Colecho

¿Qué saben los pediatras sobre crianza?

Newborn ExaminationMi relación con las y los pediatras en mi historia como madre ha sido desigual. A la primera pediatra que conocí la apodábamos “doctora Menguele”. Podéis conocer su historia en esta entrada. Esa señora me hizo perder toda la confianza en mi cuerpo lactante y entregarme a la medicina más convencional para criar a mis mellizos. Ellos crecieron entre toses, mocos y bronquiolitis gracias a ella. Lo que mejor recuerdo de esa médica (que no doctora) era la seguridad con la que se dirigía a mí, madre primeriza asustada por la enorme tarea que me había caído en los brazos. Ese gesto grave, la seguridad con la que hablaba, sentando cátedra, aplicando protocolos aprendidos en sus años de práctica (que por su edad, no podían ser muchos), hacía que el espacio para la duda disminuyese hasta el mínimo. Vivíamos en los tiempos en los que Internet todavía no era la fuente de interacción entre iguales en la que se convirtió poco después en la era 2.0. 

En esa etapa aprendí que los pediatras no saben nada de lo que nos interesa a las madres cuando acudimos a su consulta una y otra vez, con un niño que llora y llora y con el que no sabemos qué hacer. Después de caer en la trampa del Dr. Estivill, que nos las prometía muy felices adiestrando a nuestros bebés para el sueño, y de perderme una infancia de amor y colecho con mis pequeños, descubrí que la palabra “pediatra” encierra una falsa promesa de sabiduría. El Dr. Estivill (y algún que otro pediatra en nuestro país) se hizo de oro a nuestra costa. Utilizó nuestra desesperación, nuestra pérdida de norte, nuestro sufrimiento en una sociedad en la que la crianza se iba desnaturalizando más y más y la convirtió en oro. 

Con mi tercer hijo, las cosas cambiaron bastantes. Mi relación con las y los pediatras se transformó. Lo tenía claro: los pediatras que tengo a mi disposición no saben NADA sobre lactancia, alimentación, sueño infantil y educación en general. En cuanto a lactancia, había absorbido toda la sabiduría de mujeres lactantes y de libros escritos por verdaderos expertos en lactancia (sí, ahí estaba Un Regalo para Toda la Vida, de Carlos González). Nunca se me ocurrió preguntar al pediatra nada sobre este tema. Nunca introduje los cereales ni las papillas de frutas cuando él o ella me lo indicaban. Nunca introduje leche de vaca en la dieta de mi hijo cuando estuvo lactando. Mi hijo no ha tenido una sola bronquiolitis. Es muy raro que se ponga enfermo, y cuando le pasa, su sistema inmunológico funciona rápida y eficazmente. 

Tampoco se me ha ocurrido nunca decirle al pediatra “mi niño no me duerme ¿qué hago?“. Las prácticas de crianza relacionadas con el sueño infantil no son incumbencia del pediatra. Ya sé que en muchas publicaciones de pediatría se considera trastorno del sueño infantil al hecho de que un bebé tenga que ser acunado en brazos para que se duerma, que se despierte por la noche o que no se duerma cuando se le tiende despierto en la cuna. Es una cuestión de perspectivas. En mi caso, no existía cuna ninguna, así que tampoco había trastorno del sueño por el que preguntar al pediatra. La cuna fue un regalo que nos hicieron con mucho cariño, que apreciamos mucho… pero que no usamos en absoluto. Muerta la cuna, se acabó la rabia… y los trastornos de sueño. Todo ello ligado a un colecho informado, consciente y vinculado a la lactancia materna. Mano de santo.

A ver, la crianza es la crianza, implica dedicación, mucha dedicación. pero si sabes lo que estás haciendo porque lo experimentas, te lo cuentan otras madres y lees libros que te convencen por su argumentación, la cosa cambia bastante. Para mí el pediatra se ha convertido en ese especialista al que acudo cuando creo que es necesaria una auscultación, un vistazo a los oídos o una opinión experta sobre síntomas desconocidos. Incluso en aspectos del desarrollo motor o lingüístico, yo misma u otras compañeras psicólogas saben muchísimo más que cualquier pediatra. Es cierto que, como agente de prevención de trastornos del desarrollo, el pediatra es crucial, ya que su acceso a la población infantil es superior al de cualquier otro profesional. Pero eso no les hace expertos en desarrollo infantil. 

Pero una cosa hay que tener en cuenta: cuando llegas al pediatra con esa prestancia de madre segura que no necesita consejos, hay algunos a los que no les sienta nada bien. Es ahí donde comienzan los comentarios cargados del principio de autoridad, con ADMs de nivel elevado. Les molesta que no nos postremos ante su autoridad, protocolos de alimentación, protocolos de medicación y protocolos de sumisión. Les molesta que nos informemos, que seamos expertas en crianza y que estemos seguras sobre cómo cuidar la salud de nuestras hijas e hijos. Esto no le pasa a todos los pediatras, por supuesto. Existen esas maravillosas excepciones. Pero la pediatría forma parte del patriarcado. Y punto final. 

Autonomía personal y salud infantil

LlorandoHe tomado el título de la entrada de hoy de un módulo que se estudia en el ciclo superior de Educación infantil. Ya el propio título asusta: relacionar autonomía con salud en un módulo dirigido a personas que van a trabajar, en su mayoría, con bebés, es un tanto tendencioso, ya que se presupone 1) que la autonomía es algo que se debe forzar, y 2) que va ligada a la salud, frente al binomio dependencia-enfermedad.

No he explorado con detalle los contenidos que se trabajan en este módulo, pero estoy segura que si lo hago encontraría gran diversidad en la forma de abordarlos. Sin embargo, hoy me hablaron de un manual con el título de este módulo y que, seguramente, será usado por algunos profesores del ciclo superior de Educación Infantil para instruir a sus estudiantes. Se trata del manual de Luis Pablo Hernández López, de la editorial Paraninfo y de este mismo título: Autonomía personal y salud infantil. En este manual se habla de cómo entrenar lo que se consideran los hábitos básicos de salud que se deben ir haciendo autónomos en los niños y niñas: la alimentación, el sueño y el control de esfínteres. 

Lo más preocupante de este manual es que plantea, como si de una verdad absoluta se tratase, una forma de crianza basada en la modificación de conducta y el desapego. Esto es extremadamente evidente en el apartado en el que habla del sueño; aquí son muy claros al respecto: las conductas “erróneas” de las madres y los padres en el hogar dificultan sus pautas institucionales de sueño. En los centros de educación infantil de 0 a 6, todos los niños y las niñas duermen la siesta solos a una hora determinada. Que los niños o niñas no quieran atenerse a este hábito-norma es visto como un trastorno de sueño y no como una necesidad del centro para hacer más cómodo el trabajo de las cuidadoras. No se plantea como una limitación de disponer de una ratio elevada cuidador/a-niño/a sino como una necesidad en el desarrollo de la autonomía infantil. Es una falacia frecuente en el sistema educativo contemporáneo, parecida a la que da lugar al hiperdiagnóstico de TDHA: si el niño o la niña molestan, su conducta se patologiza, se le asigna una etiqueta y se aplican métodos de eliminación. 

En su esfuerzo de ser coherentes, si la autonomía a la hora de dormir no se mantiene en el hogar, esto no se ve como una forma de crianza alternativa  a la que ellos proponen, sino como un fallo de la familia que hay que corregir. Desde este punto de vista, en primer lugar, se patologiza el colecho (dormir junto a los niños pequeños), conducta que el ser humano ha venido manteniendo durante siglos, y en segundo lugar, se posiciona al centro educativo como poseedor de un conocimiento superior sobre la educación y crianza de los niños, que tiene la potestad de imponer sus ideas a la familia. 

De acuerdo con este manual, estas son algunas de las conductas que el centro educativo debe censurar en la familia: 

– Llevarse el infante a la habitación de los padres

-Llevarse al niño a la cama de los padres

– Dormirlo en brazos

– Cantarle para que se duerma

– Darle la mano para que juegue con ella

– Pasearlo en su cochecito

– Darle el pecho o un biberón

– Darle una vuelta en el coche

Obviamente, lo único que queda por hacer es dejar al bebé en la cuna solo, en un cuarto aparte. Muy natural, vaya. Muy lógico desde un punto de vista evolutivo. Por supuesto, lo digo irónicamente. Pero aunque parezca raro, no es extraño que pediatras, educadoras, suegras y madres recomienden el Duérmete niño, del Dr. Estivill, basado en el método Feber, para entrenar la conducta de sueño infantil. Hablando en términos psicológicos, este método consiste en llevar a los niños/as a un estado de indefensión aprendida, según la terminología acuñada por Seligman. En este sentido, si un bebé emite su llanto como señal de llamada y nadie acude a consolarle de manera inmediata, el llanto perderá su función y el bebé entrará en un estado de pasividad en el que cree que no puede hacer nada para conseguir consuelo. 

Por supuesto, esto no es lo que las personas que aconsejan el método dicen. Lo pintan como una forma estupenda de enseñar a dormir y evitar trastornos del sueño. Como si la población infantil fuese propensa por naturaleza al insomnio y a los despertares múltiples sin razón alguna, ignorando las necesidades afectivas de las niñas y los niños. 

Lo normal es que los niños y las niñas duerman con sus padres, si no en la misma cama (cosa muy común cuando se alimentan de manera natural), en el mismo cuarto. Necesitan del contacto humano para dormir. Eso les da seguridad y duermen mucho mejor. Las dificultades de sueño vienen ligadas a nuestras formas de vida frenéticas, con horarios de trabajo antinaturales y con costumbres y hábitos que nos alejan de los ritmos saludables de vida. Lo patológico es el sometimiento al trabajo, y no que las niñas y los niños quieran dormir con nosotros. No carguemos la culpa en nuestros hijos e hijas, sino en la sociedad que impone normas ajenas a nuestra naturaleza. Partiendo de ahí, seamos conscientes de que las instituciones nos imponen hábitos, etiquetas y patologías que tienen su origen en ellas mismas. 

Por lo tanto, si no queréis que vuestros hijos e hijas sean sometidos a estas prácticas de “salud y autonomía” que promulga este libro de texto, y no queréis que os intenten instruir para desapegaros de vuestros hijos e inducirles un estado de indefensión aprendida, os aconsejo que la primera pregunta que hagáis para elegir Escuela Infantil sea “¿Qué libro de texto usasteis en vuestros estudios de Educación Infantil, en el módulo de Autonomía Personal y Salud Infantil?” Si os dicen que el de Luis Pablo Hernández López, salid corriendo. 

UN APEGO EXCESIVO… O ALGO PEOR

Niño durmiendo
Niño durmiendo

En este vídeo emitido por A3 TV el 13 de marzo de 2014 podemos ver una “noticia” que habla del sueño de los niños. El título,  “más de la mitad de los bebés padecen problemas de sueño” nos trae a la cabeza a un montón de niños insomnes dando vueltas en sus cunas… ah NO, espera, ¿que los bebés en realidad tienen que dormir toda la noche de un tirón? Vaya, parece que nos han tocado todos y todas las bebés del 50% insomne.

En este minireportaje salen dos personas hablando como expertos sobre el sueño de los niños, un hombre y una mujer. En ningún momento se nos informa por qué estas personas hablan con tanta autoridad sobre el sueño infantil. ¿Serán pediatras? ¿psicólogos? ¿padres, al menos? No lo sabemos, pero hablan con gran desenvoltura sobre las características del sueño infantil y nos dan consejos para paliar la desinformación a la que sometemos a nuestros hijos sobre CÓMO SE DUERME. A ver ¿es que no os habéis enterado de que incluso los primates enseñan a sus monitos a dormir?… Ah, ¿que no? Vale, es que yo creía que, como lo habían dicho dos que parecían expertos, sería verdad.

Tampoco se nos informa a lo largo del reportaje sobre las fuentes de toda la información que nos están dando. ¿Se han realizado estudios para saber cómo es el sueño normal de un bebé y cómo el deficitario? ¿Se ha indagado en las causas de estos problemas de sueño? Porque afirman con mucha soltura que los niños duermen mal por culpa de la vida desordenada de los padres, que no son capaces de generar rutinas a lo largo del día. Lo que me pregunto es cómo dormían los bebés de los cazadores-recolectores, todo el día vagando de aquí para allá para conseguir comida, sin un lugar fijo en el que dormir… todos insomnes, pobres.

De acuerdo con McKenna y colaboradores, que me merecen mucha más confianza que los expertos sin nombre del vídeo, la forma habitual de sueño de nuestros ancestros ha sido el colecho. La razón es de tipo biológico: los bebés humanos necesitan el cuerpo de su madre para regular sus funciones durante el sueño, además de tener a su disposición su único alimento: la teta. Además, estos autores atribuyen los elevados índices de muerte súbita en nuestra sociedad a la ruptura de las costumbres naturales de sueño y alimentación. El colecho y la lactancia materna, en este sentido, previenen la muerte súbita, no la provocan. Es cierto que hay que tomar ciertas precauciones en situaciones de obesidad de alguno de los colechantes, o si alguno ingiere alcohol, somníferos u otras drogas. Pero no hay datos que demuestren que en el resto de los casos exista riesgo de muerte por aplastamiento del bebé, como sugiere muy alarmada la “experta” del vídeo.

En cuanto al apego excesivo que dicen puede producir el dormir con los niños en la misma cama, tampoco nos dan datos al respecto. ¿Pretenden que en el siglo XXI nos creamos a pies juntillas todo lo que nos dicen sin que intenten demostrárnoslo siquiera? En primer lugar ¿qué es un apego excesivo? Yo he oído hablar del apego seguro, que es el que desarrolla un niño con una o varias figuras que le cuidan de forma constante a lo largo del tiempo, y luego de otros apegos que se consideran menos sanos, pero nunca, en ningún estudio he visto mención a que una de las causas de estos apegos patológicos sea el colecho. Y tampoco he oído hablar de “apego excesivo” en ninguna teoría o trabajo experimental. Por otra parte, si como ya he dicho, el colecho era la forma habitual de dormir de nuestros pequeños ancestros, ¿cómo sobrevivieron a esa incapacidad para independizarse de su madre, estando como estaban todo el día pegados a ella?

Los medios de comunicación deberían informarse un poco más antes de soltar este tipo de documentales al aire. Me da la impresión que este fue un pequeño reportaje de relleno al que no le dieron mucha importancia. Sin embargo, la tiene. Imagínense cuántos padres y cuántas madres estarán pensando ahora si su bebé tiene problemas de sueño, sintiéndose culpables porque le meten en la cama cuando llora por la noche, forzando al bebé a dormir en la cuna y explicándole que se tiene que dormir porque es de noche. Hay mucha información al respecto que nos habla de los beneficios del colecho, que arroja luz sobre la maduración del sueño infantil y de la adaptación progresiva a los ritmos circadianos. Por favor, antes de hablar, estén seguros de que lo que dicen es mejor que el silencio.

Durmiendo Juntos

La cuna. Berthe Morisot.
La cuna. Berthe Morisot.

Cuando nació Vampi Killer, le regalaron una cuna. Nunca la estrenó. Desde su primer día de vida dormimos en la misma cama. Había leído sobre colecho, pero no sabía realmente cómo iba a progresar el asunto. Había leído sobre lactancia materna, sobre los patrones de alimentación de los recién nacidos, su mala costumbre de alimentarse tanto por el día como por la noche, con frecuencia las primeras semanas, y las ventajas del colecho para mantener la lactancia.

En un primer momento montamos la cuna, pensando que quizás fuese más cómodo acostarle allí cuando estuviese dormido después de alimentarse, pero poco a poco vimos que la cuna lo único que hacía era ocupar sitio en la habitación y la desmontamos. Entonces compramos una cama de dos metros. Una inmensa cama japonesa muy bajita para disminuir el peligro de caídas accidentales. Es la mejor compra que he hecho en mi vida.

El colecho tuvo, desde mi punto de vista, sus ventajas y sus inconvenientes. La mayor ventaja era poder alimentar a mi bebé mientras dormía. La verdad es que fue un bebé dormilón y comilón: si se despertaba, bastaba con ofrecerle la teta para que se volviese a dormir. Solo cuando estaba malito, muy de cuando en cuando, había que levantarse a mecerle en brazos para que se durmiera. Así que, por esa parte, era estupendo no tener que estar dando paseos nocturnos con un bebé en brazos, como pasó con sus hermanos mayores.

Otra ventaja era la tranquilidad de tenerle siempre al lado. Con los mayores me despertaba a media noche sobresaltada porque no habían llorado, y me iba a verles a la otra habitación para comprobar que respiraban. ¿Obsesiones de primeriza? No lo sé, he oído a otras madres y padres mencionar este miedo y esta conducta. Pero tener al bebé a mi lado me daba paz, y me encantaba sentir su respiración acompasada y saber que estaba bien. A esto se unía el placer de poder acariciarle y besarle mientras estaba dormido.

Pero no todo eran ventajas. Permanecía prácticamente durante toda la noche en la misma postura: de lado, de cara al niño, para amamantarle. Esto me produjo fuertes dolores de cadera, que aún hoy, después de los años, permanecen. Esto, unido a mi manía de cargar a un bebé regordete también en la cadera, con una bandolera, me dejó la espalda hecha un ocho. La práctica del yoga palió un poco estos dolores, pero lo cierto es que, desde entonces, tengo contracturas por toda la espalda y el eterno dolor de cadera.

Por otra parte, cuando el niño ya era mayor, tres años aproximadamente, le pusimos su nueva cama. Él se dormía en mi cama, y cuando estaba dormido, le llevábamos a la suya. A media noche siempre volvía con nosotros, muy sigilosamente, y se acostaba en su sitio acostumbrado: en medio de la cama. Poco a poco fue durmiendo cada vez más tiempo en su cama, pero a día de hoy, con 7 años, no he conseguido que se duerma solo. Normalmente no me importa meterme con él en su cama hasta que se duerma, pero a veces es desesperante tener que estar metida en su cama a las 10 de la noche, con cosas por hacer y luchando para que no me venza el sueño a mi también. No creo que esto sea malo para él en absoluto (aunque me ha dejado bien claro que ni se me ocurra contarle a sus amigos cómo se duerme él) pero si lo es para mí. A veces me quedo dormida y me despierto a las 11 o las 12 refunfuñando y poco operativa para realizar cualquiera actividad.

Por lo demás, el colecho creo que ha sido beneficioso para él: le permitió alimentarse cómodamente por la noche durante los primeros dos años (edad en la que decidí amamantarle solo por el día), le aportó seguridad ante su miedo a la oscuridad y los monstruos nocturnos y creo que su carácter afable e independiente proviene de esa seguridad que se fue forjando a lo largo de los años. Dormir con su mamá sigue siendo, no obstante, un placer para él. “Qué bien se está aquí” dice los días que le dejo acostarse en mi cama y dormir junto a mi.