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El club de las madres chungas

Este club surge de mano de nuestra amiga Marta, gran administradora del grupo BDD. Y es que hace falta ya. Hace falta, porque esto se está yendo de las manos. Estamos hartas de que se nos infantilice y menosprecie. Estamos hartas de que los profesores megaestrella y sus maestras esbirras en las RRSS nos traten de ignorantes, simples y catetas. Y encima lo hagan desde una presuposición profundamente clasista y machista: que las madres, las pobres, no han tenido tiempo para formarse, no saben nada de educación y navegan por las redes sociales criticando a profesionales excelsos que solo desean el bien de sus hijos e hijas. Incluso que les van a salvar de ellas a los pobres.

Uno de los casos más sangrantes es el del profesor de Enseñanza Secundaria, Pablo Gallardo Poo, que en su libro “Espabila, chaval”, nos pide que imaginemos a una madre abogada que, como no sabe biología, no deduce que el dolor de barriga de su hijo se debe a un simple virus. La pobre madre abogada lleva a su hijo al hechicero más cercano, en vez de darle, dice el profesor Poo textualmente, antibióticos. En este párrafo, incurre en varias estupideces. En primer lugar, creer que hace falta que una madre estudie biología para llevar a su hijo al pediatra. Cuando, seguramente, cualquier madre esté más informada que Poo sobre el hecho de que los virus NO se curan con antibióticos, y sin haber estudiado biología.

En hecho de que las madres (#NotAllMothers) gocemos de tan mala prensa entre los grupos de docentes se debe seguramente al imaginario social de los años 50, en el que las madres eran aquellos ángeles del hogar que horneaban los applepie que humeaban en las ventanas y preparaban el almuerzo al hijo. Ese dulce ser reía de bromas entre hombres que no entendía, cuidaba a los inteligentes machos que traían el pan a casa y nunca se preocupaba por los terribles hechos que relataban los periódicos y la radio. Ellos, que nos tienen en ese pedestal de ser bueno y tonto, de repente se encuentran con que las madres les rebaten sus argumentos, cuestionan su concepto de evaluación por competencias, les afean sus actitudes altaneras y clasistas hacia sus alumnos y las familias de sus alumnos y les piden respeto. Es entonces cuando nos convertimos en MADRES CHUNGAS.

A las madres chungas se les han acabado las manzanas para la maestra. Saben detectar una mala práxis en el entorno escolar en cuanto la ven, y además saben cuándo y cómo pedir un cambio. Saben distinguir la manida hiperprotección de su responsabilidad de velar por los derechos y el bienestar de sus hijos. Por tanto, no se dejan llevar por los sibilinos discursos que nos sitúan como histéricas que van a defender a sus maleducados vástagos. Que a veces, señor profesor, señora profesora, la maleducada es ustéd. Y a veces, nuestros hijos e hijas llegan tan bien educados de casa que no soportan que un señor al que conocen de lejos (y que les conoce de lejos) presuponga que les tiene que increpar para que espabilen.

Yo entiendo que un gremio que ha necesitado que, en algunas comunidades, les eleven a condición de autoridad pública para defenderse de las personas a las que se supone que tienen que educar tiene que estar muy falto de formación educativa. Porque si una madre abogada que no ha estudiado biología corre el riesgo de llevar a su hijo a un hechicero, un profesor que no ha estudiado, digamos, pedagogía, corre el riesgo de educar usando los lemas “la letra con sangre entra“, “la memoria y el conocimiento son lo importante” o “aquí, el que manda soy yo” mientras gritan al cielo que en la escuela se enseña y en la familia se educa.

Las madres chungas no nos callamos. Leemos, nos informamos y sabemos cuándo un libro sobre educación es una joya o una bazofia. Porque formarse, en la edad adulta, y con ciertas competencias de aprender a aprender, tan denostadas por esos profesores de la vieja escuela, es posible. Señor profesor, su pedestal no es tan elevado. Tiene que aprender a respetar a las personas que hablan de educación basándote en argumentos reales y no en falacias de autoridad. Es duro tener que argumentar con madres, con señoras, a las que tan poco conocimiento se les supone en general ¿verdad? Pero todo es acostumbrarse. Y mientras, no le vendría mal estudiar un poco de biología.

7 consejos para la vuelta a clase

Ey, profes de instituto: comienza el curso ¿no, carrocillas? Otra vez a tomarse el café de pie y con prisas mientras juramos en hebreo por tener que entrar a primera hora, otra vez entrar en un aula abarrotada de críos y crías que aúllan, otra vez la tiza y la pizarra, y a contar lo de siempre. No se puede empezar un curso a tontas y a locas: ¿has pensado todo lo que vas a hacer este curso? ¿Has actualizado contenidos, rediseñado materiales, pensado actividades para trabajar los conceptos fundamentales de tu asignatura, nuevas formas de evaluación, etc.? ¿Has pensado cómo mejorar tu docencia? Ya sé que está ajetreado viendo cómo suben las visitas a tu último video o artículo en el Huff, que no has tenido tiempo de reflexionar sobre las claves del éxito en tu docencia. Pero hoy, como si fueras un alumno en tu primer día de clase, te voy a dar siete consejos fundamentales para triunfar en las aulas.

1.- Ánimo, que tú puedes

Ya sé que ves en tus estudiantes una manada de vagos y vagas, pero tu misión es que se apasionen por tu asignatura. ¿Has pensado cómo motivarles, cómo vincular sus conocimientos previos con los nuevos conocimientos, cómo conseguir que caigan en la cuenta de lo interesante que es conocer lo que tú les puedes enseñar? Recuerda, además, que las medidas de atención a la diversidad en nuestro país no son muy boyantes, por lo que tendrás que hacer un esfuerzo extra para detectar las necesidades específicas de tus alumnos y ofrecerles algún tipo de apoyo. A lo mejor crees que no es tu obligación, pero todas las personas tienen derecho a la educación ¿no? Lo que te estoy proponiendo no es que conviertas tu clase en un circo, sino que aprendas a enseñar, cosa que va mucho mas allá de vomitar contenidos en un aula y corregir exámenes.

2.- Conoce a cada estudiante

Sí, ya sé, son muchos, muchísimos. Pero compréndelo: no todos ellos aprenden de la misma manera, ya se sabe que cada chaval o chavala es un mundo. Es fundamental conocer a cada uno de ellos y comprender sus peculiaridades. Unos aceptarán tus bromas y otros se enfadarán y no tolerarán que te pitorrees de ellos delante de la clase. Es interesante que les conozcas por su nombre y demuestres que no son para tí un simple número. Ya sabes que puede que te cueste adaptarte cada año a un nuevo grupo con sus diversidades y peculiaridades, pero siendo flexible y receptivo evitarás desencuentros y mejorarás tu docencia. No pretendas que la clase se adapte a tí: adáptate tú al grupo. Será más sencillo.

3.- Intenta revisar tu planificación a lo largo del curso

Esta es la gran utopía de cada año, pero sigue intentándolo. Para adaptarte a las necesidades de tus estudiantes será necesario, seguramente, revisar las actividades, los materiales y las formas de evaluación que tenías pensado poner en práctica. No hace falta que realices cambios drásticos y seguro que en la administración no te llaman la atención por introducir cambios por motivos pedagógicos (ups, he mentado a la pedagogía, sí). Recuerda que si dedicas tiempo en tus clases a realizar tareas que ayuden a profundizar en los contenidos, no dejarás al azar el aprendizaje de los estudiantes. Memorizar para un examen no es aprender: es algo que, después de nuestra experiencia como alumnas y alumnos, deberíamos tener claro.

4.- Sondea el aprendizaje de tus estudiantes: ¿tienen dudas?

Recuerda que debes tener estrategias para saber si tus estudiantes están aprendiendo y comprendiendo lo que les intentas enseñar más allá del examen, en el día a día, poco a poco, para que al final no te encuentres con un aula que no ha entendido nada de lo que les has contado. Entiendo que, a veces, la desidia os puede y os limitáis a soltar el rollo y observar sus caras inexpresivas. Si eres tímido puedes usar un montón de herramientas digitales que tienes a tu disposición. Kahoot! y Appgree son dos de ellas. Ya sé que estás en contra de todas esas cosas modernas, pero pruébalas: alucinarás.

5.- Coordínate con tus compañeros

En vez de dedicaros a tiraros los trastos en el claustro ¿habéis probado a constituiros como verdadero equipo docente? Yo os animo a ello este curso. Reuníos para pensar las cosas que podéis hacer en común para mejorar la convivencia del centro y el aprendizaje de vuestros estudiantes. La docencia en un centro de enseñanza como el vuestro no es una actividad individual, sino colectiva, y si no aprendéis a colaborar nunca alcanzaréis la excelencia que os habéis puesto como meta. Bueno, quizás exagero y no buscáis la excelencia, pero venga, coordinaos y haced de vuestro centro un centro mejor.

6.- Usa la agenda

Ya sabes lo importante que es la planificación para la buena marcha del curso escolar. Anota todos los hitos importantes, las actividades que harás en clase, las fechas de entrega de trabajos que les has dado a tus estudiantes a principio de curso, etc. Si tú estás organizado, ellos también se organizarán.

7.- Prueba y elige tu técnica de enseñanza

No sabes enseñar, y en parte es culpa de cómo esta organizado el sistema educativo español: deberían exigir una habilitación decente para el profesorado de secundaria. Pensáis que enseñar es decir lo que sabéis delante de una clase que os escucha en silencio y memoriza para el examen, y no es así. Por eso, vuestros estudiantes se desesperan en esas clases en las que os da la verborréa y luego, en casa, intentan desentrañar de qué iba todo ese discurso. También están aquellos que se aburren solemnemente, porque van sobrados y no necesitan tanta sobreexplicación y tantos consejos no solicitados.

Recuerda: la clave está en conocer a tus estudiantes y desarrollar estrategias educativas para que construyan activamente el conocimiento sobre aquello que quieres que aprendan. Fliparás con los resultados si observas, planificas y pones en marcha actividades motivantes en las que tengan que usar el conocimiento que quieres que asimilen. ¡Ánimo! El curso acaba de empezar. Todavía estás a tiempo.

Los nostálgicos de la nocilla arrementen contra el brócoli

No hay nada más absurdo que la nostalgia de los malos hábitos de nuestra infancia. Es verdad que éramos felices e inconscientes cuando viajábamos en la parte trasera del Seiscientos sin cinturon y durmiendo a pierna suelta. Eso no significa que ahora que tenemos hijos, queramos reproducir esos patrones que se han ido depurando con el descenso de muertes en accidentes de tráfico gracias a los sistemas de sujeción.

Lo mismo pasa con la alimentación. Antes, los refrescos de Cola, las cremas de cacao y el chocolate, la mantequilla y el chorizo eran nuestras meriendas habituales. Luego pasamos a los lácteos de distintos colores. Y las cosas no han cambiado mucho si comprobamos que las tasas de obesidad y sobrepeso infantil son altas y son consideradas un problema de salud pública. Por tanto, restarle importancia a las bondades de una dieta saludable y relacionar éstas con los "gurús de la alimentación sana" es irresponsable y absurdo.

Vivimos en una época en la que la gente tiene compulsión por la creación de etiquetas diagnósticas. En este contexto, Steven Bratman acuñó el término ortorexia  para referirse a un supuesto trastorno de la alimentación que consiste en la obsesión patológica por comer sano. Sin embargo, esto no significa que debamos calificar a todas las personas que se preocupan por su alimentación y la de sus hijos e hijas como ortoréxicas. Los alimentos procesados invaden las estanterías de nuestros supermercados, y los efectos de este tipo de comidas en nuestra salud están más que documentados. Querer cerrar los ojos a ello no debe suponer la patologización de las personas que se molestan por poner todos los días en su mesa una alimentación relativamente sana.

Nos guste o no, el azúcar refinado es muy perjudicial para nuestra salud. Y eso no lo dice un lobby que señala con el dedo a las mujeres que no dan el pecho. Lo dicen los estudios científicos, por ejemplo los que investigan la relación que pudiera haber entre el consumo de bebidas azucaradas y el TDAH. Y la causa de la bulimia y la anorexia nerviosa, trastornos alimenticios devastadores, no es la obsesión por una dieta sana, sino la presión que la sociedad aplica a nuestros jóvenes para tener un cuerpo perfecto y la distorsión de la propia imagen corporal. Precisamente, uno de los consejos que se ofrecen para prevenir estos trastornos es una adecuada educación para la salud, que incluye el saber alimentarse de una manera sana y equilibrada. Y el atracón no es la consecuencia de una dieta sana, sino de una dieta restrictiva que produce un déficit calórico. Para documentarse, se puede consultar el libro de Crispo, R., Figueroa, E., & Guelar, D. (1997). Anorexia y bulimia: lo que hay que saber. Gedisa.

Por tanto, cuando escribimos artículos de opinión como este, que son una oda nostálgica a la generación de la Nocilla, quizás deberíamos documentarnos un poco mejor y no soltar al aire ideas poco calibradas. Que cada cual se alimente como quiera, pero las familias que cuidan la alimentación de sus hijos no tienen por qué ser ridiculizadas y menospreciadas. Si ves a un niño merendando fruta, ya sé que algo se revolverá en ti y añorarás el pan con mantequilla y azúcar. Eres libre de correr a la nevera a ponerte uno, pero no quieras que todo el mundo te siga con pasión y alegría: los demás también somos libres de que eso nos parezca una guarrada.

Las madres felices


Sí, es así, afortunadamente. Existen madres felices. Madres que están conectadas con su útero cual antena wifi. Madres que han tenido un parto gozoso, una pareja amorosa y presente, una red de apoyo rica y surtida, un sostén económico que las permite gozar de la crianza como si fuera el paraiso: las viandas siempre listas y a su alcance, ausencia de dolor tanto físico como psicológico, llenas de oxitocina y de instinto animal. 

¿Quién va a protestar por algo así? ¿No es algo de lo que alegrarse? Pues claro que sí. Es genial. 

Lo que no me parece ya tan bueno es que este estado de embriaguez y feliz maternaje se presente como algo que cualquiera puede alcanzar. Igual que se ha criticado hasta la saciedad a Samantha Villar por sus quejas públicas hacia la maternidad por generalizar y por no haberse informado antes de qué era eso de tener hijos/as, plantear que la maternidad gozosa es algo que cualquiera puede alcanzar si se informa bien y hace las cosas como diosito manda es poco respetuoso hacia la realidad de muchas personas. 

En primer lugar, para gozar de la maternidad, muchas mujeres deben renunciar a la forma de vida para la que han sido criadas y educadas desde muy pequeñas. Criar con placer es incompatible con tener éxito en el ámbito profesional, al menos el éxito al que estamos acostumbradas y a lo que llamamos éxito en una sociedad patriarcal. Es una gran renuncia que hay que asumir y para la que hay que estar preparada. Luego ya puedes decir que has sido felicísima criando a tus hijos e hijas (yo lo he sido), pero llega un momento en que se van de casa, y ahí te quedas, con todo por hacer, empezando por donde lo dejaste y teniendo que recuperar 20 años que pasaron sin darte cuenta. Así que elige: o eres felicísima criando a tus hijos o eres felicísima criando a tus obras. Y sí, puedes entonar el Aleluyah por tu oxitocina, pero la oxitocina tiene fecha de caducidad y seguimos viviendo en el mismo mundo. Es verdad: es una frivolidad querer tener éxito en el trabajo, y mucho más mamífero y elevado espiritualmente moldear tu obra y dejar unos hijos e hijas maravillosas para la posteridad. 

En segundo lugar, la situación del parto en nuestro país está lejos de cambiar. Las mujeres siguen pariendo envueltas en maltrato institucional. La culpabilización de la víctima en este tema es muy canalla. La sociedad te marca el camino para parir en los hospitales españoles, con tasas de cesárea elevadísimas y con prácticas intrusivas discapacitadoras y alienantes. De estas situaciones de indefensión en el parto derivan muchas situaciones de depresión post-parto que no permiten la vinculación adecuada con la criatura y que convierten el puerperio en un calvario. Si me encuentro en ese momento con una de esas madres felices que me dice “haberte informado” lo único que se me ocurre es escupirle a la cara, de verdad. Incluso cuando digo que mi segundo parto fue un parto gozoso en casa lo hago con mucho cuidado, porque hay mujeres que no se lo pueden permitir, ya sea económica o psicológicamente. 

Y en tercer lugar, la familia es una institución que se desmorona. Por arriba y por abajo. Cada vez contamos menos con el apoyo de nuestra familia para criar, ya sea por la distancia física o por la distancia emocional. Y el índice de separaciones y divorcios es cada vez más elevado. En este contexto, encontrar una situación en la que la pareja es sustentadora y la red social de apoyo de la madre es sólida, pues es bastante raro. Y eso no se busca: se encuentra. Culpar a la víctima en estos casos no solo es canalla, sino que además denota maldad y falta de empatía. Seas o no madre feliz. 

En definitiva: ser feliz es maravilloso, pero no puedes ir por ahí diciendo a la gente que no es feliz porque no quiere. El que tus circunstancias te hayan llevado (con mucho esfuerzo, seguramente) a la felicidad materna no quiere decir que el resto de la gente quiera o pueda seguir tu camino. Me encanta cuando la gente dice que es feliz. Pero la verdad, cuando alguien te está diciendo que es infeliz, no es el momento adecuado para decir “pues mira, yo soy felicísima, porque he hecho esto, esto y esto, no como tú que lo has hecho fatal”. ¡¡Hombre ya!! Que no se trata de que seáis unas retrógradas (retrógradas hay en todos lados). Se trata de tener la empatía donde la espalda pierde su bello nombre. 

Los padres cuarteleros: Una tendencia en alza

Tomada de Pixabay

Los expertos lo han detectado con su radar “encuentra fenómenos”. Son los padres cuarteleros. Tratan a sus hijos a golpe de silbato, les educan en un ambiente absolutamente dictatorial y nunca les ayudan a levantarse cuando se caen. Esta forma de educación, que se puso de moda tras la adopción de las tesis de ese concepto pseudocientífico llamado “hiperparentalidad”, está acabando con la autonomía y la autoestima de niños y jóvenes, que tienen sistemas nerviosos débiles y son incapaces de enfrentarse a los retos más sencillos de la vida, como tomar decisiones por sí mismos, hacer amigos, abordar los conflictos con serenidad o mantener conversaciones distendidas. 

Los padres cuarteleros hacen oídos sordos a las quejas de sus hijos. No importa que lleguen llorando a casa del colegio con un ojo morado. Les dicen que se defiendan, que devuelvan el puñetazo y que no lloren como nenazas. Si su hijo es una hija, les dicen que algo habrán hecho, que sean tranquilitas y jueguen a la goma en el patio, así no se meterán en líos. Es así como los casos de acoso en el colegio han aumentado de forma alarmante: sin un control por parte de las familias, que son las encargadas del bienestar de los menores, no hay nadie que ponga freno a la escalada de violencia en los colegios e institutos. 

Además, este tipo de padres no atienden a sus hijos cuando sufren accidentes o tienen dolores. Son de la idea de que, cuando un niño se cae al suelo, hay que dejar que se levante solo para forjar su fortaleza y valentía. De este modo, están llegando a los hospitales niños con fracturas antiguas mal soldadas que no fueron atendidas debidamente en su momento. Además, los niños crecen con la idea de que no hay que ayudar al otro cuando tropieza y estamos asistiendo al surgimiento de una generación de adolescentes insensibles ante los infortunios de sus semejantes, que pasan sin mirar a las viejecitas que encuentran tiradas en el suelo y que no ceden el asiento en el metro a las embarazadas. 

Marilita Jiménez, experta en ingeniería genética en la Universidad de Gayamil, afirma que estos padres crían a sus hijos como si fuesen infantes de la marina. Las maneras espartanas en la educación están dando lugar a gran cantidad de casos de estrés postraumático en niños y adolescentes, que llegan gritando “SEÑOR, SÍ SEÑOR” a las consultas de psiquiatría. “Como sigamos así, en unos años vamos a tener zombis en vez de personas paseando por las calles” afirma la experta. 

Quedaron atrás los tiempos en los que se daba crédito a las teorías que afirmaban que una crianza respetuosa y con amor generaba individuos respetuosos consigo mismo y con sus semejantes. En la actualidad, parece que estamos educando a soldados que van a ir a la guerra a combatir por su patria, más que a ciudadanos conscientes y resilientes, preocupados por contribuir al bien común. Y es que necesitamos personas que se construyan sobre una base sólida de apoyo, respeto y amor por parte de sus progenitores, y no de individuos obedientes sin autoestima que no sepan relacionarse con los demás porque nunca les han cuidado. 

La autoridad del profesorado

Leo con estupefacción que un señor que es profesor, aunque ataca a las disciplinas encargadas de estudiar el hecho educativo con saña y odio, ha ido a hablar al parlamento de Navarra sobre la necesidad de dar más autoridad al profesorado. A él le gustaría que se hablase de autoridad más que de protección, pero da por bueno hablar de una ley de protección del profesorado.

Vamos a ver. Los necesitados de protección son los menores. Siempre y por encima de todo. Partiendo de ahí, el profesorado se debe dotar de herramientas para la resolución de conflictos en el aula. Haya o no haya ley, el poder en el aula lo ejerce el profesorado. Tiene cogidas las riendas y es el menor el que tiene las de perder. Aunque nos inunden con historias del pobre profesor que es diana de las burlas de sus malvados estudiantes, en las que él siempre termina de baja por depresión, estamos hablando de alumnos y alumnas que tienen entre 12 y 16 años (asumo que estamos hablando de la etapa obligatoria de la E.S.O.). Para gestionar un aula, hay que desarrollar competencias pedagógicas que te permitan manejar las dificultades.

Este señor dice que los docentes tienen derecho a ejercer su labor en unas condiciones adecuadas. Olvida que el derecho constitucional es el de la educación, y su labor es que los niños y niñas hasta los 16 años puedan disfrutar de este derecho. Esto implica que un docente tiene que ser especialista en trabajar con adolescentes. Su labor no es llegar a una clase y empezar a soltar su perorata mientras los estudiantes le miran con admiración e introducen la información en sus cabezas. Su labor es potenciar el aprendizaje de una manera adecuada a la edad y los conocimientos previos de sus pupilas y pupilos.

Partiendo de estos supuestos (que el que está ejerciendo su derecho es el y la estudiante, y no la profesora o el profesor, y que hay que saber trabajar con adolescentes), pretender basar el clima de convivencia en lo que este señor llama “medidas disciplinarias” es un absoluto despropósito basado en una ideología muy concreta. Puede ser que, para él, la educación se pueda desarrollar en un ambiente de miedo. Pero desde la Pedagogía y la Psicología de la Educación, eso es imposible. El aprendizaje solo se puede desarrollar en una ambiente de confianza, y el profesorado es el encargado de crear ese clima.

Pasa que, entre los estudiantes, este profesor se va a encontrar una gran variedad. Y además, en la vida de una persona, pueden pasar muchas cosas, y hay días en que un niño o una niña puede haber vivido algo especialmente amargo, violento o desagradable. No hay que perderlo de vista: los alumnos y alumnas son personas que se alegran, sufren, viven fuera del colegio y del instituto. Y forma parte de la educación, sobre todo a estas edades, ser sensible a estas situaciones. No son máquinas en las que introducir el excelso contenido. Esas máquinas tienen vidas e intereses con los que hay que sintonizar. Malas noticias para una persona que quiere basar la convivencia en medidas disciplinarias.

En cuanto a la confianza que debemos depositar las familias en el profesorado, eso depende de muchas cosas. Las familias somos responsables de velar por el bienestar de nuestros hijos e hijas. Nunca debemos depositar confianza ciega en nadie, por mucho que tenga un título y haya obtenido una plaza en un servicio público. Nuestros hijos e hijas siguen siendo responsabilidad nuestra, y haremos todo lo que esté en nuestras manos para asegurar su bienestar. Las familias pueden tener muy buenos argumentos para no estar de acuerdo con algunas de las prácticas que tienen lugar en las aulas y es nuestro deber denunciarlas y exigir su erradicación. De la misma forma, apoyaremos al profesorado cuando sus argumentos sean correctos y la educación de nuestros hijos requiera de nuestra intervención para que su conducta en el aula sea adecuada. Todo es, efectivamente, una cuestión de diálogo en un entorno democrático. No hace falta que el profesorado se convierta en policía y su palabra tenga más valor que la nuestra como familias.

Por último, recordarle a este señor que el respeto no se impone, el respeto se gana. Es obvio que todas las personas (profesoras y profesores, madres, padres y estudiantes) merecen respeto a priori como seres humanos, y eso no se le niega a nadie. Pero aquí hablo del respeto como emoción que surge de una historia de convivencia. Este tipo de respeto debe ser mutuo: sin reciprocidad es imposible que exista el respeto. Claro, si se refiere al respeto que emana de la autoridad tipo militar, que el cabo le tiene al comandante y el comandante le tiene al general, efectivamente estamos hablando de cosas distintas: así no funciona la educación. Eso lo sabía hasta la profesora y ex marine LouAnne Johnson en Dangerous Minds.

Cualquier ciudadano y ciudadana está protegida legalmente ante las agresiones. Si un profesor o profesora es agredido, será protegido sin necesidad de que exista una ley, como cualquier otra persona. Pero cuando el que agrede a una persona adulta es un niño o una niña, hay que estudiar esta situación y poner en marcha medidas educativas y de convivencia real, no medidas disciplinarias más propias del sistema penitenciario y militar. Negar la necesidad de formación educativa sobre estas cuestiones y pretender solucionar los conflictos que se producen en las aulas (en las de algunos más que en las de otros) con medidas cohercitivas y disciplinarias es un despropósito solo comprensible en una persona que tiene más nociones de instrucción militar que de manejar contextos educativos. Si esto es lo que llaman “anti-pedagogía”, ya sabemos a lo que nos enfrentamos.

Las diez conductas de los docentes que entorpecen la educación de los niños

Hoy, una amiga del Facebook compartía un curioso artículo titulado Las diez conductas de los padres que entorpecen la educación de los niños. Es un ejemplo tan perfecto de lo que en otra entrada llamaba La familia infantilizada que no me resisto a destriparlo.

En primer lugar, el artículo da por supuesto que la educación de los hijos e hijas es una cuestión institucional que los padres (y las madres, supongo) deberían aprender a no entorpecer. No es que hagan algo mal, no, es que intentan hacer algo cuando no les corresponden y la cagan. Y esto es porque no saben cuál es su papel. Han tenido hijos, les mantienen, les dan de comer, viven con ellos y ellas, pero no se han enterado de cuál es su papel. Y los pobres maestros y maestras, las y los profesores, sufren las consecuencias. ¿Dónde dejaron el libro de instrucciones, el prospecto, la etiqueta de sus criaturas que ahora cada vez que hacen algo estorban?

Ironías aparte, considero que, por cada una de estas diez conductas disruptivas de los progenitores, hay otras tantas de los profesores que son causa y origen. Vamos por orden.

1. Si no quieres que estudiemos con nuestros hijos, no mandes deberes

Vaya… los padres y las madres estudian con sus hijos/as. Y esto, por lo visto, crea conflictos y dependencia. Los niños, después de 5 horas lectivas, llegan a casa y tienen que seguir realizando tareas escolares, “deberes”, que viene de deber, obligacion. Y nosotros tenemos que estar mirando cómo, durante toda la tarde, se desesperan porque no entienden un problema, están cansados, se quieren ir a jugar o preferirían estar mirando a las musarañas. Y claro, lo mejor es no ayudarles.

Pues miren señores expertos: NO.  No es lo mejor. Y les voy a dar dos razones, una de madre y otra de experta. La de madre es que, miren, quiero que el niño termine de una vez para poder irnos a dar una vuelta en bici, salir a comprar por el barrio, ir a clases de viola o al parque con los amigos. Y lo quiero ya. Y si es necesario, saco la calculadora y le hago las 250 cuentas inútiles que les ha puesto hoy su profesora. La de experta es que alguien que conoce al niño de cerca, con sus competencias y limitaciones, como puede ser su madre o su padre, le ofrecerá una ayuda mucho más ajustada a sus necesidades que una maestra que tiene otros 27 niños en la clase. Por lo tanto, aunque no tengamos por qué hacerlo, la escuela delega sus funciones en nosotros y nos obliga a pasar tardes enteras haciendo tareas que, efectivamente, no nos corresponden para solventar carencias de la propia institución escolar.

2. Si no quieres que les resolvamos todo, no les mandes cosas imposibles 

Si es que tenemos unas cosas… se lo queremos resolver todo. Y, según los expertos, los niños tienen que resolver sus cosas y ser autónomos, a cualquier edad. Pero claro, el día que llegan con el encargo de hacer la maqueta de una ciudad con material reciclado en 3º de primaria, así, sin más especificaciones, y la tarea es para el fin de semana, no le resuelvas el encarguito a la criatura. El pobre, que lleva pensando 3 días cómo decirle a su madre que necesita 4 tetrabricks, 40 tapones de botella y 4 cajas de quesitos vacías. La maestra se debe creer que cada familia tiene un contenedor de material reciclado en su casa, así como una tabla de contrachapado o un cartón grande como base de la ciudad de papel. O que un niño o niña de 9 años es absolutamente capaz de encontrar estos materiales por su cuenta. Claro. Muy realista todo.

3. Si no quieres que lo focalicemos todo en el estudio, deja espacio para la vida familiar

Los progenitores es que somos de lo que no hay. Las criaturitas todo el día en el cole o haciendo deberes y nosotros sin saber disimular. Actuando como si todo estuviese focalizado en el estudio. No tenemos vida de familia, porque los niños tienen que leer un capítulo del libro de lectura obligatorio, hacer 4 ejercicios de Ciencias Naturales, otros 4 de Mates, 3 de lengua y 5 de Ciencias sociales, además de estudiar para un examen de lengua y nosotros, ale, como si la formación (escolar) fuese el eje de la vida familiar. Que poco tacto. Y encima, cuando llegan a la universidad, no les ponemos a hacer tareas domésticas ni nos preocupamos por su vida emocional y relacional… eso dice una psicóloga que debe haber hecho un estudio de observación etnográfica que, por más que busco, no encuentro publicado. Vaya.

4. Nos acusas de querer genios y de sobre-estimular a nuestros hijos, pero tú no conoces los talentos de tus estudiantes

Es verdad. En la escuela no soportan a los listillos. Las madres y los padres nos preocupamos mucho por que aprendan cosas que no tienen que aprender. ¿Para qué quieren estímulos culturales, recursos, libros, visitas a museos, al teatro, a otras ciudades, si en el cole ya les enseñan lo que es importante en la vida? Y luego, los plastas de los padres (y las madres) osamos ir al cole a decir que nuestros hijos tienen talento. Qué desfachatez. Nuestros hijos son como tienen que ser, mediocres, del montón, sin sobresalir, que eso da muchos problemas a los maestros. Que no sepan más que ellos, que eso es muy problemático, hombre ya.

5. Si no quieres que premiemos las notas, no hagas exámenes

¿Premiar las notas? ¿Pero quiénes somos nosotros para premiar las notas? Los niños han estado saliendo con las puñeteras caritas sonrientes desde infantil, pero ese tipo de triquiñuelas solo se las pueden permitir los maestros, que son los expertos en premios y castigos. En una cosa sí que estoy de acuerdo con el psicólogo de ese del artículo, el tal Domènech: “El mejor estímulo es descubrir cosas nuevas y desarrollar tus intereses, si hace falta un estímulo material, es que algo no funciona” Y es que, claro, si en el cole descubriesen cosas nuevas y desarrollasen sus intereses, no haría falta que nosotros les prometiésemos la bici si sacan buenas notas… claro.

6. Para decir que una familia disfrazar la vagancia de su hijo, primero debes demostrar tener formación sobre las dificultades de aprendizaje

A ver, si nuestros hijos/as fracasan en la escuela, la única razón posible es que son unos vagos inmaduros. Y nosotros empeñados en que quizás tengan un trastorno mental (¿quizás el tal Montenegro quiso decir Dificultad de Aprendizaje?). Si les obligásemos a hacer los deberes y a dejar de lado ese pecado capital, la pereza, el fracaso escolar desaparecería en España. Padres y madres del mundo, uníos para que nuestro país alcance las puntuaciones más altas en el informe PISA, que ya está bien de hacer pasar a nuestro profesorado por vagos incompetentes e inmaduros, aun sin trastorno mental. Y si vuestros hijos parecen tener algún problema con el aprendizaje, llamadles vagos: puede que acertéis.

He de decir, abandonando el tono irónico, que me parece muy grave que en un periódico de la tirada de la Vanguardia digan cosas de este tipo. Sabemos que  los niños  con dificultades de aprendizaje como la dislexia sufren la acusación de vagos y maleantes durante años, hasta que alguien con formación tiene a bien ofrecer un diagnóstico.

7. Si no queréis que ejerzamos  de detectives, no deis órdenes contradictorias

Aquí me quedo un poco descolocada, porque si bien no hemos de disfrazar la vagancia, tampoco hemos de comprobar si nuestros hijos han hecho los ejercicios que le ha mandado la seño. Estoy empezando a entrar en cortocircuito, porque en una reunión del cole nos dijeron que teníamos que mirar la agenda, que era el instrumento esencial para comunicarse con las familias. Que era importante para saber lo que están haciendo nuestros hijos en el cole. Además, cuando vamos a tutorías nos dicen que nuestra labor en casa es esencial… pero ahora resulta que lo estamos haciendo todo mal. Que nos debemos despreocupar, desentender de esos cientos de deberes que traen nuestros hijos a casa, y ya si eso, por casualidad, como quien no quiere la cosa, nos enteraremos casi a final de curso de que tiene un grave problema de lectura que puede ser que no sea porque es vago. Esto es lo que Bateson llamaba Doble Vínculo. Nos van a volver locos.

Pero eso sí, dicen que no les importa que les echemos un cable en su labor de profesionales de la educación, que  si tomamos las lecciones lo hagamos por escrito, que ellos siguen usando el obsoleto instrumento de evaluación llamado examen y tomar la lección de forma oral es como de chichinabo. Gracias. De nada.

Aprovecho esta tribuna para decir que mis grupos de Whatsapp son asunto mío y estoy y estaré en todos aquellos que me de la santa gana. La libertad de reunión (aunque sea digital) y de expresión no han quedado derogadas para los progenitores.
8. Si no quieres que usemos el estudio como peaje, motiva lo suficiente a tus estudiantes

Borremos esta frase de nuestro repertorio:  “hasta que no hagas los deberes no ves la tele”. A ver qué nos hemos creído. Los progenitores debemos hacer lo que los maestros y maestras no hacen en sus aulas: inculcar (¿os he dicho alguna vez que odio la palabra inculcar?) a nuestros amadísimos hijos el gusto por el aprendizaje y la sabiduría, para que estén durante todo su tiempo libre haciendo ejercicios sin ningún sentido en su vida real. (La vida es eso que pasa mientras haces deberes).

9. ¿Será que nos empeñamos en proyectarnos en nuestros hijos, o que tú quieres que todos los estudiantes sean excelentes y motivados de fábrica?

“A ver, si tu hijo es un zoquete, ¿Por qué te empeñas en que estudie? ¿No ves que ese tipo de estudiantes, los que no aprenden solos, me dan mucho trabajo? Si tú no pudiste estudiar, no te proyectes en tu hijo y mándale a FP, alma de cántaro.” (Voz en off)

10. Si quieres que respetemos la línea escolar… sigue una línea escolar

Yo entiendo que los profes se ponen nerviosos cuando las familias les llevamos la contraria. Por ejemplo, si a la profesora de tu hijo le gusta dar gritos en clase y  decirle al niño que es lento, o al amigo de tu hijo que es penoso, haberte informado de la línea escolar antes de llevarle a ese colegio. Si te gusta más Santillana que Anaya, pues pregunta antes cuál es la editorial que dota de material al cole a cambio de garantizarle la compra de un montón de libros por parte de los molestos progenitores. Y si te gusta más que estén sentados en círculo que en parejas, infórmate antes. No se te ocurra mencionar la palabra constructivismo, ni decir aprendizaje significativo, ni Zona de Desarrollo Próximo o Andamiaje: algunos maestros, los más mayores seguramente, y practicamente todos los profesores, creerán que son palabrotas y pondrán en práctica la autoridad que les otorga el estado.

Esa delgada línea…

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Desde que llegué al mundo de la crianza, que fue cuando me quedé embarazada por primera vez, he observado una delgada línea entre la crianza con respeto, el puritanismo y el machismo feminista. Por empezar por algún sitio, empecemos por el feminismo. Siempre he defendido que la maternidad debe ser protegida como uno de los estados de mayor vulnerabilidad. Tienes hijos y la sociedad ignora la necesidad de las crías de ser cuidadas y de la madre de cuidar a sus crías. Hasta ahí estamos de acuerdo. Pero a partir de ahí, toda decisión de la mujer con respecto de las actividades a las que se va a dedicar después de tener un bebé son cuestión suya. No ayudan esas afirmaciones carlogonzalescas de que “La conciliación no existe, hay que decidir entre el trabajo o la familia”. Esas afirmaciones, dirigidas a personas que no forman parte de nuestras vidas, solo cumplen una función: la de extorsionar a las mujeres que hayan decidido seguir con su carrera profesional o que tengan que seguir trabajando sin más y ponerlas bajo el punto de mira como si hubiesen tomado una decisión egoista y desnaturalizada.

Así, secuestrando la voz del feminismo, diciendo a las mujeres lo que deben sentir al ser madres, lo que deben hacer y lo que deben pensar, cumplimos la misma función que en los años 50 cumplieron los discursos machistas que culpaban a las mujeres del descenso de puestos de trabajo y las exhortaban a volver al hogar para mantener a la familia unida. Ahora la bandera es el vínculo sagrado y reprimido entre la madre y la criatura. Ese vínculo que no vemos, que no sentimos porque estamos oprimidas, porque estamos heridas, porque llevamos una coraza de acero.

Al final, nos quedamos en un puesto tan difícil como en el que ocupamos en aquellos años de las tartas humeantes en el alfeizar de la ventana, ahora convertidas en sabrosos cupcakes y maravillosos tratados sobre como mantener el orden en casa. Las madres volvemos a ser esas santas puras que mantienen cada cosa en su sitio, tanto física como socialmente. Y, por supuesto, tenemos el deber de velar por el desarrollo sagrado e intocable de la bondad de nuestros infantes.

Aquí es donde entra en juego el puritanismo. La teoría del vínculo sagrado va acompañada habitualmente de una creencia Roussoniana del desarrollo infantil. Los niños y niñas son almas puras que se desarrollan de manera perfecta si lo hacen en plena libertad. Y nosotras, sus madres, hemos de velar por la imperturbabilidad de esta pureza en desarrollo. Toda intervención en este proceso sacro es inadecuada, incluso los premios y las alabanzas se transforman en manipulaciones inadmisibles y violentos sobornos.

El lugar que antes ocupaba el Rock’nd Roll, esa música del diablo que pervertia a los jóvenes de antaño según las mentes bien pensantes,  es ocupado ahora por el sucio regeton,  que hipersexualiza a las mujeres según la feminista blanca de clase media. Ahora solo se admite la música infantil y, en todo caso, el pop clásico.

Y así andamos, convirtiendo discursos antiguos y actualizándolos para los tiempos que corren.  Discursos que ignoran por completo las diferencias de clase y que nos tratan a todas por igual, ignorando las múltiples circunstancias que nos conforman en la historia de nuestra vida. Triunfa la que, habiendo sorteado miles de obstáculos, consigue criar a sus cachorros cual lobos en manada y se convierte en bloguera o en coach de madres y mujeres. Y la que no lo consigue, pasa sus días lamentándose por la sociedad en la que le ha tocado vivir. Esta sociedad enferma que le impide alcanzar la tierra prometida.

El feminismo no aboga ninguna forma de vida. No tiene nada que ver con la imposición  de un modelo de mujer (la que siente el instinto maternal biológicamente determinado) ni de madre (la que permanece en casa junto a sus crías durante sus primeros años de vida). El feminismo persigue la igualdad y la libertad de elección. También la de las madres que quieren quedarse en casa para criar. Y la de las madres que eligen otras formas de conciliación. Y la de las mujeres que no quieren ser madres.

No va sobre crianza ni sobre respeto


Seguro que alguna vez os habéis cruzado por las redes sociales con gente que se autoproclama defensora de la Crianza con Respeto (CR). Hasta ahí, todo correcto. El respeto es algo precioso y necesario en las relaciones con nuestros hijos e hijas. Y fomentar la atención cuidadosa hacia nuestros comportamientos en la crianza es muy útil, sin duda, en una sociedad en la que el maltrato a la infancia está normalizado. 

Sin embargo, existe un grupúsculo de madres, que se dicen abanderadas de la CR, que siembran el caos y el desencuentro en las redes sociales. Atesoran bloqueos de cuenta, disputas épicas en hilos kilométricos que duran días y días, tanto en sus muros como en grupos de Facebook. Su afán parece ser la defensa a ultranza de los niños y niñas. Sin embargo, todo se tuerce cuando sus intervenciones toman un tinte mesiánico que te conmina a reconocer tus errores, a flagelarte en público como madre que calló en las garras de la sociedad enferma, a penar día tras día por todo lo que el mundo tiene de malo y de adultocéntrico y de podrido. Y mira, lo tiene. Pero hay ocasiones en que el mundo es maravilloso, las personas que te rodean son amorosas y los niños y las niñas son felices. Y vas tú, pobre de ti, y se te ocurre comentar lo maravillosa que es la vida. O decir que no es tan mala, oye tú. Ahí pierdes puntos como criandera con respeto. No te importa una mierda, pero los pierdes y además lees durante días estados del Facebook dedicados a tu disonancia cognitiva, a tu coraza de hierro y a todo el odio que encierras. 

Si reconocéis todo esto, es que habéis estado cerca de uno de estos grupúsculos de Maternidad Punky, como dice una amiga mía. Y si lo estáis, sabréis que tenéis que ir con pies de plomo con lo que os atrevéis a decir en las redes, no vaya a ser que alguna Pussy Riot de la crianza se de por aludida y tergiverse lo que habéis dicho para convertirse en la mártir de la CR, una víctima maltratada por sus ideales excelsos, por la pureza de sus creencias y por todo el amor que va dejando a su paso. Si esto sucede, tendréis que aguantar falta de respeto tras falta de respeto. Porque ellas, las damas blancas (ups perdón, blancas no, mejor… ¿rosas?) de la crianza, son muy respetuosas con los niños y las niñas, pero a los demás seres humanos les pueden dar mucho por culo. Te insultarán, te difamarán, incluso se permitirán mencionar a tus hijos e hijas en un alarde de sinvergonzonería nivel superior. 

Esta es una de las cosas que mejor saben hacer estas señoras: hablar de los hijos e hijas de otras personas. Se creen con el derecho de decir quién lo hace bien y quién lo hace mal. Se erijen en jueces sumarísimas de mujeres que pasaban por ahí y tuvieron la insensatez de comentar de manera natural algo sobre su vida cotidiana o algo que les pasó en la crianza de sus hijos. Cuantas mujeres no habrán caído en esa trampa y habrán salido dañadas de esas disputas sin sentido, que solo buscan herir al adversario para conseguir la auto-afirmación del grupo. 

Ya con mis hijos mayores, la verdad es que me paso por el forro lo que me diga ese grupúsculo. Ahora andan diciendo que no me arrepentí de aplicar el método Estivill. ¿Pero quién coño son ellas para hablar de mi vida? ¿Quiénes son ellas para hablar de la vida de cualquier madre? Independientemente de que el método Estivill me parezca una basura con la que un sinvergüenza se lucró, ¿qué derecho tienen estas señoras a decirle a nadie que se arrepienta humildemente de lo que hizo? Y lo peor es que, aunque yo me lo pase por el forro, estas actitudes de secta mesiánica con su gurusa a la cabeza hacen daño a muchas mujeres que están en momentos muy vulnerables de su crianza. Eso no me da lo mismo. Eso me cabrea mucho: que en nombre del respeto, un grupo de skinheads de la maternidad se permitan ir repartiendo inquina y mala sangre a diestro y siniestro. Eso sí: las malas somos las demás, que tenemos los ojos cerrados a la verdad, nuestra herida primal sangra y no somos capaces de ver la luz que ven ellas, las salvadoras de los niños y las niñas en un mundo de adultos rapaces y crueles.