Adolescencia

Mis hijxs tienen tablet ¿Y qué?

Hay niñxs… y niñxs. Hay usos y usos. Demonizar el uso de las tablets/dispositivos móviles/ordenadores por parte de lxs niñxs es como si en el siglo pasado no nos hubiesen dejado usar libros hasta los 18. ¿Controláis lo que leen vuestrxs hijxs? Porque os aseguro que hay literatura infantil y juvenil que pone los pelos de punta. Hay que amueblarles la cabeza para que la procesen de la debida forma. ¿Y las películas? ¿Y los dibujos animados? No sé si os habéis fijado en las referencias que hacen a las drogas, por ejemplo.

Una mente crítica y sagaz, que sabe interpretar imágenes, que sabe un poquito de género, de política, que sabe lo que es el racismo, el machismo, el clasismo, y un buen programa de control parental (sí, hay que pagar un poquito, pero merece la pena) hace que una tablet en manos de un niño o una niña de 10 años sea una herramienta inigualable. La puerta del conocimiento. El sitio donde todas sus preguntas pueden tener respuesta… si les enseñamos a discernir qué respuestas son de calidad y cuáles no lo son.

Cerrar la puerta de internet a los niños y niñas de hoy en día no me parece una buena decisión. Al menos no es la que yo elegiría. ¿Por qué nos parece tan terrible que nuestras hijas y nuestros hijos chateen con sus amigas/os? Siempre que supervisemos esa actividad y les demos pautas sobre lo que se puede y no se puede hacer en ese espacio de interacción (como sucede en el 1.0, por otra parte), veo una puerta abierta, no una aberración. Otra cosa es que los niños/as sustituyan la interacción digital por la presencial. Eso sí es preocupante, pero depende de los espacios y las relaciones que nos brinda nuestro entorno social que eso no suceda.

Y bueno, a veces la gente de tu entorno presencial no es tan interesante como la que conoces en el 2.0. Es triste, pero a veces pasa. Y tenemos adolescentes que sobreviven gracias a ese vínculo en la distancia que no se habría creado de otra forma. Adolescentes que conocen gente con sus mismos intereses e inquietudes, y que sin las herramientas que les brinda el mundo digital nunca tendrían esa posibilidad. Adolescentes con la cabeza muy bien amueblada, ojo. Adolescentes que se ríen de las peleas 2.0 que tenemos las mamás y que nos dan instrucciones sobre seguridad en la red.

Las etapas de la maternidad

  

Dicen que el puerperio es una etapa caótica y complicaca emocionalmente. Y es verdad. Nunca olvidaré la primera noche que pasamos en casa a solas con nuestros dos bebés mellizos. Ellos lloraban… yo no era capaz de levantarme de la cama a atenderles. Me sentía desgarrada por dentro y por fuera y me invadía un inmenso cansancio del que no me he podido sobreponer después de 16 años. Ahora sé que tenían hambre y que hubiese bastado con buscar la forma en que ambos estuviesen junto a mis pechos para poder subcionar cuando quisieran. Pero no había nadie ahí para decírmelo. Lo tuve que aprender yo sola. Mi tercer hijo no pasó hambre y pudimos dormir. Pero el puerperio estuvo ahí también, esta vez disfrazado de soledad. 

Ahora encontramos cientos de blogs que hablan de lactancia y colecho, del puerperio y sus sombras, de cómo apoyar el desarrollo del control de esfínteres y cómo pasar a  la comida sólida. Esa información que nos ha negado la tribu nos la ofrece internet. También hay mucha información sobre la etapa escolar: la adaptación a Infantil, los deberes escolares, la educación sexual, las relaciones entre iguales, etcétera. Pero cuando intento encontrar información experiencial sobre la maternidad en la adolescencia encuentro cosas demasiado estereotipadas que no responden a la realidad que estoy viviendo yo desde hace unos años. Y me da rabia que mis hijos mayores siempre tengan que ser los conejillos de indias para luego hacerlo relativamente  bien con el pequeño. 

Como madre de adolescentes, he mirado a mi alrededor y he observado a otras madres y padres de adolescentes. Y he visto algo que me ha aterrado: deterioro, preocupación y cansancio. ¿Pasamos por un nuevo puerperio en esta etapa? ¿Una nueva separación que nos desgarra? De repente dejamos de ser el ser todopoderoso que todo lo sabe, por el que nuestros hijos tienen una fe infinita y nos convertimos en viejos y viejas pesadas y aguafiestas que no sabemos de qué va la historia y estamos dando por saco constantemente. 

Pero ahí no acaba todo: ser madre de adolescentes es una de las experiencias más extresantes de este mundo caótico e incomprensible. Cuando parece que se han hecho independientes, que no te necesitan ya, que estás haciendo el ridículo preocupándote por la ropa que se ponen por las mañanas y la hora a la que llegan por las noches… tienen una crisis. Por cosas normales: amistad, amor, cambios, dudas existenciales… Y entonces te necesitan como antes, o quizás mucho más que antes, pero no son capaces de admitirlo. Así que lo tienes que averigüar y cuando das con el problema se tiran sobre tí como pequeños en busca de su teta, subcionando toda tu energía que tú les entregas amorosamente. 

Aquí el truco es el siguiente, creo haber intuido: no buscan una solución. Cuando eran pequeños, su mamá solucionaba todos los problemas. Ahora los solucionan ellas y ellos, pero necesitan sentir que tienen un apoyo sólido detrás, un apoyo incondicional y constante que les da fuerza. No hay que hacer nada más, solo estar y escuchar sin impacientarse; y eso no es fácil, porque nosotras creemos tener siempre la solución y queremos adelantarnos. Eso es lo peor que podemos hacer, porque replegarán velas y pasarán de nosotras. 

Es agotador. Un tira y afloja constante. ¿Es la adolescencia una etapa natural en el desarrollo? ¿Existen formas de crianza análogas a la teta y al colecho en estas edades, que faciliten la tarea y nos saquen del papel de policía-psicólogo que adoptamos en esta etapa. ¿Quizás haya que soltarles a la vida y dejar que se  den de bruces con ella? Es poco probable que esta sea la solución. De alguna forma hay que guiarles en su proceso  de convertirse en adultos. ¿Pero lo hacemos bien?

Seguro que dentro de unos años hay cientos de blogs escritos por madres de adolescentes. Será cuando no los necesite. Así que ahora toca explorar, comprender y hacerlo lo mejor posible. Ah, y no morir en el intento. 

Tú qué sabrás, mamá

(EDITADA para dejar claro que no es una entrada sobre adolescencia y rebeldía)

Una cosa que he aprendido como madre de una persona adolescente es que no sé nada. Todo lo que digo está pasado de moda, es un error, es absurdo, es prejuicioso, capacitista, todofóbico y alienante. Yo que me creía informada, abierta de mente, tolerante y esas cosas. Craso error. Todo lo veo con las gafas de la antigüedad que me caracteriza. Todo. Quiera o no. Y esto creo que no tiene que ver con la adolescencia y esa forma tradicional y occidental de ver esta supuesta fase del desarrollo. Creo que tiene más que ver con el proceso de ser que nos impone de alguna forma la sociedad en la que vivimos.

Leía el otro día que las madres no existen. Y me entró la risa, porque esa sola afirmación demuestra todo lo que nos necesitan, seamos traje o esencia. La nueva generación se construye negando la anterior, al menos en nuestra cultura, de modo que, seamos o no unas brujas, nuestras hijas necesitan negarnos (no tanto así nuestros hijos). Nuestra forma de vestir, nuestra forma de ver la sexualidad, nuestras ideas políticas, nuestras reacciones emocionales, nuestras relaciones de pareja, nuestra identidad de género, todo será cuestionado, con o sin argumentos bien construidos. Y no hay momento más desgarrador para una mujer joven que tener que dar la razón a esa que llama “mamá”. Y no hay momento más terrible que el atisbo de rasgos parecidos a “ella”. Creo que todo esto tiene que ver con el terror que les produce nuestra lucha y nuestro sufrimiento, nuestros conflictos y nuestros miedos. No pueden aguantar la simple idea de que van a pasar por lo que hemos pasado nosotras, y por eso buscan mil caminos para huir. Y a veces los encuentran. Otras se adentran en el laberinto y se pierden más aún. 

Hay algo en todo esto que me despierta ternura: a veces, negándome, mi adolescente me dice cuánto me necesita y lo desolada que se sentiría sin mí. No tengo más remedio que seguirle el juego, aunque sea una peligrosa relación de doble vínculo, de esas que te dicen “vete” y cuando te estás yendo te preguntan “¿A dónde vas, mami?” Esto requiere grandes dosis de equilibrio, que no soy capaz de atesorar en todas las ocasiones. Pero a ver ¿qué voy a hacer? ¿Abandonarla y olvidarme de ella, como me sugiere dramáticamente? Y es que, aunque su entorno de aprendizaje le invite a rechazarme como figura de referencia, ella encuentra en mí ese remanso de seguridad, lo busca, pregunta y espera la respuesta correcta y, si no la encuentra, se siente perdida. 

Creo que no me queda otra que aceptar esa vorágine de etiquetas que sobrevuelan mi cabeza, admitir que el feminismo de la ¿cuál ya? tercera o cuarta ola nos ha superado a las mujeres blancas heterosexuales de clase media sin haber resuelto ni uno solo de nuestros problemas y añadiendo uno más: el reproche que nos lanzan nuestras hijas por ser sus madres… o por no serlo. El reproche que nos lanzan por ser mujeres de la forma en que lo somos y su construcción como personas rechazando nuestra forma de ser mujer. Esto nos mantiene en la constante lucha de construcción de nuestra identidad en un permantente estado de conflicto. De oprimidas hemos pasado a opresoras sin haber pasado por la liberación. Y esto no tiene nada que ver con la adolescencia ni con la rebeldía: solo hay que darse un paseo por los textos postfeministas para ver dónde hemos acabado. Será que es necesario, pero es otro paso en el proceso de invisibilización, esta vez por no ser puta, trans, lesbiana, etcétera. 

El problema de hacerse relativista y abrazar el construccionismo social es que te pasas el día cuestionándolo todo y al final no sabes ni quién eres ni con quién estás hablando. Hay veces que echo en falta la simpleza de la ceguera socio-cultural, el no darme cuenta de cómo se mantiene esto que llamamos sistema. Quedar suspendida en el aire, sin etiquetas, lejos de ser una liberación, supone una desnudez descarnada que te deja sin saber que hacer. Pero en fin, de momento seguiré haciendo de madre, que parece que es el papel solicitado. Qué seré más adelante… la historia lo dirá.

Muerte en el instituto

Cuando esta mañana leí la noticia del suceso en el instituto Joan Fuster de Barcelona se me heló la sangre y en seguida recordé el libro de Lionel Shriver, Tenemos que hablar de Kevin. En esa novela epistolar, la madre de Kevin hace memoria de su vida antes y después del nacimiento de su hijo, de su desarrollo y las dificultades que tuvo en su crianza y educación y del terrible desenlace. Kevin, a punto de cumplir 15 años, entra en el instituto y mata con una ballesta a un grupo de compañeras/os y profesores/as cuidadosamente seleccionado. La novela, maravillosamente escrita, es una profunda reflexión sobre las causas que puede haber detrás de este acontecimiento y pone en evidencia el estigma eterno que supone para la familia un hecho de estas características.

Lo que más me impresionó de la novela fue la capacidad de transmitir el dolor de todas las personas implicadas. Los familiares de las personas asesinadas, los supervivientes, la madre del asesino, su familia, incluso, llegando al final de la novela, el dolor del propio asesino. Es un argumento que no busca posicionamientos, simplemente expone las emociones descarnadas y los hechos y deja al que lee sumido/a en un amargo sentimiento de impotencia.

Esta mañana y a lo largo del día he ido leyendo los comentarios que diversas personas dejaban tras la lectura de la noticia. Los comentarios eran, en su mayoría, ráfagas de culpa a sectores concretos de la sociedad. A partir de un hecho que ha conmocionado a la opinión pública, la gente ha arremetido contra la ley del menor, contra la forma en que educan a sus hijos (e hijas) las familias españolas, la impunidad de los adolescentes, la falta de responsabilidad y valores en la juventud, etc. etc. Todos estos planteamientos simplistas se hacían sin conocer el más mínimo detalle de la vida del chico de 13 años que esta mañana ha llegado a su instituto con varias armas y ha cometido un acto que marcará su vida, la de su familia y la de la familia del joven profesor asesinado para siempre. 

Es cierto que, ante un hecho que implica una vida humana, la emoción nos hace clamar por un culpable que pueda ser castigado. Sin embargo, quizás sea más útil que nos preguntemos qué ha llevado a un chaval de 13 años a cometer un acto así. Qué lleva a un niño a querer matar a sus profesores y a sus compañeros sin que nadie a su alrededor se percate de que algo anda mal con él y ponga remedio. Porque quiero creer que algo así no se gesta en un día ni en dos. Construir una ballesta, elegir el machete que se va a llevar en la mochila y los materiales de un cóctel Molotov es un proceso que lleva, al menos, varios días. 

Si hay algo que caracteriza a la adolescencia es la soledad. Dejar la niñez se convierte a veces un viaje desolador en el que nadie nos puede acompañar. Esto no significa que disculpemos al pobre adolescente que atraviesa una etapa difícil en su vida. Significa que seamos conscientes de que detrás de ese ceño fruncido, de esos silencios, de esa mirada perdida, hay mucho más que testarudez adolescente. Hay miedo, sufrimiento, ira, tristeza. Quizás deberíamos dejar de arremeter contra esa edad prohibida y comenzar a asistirla como requiere. Endurecer las leyes no sirve para nada. Solo servirá humanizar nuestra sociedad y nuestras relaciones, y conseguir que nuestros niños y niñas que se hacen mayores, encuentren refugios más sanos y más amables para explorar sus dudas y sus miedos, lejos de las cloacas que nosotros, los adultos, hemos creado para ellos y ellas. Zgn-1

 

Pseudoprohibiciones

The Fall of Man (detail)Phanton tiene 15 años y un cerebro privilegiado. Y yo tengo el privilegio de escuchar sus disquisiciones. Me asombra su lucidez, esa que no recuerdo haber tenido a su edad. Y como él no tiene blog, os cuento la última. 

Íbamos de vuelta a casa, cuando de repente me dice: 

– Mamá, si el gobierno prohíbe las drogas, me está incitando a probarlas

(Yo doy un respingo de alerta y sigo escuchando)

– Sí, porque imagínate. En las historias en las que dicen “bajo ningún concepto entres en esa habitación”, la gente al final entra. Están deseando entrar. Es como decir “hay un tesoro escondido ahí dentro, algo espectacular”. Nadie se puede resistir a esa invitación. Es como decirle a un niño “no te revuelques en el maravilloso barro de los deseos”. Por lo tanto, si me dicen que tome drogas, yo pienso qué me estaré perdiendo, qué será eso que me están ocultando. 

– Bueno, sí, visto así es cierto. Pero quizás te están prohibiendo tomar drogas para que las tomes y te conviertas en un desecho humano. Es lo que se llama psicología inversa.

(Ahora es Phanton el que da un respingo de alerta y pone cara de Eureka)

– Cierto. Porque si no llamasen mi atención sobre esa habitación prohibida y cuando yo preguntase por esa puerta, me dijesen que es un armario con zapatos viejos, no tendría ningún interés en entrar.

– Es como lo de Adán y Eva

(Aquí interviene Brigitte Killer)

– Los adultos estáis obsesionados con la biblia

(Pero Phanton sigue enganchado con su argumento)

– Es verdad. Si no quieres que coman de ese árbol… ¿para qué lo pones ahí y les prohíbes comer de él? ESO ES A LO QUE YO LLAMO PSEUDOPROHIBICIONES. En realidad están buscando que yo pruebe las drogas, por eso me lo prohíben. 

(Respiro tranquila)

Adolescentes en la brecha

Siempre que oigo eso de que las hijas y los hijos aprenden lo que les enseñan en casa, me dan ganas de darme de cabezazos en la pared. “Pobrecita”, diréis, “ha sido un mal ejemplo para ellxs y ahora se arrepiente”. Pues no, en realidad no me arrepiento de nada. Pero sí he llegado a comprender por qué la característica principal de la adolescencia es el desafío a un orden autoritario, el de la familia, y la búsqueda de la propia identidad a través de la ruptura con este orden. 

No, no fuman, no beben. No se drogan (de momento). Estudian, hacen los deberes. Son un primor en cuanto a conducta en general. No tengo nada que echarles en cara, más allá de la dejadez para participar en las tareas del hogar y ese mal humor que no les puedo reprochar, por lo que me toca. Sin embargo, me dan miedo. Me dan miedo porque piensan demasiado. Porque han llegado a profundizar en temas que para mí son totalmente desconocidos. Porque, considerándome yo progresista, tolerante, así como en una línea chupiguay, consiguen hacerme sentir retrógrada y rancia cuando hablamos sobre ciertos temas. Y me da mucha rabia. Y me enfado. 

Me descubro en algunas ocasiones jurando en hebreo, diciendo que lo que plantean es antinatural, que eso son tonterías que se ha inventado una lista o un listo con mucho tiempo libre y poca cabeza. Sé que en otro contexto no lo diría, pero con ellos la desinhibición es total y sale a relucir mi verdadero yo sin filtros. Me da rabia que se fíen más de lo que les dice cualquier tuitero o tuitera que de lo que les digo yo. Me dan ganas de ir a buscar a la tuitera en cuestión y arrancarle los ojos, pero me contengo, respiro, y recuerdo que a mi me pasaba lo mismo con mi madre y mi padre (pero si pillase a esa tía, la despellejaba, os lo juro).

El caso es que, cuando llega el momento en que compruebas que tus esquemas mentales ya no son los que reinan en la casa, la crisis está servida. Lo que más me revienta es esa superioridad adolescente que desprecia todo mi conocimiento acumulado, que me mira con cara de condescendencia y me sonríe. Lo que más me asusta es que he perdido cierta influencia para adoctrinar. Lo que me alivia es que mi opinión sigue siendo importante, porque, lo admitan o no, les afecta profundamente lo que yo diga.  Lo que me encanta es que todavía me dicen que me quieren.

LA ESTRATEGIA LO ES TODO

Ajedrez multicolorComo ya sabréis, lectoras y lectores de mi blog, tengo una hija y un hijo adolescentes que son mellizos: Phanton y Brigitte Killer (por orden de nacimiento). Lxs dos son listxs, lo que demuestra su buena calidad genética y la esmerada educación que han recibido. Pero solo uno de ellos es estratégico. Brigitte es brillante, usa procesos de pensamiento complejos y te los planta en la cara a la primera de cambio. No deja pasar una: es una acalorada defensora de los derechos humanos. No se te ocurra decir delante de ella, ni siquiera en broma, que alguien es feo o tonto; esgrimirá cientos de argumentos para hacerte sentir fatal y te demostrará que tus comentarios son una conducta denigratoria hacia los demás por su aspecto físico o sus competencias y habilidades.

No le falta razón, pero le pierde el exceso de implicación emocional que invierte en sus batallas (la que a las suyas parece, honra merece). Hace unos días tuvimos un claro ejemplo de las diferentes estrategias que ambxs hermanxs usan para conseguir las cosas. Durante este curso y el pasado hemos vivido varias jornadas de huelga  estudiantil en contra de la LOMCE. Mis hijxs, defensores de la enseñanza pública, han querido unirse a todas ellas. Yo les apoyo, por supuesto. Siempre he ido a escuela pública y mis hijxs son estudiantes de la pública. Pero les exijo que sepan quién convoca la huelga, el motivo de la misma y que debatan con sus compañeros y compañeras la necesidad de hacerla. Pues bien: esta vez parecía que lo tenían todo atado y bien atado. Últimamente yo protestaba mucho porque no cumplían la última condición, pero esta vez llegaban tan contentos del instituto esgrimiendo la bandera “hemos hablado entre todos y hemos decidido hacer huelga”. Sin embargo, no supieron responder a las dos primeras preguntas, el quién y el por qué.

Y es que esta era una huelga un tanto atípica. Era una huelga regional convocada por organizaciones estudiantiles que no eran sindicatos (las huelgas solo pueden ser convocadas por sindicatos, a no ser que la ley haya cambiado), y para protestar por el estado de la universidad regional. A mí me habían llegado rumores de que la huelga se había convocado con la idea de que el día 19 era fiesta en otras comunidades y no en la nuestra. ¡Cómo nos vamos a perder un día de fiesta! Bueno, aunque no creo que esa fuese la motivación principal de los estudiantes convocantes, sí que era un argumento usado por los no convocantes.

Por lo tanto, les dije que tendrían que ir a clase, que no quería que hiciesen huelga. En ese momento Brigitte montó en cólera. Ella y yo discutimos. Mientras, Phanton permanecía callado. “A mí no me metas en el mismo saco” fue su única frase. Al día siguiente, los dos se fueron al instituto, unx de ellos con cara larga y de malas maneras. Phanton se despidió con un beso: “Adiós, mamá”.

A las 8:22 de la mañana recibo un whatsapp de Phanton:

– P.: Mamá

– MK: Qué

– P: Solo hay 7

– MK: Pues qué se le va a hacer. No es una huelga normal, no la convoca ningún sindicato.

– P: (Me envía una foto del cartel convocando la huelga)

-MK: Que ya lo sé cariño, pero no es un sindicato

– P: Bueno. Clases particulares.

– MK: ¿Está ahí Brigitte contigo?

– P: Si

– MK: Anda, veniros para casa si queréis, pero solos NO podéis a la mani. VENIROS A CASA. Nada de mani.

– P: OK <3 <3

Al rato llegó Phanton a casa sin Brigitte.

– MK: ¿Y tu hermana?

– P: Ha dicho que se quedaba por su dignidad

Y así fue como Phanton, siendo estratégico y canalla, consiguió su objetivo, mientras que Brigitte, por su dignidad, pasó toda la mañana en el aula de convivencia con los estudiantes a los que sus padres y madres no les habían dejado hacer huelga. Tengo dos moralejas para esta historia: 1) La estrategia es mucho mejor que la vehemencia y 2) Las madres nos dejamos camelar con cuatro arrumacos y no aprendemos a ser consistentes con nuestras decisiones así pasen 20 años. Yo, por supuesto, hubiese hecho lo mismo que Brigitte.

Los estudiantes como rehenes del sistema educativo

Educación

Hay veces que me da la impresión de que los adultos somos una panda de niños y niñas malcriadas. El ejemplo más explícito, el que me acerca más a esta sensación, son los continuos cambios de nuestro sistema educativo. No se si les pasa a ustedes, pero a mí todo esto me parece una frivolidad. Lejos de preguntarnos qué necesitan ellas y ellos, que anhelan, que sueñan, nos desgastamos en eternas luchas en nombre de su educación. Si nos molestásemos en acercarnos un poco a su forma de ver las cosas, quizás nos sorprenderíamos. Y quizás, solo quizás, empezaríamos a dar forma a una educación seria, real, centrada en el que aprende y no en el que quiere imponer, por encima y a costa de cualquier cosa, su ideología, que para eso es la mejor y la fetén.

Pero escuchar a los y las adolescentes es un ejercicio que muy pocos se atreven a hacer. El adolescente exaspera por definición. El adolescente tiene una visión, y esa visión está muy alejada de lo que es y debe ser, y por supuesto, de lo que será. La sociedad adulta tiene ya un plan para ellas y ellos, pero sin contar con ellos. Ya tuvimos que escuchar en su momento aquello de “ya pensarás como yo”, “cambiarás de idea con el tiempo”, “no sabes lo que dices”, “la vida te enseñará tarde o temprano”. Y un día me sorprendí diciéndoselo a mis hija. Pero ella ha hablado y yo la he dejado hablar. Me ha dicho que no quiere cambiar de idea, que tiene las cosas muy claras y que le molesta profundamente la forma en que los adultos tratamos una y otra vez de invalidar sus sueños.

Pero esto solo pasa en la república independiente de mi casa, claro. En el instituto se tiene que aguantar con lo que hay: muchos adultos que están muy por encima de sus estudiantes. No espero que esto cambie y de repente tengamos un sistema educativo horizontal, basado en el respeto mutuo y en la escucha activa. Pero aquí al menos me puedo expresar sobre lo diferente que sería nuestra sociedad si esto cambiase. Si dejásemos de ver a nuestros jóvenes como receptáculos vacíos en los que verter nuestra sabiduría. Si nos tomásemos en serio que son aprendices activos y constructores de su propio conocimiento. En este caso, no pretenderíamos fomentar su capacidad crítica sometiéndoles a distintas visiones sobre las cosas.

Imaginad. Voy a someter a mis estudiantes a distintas visiones de las cosas. Voy a fomentar en ellos una visión “crítica” sobre el aborto. Para eso, traigo un día a un obispo para que les de una charla. Otro día traigo a una representante de Femen. Al siguiente, a una mujer que tuvo que abortar por una violación; por último, viene una mujer del Opus Dei que va por su noveno hijo.  Ya les he expuesto a múltiples visiones. ¿Fomenta esto el espíritu crítico en nuestros estudiantes? No lo sabemos en absoluto. No nos hemos preocupado ni lo más mínimo en saber qué opinan ellos y ellas sobre el asunto, las experiencias que tienen sobre el tema, las visiones y vivencias que les ha ofrecido su familia, etc. etc. Les hemos tratado como meros rehenes, que, atados a sus sillas, han tenido que escuchar, una tras otra, todas nuestras vivencias y visiones.

El sistema educativo debe dejar de ser un campo de rehenes y convertirse en un espacio de aprendizaje y crecimiento, desde mi punto de vista. Pero uno de los primeros pasos para conseguirlo debe ser desprendernos de nuestra soberbia de adultos y reconocer que ellas y ellos, aunque sean pequeños, saben cosas, tienen vivencias, experiencias, sufren, sienten, lloran. Dejemos de someterlos a nuestros juicios y a nuestras batallas. No significan nada para ellas y ellos. Lo único que necesitan es alguien que les guíe en la búsqueda del crecimiento.

MÚSICA QUE ESCUCHABA A LOS 14

Fijáos bien en las dos portadas de esta revista que leíamos en los años 80. A Miguel Bosé le quedaban 10 años de vida. Compramos esta revista dominadas por un ataque severo de taquicardia. Ahora, con 50 años y más, dice que le quedan muchas cosas por hacer. En fin, tuvimos nuestro momento trágico por 50 pesetas. Peor fue el día que nos anunciaron el romance entre Leif y Pedro… a ver, esos dos tenían que ser nuestros ¿qué hacían liándose entre ellos? Y ENCIMA HABÍAN SECUESTRADO A PEDRO MARÍN. NO… demasiado para nuestro corazón adolescente. Continue reading