ENTRADAS NO SUBVENCIONADAS

Por qué Carlos González tiene la culpa

  

La entrada más leída de mi blog, con diferencia con respecto a las demás, es Por qué no me gusta Cárlos González, escrita hace ahora dos años. En ella contaba cómo los juicios y sentencias que lanza este gurú de la crianza sobre nuestras actividades como madres son perjudiciales, innecesarias y absolutamente desechables. 

Pero con la decadéncia de este gran gurú, que ahora se ha ido a hacer las américas y tiene gran prensa en países como Chile, lejos de vernos libres de sus juicios, han surgido como setas cientos de clones masculinos. Hombres que escriben sobre crianza, sobre qué tenemos que hacer las mujeres, cómo tenemos que proceder, si debemos o no trabajar, si debemos o no permanecer con nuestros hijos e hijas durante un número de años inespecífico mientras ellos trabajan fuera de casa y traen el sustento, si debemos darles de mamar, etcétera. Estos hombres se hacen protagonistas en los grupos de mujeres, escriben entradas de blog que son leídas miles de veces, hablan sentando cátedra y tienen nutridos clubs de fans femeninas.

Sí, Carlos González tiene la culpa. Él fue el primero que consiguió vivir de nosotras. En la estela de su éxito van otros muchos, atraídos por el gran negocio que representan las madres. Consumimos consejos, devoramos todo lo que encontramos en la red porque carecemos de grupos de referencia fuertes en el mundo no virtual. Nuestra sociedad nos ha enseñado que la voz de la autoridad experta (por lo general masculina) es la que tiene la solución y ahí estamos todas, aplaudiendo extasiadas ante las doctas palabras de cualquier hombre que se suba a la tribuna. 

Ahora se les llama hombres conscientes. Y yo creo que, efectivamente, son muy conscientes de la capacidad que tenemos de admirarles a ellos y despreciar nuestra propia sabiduría. Aunque creo que eso les va a durar poco. Cada vez hay más mujeres conscientes de que la solución está en ellas mismas, que ningún hombre les va a decir cómo deben comportarse y actuar con sus bebés y sus hijos. Incluso la pareja tiene poco que decir en ciertos aspectos que atañen a nuestro cuerpo. Por otra parte, en las redes hay cientos de mujeres con mucha experiencia en el maternaje, la lactancia, la crianza, el porteo, a las que cada vez se presta más atención. Son referencia de grandes grupos y empiezan a acumular gran cantidad de sabiduría a su alrededor. 

Por otra parte, hay algo especialmente preocupante en esos hombres conscientes: comienzan a posicionarse peligrosamente en el bando neomachista, diciendo cosas como que las mujeres ya tenemos igualdad, que tenemos que cumplir nuestra función de cuidadoras porque estamos diseñadas para ello, que los hombres están discriminados en la crianza y necesitan tener un espacio, que necesitan reclaman su vínculo primario con el bebé, etcétera etcétera. Esto, unido a la afirmación que está haciendo Carlos González de que las parejas no se deberían divorciar por el bien de su prole, crea un peligroso caldo de cultivo en el que las mujeres estamos a expensas de un hombre que ocupa la esfera pública mientras nosotras quedamos relegadas a la privada y sin posibilidades de salir de ella. Estamos atadas económicamente a este hombre y moralmente al deber de mantener el núcleo familiar. 

Independientemente de las decisiones que tomemos en la crianza, creo que deberíamos dejar de prestar oídos a la masa enfurecida consciente y masculina y empezar a decirles que agradecemos mucho sus consejos pero que tenemos nuestras propias ideas. Lo de endiosar al macho que habla sobre nosotras ya ha demostrado ser una estrategia fallida. Lo de dar más crédito a los expertos que a nuestras comadres nos ha salido muy caro en la historia reciente de la humanidad y ha terminado con un parto deshumanizado, la lactancia extinguida y los niños y niñas tratados como ratas de laboratorio. Mujeres, empecemos a escucharnos a nosotras mismas y, si los hombres hablan demasiado, quizás debamos pensar en hacer grupos NO MIXTOS. 

INSIDE-OUT NO ME REPRESENTA

  
Me encanta que disney-Pixar haga películas de animación cada vez más curradas, coloristas y emocionalmente desafiantes. Y me gusta verlas y desmontarlas después poco a poco, desgranarlas y desmembrarlas. Cualquier artista desea tener un lector o una lectora que desentrañe su obra y descubra en su interior los tesoros escondidos que depositó en ella. Sin embargo, no estoy segura de que Disney lo desee y por eso se dirige al público más vulnerable, al que se entusiasma con sus entrañables personajes. 

Mi familia reconstituida, una familia que ni por asomo Disney incluirá en su repertorio de arquetipos, ha hecho que vea la película 2 veces: la primera para disfrutarla, la segunda para deconstruirla. Y es que si te gusta el cine y eres madre, pasarás muchos años consumiendo películas infantiles y tendrás la oportunidad de pensar lo que les están vendiendo a tus hijas e hijos.  Y la verdad es que, lo que “del revés” (pésima traducción del título en inglés) quiere venderles, no me gusta. 

El mensaje oficial es que la tristeza tiene su utilidad, lo pillas a la primera y gusta porque te permite desmentir de un plumazo el acoso de los partidarios del positivismo a toda costa. Pero detrás de este mensaje oficial hay otros muchos, que se van desentrañando a medida que piensas en las cosas que la película te plantea como dogmas inamovibles. 

No voy a hablar de los aspectos de género, elementos que ya se han debatido en otros sitios y con los que estoy de acuerdo. Pero he de decir que la madre de Riley, sensata, cuidadora, sin trabajo y con la tristeza como jefa de las emociones, no me representa. ¿Os imagináis estar toda la vida guardando el recuerdo del tío bueno y erudito para salir adelante en una realidad en la que vuestra pareja os parece mediocre? Quizás ese sea el secreto para mantener una impecable familia nuclear que hace que la personalidad de Riley tenga una flamante isla de la familia. Es verdad que la isla de la familia se podría constituir de otras muchas formas, pero Inside-Out ha decidido que sea la tradicional familia nuclear la que presida esta metáfora. Seguro que no soy la única persona con familia no tradicional que se ha preocupado por el efecto de esta reificación en sus hijos e hijas. Yo me he visto impulsada a decirles que ellos tienen un pedazo de isla de la familia como la copa de un pino, con muchas personas adultas ocupándose por su felicidad y su bienestar. Y se sintieron reconfortados con la aclaración, se lo noté en la cara. 

Las películas de Disney está diseñadas desde un supuesto de normalidad. Y los espectadores se ven impulsado a juzgarse de acuerdo a este canon. En este sentido, el concepto de mente que propone la película no es en absoluto inocente. Tampoco coincide con los avances científicos sobre el funcionamiento de la memoria, las emociones y el pensamiento. Por eso me parece sorprendente escuchar a la gente decir “todo lo que ha aprendido sobre la mente” viendo la película. No es este el lugar para hacer un análisis minucioso sobre el modelo de memoria que plantea, en qué momento de la historia de la Psicología quedó descartado ese modelo y cuál es el modelo que se promulga actualmente. Pero sí me gustaría señalar dos consecuencias que se desprenden de la forma que tiene Inside-Out de dibujar la mente humana. 

En primer lugar, el modelo que plantea la película es radicalmente realista. La memoria refleja lo que realmente ha pasado, de forma fidedigna, y solamente matizado por la emoción que tiñe el recuerdo. Este modelo se contrapone a los modelos reconstructivos de la memoria, en los que la mente no guarda el conocimiento sino que lo reconstruye a partir de indicios y de memorias compartidas con nuestros congéneres. En los trabajos sobre memoria de testigos es evidente que esta capacidad humana no funciona como un espejo, y que el ser humano no aprehende la realidad sino interpretándola y haciéndola suya. Varias personas que sean testigos de un mismo hecho pueden rememorarlo de maneras muy diferentes dependiendo de distintas variables personales y situacionales. Por tanto, la verdad absoluta no está ahí fuera para ser reflejada. Pero ya se sabe: el relativismo es uno de los mayores enemigos del pensamiento único. 

En sengundo lugar ¿os imagináis una mente únicamente dirigida por las emociones? El hecho de que una niña decida escaparse porque ha sufrido una mudanza, un cambio de contexto, un trauma en el que no ha sido acompañada debidamente, una pérdida de un círculo de iguales bien establecido, un conjunto de situaciones que afianzaban su personalidad y le daban seguridad y autoestiva, se explica porque alegría y tristeza se han caído de la torre de mando. Vaya. Es una explicacion descontextualizada, individualista, que no nos permite buscar soluciones externas a nuestros problemas y nos impele a culpar al desequilibrio emocional de nuestros actos impulsivos y aparentemente disfuncionales. Así que, si alguien hace algo fuera de lugar, lo más probable es que sufra un trastorno, esté loco, necesite tratamiento, etcétera etcétera. Es una manera estupenda de mantener controlada a la población: establecer el locus de control de los problemas siempre dentro de uno mismo y que la gente no se plantee que quizás lo que haya que cambiar sea el sistema. 

Para los que piensen que esto es “rizar el rizo”, les deseo que sigan disfrutando de las películas infantiles tanto como lo hago yo. Para los que prefieran ir un poquito más allá, solo decir que este es un análisis precipitado y que la película invita a otras muchas interpretaciones que me encantará leer en los comentarios y en otros post. 

Las canas

mujer-pelo-largo

Tengo canas desde los 18 años y desde muy pronto me empecé a teñir. Primero por coquetería, pero después por miedo a parecer una anciana. Ahora resulta que las canas se han puesto de moda y aparecen por doquier un montón de modelos impresionantes con el pelo blanco. Atraída por su bello aspecto, tengo la tentación de dejarme el pelo blanco. Pero ¿cómo?

Mi amor, que para eso es mi amor y me quiere de cualquier forma, dice que me rape la cabeza y deje crecer el pelo. El lo hace a menudo y se deja una especie de cresta en el centro que, junto con la barba larga y canosa, le da aspecto de motero peligroso. Pero yo siempre he sido una niña modosita y acomplejada. Lo de ponerme en evidencia rapándome la cabeza no sé, no lo veo. Lo pasaría mal. Me pondría un turbante y no aguantaría las miradas de compasión de la gente. Serían unos meses larguísimos. Él me dice que es una situación graciosa, cuando haces algo radical con tu aspecto, observar las reacciones de la gente y reírse de ellas. Y seguro que tiene razón, pero mi autoestima no está tan bien amueblada como para abordar ese experimento tan radical.

Otra posibilidad sería dejar crecer el pelo sin teñirme. Ir dejando crecer esa raya blanca que aparece puntual cada dos semanas. Teniendo en cuenta que mi pelo “es” oscuro (me tiño con un 5) el contraste entre la raíz y el resto del pelo sería tremendo. La gente pensaría “mírala, pobre, lo descuidada que va. Habrá perdido la razón de forma definitiva”. Y seguramente la perdería, pues soy muy sensible a mi aspecto exterior y si tengo cara de loca y desquiciada me siento loca y desquiciada. 

La tercera posibilidad sería ir a la peluquería y pedir que hiciesen un cambio radical con transición artificial: una decoloración completa del pelo. ¿En qué condiciones quedaría mi cabeza? No tengo ni idea. Y bueno… no estoy del todo segura de que me gustase el resultado. Cuando me imagino con canas me imagino con cara de anciana. Y a ver, es que empiezo a ser algo anciana, voy camino de los 50. No sé si estoy preparada para dar ese paso tan brusco a la ancianidad. Y tampoco estoy segura de que yo, con canas, tenga ese aspecto tan cool como las modelos que salen promocionando la nueva moda. 

Bueno, al final no sé qué haré, pero intuyo que algo va a pasar. Cuando se me mete en la cabeza que tengo que cambiar algo, no pasa mucho tiempo hasta que lo consigo. Sé que el pelo es una simple excusa, que lo que quiero transformar en mí y en mi entorno es mucho más profundo. Pero hasta que lo averigüe y vaya tomando forma, me conformo con hacer locuras con mi cabeza (que no es poco).

El himen de Leticia

Leticia

Creo que Leticia Sabater no requiere presentación. Esta mujer, que pobló las pantallas de TV en los programas infantiles hace décadas, ha tomado la decisión no solo de reconstruirse el himen y perder su no-virginidad, sino que además de difundirlo por las redes sociales. Twitter es un clamor. Facebook se llena de comentarios sobre el asunto en cuanto publicas algo al respecto. Hay un antes y un después desde que Leticia comunicó que se había reconstruido el himen. 

Pero bajo el clamor de risas y coñas (lógicas) sobre el evento, quizás sea interesante hacer una reflexión seria sobre el asunto. Leticia se ha reconstruido el himen. Ya solo esta simple afirmación tiene su aquel. A saber dónde estaban los restos del hipotético himen original de Leticia. Porque el hecho de reconstruir implica que se construye a partir de unos restos. Y esto, permitidme que os lo diga, es imposible. No me voy a molestar en indagar sobre los entresijos de la operación en cuestión, pero apuesto a que la telilla que se hace llamar himen tras esa intervención es cualquier cosa menos un himen. 

Por tanto, lo que aquí importa sobre todas las cosas es el concepto de himen. El himen como símbolo que reviste a la persona que lo porta. El himen como objeto que, al romperse, nos deja vulnerables a la penetración, nos cambia de estatus. La ruptura del himen implica, de una forma u otra, una pérdida de valor: el que consigue romper un himen posee por siempre el alma de esa mujer y se convierte en el depositario del derecho a penetrar y usar el vientre femenino como receptor de su descendencia. 

La ruptura de un himen supone, en las culturas tradicionales, pérdida de la propia esencia. La mujer deja de pertenecerse a sí misma (o a su padre), para pasar a pertenecer a su marido. En la cultura occidental, este proceso ha perdido su dogmatismo, y solo queda reflejado en las ceremonias matrimoniales por el velo de la novia y el vestido blanco, que se siguen usando de manera puramente estética. Sin embargo, la pérdida del himen es uno de nuestros hitos de paso no escritos que más presente está durante la adolescencia. Mamá, ya no soy virgen. Seguramente muy pocas adolescentes escojan este formulismo para anunciar su nuevo “estatus” que supone “no ser” o “dejar de ser”. Y tras esta especie de confesión, cae una nueva mirada sobre esa mujer. Ya no es lo que era. Ya no es esa joya que hay que proteger. Ya puede ser usada sin cuidado. Ya se la puede culpar de no protegerse, de vestirse como una zorra, de provocar, de mirar con descaro. 

Las mujeres nos tenemos, de alguna forma, que liberar del poder el himen para volver a respetarnos y a pedir respeto. Una mujer que se precie como liberada del himen, lo debe ser desde el momento mismo del nacimiento. Dejar de suponer himen a las personas asignadas como mujer al nacer  sería un gran paso adelante en nuestro empoderamiento y afectaría a todo el conjunto de la sociedad. Todas las personas se verían liberadas del poder del himen y muchos actos violentos hacia niñas y mujeres perderían su valor simbólico e incluso podríamos empezar a trabajar para su completa desaparición. 

Con todo esto, vuelvo a la reconstrucción del himen de Leticia. Una mujer sin himen pierde su estatus. Los hímenes se han reconstruido durante siglos para sortear y evadir el castigo que supone su ruptura no autorizada. Una vez reconstruido, la mujer sigue manteniendo su valor simbólico como mercancía de intercambio. Por otra parte, a la facción masculina siempre se le ha supuesto una compulsión malsana a romper hímenes que no les pertenecen. El desvirgar a alguien es una prebenda de gran valor en este mundo “imaginario” del que estamos hablando. ¿Qué busca una mujer como Leticia con la reconstrucción del himen? Si es verdad que lo ha hecho (cosa que no podemos comprobar a ciencia cierta, o yo al menos no) el hecho tendría una parte interna y subjetiva y una parte externa y de espectáculo. 

En la parte interna y subjetiva, todas y todos podemos suponer que Leticia le da mucha importancia a su aspecto juvenil y su promoción como objeto sexual. Aunque sus actuaciones, vídeos y presentaciones públicas desaten la mofa generalizada, esto no quiere decir que su visión de sí misma sea la que todas y todos los demás tenemos de ella. La reconstrucción del himen la pone, de forma simbólica, de nuevo en circulación. Le rejuvenece, le dota de un valor que perdió hace mucho tiempo. Es un proceso de dignificación y de resimbolización de su cuerpo, si me lo permitís. Es el culmen de una serie de transformaciones corporales técnicas que culminan con la vuelta atrás definitiva: la reconstrucción del símbolo de la pureza original. No hay patas de gallo que se resistan a un himen reconstruido. 

En la parte externa y de espectáculo, a ver, Leticia se va a pagar la operación y va a difundir la existencia y la posibilidad de la misma entre todas las mujeres interesadas en ese proceso de resimbolización. Por tanto, además de hacernos mucha gracia, sus tonterías en el twitter llegan a los subconscientes de mujeres vulnerables, sin autoestima, que no se sienten amadas y que quizás piensen en un momento dado que la reconstrucción del himen puede ser una solución a sus problemas. 

Así, a lo tonto, ya tenemos en la arena pública, y en primera línea, una operación de cirugía estética que reconstruye nuestra esencia y nos devuelve el tesoro perdido. Perverso. Es un ejemplo bestial de lo que B.P. llama farmacopornoterrorismo. 

Disfraces

Disfraz de indioMañana me las tengo que ingeniar para ir a trabajar, llevar a la cuadrilla a las extraescolares y, acto seguido, acudir a la fiesta de carnaval con ella y él disfrazados de indios. No tengo materiales, y si los tuviera no sabría que hacer con ellos. Pero lo conseguiré. Los chinos siempre son un recurso fácil y rápido. Lo descubrí cuando dejé de intentar ser perfecta en todo.

Cuando los mayores eran pequeños, me compré una máquina de coser y me dejé llevar por la furia costurera de mis comadres en el colegio. No tuve en cuenta que había llegado a vivir a una pequeña ciudad con una tradición textil importante, y quien más, quien menos, había trabajado en uno de esos talleres de confección o tenía una madre, una tía o una abuela que manejaba los hilos a la perfección.  Yo ahí no daba la talla. Mientras ellas confeccionaban bellos trajes de pollo en los que el foam permanecía erguido y lustroso sobre las cabezas de sus pequeños, los míos iban con un saco que se caía por todos lados y les tapaba los ojos, haciendo que fuesen dando traspiés en los desfiles de carnaval. 

Por otra parte, tenía que sacar tiempo libre para usar esa máquina infernal en la que se me enredaban los hilos, la costura salía torcida, la aguja era una sanguinaria herramienta que bajaba y subía sobre mi dedo y nunca sabía cómo poner la tela para que no me quedase toda arrugada. Y ese tiempo era nocturno. Despertaba a todas y a todos con mis “joder”, “hostia puta”, “me cago en tó”, etc. Y los pobres niños miraban de reojo, pensando “¿me tendré que poner eso mañana?”

Dí el cerrojazo a la máquina cuando comprobé que no podía competir de ninguna manera con las supermamis. Esto coincidió con la decisión del ayuntamiento de nuestra ciudad de acabar con los carnavales y relegarlos a las fiestas de los colegios. Ya no había concurso de coles en el desfile de carnaval, y las madres también perdieron el interés por demostrar sus dotes de confección. Así que ahora, casi todos los niños y niñas van vestidos con estupendos disfraces made in china, de telilla de forro y fieltro. Todavía hay algunas que derrochan creatividad y arte, pero son las menos.

El curso pasado fue nuestra Monster Girl la que ganó el concurso disfrazada de egipcia china. Todo un bochorno, teniendo en cuenta que el concurso era en el cole de Vampi, al que venía de invitada. Tras este acontecimiento, Father pensó que lo mejor que podíamos hacer era correr cuanto antes con el regalo, ya que las madres de las niñas autóctonas empezaban a mirarnos de reojo y a murmurar. 

Si somos capaces de ganar concursos de disfraces con esos ropajes, desengañaos, ¿merece la pena estar horas y horas comprando las telas, cortándolas, volviéndolas a cortar porque nos hemos equivocado, intentando averiguar cómo unir lo que hemos recortado y luchando con el niño o la niña para que se pongan el resultado de todos nuestros desvelos? La respuesta es NO. Una vez al año, no hace daño. Disfraz del chino para salir del paso, y todas tan contentas. 

¡¡FELIZ CARNAVAL!!


Alzo mi copa menstrual

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(Este, de ninguna forma, es un post patrocinado. Lo escribo porque se lo prometí a mis amigas)

El lunes me desayunaba con un texto crítico sobre la copa menstrual que podéis leer aquí. La copa menstrual, para quien no lo sepa, es un invento de silicona con forma de copa invertida, que se introduce en la vagina los días de sangrado. Este método de contención del sangrado menstrual se está haciendo cada vez más famoso y apreciado por sus ventajas para la flora vaginal, la reducción de vertidos en el planeta y el ahorro que supone en tampax y compresas. Yo había barajado la posibilidad de empezar a usar la copa, y ese post reflejaba todos los miedos que tenía para empezar a hacerlo. Así que lo compartí en Facebook con el comentario “por fin alguien habla mal de la copa menstrual”. 

Nada más compartirlo, comenzaron los comentarios. Mis amigas del Facebook que usaban la copa no estaban en absoluto de acuerdo con las críticas vertidas en ese texto, que podemos resumir así:

1) Para introducir la copa en la vagina hay que introducir toda la mano prácticamente.

2) Cuando introduces la copa doblada, no recupera su forma original dentro de la vagina y se pueden producir escapes.

2) Al sacar la copa, la sangre se vierte y montas un buen lío, con la mano llena de sangre, y tienes que andar hasta el lavabo en unas condiciones lamentables.

Pues bien, animada por los comentarios positivos de mis amigas, y porque me gusta comprobar las cosas por mí misma, por fin me animé a comprar la famosa copa menstrual y probarla. El primer dato erróneo que encontré en el post referido más arriba fue el precio de la copa. Compré la Easy Cup, talla M, de silicona medicinal y antialergénica, y me costó algo menos de 23 euros, y no 30. Incluso se puede conseguir más barata (18,58 euros) comprándola por internet. Esto significa que la copa se amortiza en pocos meses tras su compra, ya que un paquete de 16 compresas, que se gastan en medio ciclo menstrual, cuesta alrededor de 3’50 euros.

 En cuanto a la introducción de la copa, en absoluto mi experiencia se asemeja a la odisea de esa pobre chica. De hecho, es mucho más fácil que introducir un tampón, ya que, una vez dentro la boca de la copa doblada, se desliza hacia arriba por sí sola ocupando fácilmente su lugar. No hay que introducir ningún dedo en la vagina. 

Sí es verdad que yo tuve algunos problemas para que la copa se abriese una vez dentro. Sin embargo, esto se solucionaba al cabo de un rato, y como pude comprobar a lo largo de los 3 días que la usé, es una cuestión de aprendizaje. En este aprendizaje debo agradecer a mi amiga de Crispipopipeypapás que estuviese atenta a todas mis preguntas en el whatsapp, que no dejaba de responder después del doble check azul (jajajaja). Un truco para las que la empezáis a usar: la copa se colocaba sin problemas si me tumbaba un poco o andaba después de introducirla. 

En todo caso, los escapes que se produjeron por la colocación errónea de la copa eran ínfimos comparados con los escapes que se producen con el uso de tampones, apenas dos horas o menos después de introducidos, en los días de máximo flujo. 

En cuanto al momento en que se extrae la copa, he de decir que me sorprendió la limpieza y comodidad del aparatejo. He de confesar que la primera vez casi me extraigo el útero a causa de la subción, ya que olvidé quitar el vacío. Pero cuando aprendí el pequeño truco de apretar un poco la base de la copa, sin problemas. Me imagino que hay mujeres que llenarán la copa. En mi caso, que creía que tenía un día de sangrado intenso, no llegué nunca a llenarla por la mitad, ni siquiera por la noche. En absoluto se montó el lío de sangre que nos vaticina el Diario de una Treintañera. Puede ser que su menstruación sea superabundantísima y muy líquida. Pero yo os puedo asegurar que no tuve que emplear más de una toallita para limpiarme y que no hubo ningún vertido. 

Por lo demás, he de decir que la copa menstrual es lo más cómodo que he probado en mi vida. La ausencia de humedad constante, molestias y demás inconvenientes que vosotras y yo sabemos, estuvieron tan ausentes que fue casi una experiencia religiosa tener la menstruación. Yo he perdido muchos años usando estas porquerías blancas que nos venden a precio de oro. Estás a tiempo de pasarte a la copa menstrual y dejar de subvencionar las carreras de los hijos e hijas de los fabricantes de compresas y tampones. Además, dejarás de ensuciar el planeta y lo regarás con tu sangre.