Mujeres

Vístete

Lo del tema de la vestimenta de las niñas (y los niños) y el comentario del Juez Calatayud de que las niñas se hacen fotos como putas lleva dando titulares 4 días. Lo desacertado de estas declaraciones es evidente, en alguien que se llama juez y que se supone que está ahí para impartir justicia, no para decirle a las víctimas que son las culpables de lo que les pasa. Por otra parte, seas niña o seas puta, tienes derecho a que no te violen ni te agredan sexualmente, sea cual sea tu pose en una foto o tu ropa elegida.

Dicho esto, hablemos de nuestra ropa y de nuestros cuerpos. Hablemos de las niñas y de su autoestima. Hablemos de las populares, sus ropas y su maquillaje. Hablemos de la comodidad, del tanga que se mete por la raja del culo, de esos tacones que te destrozan los pies y la columna y de las 20 fotos que nos hacemos antes de colgar la buena en Instagram. ¡Qué lacra para toda la vida, ser fea y no poder recibir cientos de likes cuando cuelgo un vídeo en musical.ly! No, señor Calatayud. El problema no es que las niñas posen como putas (que, por cierto, no sé cómo es eso de posar como una puta, igual hubiese sido más acertado “como una cantante”, “como una actriz” o “como una YouTuber). El problema es que su autoestima resida en el efecto que su imagen produce en los demás. Una niña de 10, 11, 12 años posa de acuerdo a los modelos que le ofrece su entorno como exitosos, adecuados y agradables. Y esos modelos, hoy por hoy, son mujeres despampanantes que posan haciendo morritos y con ropas que les quedan fenomenal, no intelectuales listísimas que dedican su tiempo a escribir, a leer y a pensar en vez de a ir al gym y a la peluquería.

El otro día veía una serie de esas de adolescentes, Pequeñas Mentirosas, y me preguntaba cómo conseguían ir esas niñas al instituto tan perfectamente conjuntadas, con ese maquillaje profesional y ese peinado de peluquería espectacular. Las cejas, depiladas y delineadas, el lápiz de labios cuidadosamente escogido para la ocasión y un conjunto para cada momento del día. Si esos son nuestros referentes, la vida real nos debe parecer una verdadera mierda. Y una cosa curiosa: estas series pasarían el test de Bechdel estupendamente.

No, la verdad es que cuando veo a las niñas posando en Instagram, no me preocupa (solo) lo expuestas que puedan estar a desalmados y pederastas. Me preocupa (también) la forma en que se ven a sí mismas, qué es lo que valoran en ellas, cómo interactúan con su entorno, cómo están desarrollando su identidad. Y me preocupan no solo las que posan, sino también las que no posan, ese mundo oculto de niñas que no se atreven a poner su foto en Instagram, que no bailan en público y que se creen “feas”. Esas niñas, todas las niñas, merecen otros modelos para amarse y respetarse. Merecen mujeres de verdad, con sus granos, sus gafas y su inteligencia diciéndole al mundo “porque yo lo valgo“. Y a la mierda el Juez.

Señoras, sí señoras

Imaginemos una escena. Un grupo de mujeres en pleno climaterio admiran la belleza de un hombre de 30, mientras hablan entre ellas, ríen y pasan un buen rato. La cosa no llega a más: ni le tocan el culo, ni le lanzan piropos, ni dificultan su trabajo con sus insistentes embites. Sin embargo, sufren de cierta censura, la gente las mira con sorna, hablan sobre sus ciclos menstruales y su ovulación y, finalmente, quedan como unas trasnochadas locas y poco preocupadas por su imagen social.

Ser mujer de 50 es una actividad de riesgo. Si te ríes demasiado fuerte, si hablas de sexo con demasiada codicia, si tienes ganas de aprender, si tienes competencias inusuales, si eres mejor en lo tuyo que los/as jóvenes sobradamente preparados/as, si manejas las redes sociales con soltura y gracia, si te gusta seguir vistiendo y peinándote como siempre, si estás al día, siempre habrá alguien que te recuerde que ese no es tu lugar y que intente desplazarte de un culetazo a tu zona de comportamientos esperados en una señora de 50.

La censura se siente por doquier. Es casi imposible seguir comunicándote con la peña como lo has hecho siempre, porque en cuanto el gesto se interpreta como un intento de hablar de igual a igual, de entablar una simple conversación, todo son caras de extrañeza. ¿Qué hace una señora de 50 intentando hablar conmigo como si tal cosa? ¿Se creerá que tiene 20? ¿Se creerá que sabe lo que yo sé, si la pobre no sabe ni usar el WhatsApp?

Eso es misoginia, me dicen por aquí. Pero una misoginia muy focalizada en un grupo de edad muy concreto. Existimos como grupo definido y con una función social: ser el admereir, prototipo de la ignorancia y de la estulticia. Somos las que restauramos al Ecce Homo, las que miramos por encima del hombro a las jóvenes emancipadas, las que llamamos piojosos a los chavales que llevan rastas, las que comemos chorizo y jamón a dos carrillos en las bodas de las sobrinas, las que votamos al PP y las que estamos en contra de la democracia y el amor libre.

Pero os voy a contar un secreto: con suerte, llegaréis a los 50. Os va a pasar. Y os creeréis que vosotras y vosotros (lo vuestro también tiene tela) sois diferentes, sois adalides del cambio social, sois lo más enrollado de la vida y nada os cambia, ni los prejuicios, ni la edad ni la hostia. Que no sois como vuestras madres, las pobres, que eran un poco lerdas y no sabían cómo funcionaba eso del mundo. Y de repente ZAS, un niñato os va a mirar con condescendencia y se os van a caer todos los palos del sombrajo. Pero no os preocupéis, nos tendréis aquí a las de 70 y 80 para descargar vuestras frustraciones.

No me toques el pelo

Seguro que os parece una frivolidad que me ponga a hablar del pelo, habiendo conflictos tan importantes en nuestro país actualmente: el referendum catalán, el Villarejo que resurge de sus cenizas, todOs ahí hablando de cosas importantes de señores importantes que tienen opiniones importantes… pero es que estoy viendo que entre nosotras, las que tocamos esos temillas absurdos, está siendo un clamor: estamos hartas de los prejuicios en las peluquerías.

Yo creía que era una cosa mía eso de que, aunque yo fuese con la idea de hacerme un corte transgresor y modernillo, siempre saliese de la peluquería con pinta de señora. A ver, que soy una señora, no nos vayamos a equivocar, pero no “esa” clase de señoras. Nunca me pongo laca ni me cardo el pelo. Bueno, sí, lo hice alguna que otra vez en los ochenta, pero eran otros tiempos. Pues eso, que, pida lo que pida, el resultado no coincide ni de lejos con mis expectativas. Un día le dije a mi peluquera: “mira, tú y yo nos conocemos desde hace tiempo, ¿verdad?, llevo viniendo años aquí. Pues la próxima vez, no vuelvo.” Y no volví. Porque, pidiese lo que pidiese, siempre acababa con ese peinadito arreglao pero informal que me daba ganas de arrancarme la cabeza nada más salir por la puerta.

A ver, ¿qué tiene de malo que yo me quiera rapar la nuca? ¿Qué tiene de malo que quiera llevar flequillo recto y melena larga? ¿Qué inconveniente hay en que no quiera un peinado tipo Victoria Beckham ni harta de vino? Pues nada, parece que pidas lo que pidas, ahí lo tienes. Y si te sales del tiesto, te hacen un desaguisado. Porque claro, los peinados deben ir con las edades, ligados a ellas de manera inamovible. No vaya a ser que salgas de la peluquería con un peinado un poco descarado para tu edad y la gente pregunte a qué peluquería vas, y se les llene el local de locas del coño.

Pues nada, el otro día, cogí las tijeras y me corté yo misma el pelo, porque sabía que, si iba a la peluquería, saldría como siempre: tirándome del pelo para que crezca rápido. Me dejé llena de trasquilones, pero por lo menos, no odio a nadie. Y me ahorré un montón de pasta. ¡Que os den! Y si me lo quiero rapar, me lo rapo. Que ya está bien, hombre, de soportar en mi pelo vuestros estereotipos.

Bueno, ya podéis seguir leyendo cosas importantes de hombres, que creo que el parlamento anda revuelto con no se qué del referendum, los votos perdidos y la madre que los parió a todos y todas. A mí, es que la verdad, me la trae todo al pairo desde hace tiempo. Total, van a hacer lo mismo que las peluqueras: lo que les venga en gana.

Que el altruismo no nos ciegue

Hoy, Violeta Assiego plantea en este artículo la diferencia entre vientres de alquiler y gestación subrogada, aludiendo a la supuesta necesidad de regular esos casos en los que determinadas mujeres podrían desear servir de gestantes para concebir un hijo o hija de personas que no son capaces de hacerlo con sus propios cuerpos. Estas mujeres actuarían de manera altruista, sin cobrar nada, sin agencias intermediarias y los subrogantes sólo tendrían que pagar los gastos médicos.

Me pregunto de cuántos casos estamos hablando. Me pregunto si es necesario legislar para atender los deseos de un número ínfimo de mujeres, dispuestas a pasar por un embarazo, un parto y un postparto por nada. Me pregunto si es necesario arriesgarse a que haya personas que, enmascarándose tras esta legislación, trafiquen con personas aduciendo que lo hacen de forma altruista y recibiendo bajo cuerda sumas de dinero desconocidas. Me pregunto si es necesario hacer de nuestro país un sitio en el que puedan pasar ese tipo de cosas.

Yo creo que no es necesario. Y además, creo que la polémica de la gestación subrogada está enmascarando temas realmente importantes, como son el del aumento de la infertilidad en la población española y las dificultades en los procesos de adopción. Que es verdad que la adopción no está hecha para colmar los deseos de pater/maternidad de las personas, pero es una forma hermosa de satisfacer las necesidades de niñas y niños sin familia dejándolos al cuidado de gente que desea cuidar.

La causa principal del aumento de la infertilidad es el retraso del deseo reproductivo. Del deseo o de la posibilidad. Tener hijos e hijas a los 20 años, como hacían las madres de antaño, se ha convertido en ciencia ficción. Hay otras muchas causas, pero esa es la que ha dado lugar a un aumento notable de personas que buscan ayuda para poder gestar. La edad media de la primera maternidad ha aumentado 4 años desde los años 70 (Delgado, López y Barrios, 2006). Esta situación está ligada a los cambios en la forma de vida, que no necesariamente son negativos, pero que han transformado el paisaje conceptual e ideológico ligado a la maternidad, la crianza y la familia. Por otra parte, las parejas gays también tienen deseos de cuidar sus propios hijos e hijas, algo que se ha hecho posible en sociedades como la nuestra y que considero muy positivo.

Entre todo este revuelo, quizás sería sensato hacer una reflexión sobre lo que está pasando. Cada vez que oigo hablar de gestación subrogada, no puedo evitar pensar en los hijos de Cristiano Ronaldo, Elton John o Kim Kardashian y Kanye West. Me incomoda que los bebés se estén convirtiendo en un objeto de lujo que pueden ser comprados por las grandes estrellas por altas sumas de dinero. Pero entonces surge la palabra “altruismo” y parece que mi mente debe dejar de elucubrar y centrarse en esas mujeres que quieren ser los ángeles gestantes de otras personas. Pero, sinceramente, creo que no va a haber mujeres altruistas para satisfacer tanto deseo de mater/paternidad.

Por otra parte, la adopción es un asunto delicado: no olvidemos que detrás de cada adopción hay un abandono, una muerte, una situación de pobreza, etc. Lo deseable sería que no hubiese niños y niñas en adopción, y si existe esta fórmula jurídica, es en beneficio de los niños y niñas. En este sentido, las altruistas son las familias adoptantes, y no podemos exigir que se agilicen las adopciones en tanto en cuanto están sujetas a procesos jurídicos que garanticen los derechos de los menores.

Sé que lo que voy a decir no va a ser muy popular, pero quizás deberíamos repensar, como sociedad, el lugar que ocupa la maternidad y la paternidad en nuestros idearios sociales. Tener hijos e hijas, cuidarlos, criarlos, es una cosa muy bella y muy seria, pero no es un derecho. Cuando la maternidad se convierte en deseo insatisfecho es demoledora, no tengo ninguna duda, pero no podemos moldear la sociedad para satisfacer este deseo. Quizás debamos aprender a sublimar los deseos de maternidad y pensar, a largo plazo, como solucionar los problemas que giran en torno a nuestra esencia como especie: la gestación, la maternidad, los cuidados de nuestros pequeños en un grupo social que ha perdido su equilibrio y debe recuperarlo de alguna forma.

Las madres felices


Sí, es así, afortunadamente. Existen madres felices. Madres que están conectadas con su útero cual antena wifi. Madres que han tenido un parto gozoso, una pareja amorosa y presente, una red de apoyo rica y surtida, un sostén económico que las permite gozar de la crianza como si fuera el paraiso: las viandas siempre listas y a su alcance, ausencia de dolor tanto físico como psicológico, llenas de oxitocina y de instinto animal. 

¿Quién va a protestar por algo así? ¿No es algo de lo que alegrarse? Pues claro que sí. Es genial. 

Lo que no me parece ya tan bueno es que este estado de embriaguez y feliz maternaje se presente como algo que cualquiera puede alcanzar. Igual que se ha criticado hasta la saciedad a Samantha Villar por sus quejas públicas hacia la maternidad por generalizar y por no haberse informado antes de qué era eso de tener hijos/as, plantear que la maternidad gozosa es algo que cualquiera puede alcanzar si se informa bien y hace las cosas como diosito manda es poco respetuoso hacia la realidad de muchas personas. 

En primer lugar, para gozar de la maternidad, muchas mujeres deben renunciar a la forma de vida para la que han sido criadas y educadas desde muy pequeñas. Criar con placer es incompatible con tener éxito en el ámbito profesional, al menos el éxito al que estamos acostumbradas y a lo que llamamos éxito en una sociedad patriarcal. Es una gran renuncia que hay que asumir y para la que hay que estar preparada. Luego ya puedes decir que has sido felicísima criando a tus hijos e hijas (yo lo he sido), pero llega un momento en que se van de casa, y ahí te quedas, con todo por hacer, empezando por donde lo dejaste y teniendo que recuperar 20 años que pasaron sin darte cuenta. Así que elige: o eres felicísima criando a tus hijos o eres felicísima criando a tus obras. Y sí, puedes entonar el Aleluyah por tu oxitocina, pero la oxitocina tiene fecha de caducidad y seguimos viviendo en el mismo mundo. Es verdad: es una frivolidad querer tener éxito en el trabajo, y mucho más mamífero y elevado espiritualmente moldear tu obra y dejar unos hijos e hijas maravillosas para la posteridad. 

En segundo lugar, la situación del parto en nuestro país está lejos de cambiar. Las mujeres siguen pariendo envueltas en maltrato institucional. La culpabilización de la víctima en este tema es muy canalla. La sociedad te marca el camino para parir en los hospitales españoles, con tasas de cesárea elevadísimas y con prácticas intrusivas discapacitadoras y alienantes. De estas situaciones de indefensión en el parto derivan muchas situaciones de depresión post-parto que no permiten la vinculación adecuada con la criatura y que convierten el puerperio en un calvario. Si me encuentro en ese momento con una de esas madres felices que me dice “haberte informado” lo único que se me ocurre es escupirle a la cara, de verdad. Incluso cuando digo que mi segundo parto fue un parto gozoso en casa lo hago con mucho cuidado, porque hay mujeres que no se lo pueden permitir, ya sea económica o psicológicamente. 

Y en tercer lugar, la familia es una institución que se desmorona. Por arriba y por abajo. Cada vez contamos menos con el apoyo de nuestra familia para criar, ya sea por la distancia física o por la distancia emocional. Y el índice de separaciones y divorcios es cada vez más elevado. En este contexto, encontrar una situación en la que la pareja es sustentadora y la red social de apoyo de la madre es sólida, pues es bastante raro. Y eso no se busca: se encuentra. Culpar a la víctima en estos casos no solo es canalla, sino que además denota maldad y falta de empatía. Seas o no madre feliz. 

En definitiva: ser feliz es maravilloso, pero no puedes ir por ahí diciendo a la gente que no es feliz porque no quiere. El que tus circunstancias te hayan llevado (con mucho esfuerzo, seguramente) a la felicidad materna no quiere decir que el resto de la gente quiera o pueda seguir tu camino. Me encanta cuando la gente dice que es feliz. Pero la verdad, cuando alguien te está diciendo que es infeliz, no es el momento adecuado para decir “pues mira, yo soy felicísima, porque he hecho esto, esto y esto, no como tú que lo has hecho fatal”. ¡¡Hombre ya!! Que no se trata de que seáis unas retrógradas (retrógradas hay en todos lados). Se trata de tener la empatía donde la espalda pierde su bello nombre. 

Los lugares de las madres


Cuando mis hijos han llegado a la adolescencia-juventud, he creído por un momento que había ganado dos personas con las que dialogar, hablar de nuestras cosas, debatir, intercambiar pareceres, etc. Eso que se hace con las personas en general. Pero cuál ha sido mi sorpresa al comprobar que no me ven como persona independiente de mi rol de madre. A ellos les gustaría que fuese de esas madres que tarda siglos en escribir un mensaje de whatsApp, pero a falta de ese elemento estereotípico, dejan mis mensajes sin contestar, haciéndome ver lo inconveniente de preguntarles qué tal han pasado el día. 

En fin, que ahora nuestras conversaciones consisten en que yo abro la boca, digo dos palabras y me ponen en mi lugar. 

– “Joder, lo que está haciendo Trump”

– “Mira mamá, ya sé que las personas como tú os sentís muy guays por meteros con Trump, pero Rajoy no es mejor y no decís nada”

¿Por qué necesita ponerme en ese lugar? ¿Necesita que el conservadurismo y la ignorancia estén encarnados en alguien que tiene cerca? Las madres ocupamos ese lugar a la perfección. Lo hemos hecho durante décadas. Somos las bobas sonrientes que te tienen preparado el bocadillo mientras tú te vas al instituto a recoger la sabiduría que nosotras nunca hemos rozado ni con los dedos. Somos las pobres estúpidas que no sabemos que ese argumento está siendo retuiteado 2.500 veces y compartido en Facebook otras tantas. 

Nadie necesita que su madre sea lista. Muy pocas veces (solo algunas) he escuchado a hijos e hijas honrando el trabajo de sus madres, y, sin embargo, es una constante escuchar hablar a hijos enorgullecidos por el trabajo de sus padres. El ejemplo más cercano que se me viene a la cabeza es el de Javier Marías, hablando de su madre Dolores Franco Manera, profesora de Filosofía y autora de un libro de texto sobre esa materia traducido a varios idiomas: 

“Según él, mi padre, Lolita era la persona más valiente que jamás había conocido. Se casaron en 1941, ella publicó un libro con dificultades, y su primogénito (mi hermano Julianín, al que no conocí) murió súbitamente a los tres años y medio. Luego nacimos otros cuatro varones, pero es seguro que ninguno la compensamos de la tristeza de ver desaparecer sin aviso al primero, sin duda al que más quiso. Hablé de ello en un libro, Negra espalda del tiempo, y allí creo que dije algo parecido a esto: era el que ya no podía hacerla sufrir ni darle disgustos, el que nunca le contestaría mal como suelen hacer los adolescentes, el que siempre la querría con el querer inigualable y sin reservas de los niños pequeños, el que no pudo cumplir con las expectativas pero tampoco con las decepciones, el que siempre permanecería intacto. Seguro que empleé otras palabras más cuidadas.” (Javier Marías, 13 de noviembre de 2016)

¿Quién necesita que su madre escriba un libro de filosofía? Nadie, ciertamente. Entre las últimas novelas que he leído está la de Quien pierde, paga, de Stephen King (sí, soy forofa, aún sabiendo todo lo que conlleva eso). El protagonista es un perverso asesino con problemas mentales cuya madre, una profesora universitaria separada, es la culpable tácita del desequilibrio de su pobre y desatendido hijo. Las madres listas e intelectuales no somos necesarias. Somos como un grano en el culo. Donde esté una madre que hornéa bollos y espera a su prole con el delantal en la puerta, haciéndoles reír con sus intervenciones llenas de ignorancia y sentido común, que se quiten las madres listas y egoistas que escriben libros, tienen un trabajo intelectual y están informadas de lo que pasa en el mundo. 

¿Qué va a ser de nuestros hijos e hijas si ya no tienen de quién reírse con cariño, atusándonos la cabeza y mirándonos con ternura? Estamos destrozando su adolescencia, su juventud, su edad adulta. Les estamos privando de la Madre, de ese espacio seguro que les deja ser y recrearse, que les da amor, cariño y cena caliente sin calentarles demasiado la cabeza. Somos el cáncer de esta sociedad enferma, que va decayendo porque ya no somos lo que deberíamos ser eternamente. 

Madres: prohibido hablar de educación

Llevo casi cuatro años en este blog, y desde que escribo desde mi identidad de madre he podido constatar que a la gente que en las redes escribe desde sus perfiles profesionales les molesta sobremanera que una madre hable de otra cosa que no sea “sus labores”. 

Desde la perspectiva de estos expertos (y expertas), una madre es una madre. Y punto. La interacción con nosotras es serena cuando planteamos nuestras dudas partiendo de la ignorancia y la admiración por sus inalcanzables conocimientos. Pero ay de nosotras si osamos poner en cuestión sus planteamientos. En esos casos, da lo mismo que nuestros argumentos sean impecables, estén basados en la evidencia o que citemos investigaciones recientes de gran impacto: somos unas histéricas que atacamos desde la rabia y el resentimiento a los sabios expertos (y expertas). 

Leyendo el blog, la gente puede saber de forma fehaciente que tengo 3 hijos, pero no saben nada sobre mi profesión. La sensación que he tenido siempre debatiendo desde mi identidad de madre es que, cuando estos expertos interactúan conmigo, usan un arquetipo caduco de madre. Me siento tratada como una ignorante sin formación que se hace la listilla, una mujer de su casa que habla desde la emocionalidad y no desde la razón.

La verdad es que estoy aprendiendo mucho desde un punto de vista socio-psicológico sobre la forma en que funciona el poder en las interacciones cotidianas cuando me relaciono con personas desconocidas desde mi identidad de madre. Foucault estaría fascinado si pudiese observar las interacciones en las que me veo envuelta. Cualquier estudioso del poder, del discurso y de la interacción lo estaría.

¡Pero qué hago yo hablando sobre estas cosas, si solo soy una pobre madre histérica! Vuelvo a mis fregonas, mi bayeta y mis cup cakes. Perdones excelsos expertos del saber oculto que ose argumentar sin llevar un mísero título en la boca. 

Relación sentimental y cuñadología

Lo peor que te puede pasar si eres mujer y no estás casada con tu pareja es que te detenga la policía. Desde ese momento, pasas a tener una relación sentimental con alguien. Yo me pregunto si se considera agravante del delito tener una relación sentimental. Porque claro, eso suena así como a que vives en concubinato, mantienes relaciones sexuales poco convencionales y tu vida es ciertamente desordenada. 

Si eso va acompañado de tu edad, apaga y vámonos. Analicemos el siguiente párrafo: 

“Esta mujer, de 42 años y sin antecedentes policiales que mantenía una relación sentimental con el padre del referido alumno, fue detenida como presunta autora de un delito de daños informáticos y falsificación de documento público.”

Vamos a jugar. ¿Qué creéis que hizo esta mujer para ser detenida? Algo truculento, muy truculento. A esa edad, tener una relación sentimental, y encima CON EL PADRE DE UN ALUMNO, no es de recibo. ¿Daños informáticos? ¿Le tiraría el ordenador a la cabeza a alguien? ¿Al alumno, quizás? Y esa relación sentimental ¿comenzaría en la barra de un bar? ¿En una discoteca? ¿En la fiesta de fin de curso, quizás, en uno de los baños del centro?

Vamos a ver cómo podríamos cambiar este párrafo para que esas visiones no vengan a nuestra mente al leer la noticia: 

“Esta mujer, de 42 años y sin antecedentes policiales, pareja del padre del referido alumno, fue detenida como presunta autora de un delito de daños informáticos y falsificación de documento público.”

Ha cambiado la cosa, ¿verdad? Parece como que la relación toma más consistencia. Ya es una relación más duradera, como algo más formal. A ver, si lo que quiere expresar el periodista al transmitir la noticia sin modificar una coma del informe policial es que la mujer y el padre del alumno eran novietes y se acababan de conocer (que a lo mejor es así) pues lo de la relación sentimental queda un poco más adecuado. Pero si no se ha preocupado por indagar al respecto o considera que no es relevante, lo mejor es utilizar un término sin connotaciones. Porque, seamos serias, nadie va diciendo por ahí que tiene una relación sentimental con alguien: eso solo lo dice la policía cuando te detiene. Tener una relación sentimental, en ese sentido, es chungo. Significa que estás detenida. 

Siguiendo con el párrafo, me pregunto qué relevancia tiene la edad de la mujer en la noticia. Vamos a pensar de nuevo que los periodistas copian la ficha policial textualmente y lo mandan a publicar. Pero lo que ya lo borda es que no tenía antecedentes policiales. El hecho de poner eso suena a que podría tenerlos. “Mujer de 42 sin antecedentes policiales” suena a mala persona, aunque no lo haya demostrado hasta ahora. En ningún momento podemos decir que el periodista mienta. Pero vamos a dar otro retoque al párrafo, a ver qué tal queda: 

“La jefa de estudios y profesora en el centro, pareja del padre del referido alumno, fue detenida como presunta autora de un delito de daños informáticos y falsificación de documento público.”

¿Os vais haciendo ya una idea? Os dejo una de las muchas noticias publicadas sobre el caso. Todas han copiado la ficha policial, pero esta está especialmente mal escrita

La amiga sin hijos

Elena Ferrante, tanto en su novela Los días del abandono (Crónicas del desamor, Lumen, 2011, recopilación de las tres primeras novelas de la autora) como en la última novela de su tetralogía Dos Amigas (La niña perdida, cuarto volumen de la saga Dos Amigas, Lumen, 2015) se refiere a una situación que me fue muy familiar: la de la amiga que se hace cargo de los hijos de una madre desquiciada, haciendo sentir a esta como ineficaz, egoísta y poco comprensiva. La madre, inmersa en los cuidados desde la mañana a la noche, frustrada porque no consigue ni una hora del día para escribir, harta de los coqueteos de su exitoso marido con otras mujeres, sola, sin una red social de apoyo, en una ciudad que no es la suya, ve cómo esta mujer intima con sus hijas y consigue de ellas cosas inauditas: las niñas sonríen, hablan, obedecen, juegan con entusiasmo. Y la mujer que consigue estas cosas, perfectamente arreglada y vestida, de sonrisa permanente, dirige a la madre miradas de censura y la contradice delante de sus hijas.

No sé si esta situación os es familiar. Yo recuerdo una época de mi vida en la que tuve una amiga así. Persona que se las daba de tener una gran inteligencia emocional, no era consciente del derroche de energía que supone ocuparse de 3 niños pequeños durante todo el día. Levantarse, prepararles para ir al colegio y a la guardería, mal-prepararte tú, llevarles, irte a trabajar, mal.comer, recoger a los niños, pasar la tarde con ellos, llevarles a clase de música, o de fútbol, o de Kunfú, o lo que quiera que hayan elegido  hacer ese curso, volver, hacer la cena mientras se pelean…. y entonces llegaba ella.

Ella, rodeada de tules y olor a incienso. Ella, vestida de blanco, recién salida de la clase de yoga. Ella, pidiéndote que respirases y que hablases despacio. Ella… ralentizando la hora de irse a la cama. Ella, postergando mi momento de descanso, ese momento en el que yo podría sentarme, respirar en soledad, fumarme un mísero cigarro, cerrar los ojos.

Yo necesitaba que llegase ese momento. Me dolía todo el cuerpo. Lo necesitaba. Y ella, en cada movimiento que hacía, cada palabra que decía, me comunicaba lo mal que lo estaba haciendo. Mis hijos estaban encantados de tener una amiga adulta que les ayudase a alargar el momento de irse a la cama. Y yo acababa haciéndolo fatal, regañando a mis hijos, enfadándome con mi amiga y mandándoles a todos a la cama de mala manera.

¿Qué le hubiese pedido yo a mi amiga, si pudiese dar marcha atrás? Que me dejase hacer a mi manera. Que no usurpase mi lugar. Que aunque ella creyese que lo iba a hacer mucho mejor que yo, el sistema que se había establecido era el que era. Yo no podía hacer lo que hacía ella: no podía postergar la hora de irse a la cama hasta las 11 de la noche. Y ella no debía hacer lo que era mi responsabilidad: no podía dar a los niños la impresión de que yo era una mala persona que no hacía las cosas de una forma divertida, con sutileza, con energía, con amor. No debía hacerles creer que podrían tener una madre dulce y comprensiva, pero me tenían a mí. La culpa estaba presente en esa relación, es más que evidente, soy más que consciente.

Así que, amigas bien intencionadas, tías enrolladas que llegáis un día para no quedaros, haced el favor. Si no vais a estar ahí todos los días para ayudar, no hace falta que despleguéis todos vuestros encantos con nuestros hijos. Seguro que podéis ser de mucha ayuda en muchísimas circunstancias y que nuestros hijos pueden disfrutar de vosotras en innumerables ocasiones. Pero en los momentos que nos tocan a nosotras, dad un paso atrás. Ya sabemos que estáis más descansadas y con más energía, pero quizás esas lecciones que queréis darnos no nos hagan mucho bien. Porque no son realistas. Porque ignoran nuestras circunstancias y nos atribuyen esa identidad de mala madre de la que todas huimos.

¿Que nos sentimos culpables por no llegar a todo de la manera perfecta que nos gustaría? Seguramente. Somos así de absurdas. Pero quizás un día, si es que os decidís a tener hijos, comprenderéis lo que sentimos cuando intentáis parafrasearnos delante de nuestros hijos y conseguir que ellos ratifiquen vuestra elevada calidad como posibles madres.

O puede que decidáis que, finalmente, no los vais a tener. Es una decisión perfectamente comprensible. Entonces, os recomiendo otra lectura: Diario de una Buena Vecina, de Doris Lessing (1983).