Killercultura

La educación de adultas

 

La educación siempre implica asimetría. De una forma u otra, el que dice educar se cree en posesión de la verdad absoluta. Y eso no es una máxima educativa, sino una tara de nuestra comunidad: si hacemos caso a las teorías que nos muestran cómo se construye el conocimiento, las personas son agentes activos que desarrollan sus propios caminos de sabiduría.

Pero, por otra parte, el aprendizaje se produce dentro de una comunidad que tiene una historia y unos mecanismos de aculturación ya diseñados y preparados para actuar. Nuestra mente no navega libremente eligiendo de aquí y de allá la información, procesándola y sacando conclusiones. Y quien crea eso, es que se ha tragado las narrativas dominantes de la sociedad en la que vive (paradojas de la vida). Por lo tanto, actuamos dentro de un marco que simula libertad, pero en el que las opciones están tácitamente delimitadas a un reducido subconjunto. Quien elige acciones que no están en el catálogo, tiene reservada la cárcel, el manicomio o el ostracismo, así está organizado este intrincado sistema. Luego hay acciones más aceptadas y mayoritarias y otras acciones que son minoritarias y más outsiders, pero que son aceptadas como males menores, como rarezas necesarias con las que compararse y sentirse normal y miembro de pleno derecho del grupo. Todo esto si mantenemos constante el nivel adquisitivo, que es a la libertad de elección lo que el rozamiento es a la física.

En este contexto, la madreidad o la forma de ser madre es un espacio complejo. En este espacio, distintos agentes juegan papeles de opresión ya antiguos que van cambiando de vestido para disfrazarse, para que la gente que ha aprendido a distinguirlos y ha desarrollado formas eficaces de resistencia vuelva a caer en sus redes. Y uno de los agentes de opresión más eficaces en el espacio de la madreidad son las propias madres. Es importante que aprendamos a analizar y con ello destrozar el mecanismo opresivo del que formamos parte y con el que se mantiene el sistema cómodamente, mientras nosotras seguimos controlándonos unas a otras, ejerciendo de jueces y opresoras de nuestras iguales.

Cuando digo Guerra de las Madres, todas sabemos a lo que me refiero. El hecho de que a las mujeres, después de una larga postguerra, hayan vuelto a asomar el hocico en el mundo del trabajo y representen el sector de la población con mayor índice de estudios superiores (siempre estamos hablando de ese primer mundo privilegiado en el que habitamos) está provocando quiebras en el sistema que hay que controlar. Y nunca hay mejor forma de controlar a los elementos que haciéndoles creer que las decisiones que toman se generan en ellos mismos. Y si además, estos elementos se erigen en controladores y reguladores de los de su propia especie, tenemos un sistema que se autorregula autocensurándose. Un sistema convencido es un sistema sólido. Hace tiempo que se sabe que las medidas coercitivas pueden provocar el efecto contrario al deseado: la rebelión.

Resulta que la vida fuera de casa es excitante, estimulante, nos hace sentirnos libres e importantes, independientes (siempre y cuando tengamos en cuenta el factor “rozamiento”). Esto hace que, cada vez más mujeres, consideren que su tiempo está mucho mejor empleado en formarse, divertirse, trabajar y participar en distintas esferas de la vida social pública. Este planteamiento excluye el tiempo que se invierte en la maternidad. Cada vez hay más mujeres que deciden libremente no ser madres y dedicar ese tiempo que requiere criar a un bebé (o a varios) en otras actividades, antes exclusivas de los hombres. Pero también existen las mujeres que “lo quieren todo“: ser madres y participar en la vida pública. En ese “lo quieren todo” se encierra una de las trampas del mecanismo de opresión. ¿Sólo las mujeres quieren tener hijos? ¿Los niños y las niñas son solo nuestros? Parece que nosotras somos las únicas que estamos en la disyuntiva de “elegir” entre una vida privada y una pública. Si es así, conclusión: LOS NIÑOS Y LAS NIÑAS SON NUESTROS. Evidentemente, la respuesta a esta conclusión es un gran SÍ, JÁ. Un ejemplo de ello es la lucha encarnizada que emprenden las personas partidarias de la custodia compartida impuesta, la existencia de una educación obligatoria o el control sanitario tácitamente impuesto por el sistema de salud pública.

Por tanto, los niños son nuestros sólo en tanto en cuanto cumplamos los preceptos que la sociedad nos impone, y sólo nosotras hemos de asumir las consecuencias de tener hijos en una sociedad como la nuestra: ver reducido el tiempo posible de participación en la vida pública. Todo esto no es sólo sobre nosotras, claro está. Todo esto es la consecuencia de una estructura social en la que los niños están separados de la vida social pública de los adultos y en la que la división del trabajo está estrictamente establecida: los hombres son los encargados trabajar, de ocupar cargos públicos, de construir y de mantener  a la familia económicamente, mientras que nosotras somos las cuidadoras y sustentadoras del hogar.

En este sentido, puede haber grandes transgresiones (decidir no llevar a los niños a la escuela y educarles en casa, dejar de vacunarles, darles una educación religiosa alternativa, no casarse y tener hijos sola, etcétera) o transgresiones menores permitidas (darles de mamar hasta los 4 años o no darles de mamar nunca, dormir con ellos hasta los 5 o ponerles una habitación propia nada más nacer, ponerles chupete hasta que vayan al colegio o un collar de ámbar para el dolor de encías, divorciarse, etcétera). Por supuesto, las formas de criar favorecen a distintos intereses económicos y estructurales que imagino no escapan al entendimiento de las personas que hayan leído hasta aquí. Y, por otra parte, cuando estas decisiones son tomadas por mujeres cultas, formadas, y con cierto nivel adquisitivo, es más difícil desterrarlas al ostracismo, como ocurre con las prácticas de las “malas madres pobres”. Estas mujeres argumentan, crean asociaciones, se unen para protestar, escriben blogs. Son un frente a tener en cuenta. Por eso, tener a estas madres enfrentadas en dos grupos es bueno para el sistema, pues ellas mismas se convierten en su propio control.

No voy a poner en duda que, en el ámbito de la crianza, existen cuestiones éticas que están relacionadas con el cuidado de los seres más vulnerables: los niños y las niñas. Sin embargo, estas cuestiones éticas no pueden ser resueltas emprendiendo cruzadas particulares. Hacer responsables en exclusiva de las decisiones que se toman en la crianza a las madres, alimenta la falsa idea de la libertad en la toma de decisiones, de la igualdad de condiciones contextuales (redes de apoyo, solvencia económica y salud mental y física) y sigue situándonos como responsables exclusivas del cuidado de la infancia sin serlo en realidad (de hecho y de derecho). Ignorar que la crianza implica una inversión vital excesiva en un entorno que fomenta la crianza intensiva pero no apoya a las personas que, supuestamente, tienen que llevarla a cabo, es una postura cruel e injusta hacia nosotras mismas, además de ineficaz. Las madres ni estamos solas en la toma de decisiones, ni estas decisiones dependen de nosotras al 100%. Las madres comemos, respiramos, sufrimos, amamos, lloramos, tenemos derechos y deberes y somos personas que merecen respeto. Ignorar si todas estas necesidades se satisfacen para exigir que maternemos de una forma u otra es la postura más absolutista a la que pueda estar sometida una persona.

Esto no es un anuncio de leche en polvo. Esto es una reflexión sobre la inutilidad de la gerra de las madres, que existe. Lo podemos comprobar dando un breve paseo por los múltiples foros de discusión sobre maternidad(es) que existen en Internet. Los juicios sumarísimos solo producen resquemor. Ignorar nuestras necesidades solo produce tristeza y depresión. Ignorar nuestros derechos nos sigue situando en una posición social inferior y vulnerable. Si somos mujeres empoderadas, reconozcamos el derecho de las demás a elegir su propio camino de empoderamiento. Esto no va a hacer que haya menos niños y niñas que disfruten de la lactancia materna o del colecho, va a hacer que haya más mujeres con un respaldo suficiente para dejar los yugos impuestos. Y, para conseguir esto, somos nosotras mismas las que hemos de reconocer estos yugos.

 

My baby, my rules

Baby's Ear

Somos una especie simbólica. En cuanto nacemos, somos marcadas con señales que indican qué somos y hacia dónde vamos. Son ropajes, abalorios, marcas en el cuerpo, mutilaciones, unas más evidentes que otras, unas inocuas y otras dañinas, pero todas ellas tienen un significado para el grupo e indican a los demás cómo se tienen que comportar con nosotras. 

Los pendientes son una de estas marcas. Durante siglos lo han sido. En épocas y espacios diferentes han señalado estatus, esclavitud, prostitución, puesto que se ocupa en la familia, etcétera. No han sido nunca privativos de las mujeres, aunque ellas siempre los han llevado de forma distinta a los hombres. 

En la actualidad, la tradición en algunos países occidentales marca perforar los lóbulos de las orejas a algunos bebés, los asignados como niña nada más nacer, y ponerles un par de pendientes. Sí, estoy hablando raro. Pero es lo que hay, este post va de libertad de elección

Así las cosas, vivimos en un país que marca a los bebés al nacer. Algunas personas deciden no hacerlo, al igual que hemos dejado de llenar las plazas de toros gritando “Olé” o de llevar un “ajuar” a la boda. Es como empieza a decaer una tradición: la gente deja de respetarla. Algunas tradiciones mueren entre disputas. Otras se desvanecen sin darnos cuenta. 

Cuando decides no marcar a tu bebé convenientemente y de acuerdo a la tradición, nadie te dice nada. Sientes que eres totalmente libre de no hacerlo, hasta que descubres que el mundo está lleno de señoras con el pelo cardado que preguntan “¿Es niño o niña?“. Esa compulsión por saber cuáles son los genitales de los bebés suele ser silenciada si unos bebés llevan pendientes y van vestidos de rosa y otros no los llevan y van vestidos de azul. Pero deja de seguir la norma y la descubrirás a cientos de señoras preocupadas por el sexo de tu bebé. 

Cuando la criatura es mayor, empieza a sentir la presión en sus propias carnes. “¿Eres un niño o una niña?“. Y es entonces cuando, seguramente, nos pedirá que perforemos sus orejas para no sentir el peso de la diferencia. Las niñas llevan pelo largo, faldas y pendientes. Y punto. 

Así las cosas, no poner pendientes es un pequeño acto de rebeldía que no siempre es bien acogido por la sociedad. Nos arriesgamos a que nos pregunten continuamente por los genitales de nuestros peques. Llegará un día en que este tipo de preguntas serán de muy mala educación, pero, en el mientras tanto, tendremos que seguir aguantando este tipo de impertinencias.

El himen de Leticia

Leticia

Creo que Leticia Sabater no requiere presentación. Esta mujer, que pobló las pantallas de TV en los programas infantiles hace décadas, ha tomado la decisión no solo de reconstruirse el himen y perder su no-virginidad, sino que además de difundirlo por las redes sociales. Twitter es un clamor. Facebook se llena de comentarios sobre el asunto en cuanto publicas algo al respecto. Hay un antes y un después desde que Leticia comunicó que se había reconstruido el himen. 

Pero bajo el clamor de risas y coñas (lógicas) sobre el evento, quizás sea interesante hacer una reflexión seria sobre el asunto. Leticia se ha reconstruido el himen. Ya solo esta simple afirmación tiene su aquel. A saber dónde estaban los restos del hipotético himen original de Leticia. Porque el hecho de reconstruir implica que se construye a partir de unos restos. Y esto, permitidme que os lo diga, es imposible. No me voy a molestar en indagar sobre los entresijos de la operación en cuestión, pero apuesto a que la telilla que se hace llamar himen tras esa intervención es cualquier cosa menos un himen. 

Por tanto, lo que aquí importa sobre todas las cosas es el concepto de himen. El himen como símbolo que reviste a la persona que lo porta. El himen como objeto que, al romperse, nos deja vulnerables a la penetración, nos cambia de estatus. La ruptura del himen implica, de una forma u otra, una pérdida de valor: el que consigue romper un himen posee por siempre el alma de esa mujer y se convierte en el depositario del derecho a penetrar y usar el vientre femenino como receptor de su descendencia. 

La ruptura de un himen supone, en las culturas tradicionales, pérdida de la propia esencia. La mujer deja de pertenecerse a sí misma (o a su padre), para pasar a pertenecer a su marido. En la cultura occidental, este proceso ha perdido su dogmatismo, y solo queda reflejado en las ceremonias matrimoniales por el velo de la novia y el vestido blanco, que se siguen usando de manera puramente estética. Sin embargo, la pérdida del himen es uno de nuestros hitos de paso no escritos que más presente está durante la adolescencia. Mamá, ya no soy virgen. Seguramente muy pocas adolescentes escojan este formulismo para anunciar su nuevo “estatus” que supone “no ser” o “dejar de ser”. Y tras esta especie de confesión, cae una nueva mirada sobre esa mujer. Ya no es lo que era. Ya no es esa joya que hay que proteger. Ya puede ser usada sin cuidado. Ya se la puede culpar de no protegerse, de vestirse como una zorra, de provocar, de mirar con descaro. 

Las mujeres nos tenemos, de alguna forma, que liberar del poder el himen para volver a respetarnos y a pedir respeto. Una mujer que se precie como liberada del himen, lo debe ser desde el momento mismo del nacimiento. Dejar de suponer himen a las personas asignadas como mujer al nacer  sería un gran paso adelante en nuestro empoderamiento y afectaría a todo el conjunto de la sociedad. Todas las personas se verían liberadas del poder del himen y muchos actos violentos hacia niñas y mujeres perderían su valor simbólico e incluso podríamos empezar a trabajar para su completa desaparición. 

Con todo esto, vuelvo a la reconstrucción del himen de Leticia. Una mujer sin himen pierde su estatus. Los hímenes se han reconstruido durante siglos para sortear y evadir el castigo que supone su ruptura no autorizada. Una vez reconstruido, la mujer sigue manteniendo su valor simbólico como mercancía de intercambio. Por otra parte, a la facción masculina siempre se le ha supuesto una compulsión malsana a romper hímenes que no les pertenecen. El desvirgar a alguien es una prebenda de gran valor en este mundo “imaginario” del que estamos hablando. ¿Qué busca una mujer como Leticia con la reconstrucción del himen? Si es verdad que lo ha hecho (cosa que no podemos comprobar a ciencia cierta, o yo al menos no) el hecho tendría una parte interna y subjetiva y una parte externa y de espectáculo. 

En la parte interna y subjetiva, todas y todos podemos suponer que Leticia le da mucha importancia a su aspecto juvenil y su promoción como objeto sexual. Aunque sus actuaciones, vídeos y presentaciones públicas desaten la mofa generalizada, esto no quiere decir que su visión de sí misma sea la que todas y todos los demás tenemos de ella. La reconstrucción del himen la pone, de forma simbólica, de nuevo en circulación. Le rejuvenece, le dota de un valor que perdió hace mucho tiempo. Es un proceso de dignificación y de resimbolización de su cuerpo, si me lo permitís. Es el culmen de una serie de transformaciones corporales técnicas que culminan con la vuelta atrás definitiva: la reconstrucción del símbolo de la pureza original. No hay patas de gallo que se resistan a un himen reconstruido. 

En la parte externa y de espectáculo, a ver, Leticia se va a pagar la operación y va a difundir la existencia y la posibilidad de la misma entre todas las mujeres interesadas en ese proceso de resimbolización. Por tanto, además de hacernos mucha gracia, sus tonterías en el twitter llegan a los subconscientes de mujeres vulnerables, sin autoestima, que no se sienten amadas y que quizás piensen en un momento dado que la reconstrucción del himen puede ser una solución a sus problemas. 

Así, a lo tonto, ya tenemos en la arena pública, y en primera línea, una operación de cirugía estética que reconstruye nuestra esencia y nos devuelve el tesoro perdido. Perverso. Es un ejemplo bestial de lo que B.P. llama farmacopornoterrorismo. 

NO ES PAÍS PARA GAFAPASTAS

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Si os ha gustado leer desde pequeños/as, habéis desarrollado un rico vocabulario, os gusta darle vueltas a las cosas y solíais sacar buenas notas en el cole, sabréis que hay una tendencia en nuestro país a despreciar este tipo de comportamiento. Aunque parezca insólito, últimamente encuentro con demasiada frecuencia reproches sobre la complejidad lingüística de ciertos escritos. Esto que antes era un problema del lector, que debía aplicarse en la comprensión del texto usando el diccionario y leyendo repetidas veces hasta construir un significado plausible, ahora se ha convertido en problema del escritor, que se empeña en elevar su discurso en un mundo de argumentos sencillos y lenguaje plano. 

Cada vez cuesta más salirse del ideario común sin que alguien se te tire al cuello alegando que eres un/a “lumbreras”, un/a iluminado/a o un/a sabio/a, calificativos éstos dichos con cierto retintín y desprecio (todo el mundo sabe que lo realmente suag es ser un tonto el culo que no sabe hacer la O con un canuto). Te pueden incluso invitar a escribir un libro, como si eso fuese el colmo de los colmos en lo que a intelectualidad se refiere, aunque todos sepamos que si personas como Belén Esteban o Ana Botella han conseguido escribir uno, la empresa no debe ser nada del otro mundo.

Ya cuesta incluso confesar que has leído a Unamuno sin que se te hayan caído los ojos al suelo, o que disfrutas de la enredada prosa de Thomas Pynchon sin que te miren con pena y condescendencia. Tu vida debe ser muy aburrida para dedicarte a esos menesteres, pudiendo discutir con frenesí sobre la vida y milagros de un tal Pocholo o una tal Marujita que elevan los índices de audiencia en las noches de los viernes. Por eso, hasta mi hijo pequeño me da lecciones de sabiduría popular. Hoy discutíamos sobre el mundial de fútbol, y yo alcanzaba a saber que Shakira, después del último acontecimiento futbolístico, se había casado con uno de los héroes del canto rodado.

Yo:  Ah, entonces fue cuando Shakira cantó el Waka Waka y se casó con Casillas

Vampi (con cara de condescendencia): No mamá, estás pirada. Shakira está casada con Piqué. Con Casillas está la Carbonero.

Yo: Ahhhhmmmmm, vale.

 Reíros, reíros. Qué falta de cultura imperdonable.

Pero en fin, la selección natural debe funcionar así. En un país en el que se ve como normal que los puestos de trabajo, los cargos políticos y otras prebendas se consigan por afinidad con las personas que los otorgan y no por la capacidad para desempeñarlos es lógico que, a la larga, se imponga un estilo de pensamiento austero. La austeridad ha llegado a todos los rincones de nuestra geografía en lo que a intelectualidad se refiere. Recuerdo que hace años fuimos a pasar unos días de verano a un bonito paraje de la costa catalana. Fuimos a parar a un camping regentado por alemanes en el que reinaba la paz y la concordia. Todo eran buenos modos, orden, educación y silencio nocturno. Pero quiso la suerte que a nuestro lado acampasen una pareja de españoles. La primera noche creímos salir ardiendo de manos de una barbacoa humeante que no sabían controlar. Ellos comieron carne churruscada, y nosotros estuvimos oliendo sus viandas en nuestra ropa durante días. La segunda noche llegaron bien entrada la noche y, hablando a gritos, se quejaban de la extraña costumbre alemana de irse a dormir temprano (cabe decir que la mayoría de los campistas tenían niños pequeños, al igual que nosotros, y gustaban de dormir de noche y vivir de día). Por la mañana decían “mírales, todos nos miran mal. No saben vivir, los pobres”.

¿Qué será de este país de la relaxing cup of café con leche en la Plaza Mayor? Seguiremos comprando los yogures caducados que nos ofrecen en las baldas de nuestros supermercados con una sonrisa en la boca porque un Ministro, actual candidato al parlamento europeo, nos dijo que los podíamos comer con toda tranquilidad. Y olvidando que, alguna vez, no hace mucho tiempo, tuvimos políticos como Manuel Azaña, periodistas como Larra o poetas como Lorca.

Viernes dando la nota #1: ¿Por qué te vas?

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Si, es la canción que piensas: el “¿Por qué te vas?” de esa cantante de voz dulce e infantil, Jeanette. La canción fue compuesta para ella por José Luis Perales en el año 1974 y fue popularizada como banda sonora de la película Cría Cuervos, de Cárlos Saura, una maravilla sin igual que os recomiendo ver si no lo habéis hecho ya.

¿Por qué te vas? es una de esas canciones que crecen contigo y que nunca te abandonan. Era mi preferida en los Karaokes en los años 90 y la gente me miraba pasmada cuando veían con cuanto entusiasmo abordaba la performance sacando lo mejor de mi horrorosa voz. Sin complejos, sin vergüenza y con alguna cerveza de más, todo hay que decirlo. No sé por qué me gusta tanto esta canción. Fijáos que la he elegido para mi primer Viernes Dando la Nota. Me trae a la memoria recuerdos, emociones, olores, situaciones de mi infancia, mi adolescencia y mi juventud (que todavía perdura ;)))

Os voy a dejar, además de la canción original, otras tres versiones que para mí hacen de la canción una obra maestra y muestran la gran versatilidad de esta pieza compuesta por el autor de “Y cómo es él“, otra de mis canciones preferidas (aunque para el próximo viernes prometo algo más moderno).

Primero, nuestra inglesita, Jeanette.

La segunda versión es interpretada por mi icono gay, Javier Álvarez. Amo esta interpretación. Escuché por primera vez a Javier tocando en el Retiro. Rezumaba alegría, ironía y carísma. Esta canción forma parte de un album de versiones que se llama “Grandes Éxitos” que no tiene desperdicio.

 Por último, ahí va la versión de La Chica del Trébol, un grupo de Ciempozuelos (Madrid). Maravillosa. Así la hubiese cantado Jeanette hoy en día. Fue escucharla y enamorarme de ella. 

 

Hay alguna otra versión por ahí pero no me gusta nada, así que lo dejamos aquí por hoy. Espero que disfrutéis tanto como yo de esta canción. 

Viernes dando la nota es un carnaval en el que todos los blogs participantes dejamos una canción y hacemos del viernes un día lleno de música.

Si quieres participar, sólo tienes que subir a tu blog una entrada con una canción que te guste, que signifique algo especial para ti, que no puedas quitarte de la cabeza… y enlazarlo al Viernes dando la nota.

Recuerda viejas canciones, rememora momentos, conoce nuevos artistas… y sobre todo ¡ Baila, canta y diviértete !

 

LOS MALOS PADRES

Fotos antiguas circ. 1940-50  Honorino Gonzalez, GRUCOMI.
Fotos antiguas circ. 1940-50 Honorino Gonzalez, GRUCOMI.

¿A cuántas mujeres hemos oído eso de “pero qué mala madre soy”? Muchas, ¿verdad? Aunque lo digan con gracia, con desenfado, sin implicación emocional (o para descargarse de la implicación emocional). Pero ¿a cuántos hombres habéis oído decir “pero qué mal padre soy”?

Por mucho que lo intento, no consigo imaginar a un hombre diciendo eso, “pero qué mal padre soy” en el mismo tono que lo dice una mujer. Y esto me lleva a plantearme que la implicación en la crianza de hombres y mujeres, aunque sea igualitaria (y en mi caso lo ha sido), no ocupa el mismo lugar en el imaginario social común. Tenemos las mismas responsabilidades como madre y como padre, pero la sociedad atribuye el bienestar de los hijos e hijas a su madre. Si tienen los mocos colgando, la señora del parque, la cuidadora de la guardería, la vecina, dirigen su mirada acusadora a la madre, no al padre. Si les falta la botella de agua un día en la mochila, se oirá el comentario “ay, esta madre” y no “ay, este padre” (a no ser que el padre críe solo, entonces escucharemos un compasivo “es que el pobre está solo”).

La sociedad nos hace responsables del bienestar de nuestros hijos e hijas, y lo somos. Pero no más ni menos que sus padres. Creo que la única forma de acabar con este tipo de desigualdad estructural y tan asentada en nuestra sociedad es desafiándola. Y para desafiarla, nada mejor que un padre realmente implicado en la crianza, que se moleste cuando preguntan por la mamá cuando lleva al niño o a la niña a una revisión médica, que se responsabilice públicamente de los mocos colgando de su hijo/a, que vaya al colegio a hablar con la maestra (si, nosotras también tenemos que pedir permiso en el trabajo para hacer eso), que le diga a la vecina que su mujer no tiene nada que ver  con el manchurrón que lleva la criatura en el abrigo, que esté al tanto de todos los problemas, quehaceres y tareas cotidianas que surgen cuando hay niños/as y adolescentes a tu cargo.

Y para desafiarla, haya padre presente o no lo haya, nada mejor que una madre que, siendo responsable de sus pequeños, atendiendo todas sus necesidades físicas y emocionales, con sus fallos, sus baches y sus errores, como persona que es, nunca diga eso de “qué mala madre soy”.

APRENDER A SER ESPECTADOR/A

(Edito para poner banda sonora al final)

Ayer fuimos al teatro. En VillaSpringfield no hay muchas oportunidades para hacerlo, sobre todo cuando se trata de obras para niños y niñas. Hay dos teatros, uno minúsculo pero muy cuco y otro más grande pero muy mal construido, porque los sítios desde los que se ve de manera óptima el escenario son un porcentaje reducido con respecto al aforo total del local. Las entradas hay que sacarlas con mucha antelación, no tanto como para ver El Rey León pero digamos que no hay lugar a la improvisación cuando se trata de ir al teatro. Por otra parte, me da a mi que muchas entradas se quedan por el camino para amigos y familiares, de modo que un porcentaje grande de la disponibilidad se queda en agua de borrajas.

 

COSAS QUE ME DAN MIEDO


Ayer veía por enésima vez una de las películas de la saga “Pesadilla en Elm Street”, concretamente la última, en la que se aclara de dónde sale ese psicópata onírico con uñas de acero. Aunque la película a estas alturas ha perdido la frescura de su primer capítulo, dirigido por el maestro Craven en los años 80 y protagonizada por un joven Johnny Deep y un genial e inimitable Robert Englund, yo me trago cualquier cosa relacionada con el mundo del terror. 


Samuel Bayer intenta revivir a Freddy con muy poco arte, pero ahí están de nuevo sus puntiagudas uñas. Echamos de menos ese sombrero de ala ancha (más ancha) que oculta la terrible cara del monstruo, así como su satírico sentido del humor (¡Bienvenida a la hora estelar, perra!), aunque lo de “estás en un sueño húmedo” mientras la pobre chica nada en sangre en un largo corredor no está mal. 

Pero a lo que íbamos: las cosas que me dan miedo. Creo que a estas alturas queda claro que el bueno de Freddy ya no me atemoriza. No desde aquel día que me acorraló en la Casa Encantada del Parque de Atracciones de Madrid y me dijo “deja de gritar y sal por ahí, que mis uñas no son de verdad”. Pero hay algo terrible en la inocencia de sus pequeñas víctimas, en los niños de los que abusa cuando está vivo, ya crecidos adolescentes a los que asesina en sus pesadillas. 

La inocencia de los niños es la otra cara de la moneda de la perversión. El abuso sexual es la faceta más cruenta y aterradora de esta moneda. Sin embargo, creo que no hay que ir al extremo para atemorizarse con la contemplación de esta inocencia. El terror me asalta cada vez que atisbo esa inmensa confianza infantil en el BIEN, ese “ignorar” que la vida se puede tornar tremenda de un segundo al siguiente.

Una de las primeras veces que he observado ese terrible quebrantamiento de la inocencia fue el día que Vampi Killer descubrió el concepto de muerte. Todo empezó con el insight de que, para comer animales, éstos debían morir primero. Se quedó unos instantes meditando, tras los cuáles, levantó su cabecita de  4 años hacia mí y preguntó: “¿Y tú también te vas a morir?” Qué podía decirle más que la verdad. Pero siguió preguntando: “¿Y yo?” Si cariño, todos moriremos, todos los seres que están vivos mueren. 

Vampi Killer lloró amargamente durante largo rato. Ni abrazos, ni besos ni caramelos lograban consolarle. Eso me hizo recordar que una de las cosas que más me impresionaron de pequeña fue cuando le pregunté a mi padre qué pasaba con los cadáveres cuando los enterraban. Esa ordalía de gusanos y carne putrefacta me ha acompañado toda la vida.

El descubrimiento de la muerte es algo a lo que todos y todas tenemos que enfrentarnos tarde o temprano. Pero me parece mucho más cruel cuando nuestros tiernos niños descubren la maldad; porque, al fin y al cabo, la muerte es un hecho irrefutable, pero la falta de sinceridad, la envidia, la avaricia, el odio, la rabia, la crueldad, son a veces san sutiles que, aunque nos destrocen, se nos escapan entre los dedos, no pueden ser definidos con exactitud.

Podría deciros, para que os quedaseis más o menos tranquilas, que es posible que nuestras hijas e hijos crezcan sin conocer la maldad, pero desgraciadamente no lo creo. Ojalá que su inocencia se transforme en sabiduría y no en desengaño y alienación. Ojalá la resiliencia juegue a su favor y nuestros temores nunca se hagan realidad.



MOTHER FEMINISTA

EDITO para poner el enlace del post al que se refiere esta entrada, ya que he caído en que muchas de mis lectoras no leen el ABC. 


No me deja de sorprender que bloggeras reputadas escriban post sin documentarse. Esto no es serio, señoras, que sus escritos los leen miles de mujeres y se pueden creer lo que dicen. Por ejemplo, en estos días podemos leer un post que seguramente ha tenido muchas visitas y que afirma que la “culpa” de que las mujeres trabajemos y nos veamos en la obligación de, llorosas, dejar a nuestras criaturas a cargo de extraños, es del feminismo. Afirma esta bloggera reputada que el feminismo nos sacó de nuestras casas y nos embarcó en el mundo laboral, haciéndonos creer que éramos iguales que los hombres. Esta afirmación es inexacta en  varios sentidos que voy a ir detallando punto por punto:
1) El feminismo surgió como consecuencia de las graves desigualdades de género que se vivían en el mundo occidental (del oriental podemos hablar en otro momento, tema interesante). Me imagino que a esta bloggera le parece bien que las mujeres votemos. Pues el movimiento sufragista fue uno de los movimientos feministas más importantes, y gracias a él ahora ella y todas nosotras podemos votar en igualdad de condiciones con nuestros compañeros. Fíjate que las mujeres no salieron gritando “¡Queremos trabajar y que a los bebés los cuiden otros!”. No. Salieron a gritar “¡Queremos votar, igual que los hombres!” Las españolas no lo conseguimos hasta el siglo XX, con la Constitución de 1931, aunque como ya sabéis, Franco anuló el derecho al voto tanto de hombres como de mujeres durante 40 años.  
2) La mujer ha trabajado desde que el mundo es mundo. El feminismo no es la causa de que abandonase el hogar y a sus hijos. Las mujeres han trabajado en el campo, en las fábricas, en las escuelas, han sido artistas y científicas desde hace siglos. Las feministas lo que han hecho es exigir igualdad de condiciones en el trabajo e igualdad de acceso a formación superior. Porque antes (y ahora) había mujeres a las que no las dejaban ir al colegio, por no hablar de la universidad… porque esta señora bloggera es universitaria, intuyo, y seguro que le parece bien que las mujeres podamos ir a la universidad e incluso ocupar cargos de responsabilidad. Las feministas han estado luchando para que nosotras ahora nos podamos lamentar de tener una carrera y tener que elegir entre ejercerla o cuidar a nuestros hijos… o por el contrario podemos tomar el testigo y, como feministas, luchar por una política de conciliación familiar y laboral justa que imprima valor a la crianza y la educación de los niños y niñas en sus hogares y que a la vez permita que las personas que tiene hijas e hijos puedan compaginar la parentalidad y el trabajo.

3) El feminismo no es una ideología, sino un campo de estudio, reflexión y trabajo inmenso que no se puede simplificar diciendo que nos ha sacado de nuestros hogares para ponernos a trabajar. Nunca he leído ni he oído a ninguna feminista que lo de quedarse en casa cuidando de los hijos es una cosa de marujas. A lo mejor se lo podemos oír a alguien que se cree feminista pero que no ha leído en su vida nada sobre feminismo. Por el contrario, el feminismo intenta fracturar las normas androcentristas que dominan nuestra cultura para que cambiemos un mundo pensado por y para los hombres por otro mundo que respete las necesidades y características de todos sus miembros: hombres, mujeres, niños y… demás animales (quien sepa de feminismo sabe a qué me refiero).

En conclusión, cuando tienes un blog no basta tener muchas visitas, muy buen diseño y una tipología de letra perfecta. Además, hay que pensar un poco sobre lo que escribimos. Hay que ser conscientes de que, quien nos lee, nos confiere cierta autoridad y puede creerse todo lo que escribimos. Por eso, tenemos la responsabilidad de, aun estar escribiendo en un medio divulgativo y personal, ofrecer información contrastada y documentada.