Pseudomenciones

Esa delgada línea…

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Desde que llegué al mundo de la crianza, que fue cuando me quedé embarazada por primera vez, he observado una delgada línea entre la crianza con respeto, el puritanismo y el machismo feminista. Por empezar por algún sitio, empecemos por el feminismo. Siempre he defendido que la maternidad debe ser protegida como uno de los estados de mayor vulnerabilidad. Tienes hijos y la sociedad ignora la necesidad de las crías de ser cuidadas y de la madre de cuidar a sus crías. Hasta ahí estamos de acuerdo. Pero a partir de ahí, toda decisión de la mujer con respecto de las actividades a las que se va a dedicar después de tener un bebé son cuestión suya. No ayudan esas afirmaciones carlogonzalescas de que “La conciliación no existe, hay que decidir entre el trabajo o la familia”. Esas afirmaciones, dirigidas a personas que no forman parte de nuestras vidas, solo cumplen una función: la de extorsionar a las mujeres que hayan decidido seguir con su carrera profesional o que tengan que seguir trabajando sin más y ponerlas bajo el punto de mira como si hubiesen tomado una decisión egoista y desnaturalizada.

Así, secuestrando la voz del feminismo, diciendo a las mujeres lo que deben sentir al ser madres, lo que deben hacer y lo que deben pensar, cumplimos la misma función que en los años 50 cumplieron los discursos machistas que culpaban a las mujeres del descenso de puestos de trabajo y las exhortaban a volver al hogar para mantener a la familia unida. Ahora la bandera es el vínculo sagrado y reprimido entre la madre y la criatura. Ese vínculo que no vemos, que no sentimos porque estamos oprimidas, porque estamos heridas, porque llevamos una coraza de acero.

Al final, nos quedamos en un puesto tan difícil como en el que ocupamos en aquellos años de las tartas humeantes en el alfeizar de la ventana, ahora convertidas en sabrosos cupcakes y maravillosos tratados sobre como mantener el orden en casa. Las madres volvemos a ser esas santas puras que mantienen cada cosa en su sitio, tanto física como socialmente. Y, por supuesto, tenemos el deber de velar por el desarrollo sagrado e intocable de la bondad de nuestros infantes.

Aquí es donde entra en juego el puritanismo. La teoría del vínculo sagrado va acompañada habitualmente de una creencia Roussoniana del desarrollo infantil. Los niños y niñas son almas puras que se desarrollan de manera perfecta si lo hacen en plena libertad. Y nosotras, sus madres, hemos de velar por la imperturbabilidad de esta pureza en desarrollo. Toda intervención en este proceso sacro es inadecuada, incluso los premios y las alabanzas se transforman en manipulaciones inadmisibles y violentos sobornos.

El lugar que antes ocupaba el Rock’nd Roll, esa música del diablo que pervertia a los jóvenes de antaño según las mentes bien pensantes,  es ocupado ahora por el sucio regeton,  que hipersexualiza a las mujeres según la feminista blanca de clase media. Ahora solo se admite la música infantil y, en todo caso, el pop clásico.

Y así andamos, convirtiendo discursos antiguos y actualizándolos para los tiempos que corren.  Discursos que ignoran por completo las diferencias de clase y que nos tratan a todas por igual, ignorando las múltiples circunstancias que nos conforman en la historia de nuestra vida. Triunfa la que, habiendo sorteado miles de obstáculos, consigue criar a sus cachorros cual lobos en manada y se convierte en bloguera o en coach de madres y mujeres. Y la que no lo consigue, pasa sus días lamentándose por la sociedad en la que le ha tocado vivir. Esta sociedad enferma que le impide alcanzar la tierra prometida.

El feminismo no aboga ninguna forma de vida. No tiene nada que ver con la imposición  de un modelo de mujer (la que siente el instinto maternal biológicamente determinado) ni de madre (la que permanece en casa junto a sus crías durante sus primeros años de vida). El feminismo persigue la igualdad y la libertad de elección. También la de las madres que quieren quedarse en casa para criar. Y la de las madres que eligen otras formas de conciliación. Y la de las mujeres que no quieren ser madres.

No va sobre crianza ni sobre respeto


Seguro que alguna vez os habéis cruzado por las redes sociales con gente que se autoproclama defensora de la Crianza con Respeto (CR). Hasta ahí, todo correcto. El respeto es algo precioso y necesario en las relaciones con nuestros hijos e hijas. Y fomentar la atención cuidadosa hacia nuestros comportamientos en la crianza es muy útil, sin duda, en una sociedad en la que el maltrato a la infancia está normalizado. 

Sin embargo, existe un grupúsculo de madres, que se dicen abanderadas de la CR, que siembran el caos y el desencuentro en las redes sociales. Atesoran bloqueos de cuenta, disputas épicas en hilos kilométricos que duran días y días, tanto en sus muros como en grupos de Facebook. Su afán parece ser la defensa a ultranza de los niños y niñas. Sin embargo, todo se tuerce cuando sus intervenciones toman un tinte mesiánico que te conmina a reconocer tus errores, a flagelarte en público como madre que calló en las garras de la sociedad enferma, a penar día tras día por todo lo que el mundo tiene de malo y de adultocéntrico y de podrido. Y mira, lo tiene. Pero hay ocasiones en que el mundo es maravilloso, las personas que te rodean son amorosas y los niños y las niñas son felices. Y vas tú, pobre de ti, y se te ocurre comentar lo maravillosa que es la vida. O decir que no es tan mala, oye tú. Ahí pierdes puntos como criandera con respeto. No te importa una mierda, pero los pierdes y además lees durante días estados del Facebook dedicados a tu disonancia cognitiva, a tu coraza de hierro y a todo el odio que encierras. 

Si reconocéis todo esto, es que habéis estado cerca de uno de estos grupúsculos de Maternidad Punky, como dice una amiga mía. Y si lo estáis, sabréis que tenéis que ir con pies de plomo con lo que os atrevéis a decir en las redes, no vaya a ser que alguna Pussy Riot de la crianza se de por aludida y tergiverse lo que habéis dicho para convertirse en la mártir de la CR, una víctima maltratada por sus ideales excelsos, por la pureza de sus creencias y por todo el amor que va dejando a su paso. Si esto sucede, tendréis que aguantar falta de respeto tras falta de respeto. Porque ellas, las damas blancas (ups perdón, blancas no, mejor… ¿rosas?) de la crianza, son muy respetuosas con los niños y las niñas, pero a los demás seres humanos les pueden dar mucho por culo. Te insultarán, te difamarán, incluso se permitirán mencionar a tus hijos e hijas en un alarde de sinvergonzonería nivel superior. 

Esta es una de las cosas que mejor saben hacer estas señoras: hablar de los hijos e hijas de otras personas. Se creen con el derecho de decir quién lo hace bien y quién lo hace mal. Se erijen en jueces sumarísimas de mujeres que pasaban por ahí y tuvieron la insensatez de comentar de manera natural algo sobre su vida cotidiana o algo que les pasó en la crianza de sus hijos. Cuantas mujeres no habrán caído en esa trampa y habrán salido dañadas de esas disputas sin sentido, que solo buscan herir al adversario para conseguir la auto-afirmación del grupo. 

Ya con mis hijos mayores, la verdad es que me paso por el forro lo que me diga ese grupúsculo. Ahora andan diciendo que no me arrepentí de aplicar el método Estivill. ¿Pero quién coño son ellas para hablar de mi vida? ¿Quiénes son ellas para hablar de la vida de cualquier madre? Independientemente de que el método Estivill me parezca una basura con la que un sinvergüenza se lucró, ¿qué derecho tienen estas señoras a decirle a nadie que se arrepienta humildemente de lo que hizo? Y lo peor es que, aunque yo me lo pase por el forro, estas actitudes de secta mesiánica con su gurusa a la cabeza hacen daño a muchas mujeres que están en momentos muy vulnerables de su crianza. Eso no me da lo mismo. Eso me cabrea mucho: que en nombre del respeto, un grupo de skinheads de la maternidad se permitan ir repartiendo inquina y mala sangre a diestro y siniestro. Eso sí: las malas somos las demás, que tenemos los ojos cerrados a la verdad, nuestra herida primal sangra y no somos capaces de ver la luz que ven ellas, las salvadoras de los niños y las niñas en un mundo de adultos rapaces y crueles. 

Hay que dejar de sufrir tanto

Os lo digo como comadre. Dejad de sufrir. La vida no es fácil, pero al final se tira hacia adelante. Quizás no recuerdes la de veces que has estado en el parque con tu hija. Puede ser que un invierno lluvioso que os obligó a permanecer en la cueva se haya reinterpretado como una eternidad de encierro en casa. Pero no. Es que salir mientras llueve no es muy divertido. Puede serlo un rato, quizás durante 15 minutos. Pero calarse bajo la lluvia y saltar en los charcos pierde su encanto si se convierte en costumbre.

Las redes sociales han sustituido a la televisión, y nos inundan con miles de vídeos en los que los niños y las niñas gozan de su primera vez con la lluvia, saltan en los charcos como posesos/as, descubren por primera vez la llegada de un tren, asustan a su padre que intenta usar un cortauñas… y así hasta la extenuación. Estos micromomentos se nos antojan eternos. Nos hacen creer que hay niños que viven en un paraíso de crianza respetada eterna, donde están expuestos siempre a la naturaleza, la exploración, el buen rollo y la alegría. Y mira, no. Todos y todas tenemos de esos momentos… y de los otros.

Pero claro, los otros no se graban. De modo que nuestro cerebro empieza a entablar la típica comparación y acabamos a la altura de betún. Sin embargo, yo os invito a ser un poco realistas. Y me dirijo a vosotras, que sé que leéis este blog, que tenéis un perfil muy determinado y que tenéis una conciencia un pelín por encima de la media (perdón si cae por aquí alguien que no responde a este perfil, no volverá a pasar). ¿Realmente creéis que vuestros hijos/as sufren tanto en este mundo cruel? ¿Estáis seguras de que todos vuestros desvelos son útiles? ¿Os preguntáis realmente si habéis ido suficientes veces al parque, si les habéis enseñado cosas útiles de la vida, si les habéis enseñado a sonreír y a ser felices, etcétera etcétera?

La vida es mucho más que una sucesión de situaciones. La vida es compleja. Está matizada por estados de ánimo, por el clima, por la devaluación del euro y por la luna llena. No podemos esperar la perfección en todo momento. Es más útil ver la vida como una sucesión de conflictos que se van resolviendo. Y nuestros hijos e hijas, nuestras parejas, el resto de nuestra familia consanguínea y no consanguínea, forman parte a veces del problema y otras de la solución. La mejor de las veces, forman parte del apoyo para remar hacia adelante.

Por eso, creo que no debéis de sentiros tristes porque vuestros peques decidan convertirse en ratones de biblioteca o en músicos callejeros. No todo dependió de vosotras. Ellos y ellas también toman sus propias decisiones, tienen sus propios gustos y a veces tienen muchos cojones u ovarios. No todo es saltar en los charcos. Lo importante es, al final, sentir que les habéis ofrecido vuestro cariño y vuestro apoyo. Y que habéis disfrutado de vuestra vida al mismo tiempo.

Cada cuál toma sus decisiones

Querida amiga que lo fuiste: cada cual toma sus decisiones. A unas nos parece importante sacar adelante lo que hemos plantado, mientras otras creemos que tenemos que desplegar las alas y dejar las hierbas al cuidado de otras. Lo cierto es que me encanta ver mi jardín lleno de flores. No querría pensar que pasaría si no lo regase todos los días, si no pusiera atención a cada una de las flores que planté.

Somos libres de volar, sin duda. Tanto como somos libres de no hacerlo. Lo que es bueno para ti, querida, no es bueno para todas. Asi que esa cara de condescendencia no tiene espacio en mi agenda. No me representa, ya tú sabes. Todos tus consejos me los guardé en el bolsillo. No te di ninguno porque no lo pediste. Así es la vida: tomamos decisiones que condicionan el resto de nuestros días y, seguramente, el resto de los días de otras personas.

Sé que  soy una persona difícil: digo lo que pienso demasiado de frente. Sé que eso puede parecer agresivo para las personas que han hecho del positivismo su bandera. Pero se te nota en la cara, que lo sepas. Y en el cuerpo. Cuando hablas de alguien amorosamente y pides que el universo le sea propicio, se nota cuándo en realidad estás sintiendo un “así te parta un rayo”. Es lo que tiene el cuerpo: que no miente.

Por eso, en los últimos tiempos me pasaba que no me creía tus palabras bonitas. A veces, la moral del buenismo se impone como una coacción a la verdad verdadera: que hay gente que es muy falsa. Que no hay que tragarse las tonterías aunque vengan revestidas de palabras bonitas, de sonrisas y de sentencias de verdad. Que cuando te hacen daño, hay que decirlo, no hay que tragar y seguir como si nada, recibiendo una tras otra. No. Mira, venden sacos de hostias muy asequibles en las tiendas de deporte, seguro.

Así que seguid con vuestros tules y bailes a la luz de la luna y que os vaya muy bien. Cada cuál toma sus decisiones. Yo la mía la tomé hace mucho: basta ya de tanta tontería. El rollito comadre se me agotó hace tiempo, se me cayeron todos los palos del sombrajo y dejé de creerme toda esa pantomima. Así que sigamos viviendo, cada una a lo suyo, y cosechemos lo sembrado.