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Los nostálgicos de la nocilla arrementen contra el brócoli

No hay nada más absurdo que la nostalgia de los malos hábitos de nuestra infancia. Es verdad que éramos felices e inconscientes cuando viajábamos en la parte trasera del Seiscientos sin cinturon y durmiendo a pierna suelta. Eso no significa que ahora que tenemos hijos, queramos reproducir esos patrones que se han ido depurando con el descenso de muertes en accidentes de tráfico gracias a los sistemas de sujeción.

Lo mismo pasa con la alimentación. Antes, los refrescos de Cola, las cremas de cacao y el chocolate, la mantequilla y el chorizo eran nuestras meriendas habituales. Luego pasamos a los lácteos de distintos colores. Y las cosas no han cambiado mucho si comprobamos que las tasas de obesidad y sobrepeso infantil son altas y son consideradas un problema de salud pública. Por tanto, restarle importancia a las bondades de una dieta saludable y relacionar éstas con los "gurús de la alimentación sana" es irresponsable y absurdo.

Vivimos en una época en la que la gente tiene compulsión por la creación de etiquetas diagnósticas. En este contexto, Steven Bratman acuñó el término ortorexia  para referirse a un supuesto trastorno de la alimentación que consiste en la obsesión patológica por comer sano. Sin embargo, esto no significa que debamos calificar a todas las personas que se preocupan por su alimentación y la de sus hijos e hijas como ortoréxicas. Los alimentos procesados invaden las estanterías de nuestros supermercados, y los efectos de este tipo de comidas en nuestra salud están más que documentados. Querer cerrar los ojos a ello no debe suponer la patologización de las personas que se molestan por poner todos los días en su mesa una alimentación relativamente sana.

Nos guste o no, el azúcar refinado es muy perjudicial para nuestra salud. Y eso no lo dice un lobby que señala con el dedo a las mujeres que no dan el pecho. Lo dicen los estudios científicos, por ejemplo los que investigan la relación que pudiera haber entre el consumo de bebidas azucaradas y el TDAH. Y la causa de la bulimia y la anorexia nerviosa, trastornos alimenticios devastadores, no es la obsesión por una dieta sana, sino la presión que la sociedad aplica a nuestros jóvenes para tener un cuerpo perfecto y la distorsión de la propia imagen corporal. Precisamente, uno de los consejos que se ofrecen para prevenir estos trastornos es una adecuada educación para la salud, que incluye el saber alimentarse de una manera sana y equilibrada. Y el atracón no es la consecuencia de una dieta sana, sino de una dieta restrictiva que produce un déficit calórico. Para documentarse, se puede consultar el libro de Crispo, R., Figueroa, E., & Guelar, D. (1997). Anorexia y bulimia: lo que hay que saber. Gedisa.

Por tanto, cuando escribimos artículos de opinión como este, que son una oda nostálgica a la generación de la Nocilla, quizás deberíamos documentarnos un poco mejor y no soltar al aire ideas poco calibradas. Que cada cual se alimente como quiera, pero las familias que cuidan la alimentación de sus hijos no tienen por qué ser ridiculizadas y menospreciadas. Si ves a un niño merendando fruta, ya sé que algo se revolverá en ti y añorarás el pan con mantequilla y azúcar. Eres libre de correr a la nevera a ponerte uno, pero no quieras que todo el mundo te siga con pasión y alegría: los demás también somos libres de que eso nos parezca una guarrada.

Vino con gaseosa


¿Qué hay más tradicional, más castizo, más de nuestra tierra, más básico que el vino con gaseosa? Así es el nuevo libro de Alberto Royo. He de decir que me he leído el libro desde la primera página hasta la última, no sin esfuerzo. Ya se sabe: la letra con sangre entra, y la verdad es que la lectura me ha costado. No porque fuese difícil, que no lo es, sino porque no estoy acostumbrada a que en un ensayo se acumulen tantas incongruencias.

Pero ya que me lo he leído, haré una reseña para las que tenéis curiosidad y no queráis pasar por la tediosa experiencia de su lectura. Que ya que te compras un libro, lo lees entero, pero no hay derecho, hombre, no hay derecho. Aclaro, para los educarcas que no lo sepan, que una reseña no es un resumen capítulo a capítulo, género escolar con el que hacen sufrir a sus alumnos, sino un comentario breve de una obra. El libro se compone de 23 capítulos y 2 epílogos que pretenden ser graciosos, pero no. Su título es algo pretencioso, “la sociedad gaseosa”, intentando emular la genial idea de Bauman y su modernidad líquida, sin conseguir más que hacer una interpretación simplista y sesgada de las complejas ideas del sociólogo y filósofo.

Y empezamos bien: ensalzando a los clásicos como el único conocimiento sólido que merece la pena. La historia de la literatura detenida en Cervantes, la filosofía detenida en Descartes, la física en Newton, y así. Y en el segundo capítulo, una reivindicación de los cuentos clásicos, con un absurdo alegato a favor de los cuentos de princesas y su inocencia y en contra de las locas feminazis que plantean que estos cuentos son machistas y malos para la educación de las niñas y los niños. Así, reivindica La Cenicienta como una historia de ascenso social y Blancanieves como una historia de amabilidad (por lo visto, Blancanieves tuvo mucha suerte de que los enanitos no la llevasen a trabajar a la mina en vez de dejarla limpiando y cocinando para ellos). En fin, que las hijas huérfanas de nobles a las que una malvada madrastra les ha robado su fortuna pueden ascender socialmente enamorando a cualquier príncipe: creo que es lo que mi hija debe aprender, sin duda.

El propio Royo demuestra a lo largo de las páginas de su libro que la sociedad es demasiado gaseosa para él y se queja de las “escuelas de magisterio”. La sociedad es demasiado cambiante para asimilarla y no se ha enterado de que tal cosa ya no existe. A partir del año 2006 comienza la regulación de Magisterio  como un grado universitario que se imparte en Facultades de Educación. Su argumento de que los maestros y maestras son de una casta inferior que los licenciados y licenciadas queda, por tanto, obsoleto: hace ya una década que eso dejó de ser así. Las diplomaturas desaparecieron del sistema universitario español y, desde entonces, todos son graduados/as. Los maestros y las maestras son especialistas y profesionales de la educación.

Pero claro, a lo largo de su libro, Alberto Royo intenta denostar algo que no conoce: las Ciencias de la Educación. En distintos capítulos alude a eso que él llama “neopedagogía”, aunque no hay ni una sola cita que ejemplifique ese concepto ni una sola referencia a un autor o autora relacionados con eso que él llama “neopedagogía”. Y ya que cita a Bauman, podría citar a Freire, Bruner, Piaget, Vygotsky, o incluso a los españoles Coll y Marchesi, que algo tuvieron que ver con la tan por él denostada LOGSE. Eso sí: cita el Jueves y al Mundo Today para apoyar sus argumentos, en vez de leer revistas científicas sobre Educación, que haberlas, haylas y muchas.

Por otra parte, la equiparación que hace Royo en su libro de lo que el llama “nueva pedagogía” con la homeopatía es muy engañosa, ya que se deduce que también equipara lo que se ha hecho “toda la vida en el aula” con la medicina alopatica cientificista, cosa muy  lejos de la realidad. La educación basada en la metáfora transmisiva o bancaria, que plantea que el conocimiento se puede ofrecer ya construido para que el aprendiz lo asimile, hace muchos años que es considerada como una estrategia pedagógica desinformada y simplista, que no tiene en cuenta cómo aprende el ser humano. Según la Psicología de la Educación, cada aprendiz reconstruye el conocimiento en una tarea de apropiación y dependiendo de sus conocimientos previos, que siempre deben ser tenidos en cuenta por el que enseña para tener éxito.  Por ello, el usar estrategias pedagógicas conscientes y elaboradas nada tiene que ver con “despreciar el conocimiento”, como lamenta Royo continuamente. Se trata de diseñar la situación educativa para que sea más propicia al aprendizaje, partiendo de lo que las ciencias de la educación saben sobre los procesos educativos.

Pero una cosa he de decir: en el libro hay una erudición musical deliciosa. Porque Royo es músico y sabe de música y se nota. Especialmente entrañable el capítulo en el que narra su experiencia en el colegio de su hijo, al que fue con su guitarra a hablar de música y a tocar. Cuenta esa experiencia poniendo de manifiesto algo que quiere negar: que es el aprendizaje significativo el que entusiasma a los pequeños por el conocimiento. Que un músico de verdad vaya a un colegio a tocar música y a entusiasmar por la música vale más que las clases de música de un trimestre.

En fin, no os recomiendo el libro, a no ser que queráis seguir la pista de la Antipedagogía, una corriente de educarcas enfadados porque les quieren cambiar la pizarra de tiza y la clase magitral por el proyector de vídeo y el trabajo en grupo y muy cabreados porque alguien les dijo que el aprendizaje deriva del placer, cosa que niegan con pasión. Se debe llorar y sufrir para aprender, según ellos. Un despropósito educativo que, afortunadamente, se va diluyendo como el gas en la escuela y los institutos españoles.

Malvavisco, hiper, helicóptero… ¿algo más?

De repente, el mundo se ha llenado de psicólogas y periodistas superexpertas que han inventado un montón de etiquetas para opinar sobre la forma en que las madres (y a veces los padres) educan a sus hijas e hijos. En realidad, han inventado unos personajes imaginarios que, según sus propias palabras,  son “suaves como un bombón, dulzones con los hijos, porque no tienen claros los límites.” De repente, el ciberespacio se ha llenado de artículos copiados unos de otros y citando a expertas que no sabemos si son reales o imaginarias, diciendo gilipolleces. Dicen que ese supuesto grupo de “padres” leen mucho y están muy bien informados, tanto que se sienten confusos. Porque ya se sabe por el Quijote: si lees mucho, te confundes. 

¿Cuál es el modelo educativo que proponen estas soflamas anti-cuidados? La periodista Eva Millet, a la que cita todo el mundo y por lo visto no se confunde al leer tanto, dice, opina, asevera que la familia es un sistema jerárquico, no una democracia, y los hijos deben marchar a toque de corneta, levantarse solos cuando caigan al suelo y hacerse con un taburete para buscar su almuerzo en la nevera. Bromas aparte, no sé dónde ha visto la señora Millet que la familia sea un sistema jerárquico. Yo no soy la jefa de mis hijos. Soy su madre, y tengo una serie de responsabilidades de cuidado hacia ellos, responsabilidades que parece que hay gente que quiere minusvalorar, despreciar, convertir en ridículas preocupaciones de una madre histérica. 

Lo cierto es que hay distintos modelos educativos de acuerdo con la tradición psicológica: el autoritario, el permisivo y el democrático. El democrático es el que olvida toda esta caterva de opinólogos que han saltado a la palestra en los últimos tiempos. Promueven un estilo autoritario, que, según las investigaciones, ralentiza el desarrollo, y asimilan el democrático, que siempre ha sido considerado el más positivo, con el permisivo, que de tan laxo llega a ser negligente. O han leído mal los textos, o hay una intención oculta en soltar todas esas tonterías a la prensa día tras día. 

El diálogo y el establecimiento negociado de límites son, sin duda, las estrategias educativas más eficaces. Las prohibiciones están basadas en el miedo. Sin embargo, la argumentación y el diálogo llega a lo más profundo del sistema conceptual y, además de ser estrategias mucho más honestas, hacen que nuestros vástagos se apropien de nuestras enseñanzas y las hagan propias, haciendo lo que tienen que hacer por convencimiento y no por miedo a una figura de autoridad. No, señora Millet. Mi casa no es un cuartel militar. Quizás la suya sí, pero yo prefiero estrategias menos hitlerianas para educar a mis hijos. 

Mi consejo es que, cada vez que abráis uno de esos artículos que nos asignan una etiqueta a “los padres”, hagáis un buruño virtual con él y lo arrojéis a la papelera virtual. Leído uno, leídos todos, fruto de mentes aburridas que inventan cosas para controlar nuestra forma de crianza de educación. La experiencia sobre crianza y educación valiosa está a vuestro alrededor, en las familias que conocéis y que sacan adelante a su prole con amor, no en los supuestos expertos y expertas que escriben en los periódicos. Si necesitáis consejos, pedídselos a vuestra vecina con 4 hijos antes que a la Doctora Claudia Sotelo Arias o a la periodista Eva Millet, a las que no conocéis de nada. 

Bueno, voy a ver qué ha publicado hoy la prensa y qué nueva etiqueta han inventado para nosotras. 

Que el altruismo no nos ciegue

Hoy, Violeta Assiego plantea en este artículo la diferencia entre vientres de alquiler y gestación subrogada, aludiendo a la supuesta necesidad de regular esos casos en los que determinadas mujeres podrían desear servir de gestantes para concebir un hijo o hija de personas que no son capaces de hacerlo con sus propios cuerpos. Estas mujeres actuarían de manera altruista, sin cobrar nada, sin agencias intermediarias y los subrogantes sólo tendrían que pagar los gastos médicos.

Me pregunto de cuántos casos estamos hablando. Me pregunto si es necesario legislar para atender los deseos de un número ínfimo de mujeres, dispuestas a pasar por un embarazo, un parto y un postparto por nada. Me pregunto si es necesario arriesgarse a que haya personas que, enmascarándose tras esta legislación, trafiquen con personas aduciendo que lo hacen de forma altruista y recibiendo bajo cuerda sumas de dinero desconocidas. Me pregunto si es necesario hacer de nuestro país un sitio en el que puedan pasar ese tipo de cosas.

Yo creo que no es necesario. Y además, creo que la polémica de la gestación subrogada está enmascarando temas realmente importantes, como son el del aumento de la infertilidad en la población española y las dificultades en los procesos de adopción. Que es verdad que la adopción no está hecha para colmar los deseos de pater/maternidad de las personas, pero es una forma hermosa de satisfacer las necesidades de niñas y niños sin familia dejándolos al cuidado de gente que desea cuidar.

La causa principal del aumento de la infertilidad es el retraso del deseo reproductivo. Del deseo o de la posibilidad. Tener hijos e hijas a los 20 años, como hacían las madres de antaño, se ha convertido en ciencia ficción. Hay otras muchas causas, pero esa es la que ha dado lugar a un aumento notable de personas que buscan ayuda para poder gestar. La edad media de la primera maternidad ha aumentado 4 años desde los años 70 (Delgado, López y Barrios, 2006). Esta situación está ligada a los cambios en la forma de vida, que no necesariamente son negativos, pero que han transformado el paisaje conceptual e ideológico ligado a la maternidad, la crianza y la familia. Por otra parte, las parejas gays también tienen deseos de cuidar sus propios hijos e hijas, algo que se ha hecho posible en sociedades como la nuestra y que considero muy positivo.

Entre todo este revuelo, quizás sería sensato hacer una reflexión sobre lo que está pasando. Cada vez que oigo hablar de gestación subrogada, no puedo evitar pensar en los hijos de Cristiano Ronaldo, Elton John o Kim Kardashian y Kanye West. Me incomoda que los bebés se estén convirtiendo en un objeto de lujo que pueden ser comprados por las grandes estrellas por altas sumas de dinero. Pero entonces surge la palabra “altruismo” y parece que mi mente debe dejar de elucubrar y centrarse en esas mujeres que quieren ser los ángeles gestantes de otras personas. Pero, sinceramente, creo que no va a haber mujeres altruistas para satisfacer tanto deseo de mater/paternidad.

Por otra parte, la adopción es un asunto delicado: no olvidemos que detrás de cada adopción hay un abandono, una muerte, una situación de pobreza, etc. Lo deseable sería que no hubiese niños y niñas en adopción, y si existe esta fórmula jurídica, es en beneficio de los niños y niñas. En este sentido, las altruistas son las familias adoptantes, y no podemos exigir que se agilicen las adopciones en tanto en cuanto están sujetas a procesos jurídicos que garanticen los derechos de los menores.

Sé que lo que voy a decir no va a ser muy popular, pero quizás deberíamos repensar, como sociedad, el lugar que ocupa la maternidad y la paternidad en nuestros idearios sociales. Tener hijos e hijas, cuidarlos, criarlos, es una cosa muy bella y muy seria, pero no es un derecho. Cuando la maternidad se convierte en deseo insatisfecho es demoledora, no tengo ninguna duda, pero no podemos moldear la sociedad para satisfacer este deseo. Quizás debamos aprender a sublimar los deseos de maternidad y pensar, a largo plazo, como solucionar los problemas que giran en torno a nuestra esencia como especie: la gestación, la maternidad, los cuidados de nuestros pequeños en un grupo social que ha perdido su equilibrio y debe recuperarlo de alguna forma.

Diálogo sobre el diálogo


Cuando hablamos con otras personas, discurrimos por dos vías paralelas. En ambas pueden surgir acuerdos y desacuerdos. La primera vía es la de los argumentos (el qué): planteamos nuestras razones, ejemplos, contraejemplos y demás para apoyar la postura que mantenemos. La segunda vía es la de las reglas, implícitas o explícitas, que empleamos en este intercambio. Esta segunda vía es tan importante o más que la primera. Es importante atender a la forma en que transcurre el intercambio comunicativo y cómo se establecen las reglas de estos intercambios. 

El establecimiento de reglas en los intercambios es una cuestión de poder. La forma en que conformamos nuestros intercambios comunicativos dice mucho de con quién estamos hablando y para qué. Por tanto, imponer reglas a priori es decirle al otro o la otra que la finalidad del intercambio está acotada por una de las partes. Esto, aunque tenga su origen en unas muy buenas intenciones, no es muy conveniente. 

Todo esto viene al caso de un post que puso una mujer en Facebook el otro día diciendo que iba a ser la abanderada del feminismo dialogante y planteaba un debate sobre la gestación subrogada. Sin entrar en este, sin duda, interesante debate, esta referencia al diálogo plantea la necesidad de llegar a un consenso sobre el tema. Es muy loable que la gente quiera llegar a consensos, pero de sobra sabemos que el diálogo tiene un límite, que es el de los puntos en los que uno u otro participante no tiene la menor intención de cambiar de opinión. 

Esto me recuerda a una antigua relación que mantenía esta posición dialogante en todos los intercambios que teníamos. Cuando hablábamos de temas que despertaban mi vehemencia debatiendo, me daba la razón y parafraseaba mi argumento dándole la vuelta. De este modo, era yo la que siempre quedaba en una posición inestable en el “diálogo”, porque él me había dado la razón y, aún así, yo le tenía que volver a rebatir. Esa estrategia agresivo-pasiva consiguió que dejásemos de intentarlo. No digo que mi estrategia sea mejor, pero desde luego hay una cosa que me parece esencial en un debate: la honestidad. 

En cualquier debate hay que estar dispuesta/o a cambiar de opinión o a dar la razón. Pero también hay que estarlo para detectar los puntos irreconciliables entre los debatientes. Estos puntos suelen estar relacionados con las prioridades de cada debatiente. Puedes priorizar los deseos de paternidad de ciertas personas o, por el contrario, priorizar que la capacidad de gestar es un aspecto privado de la mujer con el que no es legítimo comerciar. Cuando llegamos a ese momento en que estos puntos se enfrentan, podemos seguir dialogando, seguro. Por hablar, que no quede. 

Por otra parte, hay que definir muy bién en qué consiste eso del diálogo. Hay temas muy delicados y polémicos e los que hay personas que se sienten muy implicadas y en los que no pueden evitar emocionarse y acalorarse en el debate. Pueden ser víctimas de malos tratos, de negligencias médicas, de abusos, y cuando se habla de temas relacionados con estos aspectos sacan su parte más pasional y dolida. A estas personas ¿qué tipo de diálogo les podemos exigir? Desde luego, guardar las formas es exigible en cualquier tipo de intercambio comunicativo, pero establecer normas que destierren la emocionalidad del debate excluye del mismo a estas personas que están emocionalmente implicadas con el tema. 

Por tanto, debemos tener en cuenta que poner normas en los debates abiertos requiere de una definición muy clara de lo que se espera de las personas participantes (por ejemplo, poner normas del tipo no está permitido insultar y atacar personalmente a los demás participantes) y siempre hay que estar preparados para que haya un intercambio en el que las personas que participan no están de acuerdo. Y no pasa nada. La tolerancia al desacuerdo es una de las competencias más importantes para el diálogo. Luego está la asertividad, el ser capaz de sobrellevar este desacuerdo. Eso no todo el mundo lo consigue. 

#VDLN 137: Rock’n’Roll High School/Ramones


En la película de 1979, Rock ‘n’ Roll High School, dirigida por Allan Arkush, los Ramones cantan una canción con el mismo título rodeados de adolescentes enloquecidos que vuelan el instituto ante la horrorizada mirada de directora, profesores y ma/padres. Lo vuelan literalmente, como respuesta a una medida correctiva injusta y desproporcionada. La directora Togar le quita a Riff su entrada para ver a los Ramones, después de que la muchacha pasase horas en la cola para conseguir ver a sus ídolos. Riff no se rinde, y consigue que los Ramones vayan al instituto a dar un concierto. 

 La película refleja a los adolescentes de los 80, los que ahora somos madres y padres. Adolescentes contemporaneas/os, con los pantalones rotos, las faldas cortas y el gusto por la música. Antes se demonizaba el Rock, ahora el Reageton, pero un adolescente es un adolescente en los 80 y en los 10 (del siglo XXI). Pero escuchando algunos discursos educarcas, pareciera que la adolescencia es un fenómeno actual. Las quejas de algunos de ellos y ellas nos llevan a pensar que los adolescentes de hoy en día son lo peor de lo peor, no quieren estudiar, hay que castigarles y sancionarles y aplacar su fuego. 

Pero lo cierto es que la adolescencia es una época de cambio y de energía desmedida. Energía que los adultos (familias y profesorado) deberíamos aprender a canalizar de una manera adecuada. Hablando desde una perspectiva de clase media acomodada (porque hay muchas adolescencias, una casuística extensa y muchas diferencias de clase, género y cultura), hemos de encontrar el camino para no entorpecer la furia creadora de la adolescencia y los apoyos más adecuados para solventar las dificultades que nuestros jóvenes se van encontrando. Hay quienes piensan que en la sanción está la solución. Son los Togar del momento. Esperemos que el poder no permanezca en sus manos. 

A un cirujano no le decimos cómo operar


Seguro que si frecuentáis foros de educadores habréis leído o escuchado esa frase. Es una de las que más chupitos nos aporta en el bingo docente. “A un cirujano no le decimos cómo operar“. Seguro que no, pero si los resultados de la operación son malos, pues le pediremos explicaciones. Y si ha habido negligencia o mala praxis, le denunciaremos. Eso es así: los médicos no son dioses que puedan hacer cualquier cosa. Las personas que nos ponemos en sus manos tenemos una serie de derechos, entre otros, el que los tratamientos que nos aplican estén basados en la evidencia, estar informados de dichos tratamientos y poder denegar nuestro consentimiento para que se apliquen. 

En el caso de colegios e institutos, a los que nuestras hijas e hijos están obligados a ir desde los 6 a los 16 años, debería suceder lo mismo. Las familias, que somos las primeras responsables de velar por la seguridad de los menores, tenemos la obligación de estar y el derecho de ser informadas de todo lo que acontece allí, así como de denunciar cualquier tipo de mala praxis. Desde las que atentan contra los derechos y necesidades básicas (a los niños no se les pega, no se les insulta, no se les humilla, no se les saca al recreo sin abrigo si hace frío ni se les tiene a pleno sol si hace calor, etc.) hasta las que tienen que ver con los procedimientos pedagógicos del centro (uso de procedimientos no contrastados, negligencia en la implementación de apoyos a niños y niñas con necesidades educativas especiales, contenidos y materiales obsoletos o incorrectos, etc.). Los profesionales tienen que vivir con la realidad de que muchas de las familias de sus alumnos son personas tituladas y con formación suficiente para saber cuándo las cosas se están haciendo bien y mal. Ya no vivimos en una España escásamente alfabetizada en la que las familias llevaban la manzana a la maestra para agradecerle que “desasnara” a su hijo (qué horror de palabra, se la oí un día a un educarca).

Los conocimientos sobre educación no son secretos de estado que se guardan en las Facultades y que se transmiten confidencialmente a los graduados. Ya no. Toda la población tiene acceso a un conocimiento bastante especializado si sabe buscar. No se puede ir negando el conocimiento de los demás por el hecho de no tener el título de maestro/a. No voy a negar que la experiencia es un grado, pero si admitimos esto, también hay que reconocer que las personas que mejor conocen a cada niño son sus padres/madres/hermanos, y no la maestra que le ha tocado ese curso. Somos especialistas en nuestros hijos e hijas, y la información que podemos aportar es valiosa (siempre que se crea en la educación personalizada, claro). 

Por último, solo decir que los deberes escolares no entran dentro de eso que podemos llamar “procedimientos pedagógicos”. Muchas veces, el profesorado contesta a nuestras quejas sobre los deberes escolares diciendo que no nos metamos en su trabajo, que a un médico seguro que no le decimos qué tiene que hacer. Pero mira, no. En nuestras casas, quienes decimos lo que hay que hacer somos las familias, no la maestra. Que me parece genial que por costumbre pretendáis decirnos lo que los niños tienen que hacer en casa, pero la última palabra la tenemos nosotras. Vuestra potestad no existe más allá de las aulas, para bien o para mal. No podéis regular nuestra vida por las tardes, fines de semana y vacaciones. Ese tiempo es nuestro, y hacer lo que nos venga en gana en él no supone desautorizaros, porque no tenéis autoridad sobre la vida de las familias de vuestras alumnas y vuestros alumnos. 

#VDLN 136: Violencia obstétrica y señores listos. Amodiño/De Vacas

La violencia obstétrica existe. No voy a decir nada más al respecto. Si no existiese, no habría una asociación que se llama El Parto es Nuestro, ni Icíar Bollain hubiese dirigido ese maravilloso corto que tan bien ilustra ese fenómeno y que encabeza este post. Si la violencia obstétrica no existiese, no habría tantas mujeres pidiendo, exigiendo que se humanice el parto y que dejen de imponer a nuestros cuerpos protocolos obsoletos, que no solo no aportan más seguridad al hecho de parir, sino que tienen efectos yatrogénicos. Algunos de estos protocolos aumentan la posibilidad de que el parto no progrese y acabe en cesárea, además de poner en riesgo, en sus versiones más gore, tanto a la madre como al bebé, como sería el caso de la maniobra de Kristeller.

No voy a argumentar sobre algo obvio: la violencia obstétrica existe. Pero hay señores que nunca han parido, como el señor Sergio del Molino, escritor y periodista español, que aseveran de forma enérgica y contundente que las mujeres que hablan de este tipo de violencia son unas desagradecidas que no son conscientes de la de vidas que ha salvado la medicina al intervenir el parto. Y eso lo dice a raíz de un artículo de la periodista Esther Vivas, “Ni parimos ni decidimos”, un artículo bastante descriptivo y aséptico sobre la instrumentalización del parto y el excesivo número de cesáreas en nuestro país. Yo creo que el señor del Molino en ese momento se encendió, porque interpretó que había una secta de locas que querían eliminar la cesárea de la cartera de prácticas médicas y obligar a todas las mujeres a parir en sus hogares con la única ayuda de sus vecinas. Pero no, señor del Molino, no es eso. Lo único que pedimos es que se respeten las recomendaciones para la atención del parto normal que el Ministerio de Sanidad publicó en el año 2007.

Pero, violencias obstétricas a parte, lo que me parece más violento es que un señor que no sabe lo que es parir y que seguramente nunca ha indagado en las experiencias de las mujeres que paren en España (excepto las de las mujeres de su entorno más próximo) se permita el negar la experiencia de las muchas mujeres que fuimos a decirle a su muro de Facebook y a su cuenta de Twitter que se estaba equivocando. Algunas, como nuestra querida amiga Irene García Perulero, bióloga malvada y experta en violencia obstétrica, le dejaba una esclarecedora cita tomada de un artículo de la Cochrane que os dejo más abajo. Sergio del Molino, que no tiene ni la más remota idea de lo que es la Cochrane, entró en bucle y bloqueó a Irene. 


Después, nuestra querida Araceli Pérez, Psicóloga y madre de dos hijas, además de activista pro-lactancia y parto respetado, le dijo muy amablemente que la violencia obstétrica era algo reconocido en países como Venezuela, Argentina y México y le recordó la existencia de la Estrategia de Atención al Parto Normal, que ya hemos mencionado. Le debió parecer demasiada lectura para una tarde de siesta y también bloqueó a Araceli. 

Entonces llegó Ana Álvarez-Errecalde, artista, fotógrafa y activista contra la violencia obstétrica y a favor de la crianza con apego, que le explicó amablemente que el hecho de que en África hubiese más mortalidad infantil en los partos que en España no tenía que ver con los hospitales, sino con la pobreza y el SIDA. Además, compartió con él, con todo su cariño, el precioso reportaje fotográfico “el nacimiento de mi hija“, en el que se refleja el gozo y la plenitud del nacimiento, un nacimiento respetado. Sergio la bloqueó. 

Una tras otra, fueron llegando mujeres (y algún hombre incluso) a decirle a Sergio del Molino que mirase más allá de sus narices. Borró el post de Facebook, y cuando fuimos a comentar su post de Twitter, nos bloqueó allí también. 

Sergio del Molino, esperamos que tu creencia profunda en tu inteligencia siga intacta. Nosotras seguiremos luchando por un parto humanizado, porque es crucial nacer con amor y porque nosotras, las mujeres, y nuestras criaturas, merecemos un ambiente seguro y lleno de cariño para dar a luz y para nacer (además de una unidad de neonatología). Y de paso, te dejo esta canción, para que te lo tomes amodiño. De Vacas le dan la vuelta a la soberbia de Luis Fonsi, que se cree que se va a llevar a la mulata al huerto por sus gafas bonitas. Pues eso. Despacito. 

Argumentos a favor de los deberes

Cada vez que sale un artículo en contra de los deberes escolares, lo que más me fascinan son los comentarios. Los comentarios de los educarcas y sus rocambolescos argumentos sobre los deberes (si se pueden llamar así) son delirantes. Vamos a ver algunos de ellos, aunque no pretendo ser exhaustiva, ya que la creatividad de estos ancestrales docentes es inagotable: cualquier excusa es buena para convertir nuestras casas en un campo de trabajos forzados. 

Argumento 1. Los nenes no son funcionarios. Este argumento afirma que no se puede plantear que los nenes no hagan nada a partir de las 14 h., cuando salen de la escuela. Los funcionarios, que por lo visto son seres vagos e inútiles, se lo pueden permitir, pero los nenes tienen que aprender a vivir solos (sic.) y la misión de los padres (sic.) es enseñarles a hacerlo. 

Quien argumenta esto no se ha enterado de que hay muchas cosas que hacer en la vida además de tareas escolares y que, además, tenemos libertad para hacerlas. Que no tenemos que aprender a vivir solos, porque lo normal es vivir con otras personas, o al menos es lo sano, y que el hecho de hacer tareas escolares, de todas formas, no enseña a ser un ermitaño… o sí. A estar aislado y a tener carencia de vitamina D por no darte el sol en la cara sí que puede ayudar. 

Argumento 2. Si los niños no hacen deberes, estarán toda la tarde de extraescolares. ¡¡Si!! ¡¡De extraescolares o de lo que nos de la gana a los padres!! Eso es así. Eso es inapelable. Estarán en extraescolares, o en el parque, o jugando con la Play o la Nintendo, o leyendo, o pintando, o haciendo cualquier actividad de su elección. ¡¡Qué desfachatez!! ¿Dónde queda la autoridad y la autonomía del maestro? Pues en su aula, claro. En mi casa, la autoridad soy yo. 

Argumento 3. Los niños tienen que hacer deberes, porque tienen que reforzar el conocimiento que adquieren en el aula. Ya se sabe que, durante siglos, el ser humano ha tenido que encerrarse en su cuarto entre cuadernos, bolígrafos, lápices, sacapuntas y libros de texto para saber cada vez más. Ha sido la única forma en que el ser humano ha podido progresar: hincando codos desde los 3 a los 11 años. Nada de salir a la calle a correr, a columpiarse, a saltar a la comba, a montar en bici. Hay que hacer deberes de sol a sol para progresar como humanos y reforzar el conocimiento, que es algo así como un zapato. 

Argumento 4. Los deberes, en definitiva, son la forma en que la autoridad del maestro se manifiesta en nuestros hogares. Hemos de acatar la autoridad del maestro, porque, en caso contrario, estamos perdidos: todo el sistema se desintegrará sin poder evitarlo. Hagamos lo que nos manda el maestro, olvidemos nuestra libertad de acción, olvidémonos de la música, del deporte, del sol, de divertirnos.  Y obliguemos a nuestros hijos a hacer ejercicios del libro de texto de sol a sol para levantar el país. 

Hay muchos más argumentos, de lo mas loco y variopinto. Pero por hoy es suficiente. Basta con esta pequeña muestra para estar seguros de que los educarcas son tóxicos y están ligeramente enmohecidos. Hay que alejarse de ellos para aprender en plenitud de nuestras facultades y, además, ser felices, cosa que, hoy por hoy, no es incompatible.