Antisororidad

Muchas de las mujeres que conozco hablan de un historial de abusos de distintas dimensiones desde su adolescencia a manos de sus compañeros masculinos. He de decir que, teniendo clarísimo que su experiencia es real y suya, la mía no ha sido así. Prácticamente todos mis recuerdos de sufrimiento en la infancia y la adolescencia están ligados a mi interacción con mujeres. Y el poso que han dejado esas experiencias es el de una irónica incredulidad hacia la bondad femenina.

Cuando entré en la adolescencia, el acné se convirtió en una de mis mayores preocupaciones. Al recordarlo, todavía siento en el corazón el malestar que me producía ver mi cara enrojecida y llena de pústulas. Todas las personas que han sufrido de acné saben que es muy difícil de tratar, y que solo resta esperar y cuidar para que no se desboque. Los tratamientos a base de vitamina A no existían por aquel entonces. Además, tener a una persona encima todo el día diciéndote que tienes granos (y yo la tenía) tampoco ayuda: lo sabes porque te miras todos los días al espejo.

Por aquel entonces, yo estaba apuntada a un grupo Scout en el que convivía con un grupo de chicas de mi edad. Como en muchos grupos de chicas, había un subgrupo de lideresas que controlaban todo lo que se hacía y decía, cómo se pensaba, los chascarrillos y los objetitos de moda, etcétera. Yo nunca he sido una gran follower, así que nunca me integré del todo en ese grupo ni labré grandes amistades… aunque sí me llevé grandes disgustos.

Todo esto hay que entenderlo bajo el prisma de una adolescente de 16 años, temperamental, estudiosa, tímida y con pocas habilidades sociales, con una familia conflictiva y muy poco apoyo en el desarrollo de la propia identidad. En estas circunstancias, estás deseando ser aceptada en un grupo. Así, si un día estas chicas tan populares y dicharacheras te proponen como candidata en un concurso de belleza, pues te pones tan contenta. No piensas que en realidad son unas verdaderas hijas de puta que lo único que quieren es reírse a tu costa.

Pues así sucedió. La verdad es que no tengo claro cómo comenzó todo, porque al ser la víctima de la broma era lógico que no estuviese en los preparativos. En ese grupo teníamos el privilegio de poseer dos chalés prestados por la iglesia para nuestro esparcimiento. Los sábados los usábamos para celebrar las reuniones y las actividades del grupo y el domingo lo pasábamos jugando a las cartas y charlando sin supervisión adulta o, a lo sumo, junto a personas algo mayores que nosotras que no tenían mucha más conciencia.

El caso es que un domingo, cuando llegué, lo tenían todo preparado. Un concurso de belleza en el que se votaba entre todos el rey y la reina del grupo. Hicieron un paripé y salí yo y un chico que era famoso por su fealdad. Pero ser feo siendo chico no tiene nada que ver con ser fea siendo chica. Él era una persona integrada en el grupo, y sus amigos no le ocultaron que todo era un gran chascarrillo. Ahí la única tonta que solo se dio cuenta de todo el montaje cuando la subieron para que saliese al balcón a saludar con una corona de flores era yo.

En esos momentos te tienes que reír, porque si encima te haces la ofendida, quedas fatal. Pero todavía recuerdo sus carcajadas, allá abajo, y yo asomada al balcón del segundo piso del chalét. La vergüenza me duró años, y nunca se volvió a hablar de ese evento. Lo que para ellas fue una gracieta, para mí fue motivo de gran tristeza. Estuve llorando varias semanas, pero cuando quedaba con ellas, seguía como siempre, haciendo como si nada hubiese pasado. Ese es el gran recuerdo que tengo de mis amigas de adolescencia.

El tiempo pasó, pero lo que fui aprendiendo en cada uno de los contextos en los que he convivido con mujeres es que no debo esperar nada de nadie. El siguiente suceso traumático fue cuando llegué a la Universidad. En los primeros meses me hice amiga de un grupo de chicas que para mí eran como agua de mayo. Eran aire fresco, otro entorno, otras formas. Pero cuando saliero las notas de los primeros exámenes parciales y vieron que yo había aprobado todo y ellas habían suspendido, me dejaron de hablar. Sí, en aquella época no había ley de protección de datos, y aunque yo intenté ocultar mi éxito académico, de nada sirvió.

Estas experiencias tempranas con grupos de mujeres me han dejado un caracter independiente, solitario y desconfiado. Y no soporto las bromas. He tenido más decepciones que alegrías con mis amigas mujeres, aunque las pocas alegrías que he tenido han sido maravillosas. Todo esto hace que no me crea lo del rollo de la sororidad. He encontrado muchas peores personas en el género femenino que en el masculino a lo largo de mi vida. Seguramente mis traumas tempranos tengan algo que ver en esta percepción. Pero, claro, las esperiencias tempranas son las que nos marcan a fuego.

#VDLN 147: Morrissey (Spent the day in bed)

Ser adulto es una condena. De repente, te buscan para pedirte cuentas de la vida de otros, y tú, en vez de seguir fumando un canuto, tirada en la cama, buscando placeres ociosos y etéreos, saltas accionada por un resorte y te pones en pie. No hay escapatoria: tus deudas no están anotadas en ningún libro, pero la huida no se contempla como alternativa.

Noticias, llegan noticias. E intuyes que el mundo, dentro de poco, dejará de ser como tú lo conoces y dejarás de formar parte de él. Se reirán de tus ideas anticuadas, ideas de vieja en las que el mundo sigue siendo una mierda, pero al menos Internet funciona con una tarifa plana y la gente, si quisiera, podría indagar otras verdades en las ventanas abiertas de ceros y unos. Ceros y unos. Ceros y unos….

No quiero ser responsable de su desilusión. No quiero decirles que todo es una gran mentira. Solo quiero pasar todo el día en la cama y disfrutar de la nada. Porque de la nada venimos, y algún día, toda esta maraña de absurdas ideas se desmoronará y seremos pobres, pero libres.



Tipos de anonimato en las redes

Una que ya lleva mucho tiempo paseándose por las redes sociales (RR.SS.) se escama cuando, por enésima vez, el opinólogo de turno arremete contra el anonimato porque no tiene argumentos sólidos. A ver, señor, cuentas anónimas en las redes hay a patadas. Ya sabemos las que a usted le molestan, que son básicamente las que le sacan la vena del cuello. Pero quizás si fuese capaz de argumentar sosegadamente, no lo pasaría tan mal.

Por otra parte, ha de aprender a diferenciar los tipos de anonimato en las RR.SS. No es lo mismo una cuenta anónima con 19 seguidores que surge de repente y acude a insultar y a mofarse de sus tuits (de esas, yo tengo bloqueadas un montón) que una cuenta que lleva detrás un blog de varios años de antigüedad, un personaje que escribe en un periódico o o que ha escrito un libro, o una que maneja un profesional, y que expone argumentos educativos sensatos y sólidos. No, no es lo mismo. Y no se puede arremeter contra esas cuentas como si todo lo que dicen, han dicho y dirán no será válido si no se publica con el DNI en la boca.

A lo largo de la historia, el anonimato ha cumplido muchas funciones. Una de ellas es protegerse de las hienas que no dudarían vengarse haciendo daño. Porque no me negarán, señores que braman en contra del anonimato, que lo que quieren hacer no es argumentar con nombre y apellidos, sino pasarse tres pueblos haciendo ad hominems y atacando personalmente a la cuenta anónima que les ha sacado de quicio.

Así que no, mire, mejor prevenir que curar. Yo le aconsejo, señor, que se calme y que razone. La ironía y el sarcasmo están ahí para ser usados. Si todo el mundo juega limpio y argumenta con soltura, no hay ningún problema. Y total, para llamarnos madres ignorantes, no hace falta saber cómo nos llamamos.

Por otra parte, es delirante afirmar que hemos creado nuestros perfiles anónimos para lucrarnos. A mí me molesta especialmente que meta a Maestra de Pueblo por medio cuando dice eso, teniendo en cuenta que ha escrito un cómic con mucha gracia en el que ilustra sus aventuras como maestra novata. Escribir es un trabajo y, si está bien hecho, es justo pagar por él y no es obligatorio. Pero en lo que respecta a este blog, en la vida se habrá visto la inclusión de publicidad o la venta de ningún producto en el mismo. Yo me pago mi hosting, señor. Esto es un hobby. Por eso, escribo lo que me da la gana. Y si no le gusta, a mamarla a Parla, como dicen en mi pueblo.

El club de las madres chungas

Este club surge de mano de nuestra amiga Marta, gran administradora del grupo BDD. Y es que hace falta ya. Hace falta, porque esto se está yendo de las manos. Estamos hartas de que se nos infantilice y menosprecie. Estamos hartas de que los profesores megaestrella y sus maestras esbirras en las RRSS nos traten de ignorantes, simples y catetas. Y encima lo hagan desde una presuposición profundamente clasista y machista: que las madres, las pobres, no han tenido tiempo para formarse, no saben nada de educación y navegan por las redes sociales criticando a profesionales excelsos que solo desean el bien de sus hijos e hijas. Incluso que les van a salvar de ellas a los pobres.

Uno de los casos más sangrantes es el del profesor de Enseñanza Secundaria, Pablo Gallardo Poo, que en su libro “Espabila, chaval”, nos pide que imaginemos a una madre abogada que, como no sabe biología, no deduce que el dolor de barriga de su hijo se debe a un simple virus. La pobre madre abogada lleva a su hijo al hechicero más cercano, en vez de darle, dice el profesor Poo textualmente, antibióticos. En este párrafo, incurre en varias estupideces. En primer lugar, creer que hace falta que una madre estudie biología para llevar a su hijo al pediatra. Cuando, seguramente, cualquier madre esté más informada que Poo sobre el hecho de que los virus NO se curan con antibióticos, y sin haber estudiado biología.

En hecho de que las madres (#NotAllMothers) gocemos de tan mala prensa entre los grupos de docentes se debe seguramente al imaginario social de los años 50, en el que las madres eran aquellos ángeles del hogar que horneaban los applepie que humeaban en las ventanas y preparaban el almuerzo al hijo. Ese dulce ser reía de bromas entre hombres que no entendía, cuidaba a los inteligentes machos que traían el pan a casa y nunca se preocupaba por los terribles hechos que relataban los periódicos y la radio. Ellos, que nos tienen en ese pedestal de ser bueno y tonto, de repente se encuentran con que las madres les rebaten sus argumentos, cuestionan su concepto de evaluación por competencias, les afean sus actitudes altaneras y clasistas hacia sus alumnos y las familias de sus alumnos y les piden respeto. Es entonces cuando nos convertimos en MADRES CHUNGAS.

A las madres chungas se les han acabado las manzanas para la maestra. Saben detectar una mala práxis en el entorno escolar en cuanto la ven, y además saben cuándo y cómo pedir un cambio. Saben distinguir la manida hiperprotección de su responsabilidad de velar por los derechos y el bienestar de sus hijos. Por tanto, no se dejan llevar por los sibilinos discursos que nos sitúan como histéricas que van a defender a sus maleducados vástagos. Que a veces, señor profesor, señora profesora, la maleducada es ustéd. Y a veces, nuestros hijos e hijas llegan tan bien educados de casa que no soportan que un señor al que conocen de lejos (y que les conoce de lejos) presuponga que les tiene que increpar para que espabilen.

Yo entiendo que un gremio que ha necesitado que, en algunas comunidades, les eleven a condición de autoridad pública para defenderse de las personas a las que se supone que tienen que educar tiene que estar muy falto de formación educativa. Porque si una madre abogada que no ha estudiado biología corre el riesgo de llevar a su hijo a un hechicero, un profesor que no ha estudiado, digamos, pedagogía, corre el riesgo de educar usando los lemas “la letra con sangre entra“, “la memoria y el conocimiento son lo importante” o “aquí, el que manda soy yo” mientras gritan al cielo que en la escuela se enseña y en la familia se educa.

Las madres chungas no nos callamos. Leemos, nos informamos y sabemos cuándo un libro sobre educación es una joya o una bazofia. Porque formarse, en la edad adulta, y con ciertas competencias de aprender a aprender, tan denostadas por esos profesores de la vieja escuela, es posible. Señor profesor, su pedestal no es tan elevado. Tiene que aprender a respetar a las personas que hablan de educación basándote en argumentos reales y no en falacias de autoridad. Es duro tener que argumentar con madres, con señoras, a las que tan poco conocimiento se les supone en general ¿verdad? Pero todo es acostumbrarse. Y mientras, no le vendría mal estudiar un poco de biología.