Espiritualidad

Bienvenido, 2017


Cuando llega el fin de año, echo la vista atrás. Es increíble la de cosas que da tiempo a aprender en un año. Hace tiempo que intento no dejar cabos sueltos en mi vida, aunque, a veces, se queda más en intención y deseo que en hechos reales. Harta de romper con la vida, solo deseo tejer la madeja lentamente. Harta de excesos, me dan igual cada vez más cosas. Y solo voy hacia adelante, sin esperar a nadie que no quiera venir conmigo. 

Los dolores de la infancia y la adolescencia vuelven de vez en cuando, pero mis hijos me han sanado en gran medida. Ser capaz de establecer una relación de apoyo y cariño con ellos me ha servido para olvidar gran parte de mi historia y a verme con ojos nuevos. Renacer en la nueva generación es un must, y este año que se va ha sido muy importante. A los mayores les veo progresar con energía, con ilusión, con sensatez y con muchas ilusiones. Nunca vi en ellos esos adolescentes que solo se interesan por su pelo, su ropa y sus videojuegos de los que habla la gente. Ellos siempre han estado interesados en sus amistades, tienen aficciones interesantes, les gusta leer, dibujar. Les gusta la música y disfrutan con ella. Y ya empiezan a poner piedras en su camino de salida al mundo.

Los pequeños son felices. Se nos avecina una adolescencia 2, pero ya hemos aprendido y tenemos recursos para enfrentarnos a los cambios que se avecinan. Porque, en la vida, si no aprendes de las experiencias, es como no haber vivido. Aprender todos los días y de cada suceso. Y no rendirse: ese es el truco. Seguir con la ilusión de continuar creando y recreando tu propia vida. Nunca es demasiado tarde para aprender. 

Es verdad que hay gente que nunca aprende. Son las personas que nos enseñan a tener compasión. A veces es difícil, y solo tienes ganas de gritarles para que aprendan. Pero cada cuál tiene su propio camino, sus oportunidades perdidas, sus karmas, sus desgracias y sus miserias. Compasión y paciencia: es un gran aprendizaje. Y no siempre lo consigo, pero tengo buenos maestros. 

Y ahora, a celebrar. Que la salida del año sea genial y que tengáis muchos propósitos para el 2017. Os deseo lo mejor. A seguir aprendiendo. 

No va sobre crianza ni sobre respeto


Seguro que alguna vez os habéis cruzado por las redes sociales con gente que se autoproclama defensora de la Crianza con Respeto (CR). Hasta ahí, todo correcto. El respeto es algo precioso y necesario en las relaciones con nuestros hijos e hijas. Y fomentar la atención cuidadosa hacia nuestros comportamientos en la crianza es muy útil, sin duda, en una sociedad en la que el maltrato a la infancia está normalizado. 

Sin embargo, existe un grupúsculo de madres, que se dicen abanderadas de la CR, que siembran el caos y el desencuentro en las redes sociales. Atesoran bloqueos de cuenta, disputas épicas en hilos kilométricos que duran días y días, tanto en sus muros como en grupos de Facebook. Su afán parece ser la defensa a ultranza de los niños y niñas. Sin embargo, todo se tuerce cuando sus intervenciones toman un tinte mesiánico que te conmina a reconocer tus errores, a flagelarte en público como madre que calló en las garras de la sociedad enferma, a penar día tras día por todo lo que el mundo tiene de malo y de adultocéntrico y de podrido. Y mira, lo tiene. Pero hay ocasiones en que el mundo es maravilloso, las personas que te rodean son amorosas y los niños y las niñas son felices. Y vas tú, pobre de ti, y se te ocurre comentar lo maravillosa que es la vida. O decir que no es tan mala, oye tú. Ahí pierdes puntos como criandera con respeto. No te importa una mierda, pero los pierdes y además lees durante días estados del Facebook dedicados a tu disonancia cognitiva, a tu coraza de hierro y a todo el odio que encierras. 

Si reconocéis todo esto, es que habéis estado cerca de uno de estos grupúsculos de Maternidad Punky, como dice una amiga mía. Y si lo estáis, sabréis que tenéis que ir con pies de plomo con lo que os atrevéis a decir en las redes, no vaya a ser que alguna Pussy Riot de la crianza se de por aludida y tergiverse lo que habéis dicho para convertirse en la mártir de la CR, una víctima maltratada por sus ideales excelsos, por la pureza de sus creencias y por todo el amor que va dejando a su paso. Si esto sucede, tendréis que aguantar falta de respeto tras falta de respeto. Porque ellas, las damas blancas (ups perdón, blancas no, mejor… ¿rosas?) de la crianza, son muy respetuosas con los niños y las niñas, pero a los demás seres humanos les pueden dar mucho por culo. Te insultarán, te difamarán, incluso se permitirán mencionar a tus hijos e hijas en un alarde de sinvergonzonería nivel superior. 

Esta es una de las cosas que mejor saben hacer estas señoras: hablar de los hijos e hijas de otras personas. Se creen con el derecho de decir quién lo hace bien y quién lo hace mal. Se erijen en jueces sumarísimas de mujeres que pasaban por ahí y tuvieron la insensatez de comentar de manera natural algo sobre su vida cotidiana o algo que les pasó en la crianza de sus hijos. Cuantas mujeres no habrán caído en esa trampa y habrán salido dañadas de esas disputas sin sentido, que solo buscan herir al adversario para conseguir la auto-afirmación del grupo. 

Ya con mis hijos mayores, la verdad es que me paso por el forro lo que me diga ese grupúsculo. Ahora andan diciendo que no me arrepentí de aplicar el método Estivill. ¿Pero quién coño son ellas para hablar de mi vida? ¿Quiénes son ellas para hablar de la vida de cualquier madre? Independientemente de que el método Estivill me parezca una basura con la que un sinvergüenza se lucró, ¿qué derecho tienen estas señoras a decirle a nadie que se arrepienta humildemente de lo que hizo? Y lo peor es que, aunque yo me lo pase por el forro, estas actitudes de secta mesiánica con su gurusa a la cabeza hacen daño a muchas mujeres que están en momentos muy vulnerables de su crianza. Eso no me da lo mismo. Eso me cabrea mucho: que en nombre del respeto, un grupo de skinheads de la maternidad se permitan ir repartiendo inquina y mala sangre a diestro y siniestro. Eso sí: las malas somos las demás, que tenemos los ojos cerrados a la verdad, nuestra herida primal sangra y no somos capaces de ver la luz que ven ellas, las salvadoras de los niños y las niñas en un mundo de adultos rapaces y crueles. 

El perdón es una cuestión de género

La filmografía occidental está llena de historias en las que alguien que ha sido gravemente maltratado, abusado u ofendido en su infancia o adolescencia, cuando llega a la edad adulta se convierte en un peligroso y sangriento asesino en serie. Eso sucede normalmente en el caso de los hombres. Es, según el imaginario serie B, su forma de sublimar las heridas. Sin embargo, aunque últimamente van apareciendo antiheroinas que se cobran la venganza por su triste infancia, la respuesta femenina a estas afrentas suele ser la locura, la enajenación, la depresión y la histeria. 

Es en este contexto en el que aparece el discurso del perdón. Este discurso, aunque no lleve inscrita de manera explícita una marca de género, va dirigido normalmente a las mujeres. Esto no quiere decir que a todas las mujeres y a ningún hombre se le sugiera que es mejor perdonar para sanar las heridas, no nos vamos a poner #notallmen #notallwomen, sino que hay un sesgo culturál que funciona insistiendo de forma persistente a las mujeres que deben sanar sus heridas perdonando. 

Quizás esto sea porque ellas son las ofendidas con mayor frecuencia. Y también porque no nos interesan las mujeres rencorosas, enfadadas y vengativas. Tengamos en cuenta que en las mujeres recae el peso de los cuidados. Nos interesa que las mujeres hagan piña con la familia y no la abandonen por un quítame ahí estas pajas. Da lo mismo lo que haya pasado en tu infancia y tu adolescencia: una buena hija perdona y contribuye a los cuidados familiares. 

Si ponéis en google la palabra “perdón” encontraréis cientos de artículos intentando convencernos de las necesidades de afrontar este proceso. Nos cuentan lo bueno que será para nosotras, lo liberador, lo sanador. Pero yo me pregunto si es el perdón lo que sana realmente. Perdonar implica dejar de sentir la necesidad de tomarse la revancha. ¿Pero implica también volver a los roles iniciales de madre-hija-esposa-hermana-nieta con respecto a tus ofensores/as? ¿Quiere decir que, una vez que has perdonado, todo vuelve a ser como el principio? Oh, espera. Si es que el principio es el estado en el que la víctima fue ofendida y maltratada. ¿Quiere decir que la persona que perdona tiene que volver a exponerse?

El proceso de perdón tal y como la sociedad lo entiende es problemático y contradictorio a este respecto. No podemos pedir a la gente que haga borrón y cuenta nueva y hacerles creer que, desde ese momento todo será idílico y habrá paz y salud en su vida. El perdón es un proceso inscrito en una red de relaciones interpersonales, e implica, por tanto, hacer cosas y dejar de hacer otras. Importa menos que perdones o no a una amiga que te ha despreciado y difamado a que perdones a tu madre o a tu hermano. Digamos que a la amiga la puedes perdonar y no volver a verla nunca más, pero a tu familia vas a tenerla siempre ahí, a no ser que haya una dolorosa ruptura. Y esta ruptura está muy mal vista socialmente y es un tabú que aparece hasta en los 10 mandamientos: “Honrarás a tu padre y a tu madre”

El perdonar, por tanto, significa, además de un proceso psicológico, un cambio en las acciones. Y este cambio en las acciones te pueden volver a situar en la misma posición en la que estabas previamente: una situación de desventaja en la que la persona ofendida deja sus deseos de revancha pero en la que no se dice nada de los sentimientos del ofensor. Nunca se habla de la necesidad de arrepentimiento para que haya perdón, excepto en los confesionarios. 

Quizás deberíamos alejarnos del concepto judeocristiano del perdón y hablar de una transformación interna que implica el vaciarnos de la ira y el rencor hacia la persona que nos ofendió pero no el deber de resituar a esta persona en nuestra red de relaciones sociales. Sin embargo, hemos de tener en cuenta que esta redefinición del perdón no contribuye al mantenimiento del orden social. La víctima se libera del daño infringido, pero deja de ser un eslabón en el sistema viciado de la familia en la que sufrió. Aquí, miles de voces presionarán por el perdón tradicional y la vuelta al nucleo para ocuparse de su parte de cuidados y hacerse cargo de la herencia. 

Todo es un espejismo

 
 Vivimos en un espejismo de mierda. Todo podría ser de otra forma si, al levantarnos por la mañana, nos pusiésemos de acuerdo para que las cosas fuesen de otra manera. Pero seguimos alimentando este infierno que hemos creado día a día, acto a acto. Sí, todo esto está forjado sobre los actos individuales de millones de personas. ¿O creéis que hay algo superior que regula el funcionamiento de nuestro mundo?

Reaccionamos al deseo, al hambre y a la sed de sustancias y de experiencias. Solo el hambre, la sed y el deseo regulan todo nuestro mundo. Queremos tener el estómago lleno, que el sol nos de en la cara, tener nuestros orgasmos y que nuestros hijos vayan a la universidad. O simplemente que se casen y poderles dar una dote. O que lleguen fuertes a cierta edad para que puedan trabajar en la fábrica de Inditex y traer cuatro perras a casa. 

No somos nadie sin nuestra ración diaria de soma. La wifi nos da conexión a la comunidad virtual, y todos lloramos al unísono. Es terrible lo que está pasando. Je sui todos los muertos del mundo. Llega la hora de cenar. Deja el móvil y atiende a la tele. ¿Qué tal en el cole? Bien, la maestra me puso una pegatina por tener el cuaderno ordenado. Eso me dará grandes competencias para sobrevivir a los bombardeos el día de mañana y a la puñetera apocalipsis zombie que nos llevan vendiendo durante años y años. 

Bueno, no os preocupéis. Todo esto son ideas inconexas de un día después. Uno más. Un día más en el que saltan miembros por los aires. En los que salen listas de muertos en los periódicos. Pero qué más da. Al final todos moriremos, de una forma u otra. Estaremos en una lista o en una esquela. Todo acabará. Habrá una glaciación, una tormenta solar, una guerra nuclear o un cataclismo masivo que acabará con nosotros, una mota de polvo en un universo infinito. Y ya seremos nada. Y ninguna mente nos recordará. Fin. Descanso. Nada. Muerte. Vida. 

Soltar

El alma humana es compleja. Mucho. Necesita de un depurado y abrillantado continuo, de un cuidadoso aprendizaje que se produce de forma muchas veces dolorosa. Nos encontramos, nos alejamos, nos encontramos otra vez. No tiene nada de esotérico el decir que aprendemos de cada persona con la que nos relacionamos, sea nuestra experiencia buena o mala. Y a veces hay que saber discernir muy bien qué personas nos aportan un aprendizaje y cuáles han dejado de contribuir a la causa de nuestra construcción como almas expertas.

Fijaos que me cuesta mucho ponerme en plan “qué buena soy y cuanto amor desprendo”. Es una actitud que considero manipuladora y falsa en muchos sentidos. Pero hoy voy a intentar ser un poco menos Killer que de costumbre. Hay gente que tiene dolor dentro. Hay gente triste. Y esa tristeza se convierte en agresión gratuita cuando menos te lo esperas. Y una, que está acostumbrada a defenderse, pues se defiende. ¡¡Pero no!! He descubierto dos armas mucho más infalibles: la autoestima y la compasión.

Una persona que se estima y se quiere a sí misma es una roca. Es preciso amarse para no perturbarse ante los ataques de una persona triste. Porque una de las formas de expulsar la tristeza cuando no la sabes aceptar y dejar fluir es situarla en el otro o la otra. Y el mecanismo es sencillo: buscas los pilares de la persona que tienes enfrente y los dinamitas. ¿Que la persona se siente orgullosa de su familia? Le preguntas si es feliz estando todo el día en casa cuidando de sus hijos/as. ¿Que la persona tiene una afición que le motiva y le aporta buenos momentos? Pues es la afición más tonta del mundo, que lo puede hacer cualquiera y además no sirve para nada… cosas así. Pero si conoces el mecanismo y tu autoestima es alta, nada podrá conmover esos pilares. Y aquí es donde entra la segunda arma: la compasión. 

A ver, la compasión no es sentir pena por alguien (al menos en el sentido en que uso aquí el término). La compasión, desde un punto de vista budista (y no, no soy budista pero me gusta la compasión en ese sentido) es un sentir-con. Es una forma de empatía y solidaridad. Es el comprender por qué la otra persona está haciendo eso y además no enfadarse. Es una forma de consciencia sobre los sentimientos y motivaciones del otro/de la otra. Es lo que nos permite no romperle la cabeza a alguien (en sentido figurado) cuando nos está intentando joder. Lo que nos permite dejar pasar esa pullita innecesaria, ese comentario malintencionado y conseguir situarlo en un contexto. Esto no quiere decir que sigas como si nada estuviera pasando, pero sí aporta una paz inmensa, evita conflictos presentes y previene de situaciones incómodas futuras. 

Y la conclusión: soltar. Soltar porque nos lo merecemos: merecemos a nuestro lado a personas que cuiden nuestros pilares y los valoren, igual que nosotras cuidamos y valoramos los suyos. Soltar y aprender a tratar con cariño los pilares de tu prójimo. No intentar dinamitarlos para disipar tu tristeza. No juzgar la validez de esos pilares. Acompañar en el camino y cuando las sendas se bifurquen, despedirnos sin estridencias, sin reproches, con un beso y un adiós. 

La píldora de la felicidad

Es bien sabido que existe un sesgo de género en cuanto a la prescripción de ansiolíticos y  antidepresivos. En atención primaria, se receta con mucha más frecuencia este tipo de fármacos a mujeres que a hombres. ¿Qué pasa con las mujeres? ¿Somos más propensas a los desórdenes mentales? ¿Nos condiciona nuestra genética y nuestras hormonas a sufrir con más frecuencia ataques de ansiedad y depresión? ¿Somos la versión postmoderna de las victorianas histéricas que acudían a la consulta de Freud para psicoanalizarse y recibir sesiones de hipnosis?191007

Pongámonos en situación. El trabajo, la casa, los niños, son demasiadas cosas para una sola persona. Nuestra pareja también trabaja, y aunque colabora en el hogar (las veces que podemos decir esto, reconocedlo, no son muy abundantes) no asume la responsabilidad de la misma forma que lo hacemos nosotras. Plancha, comida, reuniones en el colegio, aseo de los niños, llevarles al médico, comprar el material escolar, ir a la reunión de trabajo, preparar los informes del mes, corregir trabajos y exámenes, estar presentable para salir a la calle… al final la montaña se va acumulando sobre los hombros y nuestra salud se resiente. Y empezamos a pensar si somos tontas o qué. Si es normal que toda la responsabilidad de una familia recaiga sobre los hombros de una sola persona. Mientras, vemos imágenes en la tele de casas perfectas, niños inmaculados, mujeres a la última con peinados perfectos que llegan a la oficina como si tal cosa y, cuando vuelven, todo está listo para seguir la rutina hogareña. Ah, y no lo olvidemos: la relación de pareja también es perfecta.

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Es entonces cuando se produce el crack. Y es aquí donde tenemos distintos caminos que elegir, que dependen de la forma en la que definimos el problema

1) Hay mujeres que achacan el ataque de nervios a su desordenada salud mental. No solo ellas: toda la sociedad lo hace. Una mujer que se descompone, sufre ataques de ansiedad, llora, chilla, es y siempre ha sido una histérica. El problema está en su interior: si no sabes regular tus emociones, si no consigues respirar y contener toda esa ira que mana de tu interior, eres una enferma mental. Es entonces cuando las mujeres acuden al médico y éste, que ya está acostumbrado a este patrón, les receta ansiolíticos y antidepresivos. Problema resuelto. La píldora de la felicidad como droga legal hace su trabajo, el mismo que hace el alcohol de manera menos aprobada por la sociedad. Ahogamos nuestras penas en las pastillas y el problema está resuelto, porque hemos definido el problema como nuestra reacción emocional desajustada a nuestro mundo circundante. Es el mismo proceso que observamos con el diagnóstico de TDAH y su medicalización: si el niño es “muy movido”, un diagnóstico de hiperactividad y la posterior medicalización con Ritalín resuelve el problema definido desde el interior del individuo.

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2) En segundo lugar, hay mujeres que tiran por el camino de la psicología positiva. Leen a Paolo Coelho, a Fisher, a Dyer. Se gastan una pasta en literatura de autoayuda y en clases de yoga. En este proceso, aprenden muchas cosas y mejoran su forma de pensar y su salud tanto física como psíquica. Sin embargo, en ese proceso descubren que hay cosas en el exterior que no cambian cuando cambia tu interior. Que un proceso de comunicación sana depende de ambos interlocutores, y que si el otro no está dispuesto a cambiar las normas del juego, por muy buena comunicadora que hayas aprendido a ser, hay escollos insalvables. Cuando vuelves de tu clase de yoga, la montaña de tareas sigue esperándote agazapada en el hogar. Aquí, el problema vuelve a estar definido desde el interior del individuo, aunque hay un paso hacia el exterior. Hemos resuelto parte del problema: nos sentimos mejor. Pero el exterior sigue siendo el mismo: demasiadas tareas para una sola persona, demasiadas exigencias, falta de comprensión, balones fuera, etc.

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3) La tercera vía nunca la recomiendo sin haber pasado por la segunda, aunque esto no será garantía de que no perdamos los nervios más de una vez. Esta tercera vía consiste en abordar el problema de cara. Coger el toro por los cuernos. En este camino hay mucho de ruptura, de aceptación y de cambio. En esta vía no tememos el conflicto: lo afrontamos como herramienta de transformación. Es cierto que este camino puede conducir a cambios drásticos. Implica definir el problema desde el exterior. De esta forma, nuestra relación de pareja, nuestras relaciones familiares, sociales y laborales se ven cuestionadas. Es la hora de un cambio que favorezca nuestra salud física y mental. La forma de resolver este problema puede ser muy diferente en distintos casos, pero en esta vía no nos sometemos a la opresión de la medicalización, que nos culpabiliza y aplaca nuestras emociones, que nos mantiene en la posición de que el problema somos nosotras.

Bien hermanas, toca pensar qué debe cambiar en nuestra vida para dejar de derrapar. La píldora de la felicidad es una solución pasajera que nos mantiene dormidas. No digo que no haya casos extremos en los que sea necesaria (nunca la he probado, la verdad), pero no me creo que las mujeres padezcamos más depresión y ansiedad por naturaleza. El recurso a la pastilla es la vía fácil que nos ofrece, sí, lo  voy a decir, el patriarcado para aplacar nuestro inconformismo con la situación a la que nos vemos sometidas. Antes, la santa inquisición quemaba a las brujas. Ahora las droga para que estén tranquilas y sin armar mucho alboroto. 

Lo sé, no estoy dando ninguna solución, ni siquiera un mísero decálogo. Pero es que no hace falta. Lo único que necesitamos es observar, evaluar, aceptar y actuar. Ninguna solución es rápida ni definitiva, pero lo que hay que tener claro es que lo importante es la forma en que definimos el problema. 

Limpiando

Hace unos días, un post en la página de Psicología para mamás hablaba de los cambios externos y su repercusión en los cambios internos. El fragmento que me llamó la atención fue el que decía: Nuestro caos en los armarios, o nuestra adicción a determinados programas, nuestro miedo a cortarnos el pelo o cosas tan mundanas tienen su reflejo o su raíz dentro nuestro. Así pues, si mueves los muebles de tu comedor, algo se mueve en tu interior, si vacías tu armario de ropa que ya no usas, viejos pensamientos u hábitos se ven removidos, limpiezas que quitan telarañas del alma y provocan emociones y sensaciones…”

Eso me recordó que tenía que hacer la limpieza anual de la casa. Esto de limpieza anual debe sonar raro. A mí al menos me suena rarísimo. Pero a lo largo del curso escolar me es imposible dedicarme con cariño a la cueva que habitamos. Es un proceso de desgaste y acumulación de polvo y pelusas impresionante, pero no encuentro la forma de mantener el orden y la limpieza de forma constante si pretendo ocuparme de cosas tan fundamentales como el trabajo, la comida y el ocio. 

Cuando llega el momento de la limpieza anual me pregunto cómo hacen algunas mujeres para mantener siempre la casa limpia y ordenada. Me imagino que es cuestión de cambiar de hábitos. Hay que sustituir unas acciones por otras. Por ejemplo, en vez de levantarse a las 7 y acostarse a las 12, levantarse a las 6 y acostarse a la 1. O en vez de estar escribiendo esta entrada, estar pasando el trapo del polvo y la fregona por el salón. 

Lo que es cierto es que yo tardé en darme cuenta de que la limpieza es una cuestión de rincones y lugares ocultos. Puedes limpiar mucho por encima, lo que se dice pasar el trapo, la escoba y la fregona varias veces por semana, y la casa cada vez está más sucia. Porque son los lugares inaccesibles y no visibles los que acumulan más cantidad de porquería y los que cuesta más limpiar. Para conseguir una limpieza a fondo hay que mover muebles, agacharse, restregar, buscar los rinconcillos desatendidos del espacio que acumulan esa capa de polvo que solo creía posible en las mansiones abandonadas. 

No es que me haya poseído el espíritu de una maruja (o sí). Lo que ocurre es que, mientras limpio, me da por pensar en todo lo que acumulamos, en todo lo que desechamos, en toda la mugre que producimos. Pienso que, viviendo en plena naturaleza, el problema del polvo desaparecería. Que es enfermiza la cantidad de cosas inútiles que me rodean. Que esto no puede ser sano. Una cueva es una cueva. Cama para dormir, techo para guarecerse, y algún que otro utensilio para el asueto. Pero necesitaría 5 vidas para leer todos los libros que hay en mi casa, escuchar todos los discos, llenar todas las hojas en blanco y jugar con cada uno de los juguetes que se amontonan en los cuartos. 

Al menos dos veces al mes se escucha una voz que ruge desde mi interior y sale al exterior: “Este fin de semana os voy a dar una bolsa de basura a cada uno y vais a tirar todo lo que no necesitéis”. El problema es que parecen necesitarlo todo. 

Llega el momento de la limpieza anual. Los niños se han ido de vacaciones. Estoy sola ante el despropósito de cueva llena de montañas de cosas absurdas e inútiles que nos impiden el paso. Solo hoy he llenado dos bolsas grandes de deshechos, y solo he limpiado medio salón. Mañana será otro día. Necesitaré un camión que se lleve todo lo que voy a tirar, a dar o a donar (eso ya lo pensaré). Pero cuando termine, la cueva será un espacio respirable y diáfano. Necesito aire para respirar. Necesito vacío. Necesito la nada. 

INTUICIÓN

Intuición
Intuición

La intuición no es nada extraordinario. No creo que sea nada mágico. Es simplemente aprender a usar una forma de conocimiento que tenemos muy desterrado en la sociedad actual, en la que todo es tan explícito. No consiste más que en saber leer entre líneas y en no olvidar las lecciones que la vida ya te ha dado. Y en estar conectada con una misma, claro.

Intuir la frescura en una persona es lo más maravilloso que puede pasar. A pesar de que esa persona pase por una mala época. A pesar de que esa persona no diga siempre lo que queremos oír. A pesar de que no sea capaz de dar en ese momento lo mejor de sí misma. Poder ver ese tesoro es el mejor don del que nos puede dotar la naturaleza. Porque es algo natural poder ver a través de las personas, conocer sus debilidades y sus miedos, sus fortalezas y sus cualidades. Pero lo auténticamente valioso de ese don es usarlo a favor de los demás, y nunca en su contra.

Solo reconociendo nuestros propios miedos y debilidades somos capaces de entender los miedos y debilidades de las demás. Sólo así podemos comprender que no estamos solas, que el mundo es una red de apoyos y caricias mutuas. Una persona intuitiva sabe qué es lo que más le dolería al otro. Su grandeza no está en la capacidad de percibir, por tanto, sino en la capacidad de usar ese conocimiento de la manera adecuada. ¿Y cuál es la manera adecuada? La respuesta a esta pregunta es bastante difícil, porque normalmente lo que es adecuado para alguien puede no serlo para los demás. Por eso, creo que lo que hay que buscar es el equilibrio y el bienestar.

El equilibrio y el bienestar solo se consiguen con la paz. La paz es un estado. Quedamos en paz cuando todo queda dicho, cuando hemos hecho lo que hemos podido, cuando hemos dado lo que teníamos que ofrecer, cuando hemos actuado de forma honesta, cuando hemos aportado nuestro granito de arena, cuando no callamos lo que nos quema en la boca, cuando callamos lo que no merece la pena decir y dejamos que se disuelva en la nada. Pero sobre todo, se consigue cuando sabemos apreciar el pequeño tesoro que hemos obtenido con nuestros actos.

Mi pequeño tesoro es un grupo de gente muy selecta. Un grupo de gente en la que confío. Ese grupo de gente en el que puedo ser yo misma, sin recovecos comunicativos complejos. Mi intuición me dice que he hecho lo correcto y he ganado en paz, cariño y seguridad. Mi alegría está a salvo: puedo seguir riendo tranquilamente, sin que mi intuición me esté mandando señales día y noche: cuidado, que donde hay amargura hay envidia y engaño. Cuidado.

Y no es que mi pequeño tesoro carezca de problemas, no. Pero los miran de frente e intentan solucionarlos. No buscan la energía de los demás para nutrir su vacío, sino que la energía se recicla y se reutiliza en grupo. Un día aporto yo, otro tú, y entre todas nos nutrimos y nos damos. Reímos a carcajadas, lloramos a lágrima viva, sentimos el dolor de la otra y su alegría como si fuesen nuestros. Esta es la última entrada que escribo sobre este tema. Esta es la última vez que hablo de un proceso que ha acabado. Otra etapa empieza, otro ciclo. Vivimos en ciclos, y en cada vuelta aprendemos una lección. En nuestras manos está saber sacar la moraleja y usar nuestra intuición para progresar. Nunca para manipular.

LA AMISTAD

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Se habla mucho de las amigas y los amigos, pero poco de la amistad. La amistad es una relación afectiva que implica camaradería, aceptación, placer conjunto, sinceridad, fidelidad, pero también tiempo, desacuerdos, conflictos y vivencias comunes, muchas vivencias comunes. La amistad implica responsabilidad, y por eso me asusta que se banalice sobre ella. No me llames amiga si no me conoces, no me has vivido en mis luces y mis sombras, si no te has peleado conmigo alguna vez y hemos sonreído en la reconciliación. No me llames amiga si no confías en mi: mis amigas y amigos saben que nunca les traicionaría, ni siquiera un poquito, ni siquiera bajo tortura.

Los juicios no caben dentro de la amistad, y si caben son reconocidos como parte de nuestra absurda tendencia a juzgar. En una relación de amistad el cariño va ligado a cada aspecto de la persona que es tu amiga. Con sus maravillosos defectos y sus enormes virtudes. Porque la amistad deriva del conocimiento, de la aceptación y del placer que te produce compartir tu vida con esa persona.

Una relación de amistad se puede mantener por muchos medios, pero sus comienzos tienen lugar siempre en un momento mágico para las dos personas. Y ese momento se guarda siempre en el corazón de las amigas y los amigos. Ese momento es especial porque algo cambió en tu mundo al incluir a esa persona en tu baúl de amistades. Y ese cambio perdura en ti hasta la muerte y forma parte de tu vida.

Al igual que en el amor, la amistad requiere compatibilidad de caracteres. Al igual que las relaciones amorosas, las relaciones de amistad pueden romperse. No es verdad que todas las amistades duren para siempre, aunque tengamos la suerte de encontrar a personas que nos acompañarán durante toda la vida. El camino nos ofrece cambios, y los cambios pueden transformar nuestra compatibilidad de forma drástica. He oído a muchas mujeres decir que con la llegada de sus hijos hubo amistades que quedaron en el camino, que no integraron sus nuevas circunstancias en el contrato amistoso. Eso no nos debe apenar… o sí, pero asumiendo que así es la vida. Cada persona que encontramos en nuestro camino nos ofrece una joya de aprendizaje, incluso con las que no sintonizamos en absoluto, y merecen nuestro agradecimiento sincero.

Debemos diferenciar la amistad del amigamiento. El amigamiento es un fenómeno que consiste en expresar públicamente el afecto hacia una persona sin haber experimentado realmente el vínculo mágico de la amistad. Es un posicionamiento, una celebración de alianzas si me lo permitís. Es una expresión de poder. Cuantos más amigamientos tenga, más influencia voy a tener en el grupo social al que pertenezco. Pero los amigamientos implican un peligro que nunca va a llevar consigo la amistad: la traición y la lucha por el poder. Los amigos, las amigas, no luchan por el poder. Mi poder, amiga, amigo, es el tuyo, y viceversa. Mi poder es contar con tu confianza y que tú cuentes con la mía en cada paso que damos en común, incluso cuando no estamos de acuerdo. Ay, tengo amigas así, con las que sin tener mucha relación física me une una relación psicológica: son mi referente para muchas cuestiones, aunque no estemos en el mismo bando. Pero eso es porque los bandos son artificiales: lo importante es que nuestros objetivos vitales son muy parecidos, nuestros valores éticos y morales confluyen de una manera armónica y sabemos que siempre estaremos ahí para lo que necesitemos.

En definitiva, la amistad es algo maravilloso y raro. Cuando la tienes, sabes que la tienes. Incluso a veces sabes que la vas a tener, cuando conoces a esa persona que te hace vibrar con sus tuits, sus whatsapp y sus actualizaciones de Facebook. Sabes que llegará el momento de abrazarla y, quién sabe, quizás sea el comienzo de una larga y fructífera amistad.