A un cirujano no le decimos cómo operar


Seguro que si frecuentáis foros de educadores habréis leído o escuchado esa frase. Es una de las que más chupitos nos aporta en el bingo docente. “A un cirujano no le decimos cómo operar“. Seguro que no, pero si los resultados de la operación son malos, pues le pediremos explicaciones. Y si ha habido negligencia o mala praxis, le denunciaremos. Eso es así: los médicos no son dioses que puedan hacer cualquier cosa. Las personas que nos ponemos en sus manos tenemos una serie de derechos, entre otros, el que los tratamientos que nos aplican estén basados en la evidencia, estar informados de dichos tratamientos y poder denegar nuestro consentimiento para que se apliquen. 

En el caso de colegios e institutos, a los que nuestras hijas e hijos están obligados a ir desde los 6 a los 16 años, debería suceder lo mismo. Las familias, que somos las primeras responsables de velar por la seguridad de los menores, tenemos la obligación de estar y el derecho de ser informadas de todo lo que acontece allí, así como de denunciar cualquier tipo de mala praxis. Desde las que atentan contra los derechos y necesidades básicas (a los niños no se les pega, no se les insulta, no se les humilla, no se les saca al recreo sin abrigo si hace frío ni se les tiene a pleno sol si hace calor, etc.) hasta las que tienen que ver con los procedimientos pedagógicos del centro (uso de procedimientos no contrastados, negligencia en la implementación de apoyos a niños y niñas con necesidades educativas especiales, contenidos y materiales obsoletos o incorrectos, etc.). Los profesionales tienen que vivir con la realidad de que muchas de las familias de sus alumnos son personas tituladas y con formación suficiente para saber cuándo las cosas se están haciendo bien y mal. Ya no vivimos en una España escásamente alfabetizada en la que las familias llevaban la manzana a la maestra para agradecerle que “desasnara” a su hijo (qué horror de palabra, se la oí un día a un educarca).

Los conocimientos sobre educación no son secretos de estado que se guardan en las Facultades y que se transmiten confidencialmente a los graduados. Ya no. Toda la población tiene acceso a un conocimiento bastante especializado si sabe buscar. No se puede ir negando el conocimiento de los demás por el hecho de no tener el título de maestro/a. No voy a negar que la experiencia es un grado, pero si admitimos esto, también hay que reconocer que las personas que mejor conocen a cada niño son sus padres/madres/hermanos, y no la maestra que le ha tocado ese curso. Somos especialistas en nuestros hijos e hijas, y la información que podemos aportar es valiosa (siempre que se crea en la educación personalizada, claro). 

Por último, solo decir que los deberes escolares no entran dentro de eso que podemos llamar “procedimientos pedagógicos”. Muchas veces, el profesorado contesta a nuestras quejas sobre los deberes escolares diciendo que no nos metamos en su trabajo, que a un médico seguro que no le decimos qué tiene que hacer. Pero mira, no. En nuestras casas, quienes decimos lo que hay que hacer somos las familias, no la maestra. Que me parece genial que por costumbre pretendáis decirnos lo que los niños tienen que hacer en casa, pero la última palabra la tenemos nosotras. Vuestra potestad no existe más allá de las aulas, para bien o para mal. No podéis regular nuestra vida por las tardes, fines de semana y vacaciones. Ese tiempo es nuestro, y hacer lo que nos venga en gana en él no supone desautorizaros, porque no tenéis autoridad sobre la vida de las familias de vuestras alumnas y vuestros alumnos. 

2 Responses

  1. ¡¡¡ Por fin!!!! ¡¡¡ Qué aburrimiento con la dichosa frase!!! Dejemos a nuestros hijos 5 horas cada día en la escuela y no digamos nada porque como el maestro hizo la carrera…
    Y como maestra me gusta que me digan todas las preocupaciones, lo que les gusta y lo que no, claro que sí.

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