Familia Killer

Cuando sea suegra

  

Miro a mis hijos, lo bien criaditos que están. Amables, educados, bien parecidos. Y no puedo dejar de pensar en el momento en que llegue otra y los arranque de mis manos. Que mis niños son míos, les he parido yo. Ninguna será lo suficiente buena para ellos. A todas les sacaré mil defectos que les señalaré cumplidamente

No veré el momento en el que esa otra aparezca en casa. Mi poder será que no sepa dónde ponerse, que no sepa qué hacer cuando es la invitada. Se sentirá como una intrusa. Hablaremos de ella cuando no esté, nos reiremos de ella, y luego haremos como si nada, pero compartiremos un conocimiento común sobre su forma de ser, su peinado, sus maneras, que servirá para mantener una atmósfera insoportable a su alrededor. 

Le haré sentir fatal mostrándome sumamente dependiente de la atención de mis hijos. Cual pobre mujer inválida, requeriré sus servicios como albañiles, carpinteros, electricistas, chóferes y acompañantes a consultas médicas. Ella se quejará, seguramente, porque sentirá que su vida depende de la mía. Entonces mostraré mis debilidades de mujer mayor, lloraré si es preciso por el abandono al que me tienen sometida mis adorados hijos. 

Con respecto a mis nietos o nietas, no quiero que me molesten mucho, que yo ya he criado y no tengo más cariño que dar. De visita todo lo que quieran, pero eso de ser una abuela amantísima se lo dejo a otras. Y es que los hijos de mis hijos no representarán más que un obstáculo para disfrutar de la presencia y atención de los míos. 

Cuando sea suegra, refinaré el arte de la puñalada trapera disfrazada de buñuelo de chocolate. El “parece que estás más gordita” de algunas de mis congéneres será agua de borrajas. El “uy, qué feilla que estás hoy” será el saludo de bienvenida, seguido de “hoy no os iréis tan pronto como el último día, que echo de menos a mi chiquitín”. Una vez lanzada la carga de profundidad, podemos seguir con un “pues no será tan importante lo que haces en tu trabajo para no tener tiempo para hacer una comida en condiciones”. Podemos finalizar con un “mira, te he comprado esta mopa especial, porque el día que me pasé por vuestra casa vi que os hacía falta.”

La verdad es que, escribiendo esto, se me está poniendo un poco de mal cuerpo pensando en mi futura nuera. Me pregunto si todo esto será o no violencia de género. Si esto será parte o no del patriarcado. Si el que nosotras siempre seamos las malas no será una trampa del sistema, que nos pone siempre en el centro del huracán de lo privado, de la toma de decisiones domésticas, de las disputas por el poder en la cocina. No sé. Lo voy a pensar un tiempo y quizás recapacite y no haga de mi lugar común de suegra una repetición de la historia. 

INSIDE-OUT NO ME REPRESENTA

  
Me encanta que disney-Pixar haga películas de animación cada vez más curradas, coloristas y emocionalmente desafiantes. Y me gusta verlas y desmontarlas después poco a poco, desgranarlas y desmembrarlas. Cualquier artista desea tener un lector o una lectora que desentrañe su obra y descubra en su interior los tesoros escondidos que depositó en ella. Sin embargo, no estoy segura de que Disney lo desee y por eso se dirige al público más vulnerable, al que se entusiasma con sus entrañables personajes. 

Mi familia reconstituida, una familia que ni por asomo Disney incluirá en su repertorio de arquetipos, ha hecho que vea la película 2 veces: la primera para disfrutarla, la segunda para deconstruirla. Y es que si te gusta el cine y eres madre, pasarás muchos años consumiendo películas infantiles y tendrás la oportunidad de pensar lo que les están vendiendo a tus hijas e hijos.  Y la verdad es que, lo que “del revés” (pésima traducción del título en inglés) quiere venderles, no me gusta. 

El mensaje oficial es que la tristeza tiene su utilidad, lo pillas a la primera y gusta porque te permite desmentir de un plumazo el acoso de los partidarios del positivismo a toda costa. Pero detrás de este mensaje oficial hay otros muchos, que se van desentrañando a medida que piensas en las cosas que la película te plantea como dogmas inamovibles. 

No voy a hablar de los aspectos de género, elementos que ya se han debatido en otros sitios y con los que estoy de acuerdo. Pero he de decir que la madre de Riley, sensata, cuidadora, sin trabajo y con la tristeza como jefa de las emociones, no me representa. ¿Os imagináis estar toda la vida guardando el recuerdo del tío bueno y erudito para salir adelante en una realidad en la que vuestra pareja os parece mediocre? Quizás ese sea el secreto para mantener una impecable familia nuclear que hace que la personalidad de Riley tenga una flamante isla de la familia. Es verdad que la isla de la familia se podría constituir de otras muchas formas, pero Inside-Out ha decidido que sea la tradicional familia nuclear la que presida esta metáfora. Seguro que no soy la única persona con familia no tradicional que se ha preocupado por el efecto de esta reificación en sus hijos e hijas. Yo me he visto impulsada a decirles que ellos tienen un pedazo de isla de la familia como la copa de un pino, con muchas personas adultas ocupándose por su felicidad y su bienestar. Y se sintieron reconfortados con la aclaración, se lo noté en la cara. 

Las películas de Disney está diseñadas desde un supuesto de normalidad. Y los espectadores se ven impulsado a juzgarse de acuerdo a este canon. En este sentido, el concepto de mente que propone la película no es en absoluto inocente. Tampoco coincide con los avances científicos sobre el funcionamiento de la memoria, las emociones y el pensamiento. Por eso me parece sorprendente escuchar a la gente decir “todo lo que ha aprendido sobre la mente” viendo la película. No es este el lugar para hacer un análisis minucioso sobre el modelo de memoria que plantea, en qué momento de la historia de la Psicología quedó descartado ese modelo y cuál es el modelo que se promulga actualmente. Pero sí me gustaría señalar dos consecuencias que se desprenden de la forma que tiene Inside-Out de dibujar la mente humana. 

En primer lugar, el modelo que plantea la película es radicalmente realista. La memoria refleja lo que realmente ha pasado, de forma fidedigna, y solamente matizado por la emoción que tiñe el recuerdo. Este modelo se contrapone a los modelos reconstructivos de la memoria, en los que la mente no guarda el conocimiento sino que lo reconstruye a partir de indicios y de memorias compartidas con nuestros congéneres. En los trabajos sobre memoria de testigos es evidente que esta capacidad humana no funciona como un espejo, y que el ser humano no aprehende la realidad sino interpretándola y haciéndola suya. Varias personas que sean testigos de un mismo hecho pueden rememorarlo de maneras muy diferentes dependiendo de distintas variables personales y situacionales. Por tanto, la verdad absoluta no está ahí fuera para ser reflejada. Pero ya se sabe: el relativismo es uno de los mayores enemigos del pensamiento único. 

En sengundo lugar ¿os imagináis una mente únicamente dirigida por las emociones? El hecho de que una niña decida escaparse porque ha sufrido una mudanza, un cambio de contexto, un trauma en el que no ha sido acompañada debidamente, una pérdida de un círculo de iguales bien establecido, un conjunto de situaciones que afianzaban su personalidad y le daban seguridad y autoestiva, se explica porque alegría y tristeza se han caído de la torre de mando. Vaya. Es una explicacion descontextualizada, individualista, que no nos permite buscar soluciones externas a nuestros problemas y nos impele a culpar al desequilibrio emocional de nuestros actos impulsivos y aparentemente disfuncionales. Así que, si alguien hace algo fuera de lugar, lo más probable es que sufra un trastorno, esté loco, necesite tratamiento, etcétera etcétera. Es una manera estupenda de mantener controlada a la población: establecer el locus de control de los problemas siempre dentro de uno mismo y que la gente no se plantee que quizás lo que haya que cambiar sea el sistema. 

Para los que piensen que esto es “rizar el rizo”, les deseo que sigan disfrutando de las películas infantiles tanto como lo hago yo. Para los que prefieran ir un poquito más allá, solo decir que este es un análisis precipitado y que la película invita a otras muchas interpretaciones que me encantará leer en los comentarios y en otros post. 

Diez cosas que ignora la infancia sin religión

Cuando dices que tus hijos/hijas no van a religión, la gente suele reaccionar de dos formas: o se calla con un supuesto buenrollismo que afirma la libertad religiosa o te amenaza con la falta terrible de cultura que van a tener las pobres criaturas. Lo curioso es que, sin haber asignaturas de cine, nadie se plantea la falta de cultura que van a tener en relación al séptimo arte. Pero cuán relevante es que los niños y las niñas sepan que Jesús es el hijo de Dios, que llegó a la tierra para redimir nuestros pecados, y que el ser humano no es capaz de ser feliz sin conocer a Dios.

El caso es que llevo viviendo 15 años con niños y niñas que no han ido nunca a clase de religión. Estas son algunas de las cosas que ignoran:

1. No saben lo que es el pecado. Cuando haces cosas malas, no basta con arrepentirse delante de un señor de negro. Hay que pedir perdón a la persona a la que han afectado tus malas acciones y no a un ente invisible. Hay que resarcir el daño, no rezar 20 Avemarías y un Padre Nuestro. Y, por supuesto, las malas acciones son aquellas que van en contra del bien común, no tienen nada que ver con su sexualidad. Tampoco saben qué es el cielo o el infierno, de modo que las amenazas con su vida ultra-terrena no sirven de nada.

2. La concepción siempre se produce a partir de la unión de un óvulo y un espermatozoide. Nunca hay palomas implicadas en el asunto. Cuando son mayores y aprenden mitología clásica, la paloma que representa al Espíritu Santo está en el mismo orden de cosas que la lluvia dorada o el ganso en el que se transformó Zeus para seducir a Leda y a Dánae.

3. Adán y Eva son “esos pringaos religiosos que se comieron una manzana”. Pero si les preguntas por el origen del universo siempre hablarán del Big Bang y de la evolución de las especies. En su tierra, el Paraíso ha sido destruido por los hombres en su afán de explotar la naturaleza para satisfacer su avaricia y no por dos personas insensatas que probaron la fruta de un árbol prohibido.

5. No distinguen entre la misa del gallo y el domingo de ramos. Pueden decirte un 28 de marzo que darán un concierto con su agrupación de la Escuela de Música después de la misa del gallo, o preguntarte si podrán comerse uno de esos adornos amarillos que lleva la gente en la mano ese domingo. Ese es el momento que usas para aportarles esas migajas de cultura y explicarles lo que es la misa del gallo, el domingo de ramos y la entrada de Jesús en Jerusalem a lomos de un borrico. 

6. No distinguen entre el Ku Klux Clan y los penitentes. Eso demuestra que saben lo que es el Ku Klux Clan, organización xenófoba en EE.UU., y su educación en la igualdad y en contra de los movimientos que atentan contra los derechos humanos. Para explicarles lo que es una procesión de Semana Santa hay que contarles un montón de cosas que no son aptas para menores y que es mucho mejor contar en familia que dejar en manos de personas ajenas: hay que hablar de invasión, de opresión, de tortura, de injusticia. Y luego explicarles que la religión católica dice que una persona que fue torturada y ajusticiada hace siglos lo hizo por nosotros y nosotras, y es por eso que hay gente que sale vestida de morado, con cucuruchos en la cabeza, y a veces van descalzos e incluso se dan latigazos mientras pasean por las calles. Complicado ¿verdad?

7. Cuando ven a gente portando imágenes religiosas, preguntarán por qué sacan en brazos a esos muñecos disfrazados. Y es que la adoración por estatuas de madera vestidas con aparatosos trajes es para ellos/as tan extraña como para nosotras puede serlo el culto al dragón en China. Ver con ojos extrañados una tradición que les es ajena y, de esta forma, la perciben como nunca la podremos percibir quienes nos hemos criado asumiendo su normalidad.

8. No se saben persignar. Van aleatoriamente del pecho a los hombros a la cabeza. Cuando ven a la gente hacer ese gesto, intentan imitarlo, no saben muy bien por qué. Mis chicos llegaron un día de la escuela haciendo ese extraño gesto porque sus compañeritos y compañeritas que iban a religión se lo habían intentado enseñar.

9. Lo de explicarles qué son los curas y las monjas es quizás la parte más difícil, pero llega un momento que asumen que en la vida todo no tiene por qué tener lógica. Mi hija creía que las monjas eran como las princesas de los cuentos hechas realidad, y cuando les dije que los curas se subían al altar todos los domingos a hablar a la gente y a leerles el evangelio, perdieron todo su interés por ir a una misa. 

10. Por último, os diré una cosa que rompe un mito de los niños y niñas que no van a religión: saben lo que es la comunión pero no desean hacerla. Cuando llega el momento en que todas sus compañeras y compañeros de clase hacen la comunión, a ellos/as les trae al pairo… es decir, que no sienten ninguna envidia ni tienen el menor atisbo de duda sobre su condición de no-católicos. Ni quieren vestirse de princesa ni de marinerito, ni envidian la fiesta o los regalos. Nada de nada. Cero. Es más, yo les he llegado a preguntar si querían hacer la comunión, y todos me han mirado con cara de “¿Estás loca?”.

Pseudoprohibiciones

The Fall of Man (detail)Phanton tiene 15 años y un cerebro privilegiado. Y yo tengo el privilegio de escuchar sus disquisiciones. Me asombra su lucidez, esa que no recuerdo haber tenido a su edad. Y como él no tiene blog, os cuento la última. 

Íbamos de vuelta a casa, cuando de repente me dice: 

– Mamá, si el gobierno prohíbe las drogas, me está incitando a probarlas

(Yo doy un respingo de alerta y sigo escuchando)

– Sí, porque imagínate. En las historias en las que dicen “bajo ningún concepto entres en esa habitación”, la gente al final entra. Están deseando entrar. Es como decir “hay un tesoro escondido ahí dentro, algo espectacular”. Nadie se puede resistir a esa invitación. Es como decirle a un niño “no te revuelques en el maravilloso barro de los deseos”. Por lo tanto, si me dicen que tome drogas, yo pienso qué me estaré perdiendo, qué será eso que me están ocultando. 

– Bueno, sí, visto así es cierto. Pero quizás te están prohibiendo tomar drogas para que las tomes y te conviertas en un desecho humano. Es lo que se llama psicología inversa.

(Ahora es Phanton el que da un respingo de alerta y pone cara de Eureka)

– Cierto. Porque si no llamasen mi atención sobre esa habitación prohibida y cuando yo preguntase por esa puerta, me dijesen que es un armario con zapatos viejos, no tendría ningún interés en entrar.

– Es como lo de Adán y Eva

(Aquí interviene Brigitte Killer)

– Los adultos estáis obsesionados con la biblia

(Pero Phanton sigue enganchado con su argumento)

– Es verdad. Si no quieres que coman de ese árbol… ¿para qué lo pones ahí y les prohíbes comer de él? ESO ES A LO QUE YO LLAMO PSEUDOPROHIBICIONES. En realidad están buscando que yo pruebe las drogas, por eso me lo prohíben. 

(Respiro tranquila)

Disfraces

Disfraz de indioMañana me las tengo que ingeniar para ir a trabajar, llevar a la cuadrilla a las extraescolares y, acto seguido, acudir a la fiesta de carnaval con ella y él disfrazados de indios. No tengo materiales, y si los tuviera no sabría que hacer con ellos. Pero lo conseguiré. Los chinos siempre son un recurso fácil y rápido. Lo descubrí cuando dejé de intentar ser perfecta en todo.

Cuando los mayores eran pequeños, me compré una máquina de coser y me dejé llevar por la furia costurera de mis comadres en el colegio. No tuve en cuenta que había llegado a vivir a una pequeña ciudad con una tradición textil importante, y quien más, quien menos, había trabajado en uno de esos talleres de confección o tenía una madre, una tía o una abuela que manejaba los hilos a la perfección.  Yo ahí no daba la talla. Mientras ellas confeccionaban bellos trajes de pollo en los que el foam permanecía erguido y lustroso sobre las cabezas de sus pequeños, los míos iban con un saco que se caía por todos lados y les tapaba los ojos, haciendo que fuesen dando traspiés en los desfiles de carnaval. 

Por otra parte, tenía que sacar tiempo libre para usar esa máquina infernal en la que se me enredaban los hilos, la costura salía torcida, la aguja era una sanguinaria herramienta que bajaba y subía sobre mi dedo y nunca sabía cómo poner la tela para que no me quedase toda arrugada. Y ese tiempo era nocturno. Despertaba a todas y a todos con mis “joder”, “hostia puta”, “me cago en tó”, etc. Y los pobres niños miraban de reojo, pensando “¿me tendré que poner eso mañana?”

Dí el cerrojazo a la máquina cuando comprobé que no podía competir de ninguna manera con las supermamis. Esto coincidió con la decisión del ayuntamiento de nuestra ciudad de acabar con los carnavales y relegarlos a las fiestas de los colegios. Ya no había concurso de coles en el desfile de carnaval, y las madres también perdieron el interés por demostrar sus dotes de confección. Así que ahora, casi todos los niños y niñas van vestidos con estupendos disfraces made in china, de telilla de forro y fieltro. Todavía hay algunas que derrochan creatividad y arte, pero son las menos.

El curso pasado fue nuestra Monster Girl la que ganó el concurso disfrazada de egipcia china. Todo un bochorno, teniendo en cuenta que el concurso era en el cole de Vampi, al que venía de invitada. Tras este acontecimiento, Father pensó que lo mejor que podíamos hacer era correr cuanto antes con el regalo, ya que las madres de las niñas autóctonas empezaban a mirarnos de reojo y a murmurar. 

Si somos capaces de ganar concursos de disfraces con esos ropajes, desengañaos, ¿merece la pena estar horas y horas comprando las telas, cortándolas, volviéndolas a cortar porque nos hemos equivocado, intentando averiguar cómo unir lo que hemos recortado y luchando con el niño o la niña para que se pongan el resultado de todos nuestros desvelos? La respuesta es NO. Una vez al año, no hace daño. Disfraz del chino para salir del paso, y todas tan contentas. 

¡¡FELIZ CARNAVAL!!


Vacaciones

Hace ya algunos años que mis vacaciones han pasado de ser un lugar de asueto a convertirse en una preparación para el infierno invierno. Como las hormigas hacen acopio de víveres, yo hago acopio de energías para cuando llegue ese momento de caos y desenfreno. Pudiera parecer de personas perezosas levantarse después de las 10, pero tras un curso de madrugones y carreras, comidas para 6, megacompras, plancha y fregoteo (además de desempeñar las tareas profesionales que nos dan de comer) creo que no se nos puede reprochar nada.

¿Seguroooo? Mi creencia es ilusa. Lejos de vernos como los héroes que merecen un merecido descanso, todo son silenciosos reproches hacia nuestra supuesta pereza. Los héroes se levantan con el sol y comienzan sus actividades, todas ellas dedicadas a la propia persona, sea invierno o verano. Es un poco cabreante esa falta de empatía hacia nuestra labor cotidiana y lo merecido de nuestro descanso. ¿Pero sabéis qué? Que nos la pela. Así de claro. Se entienda o no se entienda, nos merecemos un descanso. Le pese a quién le pese, no pensamos madrugar, nos echaremos la siesta y haremos una política del mínimo esfuerzo.

Ya volverán los días de desayunos y carreras, de deberes de 3º de primaria en la mesa del comedor, de compras monumentales, cocina llena de platos para fregar y torre de ropa para planchar. Ya llegarán los días de reuniones absurdas, tutorías, clases e informes. Mientras, tenemos que hacer acopio de energías.

¡VIVA LA PEREZA Y LA TUMBONA!

Limpiando

Hace unos días, un post en la página de Psicología para mamás hablaba de los cambios externos y su repercusión en los cambios internos. El fragmento que me llamó la atención fue el que decía: Nuestro caos en los armarios, o nuestra adicción a determinados programas, nuestro miedo a cortarnos el pelo o cosas tan mundanas tienen su reflejo o su raíz dentro nuestro. Así pues, si mueves los muebles de tu comedor, algo se mueve en tu interior, si vacías tu armario de ropa que ya no usas, viejos pensamientos u hábitos se ven removidos, limpiezas que quitan telarañas del alma y provocan emociones y sensaciones…”

Eso me recordó que tenía que hacer la limpieza anual de la casa. Esto de limpieza anual debe sonar raro. A mí al menos me suena rarísimo. Pero a lo largo del curso escolar me es imposible dedicarme con cariño a la cueva que habitamos. Es un proceso de desgaste y acumulación de polvo y pelusas impresionante, pero no encuentro la forma de mantener el orden y la limpieza de forma constante si pretendo ocuparme de cosas tan fundamentales como el trabajo, la comida y el ocio. 

Cuando llega el momento de la limpieza anual me pregunto cómo hacen algunas mujeres para mantener siempre la casa limpia y ordenada. Me imagino que es cuestión de cambiar de hábitos. Hay que sustituir unas acciones por otras. Por ejemplo, en vez de levantarse a las 7 y acostarse a las 12, levantarse a las 6 y acostarse a la 1. O en vez de estar escribiendo esta entrada, estar pasando el trapo del polvo y la fregona por el salón. 

Lo que es cierto es que yo tardé en darme cuenta de que la limpieza es una cuestión de rincones y lugares ocultos. Puedes limpiar mucho por encima, lo que se dice pasar el trapo, la escoba y la fregona varias veces por semana, y la casa cada vez está más sucia. Porque son los lugares inaccesibles y no visibles los que acumulan más cantidad de porquería y los que cuesta más limpiar. Para conseguir una limpieza a fondo hay que mover muebles, agacharse, restregar, buscar los rinconcillos desatendidos del espacio que acumulan esa capa de polvo que solo creía posible en las mansiones abandonadas. 

No es que me haya poseído el espíritu de una maruja (o sí). Lo que ocurre es que, mientras limpio, me da por pensar en todo lo que acumulamos, en todo lo que desechamos, en toda la mugre que producimos. Pienso que, viviendo en plena naturaleza, el problema del polvo desaparecería. Que es enfermiza la cantidad de cosas inútiles que me rodean. Que esto no puede ser sano. Una cueva es una cueva. Cama para dormir, techo para guarecerse, y algún que otro utensilio para el asueto. Pero necesitaría 5 vidas para leer todos los libros que hay en mi casa, escuchar todos los discos, llenar todas las hojas en blanco y jugar con cada uno de los juguetes que se amontonan en los cuartos. 

Al menos dos veces al mes se escucha una voz que ruge desde mi interior y sale al exterior: “Este fin de semana os voy a dar una bolsa de basura a cada uno y vais a tirar todo lo que no necesitéis”. El problema es que parecen necesitarlo todo. 

Llega el momento de la limpieza anual. Los niños se han ido de vacaciones. Estoy sola ante el despropósito de cueva llena de montañas de cosas absurdas e inútiles que nos impiden el paso. Solo hoy he llenado dos bolsas grandes de deshechos, y solo he limpiado medio salón. Mañana será otro día. Necesitaré un camión que se lleve todo lo que voy a tirar, a dar o a donar (eso ya lo pensaré). Pero cuando termine, la cueva será un espacio respirable y diáfano. Necesito aire para respirar. Necesito vacío. Necesito la nada. 

¿Vamos al médico?

Doctor HandA medida que pasan los años, cada vez vamos menos al médico. Solo cuando surgen cosas poco comunes, como granos dolorosos en lugares recónditos del cuerpo o dolor de brazos acompañado de vómitos y giros a la izquierda del ojo derecho, me decido a acudir para pedir opinión de alguien experimentado en ese tipo de vicisitudes. Me imagino que, en el caso de que el dolor de brazos asociado con los vómitos, formen parte de un desconocido síndrome, el galeno estará informado de este dato (o no), pero yo al menos lo habré intentado. 

Por supuesto, tengo mis médicos favoritos para llevar a la tropa. Un pediatra muy mayor que siempre está al día pero sigue teniendo la mentalidad de antaño, lo cual está muy bien, ya que no receta antibióticos a diestro y siniestro ni dramatiza con el hecho de que no quiera medicar a mis hijos hasta la saciedad, y una amiga médico en la que confío y que me viene muy bien para los temas de pubertad. Pero cuando ninguno de los dos están disponibles (las que vivís en una capital grande no entendéis esta precariedad sanitaria en la que vivimos los de provincias), hay que ir al médico que toque. Y eso, señoras y señores, es cuestión de suerte. 

Cada vez que voy al médico, me he de convencer a mi misma de que la persona con la que me voy a encontrar ha estudiado una carrera. Sin embargo, eso no me consuela demasiado. Yo misma estudié una y sé que, cuando sales de ella, sabes mucho sobre cómo estudiar y poco sobre cómo aplicar los conocimientos adquiridos. Además, sabes que el conocimiento sin la experiencia lleva a ejecuciones poco brillante en los campos profesionales. Entonces es cuando empiezo a auto-convencerme de que la persona que va a ver a mi hijo/a tiene experiencia. Habrá visto a muchos pacientes y se habrá documentado… Ahí empiezan de nuevo mis dudas. Recuerdo que cuando diagnosticaron a uno de mis hijos de una dolencia relacionada con reacciones alérgicas, le comenté a la médico de familia que ejercía como pediatra (las personas con título de pediatra son más raras que los tréboles de cuatro hojas en Villa Springfield) esta característica. Me aseguró muy muy convencida que esto no era así, que la alergia no tenía nada que ver con la dolencia. A los dos días recibí un e-mail suyo diciendo que había consultado en Google y que, efectivamente, yo tenía razón. Yo no tenía la menor duda: me lo había dicho el médico especialista que había diagnosticado a mi hijo. 

Cuando ya estamos en el médico me digo: pase lo que pase, lo más grave que puede pasar es que no de con el diagnóstico de una enfermedad rarísima que, tarde o temprano, acabará dando la cara. Pero lo más probable es que sea una gastroenteritis común asociada a una contractura por estar leyendo durante un día entero en una postura imposible. Así que allá vamos: auscultación, palpación, exploración, analítica y conclusión. Las conclusiones suelen ser de lo más común, pero a veces te dejan perpleja. 

“Peque” _Le dice el médico a mi hija, que le mira con respeto_ “Lo que te voy a decir quizás pueda sonar machista, pero no lo es”

El aire se puede cortar. Me agarro a la silla con las dos manos y contengo la respiración. Mi hija sigue mirando con atención. El médico no tiene ni idea de que está hablando con la reencarnación de Simone de Beauvoir. 

“Lo que necesitan las chicas de tu edad que están flojitas es un novio”

De mi boca se escapa un suspiro _”Ay”_ Y sigo conteniendo la respiración. 

Ella sigue mirándole con esa dulce sonrisa suya de “di lo que quieras que yo haré lo que me de la gana”. Al menos no saltó sobre él, como hubiese saltado sobre Father si se le hubiese ocurrido decir algo remotamente parecido. 

Cuando salimos, la felicito por haber sido tan diplomática y comento lo desafortunado del comentario del médico. Sin duda yo, a su edad, le hubiese contestado.

_”Para qué le ibas a responder, si va a seguir pensando lo mismo.
“No te creas mamá, a veces dar discursos molestos a gente molesta les ayuda a ser menos molestos en el futuro. Pero estaba cansada y no me salieron las palabras.”

(Lo que le hubiese dicho queda entre ella y yo)
MORALEJA: cuando los médicos no saben qué hacer ni que decir, se meten a psicólogos, y es entonces cuando la cagan. ¿Quién le pidió un consejo sobre la sexualidad de una niña de 14 años? ¿Qué repercusiones cree ese señor que sus opiniones pueden tener en ella y en su entorno? No tiene ni idea, pero él ha hecho su aseveración de vieja desde una poltrona de autoridad. Estudia una carrera para eso: para soltar chorradas cargadas de autoridad sobre temas que no son de tu competencia. Señores médicos, por favor, un poquito de seriedad. 

Las falsas preguntas

Interrogacion.jpgHoy no sabía sobre qué escribir hasta que vi un post sobre crianza positiva que nos invita a madres y padres a dejar las órdenes (lávate los dientes) y a sustituirlas por preguntas (¿qué tienes que hacer después de comer?) Muy interesante, si no me hubiese venido a la mente el problema de las falsas preguntas. Las falsas preguntas son elementos de secuencias conversacionales típicas de las escuelas. I de interrogación, R de respuesta, E de evaluación, las preguntas falsas, que ocupan el lugar de la I, se caracterizan porque el que pregunta sabe cuál es la respuesta correcta.

Las secuencias IRE tienen un papel fundamentalmente evaluativo. Las usan maestras y maestros para saber si sus alumnos/as han asimilado el conocimiento que les han querido trasmitir de manera correcta. Es una estructura conversacional que no deja lugar a la improvisación: te pregunto pero no para que contestes cualquier cosa: tienes que adivinar cuál es la respuesta correcta. Si lo consigues, en la tercera parte de la secuencia, la E, te diré lo bien que lo has hecho y te daré una palmadita en la espalda. I de interrogación (¿Qué tienes que hacer después de comer?) R de respuesta (Lavarme los dientes) E de evaluación (Muy bien hijo/a, pues ala, venga, a lavarte los dientes). 

Eso en el mejor de los casos. Me imagino preguntándole a mi hijo qué tiene que hacer después de comer. Y le imagino contestando cualquier cosa menos “lavarme los dientes”. Entonces, mi pregunta se convierte en un artefacto interesante. Porque los niños, que son seres pensantes, se preguntarán: “¿por qué me hace mi madre esa pregunta?”, y desde luego, a sus 8 años, mi hijo al menos, no errará en la respuesta: “Evidentemente, mi madre está cambiando de estrategia para que me lave los dientes. Y después de tanto tiempo resistiéndome a hacerlo de una forma rutinaria no se va a salir con la suya”.

A ver, no es que mi hijo sea un pequeño tirano que quiere hacerme la vida imposible. De hecho me hace muy feliz, tiene un gran sentido del humor y es muy responsable para algunas cosas. Y no es que sea un listillo manipulador que finja y me tome el pelo, eso nunca lo diría de él. Pero con el paso de los años nos vamos conociendo, él a mí y yo a él. Y por eso sé que, así como hace los deberes del colegio de manera autónoma desde el principio, sin que yo haya tenido que invertir ningún esfuerzo para que se hiciese responsable de sus tareas, lo de ducharse y lavarse los dientes lo lleva fatal. 

Ya he asumido que tendré que gastarme una pasta en dentistas. Intentaré lo de preguntarle después de comer “¿qué hay que hacer ahora?”, y me expondré a que me diga “jugar, ver la tele, ir al parque…” o la que es su respuesta favorita: “No sé”. Cualquier cosa menos la R que yo espero, esa R tan esperada y que solo llegará cuando haya sufrido el taladro del cruel dentista. Y es que, a veces, la vida es así: hasta que no sufrimos las consecuencias de nuestros actos no aprendemos cuál era la respuesta correcta.