Sociología

YouTubers World

 

Ayer decidí adentrarme en el mundo YouTuber. Mi hijo de 11 años lleva un tiempo enganchado, y me apetecía saber qué se cocía por allí de primera mano. Creo que merece la pena adentrarse en este fenómeno que, de mano de gente de 20, está enganchando a gente de 10. La televisión hace años que solo se enciende en mi casa para ver Netflix, los canales tradicionales han muerto y ahora, para acercarnos al mundo de nuestros pequeños y pequeñas, hemos de navegar con ellos y elegir entre los numerosos y seguidísimos YouTubers.

Lo primero que hay que saber es que, cuando abres una cuenta de YouTube, puedes crear un canal propio en el que subir vídeos. Los YouTubers suelen ser chicos y chicas jóvenes. Lo que suelen hacer son GamePlays, que son vídeos en los que salen ellos mismos jugando a un videojuego, Vlogs, en los que cuelgan vídeos hablando de su vida o de distintos temas, y series animadas o de otro tipo.

Os voy a hablar de los YouTubers favoritos de mi hijo. El number one, el total pro es Folagor03, que hace GamePlays de Pokemon. Este chavalillo es simpático y la verdad es que me cae bastante bien. Mi hijo espera con impaciencia sus vídeos diarios. Aquí os dejo un vídeo de su canal.

Mi hijo era algo reticente a hablarme de los YouTubers que le gustan, porque piensa que tenemos un prejuicio contra ellos y que no entendemos nada. Le molesta que les llamemos tontos, que pensemos que pierden el tiempo y que les pidamos que les cambien por un libro. Lo cierto es que el entretenimiento que les proporcionan los YouTubers es bastante incomprensible para una generación que creció con la tele y los programas cerrados y a todo color. Nuestros hijos pueden interactuar con sus YouTubers favoritos, dejarles comentarios, aprender de sus mejores jugadas y… leer a los haters en los hilos de comentarios.

Entre otros gamers que le gustan están Gona_89, DSphony, RobleisIUTU, Sliver, MarcusPK7 y el famosísimo Willyrex. Pero lo que ahora es lo más de lo más es la serie de Edd00chan, FNAF. Esta serie animada, bastante simplona, está causando furor entre los peques de nuestra causa, que se han hecho Otakus y se han abierto cuentas monográficas en Instagram sobre la serie y sus personajes. A mí me deja bastante loca que prefieran esta serie a las elaboradísimas producciones que pueden encontrar en la televisión o en Netflix, pero creo que el secreto está en que es algo suyo, algo con lo que pueden interactuar y que está lejos del salón de casa. Su identidad digital es cada vez más fuerte, y estos productos simples pero exclusivos tienen mucho tirón.

También le pregunté por las chicas YouTubers. Me dijo que ellas también hacían GamePlays y que algunas le gustaban bastante. Pero que a él no le gustaban los Vlogs y las WeekLists. Y también descubrí los múltiples parentescos entre YouTubers.

Luna Dangelis es una gamer que hace otras muchas cosas, entre las que he podido observar un género que se llama “Video Reacciones” y que consiste en ver algo y mostrar a tus seguidores cómo reaccionas ante ello (qué narcisista, ¿no?). Tiene un novio que se llama Deiak y que a mi hijo no le gusta mucho. He visto un vídeo en el que Deiak mansplainea a Luna jugando a un videojuego pero no os lo voy a poner. Y luego está Sara Ramírez, alias Sara Pecas, hermana de Folagor03, que es casi tan maja como él, y trabaja más el género del Vlog. Aquí os dejo un vídeo con los cuatro juntos:

 

En definitiva, estamos viviendo un cambio revolucionario para el que debemos estar preparados/as. Todo cambia, y despreciar los gustos y aficciones de nuestra prole solo nos llevará a agrandar la brecha generacional. No hace falta que ahora nos hagamos superfans de los YouTubers, pero intentar comprender la cultura en la que se hallan inmersos nuestros hijos nos ayudará a conectar con ellos más y mejor. Os dejo con un Instagramer y YouTuber que me ha presentado mi hijo mayor con el que no me puedo dejar de reír. Se llama Darioemehache y me ha enganchado.

 

Señoras, sí señoras

Imaginemos una escena. Un grupo de mujeres en pleno climaterio admiran la belleza de un hombre de 30, mientras hablan entre ellas, ríen y pasan un buen rato. La cosa no llega a más: ni le tocan el culo, ni le lanzan piropos, ni dificultan su trabajo con sus insistentes embites. Sin embargo, sufren de cierta censura, la gente las mira con sorna, hablan sobre sus ciclos menstruales y su ovulación y, finalmente, quedan como unas trasnochadas locas y poco preocupadas por su imagen social.

Ser mujer de 50 es una actividad de riesgo. Si te ríes demasiado fuerte, si hablas de sexo con demasiada codicia, si tienes ganas de aprender, si tienes competencias inusuales, si eres mejor en lo tuyo que los/as jóvenes sobradamente preparados/as, si manejas las redes sociales con soltura y gracia, si te gusta seguir vistiendo y peinándote como siempre, si estás al día, siempre habrá alguien que te recuerde que ese no es tu lugar y que intente desplazarte de un culetazo a tu zona de comportamientos esperados en una señora de 50.

La censura se siente por doquier. Es casi imposible seguir comunicándote con la peña como lo has hecho siempre, porque en cuanto el gesto se interpreta como un intento de hablar de igual a igual, de entablar una simple conversación, todo son caras de extrañeza. ¿Qué hace una señora de 50 intentando hablar conmigo como si tal cosa? ¿Se creerá que tiene 20? ¿Se creerá que sabe lo que yo sé, si la pobre no sabe ni usar el WhatsApp?

Eso es misoginia, me dicen por aquí. Pero una misoginia muy focalizada en un grupo de edad muy concreto. Existimos como grupo definido y con una función social: ser el admereir, prototipo de la ignorancia y de la estulticia. Somos las que restauramos al Ecce Homo, las que miramos por encima del hombro a las jóvenes emancipadas, las que llamamos piojosos a los chavales que llevan rastas, las que comemos chorizo y jamón a dos carrillos en las bodas de las sobrinas, las que votamos al PP y las que estamos en contra de la democracia y el amor libre.

Pero os voy a contar un secreto: con suerte, llegaréis a los 50. Os va a pasar. Y os creeréis que vosotras y vosotros (lo vuestro también tiene tela) sois diferentes, sois adalides del cambio social, sois lo más enrollado de la vida y nada os cambia, ni los prejuicios, ni la edad ni la hostia. Que no sois como vuestras madres, las pobres, que eran un poco lerdas y no sabían cómo funcionaba eso del mundo. Y de repente ZAS, un niñato os va a mirar con condescendencia y se os van a caer todos los palos del sombrajo. Pero no os preocupéis, nos tendréis aquí a las de 70 y 80 para descargar vuestras frustraciones.

Que el altruismo no nos ciegue

Hoy, Violeta Assiego plantea en este artículo la diferencia entre vientres de alquiler y gestación subrogada, aludiendo a la supuesta necesidad de regular esos casos en los que determinadas mujeres podrían desear servir de gestantes para concebir un hijo o hija de personas que no son capaces de hacerlo con sus propios cuerpos. Estas mujeres actuarían de manera altruista, sin cobrar nada, sin agencias intermediarias y los subrogantes sólo tendrían que pagar los gastos médicos.

Me pregunto de cuántos casos estamos hablando. Me pregunto si es necesario legislar para atender los deseos de un número ínfimo de mujeres, dispuestas a pasar por un embarazo, un parto y un postparto por nada. Me pregunto si es necesario arriesgarse a que haya personas que, enmascarándose tras esta legislación, trafiquen con personas aduciendo que lo hacen de forma altruista y recibiendo bajo cuerda sumas de dinero desconocidas. Me pregunto si es necesario hacer de nuestro país un sitio en el que puedan pasar ese tipo de cosas.

Yo creo que no es necesario. Y además, creo que la polémica de la gestación subrogada está enmascarando temas realmente importantes, como son el del aumento de la infertilidad en la población española y las dificultades en los procesos de adopción. Que es verdad que la adopción no está hecha para colmar los deseos de pater/maternidad de las personas, pero es una forma hermosa de satisfacer las necesidades de niñas y niños sin familia dejándolos al cuidado de gente que desea cuidar.

La causa principal del aumento de la infertilidad es el retraso del deseo reproductivo. Del deseo o de la posibilidad. Tener hijos e hijas a los 20 años, como hacían las madres de antaño, se ha convertido en ciencia ficción. Hay otras muchas causas, pero esa es la que ha dado lugar a un aumento notable de personas que buscan ayuda para poder gestar. La edad media de la primera maternidad ha aumentado 4 años desde los años 70 (Delgado, López y Barrios, 2006). Esta situación está ligada a los cambios en la forma de vida, que no necesariamente son negativos, pero que han transformado el paisaje conceptual e ideológico ligado a la maternidad, la crianza y la familia. Por otra parte, las parejas gays también tienen deseos de cuidar sus propios hijos e hijas, algo que se ha hecho posible en sociedades como la nuestra y que considero muy positivo.

Entre todo este revuelo, quizás sería sensato hacer una reflexión sobre lo que está pasando. Cada vez que oigo hablar de gestación subrogada, no puedo evitar pensar en los hijos de Cristiano Ronaldo, Elton John o Kim Kardashian y Kanye West. Me incomoda que los bebés se estén convirtiendo en un objeto de lujo que pueden ser comprados por las grandes estrellas por altas sumas de dinero. Pero entonces surge la palabra “altruismo” y parece que mi mente debe dejar de elucubrar y centrarse en esas mujeres que quieren ser los ángeles gestantes de otras personas. Pero, sinceramente, creo que no va a haber mujeres altruistas para satisfacer tanto deseo de mater/paternidad.

Por otra parte, la adopción es un asunto delicado: no olvidemos que detrás de cada adopción hay un abandono, una muerte, una situación de pobreza, etc. Lo deseable sería que no hubiese niños y niñas en adopción, y si existe esta fórmula jurídica, es en beneficio de los niños y niñas. En este sentido, las altruistas son las familias adoptantes, y no podemos exigir que se agilicen las adopciones en tanto en cuanto están sujetas a procesos jurídicos que garanticen los derechos de los menores.

Sé que lo que voy a decir no va a ser muy popular, pero quizás deberíamos repensar, como sociedad, el lugar que ocupa la maternidad y la paternidad en nuestros idearios sociales. Tener hijos e hijas, cuidarlos, criarlos, es una cosa muy bella y muy seria, pero no es un derecho. Cuando la maternidad se convierte en deseo insatisfecho es demoledora, no tengo ninguna duda, pero no podemos moldear la sociedad para satisfacer este deseo. Quizás debamos aprender a sublimar los deseos de maternidad y pensar, a largo plazo, como solucionar los problemas que giran en torno a nuestra esencia como especie: la gestación, la maternidad, los cuidados de nuestros pequeños en un grupo social que ha perdido su equilibrio y debe recuperarlo de alguna forma.

Los lugares de las madres


Cuando mis hijos han llegado a la adolescencia-juventud, he creído por un momento que había ganado dos personas con las que dialogar, hablar de nuestras cosas, debatir, intercambiar pareceres, etc. Eso que se hace con las personas en general. Pero cuál ha sido mi sorpresa al comprobar que no me ven como persona independiente de mi rol de madre. A ellos les gustaría que fuese de esas madres que tarda siglos en escribir un mensaje de whatsApp, pero a falta de ese elemento estereotípico, dejan mis mensajes sin contestar, haciéndome ver lo inconveniente de preguntarles qué tal han pasado el día. 

En fin, que ahora nuestras conversaciones consisten en que yo abro la boca, digo dos palabras y me ponen en mi lugar. 

– “Joder, lo que está haciendo Trump”

– “Mira mamá, ya sé que las personas como tú os sentís muy guays por meteros con Trump, pero Rajoy no es mejor y no decís nada”

¿Por qué necesita ponerme en ese lugar? ¿Necesita que el conservadurismo y la ignorancia estén encarnados en alguien que tiene cerca? Las madres ocupamos ese lugar a la perfección. Lo hemos hecho durante décadas. Somos las bobas sonrientes que te tienen preparado el bocadillo mientras tú te vas al instituto a recoger la sabiduría que nosotras nunca hemos rozado ni con los dedos. Somos las pobres estúpidas que no sabemos que ese argumento está siendo retuiteado 2.500 veces y compartido en Facebook otras tantas. 

Nadie necesita que su madre sea lista. Muy pocas veces (solo algunas) he escuchado a hijos e hijas honrando el trabajo de sus madres, y, sin embargo, es una constante escuchar hablar a hijos enorgullecidos por el trabajo de sus padres. El ejemplo más cercano que se me viene a la cabeza es el de Javier Marías, hablando de su madre Dolores Franco Manera, profesora de Filosofía y autora de un libro de texto sobre esa materia traducido a varios idiomas: 

“Según él, mi padre, Lolita era la persona más valiente que jamás había conocido. Se casaron en 1941, ella publicó un libro con dificultades, y su primogénito (mi hermano Julianín, al que no conocí) murió súbitamente a los tres años y medio. Luego nacimos otros cuatro varones, pero es seguro que ninguno la compensamos de la tristeza de ver desaparecer sin aviso al primero, sin duda al que más quiso. Hablé de ello en un libro, Negra espalda del tiempo, y allí creo que dije algo parecido a esto: era el que ya no podía hacerla sufrir ni darle disgustos, el que nunca le contestaría mal como suelen hacer los adolescentes, el que siempre la querría con el querer inigualable y sin reservas de los niños pequeños, el que no pudo cumplir con las expectativas pero tampoco con las decepciones, el que siempre permanecería intacto. Seguro que empleé otras palabras más cuidadas.” (Javier Marías, 13 de noviembre de 2016)

¿Quién necesita que su madre escriba un libro de filosofía? Nadie, ciertamente. Entre las últimas novelas que he leído está la de Quien pierde, paga, de Stephen King (sí, soy forofa, aún sabiendo todo lo que conlleva eso). El protagonista es un perverso asesino con problemas mentales cuya madre, una profesora universitaria separada, es la culpable tácita del desequilibrio de su pobre y desatendido hijo. Las madres listas e intelectuales no somos necesarias. Somos como un grano en el culo. Donde esté una madre que hornéa bollos y espera a su prole con el delantal en la puerta, haciéndoles reír con sus intervenciones llenas de ignorancia y sentido común, que se quiten las madres listas y egoistas que escriben libros, tienen un trabajo intelectual y están informadas de lo que pasa en el mundo. 

¿Qué va a ser de nuestros hijos e hijas si ya no tienen de quién reírse con cariño, atusándonos la cabeza y mirándonos con ternura? Estamos destrozando su adolescencia, su juventud, su edad adulta. Les estamos privando de la Madre, de ese espacio seguro que les deja ser y recrearse, que les da amor, cariño y cena caliente sin calentarles demasiado la cabeza. Somos el cáncer de esta sociedad enferma, que va decayendo porque ya no somos lo que deberíamos ser eternamente. 

Los padres cuarteleros: Una tendencia en alza

Tomada de Pixabay

Los expertos lo han detectado con su radar “encuentra fenómenos”. Son los padres cuarteleros. Tratan a sus hijos a golpe de silbato, les educan en un ambiente absolutamente dictatorial y nunca les ayudan a levantarse cuando se caen. Esta forma de educación, que se puso de moda tras la adopción de las tesis de ese concepto pseudocientífico llamado “hiperparentalidad”, está acabando con la autonomía y la autoestima de niños y jóvenes, que tienen sistemas nerviosos débiles y son incapaces de enfrentarse a los retos más sencillos de la vida, como tomar decisiones por sí mismos, hacer amigos, abordar los conflictos con serenidad o mantener conversaciones distendidas. 

Los padres cuarteleros hacen oídos sordos a las quejas de sus hijos. No importa que lleguen llorando a casa del colegio con un ojo morado. Les dicen que se defiendan, que devuelvan el puñetazo y que no lloren como nenazas. Si su hijo es una hija, les dicen que algo habrán hecho, que sean tranquilitas y jueguen a la goma en el patio, así no se meterán en líos. Es así como los casos de acoso en el colegio han aumentado de forma alarmante: sin un control por parte de las familias, que son las encargadas del bienestar de los menores, no hay nadie que ponga freno a la escalada de violencia en los colegios e institutos. 

Además, este tipo de padres no atienden a sus hijos cuando sufren accidentes o tienen dolores. Son de la idea de que, cuando un niño se cae al suelo, hay que dejar que se levante solo para forjar su fortaleza y valentía. De este modo, están llegando a los hospitales niños con fracturas antiguas mal soldadas que no fueron atendidas debidamente en su momento. Además, los niños crecen con la idea de que no hay que ayudar al otro cuando tropieza y estamos asistiendo al surgimiento de una generación de adolescentes insensibles ante los infortunios de sus semejantes, que pasan sin mirar a las viejecitas que encuentran tiradas en el suelo y que no ceden el asiento en el metro a las embarazadas. 

Marilita Jiménez, experta en ingeniería genética en la Universidad de Gayamil, afirma que estos padres crían a sus hijos como si fuesen infantes de la marina. Las maneras espartanas en la educación están dando lugar a gran cantidad de casos de estrés postraumático en niños y adolescentes, que llegan gritando “SEÑOR, SÍ SEÑOR” a las consultas de psiquiatría. “Como sigamos así, en unos años vamos a tener zombis en vez de personas paseando por las calles” afirma la experta. 

Quedaron atrás los tiempos en los que se daba crédito a las teorías que afirmaban que una crianza respetuosa y con amor generaba individuos respetuosos consigo mismo y con sus semejantes. En la actualidad, parece que estamos educando a soldados que van a ir a la guerra a combatir por su patria, más que a ciudadanos conscientes y resilientes, preocupados por contribuir al bien común. Y es que necesitamos personas que se construyan sobre una base sólida de apoyo, respeto y amor por parte de sus progenitores, y no de individuos obedientes sin autoestima que no sepan relacionarse con los demás porque nunca les han cuidado. 

“Eso no es científico”: Las creencias populares sobre la construcción del conocimiento 

La cultura popular está desarrollando mecanismos súmamente perniciosos de control. Poco podemos decir fuera de los límites de lo revestido por la autoridad suprema: la ciencia. La ciencia entendida, por supuesto, como un proceso de búsqueda de la verdad, nunca como un proceso de construcción del conocimiento a partir de métodos sentenciados como científicos. 

Porque la ciencia no es nada más y nada menos que eso: construir conocimiento usando procedimientos determinados. Se parte de una hipótesis y trata de averiguarse si es falsa a partir de un experimento. Los experimentos consisten en diseñar situaciones controladas que simulen lo mejor posible las condiciones naturales en las que se produce un fenómeno y hacer mediciones de ciertas variables en estas circunstancias, para contrastar la hipótesis formulada. Si la hipótesis se confirma, esto nunca quiere decir que esta sea la verdad, ya que lo único que podemos comprobar a ciencia cierta (valga la redundancia) es que la hipótesis es falsa. Solo en este caso podemos estar seguras de que eso no es lo que estamos buscando. 

Popper siempre me ha producido un gran desasosiego. Saber que lo único que podemos tener por cierto es lo que es falso y que la experiencia solo nos puede llevar a corroborar, pero nunca a verificar, me dejó a las puertas del relativismo. Sin embargo, la dureza de la ciencia persistió en mi cabeza hasta que empecé a viajar a lugares recónditos del microanálisis. Las hipótesis que siempre rondan nuestra cabeza son las que explican un todo universal e inmanente. La física y la química son las ciencias duras por antonomasia. Estudiar el mundo no orgánico se nos antoja totalmente accesible y explorable en profundidad, sin necesidad de protocolos de ética científica que se ponen en el camino de las científica de lo orgánico (excepto si formas parte del equipo del Dr. Menguele et al). Sin embargo, ¿tenemos claro cómo se realizan las investigaciones en estas ciencias durísimas y exactísimas?  Son muy interesantes a este respecto los trabajos de etnografía de la ciencia, que observan de cerca el trabajo de las científicas y de los científicos en los laboratorios. 

Las ciencias de la vida y las ciencias humanas y sociales trataron de adoptar el método hipotético-deductivo (llamado científico) en el desarrollo de su conocimiento. Esto implica, intevitablemente pero de manera tácita, construir un modelo de ser humano-máquina, que es estudiable ignorando su historia de significados y su entorno social, en el que funciona como una pequeña célula de un organismo complejo. Esto no quiere decir, desde mi punto de vista al menos, que el estudio del ser humano como individuo sea inadecuado o inutil, ni que no existan métodos adecuados para estudiar los procesos y prácticas humanas. Los métodos cualitativos de investigación son poderosas herramientas para adentrarnos en el mundo social, lingüístico y cultural de los entornos de interacción humana, pero son poco populares y denostados por los legos como no científicos, inexactos o poco creíbles

El quid de la cuestión es cuál es el objetivo cuando investigamos los procesos humanos. ¿Es encontrar una verdad inmanente sobre lo que somos, cómo actuamos, cómo nos desarrollamos, cómo vivimos, cómo interactuamos? Entonces, quizás, el objetivo está reflejando una idea del ser humano más que una realidad universal. Uno de los dilemas principales en el estudio de los procesos de pensamiento del ser humano han sido las diferencias culturales en las formas de razonar sobre el mundo. De este modo, el hecho de que un investigador occidental investigue la mente humana determina decisivamente lo que busca y lo que encuentra. Por eso, algunas ramas de la Psicología proponen métodos inductivos en vez de hipotético-deductivos para estudiar el funcionamiento de la mente en su contexto, aunque ni siquiera esto nos libra de la mente del que investiga. 

Por otra parte, pareciera que el único conocimiento válido fuese el universal y el que revela lo genético y natural. En este sentido, estoy encontrando últimamente un rechazo absurdo al estudio científico de las prácticas educativas y su optimización, que son prácticas culturales e históricas. La gente que no ha tenido contacto con una investigación educativa en su vida, desprecia como no científico y poco creíble el extenso campo de estudio que existe sobre los procesos de enseñanza-aprendizaje. Desde mi punto de vista, y volviendo al principio de esta entrada, el concepto de ciencia dura está haciendo mucho daño al progreso social que podría aportar la investigación en humanidades y ciencias sociales. Los legos tienen su folk-psychology bien asentada en sus neuronas y no van más allá. Mientras, en otros sitios, se reflexiona sobre la práctica educativa, se ponen a prueba distintos métodos de enseñanza, se hace microanálisis de la interacción en el aula, se reflexiona sobre el discurso educativo, etcétera etcétera. 

El reto es convertir los resultados de todas estas reflexiones y estudios, denostados por no producirse en un laboratorio, en conocimiento transferible y divulgable. Pero esto también es un peligro: en un mundo inundado de artículos periodísticos sobre cualquier tema, lo que se hace urgente es enseñar a distinguir entre conocimiento construido siguiendo los métodos adecuados de indagación y razonamiento y el conocimiento que proviene de las creencias o posturas políticas del momento, que interesa difundir y asentar en el ideario de la población. Eso nos haría menos manipulables y más rebeldes. Un peligro en potencia. 

La hiperparentalidad según Eva Miller


El siglo XXI ha sido el escenario en el que han cobrado auge los discursos sobre las prácticas de crianza. Antes, se criaba y ya. Pero ahora, la conciencia ha dado una vuelta de tuerca y, además de reflexionar más sobre la forma en que educamos a nuestros hijos e hijas, hay una desvinculación de la familia extensa. Ya no aprendemos a criar entre primas, vecinas y amigas que amamantan en corro a sus criaturas. Ahora tenemos que prestar voz a los expertos y a los gurúes de la crianza. Son personas que salen en reportajes de prensa con cara de ser muy listas y campechanas y que parece que te van a dar la formula magistral para educar y criar. 

Este es el caso de Eva Miller, una mujer, una madre, una periodista que ha decidido escribir un libro para decirnos que lo hacemos mal. Que estamos estresadas sin ningún motivo, ya que los niños y niñas no necesitan tanta atención como la que les prestamos hoy en día. Que lo que pasa es que tenemos pocos y tarde, y entonces les cuidamos como un tesoro. ¡Ay, si me conociese a mí, que tengo 3 propios y una ajena y les cuido a los tres como si fuesen un potosí!

Pero en fin. Eva dice que sufrimos de hiperparentalidad. Que somos demasiado madres/padres, debe significar eso. Que estamos obsesionados por la precocidad. Que llevamos a nuestros retoños a cientos de extraescolares incluso los fines de semana y queremos que sean los más listos y los más guapos. Y que elegimos el mejor colegio posible, qué desfachatez. Con lo fácil que sería hacer las cosas con desidia desde el momento que asoman la cabeza. Llevarles al primer colegio que se cruce por nuestro camino y tirarles la comida a la cuna a ver si la cogen al vuelo. 

Me veo muy reflejada en eso de las extraescolares. Cuando mis mellizos eran pequeños, se querían apuntar cada año a una extraescolar diferente. Y yo a llevarles. Kunfú, Taekwondo, pintura, baile, Judo, fútbol, natación, patinaje, ténis…y por fin música. Ahí acabó la búsqueda. Todos se quedaron enganchados a la música y compaginan con algo de deporte. ¿Por qué les voy a decir que no a algo que les gusta, y que incluso se puede convertir en su profesión el día de mañana?

Eva, lo que me ha dejado algo boquiabierta es eso de que la hiperparentalidad es una corriente, y que es nada menos que la continuación de la crianza con apego. Me deja como perpleja, porque sobre la crianza con apego hay muchas cosas escritas, y las personas que la practican son conscientes de hacerlo. Sin embargo, eso de la hiperparentalidad sólo te lo he oído a ti, y me parece más un insulto que una corriente. Te llaman hiperparental cada vez que quieres defender a tus hijas e hijos de los excesivos deberes escolares, cuando no les obligas a comer, cuando les obligas a comer el bocadillo, cuando les das teta, cuando les llevas descalzos, cuando les buscas unas zapatillas ergonómicas, cuando les haces fotos, cuando no quieres que otras personas les hagan fotos….

Hiperparentalidad sirve para todo. Para decir a las familias que lo están haciendo mal, que están malcriando a sus hijas e hijos y deben dejar en manos de expertos y docentes todas las decisiones que tengas que tomar. Sirve incluso para meterse con los estudiantes universitarios, que son como son por culpa de sus hipermadres e hiperpadres que se ocuparon de cuidarles con esmero. Son mucho mejores aquellos a los que sus padres desatendieron e hicieron pocas fotos. Con lo fácil que es educar, Eva, no sé que hacemos invirtiendo nuestras vidas en la crianza. 

Al final, el problema es que queremos enseñar a nuestros hijos cómo se convive en democracia, cuando en realidad, dice Eva, la familia es una institución jerárquica. Craso error. Si les preguntamos y les dejamos que tomen decisiones, estamos dándoles una visión errónea de la vida, en la que nadie les preguntará lo que quieren hacer, tendrán que obedecer a otros sin rechistar y no podrán escoger por si mismos cosas como someterse a un tratamiento o seguir trabajando por un mísero sueldo. Es mejor que crezcan sometidos a la jerarquía para que luego no se lleven decepciones. 

Pues bien, yo prefiero preguntar a mis hijos e hijas, pedir su opinión y darles pie a que reflexionen sobre sus deseos y sobre formas alternativas de ver el mundo. Seguramente les estaré convirtiendo en unos seres incorregibles y contestatarios, pero la forma de crianza lleva implícita una clara ideología de cómo debería ser el mundo. Y si algo tengo claro, Eva, es que nuestras ideologías son diferentes. 

Madres: prohibido hablar de educación

Llevo casi cuatro años en este blog, y desde que escribo desde mi identidad de madre he podido constatar que a la gente que en las redes escribe desde sus perfiles profesionales les molesta sobremanera que una madre hable de otra cosa que no sea “sus labores”. 

Desde la perspectiva de estos expertos (y expertas), una madre es una madre. Y punto. La interacción con nosotras es serena cuando planteamos nuestras dudas partiendo de la ignorancia y la admiración por sus inalcanzables conocimientos. Pero ay de nosotras si osamos poner en cuestión sus planteamientos. En esos casos, da lo mismo que nuestros argumentos sean impecables, estén basados en la evidencia o que citemos investigaciones recientes de gran impacto: somos unas histéricas que atacamos desde la rabia y el resentimiento a los sabios expertos (y expertas). 

Leyendo el blog, la gente puede saber de forma fehaciente que tengo 3 hijos, pero no saben nada sobre mi profesión. La sensación que he tenido siempre debatiendo desde mi identidad de madre es que, cuando estos expertos interactúan conmigo, usan un arquetipo caduco de madre. Me siento tratada como una ignorante sin formación que se hace la listilla, una mujer de su casa que habla desde la emocionalidad y no desde la razón.

La verdad es que estoy aprendiendo mucho desde un punto de vista socio-psicológico sobre la forma en que funciona el poder en las interacciones cotidianas cuando me relaciono con personas desconocidas desde mi identidad de madre. Foucault estaría fascinado si pudiese observar las interacciones en las que me veo envuelta. Cualquier estudioso del poder, del discurso y de la interacción lo estaría.

¡Pero qué hago yo hablando sobre estas cosas, si solo soy una pobre madre histérica! Vuelvo a mis fregonas, mi bayeta y mis cup cakes. Perdones excelsos expertos del saber oculto que ose argumentar sin llevar un mísero título en la boca. 

Relación sentimental y cuñadología

Lo peor que te puede pasar si eres mujer y no estás casada con tu pareja es que te detenga la policía. Desde ese momento, pasas a tener una relación sentimental con alguien. Yo me pregunto si se considera agravante del delito tener una relación sentimental. Porque claro, eso suena así como a que vives en concubinato, mantienes relaciones sexuales poco convencionales y tu vida es ciertamente desordenada. 

Si eso va acompañado de tu edad, apaga y vámonos. Analicemos el siguiente párrafo: 

“Esta mujer, de 42 años y sin antecedentes policiales que mantenía una relación sentimental con el padre del referido alumno, fue detenida como presunta autora de un delito de daños informáticos y falsificación de documento público.”

Vamos a jugar. ¿Qué creéis que hizo esta mujer para ser detenida? Algo truculento, muy truculento. A esa edad, tener una relación sentimental, y encima CON EL PADRE DE UN ALUMNO, no es de recibo. ¿Daños informáticos? ¿Le tiraría el ordenador a la cabeza a alguien? ¿Al alumno, quizás? Y esa relación sentimental ¿comenzaría en la barra de un bar? ¿En una discoteca? ¿En la fiesta de fin de curso, quizás, en uno de los baños del centro?

Vamos a ver cómo podríamos cambiar este párrafo para que esas visiones no vengan a nuestra mente al leer la noticia: 

“Esta mujer, de 42 años y sin antecedentes policiales, pareja del padre del referido alumno, fue detenida como presunta autora de un delito de daños informáticos y falsificación de documento público.”

Ha cambiado la cosa, ¿verdad? Parece como que la relación toma más consistencia. Ya es una relación más duradera, como algo más formal. A ver, si lo que quiere expresar el periodista al transmitir la noticia sin modificar una coma del informe policial es que la mujer y el padre del alumno eran novietes y se acababan de conocer (que a lo mejor es así) pues lo de la relación sentimental queda un poco más adecuado. Pero si no se ha preocupado por indagar al respecto o considera que no es relevante, lo mejor es utilizar un término sin connotaciones. Porque, seamos serias, nadie va diciendo por ahí que tiene una relación sentimental con alguien: eso solo lo dice la policía cuando te detiene. Tener una relación sentimental, en ese sentido, es chungo. Significa que estás detenida. 

Siguiendo con el párrafo, me pregunto qué relevancia tiene la edad de la mujer en la noticia. Vamos a pensar de nuevo que los periodistas copian la ficha policial textualmente y lo mandan a publicar. Pero lo que ya lo borda es que no tenía antecedentes policiales. El hecho de poner eso suena a que podría tenerlos. “Mujer de 42 sin antecedentes policiales” suena a mala persona, aunque no lo haya demostrado hasta ahora. En ningún momento podemos decir que el periodista mienta. Pero vamos a dar otro retoque al párrafo, a ver qué tal queda: 

“La jefa de estudios y profesora en el centro, pareja del padre del referido alumno, fue detenida como presunta autora de un delito de daños informáticos y falsificación de documento público.”

¿Os vais haciendo ya una idea? Os dejo una de las muchas noticias publicadas sobre el caso. Todas han copiado la ficha policial, pero esta está especialmente mal escrita