Gurús

Por qué Carlos González tiene la culpa

  

La entrada más leída de mi blog, con diferencia con respecto a las demás, es Por qué no me gusta Cárlos González, escrita hace ahora dos años. En ella contaba cómo los juicios y sentencias que lanza este gurú de la crianza sobre nuestras actividades como madres son perjudiciales, innecesarias y absolutamente desechables. 

Pero con la decadéncia de este gran gurú, que ahora se ha ido a hacer las américas y tiene gran prensa en países como Chile, lejos de vernos libres de sus juicios, han surgido como setas cientos de clones masculinos. Hombres que escriben sobre crianza, sobre qué tenemos que hacer las mujeres, cómo tenemos que proceder, si debemos o no trabajar, si debemos o no permanecer con nuestros hijos e hijas durante un número de años inespecífico mientras ellos trabajan fuera de casa y traen el sustento, si debemos darles de mamar, etcétera. Estos hombres se hacen protagonistas en los grupos de mujeres, escriben entradas de blog que son leídas miles de veces, hablan sentando cátedra y tienen nutridos clubs de fans femeninas.

Sí, Carlos González tiene la culpa. Él fue el primero que consiguió vivir de nosotras. En la estela de su éxito van otros muchos, atraídos por el gran negocio que representan las madres. Consumimos consejos, devoramos todo lo que encontramos en la red porque carecemos de grupos de referencia fuertes en el mundo no virtual. Nuestra sociedad nos ha enseñado que la voz de la autoridad experta (por lo general masculina) es la que tiene la solución y ahí estamos todas, aplaudiendo extasiadas ante las doctas palabras de cualquier hombre que se suba a la tribuna. 

Ahora se les llama hombres conscientes. Y yo creo que, efectivamente, son muy conscientes de la capacidad que tenemos de admirarles a ellos y despreciar nuestra propia sabiduría. Aunque creo que eso les va a durar poco. Cada vez hay más mujeres conscientes de que la solución está en ellas mismas, que ningún hombre les va a decir cómo deben comportarse y actuar con sus bebés y sus hijos. Incluso la pareja tiene poco que decir en ciertos aspectos que atañen a nuestro cuerpo. Por otra parte, en las redes hay cientos de mujeres con mucha experiencia en el maternaje, la lactancia, la crianza, el porteo, a las que cada vez se presta más atención. Son referencia de grandes grupos y empiezan a acumular gran cantidad de sabiduría a su alrededor. 

Por otra parte, hay algo especialmente preocupante en esos hombres conscientes: comienzan a posicionarse peligrosamente en el bando neomachista, diciendo cosas como que las mujeres ya tenemos igualdad, que tenemos que cumplir nuestra función de cuidadoras porque estamos diseñadas para ello, que los hombres están discriminados en la crianza y necesitan tener un espacio, que necesitan reclaman su vínculo primario con el bebé, etcétera etcétera. Esto, unido a la afirmación que está haciendo Carlos González de que las parejas no se deberían divorciar por el bien de su prole, crea un peligroso caldo de cultivo en el que las mujeres estamos a expensas de un hombre que ocupa la esfera pública mientras nosotras quedamos relegadas a la privada y sin posibilidades de salir de ella. Estamos atadas económicamente a este hombre y moralmente al deber de mantener el núcleo familiar. 

Independientemente de las decisiones que tomemos en la crianza, creo que deberíamos dejar de prestar oídos a la masa enfurecida consciente y masculina y empezar a decirles que agradecemos mucho sus consejos pero que tenemos nuestras propias ideas. Lo de endiosar al macho que habla sobre nosotras ya ha demostrado ser una estrategia fallida. Lo de dar más crédito a los expertos que a nuestras comadres nos ha salido muy caro en la historia reciente de la humanidad y ha terminado con un parto deshumanizado, la lactancia extinguida y los niños y niñas tratados como ratas de laboratorio. Mujeres, empecemos a escucharnos a nosotras mismas y, si los hombres hablan demasiado, quizás debamos pensar en hacer grupos NO MIXTOS. 

Pediatras y patriarcas

LactanciaEl médico pediatra, ese señor que un día decide escribir un libro ojeando sus apuntes de la carrera que estudió hace lustros, nos dice que no seamos dogmáticas, que no ocupemos nuestras trincheras. Que no seamos tercas y no dejemos morir de hambre a nuestras pobres criaturas, empeñadas como estamos en darles de mamar más allá de los cuatro meses, cuando ellos y ellas, bebés indefensos, claman por una buena papilla de cereales y de carne picada. Ya se sabe que la humanidad no evolucionó hasta que se inventó la batidora y las grandes multinacionales comercializaron leche en condiciones, en polvo y salida de las ubres de las vacas, ese animal sagrado que nació para alimentar a nuestros cachorros.

Señor pediatra, qué haríamos nosotras sin usted, que sabe más de nuestras tetas que nosotras mismas. Gracias pon pensar en nuestros pezones doloridos por el continuo roce de las edípicas bocas de nuestros bebés. Ahora, el padre podrá ocupar el lugar que le corresponde: el de cabeza de familia entre nuestros lúbricos pechos y el pequeño déspota que solo desea nuestro cuerpo de madres. Edipo Rey ha sido derrotado y todo ocupa su lugar. Ya no nos aventuraremos en calles y plazas enseñando nuestros turgentes manantiales impúdicos, amamantaremos lo justo y lo necesario, cuatro meses, lo que dura un permiso por maternidad. Ni más, ni menos.

Gracias, señor pediatra, por traer ese rayo de luz. La OMS nos quiso convencer de que lo mejor para nuestras criaturas era amamantarlas 6 meses en exclusiva, solo con la leche de nuestros pechos, ese extraño líquido que no sabemos porqué mana de nosotras. Nos intentaron convencer de que éramos mamíferas, incluso nos hablaron de extraños benefícios sobre la maduración del sistema inmunológico de nuestros infantes, y de la prevención del cáncer de mama y otras partes de nuestro cuerpo. Y nos lo creímos. Y decidimos amamantar. Incluso algunas seguimos haciéndolo después de los 6 meses, después del año, de los dos años, de los 3… Inaudito.

Ahora, gracias a sus doctos y moderados consejos, nuestros pezones serán libres y nuestros bebés engordarán sus michelines y los bolsillos de las grandes multinacionales. Nos sentiremos aliviadas por estar contribuyendo a una buena causa: el enriquecimiento de esos pobres empresarios, patriarcas como usted, que tanto han hecho por la humanidad. Gracias por alejarnos de nuestro dogmatismo. No más teta. Seamos sensatas. Hasta los cuatro, solo la puntita.

Esos hombres


martinez-caminoLas madres y padres conscientes e implicados/as y responsables en la crianza de sus criaturas, desde que surge Internet como herramienta de comunicación , se han constituido en una compacta comunidad que está cambiando mentalidades y actitudes. Podemos decir que somos afortunadas y afortunados de poder compartir con esta comunidad nuestras dudas, desvelos, dificultades, alegrías, ideas, etcétera.

Pero con la llegada de la maternidad 2.0 aparecen un tipo de especímenes del género masculino que en seguida vais a reconocer. Son los hombres que todo lo saben y que se permiten darnos consejos a las mujeres y decirnos, desde su encumbrada autoridad de machos, lo que debemos hacer. Estos hombres suelen presentar el siguiente perfil:

– Se presentan como defensores radicales de la infancia y la crianza respetuosa.

– Son defensores a ultranza de la lactancia materna, el colecho y otras prácticas ligadas a este tipo de crianza

– Y aquí viene el problema: se dedican  a aleccionar a diestro y siniestro a las mujeres para que cumplan con los requisitos que ellos creen imprescindibles para seguir estos preceptos.

Por ejemplo, según ellos las mujeres que trabajamos estamos engañadas, somos unas egoistas y estamos abandonando a nuestros hijos e hijas a su suerte. A ver, no lo dicen así de claro, pero de sus intervenciones se puede derivar esta conclusión. Normalmente, su pareja no trabaja y cuida a sus hijos/as a tiempo completo, opción totalmente respetable. Pero cuando planteas que tu opción ha sido otra, los ataques arrecian. No eres libre, eres una inconsciente, no te has planteado con responsabilidad lo de la crianza, etcétera etcétera. Es indiferente lo que plantees en el ámbito de la crianza, que hayas mantenido una lactancia prolongada, que hayas colechado, da lo mismo: lo tuyo no vale y punto. 

Esta postura absolutamente irrespetuosa da por supuesto que todas las mujeres tenemos una relación duradera y estable con el padre de nuestras criaturas, y que podemos dejar de trabajar para ocuparnos de la casa, mientras él trabaja y trae los alimentos. También da por supuesto que todas las familias son biparentales. Además, rechaza la opción de que la conciliación es posible, y desprecia a la mujer trabajadora por sistema, culpándola de todos los males de nuestra sociedad. Y, por supuesto, da por hecho que las mujeres están hechas para el cuidado, y si optan por el trabajo, deben renunciar a tener descendencia.

Cada vez me producen más rechazo esta postura neomachista y patriarcal disfrazada de buen padre preocupado por la infancia. Los hombres que se meten en los grupos de mujeres a decir qué tenemos que hacer nosotras para criar bien a nuestras hijas e hijos, sencillamente, SOBRAN. Empiezan diciendo que lo de quedarse en casa puede hacerlo cualquiera de los dos, padre o madre, (dando por supuesto, como ya he dicho, que todas las familias son biparentales y nucleares), pero pronto se destapan y nos aleccionan sobre lo que debemos hacer NOSOTRAS. Se disfrazan de buenismo proponiendo vidas austeras y anticapitalistas dedicadas a nuestra prole.

Chicos, la vida tiene muchos caminos. No nos intentéis estrangular imponiéndonos el vuestro a través del juicio y la amenaza de los mil males que caerán sobre nosotras por trabajar. Hace tiempo que hago oídos sordos a vuestras peroratas por Internet, y, por supuesto, no compro ninguno de vuestros libros. Pero creo importante que las mujeres seamos conscientes de la existencia de estos individuos. Mujeres, somos, sois dueñas de vuestras decisiones. No os dejéis maltratar por personas ajenas a vuestra vida y condiciones. No os dejéis culpabilizar, haced oídos sordos a esos curillas 2.0 que intentan meterse cual virus en nuestras mentes y sembrar discordia. Nuestras decisiones son nuestras y de nadie más. Y los predicadores, a los púlpitos. 

¿Vivir en una yurta o comprarme un ferrari?

Hay días que tengo sensación de sandwich. Por un lado, las propuestas sobre género que pretenden ser ultrafeministas nos quieren construir miles y miles de escuelas infantiles para que encerremos a nuestros retoños y nos lancemos al competitivo mundo del trabajo como si no hubiese mañana, rasgando nuestras vestiduras por una igualdad masculinizada. Queremos dejar de ser las cuidadoras supremas y pedimos al estado que se haga cargo de nuestros hijos e hijas para salir a la calle, tacones en ristre, a comernos el mundo.

Por otro lado, hay voces que se alzan clamando que la humanización del cuidado infantil pasa por que uno de los progenitores (que finalmente siempre es la madre) se quede en casa para poder atender adecuadamente las necesidades emocionales de las niñas y los niños. Plantean que merece la pena liberarse de el esclavizante mundo del trabajo para ocupar plenamente el mundo de lo privado y adoptar formas de vida alejadas del mundanal ruido. Esta opción siempre se aparta ideológicamente de la tradicional ama de casa y se posiciona en un nuevo modelo de mujer, preparada, con estudios, que decide abandonar su carrera profesional para dedicarse en cuerpo y alma a sus hijas e hijos, mientras su pareja la apoya incondicionalmente y sale a buscar las lentejas.

No tengo nada en contra de ninguna de las dos propuestas. Bueno, sí, solo una cosa, y es eso que decía al principio: me hacen sentir como un emparedado. Cuando empiezan a hablar desde uno u otro lado, y tú vas y no te posicionas, inmediatamente te colocan en el lado contrario. Si no eres de las que dejaron de trabajar para cuidar a sus niños, eres la ejecutiva agresiva y ambiciosa que abandona a su prole en cualquier institución o la tiene horas delante de la televisión para que la dejen tranquila con sus asuntos. Si no eres de estas últimas, entonces eres de esas mujeres esclavizadas por sus hijos y su hogar que pretenden que todas volvamos a un rol anticuado de mujer-ama de casa-maruja.

El caso es que, hagas lo que hagas y digas lo que digas, siempre habrá alguien que te diga que lo haces mal. Que no eres libre. Si no eres como ellos quieren que seas, te estás dejando engañar, bien por el patriarcado, bien por la sociedad neoliberar que nos oprime. Así que, al final, te preguntas seriamente para qué sirven esos modelos de mujer que nos tratan de imponer sino para hacernos sentir confusas y culpables. ¿Deberíamos habernos entregado al cien por cien a nuestras carreras o a nuestros hijos? ¿Deberíamos haber dado un giro de 180 grados a nuestras vidas y habernos ido a vivir a una yurta, o bien haber asumido que los niños crecen como las setas y pasarnos la vida compitiendo por puestos de responsabilidad?

A ver, chicas, recordemos eso de tesis-antítesis-síntesis. Creo que aquí estamos olvidando un factor clave para dejar de sentirnos como el jamón del bocadillo. Esta violencia estructural contra nosotras tiene que acabar. Para criar a un niño (y a una niña) hace falta una tribu. Y nuestra tribu (ya lo he dicho en más de una ocasión) está descompuesta. Se ha hecho individualista y mezquina, y quiere hacer recaer la responsabilidad de los cuidados solo en una parte de la población. Ya no es cuestión de que el padre se responsabilice o no de los cuidados. El tema va mucho más allá. A la tribu le importa una mierda cómo se críe a los niños y niñas, y si algo sale mal, ya sabemos a quién hay que echarle la culpa.

Malas madres, buenas madres, ha llegado la hora de alejarnos de vosotras. Ni soy libre siendo mala, ni soy libre siendo buena. Soy libre siendo y haciendo oídos sordos a las propuestas descabelladas de cómo tengo que girar en mi vida o qué tengo que conseguir. Si tienes consejos que dar, escribe un libro y conviértete en gurú.

¿Qué saben los pediatras sobre crianza?

Newborn ExaminationMi relación con las y los pediatras en mi historia como madre ha sido desigual. A la primera pediatra que conocí la apodábamos “doctora Menguele”. Podéis conocer su historia en esta entrada. Esa señora me hizo perder toda la confianza en mi cuerpo lactante y entregarme a la medicina más convencional para criar a mis mellizos. Ellos crecieron entre toses, mocos y bronquiolitis gracias a ella. Lo que mejor recuerdo de esa médica (que no doctora) era la seguridad con la que se dirigía a mí, madre primeriza asustada por la enorme tarea que me había caído en los brazos. Ese gesto grave, la seguridad con la que hablaba, sentando cátedra, aplicando protocolos aprendidos en sus años de práctica (que por su edad, no podían ser muchos), hacía que el espacio para la duda disminuyese hasta el mínimo. Vivíamos en los tiempos en los que Internet todavía no era la fuente de interacción entre iguales en la que se convirtió poco después en la era 2.0. 

En esa etapa aprendí que los pediatras no saben nada de lo que nos interesa a las madres cuando acudimos a su consulta una y otra vez, con un niño que llora y llora y con el que no sabemos qué hacer. Después de caer en la trampa del Dr. Estivill, que nos las prometía muy felices adiestrando a nuestros bebés para el sueño, y de perderme una infancia de amor y colecho con mis pequeños, descubrí que la palabra “pediatra” encierra una falsa promesa de sabiduría. El Dr. Estivill (y algún que otro pediatra en nuestro país) se hizo de oro a nuestra costa. Utilizó nuestra desesperación, nuestra pérdida de norte, nuestro sufrimiento en una sociedad en la que la crianza se iba desnaturalizando más y más y la convirtió en oro. 

Con mi tercer hijo, las cosas cambiaron bastantes. Mi relación con las y los pediatras se transformó. Lo tenía claro: los pediatras que tengo a mi disposición no saben NADA sobre lactancia, alimentación, sueño infantil y educación en general. En cuanto a lactancia, había absorbido toda la sabiduría de mujeres lactantes y de libros escritos por verdaderos expertos en lactancia (sí, ahí estaba Un Regalo para Toda la Vida, de Carlos González). Nunca se me ocurrió preguntar al pediatra nada sobre este tema. Nunca introduje los cereales ni las papillas de frutas cuando él o ella me lo indicaban. Nunca introduje leche de vaca en la dieta de mi hijo cuando estuvo lactando. Mi hijo no ha tenido una sola bronquiolitis. Es muy raro que se ponga enfermo, y cuando le pasa, su sistema inmunológico funciona rápida y eficazmente. 

Tampoco se me ha ocurrido nunca decirle al pediatra “mi niño no me duerme ¿qué hago?“. Las prácticas de crianza relacionadas con el sueño infantil no son incumbencia del pediatra. Ya sé que en muchas publicaciones de pediatría se considera trastorno del sueño infantil al hecho de que un bebé tenga que ser acunado en brazos para que se duerma, que se despierte por la noche o que no se duerma cuando se le tiende despierto en la cuna. Es una cuestión de perspectivas. En mi caso, no existía cuna ninguna, así que tampoco había trastorno del sueño por el que preguntar al pediatra. La cuna fue un regalo que nos hicieron con mucho cariño, que apreciamos mucho… pero que no usamos en absoluto. Muerta la cuna, se acabó la rabia… y los trastornos de sueño. Todo ello ligado a un colecho informado, consciente y vinculado a la lactancia materna. Mano de santo.

A ver, la crianza es la crianza, implica dedicación, mucha dedicación. pero si sabes lo que estás haciendo porque lo experimentas, te lo cuentan otras madres y lees libros que te convencen por su argumentación, la cosa cambia bastante. Para mí el pediatra se ha convertido en ese especialista al que acudo cuando creo que es necesaria una auscultación, un vistazo a los oídos o una opinión experta sobre síntomas desconocidos. Incluso en aspectos del desarrollo motor o lingüístico, yo misma u otras compañeras psicólogas saben muchísimo más que cualquier pediatra. Es cierto que, como agente de prevención de trastornos del desarrollo, el pediatra es crucial, ya que su acceso a la población infantil es superior al de cualquier otro profesional. Pero eso no les hace expertos en desarrollo infantil. 

Pero una cosa hay que tener en cuenta: cuando llegas al pediatra con esa prestancia de madre segura que no necesita consejos, hay algunos a los que no les sienta nada bien. Es ahí donde comienzan los comentarios cargados del principio de autoridad, con ADMs de nivel elevado. Les molesta que no nos postremos ante su autoridad, protocolos de alimentación, protocolos de medicación y protocolos de sumisión. Les molesta que nos informemos, que seamos expertas en crianza y que estemos seguras sobre cómo cuidar la salud de nuestras hijas e hijos. Esto no le pasa a todos los pediatras, por supuesto. Existen esas maravillosas excepciones. Pero la pediatría forma parte del patriarcado. Y punto final. 

Paternalismo

1334510914-3d846c10922d63f78559c578f90cfa7aEl paternalismo es, de acuerdo con la RAE, la tendencia a aplicar las formas de autoridad y protección propias del padre en la familia tradicional a relaciones sociales de otro tipo: políticas, laborales, etc. Entendemos que el paternalismo va en contra de la libertad en el sentido de que, aunque las intenciones sean buenas, se está cortando la  posibilidad de autodeterminación al imponer caminos prefabricados, pautas impuestas y consejos no solicitados. 

El paternalismo es la impaciencia del que se cree superior. Tiene claro el camino que debe seguir el resto y guía al rebaño de forma ciega hacia la tierra prometida. El complejo de pastor exalta su bondad interior, creyendo que los pupilos cobrarán conciencia cuando sigan sus consejos. Su autocomplacencia embriaga su alma hasta que una oveja del rebaño se desmanda con la idea de caminos alternativos.

La conducta paternalista es entonces implacable. No hay lugar para el diálogo. Sólo para la desacreditación de los caminos alternativos y las ovejas rebeldes que los proponen. Por tanto, el paternalismo es la antítesis de la democracia, aunque los caminos propuestos por el patriarca la persigan.

La ciudadanía solo estará preparada cuando desaparezcan los patriarcas, mentes privilegiadas que no son capaces de embarcarse en un proceso de convergencia y toma de decisiones colectivas. El proceso no es fácil, pero igual que los padres tienen que aprender a respetar la autonomía de sus hijos y ver cómo se convierten en adultos, es importante prescindir de los líderes para crecer hacia formas diferentes de sociedad. 

DISCURSO ANTIMATERNAL

AfterHoursEste fin de semana, comiendo en un restaurante, observaba una escena fascinante. Hay que decir que el hecho de ir sola con mi pareja y sin mi prole me permitió una observación meticulosa y pausada que de otra forma hubiese sido imposible. Un grupo de parejas de alrededor de 30 años habían quedado para comer. Parecía un encuentro importante y esperado. En un principio había dos parejas conversando animadamente. Llevaban ya un rato en el restaurante cuando apareció la tercera pareja. La peculiaridad de los que habían llegado tarde es que con ellos venía una niña de unos 18 meses.

La niña en seguida llamó la atención de todos, que se levantaron a hacerle carantoñas. Me llamaron la atención en seguida las profundas ojeras de su joven madre, de un color marrón oscuro en contraste con su piel blanca. Además, el contraste con las otras dos mujeres de la mesa era evidente. Maquilladas, vestidas con desenfado pero con esmero, sonrientes y sin ojeras, brillaban frente a la joven madre, que se había puesto los primeros vaqueros que había encontrado y una horquilla de metal para que el flequillo no le tapase los ojos. Las ojeras del padre también eran evidentes, pero mucho menos llamativas que las de ella.

Sentaron a la niña en un extremo de la mesa, al lado del padre, su madre frente al padre. La bebé, una niña risueña y dicharachera, hizo las delicias de todos los comensales del local. Ya venía comida, así que le dieron un rotulador y un papel y se entretuvo mientras se desarrolló la primera parte de la comida. Lo interesante de todo esto era la actitud de la madre y el padre en esa situación. La niña no parecía necesitar nada: estaba perfectamente atendida, con sus necesidades afectivas y biológicas cubiertas. Sin embargo, la madre no dejaba de lanzar miradas angustiadas tanto al padre como a la niña. Mientras, el padre era el alma de la fiesta. Conversaba animadamente con las otras dos mujeres, que estaban frente a él, y que le reían todas las gracias. Estaba haciendo, literalmente, todo lo que sabía, eclipsando incluso a sus otros dos compañeros de mesa.

La joven mujer-madre volvía de vez en cuando la mirada en dirección contraria a sus compañeros y compañeras de mesa y yo podía observar sus ojos cerrándose a causa del sueño atrasado. Parecía decir “¿Cuándo terminará esto?”. Las pocas miradas fugaces que pude captar entre la pareja madre-padre eran miradas cargadas de sentido y de amargura. La sonrisa se borraba de la cara del padre-hombre y, como si hubiese recibido una orden silenciosa, cogía una servilleta y limpiaba las comisuras de la boca de la niña, que ni siquiera estaba comiendo. En todo el tiempo que transcurrió la comida, no hubo una sola mirada cómplice ni un intento por parte del padre-hombre de integrar en la conversación a su desplazada pareja.

A mitad de la comida, llegó una pareja mayor, posiblemente los abuelos de la niña, y tras hacer varias fotos y celebrar la felicidad de la juventud reunida, se llevaron a la niña y dejaron solas a las tres parejas. Noté el alivio de la mujer-madre, que suspiró y sonrió ligeramente. Sin embargo, no se integró en la algarabía de sonrisas y palabras de sus amigos, estaba demasiado cansada, demasiado metida en su crisálida maternal como para desprenderse de ella instantáneamente.

Creo que esta escena hubiese pasado desapercibida a alguien que no sepa lo que supone tener un bebé. Y creo que hablar de este tipo de cosas está vetado por el discurso maternal oficial. Siempre que he intentado hablar de esta sensación de desamparo, de este sentimiento de exclusión, de este no poder estar en los sitios que solía estar, la gente me corta diciendo “pero eso es normal”, “hay que pasar por ello”, “es lo que hay”, y te hacen sentir tremendamente culpable por definir como triste y desagradable el periodo de crianza. Sé que este no es un sentimiento generalizado, y que hay parejas que han logrado integrar su mater-paternidad en su entorno habitual con felicidad y efectividad. Pero también sé que estos sentimientos los comparten muchas parejas y que se viven en silencio, hasta que encuentras a alguien con quien sincerarte en la intimidad.

Decir que la maternidad te pesa, que tiene sus inconvenientes, sus sombras, sus tristezas y sus pérdidas, no está bien visto. Y hablar de la maternidad como algo no deseable, menos aún. Así interpreto yo el polémico artículo de Beatriz Gimeno “Construyendo un discurso antimaternal“. Me vais a perdonar este análisis simplista, pero creo que la cosa no es tan grave como para haber levantado la polémica que ya dura casi 4 meses. Quizás la autora carga las tintas, creo que de forma intencionada, en la cuestión sobre el amor a los hijos e hijas. Es verdad que el amor maternal, como constructo social, es un objeto casi intocable. Si dices algo diferente a “amo a mis hijos e hijas con toda mi alma”, te expones al escarnio, los juicios y las miradas de lado inmediatamente. Esto, bajo mi punto de vista, nos limita emocionalmente. No podemos expresar todos los sentimientos que nos produce la maternidad, muchos de ellos negativos, más que en la absoluta intimidad y teniendo mucho cuidado con que nadie escuche las mil quejas que (algunas) gritamos ante los muchos momentos de tensión que supone la mater-paternidad. 

De esta forma, siendo estos sentimientos íntimos e inconfesables, las mujeres-futuras madres solo están expuestas a una cara de la maternidad. Es cierto que vivimos la maternidad de nuestras propias madres, pero siempre pensamos que vamos a ser mejores que ellas y restamos importancia a sus llantos y sinsabores. Las madres externas a nuestra familia siempre (salvo excepciones) dan su mejor cara y nos muestran la faceta amable de la maternidad. Es entonces, cuando somos madres, que podemos escuchar en nuestra cabeza: “Si yo hubiese sabido esto…”. 

No me juzguéis por ello; creo haber sido y ser una buena madre. Pero no puedo negar que ese pensamiento ha pasado por mi cabeza. Y hubiese agradecido una visión más realista de lo que supone ser madre. 

CÁSATE Y SÉ SUMISA

La publicación del libro de Constanza Miriano,  editado por el Arzobispado de Granada, ha sido un bombazo en nuestro país. Frente al abrumador rechazo de gran parte de la sociedad, es curioso que, actualmente, sea el libro más vendido . Esto da mucho que pensar: la autora italiana plantea sus técnicas de sumisión, de obediencia y de entrega como una estrategia para perpetuar el matrimonio cristiano y para llegar a Dios a través de tu dueño y señor: tu marido.

Por supuesto que no voy a respaldar que las relaciones de pareja estén basadas en la sumisión, pero me parece muy llamativo que la necesidad por perpetuar el matrimonio cristiano no haya tenido ninguna propuesta aclamada desde las filas laicas para solventar lo que creo que es un gran problema en nuestra sociedad: el fracaso de la pareja.  El libro de Bucay y Salinas, que fue un gran éxito de ventas, Amarse con los Ojos Abiertos, y el de Osho, Amor, Libertad, Soledad, no hablan de las relaciones monogámicas estables a las que estamos acostumbrados. Sí tratan de la forma de establecer una relación de forma saludable y de romperla de una manera saludable, pero no se plantean el problema de que una relación se deba perpetuar en el tiempo ni de las nuevas circunstancias que surgen cuando la pareja tiene hijos.

Cuando yo leí esos libros ya era demasiado tarde. Me abrieron los ojos a cosas que nunca me había planteado. Desde pequeña pensé que estudiar una carrera, casarse y tener hijos era el desarrollo lógico de la vida. No culpo a nadie de esta ceguera, creo que es algo que pesa sobre nuestras cabezas de manera estructural y que quizás desaparezca en dos generaciones, pero de momento seguimos en la rueda sin pararnos a reflexionar por qué hay tanto sufrimiento a nuestro alrededor, tantas rupturas, tantos niños y niñas sufriendo las desavenencias matrimoniales o la imposición de acuerdos legales que les hacen viajar de un lado a otro con sus maletas un fin de semana sí y otro no.

Creo que muchas de mis lectoras sabéis a cuento de qué viene esta reflexión. Y sabéis quién ha dicho la siguiente frase:

no he visto jamás un estudio que demuestre aquella tan repetida afirmación de que un matrimonio con conflictos es peor para los hijos que el divorcio. Vale, pelearse continuamente a navajazos es malo para los niños. Pero muchos padres podrían, si se lo propusieran, mantener una convivencia lo suficientemente civilizada durante el tiempo suficiente para permitir a sus hijos una infancia estable. Como se ha hecho durante siglos.”


Vale, por fin encuentro una propuesta laica para perpetuar la relación de pareja, y esta propuesta consiste en mantener una convivencia civilizada durante el tiempo suficiente para que los hijos crezcan y se emancipen. Está claro que esta afirmación se basa en la firme creencia (sin pruebas) de que es mejor para los hijos vivir en un hogar sin amor que con sus padres separados. Y también en la firme creencia de que los padres, guiados por su egoísmo, no hacen el mínimo esfuerzo por mantener la relación. Como siempre suele hacer la persona que ha dicho esa absurda frase, que por cierto, no es experta en relaciones de pareja ni en desarrollo infantil, ni ha realizado ningún estudio al respecto de lo que afirma, hace una generalización a las bravas y nos planta ante una pareja utópica y universal, que es la que está en su mente, pero no en el mundo real. Y como suele hacer, sentencia de la misma forma sobre todas las parejas, no solo de nuestro tiempo actual, sino sobre las parejas de hace siglos.

No le voy a quitar razón a ese personaje en que la ruptura de pareja acarrea sufrimiento, tanto para los hijos como para los padres. Pero la propuesta que hace es absolutamente irrelevante e inútil. Al menos Constanza nos da pistas y estrategias concretas sobre la forma de perpetuar nuestro matrimonio y a la vez ser felices. Ser católica le hace feliz, y ser sumisa a su marido también (aunque pase por alto que, a veces, hay mujeres que están casadas con energúmenos que les parten la cara. Pero claro, esto forma parte de la sumisión: poner la otra mejilla). La única propuesta de este afamado gurú es “comportaos como se ha hecho durante siglos.” De ahí se infiere lo siguiente: “Es probable que las parejas de antaño fuesen tan infelices o más que vosotros, pero aguantaban juntos por sus hijos, y eso las hacía grandes. Durante siglos, la humanidad ha sido feliz porque las parejas, aunque dejaran de quererse, seguían unidas hasta la muerte. Eso es lo que tenéis que hacer vosotros: languidecer en una pareja fracasada de una forma civilizada, y así la humanidad seguirá conservando su felicidad”. Además, añadiría: “Para que esa felicidad sea plena, la mujer es mejor que no trabaje y se quede en casa cuidando de la prole, para así no tener que llevar a los niños a la guardería y que se conviertan en tarados emocionales el día de mañana.”

En fin, que no veo muchas diferencias entre la propuesta de Constanza Miriano y la de este afamado gurú laico, excepto que Constanza cree que se puede ser feliz siendo sumisa. Por lo tanto, y como no estoy de acuerdo con ninguno de los dos, os hago una propuesta: eduquemos a nuestras hijas e hijos para que sean capaces de entablar relaciones emocionalmente sanas; no les transmitamos la idea de que, para ser un ser completo y feliz, hay que tener hijos, y que sepan que, si los tienen, debe ser con alguien muy especial, al que conozcan en profundidad, con el que hayan hablado y acordado muchos aspectos que, aunque parezcan irrelevantes, surgen cuando se tienen hijos. Ah, y por último, si os divorciáis (es un derecho que tenemos y al que no tenemos por qué renunciar), intentad ser civilizados en la distancia y poner siempre a vuestros hijos por delante de toda decisión que toméis. Sin embargo, os diré que la clave del éxito en un divorcio suele ser la independencia económica de ambos cónyuges. No tengo datos científicos sobre esto, pero, como dice un amigo “Tampoco existe un metaanálisis con ensayos clínicos doble ciego sobre la seguridad de los paracaídas y, sin embargo, se siguen usando” (referencia del estudio que demuestra esto aquí).

Puedes encontrar otras entradas que hablan sobre este tema en El rincón de Mixka y en Bea, mamá de dos.

DE EXPERTOS Y MADRES

“The mother’s fears of child loss and the derivative fears of harming children or caring for them inadequately have been continually manipulated, overtly and subtly, even aroused gratuitously, to pressure, control and subdue women for a very long time — possibly millennia.” (Janna Malamud Smith, 2004)

Paseando por internet, he dado con dos libros de lo más interesante. El primero es el libro de Frank Furedi “Paranoid Parenting”. Aquí podéis encontrar una extensa reseña sobre la segunda edición. Según Furedi, vivimos en una época de extrema paranoia en el cuidado infantil. Las madres y los padres viven angustiados por extremar las precauciones en la crianza y cuidado de sus pequeños. En Gran Bretaña, que es donde hay que contextualizar el libro, los organismos políticos están cada vez más atentos a las faltas que cometen las familias en la educación de sus hijos y se han erigido en responsables de poner orden en las malas prácticas que dominan, según ellos, la labor de crianza y cuidado de madres y padres. Esto ha conducido a lo que Furedi denomina una “politización de las prácticas de cuidado y crianza” que genera una espiral paranoide sin fin en nuestra sociedad.

La proliferación de expertos en crianza y de programas televisivos tipo Super Nanny, que exponen públicamente el fallo paterno y la necesidad del consejo externo para encauzar a pequeños tiranos contribuyen a esta falta de confianza en nuestros propios recursos, basados en el sentido común y en el aprendizaje intergeneracional. Todos los procesos de enseñanza tácitos, que siempre se han realizado en familia sobre actos tan cotidianos como dormir, comer, controlar esfínteres, enseñar a hablar o alfabetizar, ahora son pautados por entes externos a la familia.

Un ejemplo claro sobre esta fiscalización son los casos de retirada de la custodia a las familias de niños obesos. Y esto no ha pasado solo en el extranjero: en 2009, la Xunta inicia uno de estos procedimientos. Si bien la obesidad infantil es un problema que debe ser atajado, me parece excesivo recluir a un niño en un centro de menores y separarle de su familia, con todo el sufrimiento que eso conlleva. Desde el punto de vista histórico, es algo novedoso y que nos debe llevar a la reflexión. No he encontrado información sobre la historia posterior de este niño gallego, pero durante este mes de septiembre, la Xunta se ha gastado nada menos que 32.000 euros en estudiar los índices de obesidad infantil en esta comunidad (ver noticia aquí). Ya podían gastarse ese dinero en promover la alimentación sana con campañas bien diseñadas en vez de meter miedo a los padres. Ya veo a los gallegos haciendo sesiones de spinning con sus hijos por las tardes, pobres criaturas.

EL otro libro es “A Potent Spell: Mother love and de Power of Fear”, de Janna Malaud Smith (Houghton Mifflin, 2004), del que he puesto una cita al inicio. En este trabajo, la autora plantea que la sociedad usa la ansiedad materna para atar con fuerza a las mujeres al ámbito privado del hogar y así eludir la responsabilidad gubernamental sobre el bienestar de los niños. Aquí podéis encontrar una interesante reseña del libro, y aquí una entrevista a su autora.  El planteamiento de esta autora me ha parecido muy interesante. Desde su posición de terapeuta profesional y de madre, reflexiona sobre la imagen de las madres que se impone en el imaginario social: éstas pueden dañar profundamente a sus hijos, pueden causarles profundas heridas emocionales e incluso matarles. Este imaginario produce una gran ansiedad en las madres y da lugar a un generoso vivero para los expertos, siempre dispuestos a apoyar con sus consejos a estos vulnerables e inexpertos seres. Janna Malaud aboga por la “madre libre”, capaz de tomar sus propias decisiones sin dejarse llevar por los amenazantes augurios de agentes externos que no confían en su capacidad de maternaje.

Las deficitarias políticas de conciliación y la vuelta a la imagen de madre imprescindible en el ámbito de lo privado e innecesaria en lo público son una muestra de lo útil que resulta tener a las madres atadas a las modas de crianza promovidas por los expertos de uno y otro signo. Cada familia es un mundo, y las decisiones que tomamos sobre nuestras vidas (quedarnos en casa cuidando de nuestros hijos, trabajar fuera o continuar con nuestra carrera profesional) deben ser fruto más de nuestros deseos y reflexiones que de la imposición de ideas promovidas desde entornos expertos que poco saben de nuestras circunstancias vitales.