ENTRADAS NO SUBVENCIONADAS

Vino con gaseosa


¿Qué hay más tradicional, más castizo, más de nuestra tierra, más básico que el vino con gaseosa? Así es el nuevo libro de Alberto Royo. He de decir que me he leído el libro desde la primera página hasta la última, no sin esfuerzo. Ya se sabe: la letra con sangre entra, y la verdad es que la lectura me ha costado. No porque fuese difícil, que no lo es, sino porque no estoy acostumbrada a que en un ensayo se acumulen tantas incongruencias.

Pero ya que me lo he leído, haré una reseña para las que tenéis curiosidad y no queráis pasar por la tediosa experiencia de su lectura. Que ya que te compras un libro, lo lees entero, pero no hay derecho, hombre, no hay derecho. Aclaro, para los educarcas que no lo sepan, que una reseña no es un resumen capítulo a capítulo, género escolar con el que hacen sufrir a sus alumnos, sino un comentario breve de una obra. El libro se compone de 23 capítulos y 2 epílogos que pretenden ser graciosos, pero no. Su título es algo pretencioso, “la sociedad gaseosa”, intentando emular la genial idea de Bauman y su modernidad líquida, sin conseguir más que hacer una interpretación simplista y sesgada de las complejas ideas del sociólogo y filósofo.

Y empezamos bien: ensalzando a los clásicos como el único conocimiento sólido que merece la pena. La historia de la literatura detenida en Cervantes, la filosofía detenida en Descartes, la física en Newton, y así. Y en el segundo capítulo, una reivindicación de los cuentos clásicos, con un absurdo alegato a favor de los cuentos de princesas y su inocencia y en contra de las locas feminazis que plantean que estos cuentos son machistas y malos para la educación de las niñas y los niños. Así, reivindica La Cenicienta como una historia de ascenso social y Blancanieves como una historia de amabilidad (por lo visto, Blancanieves tuvo mucha suerte de que los enanitos no la llevasen a trabajar a la mina en vez de dejarla limpiando y cocinando para ellos). En fin, que las hijas huérfanas de nobles a las que una malvada madrastra les ha robado su fortuna pueden ascender socialmente enamorando a cualquier príncipe: creo que es lo que mi hija debe aprender, sin duda.

El propio Royo demuestra a lo largo de las páginas de su libro que la sociedad es demasiado gaseosa para él y se queja de las “escuelas de magisterio”. La sociedad es demasiado cambiante para asimilarla y no se ha enterado de que tal cosa ya no existe. A partir del año 2006 comienza la regulación de Magisterio  como un grado universitario que se imparte en Facultades de Educación. Su argumento de que los maestros y maestras son de una casta inferior que los licenciados y licenciadas queda, por tanto, obsoleto: hace ya una década que eso dejó de ser así. Las diplomaturas desaparecieron del sistema universitario español y, desde entonces, todos son graduados/as. Los maestros y las maestras son especialistas y profesionales de la educación.

Pero claro, a lo largo de su libro, Alberto Royo intenta denostar algo que no conoce: las Ciencias de la Educación. En distintos capítulos alude a eso que él llama “neopedagogía”, aunque no hay ni una sola cita que ejemplifique ese concepto ni una sola referencia a un autor o autora relacionados con eso que él llama “neopedagogía”. Y ya que cita a Bauman, podría citar a Freire, Bruner, Piaget, Vygotsky, o incluso a los españoles Coll y Marchesi, que algo tuvieron que ver con la tan por él denostada LOGSE. Eso sí: cita el Jueves y al Mundo Today para apoyar sus argumentos, en vez de leer revistas científicas sobre Educación, que haberlas, haylas y muchas.

Por otra parte, la equiparación que hace Royo en su libro de lo que el llama “nueva pedagogía” con la homeopatía es muy engañosa, ya que se deduce que también equipara lo que se ha hecho “toda la vida en el aula” con la medicina alopatica cientificista, cosa muy  lejos de la realidad. La educación basada en la metáfora transmisiva o bancaria, que plantea que el conocimiento se puede ofrecer ya construido para que el aprendiz lo asimile, hace muchos años que es considerada como una estrategia pedagógica desinformada y simplista, que no tiene en cuenta cómo aprende el ser humano. Según la Psicología de la Educación, cada aprendiz reconstruye el conocimiento en una tarea de apropiación y dependiendo de sus conocimientos previos, que siempre deben ser tenidos en cuenta por el que enseña para tener éxito.  Por ello, el usar estrategias pedagógicas conscientes y elaboradas nada tiene que ver con “despreciar el conocimiento”, como lamenta Royo continuamente. Se trata de diseñar la situación educativa para que sea más propicia al aprendizaje, partiendo de lo que las ciencias de la educación saben sobre los procesos educativos.

Pero una cosa he de decir: en el libro hay una erudición musical deliciosa. Porque Royo es músico y sabe de música y se nota. Especialmente entrañable el capítulo en el que narra su experiencia en el colegio de su hijo, al que fue con su guitarra a hablar de música y a tocar. Cuenta esa experiencia poniendo de manifiesto algo que quiere negar: que es el aprendizaje significativo el que entusiasma a los pequeños por el conocimiento. Que un músico de verdad vaya a un colegio a tocar música y a entusiasmar por la música vale más que las clases de música de un trimestre.

En fin, no os recomiendo el libro, a no ser que queráis seguir la pista de la Antipedagogía, una corriente de educarcas enfadados porque les quieren cambiar la pizarra de tiza y la clase magitral por el proyector de vídeo y el trabajo en grupo y muy cabreados porque alguien les dijo que el aprendizaje deriva del placer, cosa que niegan con pasión. Se debe llorar y sufrir para aprender, según ellos. Un despropósito educativo que, afortunadamente, se va diluyendo como el gas en la escuela y los institutos españoles.

El WhatsApp del cole: El terror de las maestras

Cuando el WhatsApp llegó a nuestras vidas, cambió nuestras prácticas. Como cualquier otra tecnología, se introdujo en nuestra cultura interactiva y ofreció nuevas posibilidades a nuestras comunicaciones. En el caso de la vida escolar, nos ofreció la posibilidad de hablar entre nosotras/os, las madres y los padres, sin las prisas que son habituales en nuestros breves encuentros a la entrada y salida del colegio. 

Pasó un curso usando el WhatsApp, y al curso siguiente, en la reunión inicial del colegio de mi hijo, la directora introdujo en su discurso una perorata en contra de los grupos de WhatsApp de madres y padres. Ya otros cursos se había quejado de que las madres hablábamos en la puerta del colegio y difundíamos rumores y críticas infundadas sobre el centro. Pero ahora, directamente, nos estaba instando a no usar el WhatsApp. Me sentí como una niña pequeña a la que están echando una reprimenda por hacer algo prohibido y a la que están limitando las formas de comunicación con el mundo. 

Las madres somos ciudadanas libres, mayores de edad, con libertad de expresión y de reunión. Las críticas atroces que están recibiendo los grupos de WhatsApp de madres no responden a otra cosa que al miedo de los centros educativos a que haya unión entre las familias y se empiecen a denunciar las malas praxis de manera colectiva. Por lo demás, los grupos de WhatsApp del cole no son diferentes a los grupos de amigotes, familiares, antiguos alumnos, etc. Hay gran diversidad entre ellos y las dinámicas que se generan pueden ser múltiples, desde los grupos que no hacen más que compartir cadenas de niños secuestrados como los que están abonados a los vídeos humorísticos de caídas o al negro del WhatsApp. Pero son grupos de personas adultas y nadie externo tiene derecho a venir a fiscalizarlos o a pedir que no se hable de X o de Y. 

Por lo demás, personalmente no espero nada de los grupos de WhatsApp del colegio. Mi hijo rara vez tiene dudas sobre lo que hay que hacer de deberes y si tengo algo que decirle al centro o a la tutora voy personalmente a hablar con la persona en cuestión. Siempre me ha molestado la gente que se queja en la puerta del colegio porque la tutora hace esto o lo otro y espera que sea otra la que se caldee y suba a hablar con la directora. Mientras, su hijo o hija está sufriendo las consecuencias de su falta de responsabilidad, y tenemos que ser otras las que le saquemos las castañas del fuego. 

Los grupos de WhatsApp sirven para lo que sirven, pero lo que es claramente sintomático es el revuelo que han montado los maestros y profesores para desacreditarlos. Si tanto les molesta que las familias les critiquen, deberían mirarse un poco a sí mismos y a sí mismas y recordar cuando hablan de la vida privada de una familia en público, critican el aspecto de una madre o cotillean sobre la separación de los padres de uno de sus alumnos. El respeto no es unidireccional, y si se pide respeto, hay que estar dispuesto a ofrecer lo mismo a cambio. 

La hiperparentalidad según Eva Miller


El siglo XXI ha sido el escenario en el que han cobrado auge los discursos sobre las prácticas de crianza. Antes, se criaba y ya. Pero ahora, la conciencia ha dado una vuelta de tuerca y, además de reflexionar más sobre la forma en que educamos a nuestros hijos e hijas, hay una desvinculación de la familia extensa. Ya no aprendemos a criar entre primas, vecinas y amigas que amamantan en corro a sus criaturas. Ahora tenemos que prestar voz a los expertos y a los gurúes de la crianza. Son personas que salen en reportajes de prensa con cara de ser muy listas y campechanas y que parece que te van a dar la formula magistral para educar y criar. 

Este es el caso de Eva Miller, una mujer, una madre, una periodista que ha decidido escribir un libro para decirnos que lo hacemos mal. Que estamos estresadas sin ningún motivo, ya que los niños y niñas no necesitan tanta atención como la que les prestamos hoy en día. Que lo que pasa es que tenemos pocos y tarde, y entonces les cuidamos como un tesoro. ¡Ay, si me conociese a mí, que tengo 3 propios y una ajena y les cuido a los tres como si fuesen un potosí!

Pero en fin. Eva dice que sufrimos de hiperparentalidad. Que somos demasiado madres/padres, debe significar eso. Que estamos obsesionados por la precocidad. Que llevamos a nuestros retoños a cientos de extraescolares incluso los fines de semana y queremos que sean los más listos y los más guapos. Y que elegimos el mejor colegio posible, qué desfachatez. Con lo fácil que sería hacer las cosas con desidia desde el momento que asoman la cabeza. Llevarles al primer colegio que se cruce por nuestro camino y tirarles la comida a la cuna a ver si la cogen al vuelo. 

Me veo muy reflejada en eso de las extraescolares. Cuando mis mellizos eran pequeños, se querían apuntar cada año a una extraescolar diferente. Y yo a llevarles. Kunfú, Taekwondo, pintura, baile, Judo, fútbol, natación, patinaje, ténis…y por fin música. Ahí acabó la búsqueda. Todos se quedaron enganchados a la música y compaginan con algo de deporte. ¿Por qué les voy a decir que no a algo que les gusta, y que incluso se puede convertir en su profesión el día de mañana?

Eva, lo que me ha dejado algo boquiabierta es eso de que la hiperparentalidad es una corriente, y que es nada menos que la continuación de la crianza con apego. Me deja como perpleja, porque sobre la crianza con apego hay muchas cosas escritas, y las personas que la practican son conscientes de hacerlo. Sin embargo, eso de la hiperparentalidad sólo te lo he oído a ti, y me parece más un insulto que una corriente. Te llaman hiperparental cada vez que quieres defender a tus hijas e hijos de los excesivos deberes escolares, cuando no les obligas a comer, cuando les obligas a comer el bocadillo, cuando les das teta, cuando les llevas descalzos, cuando les buscas unas zapatillas ergonómicas, cuando les haces fotos, cuando no quieres que otras personas les hagan fotos….

Hiperparentalidad sirve para todo. Para decir a las familias que lo están haciendo mal, que están malcriando a sus hijas e hijos y deben dejar en manos de expertos y docentes todas las decisiones que tengas que tomar. Sirve incluso para meterse con los estudiantes universitarios, que son como son por culpa de sus hipermadres e hiperpadres que se ocuparon de cuidarles con esmero. Son mucho mejores aquellos a los que sus padres desatendieron e hicieron pocas fotos. Con lo fácil que es educar, Eva, no sé que hacemos invirtiendo nuestras vidas en la crianza. 

Al final, el problema es que queremos enseñar a nuestros hijos cómo se convive en democracia, cuando en realidad, dice Eva, la familia es una institución jerárquica. Craso error. Si les preguntamos y les dejamos que tomen decisiones, estamos dándoles una visión errónea de la vida, en la que nadie les preguntará lo que quieren hacer, tendrán que obedecer a otros sin rechistar y no podrán escoger por si mismos cosas como someterse a un tratamiento o seguir trabajando por un mísero sueldo. Es mejor que crezcan sometidos a la jerarquía para que luego no se lleven decepciones. 

Pues bien, yo prefiero preguntar a mis hijos e hijas, pedir su opinión y darles pie a que reflexionen sobre sus deseos y sobre formas alternativas de ver el mundo. Seguramente les estaré convirtiendo en unos seres incorregibles y contestatarios, pero la forma de crianza lleva implícita una clara ideología de cómo debería ser el mundo. Y si algo tengo claro, Eva, es que nuestras ideologías son diferentes. 

La ropa de mis hijos

Agustina Alonso https://flic.kr/p/7AuspH

Cuando fui madre, tuve muy claro cómo no iba a vestir nunca a mis bebés. También tuve claro que la elección de una imagen personal es importante, así que nunca he coartado sus gustos y han elegido su ropa en la medida de lo posible. Cuando nacieron, algunas personas tuvieron el detalle de regalarnos peleles de esos que dejan los muslos al aire con camisas de cuellos bordados. Nunca los estrenamos. No me hacía a la idea de ir con un carrito habitado por dos repollos. Más adelante, mi hija desarrolló el gusto por los vestidos largos, rojos “preciosos” y se iba al colegio con ese vestido de nido de abeja y vuelo imposible. A mi me daba un poco de cosa, pero había pasado unos meses en los U.S.A. y me había gustado ese “dejar hacer” a los niños y niñas en cuestión de vestuario. Así que le dejaba hacer y crearse su propia identidad. 

Yo la verdad es que de moda he sabido siempre de poco a nada. Nunca me he preocupado por las marcas y he priorizado la comodidad sobre eso que llaman “elegancia”. Todo ello unido a que no tengo que ir a eventos de esos en los que la gente se disfraza convenientemente y compite por ver quién es el mejor vestido ha hecho que la camiseta de 3 euros y los vaqueros sea mi vestimenta más común. Por eso, nunca les pediré a mis hijos e hijas más de lo que me exijo a mí misma en ese aspecto. Así las cosas, la verdad es que es una ventaja, ya que me salen bastante baratos. 

Por todo esto, siempre he pasado bastante de puntillas por las imágenes de niños y niñas maqueadas como para ir de fiesta. Me horroriza ver a las niñas en los parques con pantys de esos en los que se hacen carreras y a sus madres gritando detrás de ellas para que no se manchen el vestido. Cuando veo fotos de niños y niñas posando para la cámara, me imagino que eso requiere de una intervención sistemática desde el nacimiento, en el que la ropa ha tomado un lugar relevante desde el minuto 1, empezando con el vestido de bautismo, la capota blanca y la esclava de oro. 

Mis hijas/os van vestidos de la misma forma el lunes y el domingo. Por eso, a mi hija le sorprendió mucho que una de sus amiguitas del cole le dijese, mirando con desprecio su ropa, que ella iría muy mona, pero que su ropa de los domingos era mucho mejor. Me lo contó sorprendida, sin comprender. Un día nos encontramos con la amiguita vestida de domingo: abrigo de paño, vestido de enaguas (perdonad que no sea más precisa, no conozco los términos exactos) y lazo de raso en la cabeza. Cosas que en la vida mi hija hubiese escogido para vestir un día de fiesta. 

Y luego está la querencia del pequeño por los chandal y las deportivas. Para todo. Solo osa llevar otro look en los conciertos y las audiciones de la Escuela de Música. Y es un tremendo sacrificio para él. La verdad es que es la mar de cómodo no ser esclavos de los cinturones, los zapatos castellanos, las camisas y las chaquetitas. Los chandal combinan perfectamente en un toque de mano en el cajón. 

Por todo ello, lo de juzgar a la gente por su aspecto exterior, sin fijarse en su discurso, en su lenguaje, en su filosofía, etc., pues nos parece bastante engañoso. Las personas “bien vestidas” lo único que tienen de diferente es más dinero invertido en las telas que llevan encima. Por debajo, todas y todas somos lo mismo: monos y monas desnudas con las mismas funciones fisiológicas. Lo demás, pura vanidad. 

Mis hijxs tienen tablet ¿Y qué?

Hay niñxs… y niñxs. Hay usos y usos. Demonizar el uso de las tablets/dispositivos móviles/ordenadores por parte de lxs niñxs es como si en el siglo pasado no nos hubiesen dejado usar libros hasta los 18. ¿Controláis lo que leen vuestrxs hijxs? Porque os aseguro que hay literatura infantil y juvenil que pone los pelos de punta. Hay que amueblarles la cabeza para que la procesen de la debida forma. ¿Y las películas? ¿Y los dibujos animados? No sé si os habéis fijado en las referencias que hacen a las drogas, por ejemplo.

Una mente crítica y sagaz, que sabe interpretar imágenes, que sabe un poquito de género, de política, que sabe lo que es el racismo, el machismo, el clasismo, y un buen programa de control parental (sí, hay que pagar un poquito, pero merece la pena) hace que una tablet en manos de un niño o una niña de 10 años sea una herramienta inigualable. La puerta del conocimiento. El sitio donde todas sus preguntas pueden tener respuesta… si les enseñamos a discernir qué respuestas son de calidad y cuáles no lo son.

Cerrar la puerta de internet a los niños y niñas de hoy en día no me parece una buena decisión. Al menos no es la que yo elegiría. ¿Por qué nos parece tan terrible que nuestras hijas y nuestros hijos chateen con sus amigas/os? Siempre que supervisemos esa actividad y les demos pautas sobre lo que se puede y no se puede hacer en ese espacio de interacción (como sucede en el 1.0, por otra parte), veo una puerta abierta, no una aberración. Otra cosa es que los niños/as sustituyan la interacción digital por la presencial. Eso sí es preocupante, pero depende de los espacios y las relaciones que nos brinda nuestro entorno social que eso no suceda.

Y bueno, a veces la gente de tu entorno presencial no es tan interesante como la que conoces en el 2.0. Es triste, pero a veces pasa. Y tenemos adolescentes que sobreviven gracias a ese vínculo en la distancia que no se habría creado de otra forma. Adolescentes que conocen gente con sus mismos intereses e inquietudes, y que sin las herramientas que les brinda el mundo digital nunca tendrían esa posibilidad. Adolescentes con la cabeza muy bien amueblada, ojo. Adolescentes que se ríen de las peleas 2.0 que tenemos las mamás y que nos dan instrucciones sobre seguridad en la red.

Discursos de crianza en las redes sociales: La guerra servida

   
Leo un estado de Facebook “Me angustia y amarga la vida leer en casi todos los grupos de maternidad o páginas similares cuando se defienden prácticas o situaciones que desfavorecen al niño y hasta violan sus derechos básicos“. Y pienso “ostras, ya les vale a las madres, defendiendo el maltrato infantil”. Pero sigues leyendo (transcribo textualmente): “Queres destetar a un bebé de 8 meses? Queres q tu hijo de 6 meses duerma toda la noche en otra habitación? Crees que un chirlo a tiempo es una manera de educar? Queres darle de comer yogur a los 3 meses?“A ver… Me he perdido. Vale que eso de dar un chirlo (cachete) a tiempo es un maltrato, ahí estamos de acuerdo. Pero unir esto con temas de destete y sueño, con todo lo que eso conlleva, y decir que esta son prácticas que violan los derechos básicos del niño es poner a la audiencia en una situación un poco comprometida. Empezando por que la mayoría de la población se desteta no ya a los 8, sino entre los 3 y los 4 meses y vive el sueño infantil nocturno como una tortura incomprensible. Así que, de momento, la mujer que ha escrito el estado de Facebook se ha echado encima a un porcentaje elevado de la población materna. Con respecto a lo del yogur, el sistema sanitario no contribuye mucho a la educación para la salud de la población en general, teniendo en cuenta que hay pediatras que recomiendan dar la teta cada 3 horas e introducir la papilla de frutas y los cereales a los 4 meses, así que lo del yogur se hará seguramente pensando que le va a ir estupendamente al bebé, no con la intención de fastidiar su salud.

Sin negar que la lactancia materna es lo más de lo más y el colecho una práctica mágica para dormir cuando tienes un bebé y le amamantas, no podemos ignorar que son prácticas poco habituales en nuestra sociedad. Sin entrar en juicios morales: son poco frecuentes. De modo que llegar al Facebook y hablar de prácticas que violan los derechos del niño refiriéndose a prácticas comunes, aceptadas y habituales en nuestra sociedad es entrar pidiendo guerra. No me digáis que no os habíais dado cuenta. 

Pero todavía hay más. Sigues leyendo y encuentras esto: “…y pretendes encima que nadie te diga nada? Que se responda tu inquietud y ya? Pedís que se apruebe tu decisión y punto? No! Y sabes por qué no? Porque vos no importas… Y de verdad importa poco lo mala madre que te sientas, lo que importa es tu hijo.! 

En esta frase, hay tres cosas que hacen saltar todas las alarmas: 1) Le dice a una persona (una mujer, una madre) que ella no importa. A una madre que ha entrado a un grupo, quizás preocupada, a plantear una duda sobre crianza porque no tiene a nadie a quien preguntar. O sí, pero ha confiado en un grupo de madres virtual. ¿Y le dices que ella no importa? Bastante tenemos las mujeres para que hasta entre nosotras mismas decirnos que no importamos. Ya nos lo dice toda la sociedad al unísono. 2) Está reconociendo que esa persona se va a sentir mala madre al oír lo que le tienes que decir. Y que ese sentimiento no debe ser tenido en cuenta. Quizás porque solo es importante ser empático con las personas pequeñas, pero cuando llegan a cierta edad ya da igual ser o no empáticos: que gestionen sus sentimientos como puedan. Y 3) Le estás diciendo a esa persona que eres tú quien realmente te preocupas por SU hijo, y no ella, que es una egoísta que solo se preocupa porque se siente una mala madre y no quiere escuchar los sabios consejos que vienes a darle. 

Muy pedagógico todo ¿verdad? Es irónico, claro. A mí me parece paternalista, arrogante y muy mal educada esta forma de dirigirse a la gente. Aunque tuviese razón. Si lo que pretende es adoctrinar, está produciendo el efecto contrario: aborrecer a las talibanas de la teta y arremeter contra ellas. Así que luego entras inocentemente en cualquier sitio y dices que tú diste la teta y dormiste con tu bebé y la gente se pone a la defensiva. 

Termina el texto en cuestión diciendo: “Pero no se puede pretender que nos den palmaditas en la espalda y nos tranquilicen a nosotras, adultas, cuando quien queda en desventaja es el menor, y encima bajo el lema “lo que importa es criarlos con amor”… Hay que reveer este concepto de amor que da hasta donde me conviene o me alcanza o puedo y que cuando “el otro”, que además es MI hijo, me molesta enseguida busco la manera de hacerlo funcional a mi vida adulta cagándose en sus necesidades reales. Corran el culo y el ego de ese trono adultocéntrico, por favor.” 

Dicen que no existe la guerra de las madres. Que esta forma de dirigirse a madres/mujeres no es bélica. Que decirle a otra mujer, sean cuales sean sus circunstancias, que es una cómoda que busca su bienestar y que no hace todo lo necesario por él bienestar de su hijo es hacerle un gran favor, abrirle los ojos, traer la conciencia a su vida. Perdonad, chicas, pero no. Esta es una actitud que busca conflicto y guerra, y que no le está haciendo ningún favor a las madres a las que os dirigís, y mucho menos a sus hijos. En una sociedad en la que las pautas las da un especialista, un pediatra, en la revisión del niño sano y las mujeres se limitan a seguir sus indicaciones, creo que estamos errando nuestro objetivo. En una sociedad en la que hay mucha información pero una distribución desigual de recursos culturales y económicos, estamos apuntando al blanco equivocado. 

No me cansaré de decirlo: hacen falta más modelos de maternidades que encuentran soluciones exitosas. Y hace falta que las mujeres dejen de estar tan solas en la crianza. Estas guerras solo generan más distancia y más soledad de la que ya existe. ¿O creéis que los hijos e hijas de las mujeres a las que os dirigís en ese tono están mejor desde que vosotras hablásteis con su madre de sus derechos?

La educación de adultas

 

La educación siempre implica asimetría. De una forma u otra, el que dice educar se cree en posesión de la verdad absoluta. Y eso no es una máxima educativa, sino una tara de nuestra comunidad: si hacemos caso a las teorías que nos muestran cómo se construye el conocimiento, las personas son agentes activos que desarrollan sus propios caminos de sabiduría.

Pero, por otra parte, el aprendizaje se produce dentro de una comunidad que tiene una historia y unos mecanismos de aculturación ya diseñados y preparados para actuar. Nuestra mente no navega libremente eligiendo de aquí y de allá la información, procesándola y sacando conclusiones. Y quien crea eso, es que se ha tragado las narrativas dominantes de la sociedad en la que vive (paradojas de la vida). Por lo tanto, actuamos dentro de un marco que simula libertad, pero en el que las opciones están tácitamente delimitadas a un reducido subconjunto. Quien elige acciones que no están en el catálogo, tiene reservada la cárcel, el manicomio o el ostracismo, así está organizado este intrincado sistema. Luego hay acciones más aceptadas y mayoritarias y otras acciones que son minoritarias y más outsiders, pero que son aceptadas como males menores, como rarezas necesarias con las que compararse y sentirse normal y miembro de pleno derecho del grupo. Todo esto si mantenemos constante el nivel adquisitivo, que es a la libertad de elección lo que el rozamiento es a la física.

En este contexto, la madreidad o la forma de ser madre es un espacio complejo. En este espacio, distintos agentes juegan papeles de opresión ya antiguos que van cambiando de vestido para disfrazarse, para que la gente que ha aprendido a distinguirlos y ha desarrollado formas eficaces de resistencia vuelva a caer en sus redes. Y uno de los agentes de opresión más eficaces en el espacio de la madreidad son las propias madres. Es importante que aprendamos a analizar y con ello destrozar el mecanismo opresivo del que formamos parte y con el que se mantiene el sistema cómodamente, mientras nosotras seguimos controlándonos unas a otras, ejerciendo de jueces y opresoras de nuestras iguales.

Cuando digo Guerra de las Madres, todas sabemos a lo que me refiero. El hecho de que a las mujeres, después de una larga postguerra, hayan vuelto a asomar el hocico en el mundo del trabajo y representen el sector de la población con mayor índice de estudios superiores (siempre estamos hablando de ese primer mundo privilegiado en el que habitamos) está provocando quiebras en el sistema que hay que controlar. Y nunca hay mejor forma de controlar a los elementos que haciéndoles creer que las decisiones que toman se generan en ellos mismos. Y si además, estos elementos se erigen en controladores y reguladores de los de su propia especie, tenemos un sistema que se autorregula autocensurándose. Un sistema convencido es un sistema sólido. Hace tiempo que se sabe que las medidas coercitivas pueden provocar el efecto contrario al deseado: la rebelión.

Resulta que la vida fuera de casa es excitante, estimulante, nos hace sentirnos libres e importantes, independientes (siempre y cuando tengamos en cuenta el factor “rozamiento”). Esto hace que, cada vez más mujeres, consideren que su tiempo está mucho mejor empleado en formarse, divertirse, trabajar y participar en distintas esferas de la vida social pública. Este planteamiento excluye el tiempo que se invierte en la maternidad. Cada vez hay más mujeres que deciden libremente no ser madres y dedicar ese tiempo que requiere criar a un bebé (o a varios) en otras actividades, antes exclusivas de los hombres. Pero también existen las mujeres que “lo quieren todo“: ser madres y participar en la vida pública. En ese “lo quieren todo” se encierra una de las trampas del mecanismo de opresión. ¿Sólo las mujeres quieren tener hijos? ¿Los niños y las niñas son solo nuestros? Parece que nosotras somos las únicas que estamos en la disyuntiva de “elegir” entre una vida privada y una pública. Si es así, conclusión: LOS NIÑOS Y LAS NIÑAS SON NUESTROS. Evidentemente, la respuesta a esta conclusión es un gran SÍ, JÁ. Un ejemplo de ello es la lucha encarnizada que emprenden las personas partidarias de la custodia compartida impuesta, la existencia de una educación obligatoria o el control sanitario tácitamente impuesto por el sistema de salud pública.

Por tanto, los niños son nuestros sólo en tanto en cuanto cumplamos los preceptos que la sociedad nos impone, y sólo nosotras hemos de asumir las consecuencias de tener hijos en una sociedad como la nuestra: ver reducido el tiempo posible de participación en la vida pública. Todo esto no es sólo sobre nosotras, claro está. Todo esto es la consecuencia de una estructura social en la que los niños están separados de la vida social pública de los adultos y en la que la división del trabajo está estrictamente establecida: los hombres son los encargados trabajar, de ocupar cargos públicos, de construir y de mantener  a la familia económicamente, mientras que nosotras somos las cuidadoras y sustentadoras del hogar.

En este sentido, puede haber grandes transgresiones (decidir no llevar a los niños a la escuela y educarles en casa, dejar de vacunarles, darles una educación religiosa alternativa, no casarse y tener hijos sola, etcétera) o transgresiones menores permitidas (darles de mamar hasta los 4 años o no darles de mamar nunca, dormir con ellos hasta los 5 o ponerles una habitación propia nada más nacer, ponerles chupete hasta que vayan al colegio o un collar de ámbar para el dolor de encías, divorciarse, etcétera). Por supuesto, las formas de criar favorecen a distintos intereses económicos y estructurales que imagino no escapan al entendimiento de las personas que hayan leído hasta aquí. Y, por otra parte, cuando estas decisiones son tomadas por mujeres cultas, formadas, y con cierto nivel adquisitivo, es más difícil desterrarlas al ostracismo, como ocurre con las prácticas de las “malas madres pobres”. Estas mujeres argumentan, crean asociaciones, se unen para protestar, escriben blogs. Son un frente a tener en cuenta. Por eso, tener a estas madres enfrentadas en dos grupos es bueno para el sistema, pues ellas mismas se convierten en su propio control.

No voy a poner en duda que, en el ámbito de la crianza, existen cuestiones éticas que están relacionadas con el cuidado de los seres más vulnerables: los niños y las niñas. Sin embargo, estas cuestiones éticas no pueden ser resueltas emprendiendo cruzadas particulares. Hacer responsables en exclusiva de las decisiones que se toman en la crianza a las madres, alimenta la falsa idea de la libertad en la toma de decisiones, de la igualdad de condiciones contextuales (redes de apoyo, solvencia económica y salud mental y física) y sigue situándonos como responsables exclusivas del cuidado de la infancia sin serlo en realidad (de hecho y de derecho). Ignorar que la crianza implica una inversión vital excesiva en un entorno que fomenta la crianza intensiva pero no apoya a las personas que, supuestamente, tienen que llevarla a cabo, es una postura cruel e injusta hacia nosotras mismas, además de ineficaz. Las madres ni estamos solas en la toma de decisiones, ni estas decisiones dependen de nosotras al 100%. Las madres comemos, respiramos, sufrimos, amamos, lloramos, tenemos derechos y deberes y somos personas que merecen respeto. Ignorar si todas estas necesidades se satisfacen para exigir que maternemos de una forma u otra es la postura más absolutista a la que pueda estar sometida una persona.

Esto no es un anuncio de leche en polvo. Esto es una reflexión sobre la inutilidad de la gerra de las madres, que existe. Lo podemos comprobar dando un breve paseo por los múltiples foros de discusión sobre maternidad(es) que existen en Internet. Los juicios sumarísimos solo producen resquemor. Ignorar nuestras necesidades solo produce tristeza y depresión. Ignorar nuestros derechos nos sigue situando en una posición social inferior y vulnerable. Si somos mujeres empoderadas, reconozcamos el derecho de las demás a elegir su propio camino de empoderamiento. Esto no va a hacer que haya menos niños y niñas que disfruten de la lactancia materna o del colecho, va a hacer que haya más mujeres con un respaldo suficiente para dejar los yugos impuestos. Y, para conseguir esto, somos nosotras mismas las que hemos de reconocer estos yugos.

 

La gravedad y el aprendizaje por descubrimiento

 Hay que ser muy ignorante para creer que saber qué es la gravedad te convierte en físico/a. Incluso, si vamos más allá, reconoceremos que en realidad tenemos una mínima idea de lo que es en comparación con las nociones que tiene un profesional. Sin embargo, en cuestión de ciencias humanas, sociales y de la salud (a excepción de la reificada medicina, claro) es difícil convencer a la gente de que no saben mucho más que las expertas y expertos en estos campos.

La educación se lleva la palma en este fenómeno. La gente escucha aprendizaje por descubrimiento y cree automáticamente que sabe a qué se refiere el término. Imaginan a niños y niñas dejados a su suerte para que reformulen la historia de la ciencia mientras que adultos compasivos e indulgentes siguen sus pasos con admiración y toman un café. Escuchan aprendizaje significativo y buscan en Google, leen el primer artículo que sale (da igual que sea del Rincón del Vago) y, por arte de magia, se han convertido en expertos. Escuchan Zona de Desarrollo Próximo y, por supuesto, no entienden nada, pues la complejidad de este concepto no es posible de captar aislada del entramado teórico en el que se inscribe, pero imaginan que se debe tratar de una suerte de evolución del niño en el patio del recreo o algo así.

Así las cosas, das una patada al suelo y aparecen educadoras/es a espuertas. Por no hablar de terapeutas y coach de todo tipo. Esta gente puede ser buenísima en lo que hace, independiente de los estudios que haya realizado o los títulos que cuelguen en su despacho. Sin embargo, el que escriban en su currículum que son educadores/as o expertos en educación sin tener una especialización oficial en esos campos lleva a equívoco.

En el campo de la educación existen cientos de revistas científicas en las que las personas que investigan los procesos educativos publican sus trabajos. A partir de estos trabajos se acumulan conocimientos sobre los procesos educativos y su optimización. Ignorar que este es un trabajo arduo y complejo y pretender ser experto en educación sin tener ni idea de las teorías punteras en educación y los datos que las apoyan es poco realista.

Sin embargo, es algo muy frecuente y que encontramos con relativa facilidad. Y no culpo a estas personas, que quizás llevadas por pasiones vocacionales sin consumar han decidido dedicarse a un campo distinto al que eligieron en un principio. La ciencia y la universidad tiene una parte importante de culpa por permanecer alejadas de la sociedad en su torre de marfil. La aparición de paraprofesionales no responde más que a las necesidades de una sociedad que demanda conocimiento. Si las personas que lo construyen a partir de los métodos científicos no están dispuestas a difundirlo, siempre habrá gente dispuesta a cobrar por cubrir esta necesidad.

Culpa materna

imageAhora que está de moda hablar de las emociones, me gustaría abordar el tema de la culpabilidad materna. Pixar nos ha dejado claro para qué sirve la tristeza y por qué es una emoción que no hay que evitar sino acoger y gestionar de manera adecuada. Pero ¿para qué nos sirve a las madres sentirnos culpables y cuál es el origen de esta culpabilidad? 

Para responder esta pregunta, podemos acudir a otra película, esta vez de TriStar Pictures. Ricky, protagonizada por Meryl Streep, nos cuenta la historia de una mujer que deja a su familia para convertirse en estrella del Rock. Comienza la película con Ricky tocando en un antro de mala muerte, ya mayor, con una banda de viejas glorias tocando para un público anciano. Para sobrevivir, trabaja de cajera en un supermercado. Suena el móvil. Es su ex-marido que le pide que vaya. Su hija se ha intentado suicidar porque su marido le ha dejado por otra. Ricky viaja en avión para reencontrarse con su antigua familia que vive en una mansión increible. Dos hijos y una hija ya en la treintena. El padre se casó hace tiempo con Maureen, una mujer que asumió las tareas de madre y ama de casa de manera perfecta. image

A partir de aquí, la película trabaja a fondo los sentimientos de culpa de Ricky por haber abandonado a su familia, lo que sus hijos e hija se ocupan de reprochar infinitas veces. Todo ello a pesar de que le recuerdan, también hasta el infinito, que Maureen ha sido la madre perfecta para ellos.  No voy a meter más spoilers de la película, porque a estas alturas intuyo que estaréis deseando verla (guiño-guiño), pero os puedo decir que pasé la película con un nudo en la garganta.

Lo que parecen querer transmitir los autores del film es que, pase lo que pase, haga lo que haga, la madre biológica tiene el poder de destrozar la vida de sus hijos si no es un ama de casa y esposa ejemplar. Y eso hará que la odien. Pero ella les querrá por siempre, porque son sus hijos y no hay forma de deshacerse de eso. Y fin. Les regala una canción y todos contentos. Y tú pensando “qué horror, toda su vida a la basura por querer cumplir sus sueños absurdos, ser estrella de rock en vez de conseguir hacer el mejor café y las mejores tostadas del mundo (y que te lo digan)”.

¡¡Oh Wait!! ¿Que una madre no puede ser estrella de rock sin abandonar a su familia? La verdad es que, si hacemos un repaso a la filmografía americana, tenemos algunos ejemplos de que no. La mamá de Candace, Phineas y madrastra de Ferb, por ejemplo, tuvo una incipiente carrera e incluso grabó un disco. Pero lo dejó todo por su bonita familia.

Y luego está la propia Meryl Streep en Mamma Mia, una trouper que se queda embarazada y deja la música para cuidar a su hija. Pero mi preferida, aunque no tenga dotes musicales, es la abuela de Bart Simpson, Mona, activista hippie que abandonó a Hommer y a su padre para vivir el flower power, dejando a Homer un precioso mural psicodélico en el que le recordaba ser un espíritu libre.

En fin, que la película pone las cosas en su lugar. Si quieres ser madre, no esperes nada más de la vida. Especialízate, hazte una profesional de tus labores, una experta del cuidado, y conquistarás tu reino. Por el contrario, serás una fracasada que lo único que habrás conseguido será el odio de tus hijos.

El caso es que al final sales con un sentimiento de culpabilidad que no sabes muy bien de dónde sale. Porque, aunque no hayas abandonado a tus hijos e hija y te hayas ocupado puntualmente de comprarles el material para el colegio, hayas acudido a sus actuaciones, les hayas consolado cuando se cayeron al suelo y hayas escuchado sus confidencias adolescentes, resulta que nunca has sabido cocinar, que siempre has llevado fatal no poder dormir las horas suficientes y no has sido paciente cuando te despertaban a las 5 de la mañana. Que no has pasado mínimo 2 horas al día leyéndoles cuentos y empujando el columpio en el parque. En fin, que no has sido ni de lejos la madre perfecta que todo niño y niña desea, porque lo ve en las películas.

Me pregunto si estas graves máculas en el currículum de madre les causará un trauma irreversible. Pero a mi desde luego me dejan agotada. Estas culpas impuestas y autoimpuestas que las mamás llevamos encima como si nos las cosieran a la chepa nada más parir son insufribles. Si supiera hacer películas, haría la peli anticulpa. Una película que nos quitase transcendencia a las madres y se lo diese a todo lo demás. Que hablase de libertad, resiliencia y responsabilidad.