Mujeres

Relación sentimental y cuñadología

Lo peor que te puede pasar si eres mujer y no estás casada con tu pareja es que te detenga la policía. Desde ese momento, pasas a tener una relación sentimental con alguien. Yo me pregunto si se considera agravante del delito tener una relación sentimental. Porque claro, eso suena así como a que vives en concubinato, mantienes relaciones sexuales poco convencionales y tu vida es ciertamente desordenada. 

Si eso va acompañado de tu edad, apaga y vámonos. Analicemos el siguiente párrafo: 

“Esta mujer, de 42 años y sin antecedentes policiales que mantenía una relación sentimental con el padre del referido alumno, fue detenida como presunta autora de un delito de daños informáticos y falsificación de documento público.”

Vamos a jugar. ¿Qué creéis que hizo esta mujer para ser detenida? Algo truculento, muy truculento. A esa edad, tener una relación sentimental, y encima CON EL PADRE DE UN ALUMNO, no es de recibo. ¿Daños informáticos? ¿Le tiraría el ordenador a la cabeza a alguien? ¿Al alumno, quizás? Y esa relación sentimental ¿comenzaría en la barra de un bar? ¿En una discoteca? ¿En la fiesta de fin de curso, quizás, en uno de los baños del centro?

Vamos a ver cómo podríamos cambiar este párrafo para que esas visiones no vengan a nuestra mente al leer la noticia: 

“Esta mujer, de 42 años y sin antecedentes policiales, pareja del padre del referido alumno, fue detenida como presunta autora de un delito de daños informáticos y falsificación de documento público.”

Ha cambiado la cosa, ¿verdad? Parece como que la relación toma más consistencia. Ya es una relación más duradera, como algo más formal. A ver, si lo que quiere expresar el periodista al transmitir la noticia sin modificar una coma del informe policial es que la mujer y el padre del alumno eran novietes y se acababan de conocer (que a lo mejor es así) pues lo de la relación sentimental queda un poco más adecuado. Pero si no se ha preocupado por indagar al respecto o considera que no es relevante, lo mejor es utilizar un término sin connotaciones. Porque, seamos serias, nadie va diciendo por ahí que tiene una relación sentimental con alguien: eso solo lo dice la policía cuando te detiene. Tener una relación sentimental, en ese sentido, es chungo. Significa que estás detenida. 

Siguiendo con el párrafo, me pregunto qué relevancia tiene la edad de la mujer en la noticia. Vamos a pensar de nuevo que los periodistas copian la ficha policial textualmente y lo mandan a publicar. Pero lo que ya lo borda es que no tenía antecedentes policiales. El hecho de poner eso suena a que podría tenerlos. “Mujer de 42 sin antecedentes policiales” suena a mala persona, aunque no lo haya demostrado hasta ahora. En ningún momento podemos decir que el periodista mienta. Pero vamos a dar otro retoque al párrafo, a ver qué tal queda: 

“La jefa de estudios y profesora en el centro, pareja del padre del referido alumno, fue detenida como presunta autora de un delito de daños informáticos y falsificación de documento público.”

¿Os vais haciendo ya una idea? Os dejo una de las muchas noticias publicadas sobre el caso. Todas han copiado la ficha policial, pero esta está especialmente mal escrita

La amiga sin hijos

Elena Ferrante, tanto en su novela Los días del abandono (Crónicas del desamor, Lumen, 2011, recopilación de las tres primeras novelas de la autora) como en la última novela de su tetralogía Dos Amigas (La niña perdida, cuarto volumen de la saga Dos Amigas, Lumen, 2015) se refiere a una situación que me fue muy familiar: la de la amiga que se hace cargo de los hijos de una madre desquiciada, haciendo sentir a esta como ineficaz, egoísta y poco comprensiva. La madre, inmersa en los cuidados desde la mañana a la noche, frustrada porque no consigue ni una hora del día para escribir, harta de los coqueteos de su exitoso marido con otras mujeres, sola, sin una red social de apoyo, en una ciudad que no es la suya, ve cómo esta mujer intima con sus hijas y consigue de ellas cosas inauditas: las niñas sonríen, hablan, obedecen, juegan con entusiasmo. Y la mujer que consigue estas cosas, perfectamente arreglada y vestida, de sonrisa permanente, dirige a la madre miradas de censura y la contradice delante de sus hijas.

No sé si esta situación os es familiar. Yo recuerdo una época de mi vida en la que tuve una amiga así. Persona que se las daba de tener una gran inteligencia emocional, no era consciente del derroche de energía que supone ocuparse de 3 niños pequeños durante todo el día. Levantarse, prepararles para ir al colegio y a la guardería, mal-prepararte tú, llevarles, irte a trabajar, mal.comer, recoger a los niños, pasar la tarde con ellos, llevarles a clase de música, o de fútbol, o de Kunfú, o lo que quiera que hayan elegido  hacer ese curso, volver, hacer la cena mientras se pelean…. y entonces llegaba ella.

Ella, rodeada de tules y olor a incienso. Ella, vestida de blanco, recién salida de la clase de yoga. Ella, pidiéndote que respirases y que hablases despacio. Ella… ralentizando la hora de irse a la cama. Ella, postergando mi momento de descanso, ese momento en el que yo podría sentarme, respirar en soledad, fumarme un mísero cigarro, cerrar los ojos.

Yo necesitaba que llegase ese momento. Me dolía todo el cuerpo. Lo necesitaba. Y ella, en cada movimiento que hacía, cada palabra que decía, me comunicaba lo mal que lo estaba haciendo. Mis hijos estaban encantados de tener una amiga adulta que les ayudase a alargar el momento de irse a la cama. Y yo acababa haciéndolo fatal, regañando a mis hijos, enfadándome con mi amiga y mandándoles a todos a la cama de mala manera.

¿Qué le hubiese pedido yo a mi amiga, si pudiese dar marcha atrás? Que me dejase hacer a mi manera. Que no usurpase mi lugar. Que aunque ella creyese que lo iba a hacer mucho mejor que yo, el sistema que se había establecido era el que era. Yo no podía hacer lo que hacía ella: no podía postergar la hora de irse a la cama hasta las 11 de la noche. Y ella no debía hacer lo que era mi responsabilidad: no podía dar a los niños la impresión de que yo era una mala persona que no hacía las cosas de una forma divertida, con sutileza, con energía, con amor. No debía hacerles creer que podrían tener una madre dulce y comprensiva, pero me tenían a mí. La culpa estaba presente en esa relación, es más que evidente, soy más que consciente.

Así que, amigas bien intencionadas, tías enrolladas que llegáis un día para no quedaros, haced el favor. Si no vais a estar ahí todos los días para ayudar, no hace falta que despleguéis todos vuestros encantos con nuestros hijos. Seguro que podéis ser de mucha ayuda en muchísimas circunstancias y que nuestros hijos pueden disfrutar de vosotras en innumerables ocasiones. Pero en los momentos que nos tocan a nosotras, dad un paso atrás. Ya sabemos que estáis más descansadas y con más energía, pero quizás esas lecciones que queréis darnos no nos hagan mucho bien. Porque no son realistas. Porque ignoran nuestras circunstancias y nos atribuyen esa identidad de mala madre de la que todas huimos.

¿Que nos sentimos culpables por no llegar a todo de la manera perfecta que nos gustaría? Seguramente. Somos así de absurdas. Pero quizás un día, si es que os decidís a tener hijos, comprenderéis lo que sentimos cuando intentáis parafrasearnos delante de nuestros hijos y conseguir que ellos ratifiquen vuestra elevada calidad como posibles madres.

O puede que decidáis que, finalmente, no los vais a tener. Es una decisión perfectamente comprensible. Entonces, os recomiendo otra lectura: Diario de una Buena Vecina, de Doris Lessing (1983).

Esa delgada línea…

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Desde que llegué al mundo de la crianza, que fue cuando me quedé embarazada por primera vez, he observado una delgada línea entre la crianza con respeto, el puritanismo y el machismo feminista. Por empezar por algún sitio, empecemos por el feminismo. Siempre he defendido que la maternidad debe ser protegida como uno de los estados de mayor vulnerabilidad. Tienes hijos y la sociedad ignora la necesidad de las crías de ser cuidadas y de la madre de cuidar a sus crías. Hasta ahí estamos de acuerdo. Pero a partir de ahí, toda decisión de la mujer con respecto de las actividades a las que se va a dedicar después de tener un bebé son cuestión suya. No ayudan esas afirmaciones carlogonzalescas de que “La conciliación no existe, hay que decidir entre el trabajo o la familia”. Esas afirmaciones, dirigidas a personas que no forman parte de nuestras vidas, solo cumplen una función: la de extorsionar a las mujeres que hayan decidido seguir con su carrera profesional o que tengan que seguir trabajando sin más y ponerlas bajo el punto de mira como si hubiesen tomado una decisión egoista y desnaturalizada.

Así, secuestrando la voz del feminismo, diciendo a las mujeres lo que deben sentir al ser madres, lo que deben hacer y lo que deben pensar, cumplimos la misma función que en los años 50 cumplieron los discursos machistas que culpaban a las mujeres del descenso de puestos de trabajo y las exhortaban a volver al hogar para mantener a la familia unida. Ahora la bandera es el vínculo sagrado y reprimido entre la madre y la criatura. Ese vínculo que no vemos, que no sentimos porque estamos oprimidas, porque estamos heridas, porque llevamos una coraza de acero.

Al final, nos quedamos en un puesto tan difícil como en el que ocupamos en aquellos años de las tartas humeantes en el alfeizar de la ventana, ahora convertidas en sabrosos cupcakes y maravillosos tratados sobre como mantener el orden en casa. Las madres volvemos a ser esas santas puras que mantienen cada cosa en su sitio, tanto física como socialmente. Y, por supuesto, tenemos el deber de velar por el desarrollo sagrado e intocable de la bondad de nuestros infantes.

Aquí es donde entra en juego el puritanismo. La teoría del vínculo sagrado va acompañada habitualmente de una creencia Roussoniana del desarrollo infantil. Los niños y niñas son almas puras que se desarrollan de manera perfecta si lo hacen en plena libertad. Y nosotras, sus madres, hemos de velar por la imperturbabilidad de esta pureza en desarrollo. Toda intervención en este proceso sacro es inadecuada, incluso los premios y las alabanzas se transforman en manipulaciones inadmisibles y violentos sobornos.

El lugar que antes ocupaba el Rock’nd Roll, esa música del diablo que pervertia a los jóvenes de antaño según las mentes bien pensantes,  es ocupado ahora por el sucio regeton,  que hipersexualiza a las mujeres según la feminista blanca de clase media. Ahora solo se admite la música infantil y, en todo caso, el pop clásico.

Y así andamos, convirtiendo discursos antiguos y actualizándolos para los tiempos que corren.  Discursos que ignoran por completo las diferencias de clase y que nos tratan a todas por igual, ignorando las múltiples circunstancias que nos conforman en la historia de nuestra vida. Triunfa la que, habiendo sorteado miles de obstáculos, consigue criar a sus cachorros cual lobos en manada y se convierte en bloguera o en coach de madres y mujeres. Y la que no lo consigue, pasa sus días lamentándose por la sociedad en la que le ha tocado vivir. Esta sociedad enferma que le impide alcanzar la tierra prometida.

El feminismo no aboga ninguna forma de vida. No tiene nada que ver con la imposición  de un modelo de mujer (la que siente el instinto maternal biológicamente determinado) ni de madre (la que permanece en casa junto a sus crías durante sus primeros años de vida). El feminismo persigue la igualdad y la libertad de elección. También la de las madres que quieren quedarse en casa para criar. Y la de las madres que eligen otras formas de conciliación. Y la de las mujeres que no quieren ser madres.

No me da la gana callarme

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Hola chicas. Que venía por aquí para deciros que estoy un poco harta de que, cuando se monta un escándalo, me preguntéis “¿Qué has liado ahora?” Sobre todo porque yo no lío nada: a mí me la lían. Y es que estoy más que harta de no poder expresarme en mi propio muro de Facebook y en mi Twitter. Estoy harta de la Santa Inquisición, de las personas que no toleran que pienses diferente a ellas y que si lo haces te acusan de:

– No contribuir a la revolución (como si yo fuese necesaria y estuviese contraviniendo las normas de un grupo armado)

– No haber completado mi camino espiritual (como si me importase una mierda lo que pienses de mi evolución kármica)

– Regodearme en su dolor y su desesperación por una vida plagada de demonios y dificultades (como si no tuviese otra cosa que hacer)

– Ser poco respetuosa con mis hijos y por extensión, con la humanidad entera (como si supiesen algo de mi vida y sus circunstancias)

– Lucrarme con la Crianza Respetuosa (esto es lo más curioso, en la vida me he dedicado a nada parecido y menos de manera lucrativa, cosa que algunas de la Santa Inquisición no pueden decir)

– Ser poco tolerante y no dejar que me lleven la contraria en mi muro (cuando no han dado un solo argumento para apoyar su postura y se limitan a despotricar y buscar apoyo en su grupo)

– Ser una pandillera que acosa a las pobres madres conscientes (cuando yo no me muevo de mi sitio, mis estados son privados y no me apoyo en un grupo que insulta y difama a la gente que no piensa como yo)

Mirad chicas, estoy harta de que el mundo de las mamás 2.0 sea un entorno desquiciado de neuróticas que están todo el día quejándose y peleándose. Y no me da la gana callarme. No me da la santa gana. Harta estoy de tener miedo a expresarme y a decir lo que pienso sin que venga alguien a agredirme. Si tienes algo que decir, lo puedes decir con respeto. Y deberías también respetar que alguien diga lo que le venga en gana en sus espacios privados. Si te sientes atacada y agredida, no tengo inconveniente en que lo hablemos y aclaremos las cosas, no suelo tener intenciones agresivas a no ser que necesite defenderme. Pero voy a decir lo que pienso cuando me venga en gana. Porque las ideas están para ser debatidas y comentadas y a veces puede que no estemos de acuerdo: es ley de vida.

Dejad de sentiros juzgadas y criticadas cada vez que leáis algo que va en contra de vuestras ideas. Y si no os gusta lo que digo, como lo hago en mis espacios privados, podéis salir de ellos cuando os venga en gana. Así contribuiremos a que la gente no vea este mundo de las mamás 2.0 como una panda de energúmenas que se dedican a pelearse de la manera más rastrera y malintencionada. Nos haremos todas un favor.

Las mujeres envejecemos peor

http://www.fucsia.co/moda/famosos/articulo/mujeres-iconos-de-moda-mayores-de-60-anos/64948

Uno de los primeros pasos para cambiar algo es hacerse consciente de ello. Y una cosa que está empezando a hacerse evidente es que a las mujeres, a partir de los 50, no se las toma en serio. No es que antes de los 50 sea una maravilla y nos tengan en un pedestal, no. Es que, en el ideario común, la mujer a partir de 50 adquiere un estatus de ignorante, inocente y gracioso ser que hace muy buenas croquetas pero que no entiende nada de lo que dicen los jóvenes y los hombres.

Ya sé que los lugares comunes, si no se viven y experimentan, no se comprenden. Pero imaginad. Una mujer, 50 años, baila en una discoteca. Una mujer, 50 años, va a la quedada de Pokemon Go en la Puerta del Sol de Madrid. Una mujer, desconocida, 50 años, da una opinión política en una tertulia. ¿Qué os ha pasado por la cabeza? Seguramente lo mismo que cuando veis a Iris Apfel (que ya pasó la cincuentena) vistiendo esos llamativos ropajes y collares. No es común ¿verdad? Lo típico de una mujer de 50 es estar recluida en su hogar vistiendo una bata de flores y solo saldrá del brazo de su marido con la media melenita teñida con mechas y las lorzas embutidas en un vestido por debajo de la rodilla.

Pero vamos llegando a la cincuentena, e igual que en su momento me negué a adoptar el papel de madre reciente, que deja atrás los pearcing y los tatuajes para cambiarlos por la coleta y las chanclas, me niego ahora a que se me encasille y se me mire por encima del hombro por estar llegando a un sitio al que todos y todas vamos a llegar. No es solo ya la típica actitud de los adolescentes que creen que sus madres no saben nada. Eso es comprensible y puedo vadear con ello. Es además la actitud de tus compañeros de trabajo más jóvenes, que se creen con una sabiduría infinita que tú nunca rozaste, la forma en que la gente que no te conoce te sitúa en las conversaciones, el modo en que empiezas a escuchar la palabra señora de los hombres expertos en chapuzas varias en el hogar y en el automóvil, etc.

Yo entiendo que cuando no se pasa por un etiquetado colectivo tácito e inconsciente, no se comprende cómo se vive esta situación. Pero es muy desagradable que los demás quieran que seas de una manera que te es absolutamente ajena. Se empeñan en hacernos envejecer según la idea que tienen en su mente de lo que debe ser eso. Pero lo siento, no creo que cumpla con vuestras expectativas. Nunca he sabido dónde venden esa ropa de señora, esas batas de flores y esas zapatillas imposibles. Nunca me he puesto ni faja ni combinación, no me pienso poner mechas y no pienso dejar de leer y opinar sobre política. Y lo que es peor: nunca he sabido hacer croquetas.

Para que os hagáis una idea de cómo nos sentimos las mujeres cuando llegamos a los 50, os dejo aquí un vídeo que me ha pasado una amiga mía, muy lúcida en el terreno del impacto visual y narrativo. Somos las viejas brujas locas a las que nadie tiene en cuenta, peligrosas y apestosas. Nuestra experiencia profesional, nuestras competencias, nuestras virtudes se han corrompido al llegar a los 50. Dejad paso a las jóvenes promesas y atended los consejos de los viejos expertos. Donde esté un Merlín y un hada joven y buena, que se quite Madam Mim.

La filosofía de las madres

Intento recordar mi infancia y a las que entonces eran madres hablando de su maternidad como lo hacemos nosotras en el Facebook y no encuentro parangón en mi memoria. Por más que busco sólo recibo las ondas de tardes de café con las vecinas contando muchos chismes, pero nunca éramos nosotrxs (o al menos muy pocas veces) lxs protagonistas de estas conversaciones. Sin embargo, entro en las redes y ahí están las madres, venga darle vueltas a un hecho aislado protagonizado por un niño, una situación en el parque, en el colegio, en una tienda, en la piscina o en el autobús. Y el nivel de profundización en este hecho me hace recordar cuando estudiaba el Discurso del Método de Descartes. Parece que estemos desgranando la existencia de Dios a veces.

Esto demuestra varias cosas: la maternidad ha llegado por fin al ámbito de la filosofía. Algo que antes era ignorado en los discursos más enrevesados de los filósofos masculinos está tomando relevancia como objeto de reflexión profunda. Y no lo digo de coña. ¿Es más elevado e importante hablar de la existencia de Dios que de la crianza en el hogar? Teniendo en cuenta que lo segundo es algo que ha sido y sigue siendo considerado como cosa de mujeres, es comprensible que haya sido ignorado por los señores pensadores de antaño.

Pero siempre que a una mujer le ha dado por pensar públicamente (en privado lo hacemos todas, aunque algunos tengan serias dudas al respecto), ha hablado de la maternidad. Y no me hagáis enumerar nombres. Podría mencionar a Simone de Beauvoire, Margaret Mead, Celia Amorós, Victoria Sau e incluso nuestra querida Amelia Varcárcel. Pero me interesan mucho más nuestras reflexiones: mujeres anónimas que abordamos el tema de la maternidad desde las tripas, el corazón y la garganta, y nos lanzamos a nuestros teclados a mostrar nuestros dolores, nuestras dudas, nuestra culpa, nuestro amor, nuestra soledad.

Muchas veces no estamos de acuerdo y defendemos con uñas y dientes nuestras posturas. Va nuestra identidad en ello, y quién sabe si algo más. Seguramente, cuando dejamos el teclado y nos encontramos de nuevo con nuestros hijos e hijas lo hagamos con una pizca más de sabiduría, o con unas cuantas dudas azotando nuestros pensamientos. Pero ningún debate es en vano. Cada debate lleva un poco de nuestras vidas y de nuestros desvelos. Quizás por eso, la contraparte de estos salones de café virtuales sea la creación de facciones enfrentadas que se baten en duelo en los grupos. Las de la Herida Primal vs. las de la Pedagogía Blanca. O las Malas Madres vs. las Madres Reales. O las blogueras comerciales vs. las blogueras independientes.

No creo que estas disputas sean muy diferentes a las que tienen los académicos y académicas en sus reuniones científicas. Una disputa siempre está investida de ego. Hay una parte de nosotras mismas que está en riesgo. Negar la herida primal y los efectos nocivos de la represión del alma infantil puede ser tan amenazante como negar la existencia de Dios. Sostener que la conciliación pasa por los permisos iguales e intransferibles tan drástico como decir que el lenguaje da forma a la realidad. Y cada cuál tiene sus argumentos bien aprendidos y ensayados. Alcanza la gloria la que construye el argumento más novedoso y contundente.

Bueno, y ahora os dejo que voy a ver cómo sigue la última discusión. Promete mucho. Creo que resolveremos, de una vez por todas, la cuadratura del círculo.

 

#VDLN 100: Hipersexualidad (Virginia Rodrigo)

Virginia Rodrigo. PercoAutora. Hipersexualidad

Virginia Rodrigo, feminista, baterista, percusionista, lo deja claro: está harta de la hipermercadotecnia del sexo. El sexo industrial, como producto, lo invade todo. No veo a nadie disfrutar, dice. Y es así: está ya todo tan mercantilizado que parece que no podemos disfrutar de nuestros cuerpos como nos de la gana. Hay que innovar, hay que ser fogosa, hay que ser elegante a la par que sofisticada, y darlo todo en la cama. Hartas ya de estos planteamientos, Virginia nos propone hacernos hermafroditas o asexuales.

Ella lo cuenta, ella lo expresa, ella lo deja claro. Ya está bien de ser objetos hipersexualizados para vuestro disfrute. La letra es contundente. El vídeo también. No os lo perdáis.



Lo que decía mi madre es un clamor


Hace 16 años, cuando tuve a mis pequeños monster, mi madre alababa continuamente las labores de cuidado de su santo padre (el de los monster). Que si fíjate que los cambiaba, que si fíjate que hacía los biberones, que si fíjate y tal. Yo estaba pringada hasta las orejas, no hace falta decirlo, pero a mí nadie me decía lo bien que lo estaba haciendo. Era mi obligación, mi sino, mi casta. Y además me tenía que sentir mal porque el santo hiciese sus tareas vinculadas a la paternidad. 

Me enfadaba bastante, la verdad. Igual que me enfadé con Errejón cuando publicó este estado de Facebook de David Bravo diciendo: 

Os dejo esta reflexión de David Bravo, tan brillante como necesaria, conciliar y cuidar tiene el mismo valor lo haga una mujer o un hombre.

¿Y por qué me enfadé? Pues porque no hace mucho tiempo, Íñigo Errejón alababa a las personas que renunciaban a su vida y a su familia para dedicarse al partido y les trataba como verdaderos héroes. Podría ponerme a rebuscar en su Facebook para encontrar la entrada en concreto, pero como es una de esas personas dedicadas, tendría que bucear entre miles de estados. Es decir, viva los hombres cuando se dedican al partido, viva los hombres cuando cuidan a sus hijos e hijas, viva los hombres, siempre tan brillantes, cuando dicen que no les alaben, que está haciendo lo que siempre han hecho las mujeres. Nosotras, que llevamos tanto tiempo diciendo lo mismo, ya se sabe que no somos brillantes, sino feminazis de baja estopa. 

En fin, esto tomárselo con humor, hombres conscientes. Ya se sabe que, hagáis lo que hagáis, lo vais a hacer mucho mejor que nosotras. Si hasta he tenido que sufrir mansplainers de hombres que no tenían hijas/os contándome cómo tenía que criar a las mías. Lo mejor es que nosotras nos dediquemos al akelarre y vosotros paséis la aspiradora y cuidéis a las criaturas, además de trabajar y traer el sustento a casa. Sois los putos héroes. Os amamos. 

¿Brechas o alteraciones en la fuerza?


A veces, los extraterrestres nos enseñan más sobre las desavenencias en el feminismo que las propias feministas. Ana Fernández Vega publicaba hace poco en su blog una entrada sobre la brecha en el feminismo actual, y me situaba en un lugar en el que no me reconocía. Hacía una división entre las feministas que dábamos prioridad a los derechos de los niños y niñas sobre los de las mujeres (¿las malas?) y aquellas otras que creían que los cuidados y la conciliación dependían de la corresponsabilidad (¿las buenas?). Y yo era de las malas, cómo no. Es mi sino. 

Y esto era así a pesar de las múltiples batallas que he librado contra la facción de la herida primal, que no nos deja desviar la vista de las necesidades de nuestras criaturas. Este grupo sostiene que no podemos dejar que el cerebro de nuestros bebés se convierta en papilla bajo los efectos del cortisol que segregan cuando llora, y mantiene una férrea vigilancia hacia la actitud de la madre hacia su retoño: “Es tu bebé, cuídalo, no hay nada más a tu alrededor, ahora existes para él, la exterogestación es lo principal y prioritario”.

Pero no, yo no soy de las de la herida primal, y preferiría hablar, más que de una brecha entre los feminismos, de alteraciones en la fuerza, como decía el maestro Yoda. Para las feministas buenas, las que quieren corresponsabilidad, sé que hablar del derecho a amamantar y a criar a nuestros hijos es, en cierta forma, dar un paso al lado oscuro, en el que las mujeres volvemos a ser las empleadas del hogar sin remuneración, las analfabetas, las limpiadoras de culos y bocas, las que chillan por las escaleras a los que se van a ver mundo que se pongan el abrigo.  Y no. A algunas mujeres amamantar les gusta. Es un deseo que tienen. Y además lo consideran un derecho inalienable, porque han leído que amamantar reduce el riesgo de cáncer de mama y de útero. Por otra parte, les gusta porque les proporciona placer y porque es una forma de relacionarse con su hijo que les encanta, por no hablar de lo cómodo que es: salir a la calle sin polvos, agua y utensilios múltiples es un placer inigualable. 

Y además, algunas mujeres a las que nos ha encantado amamantar, no hemos renunciado a seguir con nuestro trabajo, a seguir implicadas con nuestra profesión. A otras, francamente, les ha dado igual: preferían mil veces cuidar a sus hijos que pagar a otra persona e irse a cobrar una miseria por trabajar 8 horas al día como mínimo. Pero en fin… Corresponsabilidad. 

Podemos hablar de corresponsabilidad si hay más personas dispuestas a cuidar del bebé junto con nosotras. Pero para que haya corresponsabilidad, tiene que haber como mínimo dos personas de acuerdo en compartir responsabilidades. Y eso muchas veces es mucho más difícil que conseguir una baja maternal más prolongada o un subsidio por cuidado de menores. En serio. De verdad. Preguntad, haced una encuesta en un barrio cualquiera de vuestra ciudad. 

Yo me alegro mucho por vosotras. Es genial que hayáis encontrado parejas que hayan superado su estructura mental patriarcal y hayan accedido a cogerse una reducción de jornada para cuidar a su hijo. Pero os aseguro que no es lo normal ni lo habitual. Y además, me niego a plantear que es nuestra la responsabilidad de alcanzar la manida corresponsabilidad. No: bastante tengo con luchar por mis derechos y contra mis limitaciones para encima tratar de cambiar la mente masculina (sí, estoy hablando de parejas heterosexuales) para que se corresponsabilice. 

Por tanto, no existe tal brecha. Es cuestión de entender las necesidades las unas de las otras. Es cuestión de comprender que hay diferencias en las vidas de distintas mujeres. Que tenemos deseos diferentes y venimos de situaciones muy distintas. No es que unas queramos volver a la naturaleza más ancestral y las otras hayan evolucionado. Vamos a admitir que una mujer puede tener derecho a criar a su hijo con sus tetas y sin dejarlo en manos de extrañas. Si las buenas admitís esto, quizás nosotras dejemos de ser tan malas y podamos luchar juntas por la dignificación de los cuidados.