Pseudomenciones

Quien decide tiene la culpa

 

En momentos de indecisión en grupo ¿has notado que siempre tomas tú las decisiones? ¿Que la gente que te rodea siempre espera a que tomes la última palabra y digas qué debemos hacer? Siempre hay alguien en un grupo que termina diciendo “pues venga, vamos a ello”… ¿eres tú esa persona? Pues la has cagado pero bien. Si las cosas salen mal, no podrás evitar sentirte culpable.

Cuando te das cuenta del tema y dejas de decir la última palabra, el grupo colapsa, se queda varado en el error de la última decisión tomada y te miran suplicantes para que tomes las riendas. Y como no te da la gana, el bloqueo persiste y todo el grupo asume que no va a haber decisión, que vamos a seguir varados, que no hay salida. Tú miras suplicante al segundo de a bordo, al tercero, al cuarto, pero nadie toma la palabra. Impasibles, parecen indiferentes ante la situación.

Al día siguiente, la gente se queja de la mierda de tarde, o del truño de película que se han tragado, o de la bazofia de comida que se tragaron en aquel sitio de mala muerte, pero en el momento de tomar la decisión, esa que podría haber evitado el mal trago, nadie se menea. Todos tragan y adelante, que el que decide es el que lleva la carga.

Y es que, cuando se toman decisiones en un estado de indecisión, en un estado de incertidumbre, se corren riesgos. Y los riesgos inmovilizan (y si no, que se lo digan a Puigdemont). Quien toma decisiones en estos momentos será el chivo expiatorio del mañana. “Tú fuiste quien dijo que lo hiciésemos” es el grito de los huevones y las huevonas. Por eso es tan raro encontrar esa figura cándida y valiente que alienta al grupo para que actúe. Porque una vez que se quema, ¿quién es el guapo o la guapa que toma el relevo?

En otro post hablaba de cómo lo complejo es lo sencillo , y cómo las estructuras ocultan el corazón del asunto. El dicho como arriba es abajo lo define muy bien. El tema es que la diplomacia, esa gran capacidad de negociar con el contrario, oculta a veces el miedo a decir lo que se quiere y necesita y dar motivos claros y contundentes al respecto. Ya, es verdad que es mejor negociar, dialogar, debatir con argumentos, llegar a un consenso. Pero hay momentos en los que te la cuelan y la diplomacia te impide que lo que es de ley salga adelante. También es verdad que si te la han colado, poco vas a poder hacer, pero al menos que quede constancia de que te has dado cuenta.

Todo esto es una perorata sin mucho sentido para la audiencia, lo sé. Lo importante es lo que pasa cuando el que toma las decisiones se retira. Y el por qué se retira. Hay múltiples circunstancias en las que esto puede pasar, pero una cosa habitual es que el grupo se quede estancado. Y no puede ser de otra forma. Hay ocasiones en las que hay que aceptar que el grupo no puede progresar ni actuar al mismo ritmo que lo haces tú, que la gente necesita tiempo. Tiempo para darse cuenta de los errores cometidos y de las decisiones mal tomadas. El hecho de que tú tengas claro lo que hay que hacer no significa que el grupo lo tenga claro, así que ajo y agua, como decíamos de pequeñas.

Seguro que hay gente ahí fuera, leyendo esto, que me comprende perfectamente. Para vosotras y vosotros, una lista de consejos no pedidos:

1. Si hay que tomar una decisión, deja que primero se pronuncie otra persona del grupo. No te lances a hacer propuestas, no te signifiques en un primer momento. No te hagas abanderada/o del asunto: si lo haces, será mucho más difícil retirarse.

2. Si nadie se pronuncia, siempre puedes hacer una sugerencia. Algo así como tímido, como quien no quiere la cosa.

3. Si encuentras una callada por respuesta, no insistas: no hay quorum. Hay que dar tiempo al grupo para que asimile el problema y lo sopese. Por mucho que creas tener la visión completa del asunto, no va a servir de nada que lo expliques una y otra vez: hay que seguir una serie de pasos para alcanzar la comprensión.

4. Cuando el desastre se avecina, nunca digas “os lo dije”. Muchas veces pasa. El grupo se ha quedado varado y no ha tomado decisiones importantes. Llega el toro y nos pilla. Hay que asumir las consecuencias con el grupo y tirar para delante.

5.Ten paciencia: en algún momento caerán en la cuenta. Pero lo cierto es que, si el grupo o la mayor parte del grupo no cae en la cuenta, no hay nada que hacer más que esperar.

6. A veces hay soluciones alternativas que tú no habías considerado.  Únete alegremente a ellas alegremente, sin rencor y suspirando con alivio. Hay veces que estás rodeado/a de gente capaz y competente, gente buena y maravillosa que ve las cosas desde otra perspectiva que también conduce a la solución.

Si este post os ha parecido condescendiente, lo siento mucho. Es lo que hay.

7 consejos para la vuelta a clase

Ey, profes de instituto: comienza el curso ¿no, carrocillas? Otra vez a tomarse el café de pie y con prisas mientras juramos en hebreo por tener que entrar a primera hora, otra vez entrar en un aula abarrotada de críos y crías que aúllan, otra vez la tiza y la pizarra, y a contar lo de siempre. No se puede empezar un curso a tontas y a locas: ¿has pensado todo lo que vas a hacer este curso? ¿Has actualizado contenidos, rediseñado materiales, pensado actividades para trabajar los conceptos fundamentales de tu asignatura, nuevas formas de evaluación, etc.? ¿Has pensado cómo mejorar tu docencia? Ya sé que está ajetreado viendo cómo suben las visitas a tu último video o artículo en el Huff, que no has tenido tiempo de reflexionar sobre las claves del éxito en tu docencia. Pero hoy, como si fueras un alumno en tu primer día de clase, te voy a dar siete consejos fundamentales para triunfar en las aulas.

1.- Ánimo, que tú puedes

Ya sé que ves en tus estudiantes una manada de vagos y vagas, pero tu misión es que se apasionen por tu asignatura. ¿Has pensado cómo motivarles, cómo vincular sus conocimientos previos con los nuevos conocimientos, cómo conseguir que caigan en la cuenta de lo interesante que es conocer lo que tú les puedes enseñar? Recuerda, además, que las medidas de atención a la diversidad en nuestro país no son muy boyantes, por lo que tendrás que hacer un esfuerzo extra para detectar las necesidades específicas de tus alumnos y ofrecerles algún tipo de apoyo. A lo mejor crees que no es tu obligación, pero todas las personas tienen derecho a la educación ¿no? Lo que te estoy proponiendo no es que conviertas tu clase en un circo, sino que aprendas a enseñar, cosa que va mucho mas allá de vomitar contenidos en un aula y corregir exámenes.

2.- Conoce a cada estudiante

Sí, ya sé, son muchos, muchísimos. Pero compréndelo: no todos ellos aprenden de la misma manera, ya se sabe que cada chaval o chavala es un mundo. Es fundamental conocer a cada uno de ellos y comprender sus peculiaridades. Unos aceptarán tus bromas y otros se enfadarán y no tolerarán que te pitorrees de ellos delante de la clase. Es interesante que les conozcas por su nombre y demuestres que no son para tí un simple número. Ya sabes que puede que te cueste adaptarte cada año a un nuevo grupo con sus diversidades y peculiaridades, pero siendo flexible y receptivo evitarás desencuentros y mejorarás tu docencia. No pretendas que la clase se adapte a tí: adáptate tú al grupo. Será más sencillo.

3.- Intenta revisar tu planificación a lo largo del curso

Esta es la gran utopía de cada año, pero sigue intentándolo. Para adaptarte a las necesidades de tus estudiantes será necesario, seguramente, revisar las actividades, los materiales y las formas de evaluación que tenías pensado poner en práctica. No hace falta que realices cambios drásticos y seguro que en la administración no te llaman la atención por introducir cambios por motivos pedagógicos (ups, he mentado a la pedagogía, sí). Recuerda que si dedicas tiempo en tus clases a realizar tareas que ayuden a profundizar en los contenidos, no dejarás al azar el aprendizaje de los estudiantes. Memorizar para un examen no es aprender: es algo que, después de nuestra experiencia como alumnas y alumnos, deberíamos tener claro.

4.- Sondea el aprendizaje de tus estudiantes: ¿tienen dudas?

Recuerda que debes tener estrategias para saber si tus estudiantes están aprendiendo y comprendiendo lo que les intentas enseñar más allá del examen, en el día a día, poco a poco, para que al final no te encuentres con un aula que no ha entendido nada de lo que les has contado. Entiendo que, a veces, la desidia os puede y os limitáis a soltar el rollo y observar sus caras inexpresivas. Si eres tímido puedes usar un montón de herramientas digitales que tienes a tu disposición. Kahoot! y Appgree son dos de ellas. Ya sé que estás en contra de todas esas cosas modernas, pero pruébalas: alucinarás.

5.- Coordínate con tus compañeros

En vez de dedicaros a tiraros los trastos en el claustro ¿habéis probado a constituiros como verdadero equipo docente? Yo os animo a ello este curso. Reuníos para pensar las cosas que podéis hacer en común para mejorar la convivencia del centro y el aprendizaje de vuestros estudiantes. La docencia en un centro de enseñanza como el vuestro no es una actividad individual, sino colectiva, y si no aprendéis a colaborar nunca alcanzaréis la excelencia que os habéis puesto como meta. Bueno, quizás exagero y no buscáis la excelencia, pero venga, coordinaos y haced de vuestro centro un centro mejor.

6.- Usa la agenda

Ya sabes lo importante que es la planificación para la buena marcha del curso escolar. Anota todos los hitos importantes, las actividades que harás en clase, las fechas de entrega de trabajos que les has dado a tus estudiantes a principio de curso, etc. Si tú estás organizado, ellos también se organizarán.

7.- Prueba y elige tu técnica de enseñanza

No sabes enseñar, y en parte es culpa de cómo esta organizado el sistema educativo español: deberían exigir una habilitación decente para el profesorado de secundaria. Pensáis que enseñar es decir lo que sabéis delante de una clase que os escucha en silencio y memoriza para el examen, y no es así. Por eso, vuestros estudiantes se desesperan en esas clases en las que os da la verborréa y luego, en casa, intentan desentrañar de qué iba todo ese discurso. También están aquellos que se aburren solemnemente, porque van sobrados y no necesitan tanta sobreexplicación y tantos consejos no solicitados.

Recuerda: la clave está en conocer a tus estudiantes y desarrollar estrategias educativas para que construyan activamente el conocimiento sobre aquello que quieres que aprendan. Fliparás con los resultados si observas, planificas y pones en marcha actividades motivantes en las que tengan que usar el conocimiento que quieres que asimilen. ¡Ánimo! El curso acaba de empezar. Todavía estás a tiempo.

Los nostálgicos de la nocilla arrementen contra el brócoli

No hay nada más absurdo que la nostalgia de los malos hábitos de nuestra infancia. Es verdad que éramos felices e inconscientes cuando viajábamos en la parte trasera del Seiscientos sin cinturon y durmiendo a pierna suelta. Eso no significa que ahora que tenemos hijos, queramos reproducir esos patrones que se han ido depurando con el descenso de muertes en accidentes de tráfico gracias a los sistemas de sujeción.

Lo mismo pasa con la alimentación. Antes, los refrescos de Cola, las cremas de cacao y el chocolate, la mantequilla y el chorizo eran nuestras meriendas habituales. Luego pasamos a los lácteos de distintos colores. Y las cosas no han cambiado mucho si comprobamos que las tasas de obesidad y sobrepeso infantil son altas y son consideradas un problema de salud pública. Por tanto, restarle importancia a las bondades de una dieta saludable y relacionar éstas con los "gurús de la alimentación sana" es irresponsable y absurdo.

Vivimos en una época en la que la gente tiene compulsión por la creación de etiquetas diagnósticas. En este contexto, Steven Bratman acuñó el término ortorexia  para referirse a un supuesto trastorno de la alimentación que consiste en la obsesión patológica por comer sano. Sin embargo, esto no significa que debamos calificar a todas las personas que se preocupan por su alimentación y la de sus hijos e hijas como ortoréxicas. Los alimentos procesados invaden las estanterías de nuestros supermercados, y los efectos de este tipo de comidas en nuestra salud están más que documentados. Querer cerrar los ojos a ello no debe suponer la patologización de las personas que se molestan por poner todos los días en su mesa una alimentación relativamente sana.

Nos guste o no, el azúcar refinado es muy perjudicial para nuestra salud. Y eso no lo dice un lobby que señala con el dedo a las mujeres que no dan el pecho. Lo dicen los estudios científicos, por ejemplo los que investigan la relación que pudiera haber entre el consumo de bebidas azucaradas y el TDAH. Y la causa de la bulimia y la anorexia nerviosa, trastornos alimenticios devastadores, no es la obsesión por una dieta sana, sino la presión que la sociedad aplica a nuestros jóvenes para tener un cuerpo perfecto y la distorsión de la propia imagen corporal. Precisamente, uno de los consejos que se ofrecen para prevenir estos trastornos es una adecuada educación para la salud, que incluye el saber alimentarse de una manera sana y equilibrada. Y el atracón no es la consecuencia de una dieta sana, sino de una dieta restrictiva que produce un déficit calórico. Para documentarse, se puede consultar el libro de Crispo, R., Figueroa, E., & Guelar, D. (1997). Anorexia y bulimia: lo que hay que saber. Gedisa.

Por tanto, cuando escribimos artículos de opinión como este, que son una oda nostálgica a la generación de la Nocilla, quizás deberíamos documentarnos un poco mejor y no soltar al aire ideas poco calibradas. Que cada cual se alimente como quiera, pero las familias que cuidan la alimentación de sus hijos no tienen por qué ser ridiculizadas y menospreciadas. Si ves a un niño merendando fruta, ya sé que algo se revolverá en ti y añorarás el pan con mantequilla y azúcar. Eres libre de correr a la nevera a ponerte uno, pero no quieras que todo el mundo te siga con pasión y alegría: los demás también somos libres de que eso nos parezca una guarrada.

Diálogo sobre el diálogo


Cuando hablamos con otras personas, discurrimos por dos vías paralelas. En ambas pueden surgir acuerdos y desacuerdos. La primera vía es la de los argumentos (el qué): planteamos nuestras razones, ejemplos, contraejemplos y demás para apoyar la postura que mantenemos. La segunda vía es la de las reglas, implícitas o explícitas, que empleamos en este intercambio. Esta segunda vía es tan importante o más que la primera. Es importante atender a la forma en que transcurre el intercambio comunicativo y cómo se establecen las reglas de estos intercambios. 

El establecimiento de reglas en los intercambios es una cuestión de poder. La forma en que conformamos nuestros intercambios comunicativos dice mucho de con quién estamos hablando y para qué. Por tanto, imponer reglas a priori es decirle al otro o la otra que la finalidad del intercambio está acotada por una de las partes. Esto, aunque tenga su origen en unas muy buenas intenciones, no es muy conveniente. 

Todo esto viene al caso de un post que puso una mujer en Facebook el otro día diciendo que iba a ser la abanderada del feminismo dialogante y planteaba un debate sobre la gestación subrogada. Sin entrar en este, sin duda, interesante debate, esta referencia al diálogo plantea la necesidad de llegar a un consenso sobre el tema. Es muy loable que la gente quiera llegar a consensos, pero de sobra sabemos que el diálogo tiene un límite, que es el de los puntos en los que uno u otro participante no tiene la menor intención de cambiar de opinión. 

Esto me recuerda a una antigua relación que mantenía esta posición dialogante en todos los intercambios que teníamos. Cuando hablábamos de temas que despertaban mi vehemencia debatiendo, me daba la razón y parafraseaba mi argumento dándole la vuelta. De este modo, era yo la que siempre quedaba en una posición inestable en el “diálogo”, porque él me había dado la razón y, aún así, yo le tenía que volver a rebatir. Esa estrategia agresivo-pasiva consiguió que dejásemos de intentarlo. No digo que mi estrategia sea mejor, pero desde luego hay una cosa que me parece esencial en un debate: la honestidad. 

En cualquier debate hay que estar dispuesta/o a cambiar de opinión o a dar la razón. Pero también hay que estarlo para detectar los puntos irreconciliables entre los debatientes. Estos puntos suelen estar relacionados con las prioridades de cada debatiente. Puedes priorizar los deseos de paternidad de ciertas personas o, por el contrario, priorizar que la capacidad de gestar es un aspecto privado de la mujer con el que no es legítimo comerciar. Cuando llegamos a ese momento en que estos puntos se enfrentan, podemos seguir dialogando, seguro. Por hablar, que no quede. 

Por otra parte, hay que definir muy bién en qué consiste eso del diálogo. Hay temas muy delicados y polémicos e los que hay personas que se sienten muy implicadas y en los que no pueden evitar emocionarse y acalorarse en el debate. Pueden ser víctimas de malos tratos, de negligencias médicas, de abusos, y cuando se habla de temas relacionados con estos aspectos sacan su parte más pasional y dolida. A estas personas ¿qué tipo de diálogo les podemos exigir? Desde luego, guardar las formas es exigible en cualquier tipo de intercambio comunicativo, pero establecer normas que destierren la emocionalidad del debate excluye del mismo a estas personas que están emocionalmente implicadas con el tema. 

Por tanto, debemos tener en cuenta que poner normas en los debates abiertos requiere de una definición muy clara de lo que se espera de las personas participantes (por ejemplo, poner normas del tipo no está permitido insultar y atacar personalmente a los demás participantes) y siempre hay que estar preparados para que haya un intercambio en el que las personas que participan no están de acuerdo. Y no pasa nada. La tolerancia al desacuerdo es una de las competencias más importantes para el diálogo. Luego está la asertividad, el ser capaz de sobrellevar este desacuerdo. Eso no todo el mundo lo consigue. 

Argumentos a favor de los deberes

Cada vez que sale un artículo en contra de los deberes escolares, lo que más me fascinan son los comentarios. Los comentarios de los educarcas y sus rocambolescos argumentos sobre los deberes (si se pueden llamar así) son delirantes. Vamos a ver algunos de ellos, aunque no pretendo ser exhaustiva, ya que la creatividad de estos ancestrales docentes es inagotable: cualquier excusa es buena para convertir nuestras casas en un campo de trabajos forzados. 

Argumento 1. Los nenes no son funcionarios. Este argumento afirma que no se puede plantear que los nenes no hagan nada a partir de las 14 h., cuando salen de la escuela. Los funcionarios, que por lo visto son seres vagos e inútiles, se lo pueden permitir, pero los nenes tienen que aprender a vivir solos (sic.) y la misión de los padres (sic.) es enseñarles a hacerlo. 

Quien argumenta esto no se ha enterado de que hay muchas cosas que hacer en la vida además de tareas escolares y que, además, tenemos libertad para hacerlas. Que no tenemos que aprender a vivir solos, porque lo normal es vivir con otras personas, o al menos es lo sano, y que el hecho de hacer tareas escolares, de todas formas, no enseña a ser un ermitaño… o sí. A estar aislado y a tener carencia de vitamina D por no darte el sol en la cara sí que puede ayudar. 

Argumento 2. Si los niños no hacen deberes, estarán toda la tarde de extraescolares. ¡¡Si!! ¡¡De extraescolares o de lo que nos de la gana a los padres!! Eso es así. Eso es inapelable. Estarán en extraescolares, o en el parque, o jugando con la Play o la Nintendo, o leyendo, o pintando, o haciendo cualquier actividad de su elección. ¡¡Qué desfachatez!! ¿Dónde queda la autoridad y la autonomía del maestro? Pues en su aula, claro. En mi casa, la autoridad soy yo. 

Argumento 3. Los niños tienen que hacer deberes, porque tienen que reforzar el conocimiento que adquieren en el aula. Ya se sabe que, durante siglos, el ser humano ha tenido que encerrarse en su cuarto entre cuadernos, bolígrafos, lápices, sacapuntas y libros de texto para saber cada vez más. Ha sido la única forma en que el ser humano ha podido progresar: hincando codos desde los 3 a los 11 años. Nada de salir a la calle a correr, a columpiarse, a saltar a la comba, a montar en bici. Hay que hacer deberes de sol a sol para progresar como humanos y reforzar el conocimiento, que es algo así como un zapato. 

Argumento 4. Los deberes, en definitiva, son la forma en que la autoridad del maestro se manifiesta en nuestros hogares. Hemos de acatar la autoridad del maestro, porque, en caso contrario, estamos perdidos: todo el sistema se desintegrará sin poder evitarlo. Hagamos lo que nos manda el maestro, olvidemos nuestra libertad de acción, olvidémonos de la música, del deporte, del sol, de divertirnos.  Y obliguemos a nuestros hijos a hacer ejercicios del libro de texto de sol a sol para levantar el país. 

Hay muchos más argumentos, de lo mas loco y variopinto. Pero por hoy es suficiente. Basta con esta pequeña muestra para estar seguros de que los educarcas son tóxicos y están ligeramente enmohecidos. Hay que alejarse de ellos para aprender en plenitud de nuestras facultades y, además, ser felices, cosa que, hoy por hoy, no es incompatible.   

Las madres felices


Sí, es así, afortunadamente. Existen madres felices. Madres que están conectadas con su útero cual antena wifi. Madres que han tenido un parto gozoso, una pareja amorosa y presente, una red de apoyo rica y surtida, un sostén económico que las permite gozar de la crianza como si fuera el paraiso: las viandas siempre listas y a su alcance, ausencia de dolor tanto físico como psicológico, llenas de oxitocina y de instinto animal. 

¿Quién va a protestar por algo así? ¿No es algo de lo que alegrarse? Pues claro que sí. Es genial. 

Lo que no me parece ya tan bueno es que este estado de embriaguez y feliz maternaje se presente como algo que cualquiera puede alcanzar. Igual que se ha criticado hasta la saciedad a Samantha Villar por sus quejas públicas hacia la maternidad por generalizar y por no haberse informado antes de qué era eso de tener hijos/as, plantear que la maternidad gozosa es algo que cualquiera puede alcanzar si se informa bien y hace las cosas como diosito manda es poco respetuoso hacia la realidad de muchas personas. 

En primer lugar, para gozar de la maternidad, muchas mujeres deben renunciar a la forma de vida para la que han sido criadas y educadas desde muy pequeñas. Criar con placer es incompatible con tener éxito en el ámbito profesional, al menos el éxito al que estamos acostumbradas y a lo que llamamos éxito en una sociedad patriarcal. Es una gran renuncia que hay que asumir y para la que hay que estar preparada. Luego ya puedes decir que has sido felicísima criando a tus hijos e hijas (yo lo he sido), pero llega un momento en que se van de casa, y ahí te quedas, con todo por hacer, empezando por donde lo dejaste y teniendo que recuperar 20 años que pasaron sin darte cuenta. Así que elige: o eres felicísima criando a tus hijos o eres felicísima criando a tus obras. Y sí, puedes entonar el Aleluyah por tu oxitocina, pero la oxitocina tiene fecha de caducidad y seguimos viviendo en el mismo mundo. Es verdad: es una frivolidad querer tener éxito en el trabajo, y mucho más mamífero y elevado espiritualmente moldear tu obra y dejar unos hijos e hijas maravillosas para la posteridad. 

En segundo lugar, la situación del parto en nuestro país está lejos de cambiar. Las mujeres siguen pariendo envueltas en maltrato institucional. La culpabilización de la víctima en este tema es muy canalla. La sociedad te marca el camino para parir en los hospitales españoles, con tasas de cesárea elevadísimas y con prácticas intrusivas discapacitadoras y alienantes. De estas situaciones de indefensión en el parto derivan muchas situaciones de depresión post-parto que no permiten la vinculación adecuada con la criatura y que convierten el puerperio en un calvario. Si me encuentro en ese momento con una de esas madres felices que me dice “haberte informado” lo único que se me ocurre es escupirle a la cara, de verdad. Incluso cuando digo que mi segundo parto fue un parto gozoso en casa lo hago con mucho cuidado, porque hay mujeres que no se lo pueden permitir, ya sea económica o psicológicamente. 

Y en tercer lugar, la familia es una institución que se desmorona. Por arriba y por abajo. Cada vez contamos menos con el apoyo de nuestra familia para criar, ya sea por la distancia física o por la distancia emocional. Y el índice de separaciones y divorcios es cada vez más elevado. En este contexto, encontrar una situación en la que la pareja es sustentadora y la red social de apoyo de la madre es sólida, pues es bastante raro. Y eso no se busca: se encuentra. Culpar a la víctima en estos casos no solo es canalla, sino que además denota maldad y falta de empatía. Seas o no madre feliz. 

En definitiva: ser feliz es maravilloso, pero no puedes ir por ahí diciendo a la gente que no es feliz porque no quiere. El que tus circunstancias te hayan llevado (con mucho esfuerzo, seguramente) a la felicidad materna no quiere decir que el resto de la gente quiera o pueda seguir tu camino. Me encanta cuando la gente dice que es feliz. Pero la verdad, cuando alguien te está diciendo que es infeliz, no es el momento adecuado para decir “pues mira, yo soy felicísima, porque he hecho esto, esto y esto, no como tú que lo has hecho fatal”. ¡¡Hombre ya!! Que no se trata de que seáis unas retrógradas (retrógradas hay en todos lados). Se trata de tener la empatía donde la espalda pierde su bello nombre. 

Los padres cuarteleros: Una tendencia en alza

Tomada de Pixabay

Los expertos lo han detectado con su radar “encuentra fenómenos”. Son los padres cuarteleros. Tratan a sus hijos a golpe de silbato, les educan en un ambiente absolutamente dictatorial y nunca les ayudan a levantarse cuando se caen. Esta forma de educación, que se puso de moda tras la adopción de las tesis de ese concepto pseudocientífico llamado “hiperparentalidad”, está acabando con la autonomía y la autoestima de niños y jóvenes, que tienen sistemas nerviosos débiles y son incapaces de enfrentarse a los retos más sencillos de la vida, como tomar decisiones por sí mismos, hacer amigos, abordar los conflictos con serenidad o mantener conversaciones distendidas. 

Los padres cuarteleros hacen oídos sordos a las quejas de sus hijos. No importa que lleguen llorando a casa del colegio con un ojo morado. Les dicen que se defiendan, que devuelvan el puñetazo y que no lloren como nenazas. Si su hijo es una hija, les dicen que algo habrán hecho, que sean tranquilitas y jueguen a la goma en el patio, así no se meterán en líos. Es así como los casos de acoso en el colegio han aumentado de forma alarmante: sin un control por parte de las familias, que son las encargadas del bienestar de los menores, no hay nadie que ponga freno a la escalada de violencia en los colegios e institutos. 

Además, este tipo de padres no atienden a sus hijos cuando sufren accidentes o tienen dolores. Son de la idea de que, cuando un niño se cae al suelo, hay que dejar que se levante solo para forjar su fortaleza y valentía. De este modo, están llegando a los hospitales niños con fracturas antiguas mal soldadas que no fueron atendidas debidamente en su momento. Además, los niños crecen con la idea de que no hay que ayudar al otro cuando tropieza y estamos asistiendo al surgimiento de una generación de adolescentes insensibles ante los infortunios de sus semejantes, que pasan sin mirar a las viejecitas que encuentran tiradas en el suelo y que no ceden el asiento en el metro a las embarazadas. 

Marilita Jiménez, experta en ingeniería genética en la Universidad de Gayamil, afirma que estos padres crían a sus hijos como si fuesen infantes de la marina. Las maneras espartanas en la educación están dando lugar a gran cantidad de casos de estrés postraumático en niños y adolescentes, que llegan gritando “SEÑOR, SÍ SEÑOR” a las consultas de psiquiatría. “Como sigamos así, en unos años vamos a tener zombis en vez de personas paseando por las calles” afirma la experta. 

Quedaron atrás los tiempos en los que se daba crédito a las teorías que afirmaban que una crianza respetuosa y con amor generaba individuos respetuosos consigo mismo y con sus semejantes. En la actualidad, parece que estamos educando a soldados que van a ir a la guerra a combatir por su patria, más que a ciudadanos conscientes y resilientes, preocupados por contribuir al bien común. Y es que necesitamos personas que se construyan sobre una base sólida de apoyo, respeto y amor por parte de sus progenitores, y no de individuos obedientes sin autoestima que no sepan relacionarse con los demás porque nunca les han cuidado. 

Madres: prohibido hablar de educación

Llevo casi cuatro años en este blog, y desde que escribo desde mi identidad de madre he podido constatar que a la gente que en las redes escribe desde sus perfiles profesionales les molesta sobremanera que una madre hable de otra cosa que no sea “sus labores”. 

Desde la perspectiva de estos expertos (y expertas), una madre es una madre. Y punto. La interacción con nosotras es serena cuando planteamos nuestras dudas partiendo de la ignorancia y la admiración por sus inalcanzables conocimientos. Pero ay de nosotras si osamos poner en cuestión sus planteamientos. En esos casos, da lo mismo que nuestros argumentos sean impecables, estén basados en la evidencia o que citemos investigaciones recientes de gran impacto: somos unas histéricas que atacamos desde la rabia y el resentimiento a los sabios expertos (y expertas). 

Leyendo el blog, la gente puede saber de forma fehaciente que tengo 3 hijos, pero no saben nada sobre mi profesión. La sensación que he tenido siempre debatiendo desde mi identidad de madre es que, cuando estos expertos interactúan conmigo, usan un arquetipo caduco de madre. Me siento tratada como una ignorante sin formación que se hace la listilla, una mujer de su casa que habla desde la emocionalidad y no desde la razón.

La verdad es que estoy aprendiendo mucho desde un punto de vista socio-psicológico sobre la forma en que funciona el poder en las interacciones cotidianas cuando me relaciono con personas desconocidas desde mi identidad de madre. Foucault estaría fascinado si pudiese observar las interacciones en las que me veo envuelta. Cualquier estudioso del poder, del discurso y de la interacción lo estaría.

¡Pero qué hago yo hablando sobre estas cosas, si solo soy una pobre madre histérica! Vuelvo a mis fregonas, mi bayeta y mis cup cakes. Perdones excelsos expertos del saber oculto que ose argumentar sin llevar un mísero título en la boca. 

#VDLN 110: Ganamos (Bebe)


A lo largo de estos años he aprendido dos cosas muy importantes. La primera, que de todo hay que aprender. Repetimos una y otra vez el mismo error hasta que, por fin, nos damos cuenta de cuál era la pieza del engranaje que fallaba y la cambiamos, unas veces con más agilidad que otras.

La segunda, que no hay mal que por bien no venga. Toda marcha trae consigo un reencuentro. Toda ruptura, una nueva unión. La soledad es únicamente un receso. Hoy lloras, mañana ríes. Hoy ríes, mañana lloras. Por eso, no hay que dar las cosas por supuesto nunca, porque la rueda del destino da vueltas y vueltas.

Las despedidas con rencor y odio son lo más común. Un error que cometemos con demasiada frecuencia. Qué se le va a hacer, nos cuesta soltar, nos cuesta reconocer que no es nuestro lugar ni nuestro momento. Nos cuesta que no nos quieran, que no nos necesiten, que no nos amen. Y sin embargo, irse con rencor es lo peor que podemos hacer. Porque esa despedida no nos permite agradecer todo lo que debemos a las personas que pasan por nuestra vida. Gracias. Ganamos mucho juntos. Ganamos amor y confianza, ganamos ternura, confidencias, risas, buenos ratos, música compartida. Ganamos, aunque también perdimos y dejamos cosas por el camino. Pero… ¿y todo lo que ganamos?

El despedirnos con alegría y agradecimiento no significa que no se vaya a producir la separación. Hemos aprendido y aquí acabó nuestro camino juntos/as. Pero nos vamos contentas de lo que aprendimos, sabiendo que no se volverá a repetir, que nunca más viviremos esos momentos que pasamos juntos hablando, susurrando, lamentando, conviviendo. Nunca.

Y nos vamos con valentía, con una sonrisa, sabiendo que nos esperan nuevas puertas por abrir, tras las que encontraremos escenarios diferentes, ensayaremos nuevas pautas, nuevas creencias, nuevas estrategias, nuevos estares y malestares. Y nunca volverán esos días que fueron tuyos y míos. Qué pena. Pasó. A ver lo que viene ahora. Emoción de lo desconocido.

Hay personas que permanecen siempre en el mismo sitio, que encuentran su lugar desde muy pronto y se quedan en calma durante toda su vida. Pero hay también personas viajeras, que van de un sitio a otro, de una ciudad a otra, de un país a otro, de unas manos a otros ojos, a otro pelo, a otra cama. Y encuentran espacios infinitos en los que habitar, hasta que el infinito queda en nada. Entonces, buscan otro lugar y la aventura continúa.

Ganamos. Siempre ganamos, la vida nos da esa oportunidad. Y morimos habiendo ganado. No una oposición, ni un cargo político, ni un nombramiento, ni un diploma. Morimos habiendo ganado el respeto, el cariño de nuestra gente y la tranquilidad de haber hecho lo que pudimos con las materias primas que nos fueron concedidas. Ganamos.