrópicos. ¿Que estás nerviosa? Toma ansiolítico. ¿Que estás deprimida? Toma antidepresivo, luego nos ocuparemos de esos efectos secundarios que hablan de un aumento del índice de suicicios de ciertas sustancias. ¿Que no duermes bien? Toma estas pastillitas que te van a ir de lujo. Y así tienen a la población, dopada, empastillada y sin recursos para afrontar la más mínima alteración en su equilibrio vital. 

Con este panorama, se hace necesaria una buena educación para la salud. Nuestro cuerpo y nuestra mente son nuestra responsabilidad y tenemos el derecho y el deber de conocer su funcionamiento y los cuidados que necesitan. No podemos depositar esta responsabilidad en manos de unas personas cuya formación tanto moral como profesional se escapa de nuestro conocimiento. Es cierto que los médicos son necesarios. Pero hay que saber discernir cuándo lo son y para qué. No podemos pasarnos el día en el consultorio cuando sabemos que los cambios que precisamos muchas veces en nuestras vidas no son químicos, sino sociales o personales. Comer mejor, enfadarnos menos, hacer ejercicio físico, fortalecer nuestro sistema inmunológico, aprender a respirar, beber más agua, follar más… eso no se soluciona con una pastilla, sino con un esfuerzo en dirección a un objetivo. Cuando empezamos a cuidar nuestro cuerpo y abandonamos esa dependencia del señor con bata blanca, las cosas mejoran mucho y nos alejamos de muchos riesgos innecesarios. 

Eso es lo que yo planteo, aunque el sistema sanitario insiste en invadir nuestras vidas y nuestras decisiones. No sé si habréis escuchado que hace poco, un hospital de Barcelona ha pedido una orden judicial para inducir el parto a una mujer que quería parir de manera natural. La policía fue a buscarla a su casa para llevarla al paritorio, sin que hubiese ningún indicio demostrado de peligro ni para la madre ni para el bebé. Increible ¿no? Cada paso que damos para salirnos del sistema de control del estado tiene una reacción. Pero eso es señal de que algo estamos haciendo bien. Cuando tienen que recurrir a la fuerza para dominarnos, es que hemos empezado a plantar cara. 

El perdón es una cuestión de género

La filmografía occidental está llena de historias en las que alguien que ha sido gravemente maltratado, abusado u ofendido en su infancia o adolescencia, cuando llega a la edad adulta se convierte en un peligroso y sangriento asesino en serie. Eso sucede normalmente en el caso de los hombres. Es, según el imaginario serie B, su forma de sublimar las heridas. Sin embargo, aunque últimamente van apareciendo antiheroinas que se cobran la venganza por su triste infancia, la respuesta femenina a estas afrentas suele ser la locura, la enajenación, la depresión y la histeria. 

Es en este contexto en el que aparece el discurso del perdón. Este discurso, aunque no lleve inscrita de manera explícita una marca de género, va dirigido normalmente a las mujeres. Esto no quiere decir que a todas las mujeres y a ningún hombre se le sugiera que es mejor perdonar para sanar las heridas, no nos vamos a poner #notallmen #notallwomen, sino que hay un sesgo culturál que funciona insistiendo de forma persistente a las mujeres que deben sanar sus heridas perdonando. 

Quizás esto sea porque ellas son las ofendidas con mayor frecuencia. Y también porque no nos interesan las mujeres rencorosas, enfadadas y vengativas. Tengamos en cuenta que en las mujeres recae el peso de los cuidados. Nos interesa que las mujeres hagan piña con la familia y no la abandonen por un quítame ahí estas pajas. Da lo mismo lo que haya pasado en tu infancia y tu adolescencia: una buena hija perdona y contribuye a los cuidados familiares. 

Si ponéis en google la palabra “perdón” encontraréis cientos de artículos intentando convencernos de las necesidades de afrontar este proceso. Nos cuentan lo bueno que será para nosotras, lo liberador, lo sanador. Pero yo me pregunto si es el perdón lo que sana realmente. Perdonar implica dejar de sentir la necesidad de tomarse la revancha. ¿Pero implica también volver a los roles iniciales de madre-hija-esposa-hermana-nieta con respecto a tus ofensores/as? ¿Quiere decir que, una vez que has perdonado, todo vuelve a ser como el principio? Oh, espera. Si es que el principio es el estado en el que la víctima fue ofendida y maltratada. ¿Quiere decir que la persona que perdona tiene que volver a exponerse?

El proceso de perdón tal y como la sociedad lo entiende es problemático y contradictorio a este respecto. No podemos pedir a la gente que haga borrón y cuenta nueva y hacerles creer que, desde ese momento todo será idílico y habrá paz y salud en su vida. El perdón es un proceso inscrito en una red de relaciones interpersonales, e implica, por tanto, hacer cosas y dejar de hacer otras. Importa menos que perdones o no a una amiga que te ha despreciado y difamado a que perdones a tu madre o a tu hermano. Digamos que a la amiga la puedes perdonar y no volver a verla nunca más, pero a tu familia vas a tenerla siempre ahí, a no ser que haya una dolorosa ruptura. Y esta ruptura está muy mal vista socialmente y es un tabú que aparece hasta en los 10 mandamientos: “Honrarás a tu padre y a tu madre”

El perdonar, por tanto, significa, además de un proceso psicológico, un cambio en las acciones. Y este cambio en las acciones te pueden volver a situar en la misma posición en la que estabas previamente: una situación de desventaja en la que la persona ofendida deja sus deseos de revancha pero en la que no se dice nada de los sentimientos del ofensor. Nunca se habla de la necesidad de arrepentimiento para que haya perdón, excepto en los confesionarios. 

Quizás deberíamos alejarnos del concepto judeocristiano del perdón y hablar de una transformación interna que implica el vaciarnos de la ira y el rencor hacia la persona que nos ofendió pero no el deber de resituar a esta persona en nuestra red de relaciones sociales. Sin embargo, hemos de tener en cuenta que esta redefinición del perdón no contribuye al mantenimiento del orden social. La víctima se libera del daño infringido, pero deja de ser un eslabón en el sistema viciado de la familia en la que sufrió. Aquí, miles de voces presionarán por el perdón tradicional y la vuelta al nucleo para ocuparse de su parte de cuidados y hacerse cargo de la herencia. 

La familia infantilizada

  

Hay una manada de expertos que hablan de las familias como una célula simple compuesta de papá, mamá y 1,8 hijos/as (niño y niña a ser posible). Hablan de la familia como un ente homogéneo. “Las familias” hacen esto o aquello. Eso cuando no dicen lo de “las mamis” hacen esto o aquello. Consideran a las familias, además, como un ente aborregado que no aporta nada valioso a la educación de los niños y las niñas. Si los adultos que se ocupan de los niños trabajan muchas horas, les acusan de no ocuparse de ellos, de ser cómodos, de no querer pasar tiempo con sus hijos. Pero si los adultos muestran interés por el bienestar de sus hijos, se preocupan por sus emociones e intereses, las familias son acusadas de sobreprotectoras, de hiperpaternidad, de no dejar autonomía a los niños, y bla bla bla bla. 

El caso es que esos expertos y expertas, que no sabemos si forman parte de una familia ellos mismos, o si hablan como hijos, madres, abuelos o maestras, siempre tienen la solución a nuestros problemas, aunque no tengan ni idea de lo que ocurre en nuestras casas, de cómo nos organizamos o la filosofía que seguimos para educar a nuestros hijos. Si no estamos de acuerdo con lo que ellos o ellas proponen, en seguida inventan una etiqueta para desprestigiar la labor de las familias. Este es el caso del concepto de hiperpaternidad o el de sobreprotección. El caso es que siempre hablan de lo que hacemos las madres y los padres como algo terrible que acabará convirtiendo a nuestros hijos en seres inútiles para la sociedad en la que vivimos, sin capacidad de esfuerzo, hábitos o autonomía. 

Pero partiendo de la base de que no hay dos familias iguales ¿es cierto que las familias han perdido en el último siglo la capacidad de educar a sus hijos? Recordemos que la institución escolar tal y como la conocemos es muy reciente, la educación obligatoria se impone durante el siglo XIX, y desde entonces la sociedad ha ido integrando de forma progresiva esta institución en su forma de funcionamiento. La escuela ha asegurado una educación básica para todos y ha conseguido alfabetizar prácticamente a toda la población. Es una herramienta para la igualdad, de eso no cabe duda. Sin embargo, y volviendo a aquello de que no hay dos familias iguales, no todos los niños y las niñas necesitan lo mismo de la escuela. Y, por su puesto, la escuela no puede sustituir a la familia.  

  
 Esta afirmación parece de perogrullo, pero no lo es. La escuela se empeña en cubrir el tiempo que los niños y niñas están en familia con actividades escolares que no tienen nada que ver con su ecosistema. Extienden las horas lectivas e invaden las horas no lectivas, obligando a las familias a seguir actuando como en el colegio. Quieren convertir la casa en una segunda escuela. Y tras este hecho se esconde una gran falta de confianza en la vida desinstitucionalizada. El hogar es un lugar demasiado libre como para dejarlo suelto y sin control. Institucionalizar al máximo la infancia es el objetivo para tener todo atado y bien atado. Queremos ciudadanos que vean la realidad como marca la versión oficial y que no se salgan del camino. 

Todo esto va ligado a la pérdida de autoridad de la madre y el padre, que se ve sustituida por la autoridad de los expertos y las instituciones. Las familias tienen que confiar y delegar en aquellos que dicen saber qué hacer con sus hijos para que se conviertan en personas de provecho. Muchas familias luchan contra esta invasión de su espacio desde el nacimiento de su primer hijo, rechazando las propuestas del hospital para que el parto sea medicalizado, las del pediatra sobre la alimentación cada 3 horas y las papillas de verdura y pollo a los 4 meses, las de la guardería para que enseñen a dormir a su hijo, y las de la escuela para que conviertan su casa en la continuación del colegio. Y es una lucha continua. Lo cómodo es aceptar las propuestas mayoritarias y fluir. 

Pero hay personas que decidimos no fluir y hacer las cosas a nuestra manera. Es lo que tiene el pensamiento crítico: que al final lo usas y no aceptas las imposiciones de la sociedad, que te inbuye cucharadas con el truco del avioncito. Y al vida se convierte en una lucha continua. Pero es que, si no lo haces así, la vida sería tan aburrida. Mirar las cosas desde otros puntos de vista te hace actuar por el cambio. Y está claro que las personas que decimos que no a los expertos tenemos otro plan de ruta. La escuela pública como institución caritativa quedó atrás. Ahora tiene que adaptarse a los tiempos y repensar el tipo de ciudadano que quiere construir. Y esto es, por supuesto, una cuestión política, además de educativa, psicológica, logopédica, etc. Hemos de repensar la escuela desde la ética, e incluir a toda la sociedad en esta reflexión. Y hemos de repensar la formación de maestras y maestros para que sean capaces de cumplir los objetivos que la sociedad les solicita. Porque recordemos esto: la escuela está al servicio de la ciudadanía, no la ciudadanía al servicio de la escuela.

¿Cómo funciona el sentido común?

  

En una época en que todo el mundo está muy preocupado por descubrir el funcionamiento de las sustancias que segrega nuestro cuerpo y en el funcionamiento de las redes neuronales que se esconden detrás del pensamiento, estudiar la forma en que funciona el sentido común es una preocupación marginal. Como marginal fue el ya clásico trabajo de Harold Garfínkel, un sociólogo que propuso el estudio de las normas compartidas, aunque no mencionadas, que guían nuestras prácticas cotidianas. Todo, absolutamente todo lo que hacemos con otros, todo encuentro, cualquier interacción, está guiado por normas compartidas por los miembros. Es lo que Garfínkel llama “los métodos de los miembros“, que podríamos simbolizar como una caja de herramientas siempre disponible para hacer cosas significativas con otros en diferentes situaciones de interacción. 

Solo somos conscientes de de la existencia de estas herramientas cuando las normas se rompen. Garfínkel proponía a sus estudiantes lo que él llamaba experimentos de ruptura, que consistían en introducir elementos que quebraban el orden en situaciones cotidianas y observar lo que pasaba. Aquí podéis leer algunos ejemplos. Pongamos un caso simple. 

Imaginad que alguien os dice hola por la calle. Hay formas de responder a este acto que están entre las maneras adecuadas compartidas por los miembros: decirmos hola sonriendo y mirando a quien nos ha saludado. O miramos sonriendo y levantamos la mano.  Pero imaginad que lo que hacemos es mirar fijamente, con la cara sin expresión y no decimos nada. O contestamos adiós. En estas situaciones, los miembros tienden a reparar la ruptura que se ha producido. La respuesta no es la estipulada y requiere reparación, así que actuamos para incluir lo sucedido en el orden que compartimos. 

Es así como somos capaces de desenvolvernos en un grupo social. Incluso las acciones que se salen del tiesto tienen que cobrar un sentido para reparar la ruptura o ser tipificadas como gravemente perturbadoras. “Eso no se hace, eso no se dice, eso no se toca”. El mantenimiento del orden social tiene lugar principalmente en la arena de la interacción cotidiana. Y es por tanto en este contexto en el que se pueden producir los principales cambios de orden social. Las cosas no cambian de arriba a abajo, sino de abajo a arriba, aunque nos hayan intentado hacer creer lo contrario, aunque nuestras metáforas cotidianas nos muestren un mundo imposible de cambiar si no es desde el lugar del poderoso. Arriba, en la cumbre, dictando normas. 

Esto no lo dice Garfínkel, cuyo único interés era el estudio básico de los métodos de los miembros, pero mi inferencia personal es que , como miembros, tenemos el poder de transformar las normas con nuestros actos y desafiando la presión correctora del grupo. Y cuantas más personas desafiando el orden y construyendo los actos de maneras alternativas, más poder para transformar los métodos que usamos en interacción en un bucle infinito. Abrir el mundo a nuevos actos de comunicación posible entre las personas y con las instituciones que supuestamente gobiernan nuestra vida implica el empezar a llevarlos a cabo e inundar nuestro entorno con nuevos actos. Por tanto, el cambio no está hecho para cobardes: para instaurar nuevas formas de sentido común, primero hay que realizar cientos, miles, millones de actos rupturistas que acabarán siendo asimilados por el grupo. 

Desde luego, Garfínkel debió conseguir que sus estudiantes se creasen muchas enemistades con sus experimentos de ruptura. Acabo con la transcripción de uno de estos experimentos, relacionado con el ejemplo que he puesto del saludo, y que uno de los estudiantes de Garfínkel (2006, p. 56) puso en práctica: 

La víctima saluda amistosamente con la mano. 

(S) ¿Cómo estás? 

(E) ¿Cómo estoy en referencia a qué? ¿Mi salud, mis finanzas, mi trabajo escolar, mi paz mental, mi…? 

(S) (Rostro enrojecido y súbitamente fuera de control.) ¡Mira! Sólo trataba de ser educado. Sinceramente, me importa un pepino cómo estés. 

Referencias

Garfinkel, H. (2006). Estudios en etnometodología (Vol. 52). Anthropos Editorial.