Los nostálgicos de la nocilla arrementen contra el brócoli

No hay nada más absurdo que la nostalgia de los malos hábitos de nuestra infancia. Es verdad que éramos felices e inconscientes cuando viajábamos en la parte trasera del Seiscientos sin cinturon y durmiendo a pierna suelta. Eso no significa que ahora que tenemos hijos, queramos reproducir esos patrones que se han ido depurando con el descenso de muertes en accidentes de tráfico gracias a los sistemas de sujeción.

Lo mismo pasa con la alimentación. Antes, los refrescos de Cola, las cremas de cacao y el chocolate, la mantequilla y el chorizo eran nuestras meriendas habituales. Luego pasamos a los lácteos de distintos colores. Y las cosas no han cambiado mucho si comprobamos que las tasas de obesidad y sobrepeso infantil son altas y son consideradas un problema de salud pública. Por tanto, restarle importancia a las bondades de una dieta saludable y relacionar éstas con los "gurús de la alimentación sana" es irresponsable y absurdo.

Vivimos en una época en la que la gente tiene compulsión por la creación de etiquetas diagnósticas. En este contexto, Steven Bratman acuñó el término ortorexia  para referirse a un supuesto trastorno de la alimentación que consiste en la obsesión patológica por comer sano. Sin embargo, esto no significa que debamos calificar a todas las personas que se preocupan por su alimentación y la de sus hijos e hijas como ortoréxicas. Los alimentos procesados invaden las estanterías de nuestros supermercados, y los efectos de este tipo de comidas en nuestra salud están más que documentados. Querer cerrar los ojos a ello no debe suponer la patologización de las personas que se molestan por poner todos los días en su mesa una alimentación relativamente sana.

Nos guste o no, el azúcar refinado es muy perjudicial para nuestra salud. Y eso no lo dice un lobby que señala con el dedo a las mujeres que no dan el pecho. Lo dicen los estudios científicos, por ejemplo los que investigan la relación que pudiera haber entre el consumo de bebidas azucaradas y el TDAH. Y la causa de la bulimia y la anorexia nerviosa, trastornos alimenticios devastadores, no es la obsesión por una dieta sana, sino la presión que la sociedad aplica a nuestros jóvenes para tener un cuerpo perfecto y la distorsión de la propia imagen corporal. Precisamente, uno de los consejos que se ofrecen para prevenir estos trastornos es una adecuada educación para la salud, que incluye el saber alimentarse de una manera sana y equilibrada. Y el atracón no es la consecuencia de una dieta sana, sino de una dieta restrictiva que produce un déficit calórico. Para documentarse, se puede consultar el libro de Crispo, R., Figueroa, E., & Guelar, D. (1997). Anorexia y bulimia: lo que hay que saber. Gedisa.

Por tanto, cuando escribimos artículos de opinión como este, que son una oda nostálgica a la generación de la Nocilla, quizás deberíamos documentarnos un poco mejor y no soltar al aire ideas poco calibradas. Que cada cual se alimente como quiera, pero las familias que cuidan la alimentación de sus hijos no tienen por qué ser ridiculizadas y menospreciadas. Si ves a un niño merendando fruta, ya sé que algo se revolverá en ti y añorarás el pan con mantequilla y azúcar. Eres libre de correr a la nevera a ponerte uno, pero no quieras que todo el mundo te siga con pasión y alegría: los demás también somos libres de que eso nos parezca una guarrada.

Vino con gaseosa


¿Qué hay más tradicional, más castizo, más de nuestra tierra, más básico que el vino con gaseosa? Así es el nuevo libro de Alberto Royo. He de decir que me he leído el libro desde la primera página hasta la última, no sin esfuerzo. Ya se sabe: la letra con sangre entra, y la verdad es que la lectura me ha costado. No porque fuese difícil, que no lo es, sino porque no estoy acostumbrada a que en un ensayo se acumulen tantas incongruencias.

Pero ya que me lo he leído, haré una reseña para las que tenéis curiosidad y no queráis pasar por la tediosa experiencia de su lectura. Que ya que te compras un libro, lo lees entero, pero no hay derecho, hombre, no hay derecho. Aclaro, para los educarcas que no lo sepan, que una reseña no es un resumen capítulo a capítulo, género escolar con el que hacen sufrir a sus alumnos, sino un comentario breve de una obra. El libro se compone de 23 capítulos y 2 epílogos que pretenden ser graciosos, pero no. Su título es algo pretencioso, “la sociedad gaseosa”, intentando emular la genial idea de Bauman y su modernidad líquida, sin conseguir más que hacer una interpretación simplista y sesgada de las complejas ideas del sociólogo y filósofo.

Y empezamos bien: ensalzando a los clásicos como el único conocimiento sólido que merece la pena. La historia de la literatura detenida en Cervantes, la filosofía detenida en Descartes, la física en Newton, y así. Y en el segundo capítulo, una reivindicación de los cuentos clásicos, con un absurdo alegato a favor de los cuentos de princesas y su inocencia y en contra de las locas feminazis que plantean que estos cuentos son machistas y malos para la educación de las niñas y los niños. Así, reivindica La Cenicienta como una historia de ascenso social y Blancanieves como una historia de amabilidad (por lo visto, Blancanieves tuvo mucha suerte de que los enanitos no la llevasen a trabajar a la mina en vez de dejarla limpiando y cocinando para ellos). En fin, que las hijas huérfanas de nobles a las que una malvada madrastra les ha robado su fortuna pueden ascender socialmente enamorando a cualquier príncipe: creo que es lo que mi hija debe aprender, sin duda.

El propio Royo demuestra a lo largo de las páginas de su libro que la sociedad es demasiado gaseosa para él y se queja de las “escuelas de magisterio”. La sociedad es demasiado cambiante para asimilarla y no se ha enterado de que tal cosa ya no existe. A partir del año 2006 comienza la regulación de Magisterio  como un grado universitario que se imparte en Facultades de Educación. Su argumento de que los maestros y maestras son de una casta inferior que los licenciados y licenciadas queda, por tanto, obsoleto: hace ya una década que eso dejó de ser así. Las diplomaturas desaparecieron del sistema universitario español y, desde entonces, todos son graduados/as. Los maestros y las maestras son especialistas y profesionales de la educación.

Pero claro, a lo largo de su libro, Alberto Royo intenta denostar algo que no conoce: las Ciencias de la Educación. En distintos capítulos alude a eso que él llama “neopedagogía”, aunque no hay ni una sola cita que ejemplifique ese concepto ni una sola referencia a un autor o autora relacionados con eso que él llama “neopedagogía”. Y ya que cita a Bauman, podría citar a Freire, Bruner, Piaget, Vygotsky, o incluso a los españoles Coll y Marchesi, que algo tuvieron que ver con la tan por él denostada LOGSE. Eso sí: cita el Jueves y al Mundo Today para apoyar sus argumentos, en vez de leer revistas científicas sobre Educación, que haberlas, haylas y muchas.

Por otra parte, la equiparación que hace Royo en su libro de lo que el llama “nueva pedagogía” con la homeopatía es muy engañosa, ya que se deduce que también equipara lo que se ha hecho “toda la vida en el aula” con la medicina alopatica cientificista, cosa muy  lejos de la realidad. La educación basada en la metáfora transmisiva o bancaria, que plantea que el conocimiento se puede ofrecer ya construido para que el aprendiz lo asimile, hace muchos años que es considerada como una estrategia pedagógica desinformada y simplista, que no tiene en cuenta cómo aprende el ser humano. Según la Psicología de la Educación, cada aprendiz reconstruye el conocimiento en una tarea de apropiación y dependiendo de sus conocimientos previos, que siempre deben ser tenidos en cuenta por el que enseña para tener éxito.  Por ello, el usar estrategias pedagógicas conscientes y elaboradas nada tiene que ver con “despreciar el conocimiento”, como lamenta Royo continuamente. Se trata de diseñar la situación educativa para que sea más propicia al aprendizaje, partiendo de lo que las ciencias de la educación saben sobre los procesos educativos.

Pero una cosa he de decir: en el libro hay una erudición musical deliciosa. Porque Royo es músico y sabe de música y se nota. Especialmente entrañable el capítulo en el que narra su experiencia en el colegio de su hijo, al que fue con su guitarra a hablar de música y a tocar. Cuenta esa experiencia poniendo de manifiesto algo que quiere negar: que es el aprendizaje significativo el que entusiasma a los pequeños por el conocimiento. Que un músico de verdad vaya a un colegio a tocar música y a entusiasmar por la música vale más que las clases de música de un trimestre.

En fin, no os recomiendo el libro, a no ser que queráis seguir la pista de la Antipedagogía, una corriente de educarcas enfadados porque les quieren cambiar la pizarra de tiza y la clase magitral por el proyector de vídeo y el trabajo en grupo y muy cabreados porque alguien les dijo que el aprendizaje deriva del placer, cosa que niegan con pasión. Se debe llorar y sufrir para aprender, según ellos. Un despropósito educativo que, afortunadamente, se va diluyendo como el gas en la escuela y los institutos españoles.

Malvavisco, hiper, helicóptero… ¿algo más?

De repente, el mundo se ha llenado de psicólogas y periodistas superexpertas que han inventado un montón de etiquetas para opinar sobre la forma en que las madres (y a veces los padres) educan a sus hijas e hijos. En realidad, han inventado unos personajes imaginarios que, según sus propias palabras,  son “suaves como un bombón, dulzones con los hijos, porque no tienen claros los límites.” De repente, el ciberespacio se ha llenado de artículos copiados unos de otros y citando a expertas que no sabemos si son reales o imaginarias, diciendo gilipolleces. Dicen que ese supuesto grupo de “padres” leen mucho y están muy bien informados, tanto que se sienten confusos. Porque ya se sabe por el Quijote: si lees mucho, te confundes. 

¿Cuál es el modelo educativo que proponen estas soflamas anti-cuidados? La periodista Eva Millet, a la que cita todo el mundo y por lo visto no se confunde al leer tanto, dice, opina, asevera que la familia es un sistema jerárquico, no una democracia, y los hijos deben marchar a toque de corneta, levantarse solos cuando caigan al suelo y hacerse con un taburete para buscar su almuerzo en la nevera. Bromas aparte, no sé dónde ha visto la señora Millet que la familia sea un sistema jerárquico. Yo no soy la jefa de mis hijos. Soy su madre, y tengo una serie de responsabilidades de cuidado hacia ellos, responsabilidades que parece que hay gente que quiere minusvalorar, despreciar, convertir en ridículas preocupaciones de una madre histérica. 

Lo cierto es que hay distintos modelos educativos de acuerdo con la tradición psicológica: el autoritario, el permisivo y el democrático. El democrático es el que olvida toda esta caterva de opinólogos que han saltado a la palestra en los últimos tiempos. Promueven un estilo autoritario, que, según las investigaciones, ralentiza el desarrollo, y asimilan el democrático, que siempre ha sido considerado el más positivo, con el permisivo, que de tan laxo llega a ser negligente. O han leído mal los textos, o hay una intención oculta en soltar todas esas tonterías a la prensa día tras día. 

El diálogo y el establecimiento negociado de límites son, sin duda, las estrategias educativas más eficaces. Las prohibiciones están basadas en el miedo. Sin embargo, la argumentación y el diálogo llega a lo más profundo del sistema conceptual y, además de ser estrategias mucho más honestas, hacen que nuestros vástagos se apropien de nuestras enseñanzas y las hagan propias, haciendo lo que tienen que hacer por convencimiento y no por miedo a una figura de autoridad. No, señora Millet. Mi casa no es un cuartel militar. Quizás la suya sí, pero yo prefiero estrategias menos hitlerianas para educar a mis hijos. 

Mi consejo es que, cada vez que abráis uno de esos artículos que nos asignan una etiqueta a “los padres”, hagáis un buruño virtual con él y lo arrojéis a la papelera virtual. Leído uno, leídos todos, fruto de mentes aburridas que inventan cosas para controlar nuestra forma de crianza de educación. La experiencia sobre crianza y educación valiosa está a vuestro alrededor, en las familias que conocéis y que sacan adelante a su prole con amor, no en los supuestos expertos y expertas que escriben en los periódicos. Si necesitáis consejos, pedídselos a vuestra vecina con 4 hijos antes que a la Doctora Claudia Sotelo Arias o a la periodista Eva Millet, a las que no conocéis de nada. 

Bueno, voy a ver qué ha publicado hoy la prensa y qué nueva etiqueta han inventado para nosotras. 

Que el altruismo no nos ciegue

Hoy, Violeta Assiego plantea en este artículo la diferencia entre vientres de alquiler y gestación subrogada, aludiendo a la supuesta necesidad de regular esos casos en los que determinadas mujeres podrían desear servir de gestantes para concebir un hijo o hija de personas que no son capaces de hacerlo con sus propios cuerpos. Estas mujeres actuarían de manera altruista, sin cobrar nada, sin agencias intermediarias y los subrogantes sólo tendrían que pagar los gastos médicos.

Me pregunto de cuántos casos estamos hablando. Me pregunto si es necesario legislar para atender los deseos de un número ínfimo de mujeres, dispuestas a pasar por un embarazo, un parto y un postparto por nada. Me pregunto si es necesario arriesgarse a que haya personas que, enmascarándose tras esta legislación, trafiquen con personas aduciendo que lo hacen de forma altruista y recibiendo bajo cuerda sumas de dinero desconocidas. Me pregunto si es necesario hacer de nuestro país un sitio en el que puedan pasar ese tipo de cosas.

Yo creo que no es necesario. Y además, creo que la polémica de la gestación subrogada está enmascarando temas realmente importantes, como son el del aumento de la infertilidad en la población española y las dificultades en los procesos de adopción. Que es verdad que la adopción no está hecha para colmar los deseos de pater/maternidad de las personas, pero es una forma hermosa de satisfacer las necesidades de niñas y niños sin familia dejándolos al cuidado de gente que desea cuidar.

La causa principal del aumento de la infertilidad es el retraso del deseo reproductivo. Del deseo o de la posibilidad. Tener hijos e hijas a los 20 años, como hacían las madres de antaño, se ha convertido en ciencia ficción. Hay otras muchas causas, pero esa es la que ha dado lugar a un aumento notable de personas que buscan ayuda para poder gestar. La edad media de la primera maternidad ha aumentado 4 años desde los años 70 (Delgado, López y Barrios, 2006). Esta situación está ligada a los cambios en la forma de vida, que no necesariamente son negativos, pero que han transformado el paisaje conceptual e ideológico ligado a la maternidad, la crianza y la familia. Por otra parte, las parejas gays también tienen deseos de cuidar sus propios hijos e hijas, algo que se ha hecho posible en sociedades como la nuestra y que considero muy positivo.

Entre todo este revuelo, quizás sería sensato hacer una reflexión sobre lo que está pasando. Cada vez que oigo hablar de gestación subrogada, no puedo evitar pensar en los hijos de Cristiano Ronaldo, Elton John o Kim Kardashian y Kanye West. Me incomoda que los bebés se estén convirtiendo en un objeto de lujo que pueden ser comprados por las grandes estrellas por altas sumas de dinero. Pero entonces surge la palabra “altruismo” y parece que mi mente debe dejar de elucubrar y centrarse en esas mujeres que quieren ser los ángeles gestantes de otras personas. Pero, sinceramente, creo que no va a haber mujeres altruistas para satisfacer tanto deseo de mater/paternidad.

Por otra parte, la adopción es un asunto delicado: no olvidemos que detrás de cada adopción hay un abandono, una muerte, una situación de pobreza, etc. Lo deseable sería que no hubiese niños y niñas en adopción, y si existe esta fórmula jurídica, es en beneficio de los niños y niñas. En este sentido, las altruistas son las familias adoptantes, y no podemos exigir que se agilicen las adopciones en tanto en cuanto están sujetas a procesos jurídicos que garanticen los derechos de los menores.

Sé que lo que voy a decir no va a ser muy popular, pero quizás deberíamos repensar, como sociedad, el lugar que ocupa la maternidad y la paternidad en nuestros idearios sociales. Tener hijos e hijas, cuidarlos, criarlos, es una cosa muy bella y muy seria, pero no es un derecho. Cuando la maternidad se convierte en deseo insatisfecho es demoledora, no tengo ninguna duda, pero no podemos moldear la sociedad para satisfacer este deseo. Quizás debamos aprender a sublimar los deseos de maternidad y pensar, a largo plazo, como solucionar los problemas que giran en torno a nuestra esencia como especie: la gestación, la maternidad, los cuidados de nuestros pequeños en un grupo social que ha perdido su equilibrio y debe recuperarlo de alguna forma.