Parto

Que el altruismo no nos ciegue

Hoy, Violeta Assiego plantea en este artículo la diferencia entre vientres de alquiler y gestación subrogada, aludiendo a la supuesta necesidad de regular esos casos en los que determinadas mujeres podrían desear servir de gestantes para concebir un hijo o hija de personas que no son capaces de hacerlo con sus propios cuerpos. Estas mujeres actuarían de manera altruista, sin cobrar nada, sin agencias intermediarias y los subrogantes sólo tendrían que pagar los gastos médicos.

Me pregunto de cuántos casos estamos hablando. Me pregunto si es necesario legislar para atender los deseos de un número ínfimo de mujeres, dispuestas a pasar por un embarazo, un parto y un postparto por nada. Me pregunto si es necesario arriesgarse a que haya personas que, enmascarándose tras esta legislación, trafiquen con personas aduciendo que lo hacen de forma altruista y recibiendo bajo cuerda sumas de dinero desconocidas. Me pregunto si es necesario hacer de nuestro país un sitio en el que puedan pasar ese tipo de cosas.

Yo creo que no es necesario. Y además, creo que la polémica de la gestación subrogada está enmascarando temas realmente importantes, como son el del aumento de la infertilidad en la población española y las dificultades en los procesos de adopción. Que es verdad que la adopción no está hecha para colmar los deseos de pater/maternidad de las personas, pero es una forma hermosa de satisfacer las necesidades de niñas y niños sin familia dejándolos al cuidado de gente que desea cuidar.

La causa principal del aumento de la infertilidad es el retraso del deseo reproductivo. Del deseo o de la posibilidad. Tener hijos e hijas a los 20 años, como hacían las madres de antaño, se ha convertido en ciencia ficción. Hay otras muchas causas, pero esa es la que ha dado lugar a un aumento notable de personas que buscan ayuda para poder gestar. La edad media de la primera maternidad ha aumentado 4 años desde los años 70 (Delgado, López y Barrios, 2006). Esta situación está ligada a los cambios en la forma de vida, que no necesariamente son negativos, pero que han transformado el paisaje conceptual e ideológico ligado a la maternidad, la crianza y la familia. Por otra parte, las parejas gays también tienen deseos de cuidar sus propios hijos e hijas, algo que se ha hecho posible en sociedades como la nuestra y que considero muy positivo.

Entre todo este revuelo, quizás sería sensato hacer una reflexión sobre lo que está pasando. Cada vez que oigo hablar de gestación subrogada, no puedo evitar pensar en los hijos de Cristiano Ronaldo, Elton John o Kim Kardashian y Kanye West. Me incomoda que los bebés se estén convirtiendo en un objeto de lujo que pueden ser comprados por las grandes estrellas por altas sumas de dinero. Pero entonces surge la palabra “altruismo” y parece que mi mente debe dejar de elucubrar y centrarse en esas mujeres que quieren ser los ángeles gestantes de otras personas. Pero, sinceramente, creo que no va a haber mujeres altruistas para satisfacer tanto deseo de mater/paternidad.

Por otra parte, la adopción es un asunto delicado: no olvidemos que detrás de cada adopción hay un abandono, una muerte, una situación de pobreza, etc. Lo deseable sería que no hubiese niños y niñas en adopción, y si existe esta fórmula jurídica, es en beneficio de los niños y niñas. En este sentido, las altruistas son las familias adoptantes, y no podemos exigir que se agilicen las adopciones en tanto en cuanto están sujetas a procesos jurídicos que garanticen los derechos de los menores.

Sé que lo que voy a decir no va a ser muy popular, pero quizás deberíamos repensar, como sociedad, el lugar que ocupa la maternidad y la paternidad en nuestros idearios sociales. Tener hijos e hijas, cuidarlos, criarlos, es una cosa muy bella y muy seria, pero no es un derecho. Cuando la maternidad se convierte en deseo insatisfecho es demoledora, no tengo ninguna duda, pero no podemos moldear la sociedad para satisfacer este deseo. Quizás debamos aprender a sublimar los deseos de maternidad y pensar, a largo plazo, como solucionar los problemas que giran en torno a nuestra esencia como especie: la gestación, la maternidad, los cuidados de nuestros pequeños en un grupo social que ha perdido su equilibrio y debe recuperarlo de alguna forma.

Las madres felices


Sí, es así, afortunadamente. Existen madres felices. Madres que están conectadas con su útero cual antena wifi. Madres que han tenido un parto gozoso, una pareja amorosa y presente, una red de apoyo rica y surtida, un sostén económico que las permite gozar de la crianza como si fuera el paraiso: las viandas siempre listas y a su alcance, ausencia de dolor tanto físico como psicológico, llenas de oxitocina y de instinto animal. 

¿Quién va a protestar por algo así? ¿No es algo de lo que alegrarse? Pues claro que sí. Es genial. 

Lo que no me parece ya tan bueno es que este estado de embriaguez y feliz maternaje se presente como algo que cualquiera puede alcanzar. Igual que se ha criticado hasta la saciedad a Samantha Villar por sus quejas públicas hacia la maternidad por generalizar y por no haberse informado antes de qué era eso de tener hijos/as, plantear que la maternidad gozosa es algo que cualquiera puede alcanzar si se informa bien y hace las cosas como diosito manda es poco respetuoso hacia la realidad de muchas personas. 

En primer lugar, para gozar de la maternidad, muchas mujeres deben renunciar a la forma de vida para la que han sido criadas y educadas desde muy pequeñas. Criar con placer es incompatible con tener éxito en el ámbito profesional, al menos el éxito al que estamos acostumbradas y a lo que llamamos éxito en una sociedad patriarcal. Es una gran renuncia que hay que asumir y para la que hay que estar preparada. Luego ya puedes decir que has sido felicísima criando a tus hijos e hijas (yo lo he sido), pero llega un momento en que se van de casa, y ahí te quedas, con todo por hacer, empezando por donde lo dejaste y teniendo que recuperar 20 años que pasaron sin darte cuenta. Así que elige: o eres felicísima criando a tus hijos o eres felicísima criando a tus obras. Y sí, puedes entonar el Aleluyah por tu oxitocina, pero la oxitocina tiene fecha de caducidad y seguimos viviendo en el mismo mundo. Es verdad: es una frivolidad querer tener éxito en el trabajo, y mucho más mamífero y elevado espiritualmente moldear tu obra y dejar unos hijos e hijas maravillosas para la posteridad. 

En segundo lugar, la situación del parto en nuestro país está lejos de cambiar. Las mujeres siguen pariendo envueltas en maltrato institucional. La culpabilización de la víctima en este tema es muy canalla. La sociedad te marca el camino para parir en los hospitales españoles, con tasas de cesárea elevadísimas y con prácticas intrusivas discapacitadoras y alienantes. De estas situaciones de indefensión en el parto derivan muchas situaciones de depresión post-parto que no permiten la vinculación adecuada con la criatura y que convierten el puerperio en un calvario. Si me encuentro en ese momento con una de esas madres felices que me dice “haberte informado” lo único que se me ocurre es escupirle a la cara, de verdad. Incluso cuando digo que mi segundo parto fue un parto gozoso en casa lo hago con mucho cuidado, porque hay mujeres que no se lo pueden permitir, ya sea económica o psicológicamente. 

Y en tercer lugar, la familia es una institución que se desmorona. Por arriba y por abajo. Cada vez contamos menos con el apoyo de nuestra familia para criar, ya sea por la distancia física o por la distancia emocional. Y el índice de separaciones y divorcios es cada vez más elevado. En este contexto, encontrar una situación en la que la pareja es sustentadora y la red social de apoyo de la madre es sólida, pues es bastante raro. Y eso no se busca: se encuentra. Culpar a la víctima en estos casos no solo es canalla, sino que además denota maldad y falta de empatía. Seas o no madre feliz. 

En definitiva: ser feliz es maravilloso, pero no puedes ir por ahí diciendo a la gente que no es feliz porque no quiere. El que tus circunstancias te hayan llevado (con mucho esfuerzo, seguramente) a la felicidad materna no quiere decir que el resto de la gente quiera o pueda seguir tu camino. Me encanta cuando la gente dice que es feliz. Pero la verdad, cuando alguien te está diciendo que es infeliz, no es el momento adecuado para decir “pues mira, yo soy felicísima, porque he hecho esto, esto y esto, no como tú que lo has hecho fatal”. ¡¡Hombre ya!! Que no se trata de que seáis unas retrógradas (retrógradas hay en todos lados). Se trata de tener la empatía donde la espalda pierde su bello nombre. 

Médicos despiadados


Recuerdo como en un sueño el día en el que, tumbada en la camilla, el ginecólogo pasaba el ecógrafo por mi barriga y dijo “esto está muerto”. Un escalofrío recorrió mi cuerpo. Había ido sola, porque no esperaba ni de lejos ese desenlace. Con la misma me despidió y me quedé en la puerta del hospital, llorando y temblando. Menos mal que existen los teléfonos móviles. Son el mejor invento en muchos siglos. 

El reduccionismo biológico hace mucho mal a nuestro bienestar psicológico. Que los médicos se crean que con cumplir con los protocolos establecidos han cumplido con su trabajo y que piensen en sus pacientes como cachos de carne con ojos son los grandes males de la sanidad de nuestra época. Engreídos y con aires de superioridad, los médicos contemporáneos se creen con una superioridad moral que hace mucho daño a las relaciónes sociales que tienen lugar en los espacios sanitarios. Y que sea cuestión de suerte dar con un médico empático y con sabiduría integral dice mucho de la formación de estos profesionales. 

También recuerdo el día de mi primer parto. Una residente de ginecología me cose una episiotomía innecesaria sin anestesia y me regaña porque me quejo. Jovencita y sobradamente preparada, hace mal su trabajo y una hora después tengo una hemorragia que hace que me tengan que someter a un proceso doloroso y traumático. Al día siguiente, viene a explorarme y le digo que no me va a poner un dedo encima. “Mira guapa, llevo toda la noche sin dormir y no estoy para tonterías” me dice. “Mira bonita, si no has dormido en toda la noche, con más razón no me vas a tocar”. Sus compañeras la miran y le dicen que me deje, que estoy muy deprimida. No saben lo que es el síndrome de estrés postraumático. 

Muchas veces, estos semidioses se creen que con tener el título ya han cumplido con su trabajo y pueden atender a la gente como en un matadero o una cadena de montaje. Pero su modelo hace aguas por todos sitios. Aunque se empeñen en que es malo que las personas que no tenemos el don de un título en medicina consultemos internet para informarnos, lo hacemos. Hay pacientes, además, que saben dónde buscar y que tienen la competencia de entender una revisión sistemática o un ensayo clínico. Y entonces nos podemos llevar grandes sorpresas. 

Otro recuerdo que me viene a la memoria fue el día en que mi hijo fue diagnosticado de una esofagitis eosinófila. El especialista en digestivo, un médico serio que nos informaba detenidamente de todos los pormenores, dando por supuesto que teníamos cerebro, nos contó que esta enfermedad estaba relacionada con las alergias y las intolerancias. Cuando acudimos a la pediatra, le comenté este aspecto y muy ofendida me dijo que no, que de eso nada. Que qué sabría yo. Ella tenía un caso que estaba llevando y las alergias no tenían nada que ver con eso. A los dos días recibí un correo electrónico disculpándose porque había estado mirando en internet y, efectivamente, la esofagitis eosinófila tenía relación con las alergias. En fin. Pobre niño al que estaba tratando. 

Nos llevamos las manos a la cabeza por los (malos) hábitos de salud de la población española. La automedicación y la heteromedicación están a la orden del día. Personas pasándose pastillas para diversas dolencias cual yonkis desesperados. Para la tensión, para la ansiedad, para el dolor, para la fatiga… para lo que sea. Yo te paso una y tú me pasas tres. Y los médicos expiden recetas sin dar ninguna explicación. Haz lo que te digo y te curarás. No te explican ni efectos secundarios, ni cómo funciona el fármaco que te han recetado, ni hacen, en muchas ocasiones, las pruebas necesarias para saber si ese antibiótico es la indicación adecuada. Y te sorprendes cuando cambias de médico y se lleva las manos a la cabeza por lo que estaba haciendo su compañero. ¿¿¿Pero esto no era una ciencia??? Ah, ya, que el razonamiento clínico es importante y no todo es A+B=C. 

En los últimos tiempos, es sorprendente la facilidad con la que los médicos de familia recetan psicotrópicos. ¿Que estás nerviosa? Toma ansiolítico. ¿Que estás deprimida? Toma antidepresivo, luego nos ocuparemos de esos efectos secundarios que hablan de un aumento del índice de suicicios de ciertas sustancias. ¿Que no duermes bien? Toma estas pastillitas que te van a ir de lujo. Y así tienen a la población, dopada, empastillada y sin recursos para afrontar la más mínima alteración en su equilibrio vital. 

Con este panorama, se hace necesaria una buena educación para la salud. Nuestro cuerpo y nuestra mente son nuestra responsabilidad y tenemos el derecho y el deber de conocer su funcionamiento y los cuidados que necesitan. No podemos depositar esta responsabilidad en manos de unas personas cuya formación tanto moral como profesional se escapa de nuestro conocimiento. Es cierto que los médicos son necesarios. Pero hay que saber discernir cuándo lo son y para qué. No podemos pasarnos el día en el consultorio cuando sabemos que los cambios que precisamos muchas veces en nuestras vidas no son químicos, sino sociales o personales. Comer mejor, enfadarnos menos, hacer ejercicio físico, fortalecer nuestro sistema inmunológico, aprender a respirar, beber más agua, follar más… eso no se soluciona con una pastilla, sino con un esfuerzo en dirección a un objetivo. Cuando empezamos a cuidar nuestro cuerpo y abandonamos esa dependencia del señor con bata blanca, las cosas mejoran mucho y nos alejamos de muchos riesgos innecesarios. 

Eso es lo que yo planteo, aunque el sistema sanitario insiste en invadir nuestras vidas y nuestras decisiones. No sé si habréis escuchado que hace poco, un hospital de Barcelona ha pedido una orden judicial para inducir el parto a una mujer que quería parir de manera natural. La policía fue a buscarla a su casa para llevarla al paritorio, sin que hubiese ningún indicio demostrado de peligro ni para la madre ni para el bebé. Increible ¿no? Cada paso que damos para salirnos del sistema de control del estado tiene una reacción. Pero eso es señal de que algo estamos haciendo bien. Cuando tienen que recurrir a la fuerza para dominarnos, es que hemos empezado a plantar cara. 

¿Por qué censuran los pezones?

La-cadena-Fox-censura-los-pech_54431261591_51351706917_600_226

 

Ayer, la Fox nos sorprendió con un acto de censura absurdo y cateto: el que dicen que es el cuadro más caro de la historia, Las damas de Argel, de Picasso, apareció con los pezones de las damas emborronados. ¿Quizás los de la Fox temían que nos excitásemos con la visión de los pezones de un cuadro cubista? ¿Seguro que este gesto responde exclusivamente a la patanería de los responsables de una cadena de televisión?

Si tenéis una cuenta en Facebook, sabréis de su obsesión por los pezones. Si hay algo que les produce pavor a los administradores de esa red social es el cuerpo de las mujeres, y especialmente nuestras tetas y su puntiagudo acabado. En el siglo XXI, en el que la pornografía es el negocio que más dinero genera en Internet, no creo que esta obsesión censuradora esté originada en un inocente pudor derivado de valores tradicionales. Por el contrario, considero que este afán por censurar nuestros pezones deriva de un acto intencional que tiene como objeto hacer del pezón femenino un elemento de connotaciones exclusivamente sexuales. 

¿Y que tiene de malo que el pezón femenino tenga connotaciones sexuales? Diréis. Pues nada, si no viviésemos en una sociedad hipócrita que difunde violencia y pornografía de manera indiscriminada y después construye la sexualidad como un conjunto de actividades secretas que deben permanecer ocultas en los espacios públicos. Lo único que tienes que hacer para revestir algo de un halo de suciedad es prohibirlo. Y prohibir la visión de los pezones femeninos es algo que se manifiesta con más fuerza en una época en la que la difusión de la imagen en forma de vídeos y fotos caseras se ha extendido a la población general como parte de la era digital. Nuestro mundo está dominado por la imagen, y todo el que tenga una cuenta en una red social tiene la capacidad de difundir sus fotos. Sin embargo, a nosotras se nos veta la posibilidad de difundir fotos de nuestros pechos. Incluso las imágenes de amamantamiento han entrado en la categoría de censurables. 

Y es aquí donde quería llegar. Hubo un momento no muy lejano en la historia en el que dar el pecho en público era la cosa más normal del mundo. El ser humano es una especie mamífera, y los pechos femeninos, en fin, aunque no haga falta decirlo, tienen una función alimenticia en nuestra especie y se han usado hasta no hace mucho tiempo para amamantar a las crías. La historia del arte nos ha dejado gran cantidad de vírgenes de la leche que pueblan los museos europeos.

Virgen de la leche. Bartolomé Bermejo.
Virgen de la leche. Bartolomé Bermejo.

Censurar sus pezones sacros supondría una ingente labor de lavado de cerebro y de atentado contra el patrimonio. Pero la ignorancia social que nos invade, acompañada de la invasión mediática de las redes sociales y de la intolerancia de ciertos organismos públicos (tiendas, piscinas, museos bibliotecas de las que se expulsa a las madres lactantes), crean una visión de persecución social y rechazo de la lactancia materna. 

¿Y quién se beneficia con todo esto? Pues, como no podía ser de otra forma, las grandes multinacionales que nos venden sus productos artificiales para alimentar a nuestros bebés, y entre ellas, Nestlé, multinacional suiza que lleva 140 años en el mercado, obteniendo pingües ganancias con lo que llama “salud y nutrición”. Imaginad que la lactancia materna volviese a recuperar su puesto como forma de alimentación prioritaria de las niñas y los niños. Imaginad que los partos fuesen respetuosos y no medicalizados, no se separase a los bebés recién nacidos de sus madres nada más nacer, se usase la técnica de la cesárea solo cuando fuese estrictamente necesario y las bajas por maternidad permitiesen amamantar hasta los 6 meses en exclusiva y al menos hasta los 2 años con alimentación complementaria. Imaginad que pudiésemos sacar nuestros pechos en cualquier sitio sin sentirnos censuradas, juzgadas y castigadas. Eliminando todas esas trabas para el establecimiento de una lactancia materna exitosa, se acabaría el negocio de la leche materna (aunque ya sabemos que Nestlé tiene recursos para todo, y se va a engañar a las mujeres del “tercer mundo” cuando las del primero dejan de enriquecerle).

Así es cómo la mojigatería hipócrita de nuestra sociedad ante nuestros pechos desnudos controla prácticas de subsistencia tan básicas cono el amamantamiento y contribuye al enriquecimiento de unos pocos basado en el sufrimiento de muchos. Este es uno de los ejemplos de cómo la era digital controla nuestras prácticas y nuestros cuerpos. Si has conseguido, tras los muchos obstáculos que te pondrán y las múltiples informaciones erróneas sobre la lactancia materna que difunden personas de bata blanca, ofrecer la leche que tú misma generas y que es gratis, a tu bebé, todavía te queda enfrentarte al rechazo público de tus pezones. Y quizás decidas llevarte un biberón esos días que sales de casa y estás fuera todo el día. Porque sacar la teta en un espacio público te supone sudores y disgustos.

La censura pública recluta múltiples adeptos y adeptas que, con su ignorancia, están contribuyendo a que otros (que no son ellos) conserven sus ganancias a costa de nuestra salud. Por eso, movimientos como el #FreeTheNipple , al que se han unido famosas de todo el mundo, o el #MamáNoTeEscondas , promovido por madres y padres blogueras españolas, son de gran importancia y actúan como formas de resistencia al control semiótico que los medios de comunicación digital pretenden instaurar sobre nuestros pezones. 

La persistencia en la censura de los pezones los sitúa en una posición comprometida ante los ojos de millones de internautas y televidentes que, obedientes y sumisos en unas ocasiones, o pagados por intereses que no dan la cara en otras, van sembrando la inquina en las redes sociales con sus comentarios y denuncian el mínimo indicio de pezón que encuentren por ahí. Todo grupo de mujeres sobre parto natural o sobre lactancia tiene su troll. Con todo el tiempo del mundo, este personaje se dedica a denunciar puntualmente las fotos de amamantamiento o de partos naturales y a censurar, cargado/a de razón, a aquellas madres que se sienten en el derecho de mostrar prácticas que están en el corazón de nuestra existencia como especie. 

Se habla mucho últimamente (y con razón) de los ataques que sufren los grupos de feministas en las redes sociales. Aquí podríamos incluir los ataques que estamos sufriendo las personas que defendemos la lactancia natural y el parto respetado, que nos posicionamos en contra de la violencia obstétrica y de la medicalización excesiva, masiva y no necesaria de la infancia. Todo esto va en contra de intereses económicos muy poderosos (el alimenticio y el farmacéutico) que dependen, entre otras cosas, del control del cuerpo femenino para subsistir. Lo único que podemos hacer contra estos ataques es resistir. Y el único arma que tenemos es la unión, el apoyo mutuo y la difusión de la información. 

EN SOLIDARIDAD CON ANA ROSA

11018800_10206199226448972_6619561407698517036_nAna Rosa, tengo algo que decirte. Siento mucho que te sientas aterrada por las madres y sus bebés. Una invasión de doulas locas intentan cobrarnos una pasta por darnos a comer nuestra placenta, comernos el coco con estúpidas teorías sobre el parto orgásmico y quemar el cordón umbilical con una vela. Quieren que los restos del parto se pudran hasta oler, e incluso algunas nos obligan a no bañar a nuestros bebés hasta varios días después de nacer. Gracias por preocuparte . ¿Qué sería de nosotras, cabecitas atolondradas, sin mujeres como tú, con la cabeza sobre los hombros?

Es verdad, no nos dimos cuenta de que hay personas que estudian en la universidad para atender nuestros partos. Personas que saben qué hacer con nuestra bolsa de líquido amniótico, nuestras membranas, nuestro periné y nuestro bebé. No sé si me debería atrever a calificar todo eso como “nuestro”. Ya tu sabes: abandonarse en las manos de una buena matrona y de un buen ginecólogo es preceptivo para el desarrollo correcto del nacimiento. Si esa mujer te dice “empuja”, tú empuja. Si te dice “deja de quejarte, bonita”, tú callada. Si se te sube encima como una posesa y empieza a apretar, tú mejor te callas, así se te reviente el útero. 

Lo que yo me pregunto es cómo ha llegado el ser humano hasta aquí. Ya sabes que antes no había universidades. Claro que antes ya se sabe que se morían prácticamente todos los bebés y casi todas las madres, lo he visto en las películas. Cada vez que hay un parto de esos en los tiempos antiguos, en un 70% de las ocasiones o más alguien acaba muerto. Y los guionistas sabrán lo que hacen, que para eso son profesionales y han estudiado ¿no? No vamos a ser nosotras, pobres indocumentadas, quienes les llevemos la contraria. 

Las mujeres, a parir, que es su obligación, y los profesionales (las matronas también), a decidir por nosotras, que para eso han estudiado un montón de años. Porque un título creo que te da poder para eso: para decidir por las personas sin estudios. Bueno, algunas tenemos estudios, pero no sabemos nada de nuestro cuerpo y como funciona y eso. Pero somos super engreídas algunas. Yo conocí a una que incluso fue al hospital con una cosa que llaman “plan de parto”. Era un documento que le había susurrado una maldita doula al oído. No creo que se le hubiese ocurrido a ella. Decía cosas como que quería prescindir de la oxitocina sintética (¿eso será el gotero?) o que no quería que le rompiesen la bolsa. Que quería que la dejasen dilatar a su ritmo y que nadie le pusiese enemas, la rasurasen o le hiciese tactos innecesarios. ¡¡Todo cosas que son por su bien!! Ah, y que nada de epidural. Qué salvaje y loca. ¿Se creerá que es una mamífera?

En fin, Ana Rosa, tú tranquila. Las cosas se van a poner en su lugar, ya verás. Creo que unos señores muy listos han escrito un informe que va a acabar con todas estas locuras. Las mujeres nos pondremos todas en fila y obedeceremos, haremos todo lo que nos digan. Oye, que para eso han estudiado un chorro de años las personas que nos atienden en el hospital. Como para que ahora nos pongamos farrucas y queramos decidir sobre cosas que ignoramos completamente. Y a parir, acompañadas por nuestro marido. Faltaría más. Como Dios manda, hombre ya. 

Doulas y matronas

_IGP3735

En un mundo de saberes compartimentalizados, a veces se nos olvida lo que realmente es CONOCIMIENTO y SABIDURÍA. Las personas que hemos pasados por una facultad olvidamos que, cuando salimos de allí, llevamos en la mochila un conjunto de conocimientos prácticos y teóricos que tenemos que empezar a hilvanar en una trayectoria de carrera profesional, y que hay que currarse. No me vale que me digas que sacabas todo dieces en la carrera: a partir de ahora cuenta, y sobre todo en las carreras sanitarias, lo que las personas que te rodean y que reciben tus servicios dicen de ti. 

En este sentido, me sorprende la polémica existente entre matronas y doulas. Y este femenino, lejos de ser genérico, responde a una realidad: la inmensa mayoría de las personas que se dedican a estas actividades son mujeres. Me imagino que todo el mundo sabe lo que es una matrona. Hay más desconocimiento sobre lo que son las doulas. Las doulas son mujeres que acompañan a otras mujeres en el embarazo, parto y puerperio desde el punto de vista emocional. Las doulas, en ningún momento (que yo sepa) pretenden sustituir la labor médica que pueda realizar una matrona. No me voy a extender en definir el término, pero podéis acudir aquí para informaros sobre esta figura, cada vez más imprescindible para las mujeres en su proceso de ser madre. 

Una de las preguntas que me gustaría que nos planteáramos es ¿por qué surgen las doulas? ¿Os lo habéis planteado? Desde mi punto de vista, las doulas vienen a compensar una necesidad de la mujer que pare, que se ha desatendido con la medicalización del parto: la atención de sus necesidades emocionales en un suceso transcendental de su vida.

Para comprender un fenómeno actual, es siempre útil echar la vista atrás y hacer genealogía del nacimiento, en este caso. En épocas no muy lejanas, el nacimiento estaba en manos exclusivamente de las mujeres. Las parteras eran mujeres experimentadas que, sin estar en posesión de ningún título, atendían a sus comadres cuando se ponían de parto. Estas mujeres aprendían por tradición oral y basaban su práctica en la experiencia que les aportaba atender de forma continuada. La medicalización del parto vino de manos de los hombres, y, excepto algún caso aislado de comadronas que se implicaron en la investigación del parto, sus procesos fisiológicos y las dificultades que podían surgir en el mismo, éste calló en manos de los hombres y se perdió la tradición ancestral de las mujeres parteras. 

A pesar de las ventajas que van ligadas a la medicalización del parto en el mundo occidental en lo que respecta al descenso de la mortalidad materna e infantil, la masculinización de este proceso eminentemente femenino trajo consigo una deshumanización del mismo.  Y digo masculinización porque, aunque hoy en día la mujer tiene acceso a las universidades y ha vuelto a ocupar su lugar como matrona, el entorno donde ejerce su profesión es, en esencia, masculino, y radicalmente diferente al que solía frecuentar antaño. Hemos cambiado el hogar por los hospitales, la tribu y la familia como entorno de nacimiento por las salas de colores neutros, camillas, monitores y personal sanitario. En definitiva, las mujeres hemos ganado en “conocimiento” sobre el parto, pero hemos perdido la “sabiduría” que traía consigo el situar el parto en un lugar preferente y trascendente dentro de una comunidad. Foto-Virgen-Salud-Toledo-hacinamiento_EDIIMA20141110_0106_13

Mientras que antes el nacimiento y el parto era un suceso de gran importancia en una comunidad, que se rodeaba de solemnidad y se acompañaba de rituales que marcaban su trascendencia para las personas que lo asistían y lo acompañaban, ahora se ha convertido en un suceso rutinario que ponemos en manos del personal sanitario y sus protocolos establecidos. Hace unos meses, un vídeo que hizo un grupo de futuras matronas madrileñas para celebrar su graduación causó una gran polémica en las redes por la trivialización de las mujeres y de las prácticas hospitalarias rutinarias en el parto (aquí podéis leer algunas reacciones a este vídeo). Esa performance, que pretendía ser graciosa, indignó a miles de mujeres.

No me imagino a las matronas de antaño haciendo una parodia similar sobre las mujeres a las que atendían. Como tampoco me imagino a las mujeres de antaño pidiendo la presencia de una mujer, diferente a la matrona, que atienda sus necesidades emocionales durante el embarazo, parto y puerperio, y otra, la asesora de lactancia (con la que también podrían entrar en polémica las matronas) para ayudarla en el amamantamiento. Sin embargo, hemos de tener en cuenta que rara vez la partera trabajaba sola: otras mujeres la asistían para realizar tareas que ellas no podían atender mientras atendía la labor de parto. 

Cuando aparece la necesidad de doulas y de asesoras de lactancia, es por algo. Las mujeres que solicitan los servicios de estas otras mujeres suelen estar bien informadas de por qué lo hacen. No son pobres damiselas desinformadas que se dejan timar por la primera intrusa que llega y que le da unos masajes con aceite en su dolorida espalda. Dentro del gremio de las doulas, como sucede en todos, las habrá buenas y las habrá malas. Pero están ahí porque vienen a cubrir una necesidad, normalmente una necesidad que ellas han sentido en su proceso de ser madres y ahora quieren ayudar a cubrir a otras mujeres. 

No voy aquí del parto en casa versus el parto hospitalario, eso ya lo hice aquí; pero sin duda es un tema que pulula sobre nuestras cabezas cuando hablamos de doulas y matronas. Y eso es así porque, en el corazón de esta polémica, está el derecho de todas las mujeres a decidir sobre su forma de parir, a estar informadas sobre la experiencia, el conocimiento y la ideología sobre el parto que sustentan las personas que las van a atender, y a decir NO a ciertas prácticas y formas de concebir a la mujer que pare y a la criatura que nace.

En realidad me importa muy poco la reacción de algunas matronas ante el supuesto intrusismo de las doulas. Lo que realmente me importa y me preocupa es esa autoridad que creen tener sobre nosotras y nuestros procesos. Y me indigna que, disfrazando su enfado con las doulas de una supuesta preocupación por las mujeres, quieran hacernos cómplices de una lucha que solo es suya. Para dignificar la profesión no hace falta competir con las doulas, solo hace falta comenzar a atender el nacimiento con la seria humanidad (y ciencia, por supuesto) que se merece. 

Yo no dilataba y el niño no se enganchaba al pecho

Caio na sala de partoEstas son dos de las frases que más oigo cuando, incauta de mi, se me ocurre hablar con una mujer sobre sus partos y sus lactancias. Exceptuando entornos de madres organizadas en asociaciones o madres con una tradición familiar que defiende la lactancia, lo más habitual es que las mujeres hablen de sus partos y sus lactancias en términos de sus dificultades. 

En cuanto al parto, me sorprende mucho que las mujeres normalicen las intervenciones innecesarias a las que son sometidas en el proceso del parto. Aquí podéis consultar las recomendaciones para un parto normal del Ministerio de Sanidad y la OMS. En ellas podemos ver que no se recomienda ni la ruptura intencional de la bolsa de líquido amniótico, ni el subministro protocolario de oxitocina, ni la episiotomía (los famosos “puntos” de los que se quejan las madres recientes) ni la postura boca arriba con las piernas en alto para parir (litotomía). Sin embargo, estas prácticas aparecen una y otra vez en los relatos de las mujeres. Las sufren sin saber que son perjudiciales, dan lugar a un parto más doloroso e incluso suponen riesgos de los que las mujeres rara vez son informadas. Acabamos creyendo que el parto es así, hay que pasarlo y hacer todo lo que nos digan sin rechistar ni quejarnos demasiado.

Me pregunto por qué, si el ministerio de sanidad hace estas recomendaciones, se siguen realizando estas prácticas de forma rutinaria en tantos y tantos hospitales. ¿La formación de las y los profesionales que atienden partos es deficitaria? Entiendo que sí, y entiendo que los esfuerzos para difundir estas recomendaciones y formar a las/os profesionales para cumplirlas no han sido suficientes. Quizás el momento del nacimiento no sea objetivo prioritario para realizar una inversión y lograr que las mujeres dejemos de sufrir partos traumáticos e innecesariamente intervenidos. 

En cuanto a la lactancia, pasa otro tanto de lo mismo. Más de un lustro de desaprendizaje ha hecho que el bebé deje de engancharse al pecho. Puede ser que haya casos en los que sea necesario recurrir a la leche de fórmula. Incluso puede haber mujeres que no quieran dar de mamar a sus bebés. Pero el porcentaje de mujeres que dicen “no le di el pecho porque no se enganchaba” es demasiado elevado. Al menos en mi muestra cotidiana. O el ser humano ha evolucionado a formas extrañas de auto-extinción o pasa algo en nuestra sociedad que dificulta la instauración de la lactancia. 

Seguramente el motivo sea la falta de modelos con éxito. En una sociedad en la que se ve con malos ojos que una mujer de el pecho a su bebé en público, es difícil que otras mujeres sean testigos de esta práctica humana y mamífera. Y esta invisibilización de la lactancia conduce a una pérdida de confianza en la capacidad del cuerpo femenino para nutrir a sus crías. Nos da la sensación de que nuestros hijos e hijas se van a morir de hambre si no vemos lo que comen, y el transparente biberón nos da la seguridad que no nos ofrece nuestro desconocido cuerpo. 

Leyendo el libro de Lionel ShriverTenemos que hablar de Kevin“, en el que la madre de un chico que ha asesinado a sus compañeros de instituto en una de esas típicas masacres estadounidenses escribe cartas a su ex-marido desgranando la historia de su maternidad, me asaltan muchas dudas, que van de la ficción a la realidad y de la realidad a la ficción. Después de uno de esos partos “comunes”, hospitalario, doloroso e impersonal, Eva intenta dar de mamar a su bebé. Lo hace mientras están cosiendo su episiotomía. El bebé rechaza el pecho. La madre interpreta esto como un rechazo a ella misma. A partir de ese momento, la relación de madre y bebé nunca es “normal”, no surge ese vínculo de amor que nos dicen es natural e instantáneo. La novela salta en una insinuación de culpas de la madre al hijo, del hijo a la madre, sobre los sucesos acontecidos cuando Kevin tenía 16 años. 

El libro de Shriver cuenta una historia límite, pero me hace plantearme la de relaciones difíciles entre madre e hijo recién nacido que pueden causar estas condiciones en el nacimiento. La de depresiones postparto que se podrían evitar si rodeásemos el parto de humanidad y re-naturalizásemos algo tan natural como la lactancia. No se trata de algo superfluo, se trata de nuestra llegada al mundo. El momento más importante de nuestras vidas merece estar rodeado de más amor y de menos civilización superflua. Y, aunque no lo hemos mencionado a lo largo del post, de menos intereses económicos que van ligados a hormonas sintéticas, anestesias, leches de fórmula y demás artefactos.

Parto, lactancia, crianza

bebe_15Parto, lactancia y crianza son los tres pilares en los que se sustentaba una asociación a la que pertenecí hace un tiempo. Parto respetado, promoción de la lactancia materna y crianza respetuosa. Desde el principio tuvimos claro, al menos yo, que la implicación en estos tres temas no era sencilla. Había (y hay) muchos muros por romper, muchas batallas que ganar, muchos caminos que abrir. Y para abrir estos caminos, es necesaria una implicación abierta, una documentación constante y un trabajo de difusión e información que no siempre es un camino de rosas. Cuando hablamos de parto respetado, nos estamos enfrentando a la institución médica obsoleta que es violenta con las mujeres y los recién nacidos. Una institución que tiene la autoridad y el poder sobre nuestros cuerpos porque nosotras se lo concedemos ya sea por desconocimiento, ya sea porque no nos atrevemos a enfrentarnos con esta autoridad en uno de los momentos más cruciales de nuestras vidas: el nacimiento de nuestros hijos y nuestras hijas.

En cuanto a la lactancia, la forma natural de alimentar a nuestros bebés, inherente a la especie humana como mamíferos que somos, se ha convertido en una práctica extráñamente difícil. Las grandes multinacionales han ganado la batalla, y ahora parece que no podamos sobrevivir con la leche de fórmula. Da lo mismo que la evidencia científica muestre que los bebés humanos, así como sus madres, obtienen grandes beneficios de la lactancia materna. Las extrañas pautas de alimentación introducidas por muchos profesionales de la salud, que se empeñan en convencer a las madres de que los bebés maman 10 minutos cada 3 horas, unidas a la creencia de que la leche materna no alimenta y deja con hambre a los bebés y al desconocimiento del funcionamiento fisiológico de la mama, hacen que la lactancia no dure más de 3 meses en la mayoría de los casos. La promoción de la lactancia materna es, por tanto, una lucha constante contra personas con autoridad que desinforman a las madres y las disuaden de seguir la vía más natural, saludable y económica de alimentar a sus bebés.

Con respecto a la crianza respetuosa, el apellido en cuestión levanta tales pasiones que parece más una práctica clandestina que algo guiado por el más común de los sentidos. No obligar a comer, atender al llanto del bebé, respetar sus ritmos de desarrollo, no dejarle llorar, mantener el contacto necesario con la cria humana, en definitiva, criar con apego y, cuando el niño o la niña crecen, seguir ofreciéndoles el cariño y afecto necesarios para un buen desarrollo psicosocial. No parece tan extraño, pero en seguida nos empiezan a ofrecer métodos de adiestramiento del sueño, nos recomiendan a Super Nany y nos dicen que un buen cachete a tiempo cura todos los males de los niños consentidos y malcriados. De esta forma, vemos crecer a nuestros hijos entre consejos contradictorios de una y otra parte, y la sensación permanente de que lo estamos haciendo mal. La llegada al sistema educativo empeora las cosas, cuando vemos que nuestros hijos son sometidos (qué gran exageración) a rutinas y ritmos a los que, unos más, otros menos, se resisten y a los que acaban sucumbiendo. “Dejadles llorar, no les miméis, que no os vean nerviosas” son algunos de los consejos que dan las maestras de infantil los primeros días de cole, cerrando las puertas de la institución tras las espaldas de niños aterrados que no saben qué está pasando.

No es una tarea sencilla la de una asociación de este tipo. Quizás por eso, hay que tener las ideas claras y objetivos comunes. Una asociación de este tipo no es un grupo de amigas que se reunen con sus bebés para sacar la teta juntas y contarse lo mal que duermen, lo mal que lo pasan cuando dejan a su bebé en la guardería y lo que les reconforta juntarse para hablar de sus cosas. Eso también, pero no solo eso. Hay mujeres que no forman parte de ese grupo de amigas y que buscan apoyo. Otras mujeres, sin buscarlo, se podrían beneficiar de campañas de información concretas sobre parto, lactancia o crianza. Otras veces, es necesario que una asociación de este tipo exija a la administración ciertos ajustes en los servicios que se prestan en relación a la maternidad. Y, por supuesto, una asociación de este tipo tiene claro que existe una lealtad entre sus miembros. Si una de las personas que pertenece a la asociación plantea un problema relacionado con parto, lactancia o crianza, se tratará de buscar soluciones como asociación, si así se solicita.
Nosotras hicimos cosas como asociación, hasta que se perdió el sentido de lo que esto significaba. A partir de entonces, cada una buscó su camino. Las amistades permanecieron en la medida en que existían. Para mí estaba claro que algunas cosas eran imperdonables, como que alguien enseñase las conversaciones privadas por correo electrónico de nuestra asociación a instituciones educativas que investigaban (sin mucho afán) malos tratos en alguna guardería de Villa Springfield, y luego acusase a una antigua socia de haberlo hecho en su lugar. Acabada la asociación, acabada la amistad con quien lleva a cabo y permite ese tipo de conductas. Pero lo que es cierto es que una asociación como esa, con los tres pilares originales, parto, lactancia y crianza, sigue siendo necesaria en una ciudad como Villa Springfield.

PIDAMOS RESPETO PARA LA QUE PARE Y EL/LA QUE NACE: NO A LA VIOLENCIA OBSTÉTRICA

image
Ron Mueck. Un bebé de 5 metros

Durante mi primer embarazo, en 1999, todavía no estaban en voga las redes sociales. La información sobre el parto, la lactancia y demás era de más difícil acceso que en la era 2.0. Sin embargo, yo conseguí unos cuantos libros y los devoré durante los nueve meses de espera. El que recuerdo con más cariño es El gran libro del embarazo y el parto, de Sheila Kitzinger. No sé si tuve buena o mala suerte de que ese libro cayese en mis manos. En ese momento no entendía las implicaciones de que fuese ese libro, y no otro, el que formase mis ideas sobre el parto y el nacimiento.

Sheila Kitzinger es una antropóloga social que nació hace ya muchos años, en 1929, en el Reino Unido. Yo no sabía que esa mujer era una activista por el parto natural. Tampoco sabía, por aquel entonces, la diferencia entre un parto natural y un parto medicalizado. Pero lo que Sheila contaba en aquel libro me parecía de un sentido común tan aplastante que no creí que la realidad hospitalaria fuese tan diferente a lo que ella contaba. La tengo un poco de rencor por no avisarme en la edición en español, pero le agradezco que me hiciese ver la importancia de un parto respetado.

Mi primer parto fue gemelar. Nunca hubo ninguna sugerencia por parte del ginecólogo que me llevaba el control del embarazo en el mismo hospital en el que parí de que fuese a ser necesaria una cesárea (qué bien, estaba muy contenta). Para qué decir lo contrario: yo paro estupendamente. Ni se me detienen las contracciones, ni hay sufrimiento fetal ni nada de nada. Dos de un golpe pariendo como “toda la vida”. Así que no entendí por qué nada más llegar al hospital me rompieron la bolsa del líquido amniótico y me enchufaron oxitocina, dos prácticas cuya práctica rutinaria está desaconsejada por la OMS. Podéis decir que soy una antigua, pero a día de hoy sigo escuchando a mujeres contar cómo les rompen la bolsa y enchufan el “gotero”, y para tener un parto natural y no medicalizado tienes que convertirte en la “rara” y la “loca” que lleva un plan de parto en ristre. O como alternativa tienes que viajar kilómetros para parir en un hospital que tenga experiencia en partos naturales (qué contrasentido).

Yo hacía meses que no me podía tumbar boca arriba. Con dos bebés de 3 kilos cada uno en la barriga era imposible que los pulmones tuviesen espacio. Pero los monitores requerían esa postura, aunque está demostrado que no aportan gran ventaja frente a métodos menos invasivos. Boca arriba, asfixiándome, pretendían que llegase al expulsivo (y llegué, porque mi cuerpo funcionaba perfectamente a pesar de sus invasiones). Entre gritos de “como no empujes te hacemos una cesárea” vinieron mis niños al mundo. Y se los llevaron durante una hora para observarlos. Una hora. Sin darme ninguna explicación. Y yo les dejé. La hora más larga de mi vida. Una separación innecesaria y absurda, ya que los niños estaban perfectamente. Siempre he sospechado que necesitaban datos para una de sus investigaciones sobre nacimientos gemelares, porque entraron en un programa de control del desarrollo cardíaco sin que ellos tuviesen ningún problema de ese tipo.

Cuando me devolvieron a mis niños, me empezó a bajar la tensión y empecé a desvanecerme. Me metieron corriendo en la habitación para sacarme la placenta que habían dejado dentro. Fue una experiencia mucho peor y dolorosa que todo lo anterior. Y mientras ocurría, nadie me explicaba lo que estaba pasando. Así que, a partir de ese momento, no dejé que nadie me pusiese un dedo encima en ese maldito hospital. Ya había sido suficiente. Entraban en la habitación y pretendían que saliese todo el mundo para controlarme mejor. Yo les pedí que no saliesen y me negué a cualquier exploración. La residente de turno, de muy malas maneras, me dijo: “mira bonita, que llevo toda la noche sin dormir y me tengo que ir” Y yo le dije:”mira bonita, una persona que no ha dormido en toda la noche no me pone la mano encima ni de cachondeo”.

Cuando oigo a las mujeres decir eso de “que sea una horita corta”, “cuando vi a mi bebé olvidé todo”, “lo hacen por nuestro bien y por la seguridad del bebé”, no puedo más que lamentar el largo camino que nos queda a las mujeres para respetarnos y hacernos respetar. Ninguna de esas prácticas invasivas y, en algunos casos, yatrogénicas, son necesarias. Las mujeres nunca han parido boca arriba hasta que un señor decidió que era la postura más cómoda para que él atendiese un parto. La bolsa del líquido amniótico se rompe sola durante el parto, y la oxitocina la produce la mujer de manera natural en el proceso. El libro de Isabel Fernandez del Castillo, La Revolución del Nacimiento, explica todo esto de manera sencilla pero exhaustiva. Salió justo cuando estaba embarazada de mi tercer hijo. Me dejó las cosas muy claras: una y no más. No me iban a volver a ver en el hospital.

Michel Odent dijo algo obvio pero que produjo y todavía produce gran rechazo: el bebé es un mamífero. Y nosotras también lo somos. Aunque haya gente a la que le moleste esa afirmación, es así. El proceso de parto ha funcionado durante milenios. El ser humano ha evolucionado y ha conseguido que las tasas de mortalidad desciendan gracias a la ciencia médica. Pero no dejemos que esta ciencia, que es tan beneficiosa si se usa racionalmente, se convierta en nuestra pesadilla. Racionalizar la medicalización en el parto para respetar a la mujer que pare y al bebé que nace sigue siendo la gran asignatura pendiente en nuestro país.