Diálogo sobre el diálogo


Cuando hablamos con otras personas, discurrimos por dos vías paralelas. En ambas pueden surgir acuerdos y desacuerdos. La primera vía es la de los argumentos (el qué): planteamos nuestras razones, ejemplos, contraejemplos y demás para apoyar la postura que mantenemos. La segunda vía es la de las reglas, implícitas o explícitas, que empleamos en este intercambio. Esta segunda vía es tan importante o más que la primera. Es importante atender a la forma en que transcurre el intercambio comunicativo y cómo se establecen las reglas de estos intercambios. 

El establecimiento de reglas en los intercambios es una cuestión de poder. La forma en que conformamos nuestros intercambios comunicativos dice mucho de con quién estamos hablando y para qué. Por tanto, imponer reglas a priori es decirle al otro o la otra que la finalidad del intercambio está acotada por una de las partes. Esto, aunque tenga su origen en unas muy buenas intenciones, no es muy conveniente. 

Todo esto viene al caso de un post que puso una mujer en Facebook el otro día diciendo que iba a ser la abanderada del feminismo dialogante y planteaba un debate sobre la gestación subrogada. Sin entrar en este, sin duda, interesante debate, esta referencia al diálogo plantea la necesidad de llegar a un consenso sobre el tema. Es muy loable que la gente quiera llegar a consensos, pero de sobra sabemos que el diálogo tiene un límite, que es el de los puntos en los que uno u otro participante no tiene la menor intención de cambiar de opinión. 

Esto me recuerda a una antigua relación que mantenía esta posición dialogante en todos los intercambios que teníamos. Cuando hablábamos de temas que despertaban mi vehemencia debatiendo, me daba la razón y parafraseaba mi argumento dándole la vuelta. De este modo, era yo la que siempre quedaba en una posición inestable en el “diálogo”, porque él me había dado la razón y, aún así, yo le tenía que volver a rebatir. Esa estrategia agresivo-pasiva consiguió que dejásemos de intentarlo. No digo que mi estrategia sea mejor, pero desde luego hay una cosa que me parece esencial en un debate: la honestidad. 

En cualquier debate hay que estar dispuesta/o a cambiar de opinión o a dar la razón. Pero también hay que estarlo para detectar los puntos irreconciliables entre los debatientes. Estos puntos suelen estar relacionados con las prioridades de cada debatiente. Puedes priorizar los deseos de paternidad de ciertas personas o, por el contrario, priorizar que la capacidad de gestar es un aspecto privado de la mujer con el que no es legítimo comerciar. Cuando llegamos a ese momento en que estos puntos se enfrentan, podemos seguir dialogando, seguro. Por hablar, que no quede. 

Por otra parte, hay que definir muy bién en qué consiste eso del diálogo. Hay temas muy delicados y polémicos e los que hay personas que se sienten muy implicadas y en los que no pueden evitar emocionarse y acalorarse en el debate. Pueden ser víctimas de malos tratos, de negligencias médicas, de abusos, y cuando se habla de temas relacionados con estos aspectos sacan su parte más pasional y dolida. A estas personas ¿qué tipo de diálogo les podemos exigir? Desde luego, guardar las formas es exigible en cualquier tipo de intercambio comunicativo, pero establecer normas que destierren la emocionalidad del debate excluye del mismo a estas personas que están emocionalmente implicadas con el tema. 

Por tanto, debemos tener en cuenta que poner normas en los debates abiertos requiere de una definición muy clara de lo que se espera de las personas participantes (por ejemplo, poner normas del tipo no está permitido insultar y atacar personalmente a los demás participantes) y siempre hay que estar preparados para que haya un intercambio en el que las personas que participan no están de acuerdo. Y no pasa nada. La tolerancia al desacuerdo es una de las competencias más importantes para el diálogo. Luego está la asertividad, el ser capaz de sobrellevar este desacuerdo. Eso no todo el mundo lo consigue. 

#VDLN 137: Rock’n’Roll High School/Ramones


En la película de 1979, Rock ‘n’ Roll High School, dirigida por Allan Arkush, los Ramones cantan una canción con el mismo título rodeados de adolescentes enloquecidos que vuelan el instituto ante la horrorizada mirada de directora, profesores y ma/padres. Lo vuelan literalmente, como respuesta a una medida correctiva injusta y desproporcionada. La directora Togar le quita a Riff su entrada para ver a los Ramones, después de que la muchacha pasase horas en la cola para conseguir ver a sus ídolos. Riff no se rinde, y consigue que los Ramones vayan al instituto a dar un concierto. 

 La película refleja a los adolescentes de los 80, los que ahora somos madres y padres. Adolescentes contemporaneas/os, con los pantalones rotos, las faldas cortas y el gusto por la música. Antes se demonizaba el Rock, ahora el Reageton, pero un adolescente es un adolescente en los 80 y en los 10 (del siglo XXI). Pero escuchando algunos discursos educarcas, pareciera que la adolescencia es un fenómeno actual. Las quejas de algunos de ellos y ellas nos llevan a pensar que los adolescentes de hoy en día son lo peor de lo peor, no quieren estudiar, hay que castigarles y sancionarles y aplacar su fuego. 

Pero lo cierto es que la adolescencia es una época de cambio y de energía desmedida. Energía que los adultos (familias y profesorado) deberíamos aprender a canalizar de una manera adecuada. Hablando desde una perspectiva de clase media acomodada (porque hay muchas adolescencias, una casuística extensa y muchas diferencias de clase, género y cultura), hemos de encontrar el camino para no entorpecer la furia creadora de la adolescencia y los apoyos más adecuados para solventar las dificultades que nuestros jóvenes se van encontrando. Hay quienes piensan que en la sanción está la solución. Son los Togar del momento. Esperemos que el poder no permanezca en sus manos. 

A un cirujano no le decimos cómo operar


Seguro que si frecuentáis foros de educadores habréis leído o escuchado esa frase. Es una de las que más chupitos nos aporta en el bingo docente. “A un cirujano no le decimos cómo operar“. Seguro que no, pero si los resultados de la operación son malos, pues le pediremos explicaciones. Y si ha habido negligencia o mala praxis, le denunciaremos. Eso es así: los médicos no son dioses que puedan hacer cualquier cosa. Las personas que nos ponemos en sus manos tenemos una serie de derechos, entre otros, el que los tratamientos que nos aplican estén basados en la evidencia, estar informados de dichos tratamientos y poder denegar nuestro consentimiento para que se apliquen. 

En el caso de colegios e institutos, a los que nuestras hijas e hijos están obligados a ir desde los 6 a los 16 años, debería suceder lo mismo. Las familias, que somos las primeras responsables de velar por la seguridad de los menores, tenemos la obligación de estar y el derecho de ser informadas de todo lo que acontece allí, así como de denunciar cualquier tipo de mala praxis. Desde las que atentan contra los derechos y necesidades básicas (a los niños no se les pega, no se les insulta, no se les humilla, no se les saca al recreo sin abrigo si hace frío ni se les tiene a pleno sol si hace calor, etc.) hasta las que tienen que ver con los procedimientos pedagógicos del centro (uso de procedimientos no contrastados, negligencia en la implementación de apoyos a niños y niñas con necesidades educativas especiales, contenidos y materiales obsoletos o incorrectos, etc.). Los profesionales tienen que vivir con la realidad de que muchas de las familias de sus alumnos son personas tituladas y con formación suficiente para saber cuándo las cosas se están haciendo bien y mal. Ya no vivimos en una España escásamente alfabetizada en la que las familias llevaban la manzana a la maestra para agradecerle que “desasnara” a su hijo (qué horror de palabra, se la oí un día a un educarca).

Los conocimientos sobre educación no son secretos de estado que se guardan en las Facultades y que se transmiten confidencialmente a los graduados. Ya no. Toda la población tiene acceso a un conocimiento bastante especializado si sabe buscar. No se puede ir negando el conocimiento de los demás por el hecho de no tener el título de maestro/a. No voy a negar que la experiencia es un grado, pero si admitimos esto, también hay que reconocer que las personas que mejor conocen a cada niño son sus padres/madres/hermanos, y no la maestra que le ha tocado ese curso. Somos especialistas en nuestros hijos e hijas, y la información que podemos aportar es valiosa (siempre que se crea en la educación personalizada, claro). 

Por último, solo decir que los deberes escolares no entran dentro de eso que podemos llamar “procedimientos pedagógicos”. Muchas veces, el profesorado contesta a nuestras quejas sobre los deberes escolares diciendo que no nos metamos en su trabajo, que a un médico seguro que no le decimos qué tiene que hacer. Pero mira, no. En nuestras casas, quienes decimos lo que hay que hacer somos las familias, no la maestra. Que me parece genial que por costumbre pretendáis decirnos lo que los niños tienen que hacer en casa, pero la última palabra la tenemos nosotras. Vuestra potestad no existe más allá de las aulas, para bien o para mal. No podéis regular nuestra vida por las tardes, fines de semana y vacaciones. Ese tiempo es nuestro, y hacer lo que nos venga en gana en él no supone desautorizaros, porque no tenéis autoridad sobre la vida de las familias de vuestras alumnas y vuestros alumnos. 

#VDLN 136: Violencia obstétrica y señores listos. Amodiño/De Vacas

La violencia obstétrica existe. No voy a decir nada más al respecto. Si no existiese, no habría una asociación que se llama El Parto es Nuestro, ni Icíar Bollain hubiese dirigido ese maravilloso corto que tan bien ilustra ese fenómeno y que encabeza este post. Si la violencia obstétrica no existiese, no habría tantas mujeres pidiendo, exigiendo que se humanice el parto y que dejen de imponer a nuestros cuerpos protocolos obsoletos, que no solo no aportan más seguridad al hecho de parir, sino que tienen efectos yatrogénicos. Algunos de estos protocolos aumentan la posibilidad de que el parto no progrese y acabe en cesárea, además de poner en riesgo, en sus versiones más gore, tanto a la madre como al bebé, como sería el caso de la maniobra de Kristeller.

No voy a argumentar sobre algo obvio: la violencia obstétrica existe. Pero hay señores que nunca han parido, como el señor Sergio del Molino, escritor y periodista español, que aseveran de forma enérgica y contundente que las mujeres que hablan de este tipo de violencia son unas desagradecidas que no son conscientes de la de vidas que ha salvado la medicina al intervenir el parto. Y eso lo dice a raíz de un artículo de la periodista Esther Vivas, “Ni parimos ni decidimos”, un artículo bastante descriptivo y aséptico sobre la instrumentalización del parto y el excesivo número de cesáreas en nuestro país. Yo creo que el señor del Molino en ese momento se encendió, porque interpretó que había una secta de locas que querían eliminar la cesárea de la cartera de prácticas médicas y obligar a todas las mujeres a parir en sus hogares con la única ayuda de sus vecinas. Pero no, señor del Molino, no es eso. Lo único que pedimos es que se respeten las recomendaciones para la atención del parto normal que el Ministerio de Sanidad publicó en el año 2007.

Pero, violencias obstétricas a parte, lo que me parece más violento es que un señor que no sabe lo que es parir y que seguramente nunca ha indagado en las experiencias de las mujeres que paren en España (excepto las de las mujeres de su entorno más próximo) se permita el negar la experiencia de las muchas mujeres que fuimos a decirle a su muro de Facebook y a su cuenta de Twitter que se estaba equivocando. Algunas, como nuestra querida amiga Irene García Perulero, bióloga malvada y experta en violencia obstétrica, le dejaba una esclarecedora cita tomada de un artículo de la Cochrane que os dejo más abajo. Sergio del Molino, que no tiene ni la más remota idea de lo que es la Cochrane, entró en bucle y bloqueó a Irene. 


Después, nuestra querida Araceli Pérez, Psicóloga y madre de dos hijas, además de activista pro-lactancia y parto respetado, le dijo muy amablemente que la violencia obstétrica era algo reconocido en países como Venezuela, Argentina y México y le recordó la existencia de la Estrategia de Atención al Parto Normal, que ya hemos mencionado. Le debió parecer demasiada lectura para una tarde de siesta y también bloqueó a Araceli. 

Entonces llegó Ana Álvarez-Errecalde, artista, fotógrafa y activista contra la violencia obstétrica y a favor de la crianza con apego, que le explicó amablemente que el hecho de que en África hubiese más mortalidad infantil en los partos que en España no tenía que ver con los hospitales, sino con la pobreza y el SIDA. Además, compartió con él, con todo su cariño, el precioso reportaje fotográfico “el nacimiento de mi hija“, en el que se refleja el gozo y la plenitud del nacimiento, un nacimiento respetado. Sergio la bloqueó. 

Una tras otra, fueron llegando mujeres (y algún hombre incluso) a decirle a Sergio del Molino que mirase más allá de sus narices. Borró el post de Facebook, y cuando fuimos a comentar su post de Twitter, nos bloqueó allí también. 

Sergio del Molino, esperamos que tu creencia profunda en tu inteligencia siga intacta. Nosotras seguiremos luchando por un parto humanizado, porque es crucial nacer con amor y porque nosotras, las mujeres, y nuestras criaturas, merecemos un ambiente seguro y lleno de cariño para dar a luz y para nacer (además de una unidad de neonatología). Y de paso, te dejo esta canción, para que te lo tomes amodiño. De Vacas le dan la vuelta a la soberbia de Luis Fonsi, que se cree que se va a llevar a la mulata al huerto por sus gafas bonitas. Pues eso. Despacito.