Familia Killer

La inquisición ¿feminista?

No sé si se ha cruzado en vuestro camino esa nueva orden de personas que, en aras del feminismo maternocentrado, se atreven a opinar sobre nuestras vidas de forma gratuita. Que si nos divorciamos de los padres de nuestros hijos y nuestras hijas, que si nos juntamos con parejas que no son los padres de nuestras criaturas, que si qué malas somos por hacer eso, que exponemos a nuestros vástagos a un peligro y a un trastorno en su desarrollo innecesario, bla bla bla.

Me recuerdan a la iglesia católica arengando por la indisolubilidad del matrimonio. Y si tienes que disolver la unión, si resulta que la convivencia era insoportable e insostenible, ponte un burka hasta los 18 (de las criaturas, tú ya 45 o 50 para esa época, o haberlos tenido joven). Por eso, igual que paso de la iglesia católica, pongo entre paréntesis a las personas que se dedican a decirnos qué es lo que tenemos que hacer con nuestras vidas para que ellas estén felices y nos den el visto bueno.

Las niñas y los niños deben ser bien tratados y cuidados por TODAS  las personas adultas. Sea cual sea el vínculo biológico de esas personas adultas con las criaturas. Y, nos guste o no, el bienestar, la crianza, el cariño, el amor, no solo lo ofrecen las madres (o los padres). De hecho, hay veces que las madres son incapaces de ofrecer amor y, en esos casos, tener otra figura a la que apegarse, en la que reflejarse, que te aporte una mirada amorosa, es esencial. Y ya sé que bla bla bla la teta. Pero de verdad, la teta dura lo que dura. La teta y el porteo son una ínfima parte de la crianza y de la educación posterior. La teta y el porteo no aseguran nada si eres una persona inestable que no eres sostenida para sostener a tus criaturas. Que me parece genial que os creáis superwomans, pero yo, en mi caso particular, necesito sentirme querida y apoyada para poder funcionar con mis criaturas.

¿Que eso es amor romántico? Me la suda, sinceramente. Si ese amor romántico resulta que me sostiene, me ayuda, ama a las criaturas que crecen en mi hogar y las enriquece, me mira por las mañanas y me sonríe, me dice que me quiere y cocinamos juntos, pues estoy encantada de la vida. No pienso esperar a que mis hijos crezcan para tener eso (no lo he hecho, la verdad). Y si sale mal, seguro que somos capaces de que todas las personas implicadas acaben sintiéndose bien, porque somos adultos amorosos, que queremos a las criaturas aunque no tengamos un vínculo biológico con ellas.

En serio, no somos (solo) tetas. Y ellos no son solo penes (o lo intentan). Que el hecho de que ya no funcionemos como pareja no quiere decir que ya no funcionen como padres. Que el hecho de no tener vínculos biológicos no quiere decir que no haya un amor y un cuidado de las criaturas menores con las que convivimos. Y eso ocurre porque el origen del amor no es biológico (únicamente), sino que las personas son honestas, responsables, amorosas y quieren al grupo con el que conviven. Yo paso de todo ese rollo biologicista que nos quieren meter en las cabezas. El grupo humano se debe responsabilizar de sus criaturas, sin que tengamos que exigir a las madres o a las mujeres que se hacen cargo de criaturas que permanezcan sin pareja “por lo que pueda pasar” o “porque no se puede meter a cualquiera en la crianza”.

Así que, de verdad, paso de vosotras. Con vuestra vida podéis hacer lo que queráis, pero dejad de fiscalizar la mía. Si queréis hablar de los peligros que nuestra sociedad entraña para las criaturas (que son ciertos y reales), hacedlo por doquier, pero dejar de imponer juicios morales y de valor sobre la vida de (mayoritariamente) las mujeres.

Lo sencillo

Hoy, mi hijo pequeño me ha dicho que tiene “miedillo”. Me ha preguntado si puede haber una gerra civil, y no le he podido asegurar que no. Nos ha escuchado comentar que el presidente de nuestro país ha rechazado la mediación y nos ha preguntado que qué es eso. Le he dicho que la mediación es algo que se hace para poner paz, y se ha echado las manos a la cabeza. ¡Cómo puede alguien rechazar la paz! ¡Cómo puede un político mandar a la policía a pegar a la gente! He pensado que para qué iba a explicarle todo lo que he leído estos días: para él las cosas son sencillas. La paz es mejor que la guerra, la violencia es el mal y cuando las personas no están de acuerdo deben hablar para solucionar sus problemas.

Disfrazar el interés de orgullo patrio, la dignidad de venganza trapera, unas leyes escritas hace más de 50 años de escrituras sagradas y una amenaza de legalidad establecida no le va a convencer, porque él está ligado a las explicaciones sencillas. Por las mañanas nos levantamos de una cama caliente, desayunamos, acudimos al colegio y al trabajo, nos alimentamos, jugamos, leemos, estudiamos. En casa no hay banderas. La pobreza es un fallo del sistema que deberíamos solucionar, así como el cambio climático. ¿Por qué no hacemos nada, mamá? ¿Por qué discuten y no aportan ninguna solución? ¿Por qué cobran un sueldo?

Las cosas son sencillas. Y cuando nos parecen difíciles es porque son falsas o porque se han levantado estructuras artificiales que las convierten en inaccesibles. Ya no labramos la tierra, ya no producimos nuestro propios sustento. Trabajamos para otros por un número en una pantalla que se actualiza todos los meses. Este número va bajando para engordar los números de otras pantallas. Aseguramos la casa, el coche, la vida, las manos, los ojos… por si acaso. Vamos al supermercado, y rara vez tocamos la tierra que hay bajo nuestros pies.

Las cosas son fáciles cuando son de verdad. Y todo lo que está pasando estos días es una farsa. Señores que salen muy serios a amenazarse en público, recubiertos de solemnidad y galones. Señores que se esconden y no salen. Señora de negro que parece que está dando una homilía. Señores con faldas y gorros puntiagudos que no tienen nada que ver con nuestras vidas y que dicen que van a mediar. Señores que quieren mediar pero no les dejan. Y el patio digital ardiendo. Me da risa todo. Lo veo tan lejos… Ah, y vecinas y vecinos que cuelgan trapos rojos y amarillos y siguen con su vida miserable, de paro, jornadas laborales interminables y mal pagadas, sanidad de mierda y educación deteriorada.

Hoy la luna luce maravillosa, en este mes de octubre caluroso y convulso. Y mañana saldrá el sol, para iluminar vuestros ridículos juegos. Lo sencillo persiste, espero que no acabéis con ello.

Bienvenido, 2017


Cuando llega el fin de año, echo la vista atrás. Es increíble la de cosas que da tiempo a aprender en un año. Hace tiempo que intento no dejar cabos sueltos en mi vida, aunque, a veces, se queda más en intención y deseo que en hechos reales. Harta de romper con la vida, solo deseo tejer la madeja lentamente. Harta de excesos, me dan igual cada vez más cosas. Y solo voy hacia adelante, sin esperar a nadie que no quiera venir conmigo. 

Los dolores de la infancia y la adolescencia vuelven de vez en cuando, pero mis hijos me han sanado en gran medida. Ser capaz de establecer una relación de apoyo y cariño con ellos me ha servido para olvidar gran parte de mi historia y a verme con ojos nuevos. Renacer en la nueva generación es un must, y este año que se va ha sido muy importante. A los mayores les veo progresar con energía, con ilusión, con sensatez y con muchas ilusiones. Nunca vi en ellos esos adolescentes que solo se interesan por su pelo, su ropa y sus videojuegos de los que habla la gente. Ellos siempre han estado interesados en sus amistades, tienen aficciones interesantes, les gusta leer, dibujar. Les gusta la música y disfrutan con ella. Y ya empiezan a poner piedras en su camino de salida al mundo.

Los pequeños son felices. Se nos avecina una adolescencia 2, pero ya hemos aprendido y tenemos recursos para enfrentarnos a los cambios que se avecinan. Porque, en la vida, si no aprendes de las experiencias, es como no haber vivido. Aprender todos los días y de cada suceso. Y no rendirse: ese es el truco. Seguir con la ilusión de continuar creando y recreando tu propia vida. Nunca es demasiado tarde para aprender. 

Es verdad que hay gente que nunca aprende. Son las personas que nos enseñan a tener compasión. A veces es difícil, y solo tienes ganas de gritarles para que aprendan. Pero cada cuál tiene su propio camino, sus oportunidades perdidas, sus karmas, sus desgracias y sus miserias. Compasión y paciencia: es un gran aprendizaje. Y no siempre lo consigo, pero tengo buenos maestros. 

Y ahora, a celebrar. Que la salida del año sea genial y que tengáis muchos propósitos para el 2017. Os deseo lo mejor. A seguir aprendiendo. 

El colegio de mis hijxs es el mejor

Hay mucha gente que llega a mi blog y, cuando lee los post sobre educación, se lamenta de mi mala suerte con el colegio de mis hijxs. Nada más lejos de la realidad: creo que encontré el mejor colegio posible en el lugar donde vivimos. Es un colegio público normal y corriente, con maestras y algún maestro comunes, alguna maestra maravillosa y algunos esperpentos educativos. Como en cualquier colegio público de nuestro país. Nada fuera de lo común. 

Lo que es cierto es que siempre he tenido mi responsabilidad de madre muy presente: si mis hijos son tratados injustamente, si sufren, si lo pasan mal, si no se asegura su bienestar físico y psicológico en un lugar al que tengo la obligación de llevarles, pues yo les defiendo e intento conseguir que la situación que les hace sentir mal, desaparezca. Es entonces cuando te encuentras con un muro delante, con una resistencia a ese derecho que tenemos de estar seguras de que el sitio en el que dejamos a nuestros pequeños es un sitio adecuado para su desarrollo. 

Cuando mis hijos comenzaron a ir al colegio, hace ya mucho tiempo, una de las cosas que hizo que saltase la alarma es que les sacaban sin abrigo al recreo. Ya sabéis que los primeros años de cole son un sinvivir con los mocos, las bronquiolitis y demás. Pues bien, fui al colegio a hablar sobre el tema, pensando que sería un despiste, algo sin importancia que se resolvería con sentido común. Cuál sería mi sorpresa, cuando la maestra me dijo que ella no podía perder el tiempo en que 25 niños y niñas de 3 años se pusiesen el abrigo para salir. No me quedé ahí, y fui a hablar con la jefa de estudios, una persona bastante sensata que me aseguró que los niños y niñas saldrían con abrigo. Pero volvió a suceder. En esta ocasión hablé con el director, un personaje bastante peculiar que leía el periódico con los pies sobre la mesa y fumaba en los servicios cuando se prohibió fumar en los espacios públicos. El director se rió por mi preocupación y me dijo que esas cosas pasan y que no me tenía que preocupar tanto. 

Fue entonces cuando les tuve que recordar que, cuando dejamos a nuestros hijas e hijos en el colegio, esta institución se hace responsable de su bienestar físico y psicológico y que sacar a los niños al recreo sin abrigo, cuando las maestras salían bien abrigadas, incluso algunas con bufanda y guantes, era una canallada. Desde es momento se empezaron a tomar las cosas en serio. Es increible que haya que acudir al colegio hasta en 3 ocasiones para conseguir algo que es tan de sentido común. 

Ese año aprendí que el sentido común no es algo que funcione cuando se trata de cambiar las prácticas de una institución que funciona a la española, bien con la ley del mínimo esfuerzo y de manera negligente o bien con una mentalidad pedagógica de siglos pasados. Este último fue el caso de una maestra que, una tarde, llegó a mandar la friolera de 50 operaciones matemáticas para el día siguiente. Mis hijos estaban en 2º de primaria y tenían un hermanito de meses, al que yo sentaba en la mesa del comedor mientras me ponía a ayudarles con los deberes. Esa tarde se hizo interminable, no podíamos ir al parque, no podíamos salir a comprar y mis hijos lloraban por tener que hacer una cuentas inútiles (sabían sumar perfectamente) pudiendo estar haciendo cosas mucho más interesantes. Fue entonces cuando empezó mi divorcio de la escuela. ¿Por qué tenía una institución ajena marcar los ritmos de nuestra casa, nuestras actividades y nuestras relaciones? Desde entonces, todo fue mucho mejor y más relajado. 

Por lo demás, exceptuando hechos puntuales, como una cuidadora de comedor que le pegó a mi hijo (deberían poner mucho más cuidado con la gente que contratan para esos menesteres) y poco más, nunca he tenido grandes problemas con el colegio. Todo lo que planteo sobre la educación es una crítica al sistema educativo español, a las cosas comunes que suceden: los métodos decimonónicos, la filosofía caduca del esfuerzo y el sufrimiento en el aprendizaje, la infantilización de las familias y las malas prácticas en general. Por supuesto que hay colegios y maestros/as que son diferentes, pero hoy por hoy son excepciones que confirman la regla. 

Por suerte, mis hijos son lo que habitualmente se llama “buenos estudiantes”. Ahora, ya mayores, se quejan tanto como yo de las limitaciones del sistema educativo español. Estas limitaciones no se resuelven cambiando de centro. Quizás se resolviesen cambiando de país o educando en casa, pero hoy por hoy no tenemos pensado mudarnos ni dejar de trabajar. Por lo tanto, tenemos que conformarnos con lo que hay y luchar por cambiarlo. Y eso es duro: siempre te vas a encontrar con gente a la que tu forma de relacionarte con la escuela no le parezca bien. Yo empecé siendo una madre super implicada, hasta que me di cuenta que no encajaba en el perfil de madre implicada, porque tenía ideas propias de cómo debería funcionar el sistema. Así que, ahora, tengo claro que lo importante es lo que mis hijos aprenden después del colegio. Me centro en mi función educativa e intento que el colegio no interfiera mucho. Si mis hijos me piden ayuda, se la doy, pero no me desvivo por ser la madre perfecta que el colegio quiere que sea. 

Al final, todo esto es un tira y afloja. Todas nos acabamos adaptando lo mejor posible a los recursos que te ofrece tu entorno. Creo que mis hijos han sacado un buen partido a lo que tenían a su disposición y se han formado (y en muchas ocasiones, autoformado) para salir al mundo. Están bien preparados. No puedo decir que hayan ido a centros educativos excelentes, pero tienen competencias excelentes: saben hablar en público, se comunican en una segunda lengua tanto de forma oral como escrita, saben encontrar todo tipo de recursos de manera autónoma, tienen pensamiento crítico y formación política, sentido del arte y de la música y, lo mejor de todo, es que son buenas personas, con un sentido de la ética que más quisieran muchos adultos. La pena es que todo esto dependa de la familia de origen y que la escuela no sea capaz de formar a sus estudiantes para que, vengan de donde vengan, desarrollen habilidades y competencias para bucear en la sociedad y sacar partido de ella. 

El nido se vacía

Pensé que nunca iba a llegar el momento en que uno de mis hijos hiciese la maleta para irse de casa. Navego entre el llanto y la emoción. Doblo su ropa tendida y pienso que estoy familiarizada con cada una de sus camisetas y me ruedan las lágrimas cuando pienso que habrá un día en que me sean desconocidas. Soy así de dramática.
Mi niño se va. Con 17 años. Se va detrás de un sueño: la música. Y me siento super orgullosa. Me dice “mamá, creo que tendré que aprender a moverme por Madrid” ,  y recuerdo mis primeras incursiones en el metro, cómo aprendí a calcular la hora a la que salir de casa para llegar puntual, los apretones en el autobús con la cartera a cuestas y sé que lo conseguirá.

Llevo toda la semana diciéndole que prepare las cosas que se quiere llevar a Madrid. He conseguido que haga una maleta. Pero para él, lo más importante es el ordenador y la Play, su último regalo de cumpleaños. ¿Estudiará? ¿Comerá sano? ¿Se duchará? ¿Irá con la ropa limpia y planchada? ¿Me llamará por teléfono? ¿Llegará puntual a las clases?

Es muy curioso estar en esa posición de soltar. El pájaro vuela hacia el horizonte y yo me quedo en casa. Me emociona su vuelo. Me enorgullece. Pero a la vez me asusta y me entristece. Sé que va a estar aquí muchos fines de semana, pero ¿hasta cuando? Conocerá gente, hará amigos y amigas, se enganchará a Madrid igual que nos enganchamos todos. Espero haber sabido convertirme en un lugar seguro al que volver.

#VDLN 109: Macaco (Tengo)

He pasado uno de los mejores veranos de mi vida. De esos para recordar. No es que me haya corrido infinitas juergas, ni que haya vivido aventuras inolvidables. Tampoco he visitado lejanos países ni he conocido a gente inolvidable. Este verano será de esos que se recuerdan dulces como la miel, lentos, mecidos por las olas, respirando la vida que pasa, las vidas que pasan.

Solo recuerdo un verano que me haya dejado una sensación así. Fue un verano de mi niñez. Mi padre había estado enfermo durante una temporada en el hospital. Yo le había echado de menos tremendamente. Cuando se recuperó, nos fuimos de vacaciones a la playa, como siempre. Disfruté de mi padre como no lo había hecho nunca, libre de conflictos. Puede ser que ese tiempo de ausencia hubiese aplacado las ansias continuas de peleas que se vivían en mi familia. Y el verano transcurrió en paz. Aleluyah. Fue un més de calma, de placer, de cine de verano, sonrisas, arena y olas. Uno de los mejores. Por nada en especial. Solo por el placer que da el estar junto a la gente que te quiere y a la que quieres.

Tengo. Y lo que tengo lo he conseguido a base de transgredir las normas. Tengo hijos de dos padres diferentes. Tengo una pareja que no es el padre biológico de mis hijos. Tengo un puesto de trabajo que conseguí a  base de rechazar la creencia de que allí solo entraban las personas que tenían padrino y a base de persistir, de hacer, de actuar, de seguir haciendo y de sacar de donde no había. Tengo. Y lo que tengo lo mantengo a base de amor y fé en mí misma y en los míos.

Decidí que un no era una respuesta inadmisible. Que podía irme a vivir a otra ciudad, que podía depender de mi propio trabajo, que podía dar a mis hijos una vida feliz en familia, que saldría adelante a pesar de que mucha gente desaprobase mis decisiones y mi estilo de vida. Decidí que podía tener una casa propia, llevarme bien con los padres de mis hijos y tener su apoyo para tomar ciertas decisiones, una vida en pareja de verdad, ser rebelde con el sistema e incluso salir de él para ciertas cuestiones religiosas, jurídicas y médicas.

Mi vida es única. No puedo explicar la vida de los demás a partir de la mía. Te respeto, respeto tus decisiones. Espero que tú respetes las mías. Y si en alguna ocasión te descubres juzgándome porque mi vida no respeta los cánones establecidos párate a pensar qué normas son las que te estás obligando a seguir, qué tradiciones te impones que te impiden ver la salida, qué servidumbres sigues cargando sobre tus espaldas que te mantienen anclada en el sitio en el que estás. Yo soy consciente de las mías: todavía me quedan cosas por pulir. Pero… tengo, y lo que tengo lo mantengo a base de amor y fé.



La ropa de mis hijos

Agustina Alonso https://flic.kr/p/7AuspH

Cuando fui madre, tuve muy claro cómo no iba a vestir nunca a mis bebés. También tuve claro que la elección de una imagen personal es importante, así que nunca he coartado sus gustos y han elegido su ropa en la medida de lo posible. Cuando nacieron, algunas personas tuvieron el detalle de regalarnos peleles de esos que dejan los muslos al aire con camisas de cuellos bordados. Nunca los estrenamos. No me hacía a la idea de ir con un carrito habitado por dos repollos. Más adelante, mi hija desarrolló el gusto por los vestidos largos, rojos “preciosos” y se iba al colegio con ese vestido de nido de abeja y vuelo imposible. A mi me daba un poco de cosa, pero había pasado unos meses en los U.S.A. y me había gustado ese “dejar hacer” a los niños y niñas en cuestión de vestuario. Así que le dejaba hacer y crearse su propia identidad. 

Yo la verdad es que de moda he sabido siempre de poco a nada. Nunca me he preocupado por las marcas y he priorizado la comodidad sobre eso que llaman “elegancia”. Todo ello unido a que no tengo que ir a eventos de esos en los que la gente se disfraza convenientemente y compite por ver quién es el mejor vestido ha hecho que la camiseta de 3 euros y los vaqueros sea mi vestimenta más común. Por eso, nunca les pediré a mis hijos e hijas más de lo que me exijo a mí misma en ese aspecto. Así las cosas, la verdad es que es una ventaja, ya que me salen bastante baratos. 

Por todo esto, siempre he pasado bastante de puntillas por las imágenes de niños y niñas maqueadas como para ir de fiesta. Me horroriza ver a las niñas en los parques con pantys de esos en los que se hacen carreras y a sus madres gritando detrás de ellas para que no se manchen el vestido. Cuando veo fotos de niños y niñas posando para la cámara, me imagino que eso requiere de una intervención sistemática desde el nacimiento, en el que la ropa ha tomado un lugar relevante desde el minuto 1, empezando con el vestido de bautismo, la capota blanca y la esclava de oro. 

Mis hijas/os van vestidos de la misma forma el lunes y el domingo. Por eso, a mi hija le sorprendió mucho que una de sus amiguitas del cole le dijese, mirando con desprecio su ropa, que ella iría muy mona, pero que su ropa de los domingos era mucho mejor. Me lo contó sorprendida, sin comprender. Un día nos encontramos con la amiguita vestida de domingo: abrigo de paño, vestido de enaguas (perdonad que no sea más precisa, no conozco los términos exactos) y lazo de raso en la cabeza. Cosas que en la vida mi hija hubiese escogido para vestir un día de fiesta. 

Y luego está la querencia del pequeño por los chandal y las deportivas. Para todo. Solo osa llevar otro look en los conciertos y las audiciones de la Escuela de Música. Y es un tremendo sacrificio para él. La verdad es que es la mar de cómodo no ser esclavos de los cinturones, los zapatos castellanos, las camisas y las chaquetitas. Los chandal combinan perfectamente en un toque de mano en el cajón. 

Por todo ello, lo de juzgar a la gente por su aspecto exterior, sin fijarse en su discurso, en su lenguaje, en su filosofía, etc., pues nos parece bastante engañoso. Las personas “bien vestidas” lo único que tienen de diferente es más dinero invertido en las telas que llevan encima. Por debajo, todas y todas somos lo mismo: monos y monas desnudas con las mismas funciones fisiológicas. Lo demás, pura vanidad. 

Lo que decía mi madre es un clamor


Hace 16 años, cuando tuve a mis pequeños monster, mi madre alababa continuamente las labores de cuidado de su santo padre (el de los monster). Que si fíjate que los cambiaba, que si fíjate que hacía los biberones, que si fíjate y tal. Yo estaba pringada hasta las orejas, no hace falta decirlo, pero a mí nadie me decía lo bien que lo estaba haciendo. Era mi obligación, mi sino, mi casta. Y además me tenía que sentir mal porque el santo hiciese sus tareas vinculadas a la paternidad. 

Me enfadaba bastante, la verdad. Igual que me enfadé con Errejón cuando publicó este estado de Facebook de David Bravo diciendo: 

Os dejo esta reflexión de David Bravo, tan brillante como necesaria, conciliar y cuidar tiene el mismo valor lo haga una mujer o un hombre.

¿Y por qué me enfadé? Pues porque no hace mucho tiempo, Íñigo Errejón alababa a las personas que renunciaban a su vida y a su familia para dedicarse al partido y les trataba como verdaderos héroes. Podría ponerme a rebuscar en su Facebook para encontrar la entrada en concreto, pero como es una de esas personas dedicadas, tendría que bucear entre miles de estados. Es decir, viva los hombres cuando se dedican al partido, viva los hombres cuando cuidan a sus hijos e hijas, viva los hombres, siempre tan brillantes, cuando dicen que no les alaben, que está haciendo lo que siempre han hecho las mujeres. Nosotras, que llevamos tanto tiempo diciendo lo mismo, ya se sabe que no somos brillantes, sino feminazis de baja estopa. 

En fin, esto tomárselo con humor, hombres conscientes. Ya se sabe que, hagáis lo que hagáis, lo vais a hacer mucho mejor que nosotras. Si hasta he tenido que sufrir mansplainers de hombres que no tenían hijas/os contándome cómo tenía que criar a las mías. Lo mejor es que nosotras nos dediquemos al akelarre y vosotros paséis la aspiradora y cuidéis a las criaturas, además de trabajar y traer el sustento a casa. Sois los putos héroes. Os amamos. 

Feliz día de la madre, Elvira Lindo

Madre ochentera
Ser madre no es para tanto. Somos unas exageradas de la leche. Tanto quejarnos, tanto quejarnos. Que si no tenemos tiempo para nosotras, que si estamos cansadas y no vivimos más que para nuestros hijos e hijas, que si se nos va la vida haciendo cosas para otros… ¡¡¡Pero por favor!!! Elvira Lindo nos da la clave. Hay que ser madres ochenteras, de esas que tenían un hijo y seguían su vida como si no hubiese pasado nada. 

Pero en fin, Elvira. Yo hoy tengo fiesta del día de la madre. Mis hijos me han felicitado (al pequeño he tenido que forzarle un poco) y me han dicho que no quieren buscarse otra madre, que con la que tienen les vale. Y yo les he renovado el título de hijos, que se lo han ganado. Y yo creo que algo tiene que ver que yo les haya cuidado con celo todos estos años. No veo otra forma de hacerlo, será que no soy muy ochentera. La verdad es que van creciendo y cada vez necesitan menos atención, pero aún así prefiero que me sientan a su lado, aunque me llamen pesada, porque sé que lo agradecen y crecen fuertes. Yo solo hago lo que me hubiese gustado que hiciesen por mí: apoyarme, aconsejarme, guiarme con cariño y respeto. 

A ver, Elvira, que yo nunca he dejado de pensar en mí ni he dejado de disfrutar con otros quehaceres. Pero es que cuidar a tus hijos e invertir energía en ellos no es incompatible con todo eso, de verdad. No hay que abandonar a los hijos para seguir siendo tú. Ochentera, setentera o dosmilera, si tienes hijos/as los tienes que criar. Y la crianza va ligada al amor y al respeto, por lo menos para mí, no sé lo que piensas tú. ¿Qué crees que debería haber dejado de hacer para ser más yo? ¿Darles de comer, ayudarles en sus estudios, acompañarles a clases de viola, comprobar que la mochila del campamento esté completa, hacerles el bocadillo del recreo? 

Ya sé, me vas a preguntar por mi marido. Pues mira, no tengo marido. Tengo 3 hijos de 2 padres diferentes y no convivo con ninguno de los dos. Y nos va muy bien. Sus padres les cuidan cuando están con ellos. He de reconocer que la que gestiona sus vidas, va a las reuniones del colegio, les lleva al médico y otras cuestiones administrativas soy yo. Pero esos fines de semana alternos y esos días a la semana son un respiro merecido y que no todas las madres tienen. Y no, no hay abuelas sacrificadas que se queden con ellos o ayuden en su crianza. Como ves soy una mujer y una madre real, quizás no tan de leyenda como la madre de Angélica Schrobsdorff, pero real. 

Pero a ver, Elvira, piensa un poco: ¿Por qué todo el mundo dice eso de “ser madre no es para tanto” y no dicen “ser padre no es para tanto”? A lo mejor porque ser madre SÍ es para tanto, así que necesitamos rebajar un poquito los méritos para que no se nos suba a la cabeza el título de madre ¿verdad? 

Sea como fuere, te deseo un feliz día de la madre y que cumplas muchos más. Si a tí te ha ido bien con tus métodos ochenteros, que no acabo de ver muy bien cuáles son, chapó. Yo me quedo con los míos, que han ido cambiando a lo largo del tiempo afortunadamente. Y que seas muy feliz.