La pedagogía de la práctica y la memoria: origen de la estulticia


Vivimos en una época de convulsión pedagógica. Por un lado, los detractores de la innovación y defensores de la memoria y la práctica. Por otra, las grandes empresas, que quieren hacer pasar por innovación la aplicación de avances tecnológicos a las mismas prácticas pedagógicas bancarias y de transmisión del conocimiento de toda la vida. Y en tercer lugar, la gente que sigue defendiendo la necesidad de potenciar los procesos de construcción de conocimiento y el papel activo de las personas que aprenden en estos procesos.

El problema de esta tercera postura es claro: las personas a las que se les plantea que el conocimiento no es algo acabado, que se construye, que se puede criticar, cuestionar y cambiar, aprenden a pensar. Aprenden a desarrollar un punto de vista propio y a indagar por su cuenta. Aprenden a no tragarse “los contenidos” que le ofrecen otros, diseñados, acabados, escritos, zanjados con la autoridad del maestro y a platearse otros caminos interpretativos. Sí, incluso en las ciencias duras y en las matemáticas es necesario aprender a construir y a cuestionar el conocimiento si quieres ir más allá de lo establecido.

¿Pero qué vivimos desde nuestra más tierna infancia? Docentes que nos dicen que tenemos que repetir lo que dicen los libros sin salirnos del guión. Docentes que nos llaman impertinentes si osamos cuestionar lo que plantean esos libros. Docentes que creen que nuestra única misión es repetir hasta la saciedad los procedimientos que ellos nos han transmitido. En ese proceso, perdemos nuestro yo. Perdemos nuestra identidad pensante, la anulamos y nos convertimos en repetidores de dogmas. Solo aquellos que tenemos la suerte de crecer en un entorno intelectualmente rico seremos capaces de generar nuestro propios planteamientos y puntos de vista, lejos de los de la masa chillona y bien pensante de este maravilloso país.

Esa masa chillona y bienpensante está en todos sitios. Es el resultado de un sistema educativo que no educa, solo enseña. Es un fracaso que se cuela por todas las rendijas de la sociedad y mantiene la ignorancia y la indiferencia ante las injusticias, los argumentos cuñados que sacan a flote todas nuestras instituciones caducas y que mantienen en el gobierno la corrupción mientras no se cuestionen los toros y las procesiones de Semana Santa.

Sigamos diciendo (y creyendo) que el problema es la LOMCE. Sigamos ignorando lo que se hace en las aulas (haya 10, 20, 30 o 40 estudiantes) y sigamos permitiendo la división en colegios de élite y colegios de mierda. Es la mejor forma de mantener el sistema.

#VDLN 150: V.O.S. y el señor de la goma

El otro día quise volver a oir una de esas canciones con las que nos deleitaba a antigua Oreja de Van Gogh (la única posible) en su album doble Guapa. Busco el nombre de la canción en Spotify, V.O.S. Es la típica canción de desamor cargada de amarga ironía. A Amaia le encantan este tipo de canciones en las que queda arrastrada por los suelos por un amor que la dejó tirada en medio de la calle. Esta mujer tiene un gran problema de autoestima. Demasiadas decepciones amorosas.

El caso es que V.S.O. acabó y dejé que Spotify siguiese su curso hacia la siguiente canción. La música, ya sabéis, nos transporta emocionalmente, así que puede ser que no estuviese preparada para lo que vino a continuación:

Y es que yo iba andando por la calle, muy formal, con mi paraguas amarillo, mi abrigo negro y con los cascos puestos. Escuché por encima de la música de los violadores del verso, a ese señor gritándome.

– EHHHHHHHH, QUE SE LE HA CAÍDO UNA COSA.
Tal y como lo dijo, pensé que se me había caído un billete de 50 euros o algo por el estilo. Yo seguía con los cascos puestos en las orejas a todo volumen, escuchando esa canción que acabáis de oír. Bum bum bum, voy a tomar de todo menos decisiones…

Me vuelvo y veo al señor en cuestión muy preocupado mirando al suelo.

– Bueno, si no lo quieres coger…

Miro al suelo y veo una mísera goma del pelo. Una mierda de goma y un señor al que yo había tenido que prestar toda mi atención. Me fui a agachar para cogerla, y el señor que se agacha antes que yo e intenta coger la goma una y otra vez sin conseguirlo. Yo seguía con los cascos, haceos una idea. Escuchando esa canción aterradora. Por lo que no debí susurrar “déjeme coger la goma”. Debí gritarlo, dar un alarido. Y no se lo dije una ni dos veces, sino al menos tres. El hombre me dio la goma con cara de susto y se fue corriendo.

Os dejo con las canciones.