Cineterror

No va sobre crianza ni sobre respeto


Seguro que alguna vez os habéis cruzado por las redes sociales con gente que se autoproclama defensora de la Crianza con Respeto (CR). Hasta ahí, todo correcto. El respeto es algo precioso y necesario en las relaciones con nuestros hijos e hijas. Y fomentar la atención cuidadosa hacia nuestros comportamientos en la crianza es muy útil, sin duda, en una sociedad en la que el maltrato a la infancia está normalizado. 

Sin embargo, existe un grupúsculo de madres, que se dicen abanderadas de la CR, que siembran el caos y el desencuentro en las redes sociales. Atesoran bloqueos de cuenta, disputas épicas en hilos kilométricos que duran días y días, tanto en sus muros como en grupos de Facebook. Su afán parece ser la defensa a ultranza de los niños y niñas. Sin embargo, todo se tuerce cuando sus intervenciones toman un tinte mesiánico que te conmina a reconocer tus errores, a flagelarte en público como madre que calló en las garras de la sociedad enferma, a penar día tras día por todo lo que el mundo tiene de malo y de adultocéntrico y de podrido. Y mira, lo tiene. Pero hay ocasiones en que el mundo es maravilloso, las personas que te rodean son amorosas y los niños y las niñas son felices. Y vas tú, pobre de ti, y se te ocurre comentar lo maravillosa que es la vida. O decir que no es tan mala, oye tú. Ahí pierdes puntos como criandera con respeto. No te importa una mierda, pero los pierdes y además lees durante días estados del Facebook dedicados a tu disonancia cognitiva, a tu coraza de hierro y a todo el odio que encierras. 

Si reconocéis todo esto, es que habéis estado cerca de uno de estos grupúsculos de Maternidad Punky, como dice una amiga mía. Y si lo estáis, sabréis que tenéis que ir con pies de plomo con lo que os atrevéis a decir en las redes, no vaya a ser que alguna Pussy Riot de la crianza se de por aludida y tergiverse lo que habéis dicho para convertirse en la mártir de la CR, una víctima maltratada por sus ideales excelsos, por la pureza de sus creencias y por todo el amor que va dejando a su paso. Si esto sucede, tendréis que aguantar falta de respeto tras falta de respeto. Porque ellas, las damas blancas (ups perdón, blancas no, mejor… ¿rosas?) de la crianza, son muy respetuosas con los niños y las niñas, pero a los demás seres humanos les pueden dar mucho por culo. Te insultarán, te difamarán, incluso se permitirán mencionar a tus hijos e hijas en un alarde de sinvergonzonería nivel superior. 

Esta es una de las cosas que mejor saben hacer estas señoras: hablar de los hijos e hijas de otras personas. Se creen con el derecho de decir quién lo hace bien y quién lo hace mal. Se erijen en jueces sumarísimas de mujeres que pasaban por ahí y tuvieron la insensatez de comentar de manera natural algo sobre su vida cotidiana o algo que les pasó en la crianza de sus hijos. Cuantas mujeres no habrán caído en esa trampa y habrán salido dañadas de esas disputas sin sentido, que solo buscan herir al adversario para conseguir la auto-afirmación del grupo. 

Ya con mis hijos mayores, la verdad es que me paso por el forro lo que me diga ese grupúsculo. Ahora andan diciendo que no me arrepentí de aplicar el método Estivill. ¿Pero quién coño son ellas para hablar de mi vida? ¿Quiénes son ellas para hablar de la vida de cualquier madre? Independientemente de que el método Estivill me parezca una basura con la que un sinvergüenza se lucró, ¿qué derecho tienen estas señoras a decirle a nadie que se arrepienta humildemente de lo que hizo? Y lo peor es que, aunque yo me lo pase por el forro, estas actitudes de secta mesiánica con su gurusa a la cabeza hacen daño a muchas mujeres que están en momentos muy vulnerables de su crianza. Eso no me da lo mismo. Eso me cabrea mucho: que en nombre del respeto, un grupo de skinheads de la maternidad se permitan ir repartiendo inquina y mala sangre a diestro y siniestro. Eso sí: las malas somos las demás, que tenemos los ojos cerrados a la verdad, nuestra herida primal sangra y no somos capaces de ver la luz que ven ellas, las salvadoras de los niños y las niñas en un mundo de adultos rapaces y crueles. 

Métodos educativos made in Spain

Me ha costado darme cuenta de que el problema del sistema educativo español no sólo es la pésima formación de las maestras y maestros. A esto se une la moral pedagógica que subyace a las prácticas disciplinarias de estos profesionales y de las instituciones que forman parte. Vamos a describir algunas de estas prácticas.

1. Castigos colectivos: Esta práctica consiste en someter a una sanción a un grupo de niños y niñas cuando no se sabe quién o quienes son culpables de un estropicio, daño o ruptura. Con esto se consigue coaccionar al grupo para que acuse al culpable o que el culpable confiese para que no castiguen a sus compañeros. Va en contra del derecho a la presunción de inocencia y no se recoge en ningún reglamento como sanción permitida. Es injusta por definición y no tiene justificación usarla en ningún contexto. Es propia de campos de concentración y cárceles decimonónicas.

2. Humillación pública: Cuando mis hijos me contaron el método que usaba una de sus maestras para conseguir que los niños que no querían separarse de sus madres dejasen de llorar me quedé atónita. Les había enseñado una canción que todos cantaban al unísono señalando al niño en cuestión. La canción decía “niño bebé, chupete y a la cuna”. ¿Qué os parece como forma de consolar a un pequeño que se siente mal, angustiado, separado de su madre? Esta técnica adquiere matices diferentes a medida que se avanza de curso. Un castigo habitual cuando un niño de los primeros cursos de primaria se convierte en un estorbo para la maestra consiste en enviar al niño a un aula de infantil. Curiosa forma de cambiar las ratio. ¿Qué consigue la maestra con esta treta? Nunca hemos llegado a averiguarlo, no viene en ningún manual de Psicología de la Educación. Lo que sí sabemos es que a veces la estrategia cambia, y los niños son enviados a los grupos de mayores para que se rían de ellos. Diabólico ¿verdad?

3. Afirmaciones negativas sobre uno mismo: Este último procedimiento lo he conocido durante este curso. Consiste en que la maestra hace escribir al niño en el cuaderno o la agenda una afirmación negativa, como por ejemplo “soy muy lento, necesito espabilar” y le hace llevarle la nota a su madre para que la firme. De esta forma, el niño está confesando delante de su madre, que suscribe frente a la maestra la afirmación negativa sobre su hijo. Este método produce a veces intercambios epistolares muy interesantes entre las maestras y las madres, pero no tienen ningún valor pedagógico. 

4. Retención en el colegio más allá de la hora de salida: Por último, os hablaré de un último método que nos tiene estupefactas a las madres durante este curso. Llegamos a las 14:00 a las puerta del colegio y esperamos al menos 15 minutos hasta que salen nuestros hijos. La maestra les ha retenido porque dice que estaban hablando. La semana que viene creo que adoptaré el mismo método: llevaré a mi hijo 15 minutos más tarde al colegio y así tendrá más tiempo para desayunar. Ah ¿que eso se considera impuntualidad? Sospecho que no se valora con el mismo rasero el tiempo que pierden de clase y el que nos hacen perder a nosotras esperando en la calle. 

Y hasta aquí la relación de métodos pedagógicos bizarros que usan los colegios españoles, todo ello aderezado con la estratagema de investir con el calificativo de autoridad al profesorado de algunas comunidades autónomas, lo que les da más credibilidad que a los niños y a sus familias en aras de una supuesta protección de su persona y su dignidad. Increíble pero cierto, amigos finlandeses. 

Y no, no es que hayamos tenido mala suerte. He escuchado de boca de distintas familias de distintas comunidades y distintos tipos de colegios relatos semejantes. Que no, que no son excepciones. Son cosas que pasan en las escuelas españolas. 

EN SOLIDARIDAD CON ANA ROSA

11018800_10206199226448972_6619561407698517036_nAna Rosa, tengo algo que decirte. Siento mucho que te sientas aterrada por las madres y sus bebés. Una invasión de doulas locas intentan cobrarnos una pasta por darnos a comer nuestra placenta, comernos el coco con estúpidas teorías sobre el parto orgásmico y quemar el cordón umbilical con una vela. Quieren que los restos del parto se pudran hasta oler, e incluso algunas nos obligan a no bañar a nuestros bebés hasta varios días después de nacer. Gracias por preocuparte . ¿Qué sería de nosotras, cabecitas atolondradas, sin mujeres como tú, con la cabeza sobre los hombros?

Es verdad, no nos dimos cuenta de que hay personas que estudian en la universidad para atender nuestros partos. Personas que saben qué hacer con nuestra bolsa de líquido amniótico, nuestras membranas, nuestro periné y nuestro bebé. No sé si me debería atrever a calificar todo eso como “nuestro”. Ya tu sabes: abandonarse en las manos de una buena matrona y de un buen ginecólogo es preceptivo para el desarrollo correcto del nacimiento. Si esa mujer te dice “empuja”, tú empuja. Si te dice “deja de quejarte, bonita”, tú callada. Si se te sube encima como una posesa y empieza a apretar, tú mejor te callas, así se te reviente el útero. 

Lo que yo me pregunto es cómo ha llegado el ser humano hasta aquí. Ya sabes que antes no había universidades. Claro que antes ya se sabe que se morían prácticamente todos los bebés y casi todas las madres, lo he visto en las películas. Cada vez que hay un parto de esos en los tiempos antiguos, en un 70% de las ocasiones o más alguien acaba muerto. Y los guionistas sabrán lo que hacen, que para eso son profesionales y han estudiado ¿no? No vamos a ser nosotras, pobres indocumentadas, quienes les llevemos la contraria. 

Las mujeres, a parir, que es su obligación, y los profesionales (las matronas también), a decidir por nosotras, que para eso han estudiado un montón de años. Porque un título creo que te da poder para eso: para decidir por las personas sin estudios. Bueno, algunas tenemos estudios, pero no sabemos nada de nuestro cuerpo y como funciona y eso. Pero somos super engreídas algunas. Yo conocí a una que incluso fue al hospital con una cosa que llaman “plan de parto”. Era un documento que le había susurrado una maldita doula al oído. No creo que se le hubiese ocurrido a ella. Decía cosas como que quería prescindir de la oxitocina sintética (¿eso será el gotero?) o que no quería que le rompiesen la bolsa. Que quería que la dejasen dilatar a su ritmo y que nadie le pusiese enemas, la rasurasen o le hiciese tactos innecesarios. ¡¡Todo cosas que son por su bien!! Ah, y que nada de epidural. Qué salvaje y loca. ¿Se creerá que es una mamífera?

En fin, Ana Rosa, tú tranquila. Las cosas se van a poner en su lugar, ya verás. Creo que unos señores muy listos han escrito un informe que va a acabar con todas estas locuras. Las mujeres nos pondremos todas en fila y obedeceremos, haremos todo lo que nos digan. Oye, que para eso han estudiado un chorro de años las personas que nos atienden en el hospital. Como para que ahora nos pongamos farrucas y queramos decidir sobre cosas que ignoramos completamente. Y a parir, acompañadas por nuestro marido. Faltaría más. Como Dios manda, hombre ya. 

EL APOCALIPSIS ZOMBI

Princesa zombiCada vez que veo una película o serie de zombis pienso: ¿qué tenía en la cabeza el que los inventó?. Muertos vivientes con ansias de carne y vísceras. Difuntos que, aun siendo llorados, hay que matar por segunda vez. Carecen de malicia, aunque su único objetivo sea comerte y no sienten dolor ya les golpees o les arranques un brazo. Son zombis.

Cuando aprendes a manejarlos pueden llegar a ser dóciles como corderos. Te camuflas entre ellos restregándote olor a muerto, o les cortas los brazos y les rompes la mandíbula inferior para que no puedan morder ni agarrar. Se convierten en tus siervos. Pero si bajas la guardia, si dudas, si sientes compasión, o simplemente son demasiados, te conviertes en uno de ellos o ellas (¿tienen género los zombis?).

Son una metáfora de la raza humana devorándose a si misma. Lo peor de la apocalipsis zombi es comprobar que los que no lo son, son infinitamente más peligrosos que ellos. Los zombis, cuando pasas el primer momento de terror, son fácilmente controlables y eludibles. Sin embargo, los humanos son seres despreciables que te roban, te torturan o te meten un tiro entre ceja y ceja a la primera de cambio. Hay incluso quienes usan a los zombis como arma: los agrupan en manada y los lanzan contra sus víctimas para que huyan asustados o simplemente para que perezcan devorados.

Aunque su origen esté en la cultura haitiana y el vudú, los zombis no dejan de ser un concepto difundido por los EE.UU.: su forma de ver la sociedad está presente en cada escena de una película de zombis. Siempre tiene que haber una jerarquía y solo sobrevive el más fuerte: es la selección natural. Nada de una sociedad horizontal e igualitaria, eso es un despropósito. Para que la cosa funcione, tiene que haber un jefe. Los yankis, que son como son, lo hacen verbalmente explícito y se preguntan “¿Quíén es el jefe?” Y los aspirantes y su séquito entran en una especie de contienda que se resuelve atendiendo al que tenga más poder. El que tiene más seguidores o más recursos, “gana las elecciones“. En nuestro país seguramente eso se resolvería de manera no verbal y usando estrategias de machaque psicológico hasta que uno de los dos contendientes ceda y deje el poder al otro. Una “divinización” en toda regla. 

El objetivo final en una apocalipsis zombi es la supervivencia. El problema es que el ser humano se ha empeñado en que para que sobrevivan unos tienen que morir otros. Y, por supuesto, que los buenos, los tontos y los débiles mueren siempre. Y se convierten en zombis, claro. Hay humanos que, para no ser pasto de los zombis o porque tienen intereses ocultos, se unen a los domadores de zombis y hacen pandilla. Usan a los zombis para masacrar a los humanos que van en contra de sus intereses.

Los humanos que manejan a los zombis rara vez dan la cara. Dejan que esos seres sin alma hagan su trabajo. Mientras, los humanos que solo luchan por sobrevivir y que son del bando de “los buenos” van haciéndose cada vez más desconfiados, van aprendiendo técnicas nuevas para salir adelante, van cambiando de estrategias y cada vez llegan más lejos. Puede ser que un día, estos humanos buenos se unan. Entonces, su misión más difícil no será acabar con los zombis: la inteligencia es la mejor arma de los humanos contra ellos. Lo más complicado será acabar con los humanos que inocularon el virus para generar la zombificación por primera vez, con la esperanza de tomar el poder sobre la especie y hacerse dueños únicos de sus riquezas.

Una simple metáfora del mundo tal y como lo conocemos.

CÁSATE Y SÉ SUMISA

La publicación del libro de Constanza Miriano,  editado por el Arzobispado de Granada, ha sido un bombazo en nuestro país. Frente al abrumador rechazo de gran parte de la sociedad, es curioso que, actualmente, sea el libro más vendido . Esto da mucho que pensar: la autora italiana plantea sus técnicas de sumisión, de obediencia y de entrega como una estrategia para perpetuar el matrimonio cristiano y para llegar a Dios a través de tu dueño y señor: tu marido.

Por supuesto que no voy a respaldar que las relaciones de pareja estén basadas en la sumisión, pero me parece muy llamativo que la necesidad por perpetuar el matrimonio cristiano no haya tenido ninguna propuesta aclamada desde las filas laicas para solventar lo que creo que es un gran problema en nuestra sociedad: el fracaso de la pareja.  El libro de Bucay y Salinas, que fue un gran éxito de ventas, Amarse con los Ojos Abiertos, y el de Osho, Amor, Libertad, Soledad, no hablan de las relaciones monogámicas estables a las que estamos acostumbrados. Sí tratan de la forma de establecer una relación de forma saludable y de romperla de una manera saludable, pero no se plantean el problema de que una relación se deba perpetuar en el tiempo ni de las nuevas circunstancias que surgen cuando la pareja tiene hijos.

Cuando yo leí esos libros ya era demasiado tarde. Me abrieron los ojos a cosas que nunca me había planteado. Desde pequeña pensé que estudiar una carrera, casarse y tener hijos era el desarrollo lógico de la vida. No culpo a nadie de esta ceguera, creo que es algo que pesa sobre nuestras cabezas de manera estructural y que quizás desaparezca en dos generaciones, pero de momento seguimos en la rueda sin pararnos a reflexionar por qué hay tanto sufrimiento a nuestro alrededor, tantas rupturas, tantos niños y niñas sufriendo las desavenencias matrimoniales o la imposición de acuerdos legales que les hacen viajar de un lado a otro con sus maletas un fin de semana sí y otro no.

Creo que muchas de mis lectoras sabéis a cuento de qué viene esta reflexión. Y sabéis quién ha dicho la siguiente frase:

no he visto jamás un estudio que demuestre aquella tan repetida afirmación de que un matrimonio con conflictos es peor para los hijos que el divorcio. Vale, pelearse continuamente a navajazos es malo para los niños. Pero muchos padres podrían, si se lo propusieran, mantener una convivencia lo suficientemente civilizada durante el tiempo suficiente para permitir a sus hijos una infancia estable. Como se ha hecho durante siglos.”


Vale, por fin encuentro una propuesta laica para perpetuar la relación de pareja, y esta propuesta consiste en mantener una convivencia civilizada durante el tiempo suficiente para que los hijos crezcan y se emancipen. Está claro que esta afirmación se basa en la firme creencia (sin pruebas) de que es mejor para los hijos vivir en un hogar sin amor que con sus padres separados. Y también en la firme creencia de que los padres, guiados por su egoísmo, no hacen el mínimo esfuerzo por mantener la relación. Como siempre suele hacer la persona que ha dicho esa absurda frase, que por cierto, no es experta en relaciones de pareja ni en desarrollo infantil, ni ha realizado ningún estudio al respecto de lo que afirma, hace una generalización a las bravas y nos planta ante una pareja utópica y universal, que es la que está en su mente, pero no en el mundo real. Y como suele hacer, sentencia de la misma forma sobre todas las parejas, no solo de nuestro tiempo actual, sino sobre las parejas de hace siglos.

No le voy a quitar razón a ese personaje en que la ruptura de pareja acarrea sufrimiento, tanto para los hijos como para los padres. Pero la propuesta que hace es absolutamente irrelevante e inútil. Al menos Constanza nos da pistas y estrategias concretas sobre la forma de perpetuar nuestro matrimonio y a la vez ser felices. Ser católica le hace feliz, y ser sumisa a su marido también (aunque pase por alto que, a veces, hay mujeres que están casadas con energúmenos que les parten la cara. Pero claro, esto forma parte de la sumisión: poner la otra mejilla). La única propuesta de este afamado gurú es “comportaos como se ha hecho durante siglos.” De ahí se infiere lo siguiente: “Es probable que las parejas de antaño fuesen tan infelices o más que vosotros, pero aguantaban juntos por sus hijos, y eso las hacía grandes. Durante siglos, la humanidad ha sido feliz porque las parejas, aunque dejaran de quererse, seguían unidas hasta la muerte. Eso es lo que tenéis que hacer vosotros: languidecer en una pareja fracasada de una forma civilizada, y así la humanidad seguirá conservando su felicidad”. Además, añadiría: “Para que esa felicidad sea plena, la mujer es mejor que no trabaje y se quede en casa cuidando de la prole, para así no tener que llevar a los niños a la guardería y que se conviertan en tarados emocionales el día de mañana.”

En fin, que no veo muchas diferencias entre la propuesta de Constanza Miriano y la de este afamado gurú laico, excepto que Constanza cree que se puede ser feliz siendo sumisa. Por lo tanto, y como no estoy de acuerdo con ninguno de los dos, os hago una propuesta: eduquemos a nuestras hijas e hijos para que sean capaces de entablar relaciones emocionalmente sanas; no les transmitamos la idea de que, para ser un ser completo y feliz, hay que tener hijos, y que sepan que, si los tienen, debe ser con alguien muy especial, al que conozcan en profundidad, con el que hayan hablado y acordado muchos aspectos que, aunque parezcan irrelevantes, surgen cuando se tienen hijos. Ah, y por último, si os divorciáis (es un derecho que tenemos y al que no tenemos por qué renunciar), intentad ser civilizados en la distancia y poner siempre a vuestros hijos por delante de toda decisión que toméis. Sin embargo, os diré que la clave del éxito en un divorcio suele ser la independencia económica de ambos cónyuges. No tengo datos científicos sobre esto, pero, como dice un amigo “Tampoco existe un metaanálisis con ensayos clínicos doble ciego sobre la seguridad de los paracaídas y, sin embargo, se siguen usando” (referencia del estudio que demuestra esto aquí).

Puedes encontrar otras entradas que hablan sobre este tema en El rincón de Mixka y en Bea, mamá de dos.

LA PREVENCIÓN DEL ABUSO SEXUAL EN NIÑOS Y NIÑAS

Ya estaba yo frotándome las manos con la entrada que tenía ya medio preparada sobre “¿La iglesia va en contra de las mujeres?”, cuando escuché voces y más voces clamando por información sobre la prevención del abuso sexual en niños y niñas. He de confesar que es un tema que nunca me ha obsesionado, tal vez porque prefiero apartarlo de mi mente lo más lejos posible (ver “Cosas que me dan miedo”). Sin embargo, estoy de acuerdo con que es un tema que requiere de cierta reflexión por parte de las familias.

Ya hablé en otro post sobre la educación sexual en adolescentes. ¿Cuándo debe empezar la educación sexual? Desde mi punto de vista, desde que el bebé aterriza en este mundo, ya que la sexualidad es algo inherente al ser humano que forma parte de nuestra más profunda naturaleza y que, por la misma razón, está situada entre los más grandes tabúes de nuestras culturas. Sé que Wilhelm Reich fue perseguido y enviado a la cárcel por decir este tipo de cosas, pero creo que llegados casi a los años 20 del siglo XXI, me puedo permitir hacer una reflexión sobre la sexualidad infantil sin ser enviada a la hoguera.

El sexo, desde el principio de nuestros días, va ligado al placer y al dolor, Eros y Tánatos en uno jugando y entrelazándose para dar vida. Desde que el hombre es hombre y la mujer es mujer, la conducta sexual ha sido regulada, reprimida, encauzada, moralizada. Desde nuestra más tierna infancia nuestros mayores nos ocultan el tesoro que encierran nuestros cuerpos, la capacidad de darnos placer a través del acto de amar. Esto mismo nos niega gran cantidad de información valiosa para saber discernir el bien del mal.

Esta semana, una de nuestras compañeras blogueras nos hablaba de una técnica de prevención de los abusos sexuales basada en enseñar a los niños las partes del cuerpo que está prohibido tocar. Se usaban las luces del semáforo (verde, ambar, rojo) para indicar al pequeño o a la pequeña aquellas zonas que no debe dejar que nadie le toque. Esta propuesta no me convence del todo, ya que implica etiquetar las zonas del cuerpo que “son cubiertas por el traje de baño” como zonas prohibidas, sin la posibilidad de ofrecer al niño una explicación lógica de esta prohibición. Y los niños, que son muy listos, nos van a pedir una explicación del asunto. ¿Que tiene de malo que me toquen el culo, si tú, mamá, me lo tocas a todas horas? ¿Y mi hermano me lo puede tocar? ¿Y la abuela? Desde luego que me gustaría que si a mi hija le dan una palmetada en el culo ella sepa distinguir si en ese acto existe un matiz sexual inapropiado, pero… ¿la técnica del semáforo conduce a este conocimiento tan sutil?

Una de las cosas que los niños y las niñas deben saber de forma tácita desde muy pequeños es que la sexualidad apropiada va acompañada de amor y de consentimiento mutuo. Hablar abiertamente de sexo cuando los niños están delante es algo que la mayoría de las familias evitan. Tened en cuenta que cuando digo “sexo” estoy empleando la palabra de una forma muy amplia. El sexo no se reduce al coito. El sexo comienza con la caricia, con el beso, incluso con la mirada. Y nuestros pequeños deberían saber, desde muy pronto, que el sexo es algo que nos gusta, nos da placer, se da entre dos personas que se quieren y no implica daños y perjuicios. Si es así, serán capaces de discernir que algo que les hace sentir mal es INAPROPIADO. Y si les hemos dado la confianza para hablar de ello, es más probable que nos cuenten si alguna vez alguien les hace sentir mal.

Por otra parte, es importante que estemos atentos a las situaciones que pueden implicar riesgo y a los índices que nos pueden indicar que nuestros hijos están pasando por una mala experiencia. Cuando los niños son muy pequeños, las rabietas y el llanto son señales de que algo no les gusta. Si el niño verbaliza que no quiere ir al colegio o a casa de algún conocido, seguramente no quiere decir que estén abusando sexualmente de él, pero indagar en sus preocupaciones hace más difícil que un abusador persista en su conducta.

En definitiva, creo que la educación sexual temprana es la mejor prevención para este tipo de problemas. Os dejo la dirección de un blog que os puede resultar interesante, ya que trata el problema desde un punto de vista científico y con datos reales.

COSAS QUE ME DAN MIEDO


Ayer veía por enésima vez una de las películas de la saga “Pesadilla en Elm Street”, concretamente la última, en la que se aclara de dónde sale ese psicópata onírico con uñas de acero. Aunque la película a estas alturas ha perdido la frescura de su primer capítulo, dirigido por el maestro Craven en los años 80 y protagonizada por un joven Johnny Deep y un genial e inimitable Robert Englund, yo me trago cualquier cosa relacionada con el mundo del terror. 


Samuel Bayer intenta revivir a Freddy con muy poco arte, pero ahí están de nuevo sus puntiagudas uñas. Echamos de menos ese sombrero de ala ancha (más ancha) que oculta la terrible cara del monstruo, así como su satírico sentido del humor (¡Bienvenida a la hora estelar, perra!), aunque lo de “estás en un sueño húmedo” mientras la pobre chica nada en sangre en un largo corredor no está mal. 

Pero a lo que íbamos: las cosas que me dan miedo. Creo que a estas alturas queda claro que el bueno de Freddy ya no me atemoriza. No desde aquel día que me acorraló en la Casa Encantada del Parque de Atracciones de Madrid y me dijo “deja de gritar y sal por ahí, que mis uñas no son de verdad”. Pero hay algo terrible en la inocencia de sus pequeñas víctimas, en los niños de los que abusa cuando está vivo, ya crecidos adolescentes a los que asesina en sus pesadillas. 

La inocencia de los niños es la otra cara de la moneda de la perversión. El abuso sexual es la faceta más cruenta y aterradora de esta moneda. Sin embargo, creo que no hay que ir al extremo para atemorizarse con la contemplación de esta inocencia. El terror me asalta cada vez que atisbo esa inmensa confianza infantil en el BIEN, ese “ignorar” que la vida se puede tornar tremenda de un segundo al siguiente.

Una de las primeras veces que he observado ese terrible quebrantamiento de la inocencia fue el día que Vampi Killer descubrió el concepto de muerte. Todo empezó con el insight de que, para comer animales, éstos debían morir primero. Se quedó unos instantes meditando, tras los cuáles, levantó su cabecita de  4 años hacia mí y preguntó: “¿Y tú también te vas a morir?” Qué podía decirle más que la verdad. Pero siguió preguntando: “¿Y yo?” Si cariño, todos moriremos, todos los seres que están vivos mueren. 

Vampi Killer lloró amargamente durante largo rato. Ni abrazos, ni besos ni caramelos lograban consolarle. Eso me hizo recordar que una de las cosas que más me impresionaron de pequeña fue cuando le pregunté a mi padre qué pasaba con los cadáveres cuando los enterraban. Esa ordalía de gusanos y carne putrefacta me ha acompañado toda la vida.

El descubrimiento de la muerte es algo a lo que todos y todas tenemos que enfrentarnos tarde o temprano. Pero me parece mucho más cruel cuando nuestros tiernos niños descubren la maldad; porque, al fin y al cabo, la muerte es un hecho irrefutable, pero la falta de sinceridad, la envidia, la avaricia, el odio, la rabia, la crueldad, son a veces san sutiles que, aunque nos destrocen, se nos escapan entre los dedos, no pueden ser definidos con exactitud.

Podría deciros, para que os quedaseis más o menos tranquilas, que es posible que nuestras hijas e hijos crezcan sin conocer la maldad, pero desgraciadamente no lo creo. Ojalá que su inocencia se transforme en sabiduría y no en desengaño y alienación. Ojalá la resiliencia juegue a su favor y nuestros temores nunca se hagan realidad.



FIN DE SEMANA DE CINE: LAS BRUJAS DE ZUGARRAMURDI Y NO SE ACEPTAN DEVOLUCIONES

 

No voy a ocultar que siempre he sentido cierta ambivalencia por Álex de la Iglesia. No soy muy aficionada al humor delirante y el humor negro lo prefiero en dosis pequeñas. Aún así, hay que reconocer que sus películas nunca me han dejado indiferente. Las brujas de Zugarramundi tampoco lo ha hecho. Vale, confieso que he reído, pero Álex, ¿era necesario vomitar todos los estereotipos machinazis en solo 112 minutos? Creo que, en los tiempos que corren, en los que es tan necesario promover la paz social en las rupturas de parejas con hijos e hijas de por medio, está de más una oda a la maldad de las mujeres y la estulticia de los hombres, con niño entregado al sacrificio incluido.

En todas las críticas que he leído, la gente alaba la primera parte de la película, esa delirante huida en taxi por las calles de Madrid que acaba en Zugarramundi, tierra de Brujas. Sin embargo, no he visto ninguna reseña que profundice en el meollo del asunto: una pareja divorciada, un niño al que su padre lleva a un atraco a mano armada pero es un buenazo que se preocupa por su hijo y su madre, una histérica que lo único que quiere es destrozar la vida a su ex-marido a costa de sacrificar al niño. Dos coches siguen al taxi que huye:  la ex-mujer, haciendo uso del localizador del móvil (herramienta genuina de las mujeres locas por controlar a sus maridos) y una pareja de policías que siguen a la mujer.

Cuando llegan a Zugarramundi, les espera un aquelarre de brujas de lo más nutrido. Una de ellas, joven y guapa, se prenda del papá de la criatura (Hugo Silva) rechazando al chaval descerebrado
que encarna Mario Casas. Ahí, el guión deja claro que la que elige es la mujer, detecta su presa y se dispone a engullirla (en el más literal sentido de la palabra). Para más Inri, Carolina Bang es la novia de Álex de la Iglesia en la vida real, separado y con dos hijas. Esto hace que la película nos haga sospechar cierto toque autobiográfico, aunque por su puesto no lo puedo asegurar, ya que la vida del director bilbaíno no es de las que se prodigan en el Sálvame Deluxe. El caso es que la bruja joven se encapricha del papá del niño y traiciona a su aquelarre para comenzar una relación con él.

Eva insulta al aquelarre enamorándose de Hugo, pero sigue siendo una bruja. Es magistral el dialogo en el que acusa al pobre hombre de ser un egoísta y un cobarde que prefiere a sus amigos y a su hijo que a ella (mientras los amigos arden en una hoguera y el niño es engullido por un monstruo en forma de Venus de la fertilidad). Esa rabieta nos refleja a todas las brujas posesivas que queremos acaparar la vida de nuestras parejas por completo y quitarles su libertad. ¡¡PERO QUÉ BRUJAS SOMOS!!Bueno, no os voy a destripar más la película, por si no la habéis visto. El final es de traca y me trajo a la memoria el Club de las Segundas Esposas. En definitiva: si os queréis reír, quitaos las gafas de género (como dice mi amiga Chusa) cuando vayáis a verla.

En contraposición está la película del mexicano Eugenio Dérbez, No se aceptan devoluciones, nos acerca a una temática muy parecida en lo que viene siendo una comedia lacrimógena ligera y divertida, pero de la que se pueden sacar algunas conclusiones sencillas. Digamos que, frente a lo enrevesado de Las Brujas, Dérbez va de frente: un solterón empedernido, vago, promiscuo y con miedo al compromiso, puede convertirse en un excelente padre por amor. No creo que Dérbez ataque diréctamente a las mujeres en esta cinta, ya que el caso de Julie, la madre de Maggie (rubia bilingüe de 7 años encarnada por Loreto Peralta, que hace un bonito papel) es un caso aislado muy poco común que evoca la ya clásica Tres solteros y un biberón: la madre que, tras una aventura esporádica, queda embarazada y le lleva el bebé al padre para seguir su vida de soltera.

En fin, que la película de Dérbez está siendo un éxito en taquilla (todavía no hay fecha de estreno en España) con una trama más bien sencilla (aunque plagada de sorpresas) y sin buscarse enemigos entre las mujeres. Por eso digo y repito…. ÁLEX, ¿ERA NECESARIO?