KILLEREDUCACIÓN

El WhatsApp del cole: El terror de las maestras

Cuando el WhatsApp llegó a nuestras vidas, cambió nuestras prácticas. Como cualquier otra tecnología, se introdujo en nuestra cultura interactiva y ofreció nuevas posibilidades a nuestras comunicaciones. En el caso de la vida escolar, nos ofreció la posibilidad de hablar entre nosotras/os, las madres y los padres, sin las prisas que son habituales en nuestros breves encuentros a la entrada y salida del colegio. 

Pasó un curso usando el WhatsApp, y al curso siguiente, en la reunión inicial del colegio de mi hijo, la directora introdujo en su discurso una perorata en contra de los grupos de WhatsApp de madres y padres. Ya otros cursos se había quejado de que las madres hablábamos en la puerta del colegio y difundíamos rumores y críticas infundadas sobre el centro. Pero ahora, directamente, nos estaba instando a no usar el WhatsApp. Me sentí como una niña pequeña a la que están echando una reprimenda por hacer algo prohibido y a la que están limitando las formas de comunicación con el mundo. 

Las madres somos ciudadanas libres, mayores de edad, con libertad de expresión y de reunión. Las críticas atroces que están recibiendo los grupos de WhatsApp de madres no responden a otra cosa que al miedo de los centros educativos a que haya unión entre las familias y se empiecen a denunciar las malas praxis de manera colectiva. Por lo demás, los grupos de WhatsApp del cole no son diferentes a los grupos de amigotes, familiares, antiguos alumnos, etc. Hay gran diversidad entre ellos y las dinámicas que se generan pueden ser múltiples, desde los grupos que no hacen más que compartir cadenas de niños secuestrados como los que están abonados a los vídeos humorísticos de caídas o al negro del WhatsApp. Pero son grupos de personas adultas y nadie externo tiene derecho a venir a fiscalizarlos o a pedir que no se hable de X o de Y. 

Por lo demás, personalmente no espero nada de los grupos de WhatsApp del colegio. Mi hijo rara vez tiene dudas sobre lo que hay que hacer de deberes y si tengo algo que decirle al centro o a la tutora voy personalmente a hablar con la persona en cuestión. Siempre me ha molestado la gente que se queja en la puerta del colegio porque la tutora hace esto o lo otro y espera que sea otra la que se caldee y suba a hablar con la directora. Mientras, su hijo o hija está sufriendo las consecuencias de su falta de responsabilidad, y tenemos que ser otras las que le saquemos las castañas del fuego. 

Los grupos de WhatsApp sirven para lo que sirven, pero lo que es claramente sintomático es el revuelo que han montado los maestros y profesores para desacreditarlos. Si tanto les molesta que las familias les critiquen, deberían mirarse un poco a sí mismos y a sí mismas y recordar cuando hablan de la vida privada de una familia en público, critican el aspecto de una madre o cotillean sobre la separación de los padres de uno de sus alumnos. El respeto no es unidireccional, y si se pide respeto, hay que estar dispuesto a ofrecer lo mismo a cambio. 

Los padres cuarteleros: Una tendencia en alza

Tomada de Pixabay

Los expertos lo han detectado con su radar “encuentra fenómenos”. Son los padres cuarteleros. Tratan a sus hijos a golpe de silbato, les educan en un ambiente absolutamente dictatorial y nunca les ayudan a levantarse cuando se caen. Esta forma de educación, que se puso de moda tras la adopción de las tesis de ese concepto pseudocientífico llamado “hiperparentalidad”, está acabando con la autonomía y la autoestima de niños y jóvenes, que tienen sistemas nerviosos débiles y son incapaces de enfrentarse a los retos más sencillos de la vida, como tomar decisiones por sí mismos, hacer amigos, abordar los conflictos con serenidad o mantener conversaciones distendidas. 

Los padres cuarteleros hacen oídos sordos a las quejas de sus hijos. No importa que lleguen llorando a casa del colegio con un ojo morado. Les dicen que se defiendan, que devuelvan el puñetazo y que no lloren como nenazas. Si su hijo es una hija, les dicen que algo habrán hecho, que sean tranquilitas y jueguen a la goma en el patio, así no se meterán en líos. Es así como los casos de acoso en el colegio han aumentado de forma alarmante: sin un control por parte de las familias, que son las encargadas del bienestar de los menores, no hay nadie que ponga freno a la escalada de violencia en los colegios e institutos. 

Además, este tipo de padres no atienden a sus hijos cuando sufren accidentes o tienen dolores. Son de la idea de que, cuando un niño se cae al suelo, hay que dejar que se levante solo para forjar su fortaleza y valentía. De este modo, están llegando a los hospitales niños con fracturas antiguas mal soldadas que no fueron atendidas debidamente en su momento. Además, los niños crecen con la idea de que no hay que ayudar al otro cuando tropieza y estamos asistiendo al surgimiento de una generación de adolescentes insensibles ante los infortunios de sus semejantes, que pasan sin mirar a las viejecitas que encuentran tiradas en el suelo y que no ceden el asiento en el metro a las embarazadas. 

Marilita Jiménez, experta en ingeniería genética en la Universidad de Gayamil, afirma que estos padres crían a sus hijos como si fuesen infantes de la marina. Las maneras espartanas en la educación están dando lugar a gran cantidad de casos de estrés postraumático en niños y adolescentes, que llegan gritando “SEÑOR, SÍ SEÑOR” a las consultas de psiquiatría. “Como sigamos así, en unos años vamos a tener zombis en vez de personas paseando por las calles” afirma la experta. 

Quedaron atrás los tiempos en los que se daba crédito a las teorías que afirmaban que una crianza respetuosa y con amor generaba individuos respetuosos consigo mismo y con sus semejantes. En la actualidad, parece que estamos educando a soldados que van a ir a la guerra a combatir por su patria, más que a ciudadanos conscientes y resilientes, preocupados por contribuir al bien común. Y es que necesitamos personas que se construyan sobre una base sólida de apoyo, respeto y amor por parte de sus progenitores, y no de individuos obedientes sin autoestima que no sepan relacionarse con los demás porque nunca les han cuidado. 

Rita y las listillas

Tomado de Pixabay

El otro día, mientras hacía la comida, me puse el primer capítulo de Rita, una serie Danesa que tiene como protagonista a una maestra. Esperando encontrar una visión diferente sobre la educación, lo que me encontré fue un primer capítulo que arremetía contra una niña con altas capacidades (AA.CC.). La niña en cuestión era dibujada como una repelente que necesitaba acaparar la atención de la profesora y que despreciaba a sus compañeros y compañeras por no ser tan buenos estudiantes como ella.

Los padres llaman al director, porque la niña se queja de que su profesora, Rita, no le hace caso. La profesora le dice a los padres que la niña es precoz y maleducada, y que si es madura lo tiene que ser en todo y comportarse de manera madura en cualquier circunstancia. Después, saca a relucir otro tópico: que la niña no tiene amigos, y propone a los padres que se preocupen más por eso que por la formación de su hija.

Ese tipo de versiones sobre los niños y niñas que tienen capacidades diferentes ayuda muy poco a solucionar las dificultades que afrontan en un entorno educativo en el que no encajan. La escuela está hecha para un tipo medio de estudiante que progresa adecuadamente, sin destacar y sin rezagarse. Pero en cuanto un niño o niña se sale de la vereda, se convierte en un problema. Aunque la normativa es más que clara al respecto, y los niños y niñas de los que se sospecha que tienen AA.CC. deben ser valorados y disfrutar de una adaptación curricular adecuada a su ritmo de aprendizaje, las familias que se enfrentan a esta circunstancia saben lo difícil que es conseguir esto.

Existen bastantes prejuicios sobre este tema que se convierten en importantes obstáculos para conseguir una adaptación curricular en un caso de AA.CC. En primer lugar, existe la idea de que todas las familias creen que sus hijos/as son los más listos/as. La primera vez que acuden al colegio por este motivo, encuentran las medias sonrisas y las burlas veladas de las/os maestras/os, insinuando que están sobrevalorando las capacidades de su hija/o. Para conseguir una valoración, la mayoría de las familias tienen que acudir a un centro privado, ya que los servicios de orientación de los centros públicos rara vez acceden a llevar ésta a cabo.

Por otra parte, otra creencia errónea es que una persona con AA.CC. tiene que ser muy buena en cualquier actividad, de modo que ha habido casos en los que se ha negado una valoración si no existe un rendimiento superior en alguna de las materias, Educación Física, por ejemplo.

Los niños y niñas no lo pasan bien en el colegio. Si son sufridores/as, pueden pasar su etapa escolar aburriéndose como ostras en una clase que no les resulta para nada estimulante, con la sensación de estar perdiendo el tiempo y con un sentimiento de fracaso, al no ser capaces de disfrutar con nada de lo que hacen. En el peor de los casos, estas niñas y niños desarrollan problemas de conducta y emocionales que pueden constituirse en un serio problema en la adolescencia.

Por tanto, visiones como la que ofrece la serie Rita no ayudan nada a la integración de estos niños y estas niñas. Estas personas tienen derecho a una educación adaptada a sus necesidades que de respuesta a sus inquietudes, intereses y ganas de aprender. Rita tiene que prestar tanta atención a su estudiante con AA.CC. como a los demás estudiantes, y desarrollar estrategias que hagan que todos ellos aprendan sin que nadie se quede aislado, mirando,  en un rincón.

De cartas salvadoras y realidades evidentes


En los últimos días, se ha hecho viral una carta de un profesor de literatura a sus estudiantes suspensos. El discurso que se desarrolla en ella es bastante tradicionalista y lo llevamos escuchando décadas, siglos diría yo, sin que nada haya cambiado en nuestro sistema educativo y sin que los jóvenes a los que esta carta va dirigida hayan cambiado un ápice. Este profesor, que trabaja, por lo que podemos intuir a partir de sus palabras, en un medio rural, en el que la economía está basada en la agricultura, se dirige a sus estudiantes y les dice que tienen que esforzarse porque la vida es dura. 

Después de 5 minutos de vídeo, he creído entender que este profesor, cuyas intenciones no pongo en duda que son buenísimas y que lo que dice lo dice de corazón y porque se lo cree, asegura a sus estudiantes que si estudian con mucho ahínco y llevan los trabajos a tiempo, podrán salir del sistema de pobreza y explotación al que se ven sometidos gran cantidad de españoles. Puede ser que alguno de ellos le haga caso, y dentro de unos años vuelva para decirle “mira Pablo, hice lo que tú me dijiste en esa carta navideña que te publicó el Huffington Post y que me dejó impresionado. Pero han pasado los años, y por mucho que me he esforzado, por mucho que he entregado los trabajos a tiempo, por mucho que he leído a los románticos, mira, aquí estoy, con un contrato de mierda que he firmado comprendiendo perfectamente lo que ponía en el texto. Aquí estoy, con una jornada laboral interminable, currando para alguien que se lucra con mi trabajo y lejos de mi pueblo y de mi familia. Eso sí, soy un buen trabajador, me esfuerzo y entrego todas mis tareas a tiempo.”

No sé, Pablo. ¿Cuál es realmente tu visión del ascenso social? Yo creo que, si lo que quieres es que tus estudiantes tengan la mente abierta y pensamiento crítico, deberías poner manos a la obra y ponerte a trabajar en ello. ¿Les has propuesto que se vean reflejados en algún personaje literario? No sé, se me ocurren Germinal, Cañas y Barro, Los Santos Inocentes… hay tantas joyas de la literatura que te pueden servir para hacer que sus mentes se revelen contra la injusticia, que yo no dejaría escapar un momento y me pondría a trabajar ya. 

¿Y qué decir del dadaísmo, de los Provo, de los movimientos de vanguardia que intentaron romper con el status quo establecido, o el más contemporáneo movimiento grafitero, con artistas como Bansky, Obey, Blu y tantos otros? ¿Has pensado alguna vez trabajar por proyectos y dejar que ellos y ellas experimenten el impulso creativo y el intento de romper con el orden establecido en la vida de mierda que dices les espera? 

Te animo a que liberes tu mente y, en vez de insistir con datos, apuntes, libro de texto y clases magistrales, cuya única propuesta es la de hincar los codos y leer por leer sin entender, les hagas vivir el lenguaje y la literatura. Haz que escriban para conseguir cosas, que noten el poder de la escritura en sus carnes. Que escriban sobre los problemas que les rodean adoptando las técnicas literarias de esos movimientos que ahora les suenan a chino. Que vean sus textos publicados. Que elaboren un periódico de aula. No hace falta que sus textos sean perfectos, lo que es necesario es que los sientan como suyos y aprendan a amar el lenguaje escrito. Que lean para disfrutar y para comprender su entorno. 

¿Te imaginas lo que podrías conseguir?

La mala educación en la escuela

Cuando mi hijo y mi hija eran pequeños, tenía mucho cuidado con las cosas que veían en televisión, bajo el convencimiento de que la desensibilización a la violencia cumple un papel fundamental a la hora de diseñar ciudadanos insensibles y poco reactivos. No quería que diesen por normal los disparos, las peleas, los insultos y los golpes tan comunes en series, películas y dibujos animados. Así que crecieron con un control bastante cuidadoso de lo que veían, y usando muy poco la tele. 

Sin embargo, la escuela no me lo puso fácil. En las aulas no había pizarras digitales, y si había ordenador lo usaban para tener entretenidos a los niños y niñas los días de lluvia y en esas horas en las que no sabían que hacer. Y les ponían películas. Un día, mi hijo de 4 años me dijo que no podía dormir. Que había visto una película muy fea en el colegio. Indagando, me enteré de que les habían puesto Spiderman, una película no autorizada para menores de 12 años. Fui al colegio a protestar. No es normal que yo esté cuidando la educación de mis hijos en casa y me echen a perder el trabajo hecho en la escuela. 

Como esta, podría contar otras tantas anécdotas. Un día, la maestra de tercero de primaria le pidió a mi hija que escribiese una lista de 5 palabras (no recuerdo el objetivo). Mi hija escribió, entre otras, ipso facto (lo escribió todo junto, ipsofacto). Era una palabra que le oía mucho a su padre (podéis reíros, sí, yo también lo hacía) y para ella era una palabra habitual. Pues bien, la maestra se la tachó sin mediar palabra, y ella llegó muy enfadada y frustrada con ese asunto. ¿No hubiese sido mejor hablar sobre esa palabra (que por otra parte, es una expresión bastante culta) que tachar sin más la producción de la niña? En fin, cosas de maestras… 

Otra cosa que me ha costado mucho erradicar de los hábitos adquiridos en la escuela por mis hijos ha sido el de la copia y el resumen. Trabajaban la poesía copiando poesías, trabajaban la narración resumiendo cuentos del libro de texto, y así sucesivamente. Y luego nos extrañamos de que el plagio esté a la orden del día entre los estudiantes universitarios, que los de secundaria no sepan escribir y que incluso los rectores españoles usen el copy-paste para elaborar sus textos. Para aprender a escribir hay que crear textos propios, no copiar los ajenos. Y para estudiar no hace falta resumir copiando párrafos: los esquemas y los mapas conceptuales han probado ser mucho más eficaces para almacenar conjuntos de información compleja. 

En cuanto al acoso escolar, tema que está produciendo una gran alarma social en los últimos tiempos, he de decir que ha habido profesores y profesoras de mis hijos, tanto de primaria como de secundaria, que no han contribuido de la manera más eficaz posible a su erradicación. No han sido ni uno, ni dos ni tres los que han insultado a sus estudiantes menos aventajados en clase, diciéndoles cosas del tipo “eres penoso”, “nunca llegarás a nada en la vida” y cosas por el estilo. Por eso, cuando me hablan del método ese que usan en Finlandia para erradicar el acoso escolar, que consiste en centrarse en los testigos del acoso, pienso que nuestro sistema, una vez más, está a años luz del de Finlandia (sí, aunque os fastidie que lo digamos y lo repitamos hasta la saciedad). Aquí deberíamos empezar por que los profesores tratasen con respeto a sus estudiantes, que no es poco. 

En definitiva, cuando Elvira Lindo dice que los deberes los tenemos que hacer todos, la sociedad y el sistema educativo, discrepo. Sí, señora periodista. Discrepo porque el sistema educativo debe mejorar la sociedad, no compararse con ella. No es lo mismo exigir a las familias que mejoren la educación de sus hijos e hijas que exigírselo al sistema educativo, un sistema que se supone está compuesto por profesionales al servicio del estado. Por último, le rogaría que cuando escriba sobre educación, como periodista y profesional que es, además de esmerarse por dotar de estructura y legibilidad a sus artículos, piense en las consecuencias y efectos de lo que escribe. Sus lectores y lectoras se lo agradecerán. 

Maestras cuñadas


(Advertencia: en este post uso el femenino genérico. Donde dice maestra se debe entender también maestro. Donde dice alumna, dice alumno también. Además, no excluyo a las profesoras y profesores de los IES)

El cuñadismo dentro de la profesión docente está en alza. Antes permanecía encerrado en las sesiones de evaluación, esos conciliábulos secretos que nos ilustraron tan bien los estudiantes del IES Berengüer Dalmau. Pero ahora ha saltado a las redes, y todas podemos ser testigos de él. Si una maestra se queja en las redes sobre una alumna, saltan 10 compañeras con el “bien, coño, bien, compañera” haciendo sugerencias de lo más variopinto. 

De esta forma, en el imaginario de la maestra media, las familias son, por definición, dejadas e ignorantes. No saben qué hacer con sus hijas, que les engañan y se encierran en sus cuartos a navegar por internet mientras ellas toman cafés con las amigas creyendo que están estudiando. 

Para la maestra cuñada, la sociedad se divide en dos grupos bien definidos: maestras y todo el resto de la población. Las familias, que por supuesto no tienen maestras entre sus miembros, no se preocupan por sus hijas y hay que forzar su asistencia a las necesarias tutorías. A pesar de tener tiempo libre a raudales, prefieren irse a hacer yoga o a merendar al centro comercial que escuchar atentamente los sabios consejos de la maestra de su hija, que es la única persona que se preocupa por su futuro. 

Las maestras cuñadas suelen dar respuestas muy parecidas cuando las familias critican el sistema educativo: 

– Señora, siento que haya tenido tan mala experiencia. 

– Seguro que eres de esas madres que superprotegen a sus hijos y les conviertes en unos inútiles.

– Señora, si su hijo es un vago en clase tendrá que llevar lo que no ha terminado para casa. 

– Las mamis meten a sus hijas a extraescolares mientras que vuelven del curro. Qué desfachatez. 

– El Whatsapp es la agenda de los niñas, y las mamás solo lo usan para criticar a la maestra. Hay que prohibirlos. 

– Finlandia bla bla bla

– Pisa bla bla bla 

– Se ha perdido el respeto y la confianza en las maestras. ¿A los médicos acaso les pides pruebas de que la prescripción va a funcionar?

– Hay que dar siempre la razón a la maestra delante de la niña, aunque no estés de acuerdo con ella (señora, sí señora)

Y así hasta el infinito. Planteamientos muy cuñados que parte de las premisas de que todas las familias son iguales, no poseen ni la más mínima noción de educación, deben estar bajo la supervisión de las maestras  y deben respetar incondicional y ciegamente al cuerpo docente. 

Cuidado, que yo no digo que no vivamos en una sociedad consumidora de televisión y comida basura que habla a los hijos y a las hijas como el del vídeo de la cabra. Que hay familias bastante cuñadas, eso es indiscutible. Y familias pobres, familias con trabajos agotadores y mal pagados, familias monoparentales, familias reconstituidas, familias intelectuales, familias de empresarias con dinero, niños y niñas sin familia. Nuestra sociedad es múltiple, y que las maestras nos trate a todas las familias siguiendo el mismo ideario no funciona nada bien. No puedes exigir a una familia que su hija lleve los materiales escolares si antes no te has informado sobre su situación económica. Ni decirle a una madre lo que tiene que hacer en casa para que su hija mejore su rendimiento si no sabes cuáles son sus circunstancias. Quizás esa madre tenga un turno de tarde y no vea a su hija hasta las 10 de la noche, cuando vuelve agotada de trabajar. O tiene una familia numerosa de la que ocuparse sin ninguna ayuda. 

Pero bueno, menos mal que todas estas cosas solo las hacen las maestras cuñadas. Lo normal es que se preocupen por conocer las circunstancias de sus alumnos y alumnas, atiendan con empatía las preocupaciones de sus familias y adapten sus prácticas docentes a las peculiaridades de cada estudiante. Como debe ser. 

La hiperparentalidad según Eva Miller


El siglo XXI ha sido el escenario en el que han cobrado auge los discursos sobre las prácticas de crianza. Antes, se criaba y ya. Pero ahora, la conciencia ha dado una vuelta de tuerca y, además de reflexionar más sobre la forma en que educamos a nuestros hijos e hijas, hay una desvinculación de la familia extensa. Ya no aprendemos a criar entre primas, vecinas y amigas que amamantan en corro a sus criaturas. Ahora tenemos que prestar voz a los expertos y a los gurúes de la crianza. Son personas que salen en reportajes de prensa con cara de ser muy listas y campechanas y que parece que te van a dar la formula magistral para educar y criar. 

Este es el caso de Eva Miller, una mujer, una madre, una periodista que ha decidido escribir un libro para decirnos que lo hacemos mal. Que estamos estresadas sin ningún motivo, ya que los niños y niñas no necesitan tanta atención como la que les prestamos hoy en día. Que lo que pasa es que tenemos pocos y tarde, y entonces les cuidamos como un tesoro. ¡Ay, si me conociese a mí, que tengo 3 propios y una ajena y les cuido a los tres como si fuesen un potosí!

Pero en fin. Eva dice que sufrimos de hiperparentalidad. Que somos demasiado madres/padres, debe significar eso. Que estamos obsesionados por la precocidad. Que llevamos a nuestros retoños a cientos de extraescolares incluso los fines de semana y queremos que sean los más listos y los más guapos. Y que elegimos el mejor colegio posible, qué desfachatez. Con lo fácil que sería hacer las cosas con desidia desde el momento que asoman la cabeza. Llevarles al primer colegio que se cruce por nuestro camino y tirarles la comida a la cuna a ver si la cogen al vuelo. 

Me veo muy reflejada en eso de las extraescolares. Cuando mis mellizos eran pequeños, se querían apuntar cada año a una extraescolar diferente. Y yo a llevarles. Kunfú, Taekwondo, pintura, baile, Judo, fútbol, natación, patinaje, ténis…y por fin música. Ahí acabó la búsqueda. Todos se quedaron enganchados a la música y compaginan con algo de deporte. ¿Por qué les voy a decir que no a algo que les gusta, y que incluso se puede convertir en su profesión el día de mañana?

Eva, lo que me ha dejado algo boquiabierta es eso de que la hiperparentalidad es una corriente, y que es nada menos que la continuación de la crianza con apego. Me deja como perpleja, porque sobre la crianza con apego hay muchas cosas escritas, y las personas que la practican son conscientes de hacerlo. Sin embargo, eso de la hiperparentalidad sólo te lo he oído a ti, y me parece más un insulto que una corriente. Te llaman hiperparental cada vez que quieres defender a tus hijas e hijos de los excesivos deberes escolares, cuando no les obligas a comer, cuando les obligas a comer el bocadillo, cuando les das teta, cuando les llevas descalzos, cuando les buscas unas zapatillas ergonómicas, cuando les haces fotos, cuando no quieres que otras personas les hagan fotos….

Hiperparentalidad sirve para todo. Para decir a las familias que lo están haciendo mal, que están malcriando a sus hijas e hijos y deben dejar en manos de expertos y docentes todas las decisiones que tengas que tomar. Sirve incluso para meterse con los estudiantes universitarios, que son como son por culpa de sus hipermadres e hiperpadres que se ocuparon de cuidarles con esmero. Son mucho mejores aquellos a los que sus padres desatendieron e hicieron pocas fotos. Con lo fácil que es educar, Eva, no sé que hacemos invirtiendo nuestras vidas en la crianza. 

Al final, el problema es que queremos enseñar a nuestros hijos cómo se convive en democracia, cuando en realidad, dice Eva, la familia es una institución jerárquica. Craso error. Si les preguntamos y les dejamos que tomen decisiones, estamos dándoles una visión errónea de la vida, en la que nadie les preguntará lo que quieren hacer, tendrán que obedecer a otros sin rechistar y no podrán escoger por si mismos cosas como someterse a un tratamiento o seguir trabajando por un mísero sueldo. Es mejor que crezcan sometidos a la jerarquía para que luego no se lleven decepciones. 

Pues bien, yo prefiero preguntar a mis hijos e hijas, pedir su opinión y darles pie a que reflexionen sobre sus deseos y sobre formas alternativas de ver el mundo. Seguramente les estaré convirtiendo en unos seres incorregibles y contestatarios, pero la forma de crianza lleva implícita una clara ideología de cómo debería ser el mundo. Y si algo tengo claro, Eva, es que nuestras ideologías son diferentes. 

Venga, voy a responder a la encuesta

Tomada de Pixabay.com
Tomada de Pixabay.com

Los de Gestionando Hijos, en colaboración con la Fundación SM, del Grupo SM, sí, los que, entre otras cosas, venden libros de texto, hacen dos encuestas para conocer la relación familia-escuela. Y la hacen, cómo os diría yo… imaginaos que yo hago una encuesta sobre feminismo y hago preguntas en esta línea:

¿Crees que el feminismo es necesario o prefieres la igualdad?

¿Responderíais a esa encuesta? Un poco sesgada ¿verdad?

Bueno, vamos a ver las preguntas, porque creo que merece la pena.

1. En general, veo a los profesores como socios con quien (sic) colaborar para mejorar la educación de mi hijo.
Pues no. Los/as profesores/as no son mis socios, son personas encargadas de la educación escolar. Y según la ley, son ellos los que deben colaborar con las familias. Lo dice la LOMCE en su preámbulo, no lo digo yo. Partiendo de ahí, la colaboración no es mala nunca. Pero me importa la horizontalidad y la firme convicción en que , quien decide sobre la educación de mis hijxs, soy yo.

2. Acepto las decisiones y formas de actuar de los profesores aunque no las comparta.

Pues depende de la decisión. Si esa decisión perjudica a mi hijx y no está basada en criterios pedagógicos, ni la compartiré ni la aceptaré, sino que iré al colegio a que me expliquen por qué se ha tomado, y si tengo argumentos contundentes haré que se retracten. Es mi obligación velar por el bienestar de mis hijxs.

3. Los grupos de padres de WhatsApp son un medio para criticar al colegio, los profesores y cuestionar sus decisiones.

Pues depende. ¿Los grupos de amigotes son un medio para compartir fotos de la novia desnuda y contar las proezas del fin de semana? Pues eso… Además, no puedo hablar con propiedad de los grupos de padres, solo conozco grupos de madres.

4. Delante de mis hijos siempre muestro mi apoyo a sus profesores.

Siempre no, por supuesto. Ni nunca. Cuando alguien tiene razón, se le da. Pero estoy en contra de esa idea de que el adulto siempre tiene razón, aunque no la tenga, y al niño/a hay que enseñarle a obedecer sin cuestionar las órdenes. Esa es la mejor forma de dejar a niños y niñas expuestos a los abusos sin saber defenderse. Total ¿para qué se lo van a contar a su madre y/o a su padre, si van a apoyar incondicionalmente al profesor? Gran fail

5. La profesión docente es una de las más importantes para la sociedad.

A ver. Importantes son muchas. ¿Qué haríamos sin las personas que recogen las basuras, sin las que nos cobran en el supermercado, sin las que gestionan nuestras multas?

Si lo que me preguntas es que si considero que un profesor/a o maestro/a deben estar bien formados y tener unos valores sólidos para ejercer su profesión, la respuesta es sí. Más considerando que nuestras hijas e hijos están en sus manos durante 5 horas al día, 5 días de la semana.

6. Siempre estoy dispuesto a colaborar con los profesores de mi hijo para buscar soluciones conjuntas.

Pues depende de cuál sea el caso, obviamente. La casuística es enorme. Si me piden que mi hijx no hable en clase, yo lo único que puedo hacer es decirle que no lo haga, pero no estoy en la clase para ver qué pasa allí y buscar soluciones conjuntas. Aunque estaría dispuesta a hacerlo: iría al aula y buscaría soluciones conjuntas con la maestra para que sus estudiantes la escuchen y dejen hablar. Por lo tanto, mi respuesta es SÍ.

7. Es importante que los padres colaboremos con los profesores y la escuela para erradicar el acoso escolar, aunque nuestros hijo/s no se vean afectados.

Con esta pregunta, otra vez me cuesta entender a qué se refiere. Si se refiere a que eduquemos a nuestras hijas/os en el respeto a los demás y a afrontar los conflictos de manera cordial y civilizada, estoy totalmente de acuerdo. Pero eso no es colaborar con la escuela o con el profesor, es educación pura y dura, lo que debemos hacer las familias, nuestra obligación, vaya. Y la escuela debe asegurar que el acoso escolar no se de entre sus muros: cuando los niños y niñas están dentro, esa es labor suya con la que no podemos colaborar porque no estamos allí. Decir que a un niño/a le han acosado porque los padres del otro le tenían mal educado es echar balones fuera. Si yo dejo a mis hijxs en el colegio, el colegio se responabiliza de su bienestar y seguridad. Y punto. No hay excusas.

8. Los padres debemos hacer los deberes con nuestros hijos.

No. Los padres (y las madres) debemos cuidar y educar a nuestros hijos e hijas, y hay miles de actividades interesantes que hacer en nuestro tiempo libre. No hace falta que la escuela nos indique lo que tenemos que hacer en ese tiempo, muchas gracias. Y os aseguro una cosa: cuando tienen que estudiar, estudian. Es increible. Aunque tengan una madre como yo, constructivista, antideberes y casi libertaria (o libertina) al respecto.

9. Es importante transmitir emociones positivas a mi hijo en relación a los profesores, el aprendizaje y la escuela

Sí. Yo lo intento, pero no se lo creen. Yo les digo lo importante que es estudiar y, según la edad que tengan, me dicen que el colegio es aburrido, que quieren que lleguen las vacaciones, o bien que el sistema escolar está hecho para mediocres. No obstante, han aprendido a tener éxito sin entusiasmarse demasiado, sabiendo que es un peaje que tiene que pasar.

10. Es necesario que los padres colaboren activamente en la vida escolar (actividades en el aula, participación en tutorías, extraescolares, AMPA, Consejo Escolar…).

Bueno, hemos llegado a la pregunta número 10. ¿Qué nota habré sacado? Vamos por partes:
A. Me encantaría participar en actividades en el aula, pero nunca me han llamado para hacerlo.
B. En las tutorías no se participa, se va a que te cuenten si tu hijo/a es bueno/a o malo/a y si necesita refuerzo o reprimendas. Por lo tanto, pocas veces he ido a una tutoría. Y las veces que he ido ha sido porque las he pedido yo.
C. Las extraescolares, como su propio nombre indica, no forman parte de la vida escolar. Hay vida más allá de la escuela.
D. El AMPA…. hubo un tiempo en que caí en la trampa. No gracias, no me interesa organizar festivales.
E. Consejo Escolar: lo mismo que D

Espero haber respondido bien. Soy una estudiante muy aplicada.

La autoridad del profesorado

Leo con estupefacción que un señor que es profesor, aunque ataca a las disciplinas encargadas de estudiar el hecho educativo con saña y odio, ha ido a hablar al parlamento de Navarra sobre la necesidad de dar más autoridad al profesorado. A él le gustaría que se hablase de autoridad más que de protección, pero da por bueno hablar de una ley de protección del profesorado.

Vamos a ver. Los necesitados de protección son los menores. Siempre y por encima de todo. Partiendo de ahí, el profesorado se debe dotar de herramientas para la resolución de conflictos en el aula. Haya o no haya ley, el poder en el aula lo ejerce el profesorado. Tiene cogidas las riendas y es el menor el que tiene las de perder. Aunque nos inunden con historias del pobre profesor que es diana de las burlas de sus malvados estudiantes, en las que él siempre termina de baja por depresión, estamos hablando de alumnos y alumnas que tienen entre 12 y 16 años (asumo que estamos hablando de la etapa obligatoria de la E.S.O.). Para gestionar un aula, hay que desarrollar competencias pedagógicas que te permitan manejar las dificultades.

Este señor dice que los docentes tienen derecho a ejercer su labor en unas condiciones adecuadas. Olvida que el derecho constitucional es el de la educación, y su labor es que los niños y niñas hasta los 16 años puedan disfrutar de este derecho. Esto implica que un docente tiene que ser especialista en trabajar con adolescentes. Su labor no es llegar a una clase y empezar a soltar su perorata mientras los estudiantes le miran con admiración e introducen la información en sus cabezas. Su labor es potenciar el aprendizaje de una manera adecuada a la edad y los conocimientos previos de sus pupilas y pupilos.

Partiendo de estos supuestos (que el que está ejerciendo su derecho es el y la estudiante, y no la profesora o el profesor, y que hay que saber trabajar con adolescentes), pretender basar el clima de convivencia en lo que este señor llama “medidas disciplinarias” es un absoluto despropósito basado en una ideología muy concreta. Puede ser que, para él, la educación se pueda desarrollar en un ambiente de miedo. Pero desde la Pedagogía y la Psicología de la Educación, eso es imposible. El aprendizaje solo se puede desarrollar en una ambiente de confianza, y el profesorado es el encargado de crear ese clima.

Pasa que, entre los estudiantes, este profesor se va a encontrar una gran variedad. Y además, en la vida de una persona, pueden pasar muchas cosas, y hay días en que un niño o una niña puede haber vivido algo especialmente amargo, violento o desagradable. No hay que perderlo de vista: los alumnos y alumnas son personas que se alegran, sufren, viven fuera del colegio y del instituto. Y forma parte de la educación, sobre todo a estas edades, ser sensible a estas situaciones. No son máquinas en las que introducir el excelso contenido. Esas máquinas tienen vidas e intereses con los que hay que sintonizar. Malas noticias para una persona que quiere basar la convivencia en medidas disciplinarias.

En cuanto a la confianza que debemos depositar las familias en el profesorado, eso depende de muchas cosas. Las familias somos responsables de velar por el bienestar de nuestros hijos e hijas. Nunca debemos depositar confianza ciega en nadie, por mucho que tenga un título y haya obtenido una plaza en un servicio público. Nuestros hijos e hijas siguen siendo responsabilidad nuestra, y haremos todo lo que esté en nuestras manos para asegurar su bienestar. Las familias pueden tener muy buenos argumentos para no estar de acuerdo con algunas de las prácticas que tienen lugar en las aulas y es nuestro deber denunciarlas y exigir su erradicación. De la misma forma, apoyaremos al profesorado cuando sus argumentos sean correctos y la educación de nuestros hijos requiera de nuestra intervención para que su conducta en el aula sea adecuada. Todo es, efectivamente, una cuestión de diálogo en un entorno democrático. No hace falta que el profesorado se convierta en policía y su palabra tenga más valor que la nuestra como familias.

Por último, recordarle a este señor que el respeto no se impone, el respeto se gana. Es obvio que todas las personas (profesoras y profesores, madres, padres y estudiantes) merecen respeto a priori como seres humanos, y eso no se le niega a nadie. Pero aquí hablo del respeto como emoción que surge de una historia de convivencia. Este tipo de respeto debe ser mutuo: sin reciprocidad es imposible que exista el respeto. Claro, si se refiere al respeto que emana de la autoridad tipo militar, que el cabo le tiene al comandante y el comandante le tiene al general, efectivamente estamos hablando de cosas distintas: así no funciona la educación. Eso lo sabía hasta la profesora y ex marine LouAnne Johnson en Dangerous Minds.

Cualquier ciudadano y ciudadana está protegida legalmente ante las agresiones. Si un profesor o profesora es agredido, será protegido sin necesidad de que exista una ley, como cualquier otra persona. Pero cuando el que agrede a una persona adulta es un niño o una niña, hay que estudiar esta situación y poner en marcha medidas educativas y de convivencia real, no medidas disciplinarias más propias del sistema penitenciario y militar. Negar la necesidad de formación educativa sobre estas cuestiones y pretender solucionar los conflictos que se producen en las aulas (en las de algunos más que en las de otros) con medidas cohercitivas y disciplinarias es un despropósito solo comprensible en una persona que tiene más nociones de instrucción militar que de manejar contextos educativos. Si esto es lo que llaman “anti-pedagogía”, ya sabemos a lo que nos enfrentamos.