Album de recuerdos

Lo sencillo

Hoy, mi hijo pequeño me ha dicho que tiene “miedillo”. Me ha preguntado si puede haber una gerra civil, y no le he podido asegurar que no. Nos ha escuchado comentar que el presidente de nuestro país ha rechazado la mediación y nos ha preguntado que qué es eso. Le he dicho que la mediación es algo que se hace para poner paz, y se ha echado las manos a la cabeza. ¡Cómo puede alguien rechazar la paz! ¡Cómo puede un político mandar a la policía a pegar a la gente! He pensado que para qué iba a explicarle todo lo que he leído estos días: para él las cosas son sencillas. La paz es mejor que la guerra, la violencia es el mal y cuando las personas no están de acuerdo deben hablar para solucionar sus problemas.

Disfrazar el interés de orgullo patrio, la dignidad de venganza trapera, unas leyes escritas hace más de 50 años de escrituras sagradas y una amenaza de legalidad establecida no le va a convencer, porque él está ligado a las explicaciones sencillas. Por las mañanas nos levantamos de una cama caliente, desayunamos, acudimos al colegio y al trabajo, nos alimentamos, jugamos, leemos, estudiamos. En casa no hay banderas. La pobreza es un fallo del sistema que deberíamos solucionar, así como el cambio climático. ¿Por qué no hacemos nada, mamá? ¿Por qué discuten y no aportan ninguna solución? ¿Por qué cobran un sueldo?

Las cosas son sencillas. Y cuando nos parecen difíciles es porque son falsas o porque se han levantado estructuras artificiales que las convierten en inaccesibles. Ya no labramos la tierra, ya no producimos nuestro propios sustento. Trabajamos para otros por un número en una pantalla que se actualiza todos los meses. Este número va bajando para engordar los números de otras pantallas. Aseguramos la casa, el coche, la vida, las manos, los ojos… por si acaso. Vamos al supermercado, y rara vez tocamos la tierra que hay bajo nuestros pies.

Las cosas son fáciles cuando son de verdad. Y todo lo que está pasando estos días es una farsa. Señores que salen muy serios a amenazarse en público, recubiertos de solemnidad y galones. Señores que se esconden y no salen. Señora de negro que parece que está dando una homilía. Señores con faldas y gorros puntiagudos que no tienen nada que ver con nuestras vidas y que dicen que van a mediar. Señores que quieren mediar pero no les dejan. Y el patio digital ardiendo. Me da risa todo. Lo veo tan lejos… Ah, y vecinas y vecinos que cuelgan trapos rojos y amarillos y siguen con su vida miserable, de paro, jornadas laborales interminables y mal pagadas, sanidad de mierda y educación deteriorada.

Hoy la luna luce maravillosa, en este mes de octubre caluroso y convulso. Y mañana saldrá el sol, para iluminar vuestros ridículos juegos. Lo sencillo persiste, espero que no acabéis con ello.

Bienvenido, 2017


Cuando llega el fin de año, echo la vista atrás. Es increíble la de cosas que da tiempo a aprender en un año. Hace tiempo que intento no dejar cabos sueltos en mi vida, aunque, a veces, se queda más en intención y deseo que en hechos reales. Harta de romper con la vida, solo deseo tejer la madeja lentamente. Harta de excesos, me dan igual cada vez más cosas. Y solo voy hacia adelante, sin esperar a nadie que no quiera venir conmigo. 

Los dolores de la infancia y la adolescencia vuelven de vez en cuando, pero mis hijos me han sanado en gran medida. Ser capaz de establecer una relación de apoyo y cariño con ellos me ha servido para olvidar gran parte de mi historia y a verme con ojos nuevos. Renacer en la nueva generación es un must, y este año que se va ha sido muy importante. A los mayores les veo progresar con energía, con ilusión, con sensatez y con muchas ilusiones. Nunca vi en ellos esos adolescentes que solo se interesan por su pelo, su ropa y sus videojuegos de los que habla la gente. Ellos siempre han estado interesados en sus amistades, tienen aficciones interesantes, les gusta leer, dibujar. Les gusta la música y disfrutan con ella. Y ya empiezan a poner piedras en su camino de salida al mundo.

Los pequeños son felices. Se nos avecina una adolescencia 2, pero ya hemos aprendido y tenemos recursos para enfrentarnos a los cambios que se avecinan. Porque, en la vida, si no aprendes de las experiencias, es como no haber vivido. Aprender todos los días y de cada suceso. Y no rendirse: ese es el truco. Seguir con la ilusión de continuar creando y recreando tu propia vida. Nunca es demasiado tarde para aprender. 

Es verdad que hay gente que nunca aprende. Son las personas que nos enseñan a tener compasión. A veces es difícil, y solo tienes ganas de gritarles para que aprendan. Pero cada cuál tiene su propio camino, sus oportunidades perdidas, sus karmas, sus desgracias y sus miserias. Compasión y paciencia: es un gran aprendizaje. Y no siempre lo consigo, pero tengo buenos maestros. 

Y ahora, a celebrar. Que la salida del año sea genial y que tengáis muchos propósitos para el 2017. Os deseo lo mejor. A seguir aprendiendo. 

#VDLN 120: Siloé (La verdad)


Hasta que me di cuenta de que estabas tan perdido como yo, pasó mucho tiempo. Todas esas palabras, tu alo de angustia al pensar en la verdad, la realidad, los muebles, la muerte… y solo en la mirada de tu alter ego encontrabas el alivio de la comprensión. No era una pose, lo sé. Era verdad que necesitabas que alguien asintiese contigo. Pero era tan inconmensurable tu necesidad de medir el mundo pretendiendo convertirlo en agua que no había nadie capaz de darte el metro adecuado. Sólo tu alter ego, aquel chico que sigue mirándote desde su foto en blanco y negro y al que vitorean todas las chicas perdidas. Siloé, La verdad.



El colegio de mis hijxs es el mejor

Hay mucha gente que llega a mi blog y, cuando lee los post sobre educación, se lamenta de mi mala suerte con el colegio de mis hijxs. Nada más lejos de la realidad: creo que encontré el mejor colegio posible en el lugar donde vivimos. Es un colegio público normal y corriente, con maestras y algún maestro comunes, alguna maestra maravillosa y algunos esperpentos educativos. Como en cualquier colegio público de nuestro país. Nada fuera de lo común. 

Lo que es cierto es que siempre he tenido mi responsabilidad de madre muy presente: si mis hijos son tratados injustamente, si sufren, si lo pasan mal, si no se asegura su bienestar físico y psicológico en un lugar al que tengo la obligación de llevarles, pues yo les defiendo e intento conseguir que la situación que les hace sentir mal, desaparezca. Es entonces cuando te encuentras con un muro delante, con una resistencia a ese derecho que tenemos de estar seguras de que el sitio en el que dejamos a nuestros pequeños es un sitio adecuado para su desarrollo. 

Cuando mis hijos comenzaron a ir al colegio, hace ya mucho tiempo, una de las cosas que hizo que saltase la alarma es que les sacaban sin abrigo al recreo. Ya sabéis que los primeros años de cole son un sinvivir con los mocos, las bronquiolitis y demás. Pues bien, fui al colegio a hablar sobre el tema, pensando que sería un despiste, algo sin importancia que se resolvería con sentido común. Cuál sería mi sorpresa, cuando la maestra me dijo que ella no podía perder el tiempo en que 25 niños y niñas de 3 años se pusiesen el abrigo para salir. No me quedé ahí, y fui a hablar con la jefa de estudios, una persona bastante sensata que me aseguró que los niños y niñas saldrían con abrigo. Pero volvió a suceder. En esta ocasión hablé con el director, un personaje bastante peculiar que leía el periódico con los pies sobre la mesa y fumaba en los servicios cuando se prohibió fumar en los espacios públicos. El director se rió por mi preocupación y me dijo que esas cosas pasan y que no me tenía que preocupar tanto. 

Fue entonces cuando les tuve que recordar que, cuando dejamos a nuestros hijas e hijos en el colegio, esta institución se hace responsable de su bienestar físico y psicológico y que sacar a los niños al recreo sin abrigo, cuando las maestras salían bien abrigadas, incluso algunas con bufanda y guantes, era una canallada. Desde es momento se empezaron a tomar las cosas en serio. Es increible que haya que acudir al colegio hasta en 3 ocasiones para conseguir algo que es tan de sentido común. 

Ese año aprendí que el sentido común no es algo que funcione cuando se trata de cambiar las prácticas de una institución que funciona a la española, bien con la ley del mínimo esfuerzo y de manera negligente o bien con una mentalidad pedagógica de siglos pasados. Este último fue el caso de una maestra que, una tarde, llegó a mandar la friolera de 50 operaciones matemáticas para el día siguiente. Mis hijos estaban en 2º de primaria y tenían un hermanito de meses, al que yo sentaba en la mesa del comedor mientras me ponía a ayudarles con los deberes. Esa tarde se hizo interminable, no podíamos ir al parque, no podíamos salir a comprar y mis hijos lloraban por tener que hacer una cuentas inútiles (sabían sumar perfectamente) pudiendo estar haciendo cosas mucho más interesantes. Fue entonces cuando empezó mi divorcio de la escuela. ¿Por qué tenía una institución ajena marcar los ritmos de nuestra casa, nuestras actividades y nuestras relaciones? Desde entonces, todo fue mucho mejor y más relajado. 

Por lo demás, exceptuando hechos puntuales, como una cuidadora de comedor que le pegó a mi hijo (deberían poner mucho más cuidado con la gente que contratan para esos menesteres) y poco más, nunca he tenido grandes problemas con el colegio. Todo lo que planteo sobre la educación es una crítica al sistema educativo español, a las cosas comunes que suceden: los métodos decimonónicos, la filosofía caduca del esfuerzo y el sufrimiento en el aprendizaje, la infantilización de las familias y las malas prácticas en general. Por supuesto que hay colegios y maestros/as que son diferentes, pero hoy por hoy son excepciones que confirman la regla. 

Por suerte, mis hijos son lo que habitualmente se llama “buenos estudiantes”. Ahora, ya mayores, se quejan tanto como yo de las limitaciones del sistema educativo español. Estas limitaciones no se resuelven cambiando de centro. Quizás se resolviesen cambiando de país o educando en casa, pero hoy por hoy no tenemos pensado mudarnos ni dejar de trabajar. Por lo tanto, tenemos que conformarnos con lo que hay y luchar por cambiarlo. Y eso es duro: siempre te vas a encontrar con gente a la que tu forma de relacionarte con la escuela no le parezca bien. Yo empecé siendo una madre super implicada, hasta que me di cuenta que no encajaba en el perfil de madre implicada, porque tenía ideas propias de cómo debería funcionar el sistema. Así que, ahora, tengo claro que lo importante es lo que mis hijos aprenden después del colegio. Me centro en mi función educativa e intento que el colegio no interfiera mucho. Si mis hijos me piden ayuda, se la doy, pero no me desvivo por ser la madre perfecta que el colegio quiere que sea. 

Al final, todo esto es un tira y afloja. Todas nos acabamos adaptando lo mejor posible a los recursos que te ofrece tu entorno. Creo que mis hijos han sacado un buen partido a lo que tenían a su disposición y se han formado (y en muchas ocasiones, autoformado) para salir al mundo. Están bien preparados. No puedo decir que hayan ido a centros educativos excelentes, pero tienen competencias excelentes: saben hablar en público, se comunican en una segunda lengua tanto de forma oral como escrita, saben encontrar todo tipo de recursos de manera autónoma, tienen pensamiento crítico y formación política, sentido del arte y de la música y, lo mejor de todo, es que son buenas personas, con un sentido de la ética que más quisieran muchos adultos. La pena es que todo esto dependa de la familia de origen y que la escuela no sea capaz de formar a sus estudiantes para que, vengan de donde vengan, desarrollen habilidades y competencias para bucear en la sociedad y sacar partido de ella. 

La presidenta del AMPA


(Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia)

Recuerda ese día como uno de los mejores de su vida: el día que pronunciaron su nombre detrás de la palabra presidenta. Siempre había tenido tentaciones de presentarse a delegada de curso cuando estaba en el instituto, pero sus compañeros de clase votaban en masa a Manolito, ese niño apocado y tímido con orejas de soplillo. No podían aguantar la risa cada vez que mandaban a Manolito a decirle a la profesora de matemáticas que les cambiase el examen para el sábado por la mañana, que tenían más tiempo libre. Ay, qué crueles son los niños. Pero hay que aceptarlos como son. En fin. 

Ella siempre había sido la Juani en el barrio. Que si Juani para acá, que si Juani para allá. La recadera de su madre y de sus hermanos. Y ahora de su marido y sus hijos. Pero eso se iba a acabar. Ahora era alguien importante. Ahora dirigía un grupo de Facebook y convocaba reuniones. En su grupo solo podía publicar ella. Había decidido que para qué arriesgarse. No podía permitir que las otras madres usaran su grupo para exponer sus quejas y enfadar al señor director, ese hombre que confiaba tanto en ella. A las múltiples quejas que recibía por esta circunstancia respondía con un ensayado y supuestamente elegante “enviádmelo y yo publicaré todo lo que queráis”. 

Ahora dominaba todo el barrio. Había llegado a acuerdos con los comerciantes de la zona para que ofreciesen descuentos a las familias asociadas al AMPA y se pasaba el día publicando ofertas de la tienda de deportes de Pedrito, la panadería de Juanito o la mercería de Zutanito. ¡Especial para socios! rezaban sus anuncios. Y era ella, la Juani, la que llegaba a acuerdos, publicaba ofertas y daba publicidad al castigado pequeño comercio de la zona. Toda una presidenta. 

Se sentía cada día mejor. Y sin embargo, tenía un gran problema: no sabía qué foto poner en su perfil de Facebook. Probó con todos los estilos: arreglada pero informal, recién salida de la peluquería, su foto de cuando tenía 16, la foto de cuando era bebé, la de su boda con el novio recortado, fotos con el pelo suelto y amplia sonrisa, foto con mirada misteriosa mirando al infinito, foto mirando hacia arriba con cara de pícara, foto foto foto. 

En esas estaba cuando llegó un grupo de madres a plantearle una queja. Sus hijos cargaban con unas mochilas de 20 kg. todos los días ida y vuelta de su casa al instituto y tenían las espaldas resentidas. Querían que ella expusiera la queja ante la dirección del instituto y buscasen una solución. Ella, poniendo su mejor pose de diplomática y atusándose el pelo, les dijo que el AMPA estaba para cosas importantes. Que eso de las mochilas ya se había hablado muchas veces, y el señor director había dicho que no había solución. No podían poner taquillas para todos los alumnos, eso era mucho dinero, y tampoco se podían dejar los libros en clase porque se los podían robar. Así que no había otra que aguantarse y buscar soluciones caseras sin molestar al profesorado, que bastante tiene con su trabajo ya. 

Satisfecha por la labor que había realizado como presidenta, corrió a prepararse para su cita con el antiguo presidente del AMPA. Arturo le iba a dar algunos consejos básicos para llevar la presidencia con esmero. ¡Qué bien colocado estaba Arturo ahora! La dirección le había concedido su confianza y le mandaba pedidos puntuales a la papelería que regentaba en el barrio. ¡Eso es progresar, y lo demás son tonterías!

¿La señora Killer, por favor?

  

El otro día andaba trabajando cuando sonó una llamada en el móvil. Mi trabajo a veces no me permite coger el teléfono en el momento en que vibra, así que esperé a terminar lo que estaba haciendo para comprobar la llamada. Era una llamada del instituto. Devolví la llamada. La primera persona con la que hablé me pasó con una segunda, que buscó en el parte de faltas para ver si alguno de mis hijos se había fugado sin mi permiso. No. Finalmente me pasan con el jefe de estudios. 

JE- Habrá comprobado Vd. que tiene una llamada mía de hace dos minutos

MK- Así es, por eso llamo 

JE- (Disfrutando del momento) Hemos pillado a x con el móvil en clase

MK- Ahaaa?

JE- Y tiene un día de expulsión

MK- Ahaaa?

JE- Es que como sabe, no se puede usar el móvil. Solemos devolvérselo a los padres, así que tendrán que pasarse a por él. 

MK- Ahaaa?

Ese Ahaaa iba precedido por largos silencios que parecían esperar otra respuesta por mi parte. No sé, que me mesase los cabellos o me rasgase las vestiduras porque uno de mis hijos estuviese usando el móvil en clase. Pero conociendo a mis vástagos como les conozco, prefería escuchar la otra versión antes de hacer ningún juicio. Por otra parte, tengo que decir que es la primera vez en todos sus años de escolarización, que ya van por 13, que pasaba una cosa así, de modo que no había agravante por reincidencia. 

Después me entero de que la “pillada” fue en una clase en la que había faltado el profesor, en una hora en la que los alumnos permanecían solos en el aula. El profesor de guardia entró en la clase y sorprendió al presunto delincuente manipulando el móvil. Acto seguido le hicieron bajar a jefatura de estudios y le impusieron la sanción para una falta muy grave: un día de expulsión. ¿Un día sin clase es un castigo adecuado? nos podríamos preguntar. Consultando el Reglamento de Convivencia del Centro, esto solo se puede hacer si se programa una tarea de carácter educativo que el estudiante tendrá que realizar ese día y entregarla al profesorado. Pero para qué nos vamos a molestar: expulsamos del centro, privamos al estudiante de su derecho a asistir a clase y nos saltamos la constitución. 

En realidad, el uso de dispositivos móviles está prohibido en los centros educativos por una cuestión de miedo y de falta de formación. Es cierto que si está prohibido, no se deben usar. Pero prohibir el uso de esos dispositivos, que empieza a ser generalizado y universal, es como si en siglos pasados prohibiesen el uso de dispositivos de inscripción gráfica en las aulas (cuadernos y bolígrafos). Vivimos en una sociedad tecnoletrada, y no lo podemos seguir ignorando. Es urgente que los centros educativos integren la tecnología de la comunicación en las aulas. En caso contrario, la sociedad seguirá avanzando, y nuestras aulas permanecerán inmóviles y de espaldas a lo que pasa ahí fuera, en la vida real. 

Por otra parte, nadie se preguntó qué hacía ese estudiante con el móvil. Por lo que sé, podría estar leyendo a Shakespeare. Ser expulsado del instituto por leer La Tempestad es lo más cool que puede pasarte, una historia para contar a tus nietos el día de mañana. 

Diez Minutos

Praha - Reloj astronómico

 

No sé si os ha pasado. Probablemente sí. Esa experiencia de no tener más de 10 minutos para hacer… cualquier cosa que se os ocurra. Yo me di cuenta hace tiempo que ese remordimiento absurdo por no leer libros y pasarme el día en Facebook o Twitter es infundado. Son los únicos textos que puedo leer completos en el tiempo del que puedo disponer con cierta continuidad. No es que solo tenga 10 minutos al día para hacer lo que me plazca, no. Es que solo puedo mantener una actividad durante 10 minutos seguidos. Y así llevo 16 años… que se dice poco.

Al principio, durante los tres primeros años de Brigitte y Phanton Killer, llegué a pensar que había desarrollado un trastorno de atención. No podía permitirme desviar mi vista y mi pensamiento de sus actos, porque en cuanto lo hacía, ocurría algún cataclismo. Una maceta caía en la cabeza de Phantom, una pared se llenaba de preciosos dibujos hechos a rotulador, un bote de ibuprofeno se deslizaba por las gargantas de mis hijes curiosos y exploradores. Cuando esto no sucedía, estaba en socorrido “MAMAAAAA” seguido de “un vaso de agua”, “léeme un cuento”, “tengo hambre” “me aburro”, etc. Este estado de alerta sostenido durante años llega a tener efectos curiosos en una persona que está habituada a soñar despierta, por ejemplo. Interrumpir bruscamente la costumbre de soñar despierta y no poder volver a hacerlo en años seguro que tiene efectos a nivel molecular.

16 años sin poder realizar una actividad de manera sostenida es muy estresante. En 10 minutos no te da tiempo a profundizar mucho en nada. En una hora te da tiempo a plantear la tarea, pero hacen falta al menos 3 para completar algo de manera relativamente exitosa. Estoy pensando en cosas como leer un libro o estudiar ingles, por ejemplo. Pero la ventaja de esto es que optimizas el tiempo de una manera asombrosa. Guardas y atesoras con celo esa media hora perdida y casi “regalada” para escribir ese post que te ronda en la cabeza hace días. Sabes que lo vas a escribir en 20 minutos, que si tuvieses una hora quedaría estupendo, pero te conformas con lo que te da la vida.

A ver, no me creo esos espejos que rondan por ahí mostrando lo maravillosa que es la vida jugando las 24 horas del día (es un decir) con los niños. Bueno, voy a precisar. Quizás haya gente que disfrute dedicando a los niños todo el tiempo disponible… pero yo me muero. Desfallezco. Mi mente colapsa. No, no puedo estar permanentemente dedicada a elles. Necesito hacer cosas de adultos. Aunque sea de 10 en 10 minutos aislados. Sé que esto me convierte en una madre terrible. No mala, sino horrorosa. Pero es lo que hay.

Ahora ya podéis decirlo: “pues no haber tenido hijos”. Pues no, mira. Me quejo porque me da la gana. Me quejo y lo hago en voz alta porque es sano. Porque quejarse es una acción humana que, si existe, será porque es adaptativa… ¿o no? Me quejo y así la gente sabe a lo que atenerse cuando emprenda la aventura de la maternidad. Podéis optar por leer cuentos de hadas, en los que las madres siempre están sonrientes y dispuestas a hacer bromas y juegos educativos con sus hijos. Pero podríais ser una de las mías, creedme, una de esas que prefiere un buen libro a 10 cambios amorosos de pañales.

La ducha

gizmo¿Cuanto tiempo puede un niño de 8 años pasar sin ducharse? ¿Habéis hecho la prueba alguna vez? Porque yo estoy por experimentar un poco y relajarme; quién sabe ¿días, semanas, meses… años quizás? Yo he llegado a un acuerdo con Vampi Killer en que puede ducharse un día sí y otro no. Y casualmente, siempre siempre se duchó el día anterior. Y no hay forma de razonar que el día anterior estuvimos en el parque hasta tarde y al llegar cenó y se acostó sin lavarse siquiera los dientes, no. Él se duchó ayer, y punto.

Después de una larga discusión en la que acabo desesperada, pues su única respuesta es “ya me duché ayer”, consigo que se ponga en marcha a la ducha con una condición: no se lavará la cabeza. Bueno, eso no me importa, a no ser que ese día le haya llevado a la peluquería y lleve el cuerpo y la cabeza llenos de pelos. Pero mira, sarna con gusto no pica. Por lo menos se dará un agua.

Estoy segura de que no es necesaria una ducha diaria. Ni siquiera una ducha un día sí y otro no. Pero el cúmulo de mierda que puede almacenar un niño de 8 años es considerable. Arena en los pies, las manos negras, la cara llena de churretes. Un poco por decoro social es bueno darse un agua de vez en cuando. ¿Es mucho pedir?

Pero a su hermana y a su hermano mayor lo que hay que decirles es ¡Sal de una vez de la ducha! No tengo ni idea de cuándo se produjo esa transición. Curioso ¿verdad? Te pasas la infancia tirando de ellas/os para que se metan en el baño y llega un momento en que se hacen afines al agua y no salen en una hora. Hay que montar un desalojo para que salgan, vaya. Se pueden escuchar una play list entera y ahí siguen. Y de las largas ¿eh?

Ahora tengo la oportunidad de estar atenta y ver a qué se debe ese cambio. Pero mientras, la afrenta mayor que le puedo hacer a mi hijo es mandarle a la ducha. Parece el justo heredero de los Gremlins. Llega la hora de ir a dormir y sigue enfadado, con el pelo mojado y revuelto que no me deja secarle bajo ningún concepto, ceño fruncido y despeluchado. Ahora, eso sí: limpio. 

Pseudoprohibiciones

The Fall of Man (detail)Phanton tiene 15 años y un cerebro privilegiado. Y yo tengo el privilegio de escuchar sus disquisiciones. Me asombra su lucidez, esa que no recuerdo haber tenido a su edad. Y como él no tiene blog, os cuento la última. 

Íbamos de vuelta a casa, cuando de repente me dice: 

– Mamá, si el gobierno prohíbe las drogas, me está incitando a probarlas

(Yo doy un respingo de alerta y sigo escuchando)

– Sí, porque imagínate. En las historias en las que dicen “bajo ningún concepto entres en esa habitación”, la gente al final entra. Están deseando entrar. Es como decir “hay un tesoro escondido ahí dentro, algo espectacular”. Nadie se puede resistir a esa invitación. Es como decirle a un niño “no te revuelques en el maravilloso barro de los deseos”. Por lo tanto, si me dicen que tome drogas, yo pienso qué me estaré perdiendo, qué será eso que me están ocultando. 

– Bueno, sí, visto así es cierto. Pero quizás te están prohibiendo tomar drogas para que las tomes y te conviertas en un desecho humano. Es lo que se llama psicología inversa.

(Ahora es Phanton el que da un respingo de alerta y pone cara de Eureka)

– Cierto. Porque si no llamasen mi atención sobre esa habitación prohibida y cuando yo preguntase por esa puerta, me dijesen que es un armario con zapatos viejos, no tendría ningún interés en entrar.

– Es como lo de Adán y Eva

(Aquí interviene Brigitte Killer)

– Los adultos estáis obsesionados con la biblia

(Pero Phanton sigue enganchado con su argumento)

– Es verdad. Si no quieres que coman de ese árbol… ¿para qué lo pones ahí y les prohíbes comer de él? ESO ES A LO QUE YO LLAMO PSEUDOPROHIBICIONES. En realidad están buscando que yo pruebe las drogas, por eso me lo prohíben. 

(Respiro tranquila)