Adolescencia

Vístete

Lo del tema de la vestimenta de las niñas (y los niños) y el comentario del Juez Calatayud de que las niñas se hacen fotos como putas lleva dando titulares 4 días. Lo desacertado de estas declaraciones es evidente, en alguien que se llama juez y que se supone que está ahí para impartir justicia, no para decirle a las víctimas que son las culpables de lo que les pasa. Por otra parte, seas niña o seas puta, tienes derecho a que no te violen ni te agredan sexualmente, sea cual sea tu pose en una foto o tu ropa elegida.

Dicho esto, hablemos de nuestra ropa y de nuestros cuerpos. Hablemos de las niñas y de su autoestima. Hablemos de las populares, sus ropas y su maquillaje. Hablemos de la comodidad, del tanga que se mete por la raja del culo, de esos tacones que te destrozan los pies y la columna y de las 20 fotos que nos hacemos antes de colgar la buena en Instagram. ¡Qué lacra para toda la vida, ser fea y no poder recibir cientos de likes cuando cuelgo un vídeo en musical.ly! No, señor Calatayud. El problema no es que las niñas posen como putas (que, por cierto, no sé cómo es eso de posar como una puta, igual hubiese sido más acertado “como una cantante”, “como una actriz” o “como una YouTuber). El problema es que su autoestima resida en el efecto que su imagen produce en los demás. Una niña de 10, 11, 12 años posa de acuerdo a los modelos que le ofrece su entorno como exitosos, adecuados y agradables. Y esos modelos, hoy por hoy, son mujeres despampanantes que posan haciendo morritos y con ropas que les quedan fenomenal, no intelectuales listísimas que dedican su tiempo a escribir, a leer y a pensar en vez de a ir al gym y a la peluquería.

El otro día veía una serie de esas de adolescentes, Pequeñas Mentirosas, y me preguntaba cómo conseguían ir esas niñas al instituto tan perfectamente conjuntadas, con ese maquillaje profesional y ese peinado de peluquería espectacular. Las cejas, depiladas y delineadas, el lápiz de labios cuidadosamente escogido para la ocasión y un conjunto para cada momento del día. Si esos son nuestros referentes, la vida real nos debe parecer una verdadera mierda. Y una cosa curiosa: estas series pasarían el test de Bechdel estupendamente.

No, la verdad es que cuando veo a las niñas posando en Instagram, no me preocupa (solo) lo expuestas que puedan estar a desalmados y pederastas. Me preocupa (también) la forma en que se ven a sí mismas, qué es lo que valoran en ellas, cómo interactúan con su entorno, cómo están desarrollando su identidad. Y me preocupan no solo las que posan, sino también las que no posan, ese mundo oculto de niñas que no se atreven a poner su foto en Instagram, que no bailan en público y que se creen “feas”. Esas niñas, todas las niñas, merecen otros modelos para amarse y respetarse. Merecen mujeres de verdad, con sus granos, sus gafas y su inteligencia diciéndole al mundo “porque yo lo valgo“. Y a la mierda el Juez.

YouTubers World

 

Ayer decidí adentrarme en el mundo YouTuber. Mi hijo de 11 años lleva un tiempo enganchado, y me apetecía saber qué se cocía por allí de primera mano. Creo que merece la pena adentrarse en este fenómeno que, de mano de gente de 20, está enganchando a gente de 10. La televisión hace años que solo se enciende en mi casa para ver Netflix, los canales tradicionales han muerto y ahora, para acercarnos al mundo de nuestros pequeños y pequeñas, hemos de navegar con ellos y elegir entre los numerosos y seguidísimos YouTubers.

Lo primero que hay que saber es que, cuando abres una cuenta de YouTube, puedes crear un canal propio en el que subir vídeos. Los YouTubers suelen ser chicos y chicas jóvenes. Lo que suelen hacer son GamePlays, que son vídeos en los que salen ellos mismos jugando a un videojuego, Vlogs, en los que cuelgan vídeos hablando de su vida o de distintos temas, y series animadas o de otro tipo.

Os voy a hablar de los YouTubers favoritos de mi hijo. El number one, el total pro es Folagor03, que hace GamePlays de Pokemon. Este chavalillo es simpático y la verdad es que me cae bastante bien. Mi hijo espera con impaciencia sus vídeos diarios. Aquí os dejo un vídeo de su canal.

Mi hijo era algo reticente a hablarme de los YouTubers que le gustan, porque piensa que tenemos un prejuicio contra ellos y que no entendemos nada. Le molesta que les llamemos tontos, que pensemos que pierden el tiempo y que les pidamos que les cambien por un libro. Lo cierto es que el entretenimiento que les proporcionan los YouTubers es bastante incomprensible para una generación que creció con la tele y los programas cerrados y a todo color. Nuestros hijos pueden interactuar con sus YouTubers favoritos, dejarles comentarios, aprender de sus mejores jugadas y… leer a los haters en los hilos de comentarios.

Entre otros gamers que le gustan están Gona_89, DSphony, RobleisIUTU, Sliver, MarcusPK7 y el famosísimo Willyrex. Pero lo que ahora es lo más de lo más es la serie de Edd00chan, FNAF. Esta serie animada, bastante simplona, está causando furor entre los peques de nuestra causa, que se han hecho Otakus y se han abierto cuentas monográficas en Instagram sobre la serie y sus personajes. A mí me deja bastante loca que prefieran esta serie a las elaboradísimas producciones que pueden encontrar en la televisión o en Netflix, pero creo que el secreto está en que es algo suyo, algo con lo que pueden interactuar y que está lejos del salón de casa. Su identidad digital es cada vez más fuerte, y estos productos simples pero exclusivos tienen mucho tirón.

También le pregunté por las chicas YouTubers. Me dijo que ellas también hacían GamePlays y que algunas le gustaban bastante. Pero que a él no le gustaban los Vlogs y las WeekLists. Y también descubrí los múltiples parentescos entre YouTubers.

Luna Dangelis es una gamer que hace otras muchas cosas, entre las que he podido observar un género que se llama “Video Reacciones” y que consiste en ver algo y mostrar a tus seguidores cómo reaccionas ante ello (qué narcisista, ¿no?). Tiene un novio que se llama Deiak y que a mi hijo no le gusta mucho. He visto un vídeo en el que Deiak mansplainea a Luna jugando a un videojuego pero no os lo voy a poner. Y luego está Sara Ramírez, alias Sara Pecas, hermana de Folagor03, que es casi tan maja como él, y trabaja más el género del Vlog. Aquí os dejo un vídeo con los cuatro juntos:

 

En definitiva, estamos viviendo un cambio revolucionario para el que debemos estar preparados/as. Todo cambia, y despreciar los gustos y aficciones de nuestra prole solo nos llevará a agrandar la brecha generacional. No hace falta que ahora nos hagamos superfans de los YouTubers, pero intentar comprender la cultura en la que se hallan inmersos nuestros hijos nos ayudará a conectar con ellos más y mejor. Os dejo con un Instagramer y YouTuber que me ha presentado mi hijo mayor con el que no me puedo dejar de reír. Se llama Darioemehache y me ha enganchado.

 

Soy la mamá de…

Una de las señales de que tus hijos se están haciendo mayores es cuando dices eso de “soy la mamá de…” e, inmediatamente, sientes que has metido la gamba. Tú hija/o te mira con cara de ¿¡Qué has dicho!? y el amigo o amiga hace como que no te ha oído. 

Una sílaba puede arruinar la relación con tu retoño: ten cuidado. Hace apenas un par de años iban gritando a voz en grito por el parque eso de ¡¡¡Dónde está mi mamá!!!, pero ahora solo somos  mamá en la intimidad. Ahí sí que somos mamá a todas horas. Mamá, qué hora es, mamá, tengo hambre, mamá, necesito, mamá, quiero…

Pero en cuanto surge la remota posibilidad de que un amigo pueda oírles, se vuelven súper independientes y nos convertimos en “su madre”. Les cambia la personalidad, oye. Se convierten en la reencarnación de Fitzwilliam Darcy. Y entonces tienes que empezar a medir tus palabras y, por lo que más quieras en la vida, nunca se te ocurra darles un beso. Es la peor afrenta que le puedes hacer a un preadolescente delante de sus amigos. Sobre todo a los chicos, seguro que por alguna extraña razón sexista.  

Creo que más adelante, esta estúpida etapa pasa y son capaces de tatuarse “Amor de madre” en el bíceps (entonces, las avergonzadas somos nosotras).

Así que saboread vuestros últimos “mamás” infantiles en público. Llegará el fatídico momento de la vergüenza de lucir madre y os querrán ocultar. En ese momento, no abuséis del humor ni le llaméis cariñín delante de sus amigos, que luego ellos se vengarán haciendo creer a la gente que no sabéis usar el WhatsApp.

Los adolescentes también merecen respeto

Hace unas semanas, mi hijo se rompió el brazo derecho. Estaba desolado por no poder tocar la viola y por no poder estudiar física, química y matemáticas. Es un buen estudiante. No se mata a estudiar pero siempre va al día y le gusta aprender. 

La mayoría de sus profesores y profesoras le han tratado con comprensión y le han hecho adaptaciones por su discapacidad temporal. Le han dicho que se examinará cuando le quiten la escayola. Teniendo en cuenta que está en segundo de Bachillerato, es una gran faena, pues se juega la entrada en el Grado que le gusta.

Pero siempre hay excepciones, en este caso el profesor de matemáticas. Cuando mi hijo le contó lo que le había pasado y que si por favor le podía aplazar el examen, le dijo que era un vago y que aprendiese a escribir con la mano izquierda. 

He enseñado a mis hijos a no callarse ante las injusticias. Y él no se calló. Le dijo que era el único de sus estudiantes que había aprobado todos sus exámenes sin tener que ir a recuperación y con buena nota. Ante esa evidencia, el de matemáticas le llamó impertinente (es una impertinencia argumentar cuando te han insultado, debe ser) pero se debió de dar cuenta de su error y le dijo que le pondría el examen más adelante.

Los niños y jóvenes tienen que aguantar ese tipo de faltas de respeto de los adultos, ligadas a los abusos de poder, en diversas situaciones. Recuerdo cuando mandaba a comprar a mis mellizos y acudía a rescatarles cuando comprobaba que tardaban demasiado en volver con la barra de pan. Me los encontraba mirando a la dependienta con desesperación y rodeados de señoras que parecían no verles, hasta que yo daba dos voces. Entonces dejaban de ser invisibles.

Me cuenta mi hijo que en otra ocasión le cerraron la puerta del instituto en las narices, y como no la podía parar con la mano escayolada, la paró con el pie. Entonces llegó el conserje como un energúmeno a echarle la bronca y a decirle que eso no se hacía, que había que pararla con la mano. Le enseñó su escayola y le dijo que la parase con la otra, cosa harto difícil pues suponía hacer una complicada cabriola. No me imagino a nadie dirigiéndose así a una persona adulta con una escayola. Pero ellos, los y las jóvenes adolescentes y los niños y niñas deben soportar nuestros humos y malos modos, nuestros insultos y nuestras faltas de respeto sin inmutarse.

Yo os pediría que cada vez que os vayáis a dirigir a ellas/os, penséis antes si lo que vais a decir se lo diríais a una persona adulta. Seguro que os sorprendéis más de una vez.

Los educarcas, la memoria y la cultura del esfuerzo

No sé qué le ha pasado a mi generación. Cuando hemos conseguido hacernos con el mando, hemos empezado a reproducir la mala educación que nos dieron a nosotros y las mismas tonterías que tuvimos que aguantar. Ahora no nos acordamos de lo que hacíamos de jóvenes, pero nos ponemos muy serios (y serias) diciendo que la juventud de hoy en día no tiene cultura del esfuerzo. No recuerdo yo a mis compañeros y compañeras de instituto y de universidad con mucha cultura del esfuerzo, pero si vosotros lo decís, y con tanto convencimiento, será que lo sentís así. 

¿O será que todos los docentes a los que os ha dado por alabar la memoria y el esfuerzo como motores del aprendizaje erais estudiantes memorísticos compulsivos? Recuerdo que en mi época de estudiante, tenía un compañero que siempre estaba estudiando en la biblioteca. Subrayaba de color rojo los apuntes del orden de 30 veces, hasta que se los sabía de memoria. Luego sacaba un 10. Yo me leía los apuntes 3 veces a lo sumo y sacaba un 7. Con el tiempo que me quedaba, disfrutaba de la vida. Una vez le dije que si hacía falta que estudiase tanto, que si no se venía con nosotros de marcha. Me miró como si estuviese loca, como si le hubiese ofendido muchísimo. Volvió a sacar un 10, y así hasta el final de la licenciatura. Pero era un amargado y no consiguió más cosas de las que conseguí yo profesionalmente hablando más adelante. 

El memorizador compulsivo de la clase era el único que tenía esa cultura del esfuerzo con las que se llenan la boca los educocarcas de hoy en día. Y tenía éxito académico (que no vital) porque la evaluación también era memorística. Cuando le sacabas de los márgenes de los apuntes, el pobre se perdía, no sabía reflexionar sobre conceptos complejos y no quería, de ninguna manera, cuestionar el conocimiento que le venía dado. El problema del memorizador era que, cuando se enfrentaba a problemas reales, no tenía nada que memorizar. En ese momento, cuando tenía que aplicar el conocimiento, miraba a su mesa, hincaba sus codos y buscaba de manera autómata la forma de responder a la vida como si fuese un examen. Y nunca lo conseguía. 

Pocas veces encontré un/una docente que realmente me guiase en la construcción de mi conocimiento. Como mucho, me dijeron lo que tenía que pensar y lo que tenía que leer, pero no impulsaron mi reflexión ni me llevaron a redescubrir el mundo. Sé mucho de la Edad Media porque tuve una profesora de Historia que era entusiasta de esa época y adoro la Literatura porque es algo que me inculcó mi familia desde muy pequeña. Por lo demás, fracasé en matemáticas y en física porque nadie quiso o supo responderme a la pregunta de para qué servían, hasta que lo ha hecho mi hija con una explicaciones ilustradas con ejemplos que  más quisieran muchos de esos que se llenan la boca diciendo que son profesionales. Esto no es educación. En todo caso es un “mostrar” contenidos para su asimilación e incorporación acrítica a nuestro torrente de pensamiento. 

El aprendizaje se produce a partir de la APROPIACIÓN DEL CONOCIMIENTO. Esto quiere decir que si no hacemos nuestro el conocimiento, si no lo vinculamos con lo que ya sabemos y lo percibimos como funcional en nuestro día a día, no se aprende. Se puede memorizar, asimilar, retener, pero eso no es aprender. Hay profes que se desgañitan intentando convencernos de que memorizar es necesario y la base del aprendizaje. Para nada. La memoria siempre está presente. Para aprender no nos quitamos las manos, ni las piernas. Tampoco la memoria. Pero eso no quiere decir que la memoria sea la base del aprendizaje, como no lo son las sensaciones visuales que entran por nuestro nervio óptico. El aprendizaje es algo que se produce en todo el cuerpo y que nos cambia de arriba a abajo. Cambia nuestro comportamiento interno y externo. 

Pero después de todo, hay experanza. Hay una nueva generación que sabe que la forma en que les educaron en el colegio y en el instituto no es la adecuada, y van a transformar la educación. De momento son jóvenes y solo tienen acceso a herramientas como YouTube. Pero lo están haciendo muy bien. Están elaborando herramientas muy útiles para enseñar a los que vienen detrás de ellos de una forma significativa, amena y consciente. Ya, ya sé que no se puede dar una clase a base de vídeos de YouTube, pero lo que están haciendo va más allá de eso. Están adoptando una postura pedagógica elaborada en su intento de enseñar a otro/a, una postura que supera la metáfora del contenido-continente de una vez por todas, y que toma conciencia de que lo que hay que enseñar no es TODO lo que se sabe, sino una base que impulse al otro o la otra a querer seguir aprendiendo más y más. 

La única postura adecuada hoy en día en los entornos educativos es el cambio de metáfora, de prácticas docentes, de teorías epistemologicas y de actitud hacia los más jóvenes. Esperamos que los educarcas, los que pretenden que eduquemos a nuestros hijos como a marines y a nuestras hijas como institutrices, se vayan extinguiendo poco a poco y dejen paso a una nueva generación de educadores más de la segunda república que del franquismo. 

Los lugares de las madres


Cuando mis hijos han llegado a la adolescencia-juventud, he creído por un momento que había ganado dos personas con las que dialogar, hablar de nuestras cosas, debatir, intercambiar pareceres, etc. Eso que se hace con las personas en general. Pero cuál ha sido mi sorpresa al comprobar que no me ven como persona independiente de mi rol de madre. A ellos les gustaría que fuese de esas madres que tarda siglos en escribir un mensaje de whatsApp, pero a falta de ese elemento estereotípico, dejan mis mensajes sin contestar, haciéndome ver lo inconveniente de preguntarles qué tal han pasado el día. 

En fin, que ahora nuestras conversaciones consisten en que yo abro la boca, digo dos palabras y me ponen en mi lugar. 

– “Joder, lo que está haciendo Trump”

– “Mira mamá, ya sé que las personas como tú os sentís muy guays por meteros con Trump, pero Rajoy no es mejor y no decís nada”

¿Por qué necesita ponerme en ese lugar? ¿Necesita que el conservadurismo y la ignorancia estén encarnados en alguien que tiene cerca? Las madres ocupamos ese lugar a la perfección. Lo hemos hecho durante décadas. Somos las bobas sonrientes que te tienen preparado el bocadillo mientras tú te vas al instituto a recoger la sabiduría que nosotras nunca hemos rozado ni con los dedos. Somos las pobres estúpidas que no sabemos que ese argumento está siendo retuiteado 2.500 veces y compartido en Facebook otras tantas. 

Nadie necesita que su madre sea lista. Muy pocas veces (solo algunas) he escuchado a hijos e hijas honrando el trabajo de sus madres, y, sin embargo, es una constante escuchar hablar a hijos enorgullecidos por el trabajo de sus padres. El ejemplo más cercano que se me viene a la cabeza es el de Javier Marías, hablando de su madre Dolores Franco Manera, profesora de Filosofía y autora de un libro de texto sobre esa materia traducido a varios idiomas: 

“Según él, mi padre, Lolita era la persona más valiente que jamás había conocido. Se casaron en 1941, ella publicó un libro con dificultades, y su primogénito (mi hermano Julianín, al que no conocí) murió súbitamente a los tres años y medio. Luego nacimos otros cuatro varones, pero es seguro que ninguno la compensamos de la tristeza de ver desaparecer sin aviso al primero, sin duda al que más quiso. Hablé de ello en un libro, Negra espalda del tiempo, y allí creo que dije algo parecido a esto: era el que ya no podía hacerla sufrir ni darle disgustos, el que nunca le contestaría mal como suelen hacer los adolescentes, el que siempre la querría con el querer inigualable y sin reservas de los niños pequeños, el que no pudo cumplir con las expectativas pero tampoco con las decepciones, el que siempre permanecería intacto. Seguro que empleé otras palabras más cuidadas.” (Javier Marías, 13 de noviembre de 2016)

¿Quién necesita que su madre escriba un libro de filosofía? Nadie, ciertamente. Entre las últimas novelas que he leído está la de Quien pierde, paga, de Stephen King (sí, soy forofa, aún sabiendo todo lo que conlleva eso). El protagonista es un perverso asesino con problemas mentales cuya madre, una profesora universitaria separada, es la culpable tácita del desequilibrio de su pobre y desatendido hijo. Las madres listas e intelectuales no somos necesarias. Somos como un grano en el culo. Donde esté una madre que hornéa bollos y espera a su prole con el delantal en la puerta, haciéndoles reír con sus intervenciones llenas de ignorancia y sentido común, que se quiten las madres listas y egoistas que escriben libros, tienen un trabajo intelectual y están informadas de lo que pasa en el mundo. 

¿Qué va a ser de nuestros hijos e hijas si ya no tienen de quién reírse con cariño, atusándonos la cabeza y mirándonos con ternura? Estamos destrozando su adolescencia, su juventud, su edad adulta. Les estamos privando de la Madre, de ese espacio seguro que les deja ser y recrearse, que les da amor, cariño y cena caliente sin calentarles demasiado la cabeza. Somos el cáncer de esta sociedad enferma, que va decayendo porque ya no somos lo que deberíamos ser eternamente. 

Los padres cuarteleros: Una tendencia en alza

Tomada de Pixabay

Los expertos lo han detectado con su radar “encuentra fenómenos”. Son los padres cuarteleros. Tratan a sus hijos a golpe de silbato, les educan en un ambiente absolutamente dictatorial y nunca les ayudan a levantarse cuando se caen. Esta forma de educación, que se puso de moda tras la adopción de las tesis de ese concepto pseudocientífico llamado “hiperparentalidad”, está acabando con la autonomía y la autoestima de niños y jóvenes, que tienen sistemas nerviosos débiles y son incapaces de enfrentarse a los retos más sencillos de la vida, como tomar decisiones por sí mismos, hacer amigos, abordar los conflictos con serenidad o mantener conversaciones distendidas. 

Los padres cuarteleros hacen oídos sordos a las quejas de sus hijos. No importa que lleguen llorando a casa del colegio con un ojo morado. Les dicen que se defiendan, que devuelvan el puñetazo y que no lloren como nenazas. Si su hijo es una hija, les dicen que algo habrán hecho, que sean tranquilitas y jueguen a la goma en el patio, así no se meterán en líos. Es así como los casos de acoso en el colegio han aumentado de forma alarmante: sin un control por parte de las familias, que son las encargadas del bienestar de los menores, no hay nadie que ponga freno a la escalada de violencia en los colegios e institutos. 

Además, este tipo de padres no atienden a sus hijos cuando sufren accidentes o tienen dolores. Son de la idea de que, cuando un niño se cae al suelo, hay que dejar que se levante solo para forjar su fortaleza y valentía. De este modo, están llegando a los hospitales niños con fracturas antiguas mal soldadas que no fueron atendidas debidamente en su momento. Además, los niños crecen con la idea de que no hay que ayudar al otro cuando tropieza y estamos asistiendo al surgimiento de una generación de adolescentes insensibles ante los infortunios de sus semejantes, que pasan sin mirar a las viejecitas que encuentran tiradas en el suelo y que no ceden el asiento en el metro a las embarazadas. 

Marilita Jiménez, experta en ingeniería genética en la Universidad de Gayamil, afirma que estos padres crían a sus hijos como si fuesen infantes de la marina. Las maneras espartanas en la educación están dando lugar a gran cantidad de casos de estrés postraumático en niños y adolescentes, que llegan gritando “SEÑOR, SÍ SEÑOR” a las consultas de psiquiatría. “Como sigamos así, en unos años vamos a tener zombis en vez de personas paseando por las calles” afirma la experta. 

Quedaron atrás los tiempos en los que se daba crédito a las teorías que afirmaban que una crianza respetuosa y con amor generaba individuos respetuosos consigo mismo y con sus semejantes. En la actualidad, parece que estamos educando a soldados que van a ir a la guerra a combatir por su patria, más que a ciudadanos conscientes y resilientes, preocupados por contribuir al bien común. Y es que necesitamos personas que se construyan sobre una base sólida de apoyo, respeto y amor por parte de sus progenitores, y no de individuos obedientes sin autoestima que no sepan relacionarse con los demás porque nunca les han cuidado. 

El nido se vacía

Pensé que nunca iba a llegar el momento en que uno de mis hijos hiciese la maleta para irse de casa. Navego entre el llanto y la emoción. Doblo su ropa tendida y pienso que estoy familiarizada con cada una de sus camisetas y me ruedan las lágrimas cuando pienso que habrá un día en que me sean desconocidas. Soy así de dramática.
Mi niño se va. Con 17 años. Se va detrás de un sueño: la música. Y me siento super orgullosa. Me dice “mamá, creo que tendré que aprender a moverme por Madrid” ,  y recuerdo mis primeras incursiones en el metro, cómo aprendí a calcular la hora a la que salir de casa para llegar puntual, los apretones en el autobús con la cartera a cuestas y sé que lo conseguirá.

Llevo toda la semana diciéndole que prepare las cosas que se quiere llevar a Madrid. He conseguido que haga una maleta. Pero para él, lo más importante es el ordenador y la Play, su último regalo de cumpleaños. ¿Estudiará? ¿Comerá sano? ¿Se duchará? ¿Irá con la ropa limpia y planchada? ¿Me llamará por teléfono? ¿Llegará puntual a las clases?

Es muy curioso estar en esa posición de soltar. El pájaro vuela hacia el horizonte y yo me quedo en casa. Me emociona su vuelo. Me enorgullece. Pero a la vez me asusta y me entristece. Sé que va a estar aquí muchos fines de semana, pero ¿hasta cuando? Conocerá gente, hará amigos y amigas, se enganchará a Madrid igual que nos enganchamos todos. Espero haber sabido convertirme en un lugar seguro al que volver.

¿La señora Killer, por favor?

  

El otro día andaba trabajando cuando sonó una llamada en el móvil. Mi trabajo a veces no me permite coger el teléfono en el momento en que vibra, así que esperé a terminar lo que estaba haciendo para comprobar la llamada. Era una llamada del instituto. Devolví la llamada. La primera persona con la que hablé me pasó con una segunda, que buscó en el parte de faltas para ver si alguno de mis hijos se había fugado sin mi permiso. No. Finalmente me pasan con el jefe de estudios. 

JE- Habrá comprobado Vd. que tiene una llamada mía de hace dos minutos

MK- Así es, por eso llamo 

JE- (Disfrutando del momento) Hemos pillado a x con el móvil en clase

MK- Ahaaa?

JE- Y tiene un día de expulsión

MK- Ahaaa?

JE- Es que como sabe, no se puede usar el móvil. Solemos devolvérselo a los padres, así que tendrán que pasarse a por él. 

MK- Ahaaa?

Ese Ahaaa iba precedido por largos silencios que parecían esperar otra respuesta por mi parte. No sé, que me mesase los cabellos o me rasgase las vestiduras porque uno de mis hijos estuviese usando el móvil en clase. Pero conociendo a mis vástagos como les conozco, prefería escuchar la otra versión antes de hacer ningún juicio. Por otra parte, tengo que decir que es la primera vez en todos sus años de escolarización, que ya van por 13, que pasaba una cosa así, de modo que no había agravante por reincidencia. 

Después me entero de que la “pillada” fue en una clase en la que había faltado el profesor, en una hora en la que los alumnos permanecían solos en el aula. El profesor de guardia entró en la clase y sorprendió al presunto delincuente manipulando el móvil. Acto seguido le hicieron bajar a jefatura de estudios y le impusieron la sanción para una falta muy grave: un día de expulsión. ¿Un día sin clase es un castigo adecuado? nos podríamos preguntar. Consultando el Reglamento de Convivencia del Centro, esto solo se puede hacer si se programa una tarea de carácter educativo que el estudiante tendrá que realizar ese día y entregarla al profesorado. Pero para qué nos vamos a molestar: expulsamos del centro, privamos al estudiante de su derecho a asistir a clase y nos saltamos la constitución. 

En realidad, el uso de dispositivos móviles está prohibido en los centros educativos por una cuestión de miedo y de falta de formación. Es cierto que si está prohibido, no se deben usar. Pero prohibir el uso de esos dispositivos, que empieza a ser generalizado y universal, es como si en siglos pasados prohibiesen el uso de dispositivos de inscripción gráfica en las aulas (cuadernos y bolígrafos). Vivimos en una sociedad tecnoletrada, y no lo podemos seguir ignorando. Es urgente que los centros educativos integren la tecnología de la comunicación en las aulas. En caso contrario, la sociedad seguirá avanzando, y nuestras aulas permanecerán inmóviles y de espaldas a lo que pasa ahí fuera, en la vida real. 

Por otra parte, nadie se preguntó qué hacía ese estudiante con el móvil. Por lo que sé, podría estar leyendo a Shakespeare. Ser expulsado del instituto por leer La Tempestad es lo más cool que puede pasarte, una historia para contar a tus nietos el día de mañana.