Killer lamentos

Las mujeres envejecemos peor

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Uno de los primeros pasos para cambiar algo es hacerse consciente de ello. Y una cosa que está empezando a hacerse evidente es que a las mujeres, a partir de los 50, no se las toma en serio. No es que antes de los 50 sea una maravilla y nos tengan en un pedestal, no. Es que, en el ideario común, la mujer a partir de 50 adquiere un estatus de ignorante, inocente y gracioso ser que hace muy buenas croquetas pero que no entiende nada de lo que dicen los jóvenes y los hombres.

Ya sé que los lugares comunes, si no se viven y experimentan, no se comprenden. Pero imaginad. Una mujer, 50 años, baila en una discoteca. Una mujer, 50 años, va a la quedada de Pokemon Go en la Puerta del Sol de Madrid. Una mujer, desconocida, 50 años, da una opinión política en una tertulia. ¿Qué os ha pasado por la cabeza? Seguramente lo mismo que cuando veis a Iris Apfel (que ya pasó la cincuentena) vistiendo esos llamativos ropajes y collares. No es común ¿verdad? Lo típico de una mujer de 50 es estar recluida en su hogar vistiendo una bata de flores y solo saldrá del brazo de su marido con la media melenita teñida con mechas y las lorzas embutidas en un vestido por debajo de la rodilla.

Pero vamos llegando a la cincuentena, e igual que en su momento me negué a adoptar el papel de madre reciente, que deja atrás los pearcing y los tatuajes para cambiarlos por la coleta y las chanclas, me niego ahora a que se me encasille y se me mire por encima del hombro por estar llegando a un sitio al que todos y todas vamos a llegar. No es solo ya la típica actitud de los adolescentes que creen que sus madres no saben nada. Eso es comprensible y puedo vadear con ello. Es además la actitud de tus compañeros de trabajo más jóvenes, que se creen con una sabiduría infinita que tú nunca rozaste, la forma en que la gente que no te conoce te sitúa en las conversaciones, el modo en que empiezas a escuchar la palabra señora de los hombres expertos en chapuzas varias en el hogar y en el automóvil, etc.

Yo entiendo que cuando no se pasa por un etiquetado colectivo tácito e inconsciente, no se comprende cómo se vive esta situación. Pero es muy desagradable que los demás quieran que seas de una manera que te es absolutamente ajena. Se empeñan en hacernos envejecer según la idea que tienen en su mente de lo que debe ser eso. Pero lo siento, no creo que cumpla con vuestras expectativas. Nunca he sabido dónde venden esa ropa de señora, esas batas de flores y esas zapatillas imposibles. Nunca me he puesto ni faja ni combinación, no me pienso poner mechas y no pienso dejar de leer y opinar sobre política. Y lo que es peor: nunca he sabido hacer croquetas.

Para que os hagáis una idea de cómo nos sentimos las mujeres cuando llegamos a los 50, os dejo aquí un vídeo que me ha pasado una amiga mía, muy lúcida en el terreno del impacto visual y narrativo. Somos las viejas brujas locas a las que nadie tiene en cuenta, peligrosas y apestosas. Nuestra experiencia profesional, nuestras competencias, nuestras virtudes se han corrompido al llegar a los 50. Dejad paso a las jóvenes promesas y atended los consejos de los viejos expertos. Donde esté un Merlín y un hada joven y buena, que se quite Madam Mim.

Racioncillas de poder

  

De un tiempo a esta parte estoy convencida de que este país funciona mal por la cultura del poder y los cargos. Obstentar un cargo público, en una institución pública, sostenida con dinero público, debería significar asumir una responsabilidad seria de gestionar la institución para sacar el máximo rendimiento posible con los recursos que se poseen. Pero aquí, cuando a cualquier  mindundi le dan un cargo, lo que hace es sacar los cojones o los ovarios y ponerlos sobre la mesa. ¡¡AQUÍ SE HACE LO QUE YO DIGO!! Y claro, con la costumbre que tienen las y los líderes nombrados a dedo naturales de rodearse de gente que no les haga sombra, ahí tenemos el origen de nuestros males: un grupo de inútiles mandando sobre personas que en algunos casos están más capacitadas y más formadas que ellos. Un grupo de inútiles tomando decisiones absurdas, decisiones que en muchos casos están guiadas más por su interés personal que por el bien común. 

Pero es lo que hay. España es un gran cortijo. Funcionamos a base de sobornos, prebendas y favores. Y cuando se cuela alguien honrado en el chiringuito dura dos días. Suele ser tachado de problemático, conflictivo y esos calificativos que suelen reservarse para las personas que intentan cambiar las cosas. Y tras su marcha, se recupera el equilibrio y a esa persona se la condena al ostracismo. 

Poco se puede hacer. Luchar contra esa cultura supone, en muchos casos, inmolarse. Solo ganas zancadillas, boicoteos, risas a tus espaldas y desprestigio. Y la institución sigue siendo un lugar mediocre, gestionado por mediocres y con objetivos mediocres. Eso sí, todos tan contentos con su racioncilla de poder. 

No es teta todo lo que reluce

  

Yolanda era una niña de 6 años. Como yo. Era mi mejor amiga. Mi única amiga. Rosi era la matona de la clase. Ella y sus secuaces esperaban a Yoli a la salida para pegarle. Pero yo le acompañaba, y como era alta para mi edad, y además era la hija de la maestra en una pequeña escuela rural, le dejaban en paz. No entendía por qué nadie quería ir con ella. Ni lo entenderé nunca. 

La única vez que estuve en casa de Yolanda probé las patatas cocidas por primera vez. Nunca más una patata cocida me ha sabido tan a gloria como aquella. Quizás porque su madre me la ofreció como si de un gran tesoro se tratase, como ofreciéndome lo más valioso que había en aquella casa. La casa estaba construída aprovechando una cueva. Era oscura y sin ventanas. No estuvimos mucho tiempo allí y solo recuerdo la ropa negra de su madre y el sabor de esa patata. Después corrimos otra vez a la calle y jugamos a las maestras. 

Yo siempre hacía de maestra y Yolanda era la alumna. Yo me sentía bien en el rol dominante, y ella parecía disfrutar del rol obediente. Hacía todo lo que yo le decía y disfrutaba tanto obedeciendo como yo mandando. Éramos felices juntas. La echo de menos. Un día, cuando ya nos habíamos ido a vivir a Madrid, le pregunté a mi madre por ella. Todos se callaron y se me quedaron mirando con cara de circunstancias. Yolanda había tenido cáncer y había muerto. Nadie me había dicho nada hasta entonces. Sentí que mi infancia se diluía en un instante. Hasta entonces, siempre había supuesto que algún día volvería al pueblo y le daría una sorpresa llamando a la puerta de su casa. No contemplé la posibilidad de no volver a verla nunca más.

Muy pocas veces he vuelto a sentir una amistad como aquella. Quizás mi memoria infantil magnifique los pocos momentos que pasamos juntas, pero esos momentos fueron auténticos. Sin rencillas, sin envidias, sin reproches, sin luchas de poder. Ella aceptaba mis rarezas. Yo aceptaba las suyas. A partir de entonces, el mundo cambió a peor. Nunca me he manejado bien entre mujeres. No comparto esos códigos. No me gustaba entonces (y mucho menos ahora) seguir a las divas y apoyar sus maniobras de acoso y derribo a los objetivos elegidos por ellas. Tampoco me gustaba convertirme en diva y tener seguidoras a las que manipular a mi antojo: odio la adulación y los aplausos de pié. Pero es realmente difícil encontrar un grupo de mujeres con las que entablar una relación igualitaria. 

Desisto. Paso de vosotras, chicas. Así, en general. Hay honrosas excepciones, eso no lo puedo negar. Pero, por lo demás, el paraíso prometido de sororidad, energía femenina entrañable y hormonas del amor ha resultado ser un fraude. Ya no me creo nada. El feminismo siempre ha estado presente en mi vida, y lo seguirá estando, pero está cambiando de ola. No podemos esperar que cambie la otra mitad de la población y nosotras seguir siendo como somos, actuando como actuamos con nosotras mismas. Es una mierda. De verdad, nos lo tenemos que hacer mirar. Así, como concepto. 

Todo es un espejismo

 
 Vivimos en un espejismo de mierda. Todo podría ser de otra forma si, al levantarnos por la mañana, nos pusiésemos de acuerdo para que las cosas fuesen de otra manera. Pero seguimos alimentando este infierno que hemos creado día a día, acto a acto. Sí, todo esto está forjado sobre los actos individuales de millones de personas. ¿O creéis que hay algo superior que regula el funcionamiento de nuestro mundo?

Reaccionamos al deseo, al hambre y a la sed de sustancias y de experiencias. Solo el hambre, la sed y el deseo regulan todo nuestro mundo. Queremos tener el estómago lleno, que el sol nos de en la cara, tener nuestros orgasmos y que nuestros hijos vayan a la universidad. O simplemente que se casen y poderles dar una dote. O que lleguen fuertes a cierta edad para que puedan trabajar en la fábrica de Inditex y traer cuatro perras a casa. 

No somos nadie sin nuestra ración diaria de soma. La wifi nos da conexión a la comunidad virtual, y todos lloramos al unísono. Es terrible lo que está pasando. Je sui todos los muertos del mundo. Llega la hora de cenar. Deja el móvil y atiende a la tele. ¿Qué tal en el cole? Bien, la maestra me puso una pegatina por tener el cuaderno ordenado. Eso me dará grandes competencias para sobrevivir a los bombardeos el día de mañana y a la puñetera apocalipsis zombie que nos llevan vendiendo durante años y años. 

Bueno, no os preocupéis. Todo esto son ideas inconexas de un día después. Uno más. Un día más en el que saltan miembros por los aires. En los que salen listas de muertos en los periódicos. Pero qué más da. Al final todos moriremos, de una forma u otra. Estaremos en una lista o en una esquela. Todo acabará. Habrá una glaciación, una tormenta solar, una guerra nuclear o un cataclismo masivo que acabará con nosotros, una mota de polvo en un universo infinito. Y ya seremos nada. Y ninguna mente nos recordará. Fin. Descanso. Nada. Muerte. Vida. 

Comemos: es el problema

Ya han pasado años desde que dejé de amamantar. Desde entonces, lejos de sentirme liberada, el trabajo para alimentar a las bocas de la familia numerosa que me he labrado ha ido en aumento. Me imagino que a las demás os pasará lo mismo. Sin embargo, aunque podemos encontrar cientos de luchas encarnizadas en internet entre las detractoras y las partidarias de la lactancia materna, no encuentro por ahí las discusiones sobre si seguir alimentando a tu prole cuando llega una determinada edad o dejarlos a su suerte (el típico “dale 20 duros y que se compre lo que quiera”).

Esta ausencia de referentes me tiene bastante confundida. Veamos: son 7 días a la semana, 2 comidas principales al día (vamos a suponer que el desayuno y la merienda son cosas que ya se saben hacer ellxs solxs), es decir, 14 sentadas en una mesa llena de alimentos que previamente han sido comprados y cocinados. Esto para una familia como la Killer (6 personas, persona arriba, persona abajo) hace un total de 84 platos a la semana que tienen que estar llenos, eso sin contar que la mayoría de las veces comemos primero y segundo.

Y me pregunto yo… ¿qué hacen tantas y tantas mujeres discutiendo sobre lactancia sí, lactancia no, la lactancia me esclaviza, la lactancia me deja las tetas caídas, la lactancia bla bla bla? A ver: la lactancia dura lo que dura. Después, al niño o a la niña hay que darle de comer. Y lo del comedor escolar, que en un momento determinado te saca de un apuro, es un sitio inhóspito en el que los niños/as comen mal y pasan horas alejados del calor de su hogar. Yo lo usé por un tiempo, pero me pasaba la vida haciendo malabarismos para dejarles el menor tiempo posible, les sacaba del colegio inmediatamente después de comer y les dejaba sólo algunos días.

Llegan al instituto y resulta que no hay comedor escolar, así que, ¿para qué vas a dejar al pequeño si tienes que dar de comer a los mayores?. De modo que tenemos 6 comensales todos los días, con una jornada laboral y una casa que no se mantiene sola. En fin, bendita lactancia, qué queréis que os diga. Y hay que buscar con lupa (que no digo yo que no los haya) los blogs en los que nos cuenten cómo se sobrelleva esto junto con una carrera profesional de “alta implicación social”.

Eso sí, encontramos entradas en las que una mujer afirma ocuparse en cuerpo y alma de sus hijos/as, prestarles toda su atención, coser dobladillos, cocinar cupcakes y postres suculentos y además ser una eminencia en su campo profesional. Es entonces cuando te planteas “algo estoy haciendo mal”. Porque mi cocina es de lo más básico (macarrones con tomate es el plato más complejo en mi repertorio), tengo una pareja que cocina mucho más que yo, mi casa está hecha un desastre (algún día subiremos las fotos prometidas al feis), nunca tengo tiempo para nada y con el trabajo hago lo justo y necesario, que es lo que me da tiempo en mi jornada laboral. Y eso no da para ser una eminencia, más bien para ir con la lengua fuera. Porque que sepáis que para tener una producción escrita adecuada (es un poner) hay que invertir muchas horas que no entran dentro de las 8 laborales de rigor. Eso o tener esclavillos que trabajen para ti.

En fin, mujeres post-lactantes trabajadoras por cuenta ajena: os animo a escribir blogs en los que nos deis los trucos que usáis para sobrellevar el día a día. Aquí he de puntualizar que también me valen los blogs escritos por hombres (ay dios mío, si los hombres hablasen) porque al menos hablo por el que tengo a mi lado (tengo claro que la mayoría no dan ni palo en casa y se sientan a ver el futbol con los pies encima de la mesa), puedo decir que algunos de ellos no se quedan cortos en eso de la doble jornada.

El otro día veía una publicación en feis de uno de esos personajes anónimos que se hacen superfamosos y tienen un montón de seguidores (no tienen que hacer comida para 6, seguro) que decía “¿Si tuvieses que elegir entre poder vivir sin comer, sin beber o sin follar, qué elegiríais?” Me sorprendió la poca cantidad de gente que dijo “sin comer“. Yo lo tenía taaaan claro.

Diez Minutos

Praha - Reloj astronómico

 

No sé si os ha pasado. Probablemente sí. Esa experiencia de no tener más de 10 minutos para hacer… cualquier cosa que se os ocurra. Yo me di cuenta hace tiempo que ese remordimiento absurdo por no leer libros y pasarme el día en Facebook o Twitter es infundado. Son los únicos textos que puedo leer completos en el tiempo del que puedo disponer con cierta continuidad. No es que solo tenga 10 minutos al día para hacer lo que me plazca, no. Es que solo puedo mantener una actividad durante 10 minutos seguidos. Y así llevo 16 años… que se dice poco.

Al principio, durante los tres primeros años de Brigitte y Phanton Killer, llegué a pensar que había desarrollado un trastorno de atención. No podía permitirme desviar mi vista y mi pensamiento de sus actos, porque en cuanto lo hacía, ocurría algún cataclismo. Una maceta caía en la cabeza de Phantom, una pared se llenaba de preciosos dibujos hechos a rotulador, un bote de ibuprofeno se deslizaba por las gargantas de mis hijes curiosos y exploradores. Cuando esto no sucedía, estaba en socorrido “MAMAAAAA” seguido de “un vaso de agua”, “léeme un cuento”, “tengo hambre” “me aburro”, etc. Este estado de alerta sostenido durante años llega a tener efectos curiosos en una persona que está habituada a soñar despierta, por ejemplo. Interrumpir bruscamente la costumbre de soñar despierta y no poder volver a hacerlo en años seguro que tiene efectos a nivel molecular.

16 años sin poder realizar una actividad de manera sostenida es muy estresante. En 10 minutos no te da tiempo a profundizar mucho en nada. En una hora te da tiempo a plantear la tarea, pero hacen falta al menos 3 para completar algo de manera relativamente exitosa. Estoy pensando en cosas como leer un libro o estudiar ingles, por ejemplo. Pero la ventaja de esto es que optimizas el tiempo de una manera asombrosa. Guardas y atesoras con celo esa media hora perdida y casi “regalada” para escribir ese post que te ronda en la cabeza hace días. Sabes que lo vas a escribir en 20 minutos, que si tuvieses una hora quedaría estupendo, pero te conformas con lo que te da la vida.

A ver, no me creo esos espejos que rondan por ahí mostrando lo maravillosa que es la vida jugando las 24 horas del día (es un decir) con los niños. Bueno, voy a precisar. Quizás haya gente que disfrute dedicando a los niños todo el tiempo disponible… pero yo me muero. Desfallezco. Mi mente colapsa. No, no puedo estar permanentemente dedicada a elles. Necesito hacer cosas de adultos. Aunque sea de 10 en 10 minutos aislados. Sé que esto me convierte en una madre terrible. No mala, sino horrorosa. Pero es lo que hay.

Ahora ya podéis decirlo: “pues no haber tenido hijos”. Pues no, mira. Me quejo porque me da la gana. Me quejo y lo hago en voz alta porque es sano. Porque quejarse es una acción humana que, si existe, será porque es adaptativa… ¿o no? Me quejo y así la gente sabe a lo que atenerse cuando emprenda la aventura de la maternidad. Podéis optar por leer cuentos de hadas, en los que las madres siempre están sonrientes y dispuestas a hacer bromas y juegos educativos con sus hijos. Pero podríais ser una de las mías, creedme, una de esas que prefiere un buen libro a 10 cambios amorosos de pañales.

Las canas

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Tengo canas desde los 18 años y desde muy pronto me empecé a teñir. Primero por coquetería, pero después por miedo a parecer una anciana. Ahora resulta que las canas se han puesto de moda y aparecen por doquier un montón de modelos impresionantes con el pelo blanco. Atraída por su bello aspecto, tengo la tentación de dejarme el pelo blanco. Pero ¿cómo?

Mi amor, que para eso es mi amor y me quiere de cualquier forma, dice que me rape la cabeza y deje crecer el pelo. El lo hace a menudo y se deja una especie de cresta en el centro que, junto con la barba larga y canosa, le da aspecto de motero peligroso. Pero yo siempre he sido una niña modosita y acomplejada. Lo de ponerme en evidencia rapándome la cabeza no sé, no lo veo. Lo pasaría mal. Me pondría un turbante y no aguantaría las miradas de compasión de la gente. Serían unos meses larguísimos. Él me dice que es una situación graciosa, cuando haces algo radical con tu aspecto, observar las reacciones de la gente y reírse de ellas. Y seguro que tiene razón, pero mi autoestima no está tan bien amueblada como para abordar ese experimento tan radical.

Otra posibilidad sería dejar crecer el pelo sin teñirme. Ir dejando crecer esa raya blanca que aparece puntual cada dos semanas. Teniendo en cuenta que mi pelo “es” oscuro (me tiño con un 5) el contraste entre la raíz y el resto del pelo sería tremendo. La gente pensaría “mírala, pobre, lo descuidada que va. Habrá perdido la razón de forma definitiva”. Y seguramente la perdería, pues soy muy sensible a mi aspecto exterior y si tengo cara de loca y desquiciada me siento loca y desquiciada. 

La tercera posibilidad sería ir a la peluquería y pedir que hiciesen un cambio radical con transición artificial: una decoloración completa del pelo. ¿En qué condiciones quedaría mi cabeza? No tengo ni idea. Y bueno… no estoy del todo segura de que me gustase el resultado. Cuando me imagino con canas me imagino con cara de anciana. Y a ver, es que empiezo a ser algo anciana, voy camino de los 50. No sé si estoy preparada para dar ese paso tan brusco a la ancianidad. Y tampoco estoy segura de que yo, con canas, tenga ese aspecto tan cool como las modelos que salen promocionando la nueva moda. 

Bueno, al final no sé qué haré, pero intuyo que algo va a pasar. Cuando se me mete en la cabeza que tengo que cambiar algo, no pasa mucho tiempo hasta que lo consigo. Sé que el pelo es una simple excusa, que lo que quiero transformar en mí y en mi entorno es mucho más profundo. Pero hasta que lo averigüe y vaya tomando forma, me conformo con hacer locuras con mi cabeza (que no es poco).

¿Dónde está la tierra?

portal zone, another dimensionSé que este será el tipo de entrada que os hace pensar que he perdido el norte. Y es verdad. Pero no sólo lo he perdido yo. Mal de muchos, consuelo de tontos, dicen. Pero es que desde hace ya bastante tiempo (no es de ahora) siento que la tierra que está bajo nuestros pies se ha alejado y nos ha dejado suspendidos en una atmósfera irreal. 

Hablamos de ganar y perder de una manera tan superflua que me siento como en un tablero de ajedrez. No sé muy bien qué pieza soy, pero tengo claro que los movimientos no dependen de mi voluntad. Pierdo de vista los objetivos ante tanta información cruzada. No sé muy bien a dónde queremos llegar. El otro día vi una noticia por ahí que decía que se vendían aldeas abandonadas por un precio irrisorio y le envié el enlace a mi compañero de aventuras y desventuras. Así, sin más. Irse, volver a la tierra, desaparecer. Dejar de depender de un sistema que nos tiene cogidos de los pelos. Dejarnos de circunloquios complicados para seguir viviendo. 

Hubo un tiempo en que cualquier persona de la aldea era imprescindible. Cada cuál conocía su papel y lo desempeñaba sin escollos. Ahora todos somos prescindibles. Mueren miles de personas en lugares remotos y firmamos en Change.org para detener la masacre. Nos sentimos tristes y cansados y nos mandan una pastilla. Nos roban ingentes cantidades de dinero y salimos a la calle a gritar al aire. Tenemos hijos y nos dicen que no sabemos criarlos ni educarlos, desprecian el poder de nuestros cuerpos para alimentarlos y nos someten a prácticas violentas cuando les traemos al mundo. Y cuando se hacen mayores, la incertidumbre sobre su futuro dura décadas.

Vivimos en la sociedad del espectáculo, un espectáculo que está perdiendo su gracia. La verdad, no sé como acabar esta entrada. Esto no es un camino de ida y vuelta, pues partimos hace ya mucho tiempo y no sabemos a dónde nos dirigimos. No creo que la solución esté en unas elecciones. No creo que esto se solucionase aunque ganasen “los buenos”. Porque no es un problema político, es un problema humano. Y los problemas humanos son esos que se solucionan con cambios terrenales. Este en el que estamos metidos es de órdago, de glaciación, tormenta solar, tsunami, volcán y terremoto. Algo que sea capaz de destruir el yo y volver a colocar el nosotros en su lugar. 

Mi padre se reía cuando de pequeña le decía que el ser humano nunca debería haber salido de las cavernas. Ahora seguro que me tomaría en serio. 

EN EL REGISTRO CIVIL

Libro de familiaSeguramente muchas de vosotras no hayáis tenido que ir al registro civil (RC) a “apuntar” a vuestras hijas e hijos a la lista de ciudadanos. Pero yo tuve que ir las dos veces. Sí, estaba en pecado. Y eso, aunque no se lea en la cara, es evidente en el RC. Los niños tienen que ser registrados en un periodo comprendido entre las 24 h. de su nacimiento hasta los 8 días. Por tanto, antes de los 8 días, recién parida, tienes que personarte allí con tu bebé y hacer la cola interminable para cumplir con tu obligación de ciudadana.

No satisfechos con hacerte esperar en salas inmundas, en las que muchas veces no puedes ni sentarte,con un montón de puntos en tu periné, o simplemente con el cansancio de un parto reciente y una lactancia inicial, algunos de los y las funcionarias del RC se permiten la gentileza de hacerte algún que otro feo.

En el primero de mis partos, cuando llegué a la mesa en la que nos atendían, ya no sentía las piernas. Al señor del registro le dio por decir que no entendía la letra del médico.

– Mireusté, no me toque las narices que llevo dos horas esperando y acabo de parir

– Pero es que esta letra no hay quién la lea

– Yo se la traduzco, no se preocupe

– Pero es que…

– PERO ES QUE QUEEEEEEÉ

Os puedo asegurar que se me hizo largo, muy largo.

La segunda vez que fui al registro no la recuerdo tan terrible. Había poca cola, no tenía puntos y estaba mucho más fuerte (había parido en casa y solo un bebé, que estaba en mis brazos tomando teta como un poseso). Pero cuál es mi sorpresa cuando una funcionaria con pinta de teresiana, con gafas de pasta y peinado a lo Lori Nelson, sale a la sala y grita “QUE PASEN LOS QUE NO ESTÁN CASADOS”

Miré a mi alrededor, y nos levantamos un grupo de gitanas y yo. Me sorprendió que a ellas no les sorprendiese que esa tipa gritase parte de nuestra vida privada para toda la sala de espera. Pero claro, deduje que estaban acostumbradas a ese procedimiento. Cuando llegué a la ventanilla, ahí estaba la gafapasta con bigote esperando.

– La próxima vez, recuerde que existe una legislación sobre la privacidad de las personas y no salga llamando a la gente por su estado civil…

– Uy hija, si son todas gitanas

– Señora, seamos gitanas o no, tenemos el mismo derecho al respeto que todo el mundo

– Uy, venga venga, lo que tu quieras… ¿y dónde ha nacido el niño?

– En su casa

La señora en cuestión puso cara WTF.

– ¡Bueno, pero luego irías al hospital a que te vieran!

– Pues no, mire, no he ido ni voy a ir al hospital, aquí tiene todos los datos.

Le entregué la hoja cumplimentada por la matrona que atendió el parto. La miraba por arriba y por abajo. Rellenó todos los datos sin rechistar mientras me miraba con disimulo por encima de las gafas.

La moraleja es, señoras y señores, que lo normal es la norma, y si te sales del tiesto lo vas a notar tarde o temprano. Pero tener que notarlo en un organismo que está creado para todas y todos los ciudadanos del país, independientemente de su estado civil, su sexo, su cultura y todas sus excepciones, es una verdadera vergüenza.