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No va sobre crianza ni sobre respeto


Seguro que alguna vez os habéis cruzado por las redes sociales con gente que se autoproclama defensora de la Crianza con Respeto (CR). Hasta ahí, todo correcto. El respeto es algo precioso y necesario en las relaciones con nuestros hijos e hijas. Y fomentar la atención cuidadosa hacia nuestros comportamientos en la crianza es muy útil, sin duda, en una sociedad en la que el maltrato a la infancia está normalizado. 

Sin embargo, existe un grupúsculo de madres, que se dicen abanderadas de la CR, que siembran el caos y el desencuentro en las redes sociales. Atesoran bloqueos de cuenta, disputas épicas en hilos kilométricos que duran días y días, tanto en sus muros como en grupos de Facebook. Su afán parece ser la defensa a ultranza de los niños y niñas. Sin embargo, todo se tuerce cuando sus intervenciones toman un tinte mesiánico que te conmina a reconocer tus errores, a flagelarte en público como madre que calló en las garras de la sociedad enferma, a penar día tras día por todo lo que el mundo tiene de malo y de adultocéntrico y de podrido. Y mira, lo tiene. Pero hay ocasiones en que el mundo es maravilloso, las personas que te rodean son amorosas y los niños y las niñas son felices. Y vas tú, pobre de ti, y se te ocurre comentar lo maravillosa que es la vida. O decir que no es tan mala, oye tú. Ahí pierdes puntos como criandera con respeto. No te importa una mierda, pero los pierdes y además lees durante días estados del Facebook dedicados a tu disonancia cognitiva, a tu coraza de hierro y a todo el odio que encierras. 

Si reconocéis todo esto, es que habéis estado cerca de uno de estos grupúsculos de Maternidad Punky, como dice una amiga mía. Y si lo estáis, sabréis que tenéis que ir con pies de plomo con lo que os atrevéis a decir en las redes, no vaya a ser que alguna Pussy Riot de la crianza se de por aludida y tergiverse lo que habéis dicho para convertirse en la mártir de la CR, una víctima maltratada por sus ideales excelsos, por la pureza de sus creencias y por todo el amor que va dejando a su paso. Si esto sucede, tendréis que aguantar falta de respeto tras falta de respeto. Porque ellas, las damas blancas (ups perdón, blancas no, mejor… ¿rosas?) de la crianza, son muy respetuosas con los niños y las niñas, pero a los demás seres humanos les pueden dar mucho por culo. Te insultarán, te difamarán, incluso se permitirán mencionar a tus hijos e hijas en un alarde de sinvergonzonería nivel superior. 

Esta es una de las cosas que mejor saben hacer estas señoras: hablar de los hijos e hijas de otras personas. Se creen con el derecho de decir quién lo hace bien y quién lo hace mal. Se erijen en jueces sumarísimas de mujeres que pasaban por ahí y tuvieron la insensatez de comentar de manera natural algo sobre su vida cotidiana o algo que les pasó en la crianza de sus hijos. Cuantas mujeres no habrán caído en esa trampa y habrán salido dañadas de esas disputas sin sentido, que solo buscan herir al adversario para conseguir la auto-afirmación del grupo. 

Ya con mis hijos mayores, la verdad es que me paso por el forro lo que me diga ese grupúsculo. Ahora andan diciendo que no me arrepentí de aplicar el método Estivill. ¿Pero quién coño son ellas para hablar de mi vida? ¿Quiénes son ellas para hablar de la vida de cualquier madre? Independientemente de que el método Estivill me parezca una basura con la que un sinvergüenza se lucró, ¿qué derecho tienen estas señoras a decirle a nadie que se arrepienta humildemente de lo que hizo? Y lo peor es que, aunque yo me lo pase por el forro, estas actitudes de secta mesiánica con su gurusa a la cabeza hacen daño a muchas mujeres que están en momentos muy vulnerables de su crianza. Eso no me da lo mismo. Eso me cabrea mucho: que en nombre del respeto, un grupo de skinheads de la maternidad se permitan ir repartiendo inquina y mala sangre a diestro y siniestro. Eso sí: las malas somos las demás, que tenemos los ojos cerrados a la verdad, nuestra herida primal sangra y no somos capaces de ver la luz que ven ellas, las salvadoras de los niños y las niñas en un mundo de adultos rapaces y crueles. 

Métodos educativos made in Spain

Me ha costado darme cuenta de que el problema del sistema educativo español no sólo es la pésima formación de las maestras y maestros. A esto se une la moral pedagógica que subyace a las prácticas disciplinarias de estos profesionales y de las instituciones que forman parte. Vamos a describir algunas de estas prácticas.

1. Castigos colectivos: Esta práctica consiste en someter a una sanción a un grupo de niños y niñas cuando no se sabe quién o quienes son culpables de un estropicio, daño o ruptura. Con esto se consigue coaccionar al grupo para que acuse al culpable o que el culpable confiese para que no castiguen a sus compañeros. Va en contra del derecho a la presunción de inocencia y no se recoge en ningún reglamento como sanción permitida. Es injusta por definición y no tiene justificación usarla en ningún contexto. Es propia de campos de concentración y cárceles decimonónicas.

2. Humillación pública: Cuando mis hijos me contaron el método que usaba una de sus maestras para conseguir que los niños que no querían separarse de sus madres dejasen de llorar me quedé atónita. Les había enseñado una canción que todos cantaban al unísono señalando al niño en cuestión. La canción decía “niño bebé, chupete y a la cuna”. ¿Qué os parece como forma de consolar a un pequeño que se siente mal, angustiado, separado de su madre? Esta técnica adquiere matices diferentes a medida que se avanza de curso. Un castigo habitual cuando un niño de los primeros cursos de primaria se convierte en un estorbo para la maestra consiste en enviar al niño a un aula de infantil. Curiosa forma de cambiar las ratio. ¿Qué consigue la maestra con esta treta? Nunca hemos llegado a averiguarlo, no viene en ningún manual de Psicología de la Educación. Lo que sí sabemos es que a veces la estrategia cambia, y los niños son enviados a los grupos de mayores para que se rían de ellos. Diabólico ¿verdad?

3. Afirmaciones negativas sobre uno mismo: Este último procedimiento lo he conocido durante este curso. Consiste en que la maestra hace escribir al niño en el cuaderno o la agenda una afirmación negativa, como por ejemplo “soy muy lento, necesito espabilar” y le hace llevarle la nota a su madre para que la firme. De esta forma, el niño está confesando delante de su madre, que suscribe frente a la maestra la afirmación negativa sobre su hijo. Este método produce a veces intercambios epistolares muy interesantes entre las maestras y las madres, pero no tienen ningún valor pedagógico. 

4. Retención en el colegio más allá de la hora de salida: Por último, os hablaré de un último método que nos tiene estupefactas a las madres durante este curso. Llegamos a las 14:00 a las puerta del colegio y esperamos al menos 15 minutos hasta que salen nuestros hijos. La maestra les ha retenido porque dice que estaban hablando. La semana que viene creo que adoptaré el mismo método: llevaré a mi hijo 15 minutos más tarde al colegio y así tendrá más tiempo para desayunar. Ah ¿que eso se considera impuntualidad? Sospecho que no se valora con el mismo rasero el tiempo que pierden de clase y el que nos hacen perder a nosotras esperando en la calle. 

Y hasta aquí la relación de métodos pedagógicos bizarros que usan los colegios españoles, todo ello aderezado con la estratagema de investir con el calificativo de autoridad al profesorado de algunas comunidades autónomas, lo que les da más credibilidad que a los niños y a sus familias en aras de una supuesta protección de su persona y su dignidad. Increíble pero cierto, amigos finlandeses. 

Y no, no es que hayamos tenido mala suerte. He escuchado de boca de distintas familias de distintas comunidades y distintos tipos de colegios relatos semejantes. Que no, que no son excepciones. Son cosas que pasan en las escuelas españolas. 

Lo que decía mi madre es un clamor


Hace 16 años, cuando tuve a mis pequeños monster, mi madre alababa continuamente las labores de cuidado de su santo padre (el de los monster). Que si fíjate que los cambiaba, que si fíjate que hacía los biberones, que si fíjate y tal. Yo estaba pringada hasta las orejas, no hace falta decirlo, pero a mí nadie me decía lo bien que lo estaba haciendo. Era mi obligación, mi sino, mi casta. Y además me tenía que sentir mal porque el santo hiciese sus tareas vinculadas a la paternidad. 

Me enfadaba bastante, la verdad. Igual que me enfadé con Errejón cuando publicó este estado de Facebook de David Bravo diciendo: 

Os dejo esta reflexión de David Bravo, tan brillante como necesaria, conciliar y cuidar tiene el mismo valor lo haga una mujer o un hombre.

¿Y por qué me enfadé? Pues porque no hace mucho tiempo, Íñigo Errejón alababa a las personas que renunciaban a su vida y a su familia para dedicarse al partido y les trataba como verdaderos héroes. Podría ponerme a rebuscar en su Facebook para encontrar la entrada en concreto, pero como es una de esas personas dedicadas, tendría que bucear entre miles de estados. Es decir, viva los hombres cuando se dedican al partido, viva los hombres cuando cuidan a sus hijos e hijas, viva los hombres, siempre tan brillantes, cuando dicen que no les alaben, que está haciendo lo que siempre han hecho las mujeres. Nosotras, que llevamos tanto tiempo diciendo lo mismo, ya se sabe que no somos brillantes, sino feminazis de baja estopa. 

En fin, esto tomárselo con humor, hombres conscientes. Ya se sabe que, hagáis lo que hagáis, lo vais a hacer mucho mejor que nosotras. Si hasta he tenido que sufrir mansplainers de hombres que no tenían hijas/os contándome cómo tenía que criar a las mías. Lo mejor es que nosotras nos dediquemos al akelarre y vosotros paséis la aspiradora y cuidéis a las criaturas, además de trabajar y traer el sustento a casa. Sois los putos héroes. Os amamos. 

La familia infantilizada

  

Hay una manada de expertos que hablan de las familias como una célula simple compuesta de papá, mamá y 1,8 hijos/as (niño y niña a ser posible). Hablan de la familia como un ente homogéneo. “Las familias” hacen esto o aquello. Eso cuando no dicen lo de “las mamis” hacen esto o aquello. Consideran a las familias, además, como un ente aborregado que no aporta nada valioso a la educación de los niños y las niñas. Si los adultos que se ocupan de los niños trabajan muchas horas, les acusan de no ocuparse de ellos, de ser cómodos, de no querer pasar tiempo con sus hijos. Pero si los adultos muestran interés por el bienestar de sus hijos, se preocupan por sus emociones e intereses, las familias son acusadas de sobreprotectoras, de hiperpaternidad, de no dejar autonomía a los niños, y bla bla bla bla. 

El caso es que esos expertos y expertas, que no sabemos si forman parte de una familia ellos mismos, o si hablan como hijos, madres, abuelos o maestras, siempre tienen la solución a nuestros problemas, aunque no tengan ni idea de lo que ocurre en nuestras casas, de cómo nos organizamos o la filosofía que seguimos para educar a nuestros hijos. Si no estamos de acuerdo con lo que ellos o ellas proponen, en seguida inventan una etiqueta para desprestigiar la labor de las familias. Este es el caso del concepto de hiperpaternidad o el de sobreprotección. El caso es que siempre hablan de lo que hacemos las madres y los padres como algo terrible que acabará convirtiendo a nuestros hijos en seres inútiles para la sociedad en la que vivimos, sin capacidad de esfuerzo, hábitos o autonomía. 

Pero partiendo de la base de que no hay dos familias iguales ¿es cierto que las familias han perdido en el último siglo la capacidad de educar a sus hijos? Recordemos que la institución escolar tal y como la conocemos es muy reciente, la educación obligatoria se impone durante el siglo XIX, y desde entonces la sociedad ha ido integrando de forma progresiva esta institución en su forma de funcionamiento. La escuela ha asegurado una educación básica para todos y ha conseguido alfabetizar prácticamente a toda la población. Es una herramienta para la igualdad, de eso no cabe duda. Sin embargo, y volviendo a aquello de que no hay dos familias iguales, no todos los niños y las niñas necesitan lo mismo de la escuela. Y, por su puesto, la escuela no puede sustituir a la familia.  

  
 Esta afirmación parece de perogrullo, pero no lo es. La escuela se empeña en cubrir el tiempo que los niños y niñas están en familia con actividades escolares que no tienen nada que ver con su ecosistema. Extienden las horas lectivas e invaden las horas no lectivas, obligando a las familias a seguir actuando como en el colegio. Quieren convertir la casa en una segunda escuela. Y tras este hecho se esconde una gran falta de confianza en la vida desinstitucionalizada. El hogar es un lugar demasiado libre como para dejarlo suelto y sin control. Institucionalizar al máximo la infancia es el objetivo para tener todo atado y bien atado. Queremos ciudadanos que vean la realidad como marca la versión oficial y que no se salgan del camino. 

Todo esto va ligado a la pérdida de autoridad de la madre y el padre, que se ve sustituida por la autoridad de los expertos y las instituciones. Las familias tienen que confiar y delegar en aquellos que dicen saber qué hacer con sus hijos para que se conviertan en personas de provecho. Muchas familias luchan contra esta invasión de su espacio desde el nacimiento de su primer hijo, rechazando las propuestas del hospital para que el parto sea medicalizado, las del pediatra sobre la alimentación cada 3 horas y las papillas de verdura y pollo a los 4 meses, las de la guardería para que enseñen a dormir a su hijo, y las de la escuela para que conviertan su casa en la continuación del colegio. Y es una lucha continua. Lo cómodo es aceptar las propuestas mayoritarias y fluir. 

Pero hay personas que decidimos no fluir y hacer las cosas a nuestra manera. Es lo que tiene el pensamiento crítico: que al final lo usas y no aceptas las imposiciones de la sociedad, que te inbuye cucharadas con el truco del avioncito. Y al vida se convierte en una lucha continua. Pero es que, si no lo haces así, la vida sería tan aburrida. Mirar las cosas desde otros puntos de vista te hace actuar por el cambio. Y está claro que las personas que decimos que no a los expertos tenemos otro plan de ruta. La escuela pública como institución caritativa quedó atrás. Ahora tiene que adaptarse a los tiempos y repensar el tipo de ciudadano que quiere construir. Y esto es, por supuesto, una cuestión política, además de educativa, psicológica, logopédica, etc. Hemos de repensar la escuela desde la ética, e incluir a toda la sociedad en esta reflexión. Y hemos de repensar la formación de maestras y maestros para que sean capaces de cumplir los objetivos que la sociedad les solicita. Porque recordemos esto: la escuela está al servicio de la ciudadanía, no la ciudadanía al servicio de la escuela.

Carlos González pasó de moda

  

Una de las entradas más leídas de mi blog es “Por qué no me gusta Carlos González”. La escribí hace más de dos años en un calentón cuando al señor en cuestión se le fue la pinza y nos aconsejó no divorciarnos hasta que nuestros hijos e hijas cumpliesen 18 años. Como si alguien le hubiese pedido opinión, como si su título de médico pediatra le capacitara para ser consejero de familia. 

Siguen llegando visitas a esa entrada y la verdad es que me sorprende que un señor que ha tratado tan mal al mundo femenino siga teniendo tanto éxito entre las embarazadas y madres jóvenes. ¿Por qué habiendo tantas mujeres expertas y con muchísima experiencia en parto, lactancia, crianza y sueño infantil sigue habiendo tanta mujer enganchada a los dictados del gurú?

No me pasa solo con Carlos González. Cada vez que un hombre abre la boca para decir lo que las mujeres debemos o no debemos hacer con nuestras tetas, con nuestros cuerpos o con nuestra vida tiendo a ignorarle. Una cosa es que digáis ser expertos en lactancia, que puede ser, aunque la verdad prefiero como experta a una mujer que además de conocer la teoría haya amamantado a su bebé. Pero otra muy distinta es que os atreváis a decirnos que tenemos que dejar de trabajar, reducir nuestra jornada o sacar a nuestros hijos del comedor escolar. No, mira. A lo mejor tomando una copa en mi casa, un amigo mío y yo podríamos hablar de ese tema. Pero tú, desde tu púlpito de experto, no puedes hablar más que de aquello para lo que te habilita tu título. A partir de ahí, puedes hablar de tus experiencias, puedes opinar desde el respeto, pero no imponer tu visión de la vida y tu experiencia al resto de la humanidad como lo correcto y lo sensato. 

Afortunadamente, ese tipo de personajes cada vez tienen menos grupies a su alrededor. Se han ido quedando solos y han ido perdiendo potencia. Pero todavía, cuando un hombre abre la boca en una conversación de mujeres, con demasiada frecuencia parece que ha hablado la verdad divina. “¡¡¡Oh sí, cuanta razón tienes!!!” “Te aplaudo de pié” “Ojalá todos los hombres fueran como tú” son algunas de las tonterías cosas que podemos leer a continuación de la palabra del Dios. Y es que somos víctimas del patriarcado, buscando el poder bajo la sombra protectora del macho alfa. 

Así que mujeres, busquen su poder dentro de sí mismas. Carlos González ha pasado de moda, igual que pasó de moda el doctor Spock (Benjamín, no el de Star Treck). Si no se cabrean con las ironías y burlas que el señor González lanza hacia las madres es que tienen sangre de horchata. De otra forma, no me lo explico. 

Discursos de crianza en las redes sociales: La guerra servida

   
Leo un estado de Facebook “Me angustia y amarga la vida leer en casi todos los grupos de maternidad o páginas similares cuando se defienden prácticas o situaciones que desfavorecen al niño y hasta violan sus derechos básicos“. Y pienso “ostras, ya les vale a las madres, defendiendo el maltrato infantil”. Pero sigues leyendo (transcribo textualmente): “Queres destetar a un bebé de 8 meses? Queres q tu hijo de 6 meses duerma toda la noche en otra habitación? Crees que un chirlo a tiempo es una manera de educar? Queres darle de comer yogur a los 3 meses?“A ver… Me he perdido. Vale que eso de dar un chirlo (cachete) a tiempo es un maltrato, ahí estamos de acuerdo. Pero unir esto con temas de destete y sueño, con todo lo que eso conlleva, y decir que esta son prácticas que violan los derechos básicos del niño es poner a la audiencia en una situación un poco comprometida. Empezando por que la mayoría de la población se desteta no ya a los 8, sino entre los 3 y los 4 meses y vive el sueño infantil nocturno como una tortura incomprensible. Así que, de momento, la mujer que ha escrito el estado de Facebook se ha echado encima a un porcentaje elevado de la población materna. Con respecto a lo del yogur, el sistema sanitario no contribuye mucho a la educación para la salud de la población en general, teniendo en cuenta que hay pediatras que recomiendan dar la teta cada 3 horas e introducir la papilla de frutas y los cereales a los 4 meses, así que lo del yogur se hará seguramente pensando que le va a ir estupendamente al bebé, no con la intención de fastidiar su salud.

Sin negar que la lactancia materna es lo más de lo más y el colecho una práctica mágica para dormir cuando tienes un bebé y le amamantas, no podemos ignorar que son prácticas poco habituales en nuestra sociedad. Sin entrar en juicios morales: son poco frecuentes. De modo que llegar al Facebook y hablar de prácticas que violan los derechos del niño refiriéndose a prácticas comunes, aceptadas y habituales en nuestra sociedad es entrar pidiendo guerra. No me digáis que no os habíais dado cuenta. 

Pero todavía hay más. Sigues leyendo y encuentras esto: “…y pretendes encima que nadie te diga nada? Que se responda tu inquietud y ya? Pedís que se apruebe tu decisión y punto? No! Y sabes por qué no? Porque vos no importas… Y de verdad importa poco lo mala madre que te sientas, lo que importa es tu hijo.! 

En esta frase, hay tres cosas que hacen saltar todas las alarmas: 1) Le dice a una persona (una mujer, una madre) que ella no importa. A una madre que ha entrado a un grupo, quizás preocupada, a plantear una duda sobre crianza porque no tiene a nadie a quien preguntar. O sí, pero ha confiado en un grupo de madres virtual. ¿Y le dices que ella no importa? Bastante tenemos las mujeres para que hasta entre nosotras mismas decirnos que no importamos. Ya nos lo dice toda la sociedad al unísono. 2) Está reconociendo que esa persona se va a sentir mala madre al oír lo que le tienes que decir. Y que ese sentimiento no debe ser tenido en cuenta. Quizás porque solo es importante ser empático con las personas pequeñas, pero cuando llegan a cierta edad ya da igual ser o no empáticos: que gestionen sus sentimientos como puedan. Y 3) Le estás diciendo a esa persona que eres tú quien realmente te preocupas por SU hijo, y no ella, que es una egoísta que solo se preocupa porque se siente una mala madre y no quiere escuchar los sabios consejos que vienes a darle. 

Muy pedagógico todo ¿verdad? Es irónico, claro. A mí me parece paternalista, arrogante y muy mal educada esta forma de dirigirse a la gente. Aunque tuviese razón. Si lo que pretende es adoctrinar, está produciendo el efecto contrario: aborrecer a las talibanas de la teta y arremeter contra ellas. Así que luego entras inocentemente en cualquier sitio y dices que tú diste la teta y dormiste con tu bebé y la gente se pone a la defensiva. 

Termina el texto en cuestión diciendo: “Pero no se puede pretender que nos den palmaditas en la espalda y nos tranquilicen a nosotras, adultas, cuando quien queda en desventaja es el menor, y encima bajo el lema “lo que importa es criarlos con amor”… Hay que reveer este concepto de amor que da hasta donde me conviene o me alcanza o puedo y que cuando “el otro”, que además es MI hijo, me molesta enseguida busco la manera de hacerlo funcional a mi vida adulta cagándose en sus necesidades reales. Corran el culo y el ego de ese trono adultocéntrico, por favor.” 

Dicen que no existe la guerra de las madres. Que esta forma de dirigirse a madres/mujeres no es bélica. Que decirle a otra mujer, sean cuales sean sus circunstancias, que es una cómoda que busca su bienestar y que no hace todo lo necesario por él bienestar de su hijo es hacerle un gran favor, abrirle los ojos, traer la conciencia a su vida. Perdonad, chicas, pero no. Esta es una actitud que busca conflicto y guerra, y que no le está haciendo ningún favor a las madres a las que os dirigís, y mucho menos a sus hijos. En una sociedad en la que las pautas las da un especialista, un pediatra, en la revisión del niño sano y las mujeres se limitan a seguir sus indicaciones, creo que estamos errando nuestro objetivo. En una sociedad en la que hay mucha información pero una distribución desigual de recursos culturales y económicos, estamos apuntando al blanco equivocado. 

No me cansaré de decirlo: hacen falta más modelos de maternidades que encuentran soluciones exitosas. Y hace falta que las mujeres dejen de estar tan solas en la crianza. Estas guerras solo generan más distancia y más soledad de la que ya existe. ¿O creéis que los hijos e hijas de las mujeres a las que os dirigís en ese tono están mejor desde que vosotras hablásteis con su madre de sus derechos?

LAS FEMINISTAS DE ANTAÑO Y EL BEBÉ DE BESCANSA

  

Las feministas de antaño nos dicen a las madres feministas de ahora que estamos intentando dar marcha atrás. Que nos consiguieron guarderías y estamos escupiendo sobre ellas. Que ellas consiguieron que fuésemos mujeres liberadas que rendían en el trabajo y nosotras no hacemos más que lloriquear por tener que abandonar a nuestros hijos e hijas en una institución 
Muchas gracias, señoras feministas de antaño, por todo lo que hicieron por nosotras. No sé si tendrán o han tenido alguna vez hijas adolescentes. Llega un momento que empiezan a vivir su vida de adultas y esa vida está a décadas de la nuestra, y es diferente. Nuestras soluciones dejan de funcionar para ellas. Tienen problemas diferentes en tiempos diferentes. Ya no estamos en los 80. Me imagino lo que debió ser madre en los 80, en los 70, en los 60, pero ese tiempo ya pasó. Los problemas son otros. Ya no hay vuelta atrás, sino vueltas de tuerca. 
Lo que sí es verdad es que las soluciones de antes son parte de los problemas de ahora. Institucionalizar a nuestros hijos e hijas a los 4 meses se nos hace cuesta arriba. Nosotras, que venimos de maternidades con lactancias de 3 meses y pelargón a cucharadas mientras nuestra madre (y nuestro padre) se iba a trabajar y no sabía dónde dejarnos hemos querido hacer las cosas de forma diferente. Hemos reaccionado ante esa brutal ruptura del vínculo que supone dejar a tu bebé en manos desconocidas que le van a dejar llorando en una habitación de lactantes desconsolados. Hemos querido vivir nuestra maternidad y hemos querido que nuestras hijas e hijos tengan cantidad de calidad y calidad de cantidad. Pero también hemos querido estudiar, trabajar, leer… Vivir. Lo hemos conseguido a medias, pero somos conscientes de que nuestro objetivo es, en parte, contribuir a un mundo más humano que recupera la infancia para ponerla en el centro. 
Ser madre no es un trámite. “Cuando llegas a los 30 debes ir pensando en que se te pasa el arroz” es un mantra que machaca el cerebro de muchas mujeres. Y luego, cuando los tienes, te das cuenta de que no es como te contaron. Que los niños y las niñas requieren gran cantidad de energía y amor para crecer emocional y físicamente. Y que la conciliación es un cuento que nos contaron alguna vez y que ni existe ni existirá en una sociedad que no respeta a sus criaturas. Nosotras hemos traído a la conciencia femenina que la presión a la que nos someten para ser madres es una trampa. No queremos ser madres así, como si fuésemos maquinaria que, una vez expulsado el producto, sigue funcionando como si nada hubiese pasado.
¿Y nuestros maridos? Señoras feministas de antaño, en algunos casos, el marido ni está ni se le espera. En otros, la conciliación es tanto problema para nosotras como para ellos (sin contar con la lactancia, que eso ellos no pueden hacerlo y nosotras sí, si queremos). Y en otros casos, el marío sale de casa sin preguntarse qué va a pasar ese día con sus hijos. Espetar en la cara de una mujer que va con su bebé “Oye guapa, ¿dónde está tu marido?” es culparnos a todas de la ausencia del progenitor biológico de la criatura. Y eso una feminista no lo hace, señoras feministas de antaño.

Se convertirán en unos vagos

Mis queridos señores, si debemos gastar cada año sumas tan considerables en cañones, caminos, puentes, represas e innumerables cosas de ese tipo para asegurar la paz temporal y la prosperidad de una ciudad, ¿por qué no deberíamos destinar mucho más a la pobre juventud desatendida —al menos lo suficiente para emplear a uno o dos hombres competentes para enseñar en las escuelas? (Lutero, 1524, p. 350; traducción de Roldan Tomasz Suárez Litvin, 2003)

Hoy quisiera hablar del mito de la sobreprotección, esa idea relativamente extendida de que la paternidad consiste en hacer sufrir relativamente y frustrar en cierta medida los deseos infantiles y juveniles de nuestros vástagos para que puedan adaptarse a la vida que les espera de adultos. Esta es una idea muy luterana, muy de la reforma: la función de los padres es meter en vereda a los niños y niñas para ponerles al servicio del sistema. En aquella época era la religión, en esta es el capital. El caso es que marquemos un camino definido y concreto por el que las niñas y niños tienen que  transitar hasta convertirse en siervos disciplinados. Las familias que intentan proteger a sus hijos de este camino de sacrificio son familias sobreprotectoras que viven, dicen con sorna los luteranos del XXI, en un mundo de fantasía y que acabarán malogrando las vidas de sus hijos. 

Sin embargo, la preocupación por la educación y la crianza de estas familias a las que se tilda de sobreprotectoras tiene sus miras en objetivos muy diferentes a los de Lutero. Conscientes del encorsetamiento social al que la educación reglada somete a sus hijos, buscan la forma en que sus hijos e hijas sean capaces de plantar cara al sistema y saber desarrollar sus competencias de una manera libre y creativa. Esto, inevitablemente, desafía el sistema. La creatividad no tiene cabida en un sistema educativo cuya única finalidad es uniformizar al alumnado y convertirlo en un ejército dócil. No puede ser creativo un sistema educativo que perpetúa las desigualdades sociales planteando, de manera superficial, un falso halo de igualitarismo. 

“El mito, por ejemplo de que el orden opresor es un orden de libertad. De que todos son libres para trabajar donde quieran. Si no les agrada el patrón, pueden dejarlo y buscar otro empleo. El mito de que este ‘orden’ respeta los derecho de las personas humanas y que, por lo tanto, es digno de todo aprecio. El mito de que todos pueden llegar a ser empresarios siempre que no sean perezosos y, más aún, el mito de que el hombre que vende por las calles, gritando ‘dulce de banana y guayaba’ es un empresario tanto cuanto lo es del dueño de una gran fábrica”. Paolo Freire

Por tanto, las familias sobreprotectoras son muy peligrosas para el sistema. No permiten que sus hijos se hijas sean machacados en la escuela. Tampoco machacan a sus hijos e hijas dirigidos por el sistema, por los supuestos expertos que intentan manejar nuestras vidas. No lo permiten. Son los padres y madres que se niegan a que sus hogares se conviertan en una extensión del aula. Los que no responden a las notas de las maestras quejándose de que los niños no atienden en clase dándo al niño un capón en la cabeza. Son los que comprenden que el aprendizaje es un camino de placer y de sabidurían, y no de codos y de sufrimiento. ¿Recuerdas haber aprendido algo valioso mientras subrayabas en rojo unas cuantas frases que te habían mandado estudiar de memoria? 

Nuestros hijos e hijas, los de las familias sobreprotectoras, se convertirán en unos vagos. No trabajarán para este sistema. Quizás no lleguen a ser del todo felices, porque vivir fuera del sistema no es fácil. Pero sus vidas serán intensas. Crearán. Serán diferentes. Trabajarán fuera del mecanismo. Se librarán de la neurosis aunque la sociedad les inunde de estrés. Y crearán sus vidas, esto es lo más importante. Tendrán la oportunidad de crear su camino a medida que lo vayan andando. Y su vida tendrá la posibilidad de ser poética. 

No es teta todo lo que reluce

  

Yolanda era una niña de 6 años. Como yo. Era mi mejor amiga. Mi única amiga. Rosi era la matona de la clase. Ella y sus secuaces esperaban a Yoli a la salida para pegarle. Pero yo le acompañaba, y como era alta para mi edad, y además era la hija de la maestra en una pequeña escuela rural, le dejaban en paz. No entendía por qué nadie quería ir con ella. Ni lo entenderé nunca. 

La única vez que estuve en casa de Yolanda probé las patatas cocidas por primera vez. Nunca más una patata cocida me ha sabido tan a gloria como aquella. Quizás porque su madre me la ofreció como si de un gran tesoro se tratase, como ofreciéndome lo más valioso que había en aquella casa. La casa estaba construída aprovechando una cueva. Era oscura y sin ventanas. No estuvimos mucho tiempo allí y solo recuerdo la ropa negra de su madre y el sabor de esa patata. Después corrimos otra vez a la calle y jugamos a las maestras. 

Yo siempre hacía de maestra y Yolanda era la alumna. Yo me sentía bien en el rol dominante, y ella parecía disfrutar del rol obediente. Hacía todo lo que yo le decía y disfrutaba tanto obedeciendo como yo mandando. Éramos felices juntas. La echo de menos. Un día, cuando ya nos habíamos ido a vivir a Madrid, le pregunté a mi madre por ella. Todos se callaron y se me quedaron mirando con cara de circunstancias. Yolanda había tenido cáncer y había muerto. Nadie me había dicho nada hasta entonces. Sentí que mi infancia se diluía en un instante. Hasta entonces, siempre había supuesto que algún día volvería al pueblo y le daría una sorpresa llamando a la puerta de su casa. No contemplé la posibilidad de no volver a verla nunca más.

Muy pocas veces he vuelto a sentir una amistad como aquella. Quizás mi memoria infantil magnifique los pocos momentos que pasamos juntas, pero esos momentos fueron auténticos. Sin rencillas, sin envidias, sin reproches, sin luchas de poder. Ella aceptaba mis rarezas. Yo aceptaba las suyas. A partir de entonces, el mundo cambió a peor. Nunca me he manejado bien entre mujeres. No comparto esos códigos. No me gustaba entonces (y mucho menos ahora) seguir a las divas y apoyar sus maniobras de acoso y derribo a los objetivos elegidos por ellas. Tampoco me gustaba convertirme en diva y tener seguidoras a las que manipular a mi antojo: odio la adulación y los aplausos de pié. Pero es realmente difícil encontrar un grupo de mujeres con las que entablar una relación igualitaria. 

Desisto. Paso de vosotras, chicas. Así, en general. Hay honrosas excepciones, eso no lo puedo negar. Pero, por lo demás, el paraíso prometido de sororidad, energía femenina entrañable y hormonas del amor ha resultado ser un fraude. Ya no me creo nada. El feminismo siempre ha estado presente en mi vida, y lo seguirá estando, pero está cambiando de ola. No podemos esperar que cambie la otra mitad de la población y nosotras seguir siendo como somos, actuando como actuamos con nosotras mismas. Es una mierda. De verdad, nos lo tenemos que hacer mirar. Así, como concepto.