Gurús

Pediatras tuiteras

Si no teníamos bastante con la supuesta política sanitaria de la “revisión del niño sano”, ahí tenemos a la policía sanitaria de twitter. Las pediatras en la red están para aconsejarte, para reconducirte al rebaño, para que no te creas que existe eso de la autonomía sobre la salud propia y la salud de nuestros hijos e hijas. Es maravilloso que, en la época y el país en el que vivimos, podamos acudir a una persona a la que le suponemos sabiduría sobre los procesos biológicos que se producen en nuestro cuerpo que nos de consejos sobre la manera más adecuada de sanarlo. Está bien que se establezcan políticas de prevención de enfermedades y que se fomente entre la población el ejercicio y la alimentación sana, entre otras cosas. ¿Pero de verdad es necesario que haya alguien permanentemente diciéndonos cómo alimentar a nuestros hijos e hijas, cómo dormirles, cómo tratarles, qué objetos ofrecerles, etcétera?

No hace falta estudiar medicina ni enfermería, ni siquiera hacer un ciclo de puericultura, para criar a un bebé. Ni siquiera hace falta que haya cerca ninguno de estos profesionales. Empiezo a percibir vuestros aspavientos. Ya, ya sé que creéis que es, no necesario, sino imprescindible, que existan a nuestra disposición ciertos compuestos inyectables y gente que los pueda subministrar por un módico precio. Pero hoy no voy a hablar de esos compuestos que se empeñan en inocularnos a toda costa y que, si osamos poner en duda su utilidad e inocuidad, nos acosarán por tierra, red y aire. No. Ya hablan bastante de esos productos las pediatras tuiteras. De hecho, yo diría que el principal objetivo de la presencia de estas pediatras tuiteras en la red es la defensa a ultranza de estos compuestos.

Pero lo cierto es que los niños y niñas pueden crecer sanos y fuertes sin visitar al pediatra en ausencia de enfermedad y sin consultar a una o uno de ellos día sí día también. El control sobre nuestra salud y la de nuestros hijos e hijas está en nuestras manos. ¿Alguien lo duda? ¿Alguien ha creído por un momento que tengo que perdirle permiso a un pediatra para alimentar a mis hijos e hijas de una forma o de otra? ¿Alguien ha pensado alguna vez que la revisión del niño sano es obligatoria? ¿Alguien cree que para alimentarse correctamente hay que acudir a un nutricionista o que hay especialistas que saben más de la lactancia materna que las madres que han dado de mamar a sus hijas/os durante años? Pues pareciera que sí. Hablar de temas de alimentación infantil en la red se está empezando a convertir en un deporte de riesgo, sobre todo si tienes opiniones sobre nutrición diferentes a las de las pediatras tuiteras. Ellas suelen ser abanderadas de la alimentación mainstream, y enarbolan con furia los casos de niños muertos porque sus padres les alimentaban con leche de soja.

A mí la verdad es que me importa un huevo y parte del otro la opinión de las pediatras tuiteras. Cuando llevo a mi hijo al pediatra es por voluntad propia y a pedir consejo, nunca a recibir órdenes. Y agradezco mucho tener ese recurso a mi disposición, además de agradecer no necesitarlo con frecuencia. Pero las pediatras tuiteras, así como las boticarias tuiteras, me son bastante indiferentes. En primer lugar, porque no me interesan sus opiniones médicas. Si las pongo en cuestión, rara vez argumentan o me ofrecen evidencias contundentes sobre lo que están diciendo. Ignoran mis argumentos. En segundo lugar, porque sus intervenciones en la red dan la impresión de ser publicidad encubierta. Cuando se ponen a hablar de productos antipiojos todas a la vez y, casualmente, del mismo producto, suena raro ¿verdad? Así que prefiero seguir con mis métodos particulares de toda la vida, que siempre han funcionado.

En Twitter me gusta informarme, divertirme y odiar, odiar mucho, pero no recibir consejos no solicitados ni ponerme a las órdenes de sargentos no nombrados por mi regimiento. Así que, de momento, solo veo a las pediatras tuiteras cuando son retuiteadas por alguien a quien sigo. Bueno, no pasa nada, con ignorar las soflamas médicas y seguir con mi vida es suficiente.

La hiperparentalidad según Eva Miller


El siglo XXI ha sido el escenario en el que han cobrado auge los discursos sobre las prácticas de crianza. Antes, se criaba y ya. Pero ahora, la conciencia ha dado una vuelta de tuerca y, además de reflexionar más sobre la forma en que educamos a nuestros hijos e hijas, hay una desvinculación de la familia extensa. Ya no aprendemos a criar entre primas, vecinas y amigas que amamantan en corro a sus criaturas. Ahora tenemos que prestar voz a los expertos y a los gurúes de la crianza. Son personas que salen en reportajes de prensa con cara de ser muy listas y campechanas y que parece que te van a dar la formula magistral para educar y criar. 

Este es el caso de Eva Miller, una mujer, una madre, una periodista que ha decidido escribir un libro para decirnos que lo hacemos mal. Que estamos estresadas sin ningún motivo, ya que los niños y niñas no necesitan tanta atención como la que les prestamos hoy en día. Que lo que pasa es que tenemos pocos y tarde, y entonces les cuidamos como un tesoro. ¡Ay, si me conociese a mí, que tengo 3 propios y una ajena y les cuido a los tres como si fuesen un potosí!

Pero en fin. Eva dice que sufrimos de hiperparentalidad. Que somos demasiado madres/padres, debe significar eso. Que estamos obsesionados por la precocidad. Que llevamos a nuestros retoños a cientos de extraescolares incluso los fines de semana y queremos que sean los más listos y los más guapos. Y que elegimos el mejor colegio posible, qué desfachatez. Con lo fácil que sería hacer las cosas con desidia desde el momento que asoman la cabeza. Llevarles al primer colegio que se cruce por nuestro camino y tirarles la comida a la cuna a ver si la cogen al vuelo. 

Me veo muy reflejada en eso de las extraescolares. Cuando mis mellizos eran pequeños, se querían apuntar cada año a una extraescolar diferente. Y yo a llevarles. Kunfú, Taekwondo, pintura, baile, Judo, fútbol, natación, patinaje, ténis…y por fin música. Ahí acabó la búsqueda. Todos se quedaron enganchados a la música y compaginan con algo de deporte. ¿Por qué les voy a decir que no a algo que les gusta, y que incluso se puede convertir en su profesión el día de mañana?

Eva, lo que me ha dejado algo boquiabierta es eso de que la hiperparentalidad es una corriente, y que es nada menos que la continuación de la crianza con apego. Me deja como perpleja, porque sobre la crianza con apego hay muchas cosas escritas, y las personas que la practican son conscientes de hacerlo. Sin embargo, eso de la hiperparentalidad sólo te lo he oído a ti, y me parece más un insulto que una corriente. Te llaman hiperparental cada vez que quieres defender a tus hijas e hijos de los excesivos deberes escolares, cuando no les obligas a comer, cuando les obligas a comer el bocadillo, cuando les das teta, cuando les llevas descalzos, cuando les buscas unas zapatillas ergonómicas, cuando les haces fotos, cuando no quieres que otras personas les hagan fotos….

Hiperparentalidad sirve para todo. Para decir a las familias que lo están haciendo mal, que están malcriando a sus hijas e hijos y deben dejar en manos de expertos y docentes todas las decisiones que tengas que tomar. Sirve incluso para meterse con los estudiantes universitarios, que son como son por culpa de sus hipermadres e hiperpadres que se ocuparon de cuidarles con esmero. Son mucho mejores aquellos a los que sus padres desatendieron e hicieron pocas fotos. Con lo fácil que es educar, Eva, no sé que hacemos invirtiendo nuestras vidas en la crianza. 

Al final, el problema es que queremos enseñar a nuestros hijos cómo se convive en democracia, cuando en realidad, dice Eva, la familia es una institución jerárquica. Craso error. Si les preguntamos y les dejamos que tomen decisiones, estamos dándoles una visión errónea de la vida, en la que nadie les preguntará lo que quieren hacer, tendrán que obedecer a otros sin rechistar y no podrán escoger por si mismos cosas como someterse a un tratamiento o seguir trabajando por un mísero sueldo. Es mejor que crezcan sometidos a la jerarquía para que luego no se lleven decepciones. 

Pues bien, yo prefiero preguntar a mis hijos e hijas, pedir su opinión y darles pie a que reflexionen sobre sus deseos y sobre formas alternativas de ver el mundo. Seguramente les estaré convirtiendo en unos seres incorregibles y contestatarios, pero la forma de crianza lleva implícita una clara ideología de cómo debería ser el mundo. Y si algo tengo claro, Eva, es que nuestras ideologías son diferentes. 

Los padres deben…


Cada vez que entro en las redes sociales, me encuentro, cada vez con más frecuencia, con este tipo de mensajes. No me siento aludida, porque solo van dirigidos a los padres, no a las madres. Pero cada vez que los veo, me asaltan una serie de dudas que golpéan mi cabeza, toc, toc, toc, sin encontrar respuestas. 

En primer lugar, me pregunto de dónde surge ese conocimiento. Porque todo el conocimiento proviene de algún sitio ¿no es así? Si una persona afirma que los padres han de hacer algo, hemos de suponer que quien lo dice obtiene su conocimiento de un lugar privilegiado. Cuando hablamos de la educación que dan los padres (y también las madres, a veces, pero lo que hagan las madres no importa) a sus hijos (y a sus hijas), se supone que nuestro conocimiento puede provenir de dos sitios: 

1) Somos padres y tenemos una larga experiencia criando hijos

2) Somos investigadores y nuestro conocimiento proviene de la exploración empírica y la observación prolongada de las prácticas de crianza, de modo que podemos inferir cuáles son las buenas prácticas en este terreno. 

No sé si Óscar González, educador, es padre. No lo pone en su currículum. Tampoco encuentro publicaciones suyas presentando investigaciones sobre el tema. Puede ser, entonces, que su conocimiento provenga de la lectura de estas investigaciones que han demostrado que una buena práctica es ser flexible y poner pocas normas pero muy claras. He buscado en el Google Académico y no he encontrado nada. 

Los educadores expertos que intentan enseñar a educar con talento a los padres (y a las madres, me imagino) están surgiendo como setas. Sus mensajes se caracterízan por una desvinculación total de la realidad. Transmiten generalidades y mensajes obvios y de sentido común con los que cualquiera en su sano juicio estaría de acuerdo, pero que no dicen nada sobre cómo superar las dificultades y conflictos que pueden surgir en el día a día de la vida de una familia. 

Lo que me parece realmente interesante de todo este fenómeno es las reacciones que causan este tipo de mensajes en los padres. Recuerdo que, cuando mis hijos eran pequeños, hubo una temporada que intenté buscar respuestas en los libros de los llamados expertos. Fue entonces cuando me di cuenta de que la experiencia de cada madre en la crianza de su hijo es diferente. Incluso entre distintos hijos de la misma madre, la diferencia puede ser abismal. Las lecturas están muy bien y nos pueden aportar información útil, y a mí me la aportaron, sobre cosas como el parto, la lactancia o la alimentación infantil. Pero en lo tocante a los consejos sobre educación, hemos de ser conscientes de que siempre se dan desde una perspectiva ideológica concreta. 

Podemos leer a Super Nanny, a Carlos González, a Óscar González, a Estivill, a los de Gestionando Hijos, a Eva Millet, a Rebeca Wild o a los cientos de periodistas especializados en educación que han surgido en los distintos periódicos y van sembrando sentencias sobre lo que tienen que hacer los padres a diestro y siniestro. Todas y todos ellos se dicen expertos en educación, crianza, o algo por el estilo y, sin embargo, podemos comprobar que hacen afirmaciones de muy diversa índole, incluso contradictorias en muchos casos. Pero tienen una cosa en común: todos y todas afirman con vehemencia lo que tenemos que hacer los padres (y las madres). 

Mi consejo como madre experimentada es que, siempre que necesitéis el consejo de alguien sobre la educación de vuestras hijas e hijos, busquéis el consejo de otras madres y padres que ya hayan pasado por las experiencias que estéis viviendo vosotras. Si lo que queréis encontrar es apoyo y ejemplos reales que os muestren cómo pueden o podrían ser las cosas, lo mejor es acudir a las verdaderas expertas en crianza: las madres (y los padres). Estamos desperdiciando mucha sabiduría confiando en falsos profetas. Recuperemos nuestros saberes y el poder sobre nuestra propia vida. Los expertos están muy bien para usarlos cuando hacen falta y cuando su conocimiento está basado en una fuente fidedigna de sabiduría. 


No va sobre crianza ni sobre respeto


Seguro que alguna vez os habéis cruzado por las redes sociales con gente que se autoproclama defensora de la Crianza con Respeto (CR). Hasta ahí, todo correcto. El respeto es algo precioso y necesario en las relaciones con nuestros hijos e hijas. Y fomentar la atención cuidadosa hacia nuestros comportamientos en la crianza es muy útil, sin duda, en una sociedad en la que el maltrato a la infancia está normalizado. 

Sin embargo, existe un grupúsculo de madres, que se dicen abanderadas de la CR, que siembran el caos y el desencuentro en las redes sociales. Atesoran bloqueos de cuenta, disputas épicas en hilos kilométricos que duran días y días, tanto en sus muros como en grupos de Facebook. Su afán parece ser la defensa a ultranza de los niños y niñas. Sin embargo, todo se tuerce cuando sus intervenciones toman un tinte mesiánico que te conmina a reconocer tus errores, a flagelarte en público como madre que calló en las garras de la sociedad enferma, a penar día tras día por todo lo que el mundo tiene de malo y de adultocéntrico y de podrido. Y mira, lo tiene. Pero hay ocasiones en que el mundo es maravilloso, las personas que te rodean son amorosas y los niños y las niñas son felices. Y vas tú, pobre de ti, y se te ocurre comentar lo maravillosa que es la vida. O decir que no es tan mala, oye tú. Ahí pierdes puntos como criandera con respeto. No te importa una mierda, pero los pierdes y además lees durante días estados del Facebook dedicados a tu disonancia cognitiva, a tu coraza de hierro y a todo el odio que encierras. 

Si reconocéis todo esto, es que habéis estado cerca de uno de estos grupúsculos de Maternidad Punky, como dice una amiga mía. Y si lo estáis, sabréis que tenéis que ir con pies de plomo con lo que os atrevéis a decir en las redes, no vaya a ser que alguna Pussy Riot de la crianza se de por aludida y tergiverse lo que habéis dicho para convertirse en la mártir de la CR, una víctima maltratada por sus ideales excelsos, por la pureza de sus creencias y por todo el amor que va dejando a su paso. Si esto sucede, tendréis que aguantar falta de respeto tras falta de respeto. Porque ellas, las damas blancas (ups perdón, blancas no, mejor… ¿rosas?) de la crianza, son muy respetuosas con los niños y las niñas, pero a los demás seres humanos les pueden dar mucho por culo. Te insultarán, te difamarán, incluso se permitirán mencionar a tus hijos e hijas en un alarde de sinvergonzonería nivel superior. 

Esta es una de las cosas que mejor saben hacer estas señoras: hablar de los hijos e hijas de otras personas. Se creen con el derecho de decir quién lo hace bien y quién lo hace mal. Se erijen en jueces sumarísimas de mujeres que pasaban por ahí y tuvieron la insensatez de comentar de manera natural algo sobre su vida cotidiana o algo que les pasó en la crianza de sus hijos. Cuantas mujeres no habrán caído en esa trampa y habrán salido dañadas de esas disputas sin sentido, que solo buscan herir al adversario para conseguir la auto-afirmación del grupo. 

Ya con mis hijos mayores, la verdad es que me paso por el forro lo que me diga ese grupúsculo. Ahora andan diciendo que no me arrepentí de aplicar el método Estivill. ¿Pero quién coño son ellas para hablar de mi vida? ¿Quiénes son ellas para hablar de la vida de cualquier madre? Independientemente de que el método Estivill me parezca una basura con la que un sinvergüenza se lucró, ¿qué derecho tienen estas señoras a decirle a nadie que se arrepienta humildemente de lo que hizo? Y lo peor es que, aunque yo me lo pase por el forro, estas actitudes de secta mesiánica con su gurusa a la cabeza hacen daño a muchas mujeres que están en momentos muy vulnerables de su crianza. Eso no me da lo mismo. Eso me cabrea mucho: que en nombre del respeto, un grupo de skinheads de la maternidad se permitan ir repartiendo inquina y mala sangre a diestro y siniestro. Eso sí: las malas somos las demás, que tenemos los ojos cerrados a la verdad, nuestra herida primal sangra y no somos capaces de ver la luz que ven ellas, las salvadoras de los niños y las niñas en un mundo de adultos rapaces y crueles. 

La herida primal es una metáfora


Una herida es una lesión que se produce en el cuerpo debido a golpes o desgarros en la piel. Una herida es lo que veis en la foto. Una herida se cura con agua oxigenada, si es muy profunda se cose y normalmente deja una cicatriz visible de por vida. Eso es una herida en términos médicos. Se sabe cuándo se ha producido, causa dolor y daño y deja un rastro físico. Cuando tenemos una intentamos sanarla. Puede infectarse o curar con el tiempo. La podemos dejar al aire o taparla con apósitos. Duele, pero si no te tienen que cortar el miembro, la herida sana y deja un rastro blanquecino que nos recuerda el momento del accidente. No te hurges la herida, no te arranques la costra, si pica es que está curando o hay que dejarla sangrar son expresiones comunes que oímos sobre nuestras heridas. 

Y ahora vamos con lo de la herida primal. Me imagino que ya sabréis que es Freud el que habla por primera vez de la teoría primal, planteando que las experiencias de la infancia son decisivas para la constitución de la personalidad en la vida adulta y el origen de las neurosis. En particular, las experiencias traumáticas tienen, de acuerdo con esta teoría, un poder decisivo para la constitución de nuestras vidas. A partir de aquí, se cataloga como trauma cualquier evento que frustre la obtención de placer por parte de la criatura, siendo el impulso hacia el placer el motor que mueve al niño y a la niña hacia el desarrollo natural y pleno. 

Aquí ya vemos el primer viso de la metáfora. Un trauma, en términos médicos, es un golpe que causa una herida o un daño en el cuerpo físico. A partir del planteamiento de la teoría psicoanalítica, este término se asimila al ámbito psicológico y se define como trauma cualquier hecho que daña el sistema psíquico del individuo y deja una huella duradera que deja ver sus efectos a lo largo de la vida. 

En su libro Metáforas de la Vida Cotidiana, Lakoff y Johnson nos dice que “la esencia de la metáfora es entender y experimentar un tipo de cosa en términos de otra“. Plantean que nuestro entramado conceptual es metafórico y que las metáforas que organizan nuestro conocimiento tienen un efecto decisivo en nuestra forma de actuar. Ponen ejemplos tan ilustrativos como entender la discusión como una guerra o el tiempo como dinero. Estas son potentes metáforas de la cultura occidental que marcan nuestras interacciones y nuestras formas de actuar. La discusión podría ser conceptualizada con otro tipo de metáfora (la danza, la orquesta, el trabajo en equipo, etcétera) pero al entenderla como un campo de batalla, los contendientes tienen el objetivo de ganar la discusión, batir al adversario, atacar los puntos débiles de los argumentos, etcétera. Es difícil hacer de la discusión un acto constructivo y cooperativo en estos términos. 

Partiendo de este planteamiento, usar la metáfora de la herida para aludir a las experiencias tempranas y sus efectos en nosotras tiene consecuencias contundentes en nuestras formas cotidianas de actuar, hablar, pensar y argumentar sobre este tema. Una de las cosas que más les molesta a las personas que usan la metáfora de la herida cuando les dices que están usando una metáfora es la posibilidad de que estés sugiriendo la inexistencia de la herida primal. Eso es algo que, desde luego, es imposible hacer con las heridas en la piel: son claramente visibles tanto ellas como sus huellas. Pero las heridas como metáforas de los efectos emocionales que producen los sucesos tempranos no se ven, lo cual pone en riesgo su estatus de realidad. De hecho, la metaforización de estos efectos y su corporización como herida física cumplen la función de ofrecer estatus de realidad a este constructo teórico. 

En este sentido, la herida se tiene que corporeizar. Las investigaciones que hablan de sustancias segregadas, pérdidas neuronales, formación de conexiones sinápticas y demás hechos “duros” se ponen a la cabeza como sustanciación de la herida. Cuanto más grande es el golpe, más grande es la herida y más difícil es sanarla. Las huellas, las cicatrices, la sangre que mana de la herida abierta se manifiestan en nuestra incapacidad para llevar una vida normal en nuestra vida adulta. La neurosis se convierte en la herida que hay que sanar. Tienes que sanar tu herida y el primer paso que tienes que dar para hacerlo es reconocer su existencia. El recuerdo  del trauma y su integración en el flujo de conciencia se convierten en el objetivo vital de los planteamientos terapeúticos que mantienen esta metáfora viva. No hay mercromina para la segregación de cortisol.

Los traumas pueden ser pequeños eventos o sucesos arrasadores. Cada cortapisa a la consecución del placer es un trauma. Desde el llanto desatendido en la cuna hasta la la violación más abominable. De esta forma, quedan catalogadas en el mismo estante y son tratadas desde la misma perspectiva moral: golpes que producen heridas que necesitarán sanar para poder llevar una vida normal. De este modo, solo se catalogan como heridas aquellos daños ocasionados en nuestro aparato emocional desde el nacimiento hasta los 12 años aproximadamente (según las teorías psicoanalíticas). A partir de los 12 años, los golpes que nos da la vida no tienen el carácter de trauma, y las heridas son superficiales y consecuencia, quizás, de aquellas heridas antiguas que no hemos sanado. En este orden de cosas, los perpetradores de las heridas son las personas que han tenido contacto con el niño o la niñas y que estaban a cargo de sus cuidados. Y son ellos los responsables no solo de los traumas infantiles, sino de las consecuencias de estos traumas en la vida adulta. Alguien que fue tratado con desamor, tratará con desamor. Alguien que fue golpeado, golpeará. Alguien que fue violado, violará. Y la culpa no la tendrá él o ella, sino sus ancestros. Aunque sí tendrá la responsabilidad de hacerse consciente de la herida y sanarla, rompiendo así el ciclo. Creo que os sonará esta argumentación. La podéis encontrar en los últimos escritos de la Gutman y la polémica por su visión de los pederastas como víctimas. 

La metáfora es un potente instrumento simbólico que estructura nuestro sistema conceptual y determina nuestras formas de actuar. Por ello, es muy importante ser consciente de las metáforas que usamos en nuestra vida cotidiana. La metáfora de la herida primal nos hace ver al ser humano como un organismo frágil que lleva siglos de historia sufriendo por el pecado original de sus padres primigenios. Nos despoja de la responsabilidad de nuestra propia vida, pone como meta un paraíso que nunca llegaremos  a alcanzar y nos inunda de la tristeza de lo que pudo ser y no fue. Ademas, desecha nuestra capacidad de supervivencia en entornos hostiles, la vida como una trama narrativa de aprendizaje continuo, el sufrimiento de las clases oprimidas por las injusticias estructurales y otras formas de contar nuestra historia y metaforizar nuestras vidas. 

No quiero acabar sin mencionar el arma arrojadiza que emplean los creyentes y usuarios de la metáfora de la herida primal. Si tus palabras les sugieren una mínima alusión a la inexistencia de la herida, te conviertes en una persona inconsciente de sus propios traumas por la directa. Insensible, dañada y dañadora, generadora de heridas por doquier y alguien que se lo tiene que hacer mirar. Así funcionan las metáforas de la vida cotidiana: perméan nuestros conceptos y se convierten en ellos, creando un mecanismo de protección ante cualquier intruso o intrusa que ose intentar desbaratar el entramado. Y nos pasa a todas sin excepción: nadie está libre de metáforas. Yo tampoco. 

La familia infantilizada

  

Hay una manada de expertos que hablan de las familias como una célula simple compuesta de papá, mamá y 1,8 hijos/as (niño y niña a ser posible). Hablan de la familia como un ente homogéneo. “Las familias” hacen esto o aquello. Eso cuando no dicen lo de “las mamis” hacen esto o aquello. Consideran a las familias, además, como un ente aborregado que no aporta nada valioso a la educación de los niños y las niñas. Si los adultos que se ocupan de los niños trabajan muchas horas, les acusan de no ocuparse de ellos, de ser cómodos, de no querer pasar tiempo con sus hijos. Pero si los adultos muestran interés por el bienestar de sus hijos, se preocupan por sus emociones e intereses, las familias son acusadas de sobreprotectoras, de hiperpaternidad, de no dejar autonomía a los niños, y bla bla bla bla. 

El caso es que esos expertos y expertas, que no sabemos si forman parte de una familia ellos mismos, o si hablan como hijos, madres, abuelos o maestras, siempre tienen la solución a nuestros problemas, aunque no tengan ni idea de lo que ocurre en nuestras casas, de cómo nos organizamos o la filosofía que seguimos para educar a nuestros hijos. Si no estamos de acuerdo con lo que ellos o ellas proponen, en seguida inventan una etiqueta para desprestigiar la labor de las familias. Este es el caso del concepto de hiperpaternidad o el de sobreprotección. El caso es que siempre hablan de lo que hacemos las madres y los padres como algo terrible que acabará convirtiendo a nuestros hijos en seres inútiles para la sociedad en la que vivimos, sin capacidad de esfuerzo, hábitos o autonomía. 

Pero partiendo de la base de que no hay dos familias iguales ¿es cierto que las familias han perdido en el último siglo la capacidad de educar a sus hijos? Recordemos que la institución escolar tal y como la conocemos es muy reciente, la educación obligatoria se impone durante el siglo XIX, y desde entonces la sociedad ha ido integrando de forma progresiva esta institución en su forma de funcionamiento. La escuela ha asegurado una educación básica para todos y ha conseguido alfabetizar prácticamente a toda la población. Es una herramienta para la igualdad, de eso no cabe duda. Sin embargo, y volviendo a aquello de que no hay dos familias iguales, no todos los niños y las niñas necesitan lo mismo de la escuela. Y, por su puesto, la escuela no puede sustituir a la familia.  

  
 Esta afirmación parece de perogrullo, pero no lo es. La escuela se empeña en cubrir el tiempo que los niños y niñas están en familia con actividades escolares que no tienen nada que ver con su ecosistema. Extienden las horas lectivas e invaden las horas no lectivas, obligando a las familias a seguir actuando como en el colegio. Quieren convertir la casa en una segunda escuela. Y tras este hecho se esconde una gran falta de confianza en la vida desinstitucionalizada. El hogar es un lugar demasiado libre como para dejarlo suelto y sin control. Institucionalizar al máximo la infancia es el objetivo para tener todo atado y bien atado. Queremos ciudadanos que vean la realidad como marca la versión oficial y que no se salgan del camino. 

Todo esto va ligado a la pérdida de autoridad de la madre y el padre, que se ve sustituida por la autoridad de los expertos y las instituciones. Las familias tienen que confiar y delegar en aquellos que dicen saber qué hacer con sus hijos para que se conviertan en personas de provecho. Muchas familias luchan contra esta invasión de su espacio desde el nacimiento de su primer hijo, rechazando las propuestas del hospital para que el parto sea medicalizado, las del pediatra sobre la alimentación cada 3 horas y las papillas de verdura y pollo a los 4 meses, las de la guardería para que enseñen a dormir a su hijo, y las de la escuela para que conviertan su casa en la continuación del colegio. Y es una lucha continua. Lo cómodo es aceptar las propuestas mayoritarias y fluir. 

Pero hay personas que decidimos no fluir y hacer las cosas a nuestra manera. Es lo que tiene el pensamiento crítico: que al final lo usas y no aceptas las imposiciones de la sociedad, que te inbuye cucharadas con el truco del avioncito. Y al vida se convierte en una lucha continua. Pero es que, si no lo haces así, la vida sería tan aburrida. Mirar las cosas desde otros puntos de vista te hace actuar por el cambio. Y está claro que las personas que decimos que no a los expertos tenemos otro plan de ruta. La escuela pública como institución caritativa quedó atrás. Ahora tiene que adaptarse a los tiempos y repensar el tipo de ciudadano que quiere construir. Y esto es, por supuesto, una cuestión política, además de educativa, psicológica, logopédica, etc. Hemos de repensar la escuela desde la ética, e incluir a toda la sociedad en esta reflexión. Y hemos de repensar la formación de maestras y maestros para que sean capaces de cumplir los objetivos que la sociedad les solicita. Porque recordemos esto: la escuela está al servicio de la ciudadanía, no la ciudadanía al servicio de la escuela.

Carlos González pasó de moda

  

Una de las entradas más leídas de mi blog es “Por qué no me gusta Carlos González”. La escribí hace más de dos años en un calentón cuando al señor en cuestión se le fue la pinza y nos aconsejó no divorciarnos hasta que nuestros hijos e hijas cumpliesen 18 años. Como si alguien le hubiese pedido opinión, como si su título de médico pediatra le capacitara para ser consejero de familia. 

Siguen llegando visitas a esa entrada y la verdad es que me sorprende que un señor que ha tratado tan mal al mundo femenino siga teniendo tanto éxito entre las embarazadas y madres jóvenes. ¿Por qué habiendo tantas mujeres expertas y con muchísima experiencia en parto, lactancia, crianza y sueño infantil sigue habiendo tanta mujer enganchada a los dictados del gurú?

No me pasa solo con Carlos González. Cada vez que un hombre abre la boca para decir lo que las mujeres debemos o no debemos hacer con nuestras tetas, con nuestros cuerpos o con nuestra vida tiendo a ignorarle. Una cosa es que digáis ser expertos en lactancia, que puede ser, aunque la verdad prefiero como experta a una mujer que además de conocer la teoría haya amamantado a su bebé. Pero otra muy distinta es que os atreváis a decirnos que tenemos que dejar de trabajar, reducir nuestra jornada o sacar a nuestros hijos del comedor escolar. No, mira. A lo mejor tomando una copa en mi casa, un amigo mío y yo podríamos hablar de ese tema. Pero tú, desde tu púlpito de experto, no puedes hablar más que de aquello para lo que te habilita tu título. A partir de ahí, puedes hablar de tus experiencias, puedes opinar desde el respeto, pero no imponer tu visión de la vida y tu experiencia al resto de la humanidad como lo correcto y lo sensato. 

Afortunadamente, ese tipo de personajes cada vez tienen menos grupies a su alrededor. Se han ido quedando solos y han ido perdiendo potencia. Pero todavía, cuando un hombre abre la boca en una conversación de mujeres, con demasiada frecuencia parece que ha hablado la verdad divina. “¡¡¡Oh sí, cuanta razón tienes!!!” “Te aplaudo de pié” “Ojalá todos los hombres fueran como tú” son algunas de las tonterías cosas que podemos leer a continuación de la palabra del Dios. Y es que somos víctimas del patriarcado, buscando el poder bajo la sombra protectora del macho alfa. 

Así que mujeres, busquen su poder dentro de sí mismas. Carlos González ha pasado de moda, igual que pasó de moda el doctor Spock (Benjamín, no el de Star Treck). Si no se cabrean con las ironías y burlas que el señor González lanza hacia las madres es que tienen sangre de horchata. De otra forma, no me lo explico. 

Discursos de crianza en las redes sociales: La guerra servida

   
Leo un estado de Facebook “Me angustia y amarga la vida leer en casi todos los grupos de maternidad o páginas similares cuando se defienden prácticas o situaciones que desfavorecen al niño y hasta violan sus derechos básicos“. Y pienso “ostras, ya les vale a las madres, defendiendo el maltrato infantil”. Pero sigues leyendo (transcribo textualmente): “Queres destetar a un bebé de 8 meses? Queres q tu hijo de 6 meses duerma toda la noche en otra habitación? Crees que un chirlo a tiempo es una manera de educar? Queres darle de comer yogur a los 3 meses?“A ver… Me he perdido. Vale que eso de dar un chirlo (cachete) a tiempo es un maltrato, ahí estamos de acuerdo. Pero unir esto con temas de destete y sueño, con todo lo que eso conlleva, y decir que esta son prácticas que violan los derechos básicos del niño es poner a la audiencia en una situación un poco comprometida. Empezando por que la mayoría de la población se desteta no ya a los 8, sino entre los 3 y los 4 meses y vive el sueño infantil nocturno como una tortura incomprensible. Así que, de momento, la mujer que ha escrito el estado de Facebook se ha echado encima a un porcentaje elevado de la población materna. Con respecto a lo del yogur, el sistema sanitario no contribuye mucho a la educación para la salud de la población en general, teniendo en cuenta que hay pediatras que recomiendan dar la teta cada 3 horas e introducir la papilla de frutas y los cereales a los 4 meses, así que lo del yogur se hará seguramente pensando que le va a ir estupendamente al bebé, no con la intención de fastidiar su salud.

Sin negar que la lactancia materna es lo más de lo más y el colecho una práctica mágica para dormir cuando tienes un bebé y le amamantas, no podemos ignorar que son prácticas poco habituales en nuestra sociedad. Sin entrar en juicios morales: son poco frecuentes. De modo que llegar al Facebook y hablar de prácticas que violan los derechos del niño refiriéndose a prácticas comunes, aceptadas y habituales en nuestra sociedad es entrar pidiendo guerra. No me digáis que no os habíais dado cuenta. 

Pero todavía hay más. Sigues leyendo y encuentras esto: “…y pretendes encima que nadie te diga nada? Que se responda tu inquietud y ya? Pedís que se apruebe tu decisión y punto? No! Y sabes por qué no? Porque vos no importas… Y de verdad importa poco lo mala madre que te sientas, lo que importa es tu hijo.! 

En esta frase, hay tres cosas que hacen saltar todas las alarmas: 1) Le dice a una persona (una mujer, una madre) que ella no importa. A una madre que ha entrado a un grupo, quizás preocupada, a plantear una duda sobre crianza porque no tiene a nadie a quien preguntar. O sí, pero ha confiado en un grupo de madres virtual. ¿Y le dices que ella no importa? Bastante tenemos las mujeres para que hasta entre nosotras mismas decirnos que no importamos. Ya nos lo dice toda la sociedad al unísono. 2) Está reconociendo que esa persona se va a sentir mala madre al oír lo que le tienes que decir. Y que ese sentimiento no debe ser tenido en cuenta. Quizás porque solo es importante ser empático con las personas pequeñas, pero cuando llegan a cierta edad ya da igual ser o no empáticos: que gestionen sus sentimientos como puedan. Y 3) Le estás diciendo a esa persona que eres tú quien realmente te preocupas por SU hijo, y no ella, que es una egoísta que solo se preocupa porque se siente una mala madre y no quiere escuchar los sabios consejos que vienes a darle. 

Muy pedagógico todo ¿verdad? Es irónico, claro. A mí me parece paternalista, arrogante y muy mal educada esta forma de dirigirse a la gente. Aunque tuviese razón. Si lo que pretende es adoctrinar, está produciendo el efecto contrario: aborrecer a las talibanas de la teta y arremeter contra ellas. Así que luego entras inocentemente en cualquier sitio y dices que tú diste la teta y dormiste con tu bebé y la gente se pone a la defensiva. 

Termina el texto en cuestión diciendo: “Pero no se puede pretender que nos den palmaditas en la espalda y nos tranquilicen a nosotras, adultas, cuando quien queda en desventaja es el menor, y encima bajo el lema “lo que importa es criarlos con amor”… Hay que reveer este concepto de amor que da hasta donde me conviene o me alcanza o puedo y que cuando “el otro”, que además es MI hijo, me molesta enseguida busco la manera de hacerlo funcional a mi vida adulta cagándose en sus necesidades reales. Corran el culo y el ego de ese trono adultocéntrico, por favor.” 

Dicen que no existe la guerra de las madres. Que esta forma de dirigirse a madres/mujeres no es bélica. Que decirle a otra mujer, sean cuales sean sus circunstancias, que es una cómoda que busca su bienestar y que no hace todo lo necesario por él bienestar de su hijo es hacerle un gran favor, abrirle los ojos, traer la conciencia a su vida. Perdonad, chicas, pero no. Esta es una actitud que busca conflicto y guerra, y que no le está haciendo ningún favor a las madres a las que os dirigís, y mucho menos a sus hijos. En una sociedad en la que las pautas las da un especialista, un pediatra, en la revisión del niño sano y las mujeres se limitan a seguir sus indicaciones, creo que estamos errando nuestro objetivo. En una sociedad en la que hay mucha información pero una distribución desigual de recursos culturales y económicos, estamos apuntando al blanco equivocado. 

No me cansaré de decirlo: hacen falta más modelos de maternidades que encuentran soluciones exitosas. Y hace falta que las mujeres dejen de estar tan solas en la crianza. Estas guerras solo generan más distancia y más soledad de la que ya existe. ¿O creéis que los hijos e hijas de las mujeres a las que os dirigís en ese tono están mejor desde que vosotras hablásteis con su madre de sus derechos?

LAS FEMINISTAS DE ANTAÑO Y EL BEBÉ DE BESCANSA

  

Las feministas de antaño nos dicen a las madres feministas de ahora que estamos intentando dar marcha atrás. Que nos consiguieron guarderías y estamos escupiendo sobre ellas. Que ellas consiguieron que fuésemos mujeres liberadas que rendían en el trabajo y nosotras no hacemos más que lloriquear por tener que abandonar a nuestros hijos e hijas en una institución 
Muchas gracias, señoras feministas de antaño, por todo lo que hicieron por nosotras. No sé si tendrán o han tenido alguna vez hijas adolescentes. Llega un momento que empiezan a vivir su vida de adultas y esa vida está a décadas de la nuestra, y es diferente. Nuestras soluciones dejan de funcionar para ellas. Tienen problemas diferentes en tiempos diferentes. Ya no estamos en los 80. Me imagino lo que debió ser madre en los 80, en los 70, en los 60, pero ese tiempo ya pasó. Los problemas son otros. Ya no hay vuelta atrás, sino vueltas de tuerca. 
Lo que sí es verdad es que las soluciones de antes son parte de los problemas de ahora. Institucionalizar a nuestros hijos e hijas a los 4 meses se nos hace cuesta arriba. Nosotras, que venimos de maternidades con lactancias de 3 meses y pelargón a cucharadas mientras nuestra madre (y nuestro padre) se iba a trabajar y no sabía dónde dejarnos hemos querido hacer las cosas de forma diferente. Hemos reaccionado ante esa brutal ruptura del vínculo que supone dejar a tu bebé en manos desconocidas que le van a dejar llorando en una habitación de lactantes desconsolados. Hemos querido vivir nuestra maternidad y hemos querido que nuestras hijas e hijos tengan cantidad de calidad y calidad de cantidad. Pero también hemos querido estudiar, trabajar, leer… Vivir. Lo hemos conseguido a medias, pero somos conscientes de que nuestro objetivo es, en parte, contribuir a un mundo más humano que recupera la infancia para ponerla en el centro. 
Ser madre no es un trámite. “Cuando llegas a los 30 debes ir pensando en que se te pasa el arroz” es un mantra que machaca el cerebro de muchas mujeres. Y luego, cuando los tienes, te das cuenta de que no es como te contaron. Que los niños y las niñas requieren gran cantidad de energía y amor para crecer emocional y físicamente. Y que la conciliación es un cuento que nos contaron alguna vez y que ni existe ni existirá en una sociedad que no respeta a sus criaturas. Nosotras hemos traído a la conciencia femenina que la presión a la que nos someten para ser madres es una trampa. No queremos ser madres así, como si fuésemos maquinaria que, una vez expulsado el producto, sigue funcionando como si nada hubiese pasado.
¿Y nuestros maridos? Señoras feministas de antaño, en algunos casos, el marido ni está ni se le espera. En otros, la conciliación es tanto problema para nosotras como para ellos (sin contar con la lactancia, que eso ellos no pueden hacerlo y nosotras sí, si queremos). Y en otros casos, el marío sale de casa sin preguntarse qué va a pasar ese día con sus hijos. Espetar en la cara de una mujer que va con su bebé “Oye guapa, ¿dónde está tu marido?” es culparnos a todas de la ausencia del progenitor biológico de la criatura. Y eso una feminista no lo hace, señoras feministas de antaño.