¿Brechas o alteraciones en la fuerza?


A veces, los extraterrestres nos enseñan más sobre las desavenencias en el feminismo que las propias feministas. Ana Fernández Vega publicaba hace poco en su blog una entrada sobre la brecha en el feminismo actual, y me situaba en un lugar en el que no me reconocía. Hacía una división entre las feministas que dábamos prioridad a los derechos de los niños y niñas sobre los de las mujeres (¿las malas?) y aquellas otras que creían que los cuidados y la conciliación dependían de la corresponsabilidad (¿las buenas?). Y yo era de las malas, cómo no. Es mi sino. 

Y esto era así a pesar de las múltiples batallas que he librado contra la facción de la herida primal, que no nos deja desviar la vista de las necesidades de nuestras criaturas. Este grupo sostiene que no podemos dejar que el cerebro de nuestros bebés se convierta en papilla bajo los efectos del cortisol que segregan cuando llora, y mantiene una férrea vigilancia hacia la actitud de la madre hacia su retoño: “Es tu bebé, cuídalo, no hay nada más a tu alrededor, ahora existes para él, la exterogestación es lo principal y prioritario”.

Pero no, yo no soy de las de la herida primal, y preferiría hablar, más que de una brecha entre los feminismos, de alteraciones en la fuerza, como decía el maestro Yoda. Para las feministas buenas, las que quieren corresponsabilidad, sé que hablar del derecho a amamantar y a criar a nuestros hijos es, en cierta forma, dar un paso al lado oscuro, en el que las mujeres volvemos a ser las empleadas del hogar sin remuneración, las analfabetas, las limpiadoras de culos y bocas, las que chillan por las escaleras a los que se van a ver mundo que se pongan el abrigo.  Y no. A algunas mujeres amamantar les gusta. Es un deseo que tienen. Y además lo consideran un derecho inalienable, porque han leído que amamantar reduce el riesgo de cáncer de mama y de útero. Por otra parte, les gusta porque les proporciona placer y porque es una forma de relacionarse con su hijo que les encanta, por no hablar de lo cómodo que es: salir a la calle sin polvos, agua y utensilios múltiples es un placer inigualable. 

Y además, algunas mujeres a las que nos ha encantado amamantar, no hemos renunciado a seguir con nuestro trabajo, a seguir implicadas con nuestra profesión. A otras, francamente, les ha dado igual: preferían mil veces cuidar a sus hijos que pagar a otra persona e irse a cobrar una miseria por trabajar 8 horas al día como mínimo. Pero en fin… Corresponsabilidad. 

Podemos hablar de corresponsabilidad si hay más personas dispuestas a cuidar del bebé junto con nosotras. Pero para que haya corresponsabilidad, tiene que haber como mínimo dos personas de acuerdo en compartir responsabilidades. Y eso muchas veces es mucho más difícil que conseguir una baja maternal más prolongada o un subsidio por cuidado de menores. En serio. De verdad. Preguntad, haced una encuesta en un barrio cualquiera de vuestra ciudad. 

Yo me alegro mucho por vosotras. Es genial que hayáis encontrado parejas que hayan superado su estructura mental patriarcal y hayan accedido a cogerse una reducción de jornada para cuidar a su hijo. Pero os aseguro que no es lo normal ni lo habitual. Y además, me niego a plantear que es nuestra la responsabilidad de alcanzar la manida corresponsabilidad. No: bastante tengo con luchar por mis derechos y contra mis limitaciones para encima tratar de cambiar la mente masculina (sí, estoy hablando de parejas heterosexuales) para que se corresponsabilice. 

Por tanto, no existe tal brecha. Es cuestión de entender las necesidades las unas de las otras. Es cuestión de comprender que hay diferencias en las vidas de distintas mujeres. Que tenemos deseos diferentes y venimos de situaciones muy distintas. No es que unas queramos volver a la naturaleza más ancestral y las otras hayan evolucionado. Vamos a admitir que una mujer puede tener derecho a criar a su hijo con sus tetas y sin dejarlo en manos de extrañas. Si las buenas admitís esto, quizás nosotras dejemos de ser tan malas y podamos luchar juntas por la dignificación de los cuidados. 


Comentarios

¿Brechas o alteraciones en la fuerza? — 4 comentarios

  1. María, no sé… me decías en mi blog que no te sentías “bien colocada” donde te situé y yo me disculpé. Y yo sé que me disculpo de verdad y que escribo no con sorna sino con corazón abierto. Eso llevo, qué le voy a hacer.
    Ahora permíteme que te invite a releer el artículo porque, de verdad, no existe en ningún lado una intención de colocar a buenas y malas. Creo que los prejuicios que digo que nos abrasan nos queman hasta a nosotras mismas. He tratado de ser cuidadosa con los términos y de recoger el sentido que yo he creído ir recogiendo de las posturas que algunas feministas a las que leo desde aquello de las “Leonas” mostráis cuando escribís. Feministas a las que me alegro de haber encontrado y con las que solamente quiero compartir y aprender. Feministas que me recordaron (sin yo pedirlo y sin ni si quiera haber caído en la cuenta) que hablar de maternidad no se podía hacer sin hablar de las niñas y las tetas.

    No hablo de buenas ni de malas. No lo hago. No hablo de volver a la naturaleza en un sentido peyorativo. No hablo de los derechos de los bebés frente a los derechos de las mujeres. No hablo de un feminismo mejor que otro. No hablo de luchar separadas.

    De verdad, María, creo que el calentón de no encontrarte te impidió leer con intención de entender.

    Cuando me dijiste que no te encontrabas pensé en eliminar tu enlace pero luego pensé que eso sería pueril y que ahí quedan los comentarios públicos para quien quiera leer e indagar. De otro lado, el hecho de haberte enlazado es, para mí, más un gesto de respeto y cariño que de acusación. Puedo escoger otros enlaces, pero no quise. Quizá también sea pueril pero es así como es. Chica, al final lo ideal sale caro.

    No sé, María, me apena.
    Por ciero, sí tengo a mi lado un hombre cisgénero de diez y me siento afotunada; sí aposté por que superar su estructura mental patriarcal y sí me lopuso fácil; sí di pecho a mis hijxs hasta que se hartaron y lo gocé como tantas otras; sí coleché; sí aposté por un parto consciente; sí estuve en excendecia un año para criarlos; sí les grito por las escaleras para que se pongan el abrigo; sí juego al escondite con ellos en el parque y sí les limpio el culo y los mocos; sí apuesto por dignificar los cuidados, sí quiero encontrar formas en las que nos encontremos; sí creo que debemos hablarnos con cariño y sin maldad; y sí estoy hasta el coño de la reactividad.
    Buenas noches María, y un beso.

    • Hola Ana, lo de las buenas y las malas era un simple ejercicio retórico sin importancia, ya sé que tú no eres para nada tan simplista como para plantear las cosas así (aunque sí hay feministas de antaño que lo hacen). Creo que estamos más cerca de lo que pensamos, así que creo que se trata de trabajar en la confluencia, que seguro que da buenos frutos 😉
      Un fuerte abrazo.

  2. Pingback: Buenas y malas y sus alteraciones | Indica con Género

  3. Pingback: Buenas y malas y sus alteraciones - Ana Fernández de Vega

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