Psicología

Limpiando

Hace unos días, un post en la página de Psicología para mamás hablaba de los cambios externos y su repercusión en los cambios internos. El fragmento que me llamó la atención fue el que decía: Nuestro caos en los armarios, o nuestra adicción a determinados programas, nuestro miedo a cortarnos el pelo o cosas tan mundanas tienen su reflejo o su raíz dentro nuestro. Así pues, si mueves los muebles de tu comedor, algo se mueve en tu interior, si vacías tu armario de ropa que ya no usas, viejos pensamientos u hábitos se ven removidos, limpiezas que quitan telarañas del alma y provocan emociones y sensaciones…”

Eso me recordó que tenía que hacer la limpieza anual de la casa. Esto de limpieza anual debe sonar raro. A mí al menos me suena rarísimo. Pero a lo largo del curso escolar me es imposible dedicarme con cariño a la cueva que habitamos. Es un proceso de desgaste y acumulación de polvo y pelusas impresionante, pero no encuentro la forma de mantener el orden y la limpieza de forma constante si pretendo ocuparme de cosas tan fundamentales como el trabajo, la comida y el ocio. 

Cuando llega el momento de la limpieza anual me pregunto cómo hacen algunas mujeres para mantener siempre la casa limpia y ordenada. Me imagino que es cuestión de cambiar de hábitos. Hay que sustituir unas acciones por otras. Por ejemplo, en vez de levantarse a las 7 y acostarse a las 12, levantarse a las 6 y acostarse a la 1. O en vez de estar escribiendo esta entrada, estar pasando el trapo del polvo y la fregona por el salón. 

Lo que es cierto es que yo tardé en darme cuenta de que la limpieza es una cuestión de rincones y lugares ocultos. Puedes limpiar mucho por encima, lo que se dice pasar el trapo, la escoba y la fregona varias veces por semana, y la casa cada vez está más sucia. Porque son los lugares inaccesibles y no visibles los que acumulan más cantidad de porquería y los que cuesta más limpiar. Para conseguir una limpieza a fondo hay que mover muebles, agacharse, restregar, buscar los rinconcillos desatendidos del espacio que acumulan esa capa de polvo que solo creía posible en las mansiones abandonadas. 

No es que me haya poseído el espíritu de una maruja (o sí). Lo que ocurre es que, mientras limpio, me da por pensar en todo lo que acumulamos, en todo lo que desechamos, en toda la mugre que producimos. Pienso que, viviendo en plena naturaleza, el problema del polvo desaparecería. Que es enfermiza la cantidad de cosas inútiles que me rodean. Que esto no puede ser sano. Una cueva es una cueva. Cama para dormir, techo para guarecerse, y algún que otro utensilio para el asueto. Pero necesitaría 5 vidas para leer todos los libros que hay en mi casa, escuchar todos los discos, llenar todas las hojas en blanco y jugar con cada uno de los juguetes que se amontonan en los cuartos. 

Al menos dos veces al mes se escucha una voz que ruge desde mi interior y sale al exterior: “Este fin de semana os voy a dar una bolsa de basura a cada uno y vais a tirar todo lo que no necesitéis”. El problema es que parecen necesitarlo todo. 

Llega el momento de la limpieza anual. Los niños se han ido de vacaciones. Estoy sola ante el despropósito de cueva llena de montañas de cosas absurdas e inútiles que nos impiden el paso. Solo hoy he llenado dos bolsas grandes de deshechos, y solo he limpiado medio salón. Mañana será otro día. Necesitaré un camión que se lleve todo lo que voy a tirar, a dar o a donar (eso ya lo pensaré). Pero cuando termine, la cueva será un espacio respirable y diáfano. Necesito aire para respirar. Necesito vacío. Necesito la nada. 

Las falsas preguntas

Interrogacion.jpgHoy no sabía sobre qué escribir hasta que vi un post sobre crianza positiva que nos invita a madres y padres a dejar las órdenes (lávate los dientes) y a sustituirlas por preguntas (¿qué tienes que hacer después de comer?) Muy interesante, si no me hubiese venido a la mente el problema de las falsas preguntas. Las falsas preguntas son elementos de secuencias conversacionales típicas de las escuelas. I de interrogación, R de respuesta, E de evaluación, las preguntas falsas, que ocupan el lugar de la I, se caracterizan porque el que pregunta sabe cuál es la respuesta correcta.

Las secuencias IRE tienen un papel fundamentalmente evaluativo. Las usan maestras y maestros para saber si sus alumnos/as han asimilado el conocimiento que les han querido trasmitir de manera correcta. Es una estructura conversacional que no deja lugar a la improvisación: te pregunto pero no para que contestes cualquier cosa: tienes que adivinar cuál es la respuesta correcta. Si lo consigues, en la tercera parte de la secuencia, la E, te diré lo bien que lo has hecho y te daré una palmadita en la espalda. I de interrogación (¿Qué tienes que hacer después de comer?) R de respuesta (Lavarme los dientes) E de evaluación (Muy bien hijo/a, pues ala, venga, a lavarte los dientes). 

Eso en el mejor de los casos. Me imagino preguntándole a mi hijo qué tiene que hacer después de comer. Y le imagino contestando cualquier cosa menos “lavarme los dientes”. Entonces, mi pregunta se convierte en un artefacto interesante. Porque los niños, que son seres pensantes, se preguntarán: “¿por qué me hace mi madre esa pregunta?”, y desde luego, a sus 8 años, mi hijo al menos, no errará en la respuesta: “Evidentemente, mi madre está cambiando de estrategia para que me lave los dientes. Y después de tanto tiempo resistiéndome a hacerlo de una forma rutinaria no se va a salir con la suya”.

A ver, no es que mi hijo sea un pequeño tirano que quiere hacerme la vida imposible. De hecho me hace muy feliz, tiene un gran sentido del humor y es muy responsable para algunas cosas. Y no es que sea un listillo manipulador que finja y me tome el pelo, eso nunca lo diría de él. Pero con el paso de los años nos vamos conociendo, él a mí y yo a él. Y por eso sé que, así como hace los deberes del colegio de manera autónoma desde el principio, sin que yo haya tenido que invertir ningún esfuerzo para que se hiciese responsable de sus tareas, lo de ducharse y lavarse los dientes lo lleva fatal. 

Ya he asumido que tendré que gastarme una pasta en dentistas. Intentaré lo de preguntarle después de comer “¿qué hay que hacer ahora?”, y me expondré a que me diga “jugar, ver la tele, ir al parque…” o la que es su respuesta favorita: “No sé”. Cualquier cosa menos la R que yo espero, esa R tan esperada y que solo llegará cuando haya sufrido el taladro del cruel dentista. Y es que, a veces, la vida es así: hasta que no sufrimos las consecuencias de nuestros actos no aprendemos cuál era la respuesta correcta.

POSITIVIDAD RAUDALES

smile!

Si buscáis en google (me niego a usar ese neologismo horrendo de “googleáis”) Positividad Raudales, sabréis que es el nombre del artista que debía protagonizar el relato presentado a un concurso de esa bebida cuyo lema es “La chispa de la vida”. Mis dos hijos hicieron chistes sobre ese nombre durante semanas. ¿Cómo era posible que obligasen a poner ese nombre en un relato serio? Imponiendo esa condición limitaban las posibilidades bastante: o hacías un relato sobre lo chupiguay de la vida de Posi o un relato sarcástico sobre un personaje negativo y gafe.  El tema es que los niños y las niñas hablasen de la positividad sí o sí. Teniendo en cuenta que la felicidad y el buen rollo han dominado siempre las campañas publicitarias de esa marca, no es de extrañar que si hacen un concurso de relatos no quieran que los niños se explayen y usen su imaginación más allá de los límites impuestos.

Pero ¿porqué una marca internacional y poderosa usa la positividad como lema de su campaña? Desde mi punto de vista, la positividad impuesta como valor único y absoluto es una forma de control social muy poderoso. SONRÍE Y SÉ FELIZ así, porque sí, sea cuál sea la situación, pase lo que pase, y que se te ocurra decir que no te da la gana. Está claro que sonreír y ser feliz es deseable socialmente. Ser una persona positiva, que siempre señala lo bueno de las cosas y evita los conflictos es el prototipo de “persona guay”. Pero detrás de esta imposición de la sonrisa a toda costa hay una trampa: silenciar todo tipo de desviación de la norma. Si las cosas son perfectas y estupendas y todo se ve con positividad y una sonrisa de oreja a oreja, decir que algo no te gusta o no te parece bien es una transgresión de este estado nirvánico de felicidad. Es entonces cuando los y las abanderadas de la sonrisa eterna atacan.

La forma de atacar del bando de la positividad a raudales es muy contradictorio. Es una exaltación a la vida y un rechazo a las personas que osan salirse del patrón de lo bello y lo feliz. El argumento funciona así: lo importante es esto y aquello. Yo me centro en lo importante. Elimino de mi vida a las personas que no se centran en lo importante. “Lo importante” suelen ser cosas reconocidas como cruciales en todos los ámbitos: la amistad, el amor, las relaciones, la familia, etc. Al poner en marcha el argumento, se supone que la persona que habla de otras cosas no se centra en lo importante, no le da la suficiente relevancia a la vida y a sus cosas esenciales y, por tanto, hay que alejarse de ella porque corremos el riesgo de alejarnos de lo esencial con su simple presencia. En este giro argumental se relega al ostracismo a las personas que no forman parte de la secta de la sonrisa eterna.

Desde mi punto de vista, el positivismo no tiene nada que ver con el rechazo y la evitación del conflicto. Es positiva la persona que tiene confianza en sus capacidades y recursos para solventar cualquier situación problemática en su vida y no quien la evita. Es positiva la persona que tiene las ideas claras y sabe discernir entre las formas de pensamiento que conducen a su sociedad deseada y aquellas otras que conducen a situaciones de opresión y control. Es positiva la persona que tiene muy claras sus metas y se encamina hacia ellas si perder la flexibilidad y la fluidez. Es positiva la persona que sabe distinguir y sabe evitar formas de control social que conducen al éxito de ciertas personas pero no al bien común.

Por lo tanto, si sonrío es porque quiero y porque siento, no porque sea obligatorio. Me encanta sonreir y disfrutar de la vida. Pero la naturaleza humana nos ha provisto de otras emociones además de la alegría. No voy a ser yo la que piense que la naturaleza está equivocada cuando nos permite expresar y sentir ira, asco, miedo, sorpresa y tristeza. Eso sí, siempre que razono, me gusta hacerlo con una sonrisa en la boca y en el corazón. No me gusta escribir enfadada, eso no le da a lo que escribo la lucidez para expresar las ideas que quiero plantear. Pero me gusta escribir sobre muchísimos temas diferentes y no necesariamente esenciales. Si me centro en lo esencial, escribiría un post y cerraría el blog. Y no es ese mi objetivo. Me gustan muchas cosas que, aunque no sean esenciales, le dan a mi vida una esencia que no tendría sin ellas.

Así que, a riesgo de ser condenada al ostracismo por el bando del positivismo a raudales, sonríe cuando lo sientas, enfádate si lo crees necesario, grita cuando lo necesites, pero aprende siempre a recuperar el equilibrio emocional para poder disfrutar de las pequeñas cosas. Y, por supuesto, nunca te nieges a ti misma para conseguir ser aceptada en un grupo.

DISONANCIA COGNITIVA: UN INTERESANTE CONSTRUCTO PSICOLÓGICO

Cerebro Alzheimer cabeza cráneo

Uno de los conceptos que más me llamó la atención cuando estudié Psicología fue el de disonancia cognitiva. Este concepto, formulado por Leo Féstiger, psicólogo estadounidense, a finales de los años 50, se refiere al fenómeno por el cual las personas no resisten la incongruencia, de modo que construyen explicaciones, creencias y nuevos argumentos hasta conseguir que la información que poseen alcance un equilibrio armónico. Es decir, si alguien hace algo que, en principio, va en contra de sus ideas, intentará modificar éstas o añadir nuevos elementos para que desaparezca la incongruencia. 

Siempre recordaré el ejemplo que nos dio nuestra profesora: si te compras un coche que te cuesta una pasta todo tu sistema cognitivo se organizará para justificar esta conducta. Veras las ventajas de haberte comprado el coche, no los inconvenientes, e intentarás convencer a todo el mundo de que has hecho la mejor elección, aunque haya datos diciendo que ese modelo tiene serios problemas a la larga o un sistema de frenado que es una basura. La disonancia cognitiva es la fuerza que lleva a buscar la congruencia en nuestro sistema de creencias.

Hay dos elementos fundamentales que pueden producir disonancia cognitiva: la exposición a nueva información o la expresión de desacuerdo de manera explícita por parte de una o varias personas de tu grupo. Si esto sucede, o bien tendemos a modificar nuestras creencias en función de la nueva información obtenida, o bien tendemos a desacreditar esta nueva información o al disidente del grupo. Las personas que más sufren son las que, siendo conscientes de la disonancia, mantienen su conducta por miedo a ser condenados al ostracismo. De esta manera, permanecen en un estado constante de disonancia que, desde un punto de vista psicológico, puede llegar a ser pesado. 

El concepto de disonancia cognitiva simplifica enormemente las dinámicas grupales que pueden tener lugar en contextos naturales, pero es muy útil para entender algunos fenómenos sociales. Hay personas que son muy hábiles manteniéndose en una postura y construyendo argumentos tipo disco rayado para justificar su planteamiento. Otras, sin embargo, no son capaces de soportar mucho tiempo la presión de la información contraria a sus creencias y ponen en marcha conductas contrarias a las que mantenían hasta entonces, mostrando su cambio al grupo y exponiéndose al rechazo. Otras prefieren dejar de actuar y de opinar, dando tiempo a que el sistema se estabilice para poder volver a su vida normal. 

La teoría de la disonancia cognitiva ha evolucionado, y en nuestros días algunos psicólogos sociales la usan para explicar los fenómenos de opinión de masas que tienen lugar en nuestra sociedad. Votar al partido que te ha decepcionado una y otra vez, mantener un trabajo tedioso y alienante, seguir consumiendo productos que sabemos de sobra son perjudiciales para la salud, mantener sistemas educativos o de salud que muestran día a día su fracaso, se pueden explicar acudiendo a este concepto. Es más fácil modificar nuestras creencias que modificar nuestra conducta. Cambiar nuestra forma de actuar implica cambiar con la costumbre, la rutina y las normas establecidas. Modificar nuestras ideas solo implica un autoengaño en la intimidad, que puede ser costoso a largo plazo pero de momento nos salva de la quema. 

Os dejo dos enlaces para saber más. Uno es un texto extractado de la obra original de Leo Festinger. El segundo, una entrevista a Jean-Lèon Beauvois, psicólogo social frances que actualiza esta teoría con interesantes matices para explicar la sociedad contemporanea. 

Y tú, ¿Cómo manejas la disonancia cognitiva?