Libertad de expresión


Hay gente a la que le cuesta escuchar cosas con las que no está de acuerdo. Las reacciones pueden ser diversas, pero algo que tiene en común su respuesta es la intolerancia. Creen que la firme convicción que tienen sobre algún tema determinado les da el derecho a censurar a las personas que piensan distinto a ellas. Y cuando escuchan algo que no les gusta insultan, gritan, difaman y buscan por todos los medios acallar a quien habla. 

A veces basta con compartir un enlace de una entrevista interesante para que esas personas, que se creen en la posesión de la verdad más absoluta, monten en cólera. Apelan a lo que ellas creen que son preceptos inquebrantables y dicen tonterías bastante monumentales, como llamar pseudociencia a la sociología para apoyar un argumento biologicista pseudocientífico. Pero su realidad personal debe prevalecer por encima de cualquier otra realidad y recurren a la emocionalidad más desgarrada como señal de que tienen razón.

El recurso a la ridiculización y aplastamiento de las ideas ajenas ya está muy visto. Nadie os dice que dejéis de ser como sois y de pensar lo que pensáis. Podéis seguir vuestra vida aunque veamos las cosas de manera distinta. Pero tanto empeño en taparnos la boca me hace pensar que hay algo de totalitarista en vuestros planteamientos y que para que podáis vivir en paz, todas las mujeres tenemos que pensar lo mismo que vosotras.

Pues va a ser que no. Me da pena veros temblar de rabia cuando escucháis cosas que no queréis oír. Pero la diferencia sigue existiendo, por mucho que os empeñéis en sacar las cosas de quicio. Espero que se os pase pronto el aturdimiento al comprobar que, una y otra vez, la gente es capaz de pensar de forma distinta a vosotras. Respirad profundo, apelad con fuerza a vuestro instinto mamífero y salid de mi vida retropropulsadas por la leche que sale de vuestros pechos a borbotones. Yo, mientras, seguiré leyendo Píkara o lo que me salga del coño.

Relación sentimental y cuñadología

Lo peor que te puede pasar si eres mujer y no estás casada con tu pareja es que te detenga la policía. Desde ese momento, pasas a tener una relación sentimental con alguien. Yo me pregunto si se considera agravante del delito tener una relación sentimental. Porque claro, eso suena así como a que vives en concubinato, mantienes relaciones sexuales poco convencionales y tu vida es ciertamente desordenada. 

Si eso va acompañado de tu edad, apaga y vámonos. Analicemos el siguiente párrafo: 

“Esta mujer, de 42 años y sin antecedentes policiales que mantenía una relación sentimental con el padre del referido alumno, fue detenida como presunta autora de un delito de daños informáticos y falsificación de documento público.”

Vamos a jugar. ¿Qué creéis que hizo esta mujer para ser detenida? Algo truculento, muy truculento. A esa edad, tener una relación sentimental, y encima CON EL PADRE DE UN ALUMNO, no es de recibo. ¿Daños informáticos? ¿Le tiraría el ordenador a la cabeza a alguien? ¿Al alumno, quizás? Y esa relación sentimental ¿comenzaría en la barra de un bar? ¿En una discoteca? ¿En la fiesta de fin de curso, quizás, en uno de los baños del centro?

Vamos a ver cómo podríamos cambiar este párrafo para que esas visiones no vengan a nuestra mente al leer la noticia: 

“Esta mujer, de 42 años y sin antecedentes policiales, pareja del padre del referido alumno, fue detenida como presunta autora de un delito de daños informáticos y falsificación de documento público.”

Ha cambiado la cosa, ¿verdad? Parece como que la relación toma más consistencia. Ya es una relación más duradera, como algo más formal. A ver, si lo que quiere expresar el periodista al transmitir la noticia sin modificar una coma del informe policial es que la mujer y el padre del alumno eran novietes y se acababan de conocer (que a lo mejor es así) pues lo de la relación sentimental queda un poco más adecuado. Pero si no se ha preocupado por indagar al respecto o considera que no es relevante, lo mejor es utilizar un término sin connotaciones. Porque, seamos serias, nadie va diciendo por ahí que tiene una relación sentimental con alguien: eso solo lo dice la policía cuando te detiene. Tener una relación sentimental, en ese sentido, es chungo. Significa que estás detenida. 

Siguiendo con el párrafo, me pregunto qué relevancia tiene la edad de la mujer en la noticia. Vamos a pensar de nuevo que los periodistas copian la ficha policial textualmente y lo mandan a publicar. Pero lo que ya lo borda es que no tenía antecedentes policiales. El hecho de poner eso suena a que podría tenerlos. “Mujer de 42 sin antecedentes policiales” suena a mala persona, aunque no lo haya demostrado hasta ahora. En ningún momento podemos decir que el periodista mienta. Pero vamos a dar otro retoque al párrafo, a ver qué tal queda: 

“La jefa de estudios y profesora en el centro, pareja del padre del referido alumno, fue detenida como presunta autora de un delito de daños informáticos y falsificación de documento público.”

¿Os vais haciendo ya una idea? Os dejo una de las muchas noticias publicadas sobre el caso. Todas han copiado la ficha policial, pero esta está especialmente mal escrita

#VDLN 115: Señoras bien (Las Bistecs)


¿Conocéis a esas señoras? Ay, esa sonrisa hipócrita, esa frase hecha en todo momento… esa huída impecable cuando empiezas a profundizar más de lo debido. Y es que ellas son las reinas de la superficialidad. Chochocéntricas, han aprendido desde pequeñitas a escaquearse del trabajo que les buscó su papá y que las dejó tan bien situadas. 

Pero qué mas quieren: tienen su fondo de armario, sus ropajes de boutique, sus bragas de puntilla y sus polvos Clinique. Y que les quiten lo bailao. Lloronas con mala suerte de estrella, Marilinmonroes de pacotilla que viven de las rentas y del trabajo que los demás hacen por ellas. Son damas desorientadas que siempre tienen la comida hecha y la casa recogida porque les cuesta desordenar su mundo. Y el puesto que ocupan les viene tan grande que a veces tienen graves crisis de ansiedad y se inflan a pastillas mañana y noche. 

Ay señoras, su estupidez no tiene límites. Y su maldad es tan inconsciente que da pena reprocharles algo. La vida pasa sin grandes sobresaltos, sin grandes amores, sin grandes placeres. Pero no han olvidado conjuntar el bolso con los zapatos. Salen a la calle a pasear su absurda visión del mundo y taconean hasta llegar a la tienda de la esquina. Pon cara de mosquita muerta, que no se te note, que nadie sepa lo que hay detrás de la máscara. 

La educación deshumanizada


Hace unos días, una compañera del grupo de Facebook Basta de Deberes comentaba el paralelismo que se puede establecer entre la deshumanización del parto y la de la educación. Lo hizo como respuesta a nuestro uso de la expresión educación alternativa cuando hablamos del tipo de educación que nos gustaría para nuestros hijos/as: una educación respetuosa con los ritmos de las niñas y niños, basada en la experiencia y la investigación, sin pupitres, castigos ni libros de texto y que fomente la creatividad y el pensamiento crítico. Ella decía que, al igual que un parto respetado en el que se deja decidir a la mujer y donde no hay intervencionismo médico es un parto normal y no algo especial y exclusivo, lo que nosotras llamábamos educación alternativa es lo que deberíamos empezar a llamar EDUCACIÓN NORMAL

Y no le falta razón. Echando la vista atrás, podemos ver cómo la educación formal ha ido dejando tras de sí lo que tenía de normal. Antaño, quien quería ejercer una profesión entraba de aprendiz a las órdenes de un maestro. Se apredía en contacto con las prácticas reales en las que, a su vez, se generaba el conocimiento. Era inaudito que alguien aprendiese física o química alejado de un laboratorio y de los procesos de investigación y experimentación. Lo mismo con cualquier saber, desde los más prácticos y aplicados hasta los más abstractos. 

Ahora, sin embargo, tenemos un ejército de educadores/as que no saben nada y lo saben todo. Ofrecen píldoras de conocimiento sin explicar de dónde han salido. El conocimiento, de esta forma, se ha desvinculado del contexto en el que se produce, dando lugar a la falsa ilusión de que existe ahí fuera, para que cualquiera lo introduzca en su cabeza y lo vomite en un examen. Se ha perdido la perspectiva con respecto al conocimiento y ahora, todo lo que se dice en un aula, se toma como una verdad absoluta que alguien dijo una vez y quedó grabada a fuego en los anales de la historia. 

Este es el origen del pensamiento acrítico, de la creencia en una historia que se cuenta tal y como sucedió, en unos descubrimientos científicos independientes de la persona que los publica y en unas tradiciones que no deben cambiar porque, si las cosas siempre han sido así, así deben seguir. Y esta es la forma más sencilla de que, mientras unos pocos siguen generando conocimiento, la gran masa de la población sea ajena a lo que está pasando en la cumbre aunque tenga la ilusión de dominarlo todo. 

La marcha atrás en este proceso no es fácil. Nuestra sociedad depende de tal manera de la escuela que cambiarla implicaría transformar la sociedad al completo. La escuela es el reflejo de la sociedad en la que vivimos. Por eso, es bastante paradógico que hayamos depositado en ella la misión de lograr la igualdad. Se supone que una escuela pública de calidad será capaz de uniformizar a la población, independientemente de su procedencia. Pero lo cierto es que una institución fuertemente enraizada en una sociedad clasista nunca será capaz de cumplir esta misión. 

Lo único que podemos hacer es educar a nuestros hijos e hijas para que comprendan que el conocimiento no es inamovible, no para de cambiar aunque se imprima en libros de texto y se produce en lugares ajenos a la escuela. Que el verdadero aprendizaje se produce cuando se usa el conocimiento para hacer cosas en la vida real y que el hecho de aprobar un examen no quiere decir que hayan aprendido. 

Las mal llamadas extraescolares


La típica respuesta de la masa docente cuando damos argumentos en contra de los deberes que nos imponen desde la escuela es que las familias cargamos de extraescolares la agenda de nuestros hijos e hijas. Este argumento de quítate tú para ponerme yo funciona mal. Cuando las niñas y niños salen de la escuela, después de 5 horas lectivas, el tiempo es gestionado por la familia, y lo que hagamos con ese tiempo no puede ser decidido desde una institución ajena a la misma.

En muchos casos, ese tiempo se aprovecha, además de para descansar y tener un rato de ocio libre, para aprender cosas que la escuela española no enseña ni de refilón. Tocar un instrumento, aprender lenguaje musical, a jugar al tenis, a nadar, a pintar o a practicar un arte marcial. Ese tipo de cosas son, en muchos casos, vocaciones y talentos que nunca se desarrollarían si no fuese por esta inversión extra-escolar.

Pero el hecho de llamarlas “extraescolares” las sitúa en referencia a la escuela. Como si fuesen algo añadido a la escuela y subordinadas a ella . Nada más lejos de la realidad. En estas disciplinas que no se trabajan en la escuela, bien porque no se les ha dado la suficiente importancia, bien porque no existen profesionales preparados para enseñarlas en esa institución, se trabaja de forma radicalmente diferente a la escuela. Las niñas y niños aprenden haciendo. Nada de estar sentados en un pupitre con lápiz y papel, copiando o escribiendo al dictado lo que un adulto dice y realizando miles de ejercicios sin referente en la vida real. Si un niño o una niña aprende a tocar un instrumento, formará parte de una agrupación o de una orquesta y tocará delante de un público desde el primer momento. Formará parte de una comunidad en la que va asumiendo más responsabilidad a medida que adquiere más destrezas y conocimiento. Y nada de calificaciones: en este entorno, la recompensa es la satisfacción de hacer las cosas mejor cada día. Todo esto no tiene nada que ver con la innovación, sino que es algo normal y más bien antiguo. Se aprende como se aprendía antes, formando parte de una comunidad de práctica y participando en ella, primero en la periferia y pasando poco a poco hacia el centro, a medida que se va aprendiendo más y más.

En estas disciplinas sí que se trabaja la cultura del esfuerzo. Las niñas y los niños aprenden que el buen desempeño va acompañado de muchas horas de práctica, de entrenamiento, de ensayos y de estudio. Y estas horas se ven recompensadas cuando llegan a ser capaces de hacer algo que antes no sabían hacer. Es entonces cuando reciben los aplausos y la enhorabuena, el nuevo cinturón o un puesto más cercano a la directora de orquesta.

Este tipo de actividades de aprendizaje no son extraescolares. Son comunidades de aprendizaje independientes del colegio. Actividades extraescolares son las academias a las que algunas familias llevan a sus hijas e hijos para hacer los deberes que mandan en la escuela, o para reforzar destrezas en las que el colegio invierte mucho tiempo pero no acaba de enseñar bien, como por ejemplo una segunda lengua. Las extraescolares siguen los mismos métodos de transferencia de contenidos y realización de ejercicios a los que son sometidos niñas y niños durante 5 horas al día. Mis hijos nunca han ido a este tipo de actividades, principalmente porque son ellos los que eligen qué hacer.

En conclusión, el tiempo no lectivo es un tiempo que gestiona la familia y que no está sujeto a las imposiciones que se hagan desde la institución escolar. La educación obligatoria tiene su tiempo asignado y no puede exigir que las familias nos convirtamos en una extensión de la escuela. Es demencial imponer a niños y niñas de 3 a 11 años que dediquen gran parte de su tiempo libre a estar sentados frente a un libro de texto y un cuaderno. Comparar esto con las actividades que las niñas y los niños hacen de forma libre y voluntaria y en las que aprenden destrezas inalcanzables para ellas y ellos en el colegio es un sinsentido.

Me parece increíble tener que estar escribiendo sobre esto. ¿No os da la impresión de que las instituciones se inmiscuyen cada vez más en nuestras vidas?

Decir que el fracaso escolar es cosa de las familias es saber muy poco de educación

Fue en los años 80 cuando Shirley Brice-Heath publicó su maravilloso libro Ways with words. Era el informe de un estudio etnográfico realizado en 3 comunidades de Carolina del Norte, dos rurales y una urbana. La diferencia entre las dos comunidades rurales es que una de ellas era fundamentalmente afroamericana y la otra “blanca”. En la urbe había de todo, como en todas las urbes. Pues bien, Heath estuvo haciendo observación participante en las tres comunidades sobre los usos que se hacían en familia del material impreso (libros y otros útiles escritos). También estuvo observando lo que ocurría en la escuela urbana a la que acudían niñas y niños de las 3 comunidades. El fracaso escolar era mucho mayor entre niñas y niños rurales de ambas comunidades que entre niños y niñas urbanas. 

¿Por qué? se preguntó la investigadora. Porque las personas que investigan se hacen preguntas y buscan su respuesta. Solo los charlatanes hacen afirmaciones tajantes sin comprobar su veracidad. Después de un tiempo de inmersión en las comunidades, de recoger datos, sumergirse en ellos, analizarlos e interpretarlos, Heath llegó a la siguiente conclusión: el discurso que empleaban las familias urbanas en la interacción con sus hijas e hijos sobre los materiales escritos (cuentos, revistas y libros) era similar, por no decir igual, al que se desarrollaba en la escuela. Sin embargo, las madres y padres de las otras dos comunidades hacían cosas muy distintas a las que hace la escuela con las palabras.

 Una de las comunidades usaba los artefactos escritos mayoritariamente en contextos religiosos y los tomaban al pie de la letra, como algo sagrado e inamovible. La otra era una comunidad fundamentalmente oral, que nunca hacía preguntas cerradas a sus pequeños y valoraba la reflexión y la búsqueda autónoma de soluciones en la vida. La forma en que niñas y niños se implicaban en situaciones de enseñanza-aprendizaje en sus contextos de origen era radicalmente diferente a las formas que imponía la escuela de la ciudad. Las relaciones en las que estaban implicados materiales impresos en el contexto escolar estaban dominadas por la secuencia discursiva IRE (Interrogación-Respuesta-Evaluación) (En este otro post hablo de la secuencia IRE). Seguro que todas sabéis que es eso. Sí mujer sí, mira: 

– ¿Cuanto son 2+2? (I)

– ¡¡¡¡Cuatrooooo!!!! (R)

– ¡Muy bien!  (E)

Esta forma de discurso, dominante en el discurso escolar urbano, era absolutamente extraño para las niñas y niños que venían del ámbito rural. Literalmente, no sabían participar en estas secuencias. Y cuando no sigues el discurso mayoritario del grupo, el fracaso está asegurado. Si no sabes someterte al discurso de la evaluación escolar, la evaluación será negativa, sin duda. 

Todo esto ya lo apuntaba Bernstein en su obra centrada en la sociología de la educación, Freire en la Pedagogía del oprimido, así como tantos autores que se han preocupado por comprender por qué las niñas y niños de clases sociales desfavorecidas fracasan en la escuela. Y todos ellos acaban apuntando a lo siguiente: son los profesionales los que tienen que buscar la CONGRUENCIA con las prácticas familiares y culturales no dominantes. No podemos exigir a todas las familias que se adapten a los códigos de las clases dominantes. Debe ser la institución escolar la que se amolde a las diferencias de sus estudiantes. Debe ser la escuela, plagada de profesionales en educación, la que aporte soluciones educativas a estas diferencias. Y si no, pues la verdad, no sé para qué sirve la escuela. 

Unas familias tienen ordenador, otras no. Unas familias tienen las casas plagadas de libros, otras no. Unas familias tienen acceso a montañas de recursos culturales, otras no. Unas familias tienen la suerte de no tener ningún problema, otras no. Decir que son estas desigualdades el origen del fracaso escolar es como decir que la escuela no sirve para nada. Que una persona tenga que ser de clase media, con una familia exquisita y nuclear y sin ninguna rareza en la forma de procesar la información para tener éxito en la escuela es tirar por tierra la verdadera labor educativa. Admitamos que el único mérito de la escuela sería conseguir que esos niños y niñas que vienen de entornos no dominantes tuviesen éxito. Los demás van a tener éxito con o sin escuela, porque aprenden en cualquier contexto si les ofreces unas condiciones mínimamente motivantes. 

En definitiva, dejemos de decir sandeces. El fracaso escolar es un problema de la institución escolar. Sin escuela no existe el fracaso escolar. La escuela está diseñada para que haya personas fracasadas o, dicho de otra forma, el fracaso escolar está incluido en el ADN de la escuela, no es ajeno a ella. Los docentes reflexivos y críticos lo saben y trabajan para transformar la escuela. Esos son los docentes que marcan la diferencia. 

#VDLN 114: I jus’t wanna make love to you (Etta James)

I don’t want you to be no slave
I don’t want to work all day

But I want you to be true

And I just wanna make love to you

¿Qué diablos estaría pensando Obama para llavar a Beyoncé en vez de a Etta a su toma de posesión en el 2009.?¿Por qué esta afrenta innecesaria? Nadie como ella para cantar At Last.

Y en su séptima década, Etta hace esta versión y se va con energía para dar y regalar. Una reina. De esta solo os puedo dejar el enlace de Spotify.

La escuela decimonónica

maestroYa sé que he escrito mucho sobre esto, pero no me cansaré de hacerlo nunca, pues año tras año son muchas las niñas y los niños que sufren en sus carnes las visiones decimonónicas de la educación, el aprendizaje y el desarrollo que tienen muchos y muchas de sus maestras. Que sí, que de acuerdo, no todas, no todos. Pero sí un número suficiente para que lo notemos y para que sea un clamor en muchos foros en los que nos damos cita familias de niñas y niños en edad escolar.

En las reuniones de principio de curso, muchas hemos tenido que soportar a personas con aires de autoridad decirnos lo que tenemos que hacer en NUESTRAS casas. No son sugerencias ni recomendaciones, son imposiciones, como que nuestras hijas e hijos tienen que hacer deberes un mínimo de 2 horas al día fuera del periodo lectivo. Suponen que es necesario y beneficioso para cualquier niño o niña estar 2 horas haciendo deberes repetitivos, copiando enunciados de los libros de texto y resolviendo ejercicios absurdos que no tienen ninguna aplicación en la vida real. Y nos imponen una actividad ajena a nuestra vida familiar.

Enseñan a nuestros hijos e hijas que el conocimiento adquirido se premia con un número que va del 0 al 10. Ignoran así todo principio de evaluación formativa y eluden su propia responsabilidad en los resultados de aprendizaje de sus estudiantes. Sin olvidar que hay muchísimas familias luchando encarnizadamente por que se reconozca la dificultad de aprendizaje de sus hijos e hijas y se aplique una intervención educativa adecuada a estas formas peculiares de aprender.

Es indignante la cantidad de maestras y maestros que ignoran lo que son y cómo se interviene educativamente en una dislexia, un TDHA o una discalculia, por poner algunos de los ejemplos más sangrantes. Y es muy indignante cuando una familia acude al colegio para tratar el tema de las dificultades del niño o la niña y tardan meses o incluso años en obtener una respuesta y una actuación eficaz en las aulas. Lo peor de todo es la cantidad de veces que estos niños tienen que cargar con las etiquetas de vago y gandul antes de ponerse a trabajar en las adaptaciones curriculares pertinentes.escuelaEnseñar no es introducir información en las cabezas y luego asignar un número a cada alumno/a. La colaboración de las familias no consiste en que éstas se conviertan en los esbirros del maestro y estén con el látigo en casa haciendo que los niños refuercen su conocimiento como si fuese un zapato. Y aprender no es asimilar un puñado de temas de los libros de texto al uso y realizar muchos ejercicios para automatizar los procedimientos. No.

El conocimiento es algo vivo, que se usa para conseguir cosas en la vida real, para crear, para ir más allá de lo ya dicho. En la vida real está penado copiar y no se hacen dictados. Por eso, cuando salimos del sistema educativo nos damos cuenta de todo lo que nos hemos perdido y de todo lo que no hemos aprendido.

Por favor, maestras y maestros, dejen de decir sandeces. Dejen de quejarse de que tienen 45 minutos por asignatura y que, como no tienen tiempo de embutir todos los datos en las cabezas de sus alumnos, tienen que mandarles deberes. Dejen de hablar de reforzar, de hábitos de estudio, de resumir, de hacer esquemas, de copiar enunciados y demás tonterías. Eso solo pasa dentro del aula. Lo único que están aprendiendo nuestros hijos en las aulas es a ser buenos alumnos. La escuela se ha fagocitado a sí misma y no encuentra un sitio en la sociedad. Mientras fuera corremos, la escuela se ha quedado congelada en el siglo XIX y o corre mucho o no nos alcanzará en la vida.

Relájense y respiren. Hagan lo papeles que tengan que hacer para la administración, pero cuando lleguen al aula recuerden que lo que tienen allí son seres humanos en proceso de formación con una historia familiar y personal y no unas serie de bidones vacíos para llenar de información. Ese simple gesto mejoraría infinitamente la labor que realizan día a día en las aulas. Puede ser que los niños no lleguen a final de trimestre sabiendo calcular raíces cuadradas, pero hay tantas cosas que nos dejamos por el camino, como enseñar el valor y la utilidad de las matemáticas (más allá de que no nos sisen en la compra), descubrir el carácter matemático de todo lo que nos rodea, hablar sobre los números y por qué existen, que ese objetivo curricular se nos que da corto y desfasado.

La rigidez del XIX tiene que quedar en el olvido. Estamos en el XXI. El mundo ha cambiado a una velocidad vertiginosa en los últimos años. La escuela se ha quedado estancada, y es urgente que salga de su letargo y deje de protestar y victimizarse porque la sociedad reclame un cambio que ya es muy urgente.

El conocimiento no es un zapato

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Por más que el profesorado se empeñe en convencernos de que el conocimiento es un zapato, no me convence esa metáfora. ¿Reforzar el conocimiento? ¿Qué significa eso de “reforzar”? Se refuerza algo que permanece inamovible, que requiere de rigidez para aguantar el uso, el paso del tiempo, los envites de los elementos. Usar la metáfora del refuerzo para hablar del conocimiento es claramente ancestral y alude a esa idea de que la verdad absoluta nos está esperando en algún sitio para que la encontremos. Una vez encontrada, hay que coserla bien a las neuronas, como si fuese la suela de un zapato, para que no se nos vuelva a escapar.

Esa metáfora es la responsable de que los niños y las niñas tengan que seguir haciendo ejercicios repetitivos una vez que salen del colegio. La idea es que la maestra o el maestro les ha dado el germen del conocimiento, que ahora debe afianzarse, coserse con fuerza, sujetarse con hilo y cuero… reforzarse.

Yo me pregunto con preocupación de dónde han sacado tantas y tantos maestros esta metáfora del aprendizaje, porque echando un vistazo a las teorías más clásicas, encuentro andamios, herramientas, incluso semillas que deben ser regadas y abonadas…. pero nunca zapatos.

No voy a decir lo que deberían hacer los profesores, que luego se quejan de que las pobres madres ignorantes y metidas a blogueras opinamos sobre su profesión y descuidamos nuestras labores de limpieza. Sin embargo, yo les animaría a cambiar estas metáforas inmovilistas del conocimiento por otras más flexibles y adecuadas a los estudios sobre aprendizaje y desarrollo infantil.

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