Buenas prácticas en la enseñanza de la escritura

Hace unos días publicaba en mi página de Facebook un post sobre la caligrafía. Decía lo siguiente:

Las maestras se siguen empeñando en machacar a lxs niños y las niñas con eso de que “tienen mala letra”. La escuela pasa años torturándoles con ejercicios absurdos de caligrafía, constriñendo su manipulación libre de instrumentos gráficos con ejercicios y papeles pautados. Nada de esto tiene ningún apoyo científico. Cuando ya llevan años moldeando sus movimientos (que si letra ligada, que si líneas, que si cuadros) les dicen que tienen mala letra.

A partir de ese momento, todo su afán es que hagan buena letra, y a algunas solo se les ocurre el recurso al castigo: les hacen repetir ejercicios en casa (ejercicios que han hecho bien, pero no les gusta la letra), les bajan la nota por la letra, les están todo el día machacando con la letra. Y se desentienden de su aprendizaje. Todo gira en torno a la letra.

Está muy bien saber escribir a mano, pero la escritura no es sinónimo de caligrafía. Saber escribir es sinónimo de saber argumentar, saber construir un discurso, saber crear con palabras. Pero la escuela equipara la escritura con la caligrafía, hace caso omiso de la escritura como proceso constructivo del pensamiento y machaca a los niños y niñas con una destreza que van a usar de forma marginal cuando acaben sus años escolares. Y será entonces cuando los chavales se den cuenta de que nadie les ha enseñado a escribir con un teclado, que es la forma en que se escribe en el mundo fuera de la escuela.

Una maestra se ofendió bastante con este post, y entre todas las cosas que dijo, hubo una que fue la que más me llamó la atención. Decía riéndose si realmente se podía debatir si enseñar o no a escribir, que dónde estábamos llegando.

En esta entrada me gustaría hacer dos aclaraciones, una sobre la escritura y otra sobre la caligrafía. 

En primer lugar, y aunque ya lo apunto más arriba, escribir no es hacer marcas gráficas en un papel. Escribir es usar nuestro lenguaje de una manera específica, usando un código alfabético y desarrollando discursos propios de la lengua escrita para fines particulares y diferentes a los que se persiguen con la lengua oral. Por tanto, una persona que no tenga manos puede aprender a escribir, siempre que de con un maestro o maestra que crea que saber escribir es mucho más que juntar letras en un papel.

En este sentido, cuando aprendemos a escribir, tenemos que aprender géneros de escritura: aprendemos a narrar, a hacer listas, a describir un paisaje, a escribir un informe, un comentario de Facebook, un artículo científico, un mensaje de correo electrónico. Todos esos textos requieren distintos conocimientos y competencias para ser escritos. Con sólo aprender el código alfabético y a escribir palabras y frases con un lápiz no basta para aprender a escribir. Tampoco basta con aprender a teclear, por supuesto. Para aprender a escribir hay que aprender a usar el lenguaje escrito de manera funcional en situaciones de uso real.

Veamos ahora esta fotografía:

Cuadernos Rubio. Ejemplo.

Esto es una hoja de los Cuadernos Rubio, que siguen usándose en la escuela. Cuando los niños y niñas están haciendo estos ejercicios, no están aprendiendo a escribir, están aprendiendo a hacer marcas gráficas de las letras del alfabeto sobre el papel. Es decir, están aprendiendo a escribir a mano, pero no están aprendiendo el lenguaje escrito. La mayoría de los niños y niñas aprenden rápido y bien a componer palabras usando el código alfabético con herramientas gráficas (lápiz, bolígrafo, etc). Tener “mala letra” no es tener una dificultad de escritura, aunque hay un porcentaje pequeño de niños que pueden presentar una disgrafía. Solo los niños y niñas que tienen dificultades para escribir a mano relacionadas con procesos cognitivos y motores necesitan una intervención específica.

Por otra parte, la caligrafía es sólo una forma de enseñar a escribir a mano, pero hay otras formas posibles. Me gustaría saber los argumentos que llevan a los maestros y maestras en las escuelas a usar determinados métodos frente a otros, cursiva frente a mayúscula o caligrafía punteada frente a escritura libre sin pautar. Pero creo que esos argumentos, más que estar apoyados en evidencias científicas y en una cuidadosa observación de los efectos que producen en los niños y niñas a largo plazo, derivan de una tradición pedagógica ya obsoleta.

Sin embargo, la importancia de la escritura libre de los niños y niñas sí está documentada. Se ha demostrado que dejar que los niños usen los instrumentos gráficos con libertad y pedirles que escriban en un entorno lúdico y sin presiones está relacionado con un rendimiento superior en lectura y escritura más adelante (ver por ejemplo Sénéchal, M., Ouellette, G., Pagan, S., & Lever, R. (2012). The role of invented spelling on learning to read in low-phoneme awareness kindergartners: A randomized-control-trial study. Reading and writing, 25(4), 917-934.)

En fin, no me quiero extender más. Simplemente quería ahondar un poco más en el sinsentido de algunas prácticas escolares que se perpetúan más por tradición, como los toros, que por utilidad pedagógica real. Esperemos que con el tiempo, los profesionales de la educación en España se vayan acostumbrando, como ya hacen en otros países, a fundamentar sus prácticas en la evidencia, tanto científica como práctica. Y esa evidencia no existe para apoyar los beneficios de la caligrafía.

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