KILLEREDUCACIÓN

Un sistema educativo sin altas capacidades

El tema de las altas capacidades (AACC) siempre me ha producido sentimientos encontrados. De siempre he odiado el término “superdotado”, por lo que agradezco mucho que esa palabra haya desaparecido para ser sustituída por una que hace alusión a las múltiples capacidades del ser humano y la posibilidad de que algunas de ellas estén especialmente desarrolladas. Llamar a alguien “superdotado” siempre me ha parecido una especie de insulto, una forma de encasillar a una persona que, de repente, tiene que demostrar que merece, de alguna forma, esa denominación.

A pesar de que el concepto haya perdido sus matices de etiqueta de superheroe, sigo sin ver la necesidad de etiquetar a los niños y las niñas, someterles a tests y pruebas, atarles a un informe y guerrear por que un maestro o maestra con capacidades medias acepten dicha etiqueta. Lo cierto es que el problema es mucho más profundo que una simple aceptación de las competencias elevadas de un estudiante. El problema de fondo es un sistema educativo centrado en los contenidos y no en el aprendizaje.

Todos los niños y las niñas son especiales. Cada persona es un mundo y requiere una atención personalizada. Si bien es cierto que en un aula de 30 niños es difícil desarrollar este tipo de atención, tener una sensibilidad especial hacia las peculiaridades de los estudiantes es una competencia que todo docente debería desarrollar. Por otra parte, existen formas de intervenir educativamente para aprovechar al máximo las capacidades de cada estudiante sin tener que desatender a ninguno de ellos. Pero para ello, hace falta cambiar el esquema del aula y de las prácticas que en ella se desarrollan. Y considero mucho mejor un aprovechamiento de las capacidades de cada niño dentro de su aula o de su grupo de edad que el adelantamiento de curso.

Adelantar a alguien de curso me parece la otra cara de la moneda de la repetición. Es el fracaso del sistema para adaptarse a las peculiaridades de sus estudiantes. ¿Por qué tiene un niño o niña de primaria, en una edad en la que los cambios de un año para otro son enormes, dejar a sus amigos y amigas e irse a un grupo de niños mayores? Igual que con el caso de la repetición, creo que se están poniendo las competencias intelectuales por encima de las emocionales y las sociales. Se pierde de vista a la persona en su contexto y se la trata como a un cerebro con patas. También este problema se solucionaría con una flexibilización de las prácticas escolares. La organización por grupos de edad permanentes es solo una manera de organizar un colegio, puede haber muchas otras, aspecto que continúa inexplorado en nuestro país.

Dado que el sistema falla en la detección y la atención de niños y niñas que se desvían de la media, tanto por arriba como por debajo, somos las familias las que tenemos que estar preparadas para afrontar los problemas derivados de esa desatención. En el caso de niños y niñas con AACC, es preciso darles oportunidades y recursos para desplegar sus intereses. Lecturas, visitas, conversaciones, uso de recursos digitales, interacción social más allá del aula, etc., además de una educación para comprender las diferencias entre las personas y lo que él o ella pueden aportar a un grupo con competencias diversas.

En este sentido, enseñar a los niños y niñas con AACC a gestionar su talento es crucial para su adaptación a los grupos sociales en los que se va a tener que integrar a lo largo de su vida. Es duro ser el listo o la lista del grupo, eso es así. Hay que soportar envidias, incomprensiones, acoso, burlas, etc. Por eso, debemos ayudarles a mantener sólida la autoestima y saber afrontar con sabiduría estas situaciones. Además, un gran poder conlleva una gran responsabilidad (ya lo decía el tío de Spiderman): saber ejercer funciones de liderazgo aportando lo mejor de ellos y sacando provecho de las competencias del grupo para sacar adelante un proyecto es tan importante o más que conocer los fundamentos de la física cuántica a los 9 años.

Es una pena que nuestro sistema educativo vaya con 40 años de retraso, pero es lo que hay. Creo que no es de recibo tener que someter a los niños y niñas con AACC a un diagnostico y a un etiquetaje de por vida para demostrar que tienen capacidades especiales. Yo prefiero trabajar en familia esas maravillosas competencias y enseñarles a afrontar la vida de la mejor manera posible. Esto no quiere decir que no luchemos por sus derechos en el sistema educativo, para nada, pero siempre teniendo en mente qué va a suponer para ellos y ellas cada paso que demos en este sentido.

Lo sencillo

Hoy, mi hijo pequeño me ha dicho que tiene “miedillo”. Me ha preguntado si puede haber una gerra civil, y no le he podido asegurar que no. Nos ha escuchado comentar que el presidente de nuestro país ha rechazado la mediación y nos ha preguntado que qué es eso. Le he dicho que la mediación es algo que se hace para poner paz, y se ha echado las manos a la cabeza. ¡Cómo puede alguien rechazar la paz! ¡Cómo puede un político mandar a la policía a pegar a la gente! He pensado que para qué iba a explicarle todo lo que he leído estos días: para él las cosas son sencillas. La paz es mejor que la guerra, la violencia es el mal y cuando las personas no están de acuerdo deben hablar para solucionar sus problemas.

Disfrazar el interés de orgullo patrio, la dignidad de venganza trapera, unas leyes escritas hace más de 50 años de escrituras sagradas y una amenaza de legalidad establecida no le va a convencer, porque él está ligado a las explicaciones sencillas. Por las mañanas nos levantamos de una cama caliente, desayunamos, acudimos al colegio y al trabajo, nos alimentamos, jugamos, leemos, estudiamos. En casa no hay banderas. La pobreza es un fallo del sistema que deberíamos solucionar, así como el cambio climático. ¿Por qué no hacemos nada, mamá? ¿Por qué discuten y no aportan ninguna solución? ¿Por qué cobran un sueldo?

Las cosas son sencillas. Y cuando nos parecen difíciles es porque son falsas o porque se han levantado estructuras artificiales que las convierten en inaccesibles. Ya no labramos la tierra, ya no producimos nuestro propios sustento. Trabajamos para otros por un número en una pantalla que se actualiza todos los meses. Este número va bajando para engordar los números de otras pantallas. Aseguramos la casa, el coche, la vida, las manos, los ojos… por si acaso. Vamos al supermercado, y rara vez tocamos la tierra que hay bajo nuestros pies.

Las cosas son fáciles cuando son de verdad. Y todo lo que está pasando estos días es una farsa. Señores que salen muy serios a amenazarse en público, recubiertos de solemnidad y galones. Señores que se esconden y no salen. Señora de negro que parece que está dando una homilía. Señores con faldas y gorros puntiagudos que no tienen nada que ver con nuestras vidas y que dicen que van a mediar. Señores que quieren mediar pero no les dejan. Y el patio digital ardiendo. Me da risa todo. Lo veo tan lejos… Ah, y vecinas y vecinos que cuelgan trapos rojos y amarillos y siguen con su vida miserable, de paro, jornadas laborales interminables y mal pagadas, sanidad de mierda y educación deteriorada.

Hoy la luna luce maravillosa, en este mes de octubre caluroso y convulso. Y mañana saldrá el sol, para iluminar vuestros ridículos juegos. Lo sencillo persiste, espero que no acabéis con ello.

Vístete

Lo del tema de la vestimenta de las niñas (y los niños) y el comentario del Juez Calatayud de que las niñas se hacen fotos como putas lleva dando titulares 4 días. Lo desacertado de estas declaraciones es evidente, en alguien que se llama juez y que se supone que está ahí para impartir justicia, no para decirle a las víctimas que son las culpables de lo que les pasa. Por otra parte, seas niña o seas puta, tienes derecho a que no te violen ni te agredan sexualmente, sea cual sea tu pose en una foto o tu ropa elegida.

Dicho esto, hablemos de nuestra ropa y de nuestros cuerpos. Hablemos de las niñas y de su autoestima. Hablemos de las populares, sus ropas y su maquillaje. Hablemos de la comodidad, del tanga que se mete por la raja del culo, de esos tacones que te destrozan los pies y la columna y de las 20 fotos que nos hacemos antes de colgar la buena en Instagram. ¡Qué lacra para toda la vida, ser fea y no poder recibir cientos de likes cuando cuelgo un vídeo en musical.ly! No, señor Calatayud. El problema no es que las niñas posen como putas (que, por cierto, no sé cómo es eso de posar como una puta, igual hubiese sido más acertado “como una cantante”, “como una actriz” o “como una YouTuber). El problema es que su autoestima resida en el efecto que su imagen produce en los demás. Una niña de 10, 11, 12 años posa de acuerdo a los modelos que le ofrece su entorno como exitosos, adecuados y agradables. Y esos modelos, hoy por hoy, son mujeres despampanantes que posan haciendo morritos y con ropas que les quedan fenomenal, no intelectuales listísimas que dedican su tiempo a escribir, a leer y a pensar en vez de a ir al gym y a la peluquería.

El otro día veía una serie de esas de adolescentes, Pequeñas Mentirosas, y me preguntaba cómo conseguían ir esas niñas al instituto tan perfectamente conjuntadas, con ese maquillaje profesional y ese peinado de peluquería espectacular. Las cejas, depiladas y delineadas, el lápiz de labios cuidadosamente escogido para la ocasión y un conjunto para cada momento del día. Si esos son nuestros referentes, la vida real nos debe parecer una verdadera mierda. Y una cosa curiosa: estas series pasarían el test de Bechdel estupendamente.

No, la verdad es que cuando veo a las niñas posando en Instagram, no me preocupa (solo) lo expuestas que puedan estar a desalmados y pederastas. Me preocupa (también) la forma en que se ven a sí mismas, qué es lo que valoran en ellas, cómo interactúan con su entorno, cómo están desarrollando su identidad. Y me preocupan no solo las que posan, sino también las que no posan, ese mundo oculto de niñas que no se atreven a poner su foto en Instagram, que no bailan en público y que se creen “feas”. Esas niñas, todas las niñas, merecen otros modelos para amarse y respetarse. Merecen mujeres de verdad, con sus granos, sus gafas y su inteligencia diciéndole al mundo “porque yo lo valgo“. Y a la mierda el Juez.

YouTubers World

 

Ayer decidí adentrarme en el mundo YouTuber. Mi hijo de 11 años lleva un tiempo enganchado, y me apetecía saber qué se cocía por allí de primera mano. Creo que merece la pena adentrarse en este fenómeno que, de mano de gente de 20, está enganchando a gente de 10. La televisión hace años que solo se enciende en mi casa para ver Netflix, los canales tradicionales han muerto y ahora, para acercarnos al mundo de nuestros pequeños y pequeñas, hemos de navegar con ellos y elegir entre los numerosos y seguidísimos YouTubers.

Lo primero que hay que saber es que, cuando abres una cuenta de YouTube, puedes crear un canal propio en el que subir vídeos. Los YouTubers suelen ser chicos y chicas jóvenes. Lo que suelen hacer son GamePlays, que son vídeos en los que salen ellos mismos jugando a un videojuego, Vlogs, en los que cuelgan vídeos hablando de su vida o de distintos temas, y series animadas o de otro tipo.

Os voy a hablar de los YouTubers favoritos de mi hijo. El number one, el total pro es Folagor03, que hace GamePlays de Pokemon. Este chavalillo es simpático y la verdad es que me cae bastante bien. Mi hijo espera con impaciencia sus vídeos diarios. Aquí os dejo un vídeo de su canal.

Mi hijo era algo reticente a hablarme de los YouTubers que le gustan, porque piensa que tenemos un prejuicio contra ellos y que no entendemos nada. Le molesta que les llamemos tontos, que pensemos que pierden el tiempo y que les pidamos que les cambien por un libro. Lo cierto es que el entretenimiento que les proporcionan los YouTubers es bastante incomprensible para una generación que creció con la tele y los programas cerrados y a todo color. Nuestros hijos pueden interactuar con sus YouTubers favoritos, dejarles comentarios, aprender de sus mejores jugadas y… leer a los haters en los hilos de comentarios.

Entre otros gamers que le gustan están Gona_89, DSphony, RobleisIUTU, Sliver, MarcusPK7 y el famosísimo Willyrex. Pero lo que ahora es lo más de lo más es la serie de Edd00chan, FNAF. Esta serie animada, bastante simplona, está causando furor entre los peques de nuestra causa, que se han hecho Otakus y se han abierto cuentas monográficas en Instagram sobre la serie y sus personajes. A mí me deja bastante loca que prefieran esta serie a las elaboradísimas producciones que pueden encontrar en la televisión o en Netflix, pero creo que el secreto está en que es algo suyo, algo con lo que pueden interactuar y que está lejos del salón de casa. Su identidad digital es cada vez más fuerte, y estos productos simples pero exclusivos tienen mucho tirón.

También le pregunté por las chicas YouTubers. Me dijo que ellas también hacían GamePlays y que algunas le gustaban bastante. Pero que a él no le gustaban los Vlogs y las WeekLists. Y también descubrí los múltiples parentescos entre YouTubers.

Luna Dangelis es una gamer que hace otras muchas cosas, entre las que he podido observar un género que se llama “Video Reacciones” y que consiste en ver algo y mostrar a tus seguidores cómo reaccionas ante ello (qué narcisista, ¿no?). Tiene un novio que se llama Deiak y que a mi hijo no le gusta mucho. He visto un vídeo en el que Deiak mansplainea a Luna jugando a un videojuego pero no os lo voy a poner. Y luego está Sara Ramírez, alias Sara Pecas, hermana de Folagor03, que es casi tan maja como él, y trabaja más el género del Vlog. Aquí os dejo un vídeo con los cuatro juntos:

 

En definitiva, estamos viviendo un cambio revolucionario para el que debemos estar preparados/as. Todo cambia, y despreciar los gustos y aficciones de nuestra prole solo nos llevará a agrandar la brecha generacional. No hace falta que ahora nos hagamos superfans de los YouTubers, pero intentar comprender la cultura en la que se hallan inmersos nuestros hijos nos ayudará a conectar con ellos más y mejor. Os dejo con un Instagramer y YouTuber que me ha presentado mi hijo mayor con el que no me puedo dejar de reír. Se llama Darioemehache y me ha enganchado.

 

Para criar hay que mimar

 

Me sorprende que, después de una época en la que pareciera que se hubiera puesto de moda un modelo de crianza basado en el afecto y el respeto, haya vuelto a imponerse poco a poco un modelo de parentalidad autoritaria. En nuestro país, el primer bando estaba encabezado por las seguidoras y seguidores de Carlos González, pediatra autor de best sellers como Bésame Mucho, Mi Niño no me Come y Un Regalo para Toda la Vida. El segundo, por las de Supernanny (la psicóloga Rocío Ramos Paúl), experta que protagonizaba el conocido programa de televisión en el que acudía a casa de los niños y niñas díscolos para meterlos en vereda.

Con la publicación del libro de la periodista Eva Millet, hiperparentalidad, ha surgido una corriente de opinión según la cual las madres y los padres de hoy en día actúan con demasiado cuidado con su prole. De acuerdo con esta corriente, no hay que cuidar tanto a los niños, porque este exceso de atención hace que no desarrollen adecuadamente su autonomía y les deja indefensos ante un mundo que les pide que sean resolutivos, independientes y resistentes.

Pero ¿qué nos está pidiendo realmente esta moda reciente que nos llama “madres helicóptero” y que nos exhorta a dejar de prestar atención a los problemas de nuestros hijos e hijas? No me queda muy claro si, cuando nuestros hijos tienen un problema, debemos escucharles y prestarles apoyo o decirles con desparpajo que se busquen la vida. Antes, lo que nos echaban en cara a las familias, era que no nos preocupábamos de nuestros hijos. Esa falta de preocupación e interés era el origen de todos los males: fracaso escolar, acoso, embarazos no deseados, pérdida de las buenas costumbres, etc. Ahora, el problema es que nos preocupamos demasiado de ellos y que somos dulces como malvaviscos. Mano dura, imposición, órdenes y menos miramientos es lo que nos reclaman.

En realidad, hay mucho de ideología y poco de sabiduría en estos consejos lanzados desde el campo de la divulgación. Hay, al menos, dos paradigmas psicológicos sobre la influencia de la relación con los adultos en el desarrollo infantil, que contradicen los postulados de la hiperparentalidad.
En primer lugar, desde la teoría del apego, que fue formulada por Bowlby el siglo pasado, pero que sigue viva en la actualidad, la relación que se establece con los adultos clave en la infancia es crucial para lograr una adaptación personal y social adecuada. Los niños y niñas que tienen un apego seguro, porque han sido cuidados y atendidos por una persona a la que ellos consideran clave, son niños que han demostrado adquirir más rápidamente su autonomía y que tienen más facilidad para pedir ayuda en situaciones de peligro o estrés. Es decir, los niños y niñas que han sido atendidos y amados no se hacen blanditos y llorones, sino todo lo contrario: su desarrollo emocional es más adaptativo. Lo que hay que solucionar normalmente, desde la psicología y la psiquiatría, son los casos de aquellos niños y niñas en los que ha existido negligencia en los cuidados, no exceso de celo en el mismo, si es que podemos hablar de exceso de celo en el cuidado de un niño pequeño.

En segundo lugar, desde el estudio de los estilos parentales de crianza y su influencia en el desarrollo de la autonomía de adolescentes y jóvenes adultos, se ha demostrado que independizarse de la familia y desarrollar comportamientos autónomos y adaptados se favorece más desde estilos democráticos que desde estilos autoritarios. Dejar a los niños y niñas que participen en la toma de decisiones de la familia, así como ir cediéndoles responsabilidad para elegir su propio camino (sin retirarles nuestro apoyo) es la mejor forma de conseguir jóvenes independientes.

Por tanto, si recoges a tu hijo del suelo cuando se cae y le consuelas abrazándole y besándole, si te demoras en la puerta del cole en su primer día y le aseguras que vas a volver a por él en seguida, si le ayudas con sus dificultades en los estudios, haces de mediador o mediadora entre él y el profesorado si surge algún conflicto, no te preocupes: lo estás haciendo bien. Para que una persona sea autónoma un día debe de haber sido apoyada y ayudada cientos de veces. La autonomía nace del apoyo de tus seres queridos desde el momento en el que naces. El problema es carecer de este apoyo y no, como nos están haciendo creer, recibirlo en exceso. El problema es imponer, exigir, negar y ser inflexible. Nunca supone un problema guiar y mostrar las posibilidades para llegar con éxito al final del camino. Y, sin duda, si la tuya es una familia democrática, esa es la mejor forma de educar a tus hijos e hijas para vivir en una democracia.

El arte y la escuela

¿Arte? ¿Has dicho arte? El arte es la expresión libre de emociones, pensamientos, sentimientos, intuiciones, percepciones estéticas, emulación de situaciones imaginarias, invención de situaciones que reflejan problemas de la vida. Las pocas veces que esto se hace en la escuela, sale en los periódicos, porque debe ser muy difícil dar rienda suelta a la creatividad de niñas y niños.

En la escuela, el arte ni está ni se le espera. Comenzamos la educación infantil cumplimentando cientos de fichas, pegando palillos y lana en el papel, coloreando sin salirse de la figura, recitando de memoria poesías de autores desconocidos, etc. El corta, pega y colorea se convierte en la regla de oro de la formación “artística” en la escuela española, y de ahí pasamos al “aprende de memoria y reproduce con tonillo escolar” o el “lee esta birria de cuento adaptado y haz un resumen”.

Quiero detenerme especialmente en el tema del tonillo escolar. En la actualidad, hay muchos ejemplos de este problema, ya que YouTube está lleno de vídeos dirigidos por maestras/os en los que niñas y niños reproducen lo que les han dicho que tienen que decir. No estoy hablando de teatro, que ese es otro tema. Estoy hablando de reportajes en los que los niños y niñas presentan su colegio, por ejemplo. ¿Sabéis de qué hablo cuando digo lo del tonillo escolar? Es ese tonillo con el que hablas cuando estás reproduciendo frases de memoria. Esa cadencia, ese ritmo que comienza con cierto énfasis y tiene una duración aproximada de 12 palabras. Se me ponen los pelos de punta cada vez que lo oigo. También lo usan cuando hacen teatro, pero aquí añaden esos movimientos de las manos que alguien les ha dicho que tienen que hacer, de adentro a afuera, con las manos abiertas y los brazos primero semiflexionados y después extendidos.

Que no digo que haya que dar clases de interpretación en los colegios (o sí), pero sería importante enseñarles la diferencia entre una buena interpretación y una interpretación sobreactuada y recargada, una interpretación natural y otra recitada de memorieta. Apreciar el séptimo arte no es un tema baladí, y quizás así no tendríamos las salas de cine llenas de borregos que solo van a dar grititos y a hacerse los chulitos delante de sus novias, dejando todo perdido de palomitas y las marcas de sus pies en los asientos de delante.

¿Y qué me decís de esa obsesión de la escuela por la copia y el resumen? Los niños y niñas leen un libro maravilloso ¿y tienen que resumirlo? Esa es una actividad absolutamente artificial y restringida al entorno escolar. De los libros no se hacen resúmenes, en todo caso se hacen reseñas, un género publicable y socialmente reconocido. Escribir una reseña supone tomar una postura como lector/a sobre el libro que has leído. Supone ir más allá de la reproducción memorística de lo leído y da voz al lector. Los niños y las niñas tienen que aprender a tomar postura ante las producciones de su cultura, no a reproducirlas acríticamente.

Lo mismo ocurre con el arte pictórico: hay cientos de láminas de pintores famosos rulando por ahí para imprimir y que los niños y niñas las coloreen. Ya estamos de nuevo con las restricciones creativas. ¿Es tan difícil mostrar a los niños el arte, enseñarles a apreciarlo y darles materiales para que se expresen libremente y enseñarles a usarlos? Quizás el problema de base es que no toleramos la supuesta imperfección de sus obras, pero hemos de saber que ningún artista nació pintando las Meninas de una sentada. El arte es un proceso y las producciones son todas igualmente válidas. Lo importante del arte es la posibilidad de expresar cosas con distintos lenguajes y recursos, no acabar exponiendo en el MoMA, publicando en Anagrama o actuando en Brodway.

Dejemos de deforestar los bosques imprimiendo láminas para colorear, dejemos de torturar a las familias con esos festivales de fin de curso interminables, en los que niñas y niños hacen lo que les dice la maestra. Dejemos de imponer plantillas a sus mentes y dejémosles que se expresen y que aprecien con sus sentidos las expresiones de otras personas. Igual no llenamos los museos, pero los niños y niñas habrán andado un camino que, en la actualidad, se comienza a andar al salir del sistema.

Controlar esfínteres no es lo mismo que aprender a ir al servicio

El tema de la retirada del pañal es uno de los asuntos más escabrosos en la crianza. Pero lo es por el contexto en el que nuestros niños y niñas se desarrollan: una sociedad en la que su cuidado depende desde edades tempranas de personas ajenas a su familia. Si, aún así, nuestro clima permitiese ir en cueros todo el día, el problema no sería tan grave, ya que esa circunstancia disminuiría la dependencia para el mantenimiento de la higiene. Por tanto, el tema de la retirada del pañal mezcla dos asuntos importantes: 1) la maduración neurológica para el adecuado control de esfínteres (debemos tener en cuenta que no es lo mismo controlar el esfínter anal y el urinario) y 2) los condicionantes sociales sobre cuándo se debe controlar esfínteres, quién y cómo lo debe enseñar y cuáles son los protocolos sociales a seguir para ir al servicio.

La maduración neurológica para el control de esfínteres, en condiciones normales, se produce de los 18 a los 54 meses (del año y medio a los cuatro años y medio, para los/as que odien que se hable en meses). Según un estudio clásico en el se hizo un seguimiento de 671 niños y niñas en el condado de Lancashire (UK), los niños controlaron el intestino entre los 18 y los 24 meses, de la vejiga, durante el día, antes de los 4 años, y de noche, antes de los 4 años y medio. Las niñas controlaban esfínteres antes que los niños El control del intestino se conseguía antes por la noche que durante el día, mientras que pasaba lo contrario con la vejiga: el control era antes diurno que nocturno. Sin embargo, al comparar a los niños ingleses con una muestra americana, se comprobó que existían grandes variaciones en la edad de adquisición así como en la secuencia. También parecía que los niños y niñas que iban a guardería, adquirían antes el control de esfínteres, pero esta diferencia no parecía estar relacionada con las formas en las que se producía el entrenamiento, sino más bien de las expectativas que tenía el medio social sobre cuándo debería producirse este hecho. (ver Stein, Z., & Susser, M. (1967). Social factors in the development of sphincter control. Developmental Medicine & Child Neurology9(6), 692-706.)

En conclusión: todos tenemos una buena intuición de cuándo se produce la maduración neurológica y podemos pedir a los niños y niñas que empiecen a pensar en desechar su pañal. Sin embargo, además de existir diferencias individuales relacionadas con el desarrollo neurológico, existen grandes diferencias vinculadas a factores sociales y relacionales que no debemos pasar por alto. Un fallo en el control de esfínteres siempre va ligado a un entorno que no tiene recursos para atender a la persona que no controla. Que un bebé no controle esfínteres, no es un problema. El problema comienza cuando el bebé crece y entra en un centro educativo en el que no le permiten llevar pañales. Es entonces cuando empiezan los intentos de entrenamiento forzado, rodeados en algunas ocasiones de ansiedad, nerviosismo y angustia por parte de las familias, que ven que el momento se acerca y el niño todavía se hace pis encima.

Lo que antes era un suceso común y placentero en su vida, miccionar y defecar, hablando finamente, se convierte en un infierno. Y esto le suele pasar con más frecuencia a aquellos niños y niñas cuyo sistema neurológico es más inmaduro, lo cual hace que la familia se desespere más y más. La maduración neurológica sigue su curso, pero los niños dan significado a esos eventos desagradables que se suceden ante sus meadillas inocentes, y el hecho de hacer pis y caca se convierte en un problema, algo que deja de ser natural para convertirse en un suceso social cargado de contenido. Y esto es lo peor que puede pasar: que un hecho que hasta ahora era fisiológico adquiera un significado relacional y se conecte con una situación estresante. La cosa se descontrola y podemos provocar una eneuresis… o no.  Ya nos explicó Pavlov cómo las respuestas fisiológicas, como la salivación, se pueden condicionar a estímulos con los que antes no estaban relacionadas, como los pasos del investigador que lleva la comida al perro (ver Condicionamiento Clásico). Pero no preocuparse: todo pasa. Eso no dura toda la vida. Los niños acaban controlando esfínteres tarde o temprano.

Todo esto no quiere decir que no deba haber una actitud educativa en torno al control de esfínteres. No está mal que los niñas y los niños, alrededor de los 2 años, vayan sabiendo que habrá un día no muy lejano en el que tendrán que decir adiós a su pañal. Los 2 años es una buena época, en tanto en cuanto las niñas y los niños ya van adquiriendo el lenguaje y comprenden situaciones cada vez más complejas. La decisión de abandonar el pañal debe ser, en la medida de lo posible, tomada por ellos y ellas, dándoles apoyo, pistas, consejos y comprensión, mucha comprensión. . Y esa comprensión debería ser por parte no solo de la familia, sino también de la escuela. Los niños y niñas de 3 años, cuando llegan al colegio, están en proceso de desarrollo de control de esfínteres. Eso debería ser tenido en cuenta por la administración y dotar de recursos a las escuelas para que los niños y niñas no se vean sometidos a un control forzado de esfínteres que puede provocar mucho estrés innecesario y alguna que otra eneuresis.

Los nostálgicos de la nocilla arrementen contra el brócoli

No hay nada más absurdo que la nostalgia de los malos hábitos de nuestra infancia. Es verdad que éramos felices e inconscientes cuando viajábamos en la parte trasera del Seiscientos sin cinturon y durmiendo a pierna suelta. Eso no significa que ahora que tenemos hijos, queramos reproducir esos patrones que se han ido depurando con el descenso de muertes en accidentes de tráfico gracias a los sistemas de sujeción.

Lo mismo pasa con la alimentación. Antes, los refrescos de Cola, las cremas de cacao y el chocolate, la mantequilla y el chorizo eran nuestras meriendas habituales. Luego pasamos a los lácteos de distintos colores. Y las cosas no han cambiado mucho si comprobamos que las tasas de obesidad y sobrepeso infantil son altas y son consideradas un problema de salud pública. Por tanto, restarle importancia a las bondades de una dieta saludable y relacionar éstas con los "gurús de la alimentación sana" es irresponsable y absurdo.

Vivimos en una época en la que la gente tiene compulsión por la creación de etiquetas diagnósticas. En este contexto, Steven Bratman acuñó el término ortorexia  para referirse a un supuesto trastorno de la alimentación que consiste en la obsesión patológica por comer sano. Sin embargo, esto no significa que debamos calificar a todas las personas que se preocupan por su alimentación y la de sus hijos e hijas como ortoréxicas. Los alimentos procesados invaden las estanterías de nuestros supermercados, y los efectos de este tipo de comidas en nuestra salud están más que documentados. Querer cerrar los ojos a ello no debe suponer la patologización de las personas que se molestan por poner todos los días en su mesa una alimentación relativamente sana.

Nos guste o no, el azúcar refinado es muy perjudicial para nuestra salud. Y eso no lo dice un lobby que señala con el dedo a las mujeres que no dan el pecho. Lo dicen los estudios científicos, por ejemplo los que investigan la relación que pudiera haber entre el consumo de bebidas azucaradas y el TDAH. Y la causa de la bulimia y la anorexia nerviosa, trastornos alimenticios devastadores, no es la obsesión por una dieta sana, sino la presión que la sociedad aplica a nuestros jóvenes para tener un cuerpo perfecto y la distorsión de la propia imagen corporal. Precisamente, uno de los consejos que se ofrecen para prevenir estos trastornos es una adecuada educación para la salud, que incluye el saber alimentarse de una manera sana y equilibrada. Y el atracón no es la consecuencia de una dieta sana, sino de una dieta restrictiva que produce un déficit calórico. Para documentarse, se puede consultar el libro de Crispo, R., Figueroa, E., & Guelar, D. (1997). Anorexia y bulimia: lo que hay que saber. Gedisa.

Por tanto, cuando escribimos artículos de opinión como este, que son una oda nostálgica a la generación de la Nocilla, quizás deberíamos documentarnos un poco mejor y no soltar al aire ideas poco calibradas. Que cada cual se alimente como quiera, pero las familias que cuidan la alimentación de sus hijos no tienen por qué ser ridiculizadas y menospreciadas. Si ves a un niño merendando fruta, ya sé que algo se revolverá en ti y añorarás el pan con mantequilla y azúcar. Eres libre de correr a la nevera a ponerte uno, pero no quieras que todo el mundo te siga con pasión y alegría: los demás también somos libres de que eso nos parezca una guarrada.

Vino con gaseosa


¿Qué hay más tradicional, más castizo, más de nuestra tierra, más básico que el vino con gaseosa? Así es el nuevo libro de Alberto Royo. He de decir que me he leído el libro desde la primera página hasta la última, no sin esfuerzo. Ya se sabe: la letra con sangre entra, y la verdad es que la lectura me ha costado. No porque fuese difícil, que no lo es, sino porque no estoy acostumbrada a que en un ensayo se acumulen tantas incongruencias.

Pero ya que me lo he leído, haré una reseña para las que tenéis curiosidad y no queráis pasar por la tediosa experiencia de su lectura. Que ya que te compras un libro, lo lees entero, pero no hay derecho, hombre, no hay derecho. Aclaro, para los educarcas que no lo sepan, que una reseña no es un resumen capítulo a capítulo, género escolar con el que hacen sufrir a sus alumnos, sino un comentario breve de una obra. El libro se compone de 23 capítulos y 2 epílogos que pretenden ser graciosos, pero no. Su título es algo pretencioso, “la sociedad gaseosa”, intentando emular la genial idea de Bauman y su modernidad líquida, sin conseguir más que hacer una interpretación simplista y sesgada de las complejas ideas del sociólogo y filósofo.

Y empezamos bien: ensalzando a los clásicos como el único conocimiento sólido que merece la pena. La historia de la literatura detenida en Cervantes, la filosofía detenida en Descartes, la física en Newton, y así. Y en el segundo capítulo, una reivindicación de los cuentos clásicos, con un absurdo alegato a favor de los cuentos de princesas y su inocencia y en contra de las locas feminazis que plantean que estos cuentos son machistas y malos para la educación de las niñas y los niños. Así, reivindica La Cenicienta como una historia de ascenso social y Blancanieves como una historia de amabilidad (por lo visto, Blancanieves tuvo mucha suerte de que los enanitos no la llevasen a trabajar a la mina en vez de dejarla limpiando y cocinando para ellos). En fin, que las hijas huérfanas de nobles a las que una malvada madrastra les ha robado su fortuna pueden ascender socialmente enamorando a cualquier príncipe: creo que es lo que mi hija debe aprender, sin duda.

El propio Royo demuestra a lo largo de las páginas de su libro que la sociedad es demasiado gaseosa para él y se queja de las “escuelas de magisterio”. La sociedad es demasiado cambiante para asimilarla y no se ha enterado de que tal cosa ya no existe. A partir del año 2006 comienza la regulación de Magisterio  como un grado universitario que se imparte en Facultades de Educación. Su argumento de que los maestros y maestras son de una casta inferior que los licenciados y licenciadas queda, por tanto, obsoleto: hace ya una década que eso dejó de ser así. Las diplomaturas desaparecieron del sistema universitario español y, desde entonces, todos son graduados/as. Los maestros y las maestras son especialistas y profesionales de la educación.

Pero claro, a lo largo de su libro, Alberto Royo intenta denostar algo que no conoce: las Ciencias de la Educación. En distintos capítulos alude a eso que él llama “neopedagogía”, aunque no hay ni una sola cita que ejemplifique ese concepto ni una sola referencia a un autor o autora relacionados con eso que él llama “neopedagogía”. Y ya que cita a Bauman, podría citar a Freire, Bruner, Piaget, Vygotsky, o incluso a los españoles Coll y Marchesi, que algo tuvieron que ver con la tan por él denostada LOGSE. Eso sí: cita el Jueves y al Mundo Today para apoyar sus argumentos, en vez de leer revistas científicas sobre Educación, que haberlas, haylas y muchas.

Por otra parte, la equiparación que hace Royo en su libro de lo que el llama “nueva pedagogía” con la homeopatía es muy engañosa, ya que se deduce que también equipara lo que se ha hecho “toda la vida en el aula” con la medicina alopatica cientificista, cosa muy  lejos de la realidad. La educación basada en la metáfora transmisiva o bancaria, que plantea que el conocimiento se puede ofrecer ya construido para que el aprendiz lo asimile, hace muchos años que es considerada como una estrategia pedagógica desinformada y simplista, que no tiene en cuenta cómo aprende el ser humano. Según la Psicología de la Educación, cada aprendiz reconstruye el conocimiento en una tarea de apropiación y dependiendo de sus conocimientos previos, que siempre deben ser tenidos en cuenta por el que enseña para tener éxito.  Por ello, el usar estrategias pedagógicas conscientes y elaboradas nada tiene que ver con “despreciar el conocimiento”, como lamenta Royo continuamente. Se trata de diseñar la situación educativa para que sea más propicia al aprendizaje, partiendo de lo que las ciencias de la educación saben sobre los procesos educativos.

Pero una cosa he de decir: en el libro hay una erudición musical deliciosa. Porque Royo es músico y sabe de música y se nota. Especialmente entrañable el capítulo en el que narra su experiencia en el colegio de su hijo, al que fue con su guitarra a hablar de música y a tocar. Cuenta esa experiencia poniendo de manifiesto algo que quiere negar: que es el aprendizaje significativo el que entusiasma a los pequeños por el conocimiento. Que un músico de verdad vaya a un colegio a tocar música y a entusiasmar por la música vale más que las clases de música de un trimestre.

En fin, no os recomiendo el libro, a no ser que queráis seguir la pista de la Antipedagogía, una corriente de educarcas enfadados porque les quieren cambiar la pizarra de tiza y la clase magitral por el proyector de vídeo y el trabajo en grupo y muy cabreados porque alguien les dijo que el aprendizaje deriva del placer, cosa que niegan con pasión. Se debe llorar y sufrir para aprender, según ellos. Un despropósito educativo que, afortunadamente, se va diluyendo como el gas en la escuela y los institutos españoles.