KILLEREFLEXIONES

Lo sencillo

Hoy, mi hijo pequeño me ha dicho que tiene “miedillo”. Me ha preguntado si puede haber una gerra civil, y no le he podido asegurar que no. Nos ha escuchado comentar que el presidente de nuestro país ha rechazado la mediación y nos ha preguntado que qué es eso. Le he dicho que la mediación es algo que se hace para poner paz, y se ha echado las manos a la cabeza. ¡Cómo puede alguien rechazar la paz! ¡Cómo puede un político mandar a la policía a pegar a la gente! He pensado que para qué iba a explicarle todo lo que he leído estos días: para él las cosas son sencillas. La paz es mejor que la guerra, la violencia es el mal y cuando las personas no están de acuerdo deben hablar para solucionar sus problemas.

Disfrazar el interés de orgullo patrio, la dignidad de venganza trapera, unas leyes escritas hace más de 50 años de escrituras sagradas y una amenaza de legalidad establecida no le va a convencer, porque él está ligado a las explicaciones sencillas. Por las mañanas nos levantamos de una cama caliente, desayunamos, acudimos al colegio y al trabajo, nos alimentamos, jugamos, leemos, estudiamos. En casa no hay banderas. La pobreza es un fallo del sistema que deberíamos solucionar, así como el cambio climático. ¿Por qué no hacemos nada, mamá? ¿Por qué discuten y no aportan ninguna solución? ¿Por qué cobran un sueldo?

Las cosas son sencillas. Y cuando nos parecen difíciles es porque son falsas o porque se han levantado estructuras artificiales que las convierten en inaccesibles. Ya no labramos la tierra, ya no producimos nuestro propios sustento. Trabajamos para otros por un número en una pantalla que se actualiza todos los meses. Este número va bajando para engordar los números de otras pantallas. Aseguramos la casa, el coche, la vida, las manos, los ojos… por si acaso. Vamos al supermercado, y rara vez tocamos la tierra que hay bajo nuestros pies.

Las cosas son fáciles cuando son de verdad. Y todo lo que está pasando estos días es una farsa. Señores que salen muy serios a amenazarse en público, recubiertos de solemnidad y galones. Señores que se esconden y no salen. Señora de negro que parece que está dando una homilía. Señores con faldas y gorros puntiagudos que no tienen nada que ver con nuestras vidas y que dicen que van a mediar. Señores que quieren mediar pero no les dejan. Y el patio digital ardiendo. Me da risa todo. Lo veo tan lejos… Ah, y vecinas y vecinos que cuelgan trapos rojos y amarillos y siguen con su vida miserable, de paro, jornadas laborales interminables y mal pagadas, sanidad de mierda y educación deteriorada.

Hoy la luna luce maravillosa, en este mes de octubre caluroso y convulso. Y mañana saldrá el sol, para iluminar vuestros ridículos juegos. Lo sencillo persiste, espero que no acabéis con ello.

Señoras, sí señoras

Imaginemos una escena. Un grupo de mujeres en pleno climaterio admiran la belleza de un hombre de 30, mientras hablan entre ellas, ríen y pasan un buen rato. La cosa no llega a más: ni le tocan el culo, ni le lanzan piropos, ni dificultan su trabajo con sus insistentes embites. Sin embargo, sufren de cierta censura, la gente las mira con sorna, hablan sobre sus ciclos menstruales y su ovulación y, finalmente, quedan como unas trasnochadas locas y poco preocupadas por su imagen social.

Ser mujer de 50 es una actividad de riesgo. Si te ríes demasiado fuerte, si hablas de sexo con demasiada codicia, si tienes ganas de aprender, si tienes competencias inusuales, si eres mejor en lo tuyo que los/as jóvenes sobradamente preparados/as, si manejas las redes sociales con soltura y gracia, si te gusta seguir vistiendo y peinándote como siempre, si estás al día, siempre habrá alguien que te recuerde que ese no es tu lugar y que intente desplazarte de un culetazo a tu zona de comportamientos esperados en una señora de 50.

La censura se siente por doquier. Es casi imposible seguir comunicándote con la peña como lo has hecho siempre, porque en cuanto el gesto se interpreta como un intento de hablar de igual a igual, de entablar una simple conversación, todo son caras de extrañeza. ¿Qué hace una señora de 50 intentando hablar conmigo como si tal cosa? ¿Se creerá que tiene 20? ¿Se creerá que sabe lo que yo sé, si la pobre no sabe ni usar el WhatsApp?

Eso es misoginia, me dicen por aquí. Pero una misoginia muy focalizada en un grupo de edad muy concreto. Existimos como grupo definido y con una función social: ser el admereir, prototipo de la ignorancia y de la estulticia. Somos las que restauramos al Ecce Homo, las que miramos por encima del hombro a las jóvenes emancipadas, las que llamamos piojosos a los chavales que llevan rastas, las que comemos chorizo y jamón a dos carrillos en las bodas de las sobrinas, las que votamos al PP y las que estamos en contra de la democracia y el amor libre.

Pero os voy a contar un secreto: con suerte, llegaréis a los 50. Os va a pasar. Y os creeréis que vosotras y vosotros (lo vuestro también tiene tela) sois diferentes, sois adalides del cambio social, sois lo más enrollado de la vida y nada os cambia, ni los prejuicios, ni la edad ni la hostia. Que no sois como vuestras madres, las pobres, que eran un poco lerdas y no sabían cómo funcionaba eso del mundo. Y de repente ZAS, un niñato os va a mirar con condescendencia y se os van a caer todos los palos del sombrajo. Pero no os preocupéis, nos tendréis aquí a las de 70 y 80 para descargar vuestras frustraciones.

Pediatras tuiteras

Si no teníamos bastante con la supuesta política sanitaria de la “revisión del niño sano”, ahí tenemos a la policía sanitaria de twitter. Las pediatras en la red están para aconsejarte, para reconducirte al rebaño, para que no te creas que existe eso de la autonomía sobre la salud propia y la salud de nuestros hijos e hijas. Es maravilloso que, en la época y el país en el que vivimos, podamos acudir a una persona a la que le suponemos sabiduría sobre los procesos biológicos que se producen en nuestro cuerpo que nos de consejos sobre la manera más adecuada de sanarlo. Está bien que se establezcan políticas de prevención de enfermedades y que se fomente entre la población el ejercicio y la alimentación sana, entre otras cosas. ¿Pero de verdad es necesario que haya alguien permanentemente diciéndonos cómo alimentar a nuestros hijos e hijas, cómo dormirles, cómo tratarles, qué objetos ofrecerles, etcétera?

No hace falta estudiar medicina ni enfermería, ni siquiera hacer un ciclo de puericultura, para criar a un bebé. Ni siquiera hace falta que haya cerca ninguno de estos profesionales. Empiezo a percibir vuestros aspavientos. Ya, ya sé que creéis que es, no necesario, sino imprescindible, que existan a nuestra disposición ciertos compuestos inyectables y gente que los pueda subministrar por un módico precio. Pero hoy no voy a hablar de esos compuestos que se empeñan en inocularnos a toda costa y que, si osamos poner en duda su utilidad e inocuidad, nos acosarán por tierra, red y aire. No. Ya hablan bastante de esos productos las pediatras tuiteras. De hecho, yo diría que el principal objetivo de la presencia de estas pediatras tuiteras en la red es la defensa a ultranza de estos compuestos.

Pero lo cierto es que los niños y niñas pueden crecer sanos y fuertes sin visitar al pediatra en ausencia de enfermedad y sin consultar a una o uno de ellos día sí día también. El control sobre nuestra salud y la de nuestros hijos e hijas está en nuestras manos. ¿Alguien lo duda? ¿Alguien ha creído por un momento que tengo que perdirle permiso a un pediatra para alimentar a mis hijos e hijas de una forma o de otra? ¿Alguien ha pensado alguna vez que la revisión del niño sano es obligatoria? ¿Alguien cree que para alimentarse correctamente hay que acudir a un nutricionista o que hay especialistas que saben más de la lactancia materna que las madres que han dado de mamar a sus hijas/os durante años? Pues pareciera que sí. Hablar de temas de alimentación infantil en la red se está empezando a convertir en un deporte de riesgo, sobre todo si tienes opiniones sobre nutrición diferentes a las de las pediatras tuiteras. Ellas suelen ser abanderadas de la alimentación mainstream, y enarbolan con furia los casos de niños muertos porque sus padres les alimentaban con leche de soja.

A mí la verdad es que me importa un huevo y parte del otro la opinión de las pediatras tuiteras. Cuando llevo a mi hijo al pediatra es por voluntad propia y a pedir consejo, nunca a recibir órdenes. Y agradezco mucho tener ese recurso a mi disposición, además de agradecer no necesitarlo con frecuencia. Pero las pediatras tuiteras, así como las boticarias tuiteras, me son bastante indiferentes. En primer lugar, porque no me interesan sus opiniones médicas. Si las pongo en cuestión, rara vez argumentan o me ofrecen evidencias contundentes sobre lo que están diciendo. Ignoran mis argumentos. En segundo lugar, porque sus intervenciones en la red dan la impresión de ser publicidad encubierta. Cuando se ponen a hablar de productos antipiojos todas a la vez y, casualmente, del mismo producto, suena raro ¿verdad? Así que prefiero seguir con mis métodos particulares de toda la vida, que siempre han funcionado.

En Twitter me gusta informarme, divertirme y odiar, odiar mucho, pero no recibir consejos no solicitados ni ponerme a las órdenes de sargentos no nombrados por mi regimiento. Así que, de momento, solo veo a las pediatras tuiteras cuando son retuiteadas por alguien a quien sigo. Bueno, no pasa nada, con ignorar las soflamas médicas y seguir con mi vida es suficiente.

No me toques el pelo

Seguro que os parece una frivolidad que me ponga a hablar del pelo, habiendo conflictos tan importantes en nuestro país actualmente: el referendum catalán, el Villarejo que resurge de sus cenizas, todOs ahí hablando de cosas importantes de señores importantes que tienen opiniones importantes… pero es que estoy viendo que entre nosotras, las que tocamos esos temillas absurdos, está siendo un clamor: estamos hartas de los prejuicios en las peluquerías.

Yo creía que era una cosa mía eso de que, aunque yo fuese con la idea de hacerme un corte transgresor y modernillo, siempre saliese de la peluquería con pinta de señora. A ver, que soy una señora, no nos vayamos a equivocar, pero no “esa” clase de señoras. Nunca me pongo laca ni me cardo el pelo. Bueno, sí, lo hice alguna que otra vez en los ochenta, pero eran otros tiempos. Pues eso, que, pida lo que pida, el resultado no coincide ni de lejos con mis expectativas. Un día le dije a mi peluquera: “mira, tú y yo nos conocemos desde hace tiempo, ¿verdad?, llevo viniendo años aquí. Pues la próxima vez, no vuelvo.” Y no volví. Porque, pidiese lo que pidiese, siempre acababa con ese peinadito arreglao pero informal que me daba ganas de arrancarme la cabeza nada más salir por la puerta.

A ver, ¿qué tiene de malo que yo me quiera rapar la nuca? ¿Qué tiene de malo que quiera llevar flequillo recto y melena larga? ¿Qué inconveniente hay en que no quiera un peinado tipo Victoria Beckham ni harta de vino? Pues nada, parece que pidas lo que pidas, ahí lo tienes. Y si te sales del tiesto, te hacen un desaguisado. Porque claro, los peinados deben ir con las edades, ligados a ellas de manera inamovible. No vaya a ser que salgas de la peluquería con un peinado un poco descarado para tu edad y la gente pregunte a qué peluquería vas, y se les llene el local de locas del coño.

Pues nada, el otro día, cogí las tijeras y me corté yo misma el pelo, porque sabía que, si iba a la peluquería, saldría como siempre: tirándome del pelo para que crezca rápido. Me dejé llena de trasquilones, pero por lo menos, no odio a nadie. Y me ahorré un montón de pasta. ¡Que os den! Y si me lo quiero rapar, me lo rapo. Que ya está bien, hombre, de soportar en mi pelo vuestros estereotipos.

Bueno, ya podéis seguir leyendo cosas importantes de hombres, que creo que el parlamento anda revuelto con no se qué del referendum, los votos perdidos y la madre que los parió a todos y todas. A mí, es que la verdad, me la trae todo al pairo desde hace tiempo. Total, van a hacer lo mismo que las peluqueras: lo que les venga en gana.

Los nostálgicos de la nocilla arrementen contra el brócoli

No hay nada más absurdo que la nostalgia de los malos hábitos de nuestra infancia. Es verdad que éramos felices e inconscientes cuando viajábamos en la parte trasera del Seiscientos sin cinturon y durmiendo a pierna suelta. Eso no significa que ahora que tenemos hijos, queramos reproducir esos patrones que se han ido depurando con el descenso de muertes en accidentes de tráfico gracias a los sistemas de sujeción.

Lo mismo pasa con la alimentación. Antes, los refrescos de Cola, las cremas de cacao y el chocolate, la mantequilla y el chorizo eran nuestras meriendas habituales. Luego pasamos a los lácteos de distintos colores. Y las cosas no han cambiado mucho si comprobamos que las tasas de obesidad y sobrepeso infantil son altas y son consideradas un problema de salud pública. Por tanto, restarle importancia a las bondades de una dieta saludable y relacionar éstas con los "gurús de la alimentación sana" es irresponsable y absurdo.

Vivimos en una época en la que la gente tiene compulsión por la creación de etiquetas diagnósticas. En este contexto, Steven Bratman acuñó el término ortorexia  para referirse a un supuesto trastorno de la alimentación que consiste en la obsesión patológica por comer sano. Sin embargo, esto no significa que debamos calificar a todas las personas que se preocupan por su alimentación y la de sus hijos e hijas como ortoréxicas. Los alimentos procesados invaden las estanterías de nuestros supermercados, y los efectos de este tipo de comidas en nuestra salud están más que documentados. Querer cerrar los ojos a ello no debe suponer la patologización de las personas que se molestan por poner todos los días en su mesa una alimentación relativamente sana.

Nos guste o no, el azúcar refinado es muy perjudicial para nuestra salud. Y eso no lo dice un lobby que señala con el dedo a las mujeres que no dan el pecho. Lo dicen los estudios científicos, por ejemplo los que investigan la relación que pudiera haber entre el consumo de bebidas azucaradas y el TDAH. Y la causa de la bulimia y la anorexia nerviosa, trastornos alimenticios devastadores, no es la obsesión por una dieta sana, sino la presión que la sociedad aplica a nuestros jóvenes para tener un cuerpo perfecto y la distorsión de la propia imagen corporal. Precisamente, uno de los consejos que se ofrecen para prevenir estos trastornos es una adecuada educación para la salud, que incluye el saber alimentarse de una manera sana y equilibrada. Y el atracón no es la consecuencia de una dieta sana, sino de una dieta restrictiva que produce un déficit calórico. Para documentarse, se puede consultar el libro de Crispo, R., Figueroa, E., & Guelar, D. (1997). Anorexia y bulimia: lo que hay que saber. Gedisa.

Por tanto, cuando escribimos artículos de opinión como este, que son una oda nostálgica a la generación de la Nocilla, quizás deberíamos documentarnos un poco mejor y no soltar al aire ideas poco calibradas. Que cada cual se alimente como quiera, pero las familias que cuidan la alimentación de sus hijos no tienen por qué ser ridiculizadas y menospreciadas. Si ves a un niño merendando fruta, ya sé que algo se revolverá en ti y añorarás el pan con mantequilla y azúcar. Eres libre de correr a la nevera a ponerte uno, pero no quieras que todo el mundo te siga con pasión y alegría: los demás también somos libres de que eso nos parezca una guarrada.

Que el altruismo no nos ciegue

Hoy, Violeta Assiego plantea en este artículo la diferencia entre vientres de alquiler y gestación subrogada, aludiendo a la supuesta necesidad de regular esos casos en los que determinadas mujeres podrían desear servir de gestantes para concebir un hijo o hija de personas que no son capaces de hacerlo con sus propios cuerpos. Estas mujeres actuarían de manera altruista, sin cobrar nada, sin agencias intermediarias y los subrogantes sólo tendrían que pagar los gastos médicos.

Me pregunto de cuántos casos estamos hablando. Me pregunto si es necesario legislar para atender los deseos de un número ínfimo de mujeres, dispuestas a pasar por un embarazo, un parto y un postparto por nada. Me pregunto si es necesario arriesgarse a que haya personas que, enmascarándose tras esta legislación, trafiquen con personas aduciendo que lo hacen de forma altruista y recibiendo bajo cuerda sumas de dinero desconocidas. Me pregunto si es necesario hacer de nuestro país un sitio en el que puedan pasar ese tipo de cosas.

Yo creo que no es necesario. Y además, creo que la polémica de la gestación subrogada está enmascarando temas realmente importantes, como son el del aumento de la infertilidad en la población española y las dificultades en los procesos de adopción. Que es verdad que la adopción no está hecha para colmar los deseos de pater/maternidad de las personas, pero es una forma hermosa de satisfacer las necesidades de niñas y niños sin familia dejándolos al cuidado de gente que desea cuidar.

La causa principal del aumento de la infertilidad es el retraso del deseo reproductivo. Del deseo o de la posibilidad. Tener hijos e hijas a los 20 años, como hacían las madres de antaño, se ha convertido en ciencia ficción. Hay otras muchas causas, pero esa es la que ha dado lugar a un aumento notable de personas que buscan ayuda para poder gestar. La edad media de la primera maternidad ha aumentado 4 años desde los años 70 (Delgado, López y Barrios, 2006). Esta situación está ligada a los cambios en la forma de vida, que no necesariamente son negativos, pero que han transformado el paisaje conceptual e ideológico ligado a la maternidad, la crianza y la familia. Por otra parte, las parejas gays también tienen deseos de cuidar sus propios hijos e hijas, algo que se ha hecho posible en sociedades como la nuestra y que considero muy positivo.

Entre todo este revuelo, quizás sería sensato hacer una reflexión sobre lo que está pasando. Cada vez que oigo hablar de gestación subrogada, no puedo evitar pensar en los hijos de Cristiano Ronaldo, Elton John o Kim Kardashian y Kanye West. Me incomoda que los bebés se estén convirtiendo en un objeto de lujo que pueden ser comprados por las grandes estrellas por altas sumas de dinero. Pero entonces surge la palabra “altruismo” y parece que mi mente debe dejar de elucubrar y centrarse en esas mujeres que quieren ser los ángeles gestantes de otras personas. Pero, sinceramente, creo que no va a haber mujeres altruistas para satisfacer tanto deseo de mater/paternidad.

Por otra parte, la adopción es un asunto delicado: no olvidemos que detrás de cada adopción hay un abandono, una muerte, una situación de pobreza, etc. Lo deseable sería que no hubiese niños y niñas en adopción, y si existe esta fórmula jurídica, es en beneficio de los niños y niñas. En este sentido, las altruistas son las familias adoptantes, y no podemos exigir que se agilicen las adopciones en tanto en cuanto están sujetas a procesos jurídicos que garanticen los derechos de los menores.

Sé que lo que voy a decir no va a ser muy popular, pero quizás deberíamos repensar, como sociedad, el lugar que ocupa la maternidad y la paternidad en nuestros idearios sociales. Tener hijos e hijas, cuidarlos, criarlos, es una cosa muy bella y muy seria, pero no es un derecho. Cuando la maternidad se convierte en deseo insatisfecho es demoledora, no tengo ninguna duda, pero no podemos moldear la sociedad para satisfacer este deseo. Quizás debamos aprender a sublimar los deseos de maternidad y pensar, a largo plazo, como solucionar los problemas que giran en torno a nuestra esencia como especie: la gestación, la maternidad, los cuidados de nuestros pequeños en un grupo social que ha perdido su equilibrio y debe recuperarlo de alguna forma.

Diálogo sobre el diálogo


Cuando hablamos con otras personas, discurrimos por dos vías paralelas. En ambas pueden surgir acuerdos y desacuerdos. La primera vía es la de los argumentos (el qué): planteamos nuestras razones, ejemplos, contraejemplos y demás para apoyar la postura que mantenemos. La segunda vía es la de las reglas, implícitas o explícitas, que empleamos en este intercambio. Esta segunda vía es tan importante o más que la primera. Es importante atender a la forma en que transcurre el intercambio comunicativo y cómo se establecen las reglas de estos intercambios. 

El establecimiento de reglas en los intercambios es una cuestión de poder. La forma en que conformamos nuestros intercambios comunicativos dice mucho de con quién estamos hablando y para qué. Por tanto, imponer reglas a priori es decirle al otro o la otra que la finalidad del intercambio está acotada por una de las partes. Esto, aunque tenga su origen en unas muy buenas intenciones, no es muy conveniente. 

Todo esto viene al caso de un post que puso una mujer en Facebook el otro día diciendo que iba a ser la abanderada del feminismo dialogante y planteaba un debate sobre la gestación subrogada. Sin entrar en este, sin duda, interesante debate, esta referencia al diálogo plantea la necesidad de llegar a un consenso sobre el tema. Es muy loable que la gente quiera llegar a consensos, pero de sobra sabemos que el diálogo tiene un límite, que es el de los puntos en los que uno u otro participante no tiene la menor intención de cambiar de opinión. 

Esto me recuerda a una antigua relación que mantenía esta posición dialogante en todos los intercambios que teníamos. Cuando hablábamos de temas que despertaban mi vehemencia debatiendo, me daba la razón y parafraseaba mi argumento dándole la vuelta. De este modo, era yo la que siempre quedaba en una posición inestable en el “diálogo”, porque él me había dado la razón y, aún así, yo le tenía que volver a rebatir. Esa estrategia agresivo-pasiva consiguió que dejásemos de intentarlo. No digo que mi estrategia sea mejor, pero desde luego hay una cosa que me parece esencial en un debate: la honestidad. 

En cualquier debate hay que estar dispuesta/o a cambiar de opinión o a dar la razón. Pero también hay que estarlo para detectar los puntos irreconciliables entre los debatientes. Estos puntos suelen estar relacionados con las prioridades de cada debatiente. Puedes priorizar los deseos de paternidad de ciertas personas o, por el contrario, priorizar que la capacidad de gestar es un aspecto privado de la mujer con el que no es legítimo comerciar. Cuando llegamos a ese momento en que estos puntos se enfrentan, podemos seguir dialogando, seguro. Por hablar, que no quede. 

Por otra parte, hay que definir muy bién en qué consiste eso del diálogo. Hay temas muy delicados y polémicos e los que hay personas que se sienten muy implicadas y en los que no pueden evitar emocionarse y acalorarse en el debate. Pueden ser víctimas de malos tratos, de negligencias médicas, de abusos, y cuando se habla de temas relacionados con estos aspectos sacan su parte más pasional y dolida. A estas personas ¿qué tipo de diálogo les podemos exigir? Desde luego, guardar las formas es exigible en cualquier tipo de intercambio comunicativo, pero establecer normas que destierren la emocionalidad del debate excluye del mismo a estas personas que están emocionalmente implicadas con el tema. 

Por tanto, debemos tener en cuenta que poner normas en los debates abiertos requiere de una definición muy clara de lo que se espera de las personas participantes (por ejemplo, poner normas del tipo no está permitido insultar y atacar personalmente a los demás participantes) y siempre hay que estar preparados para que haya un intercambio en el que las personas que participan no están de acuerdo. Y no pasa nada. La tolerancia al desacuerdo es una de las competencias más importantes para el diálogo. Luego está la asertividad, el ser capaz de sobrellevar este desacuerdo. Eso no todo el mundo lo consigue. 

La envidia 

Recuerdo que hace ya muchos años estuve en una conferencia de Derrida en la Residencia de Estudiantes de Madrid en la que habló sobre la mentira. Decía que lo importante de la mentira no es su oposición a la verdad, sino las intenciones del que miente y los efectos que tiene la mentira. Además, hablaba de una transformación de la mentira de un fenómeno privado a uno público. Ahora, las mentiras son globales y tienen efectos internacionales. 

Me hubiese encantado escuchar una charla parecida sobre la envidia. Desde una postura realista, en la que la envidia es el sentimiento de odio hacia la persona que tiene algo que deseamos, hasta una definición de la envidia como una práctica social con múltiples usos existe un camino largo e interesante. Normalmente, las personas no reconocen tener envidia. Son los demás los que usan este concepto como acusación a partir de ciertos signos externos. La envidia no se ve ni se confiesa, de modo que siempre es algo que se infiere de ciertos elementos. En este sentido, la envidia no es algo definitivamente evidenciable que puede ser descubierto. Es algo que se sospecha pero nunca puede probarse fehacientemente.

Por lo tanto, las pruebas a partir de las que acusamos a alguien de padecer envidia son un aspecto digno de atención. Vamos a explorar algunas.

1) La falta de reacción ante las alegrías y los éxitos del otro o de la otra: Una de las cosas que nos puede llevar a acusar a alguien de ser envidioso/a es que no se alegre públicamente de nuestros progresos, éxitos o alegrías. Por tanto, antes de que se produzca un sentimiento de envidia existe antes una difusión de los éxitos de la persona envidiada. La persona envidiada es cubierta de alabanzas, y aquellas personas que no se unen a la algarabía son tachadas de envidiosas. 

2) La emulación de la persona envidiada: Puede ser que la envidia no vaya ligada a la comunicación de grandes éxitos. Acusamos de envidiosa a la persona que nos imita o emula, que hace lo que a nosotras/os nos proporciona éxito y alegría. Imaginemos que en una reunión alguien hace un chiste y todos/as se ríen y alaban a la persona por su buen sentido del humor. Acusamos de envidia a aquellas personas que no se ríen del chiste y acto seguido empiezan a hacer chistes en cadena.

3) La crítica hacia el acto o la obra a partir de la que hemos cosechado el éxito: Por último, se infiere envidia de la crítica inmediata hacia lo que nos produce alegría y/o éxito. Mientras recibimos halagos por nuestra obra, definimos como envidiosos/as a aquellas personas que miran con recelo lo que hemos hecho y encuentran sus partes negativas. Esto se ve como un intento de eclipsar nuestra felicidad y echar abajo nuestro éxito. 

Estos tres elementos que son tomados como pruebas de lo que llamamos envidia no son, como ya he dicho, pruebas irrefutables de la existencia de un sentimiento de envidia. Dado que la envidia es un sentimiento inconfesable (a no ser lo que llamamos envidia “sana”) nunca podemos constatar que realmente la persona acusada de envidia sienta realmente inquina hacia nosotros/as. 

Por tanto, sería mucho más efectivo prescindir de la necesidad de probar que alguien nos envidia y constatar que alguien presenta alguno de estos tres tipos de comportamiento que hemos definido anteriormente (no-reacción, emulación o crítica). No obstante, hemos de ser consciente que poner de manifiesto que alguien hace cualquiera de estas tres cosas nos sitúa en el pundo de mira de la vanidad y la soberbia. Por tanto, la acusación de envidia o la constatación de existencia de alguna de estas tres pruebas es algo que tiene que hacer otra persona (una palmera o un palmero). De ahí surge la conocida expresión “lo que pasa es que te tiene envidia”, a lo cual nuestra única respuesta posible es “¿Ah, sí?”.

A partir de aquí, podemos observar que los medios de comunicación y las redes sociales se han convertido en entornos propicios para observar actos de envidia colectivos y públicos muy interesantes. Desde las figuras públicas del mundo de la farándula hasta los políticos de todas las especies evidencian en algún momento actos de envidia reseñables y constatables. Pero esto será objeto de otro post. 

#VDLN 131: Blessed (Elton John)

El budismo dice que el sufrimiento proviene del deseo, el apego y la ignorancia. Hoy me voy a centrar en el deseo, esa pulsión que Nietzsche reifica cuando dice que, en última instancia, lo que amamos es a nuestro deseo más que al objeto deseado. Y eso pasa cuando surge el deseo de la pater/maternidad. Ese deseo crece, se construye, se expande, se alimenta de nuestras necesidades de afecto, de nuestra imagen futura como guías. Y si ese deseo se encuentra con dificultades para ser satisfecho, el sufrimiento es inmenso, porque la persona ya había generado una autoimagen futura de madre/padre perfecta/o, colmando de bendiciones a ese pequeño ser que traemos al mundo.

El niño-deseo solo existe para satisfacer estas ansias de completitud en un universo onírico que ha construido el o la deseante. Esto hace que fantaseen con que ser padres, tener un hijo o una hija que cumpla con sus expectativas tan largamente mantenidas, es un derecho adquirido desde el mismo momento en el que se nace.  Pero no lo es. Un derecho nunca se puede definir por la posesión de otra persona. Tenemos derecho a una vida digna, pero esa dignidad no está vinculada a ningún estatus concreto, sino a unas condiciones generales de salud, entorno acogedor, alimentación y desarrollo personal que nunca puede implicar la posesión de una persona que todavía no es, y que para ser tiene que haber alguien que te preste una parte de su cuerpo.

Por tanto, cuando el deseo de ser madre o padre no se ve satisfecho por distintas razones, implica las vidas de otras personas. Por ese simple hecho, no es un derecho. Solo es un deseo que se puede satisfacer de una manera altruista, adoptando a niños y niñas que se han quedado sin familia, o de una manera mercantilista, comprando los servicios de alguien que puede gestar un bebé por ti. Y como dicen en mi casa, esta segunda opción solo se contempla en un mundo capitalista, en el que la dignidad de las personas parte de un supuesto libre albedrío, y no de la reflexión anticipada de lo que supone convertir  a  las personas en moneda de cambio.