Esa delgada línea…

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Desde que llegué al mundo de la crianza, que fue cuando me quedé embarazada por primera vez, he observado una delgada línea entre la crianza con respeto, el puritanismo y el machismo feminista. Por empezar por algún sitio, empecemos por el feminismo. Siempre he defendido que la maternidad debe ser protegida como uno de los estados de mayor vulnerabilidad. Tienes hijos y la sociedad ignora la necesidad de las crías de ser cuidadas y de la madre de cuidar a sus crías. Hasta ahí estamos de acuerdo. Pero a partir de ahí, toda decisión de la mujer con respecto de las actividades a las que se va a dedicar después de tener un bebé son cuestión suya. No ayudan esas afirmaciones carlogonzalescas de que “La conciliación no existe, hay que decidir entre el trabajo o la familia”. Esas afirmaciones, dirigidas a personas que no forman parte de nuestras vidas, solo cumplen una función: la de extorsionar a las mujeres que hayan decidido seguir con su carrera profesional o que tengan que seguir trabajando sin más y ponerlas bajo el punto de mira como si hubiesen tomado una decisión egoista y desnaturalizada.

Así, secuestrando la voz del feminismo, diciendo a las mujeres lo que deben sentir al ser madres, lo que deben hacer y lo que deben pensar, cumplimos la misma función que en los años 50 cumplieron los discursos machistas que culpaban a las mujeres del descenso de puestos de trabajo y las exhortaban a volver al hogar para mantener a la familia unida. Ahora la bandera es el vínculo sagrado y reprimido entre la madre y la criatura. Ese vínculo que no vemos, que no sentimos porque estamos oprimidas, porque estamos heridas, porque llevamos una coraza de acero.

Al final, nos quedamos en un puesto tan difícil como en el que ocupamos en aquellos años de las tartas humeantes en el alfeizar de la ventana, ahora convertidas en sabrosos cupcakes y maravillosos tratados sobre como mantener el orden en casa. Las madres volvemos a ser esas santas puras que mantienen cada cosa en su sitio, tanto física como socialmente. Y, por supuesto, tenemos el deber de velar por el desarrollo sagrado e intocable de la bondad de nuestros infantes.

Aquí es donde entra en juego el puritanismo. La teoría del vínculo sagrado va acompañada habitualmente de una creencia Roussoniana del desarrollo infantil. Los niños y niñas son almas puras que se desarrollan de manera perfecta si lo hacen en plena libertad. Y nosotras, sus madres, hemos de velar por la imperturbabilidad de esta pureza en desarrollo. Toda intervención en este proceso sacro es inadecuada, incluso los premios y las alabanzas se transforman en manipulaciones inadmisibles y violentos sobornos.

El lugar que antes ocupaba el Rock’nd Roll, esa música del diablo que pervertia a los jóvenes de antaño según las mentes bien pensantes,  es ocupado ahora por el sucio regeton,  que hipersexualiza a las mujeres según la feminista blanca de clase media. Ahora solo se admite la música infantil y, en todo caso, el pop clásico.

Y así andamos, convirtiendo discursos antiguos y actualizándolos para los tiempos que corren.  Discursos que ignoran por completo las diferencias de clase y que nos tratan a todas por igual, ignorando las múltiples circunstancias que nos conforman en la historia de nuestra vida. Triunfa la que, habiendo sorteado miles de obstáculos, consigue criar a sus cachorros cual lobos en manada y se convierte en bloguera o en coach de madres y mujeres. Y la que no lo consigue, pasa sus días lamentándose por la sociedad en la que le ha tocado vivir. Esta sociedad enferma que le impide alcanzar la tierra prometida.

El feminismo no aboga ninguna forma de vida. No tiene nada que ver con la imposición  de un modelo de mujer (la que siente el instinto maternal biológicamente determinado) ni de madre (la que permanece en casa junto a sus crías durante sus primeros años de vida). El feminismo persigue la igualdad y la libertad de elección. También la de las madres que quieren quedarse en casa para criar. Y la de las madres que eligen otras formas de conciliación. Y la de las mujeres que no quieren ser madres.

Child Free, please

Creo que en ningún momento de la sociedad humana y en ninguna cultura se había llegado al punto de exigir espacios de ocio sin niños y niñas y, por añadidura, sin los adultos/as que les acompañan. Pienso en lo que ha podido motivar este fenómeno y, aunque puede ser que la búsqueda de paz y silencio sea un motivo, escucho a mi alrededor y lo que oigo principalmente son voces adultas. No voy a decir que los niños y niñas no den por saco algunas veces con sus discusiones, balones, movimientos incontrolados y demás, pero si no conviven en sociedad no hay manera de educarles. 

Eso fue lo que les debió ocurrir a esos 6 chavalotes de entre 20 y 30 años que se pusieron a nuestro lado en la playa el otro día. Con su balón de reglamento daban patadas sonoras frente al lugar donde estabamos nosotros con nuestros niños, que miraban atónitos el despliegue de gilipollez supina de los colegas. Toda la tarde nos tuvieron vigilando para que no nos dieran un balonazo ni a nosotros ni a nuestros hijos. Y cuando acababan con el puto balón, pasaban a las paletas. 

A todo esto, nos dimos cuenta de que, dos sombrillas más allá había un grupo de chicas bastante monas. Dedujimos que todo ese despliegue machuno se debía a ellas. Ellos intentaban por todos los medios llamar su atención. La familia que estaba a nuestro lado estaba bastante incómoda también por el despliegue de medios de los 6 galanes y acabaron marchándose. Solo les quedábamos nosotros para lograr su objetivo, y sus juegos de pelota se intensificaron. De repente, las chicas, que pasaban de ellos de manera evidente, recogieron sus cosas y se marcharon. ¡¡¡Oh, pobrecitos, cómo se desinflaron!!! Ni balón ni paletas podían consolarles. Criaturas. Al rato recogieron también sus cosas y se marcharon. 

PAZ. Eso sí que era paz. Y es que los adultos no nos damos cuenta de lo molestos que podemos llegar a ser. O sí, pero como a nadie se le va a ocurrir pedir que los sitios sean libres de gente maleducada, pues así andamos, creyendo que la paz nos la da la ausencia de niños y niñas. A mí me gustaría, por pedir, un mundo ausente de forofos del futbol, de domingueros, de gente que hace balconing, de adultos que se toman dos copas y se creen los dueños del universo, de locos del volante que te acosan en la autopista, de rabaneras y de gente escandalosa en general. Pero este es el mundo en el que vivimos es una cuestión complicada encontrar el sitio ideal sin tener que excluir a nadie. En los 80 no dejaban entrar en las discotecas si llevabas calcetines blancos o deportivas. Siempre me llamó la atención ese tema, no sabía si era una leyenda urbana y cuáles eran las motivaciones. Quizás era la forma de que los sitios fueran Friki Free o de marcar las diferencias de clase. Qué asco. 

La última hipótesis que he elaborado es que, más allá de la búsqueda de la paz, lo que quiera alguna gente que buscan sitios Child Free es que no les quiten el sitio en el tobogan ni en las camas elásticas. Es inadmisible que los niños y niñas acaparen toda la atención que le corresponde a una generación de treintañeros y treintañeras que se niegan a abandonar su infancia. Y yo lo entiendo: es duro tener que competir con mis hijos para usar la nintendo y la play o para elegir la película del Netflix. Nos obligan a dejar de ser niños y niñas demasiado pronto y les miramos con recelo, envidiando su capacidad de disfrute y su deshinibición. Quizás deberíamos permitirnos más a menudo actividades de niños y niñas. No hace faltan que desaparezcan las criaturas para existir nosotras, las adultas, en todo nuestro esplendor.

#VDLN 108: La Mala Rodríguez/la niña


Creo que ya le dediqué un VDLN hace tiempo, pero Mala Rodríguez merece más. Merece ser escuchada y comprendida. El otro día íbamos en el coche toda la familia y sonaba su canción La Niña. Es una carga de profundidad. El Rap lo es siempre, y si encima lo canta una mujer como la Mala, la fuerza es arrolladora. 

Me pregunté si era bueno que los niños escuchasen esa canción (los pequeños, se entiende). ¿Debería ocultarles que existen niñas que se ganan la vida vendiendo droga? ¿Que se pueden comprar un montón de caprichos gracias a eso? ¿Que llevan pistola para protegerse, para que no les vuelva a pasar?

Por ser mujer, llevaba pistola, 

ya sabes, pa no sentirse sola 

a nadie le gusta que le jodan 

siempre tu tienes que pensar dos veces 

Quien se come la mierda cuando aparece 

si sales de allí es porque tienes suerte 
pa otra vez tendré mas cuidao, 

mamá, ire con gente 

No creo que sea más educativa la música de Justin Bieber, de Selena Gómez, de las Sweet California o de los Gemelier. La Mala es dura, la mala vive en un mundo peligroso y difícil. Los hombres que rodean a la mala no son tiernos adolescentes que comparten en IG la foto de su angelical novia. No son indies de barba tupida, munstangs y quejidos melódicos. Son tipos duros con tatuajes y chalecos, chicos que rapean con la mala y la increpan, que beben con ella y la piropean. 

Pues esto es lo que hay, música de barrios bajos. Música desde abajo. Sin disfraces, sin melodías tiernas que oculten el cieno. También escuchamos estas porque existen y no queremos que desaparezcan de nuestro punto de mira. Y porque no hablan de la vida de princesas y príncipes del pop. 

La ropa de mis hijos

Agustina Alonso https://flic.kr/p/7AuspH

Cuando fui madre, tuve muy claro cómo no iba a vestir nunca a mis bebés. También tuve claro que la elección de una imagen personal es importante, así que nunca he coartado sus gustos y han elegido su ropa en la medida de lo posible. Cuando nacieron, algunas personas tuvieron el detalle de regalarnos peleles de esos que dejan los muslos al aire con camisas de cuellos bordados. Nunca los estrenamos. No me hacía a la idea de ir con un carrito habitado por dos repollos. Más adelante, mi hija desarrolló el gusto por los vestidos largos, rojos “preciosos” y se iba al colegio con ese vestido de nido de abeja y vuelo imposible. A mi me daba un poco de cosa, pero había pasado unos meses en los U.S.A. y me había gustado ese “dejar hacer” a los niños y niñas en cuestión de vestuario. Así que le dejaba hacer y crearse su propia identidad. 

Yo la verdad es que de moda he sabido siempre de poco a nada. Nunca me he preocupado por las marcas y he priorizado la comodidad sobre eso que llaman “elegancia”. Todo ello unido a que no tengo que ir a eventos de esos en los que la gente se disfraza convenientemente y compite por ver quién es el mejor vestido ha hecho que la camiseta de 3 euros y los vaqueros sea mi vestimenta más común. Por eso, nunca les pediré a mis hijos e hijas más de lo que me exijo a mí misma en ese aspecto. Así las cosas, la verdad es que es una ventaja, ya que me salen bastante baratos. 

Por todo esto, siempre he pasado bastante de puntillas por las imágenes de niños y niñas maqueadas como para ir de fiesta. Me horroriza ver a las niñas en los parques con pantys de esos en los que se hacen carreras y a sus madres gritando detrás de ellas para que no se manchen el vestido. Cuando veo fotos de niños y niñas posando para la cámara, me imagino que eso requiere de una intervención sistemática desde el nacimiento, en el que la ropa ha tomado un lugar relevante desde el minuto 1, empezando con el vestido de bautismo, la capota blanca y la esclava de oro. 

Mis hijas/os van vestidos de la misma forma el lunes y el domingo. Por eso, a mi hija le sorprendió mucho que una de sus amiguitas del cole le dijese, mirando con desprecio su ropa, que ella iría muy mona, pero que su ropa de los domingos era mucho mejor. Me lo contó sorprendida, sin comprender. Un día nos encontramos con la amiguita vestida de domingo: abrigo de paño, vestido de enaguas (perdonad que no sea más precisa, no conozco los términos exactos) y lazo de raso en la cabeza. Cosas que en la vida mi hija hubiese escogido para vestir un día de fiesta. 

Y luego está la querencia del pequeño por los chandal y las deportivas. Para todo. Solo osa llevar otro look en los conciertos y las audiciones de la Escuela de Música. Y es un tremendo sacrificio para él. La verdad es que es la mar de cómodo no ser esclavos de los cinturones, los zapatos castellanos, las camisas y las chaquetitas. Los chandal combinan perfectamente en un toque de mano en el cajón. 

Por todo ello, lo de juzgar a la gente por su aspecto exterior, sin fijarse en su discurso, en su lenguaje, en su filosofía, etc., pues nos parece bastante engañoso. Las personas “bien vestidas” lo único que tienen de diferente es más dinero invertido en las telas que llevan encima. Por debajo, todas y todas somos lo mismo: monos y monas desnudas con las mismas funciones fisiológicas. Lo demás, pura vanidad. 

No va sobre crianza ni sobre respeto


Seguro que alguna vez os habéis cruzado por las redes sociales con gente que se autoproclama defensora de la Crianza con Respeto (CR). Hasta ahí, todo correcto. El respeto es algo precioso y necesario en las relaciones con nuestros hijos e hijas. Y fomentar la atención cuidadosa hacia nuestros comportamientos en la crianza es muy útil, sin duda, en una sociedad en la que el maltrato a la infancia está normalizado. 

Sin embargo, existe un grupúsculo de madres, que se dicen abanderadas de la CR, que siembran el caos y el desencuentro en las redes sociales. Atesoran bloqueos de cuenta, disputas épicas en hilos kilométricos que duran días y días, tanto en sus muros como en grupos de Facebook. Su afán parece ser la defensa a ultranza de los niños y niñas. Sin embargo, todo se tuerce cuando sus intervenciones toman un tinte mesiánico que te conmina a reconocer tus errores, a flagelarte en público como madre que calló en las garras de la sociedad enferma, a penar día tras día por todo lo que el mundo tiene de malo y de adultocéntrico y de podrido. Y mira, lo tiene. Pero hay ocasiones en que el mundo es maravilloso, las personas que te rodean son amorosas y los niños y las niñas son felices. Y vas tú, pobre de ti, y se te ocurre comentar lo maravillosa que es la vida. O decir que no es tan mala, oye tú. Ahí pierdes puntos como criandera con respeto. No te importa una mierda, pero los pierdes y además lees durante días estados del Facebook dedicados a tu disonancia cognitiva, a tu coraza de hierro y a todo el odio que encierras. 

Si reconocéis todo esto, es que habéis estado cerca de uno de estos grupúsculos de Maternidad Punky, como dice una amiga mía. Y si lo estáis, sabréis que tenéis que ir con pies de plomo con lo que os atrevéis a decir en las redes, no vaya a ser que alguna Pussy Riot de la crianza se de por aludida y tergiverse lo que habéis dicho para convertirse en la mártir de la CR, una víctima maltratada por sus ideales excelsos, por la pureza de sus creencias y por todo el amor que va dejando a su paso. Si esto sucede, tendréis que aguantar falta de respeto tras falta de respeto. Porque ellas, las damas blancas (ups perdón, blancas no, mejor… ¿rosas?) de la crianza, son muy respetuosas con los niños y las niñas, pero a los demás seres humanos les pueden dar mucho por culo. Te insultarán, te difamarán, incluso se permitirán mencionar a tus hijos e hijas en un alarde de sinvergonzonería nivel superior. 

Esta es una de las cosas que mejor saben hacer estas señoras: hablar de los hijos e hijas de otras personas. Se creen con el derecho de decir quién lo hace bien y quién lo hace mal. Se erijen en jueces sumarísimas de mujeres que pasaban por ahí y tuvieron la insensatez de comentar de manera natural algo sobre su vida cotidiana o algo que les pasó en la crianza de sus hijos. Cuantas mujeres no habrán caído en esa trampa y habrán salido dañadas de esas disputas sin sentido, que solo buscan herir al adversario para conseguir la auto-afirmación del grupo. 

Ya con mis hijos mayores, la verdad es que me paso por el forro lo que me diga ese grupúsculo. Ahora andan diciendo que no me arrepentí de aplicar el método Estivill. ¿Pero quién coño son ellas para hablar de mi vida? ¿Quiénes son ellas para hablar de la vida de cualquier madre? Independientemente de que el método Estivill me parezca una basura con la que un sinvergüenza se lucró, ¿qué derecho tienen estas señoras a decirle a nadie que se arrepienta humildemente de lo que hizo? Y lo peor es que, aunque yo me lo pase por el forro, estas actitudes de secta mesiánica con su gurusa a la cabeza hacen daño a muchas mujeres que están en momentos muy vulnerables de su crianza. Eso no me da lo mismo. Eso me cabrea mucho: que en nombre del respeto, un grupo de skinheads de la maternidad se permitan ir repartiendo inquina y mala sangre a diestro y siniestro. Eso sí: las malas somos las demás, que tenemos los ojos cerrados a la verdad, nuestra herida primal sangra y no somos capaces de ver la luz que ven ellas, las salvadoras de los niños y las niñas en un mundo de adultos rapaces y crueles. 

No me da la gana callarme

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Hola chicas. Que venía por aquí para deciros que estoy un poco harta de que, cuando se monta un escándalo, me preguntéis “¿Qué has liado ahora?” Sobre todo porque yo no lío nada: a mí me la lían. Y es que estoy más que harta de no poder expresarme en mi propio muro de Facebook y en mi Twitter. Estoy harta de la Santa Inquisición, de las personas que no toleran que pienses diferente a ellas y que si lo haces te acusan de:

– No contribuir a la revolución (como si yo fuese necesaria y estuviese contraviniendo las normas de un grupo armado)

– No haber completado mi camino espiritual (como si me importase una mierda lo que pienses de mi evolución kármica)

– Regodearme en su dolor y su desesperación por una vida plagada de demonios y dificultades (como si no tuviese otra cosa que hacer)

– Ser poco respetuosa con mis hijos y por extensión, con la humanidad entera (como si supiesen algo de mi vida y sus circunstancias)

– Lucrarme con la Crianza Respetuosa (esto es lo más curioso, en la vida me he dedicado a nada parecido y menos de manera lucrativa, cosa que algunas de la Santa Inquisición no pueden decir)

– Ser poco tolerante y no dejar que me lleven la contraria en mi muro (cuando no han dado un solo argumento para apoyar su postura y se limitan a despotricar y buscar apoyo en su grupo)

– Ser una pandillera que acosa a las pobres madres conscientes (cuando yo no me muevo de mi sitio, mis estados son privados y no me apoyo en un grupo que insulta y difama a la gente que no piensa como yo)

Mirad chicas, estoy harta de que el mundo de las mamás 2.0 sea un entorno desquiciado de neuróticas que están todo el día quejándose y peleándose. Y no me da la gana callarme. No me da la santa gana. Harta estoy de tener miedo a expresarme y a decir lo que pienso sin que venga alguien a agredirme. Si tienes algo que decir, lo puedes decir con respeto. Y deberías también respetar que alguien diga lo que le venga en gana en sus espacios privados. Si te sientes atacada y agredida, no tengo inconveniente en que lo hablemos y aclaremos las cosas, no suelo tener intenciones agresivas a no ser que necesite defenderme. Pero voy a decir lo que pienso cuando me venga en gana. Porque las ideas están para ser debatidas y comentadas y a veces puede que no estemos de acuerdo: es ley de vida.

Dejad de sentiros juzgadas y criticadas cada vez que leáis algo que va en contra de vuestras ideas. Y si no os gusta lo que digo, como lo hago en mis espacios privados, podéis salir de ellos cuando os venga en gana. Así contribuiremos a que la gente no vea este mundo de las mamás 2.0 como una panda de energúmenas que se dedican a pelearse de la manera más rastrera y malintencionada. Nos haremos todas un favor.

#VDLN 107: Diferentes (Ellos) #SummerEdition


Todo el mundo se cree diferente. Da igual que estés dando vuelta a los temas más antiguos de la humanidad: para ti es la primera vez. En la Edad Media, los tritonos eran la música del diablo. Bach pobló su Tocata y Fuga en re menor de ellos, y los órganos sonaron en todo su explendor en las iglesias. Y luego llegó el Heavy Metal y los tritonos llegaron al poder, siniestros y amenazantes, diabólicos siempre. Fa-si Mi-sib Re-sol#

Pero más adelante, el demonio dio paso al sexo mas abyecto. Y los tritonos dejaron de tener tanta importancia para dar paso a expresiones más explícitas de lo que debe permanecer siempre oculto. Pecados originales de distintos pelajes que se inmiscuyen en los tonos de canciones Pop de lo más inocente. El rock ya se sabe que es gamberro, pero la inocencia del pop puede esconder mensajes ocultos que no percibimos hasta que nos sentamos una tarde y le pedimos que nos cuente al oído.

Hay gente que se deja llevar por la estridencia y la lujuria de los acordes del rock, pero el tintineo del Pop me embriaga y no deja que me despiste. Yo entiendo que os cueste a los rockeros a veces, porque el Pop tiene una tendencia a lo dulce, a lo cursi, a lo simple que sé que no toleráis fácilmente. Pero el pop también es la insinuación y la mirada de reojo. Es la alegría y la tristeza profundas pasando por la indiferencia. Es un Whatsapp que me conmueve, un estado de Facebook que me perturba, una foto en IG que me fascina.

Ellos es un grupo fácil. Son planetarios y diferentes. No tienen un buen directo, no me hace falta verles en el escenario para saberlo. Pero me encanta esta canción suya. Espero que os guste. Es muy veraniega.

 

 

Si te enfadas, estás perdida


Después de muchos años de ser una persona malhumorada que se enfada siempre que le hacen una putada, se ríen de ella, le ponen la zancadilla o le hacen el vacío, he descubierto que mi enfado da fuerza a los otros. Sí, aunque parezca mentira, si te defiendes y te enfadas, quedas en una posición de desventaja. Tardé mucho en darme cuenta, pero cuando comprobé que la gente se sentía con la libertad de hacerme mil feos y desplantes y que, aún así, la que quedaba de super mala malísima era yo, me di cuenta de que mi enfado me ponía en el punto de mira del público y mis ofensores se convertían, como por arte de magia, en ofendidos. 

Fue entonces cuando entendí lo de los dientes de la Pantoja. En una sociedad cínica, si te están jodiendo, tú tienes que hacer como si fueses la persona más feliz del mundo, porque si te enfadas se ríen de tí y disfrutan de lo lindo. Qué contradicción ¿verdad? Es todo un poco truculento, porque si el enfado, que es la consecuencia natural de un agravio, no cumple su función natural, la venganza por detrás y la puñalada trapera parece que toman un lugar preponderante como respuesta a una ofensa. 

Otra solución puede ser desaparecer de la vida de la gente. Eso puede funcionar si esa gente no es tu familia (queda fatal enfadarte con tu familia y dejar de verles) o si no vives en un pueblo de mala muerte. En ese segundo caso, te encontrarás una y otra vez a esas personas de cuya vida se supone que has desaparecido, y es muy incómodo hacer como si una persona no existiera y que ves a través de ella. En estos casos, cuando te encuentras con esas personas de cuya vida desapareciste, compruebas cómo el perdón es un acto muy difícil en la vida de las personas adultas y a veces es más difícil que te perdonen por haberte enfadado que por haber cometido alta traición, así de contradictoria es la vida. 

Por todo esto, ahora estoy probando nuevos comportamientos alternativos al cabreo. Aunque se me lleven los demonios en privado, quiero aprender a respirar tranquila, a sonreir al/a la que me está dando por saco y a ser esa persona conciliadora con la que nadie puede. De esa forma, de momento he conseguido quitarme de encima tareas laborales que me llevaban mucho tiempo y por las que no obtenía ningún reconocimiento. También he conseguido rebajar el número de haters a niveles mínimos en las redes sociales, aunque eso, he de reconocer, es bastante aburrido. Ahora quiero conseguir tener un verano tranquilo. Es un reto que tengo por delante y me lo pongo como tarea de aprendizaje. No sé si lo conseguiré, pero he comprobado que hay personas que logran desaparecer y hacerse invisibles en los momentos cumbre y eso las hace ser seres súper buenos y poco conflictivos que todo el mundo adora. ¿Que no dices ni haces nada? Todo el mundo te adora. ¿Que a todo dices que sí, aunque luego hagas lo que te de la gana? Todo  el mundo te adora. ¿Que pones cara de compungida cuando hay un conflicto y no intervienes en ningún momento? Todo el mundo te adora. 

Ya estoy bostezando de pensar lo aburrida que va a ser mi vida a partir de ahora. Tendré que llevar un diario secreto con mis cabreos cotidianos. O convertirme de verdad en una persona adorable. Noto que desaparezco entre tanto buenrrollismo. Me desvanezco entre azúcares y almíbares. Me abriré un nuevo blog que se llame Sweetie Mother y os aburriré con largos post sobre las sonrisas y el optimismo. Y en los #VDLN solo pondré canciones de los 40 o de cantautores antiguos para que la gente no diga que voy de lista. Hasta nunca mundo cruel. 

Las verdaderas maestras tienen algo que enseñar: Encuentro Orquestal Sinfónico (EOS)


(Nota: en esta entrada uso el femenino genérico porque me da la gana)

Este verano, nuestras niñas fueron a un campamento organizado por el Grupo Concertante Talía, dirigido por Silvia Sanz Torre. El campamento dura 12 días, y las niñas se levantan a las 8:30, asisten a clases de disciplinas variadas (instrumento, teatro, vídeo, música pop, etcétera) y por la tarde ensayan en la orquesta un repertorio con el que luego nos deleitarán a familias y lugareños de Alba de Tormes. Es un ritmo de trabajo verdaderamente intenso. Las niñas, de 9 a 18 años, van con su respectivo instrumento, dispuestos a darlo todo, a aprender y a poner toda su alma para que su música se una a la de los casi 100 que componen la orquesta. 

Parece mentira que, después de todo un curso académico de clases de mates, lengua, naturales, sociales  y demás, les queden fuerzas para volver a embarcarse en una rutina de trabajo. ¿Dónde está la diferencia? ¿Por qué las niñas terminaron el curso echando pestes del colegio y, sin embargo, lloraban desconsoladamente cuando terminó el campamento? ¿Qué tenían esas profesoras que todas se querían hacer fotos con ellas y besarlas antes de irse?

Sospecho que cuando enseñas algo que amas con todo tu corazón, transmites ese amor a esas estudiantes. Les trasmites tu admiración, el esfuerzo que has hecho para conseguir dominar un instrumento, la pasión que sientes cuando interpretas, cuando diriges, cuando la orquesta suena como tú imaginas. En este encuentro, se pone de manifiesto una vez más que las comunidades de aprendizaje tienen que construirse de manera natural: yo tengo algo que enseñarte, tú tienes algo que aprender. Y ese algo lo aprendes haciendo y observando a las maestras y a tus compañeras con más experiencia. Se aprende música haciendo música. Y se aprende de la gente que se dedica a hacer música. 

Por el contrario, la escuela no es una comunidad de aprendizaje, sino una fábrica de merchandising del conocimiento. Nada es real ahí. Todo viene empaquetado en cápsulas de papel. Nada de lo que ahí se hace o dice sirve más allá del sistema educativo. Es lógico: en EOS, lo que se hace solo sirve para tocar en una orquesta. 

La escuela está fuera de lugar, ese es su problema. Sin duda, aprender a leer y escribir y “las cuatro reglas”, como se decía antiguamente, es útil. Pero la desvinculación que de la vida cotidiana tienen estas actividades es el lastre que lleva a la escuela a ser un espacio plagado de rutinas que se auto-alimentan. Las maestras de escuela se quejan de que sus estudiantes no tienen entusiasmo por el saber y de que solo se interesan por Pokémon Go. Pero me pregunto por qué esas niñas se deberían entusiasmar. ¿Por ese saber sin alma que emana de los libros de texto? Para eso tienen las lecturas libres que hacen en casa, las actividades extraescolares que, de vez en cuando, se convierten en vocación y los campamentos monográficos, en los que encuentran verdaderas maestras dedicadas a enseñar con pasión lo que saben hacer. 

En septiembre las niñas volverán al colegio. Esperarán meses y meses a que llegue otra vez ese momento de aprendizaje verdadero, que significa sumergirse en una comunidad que hace cosas, que crea cosas, que recrea y que construye. Hasta entonces, maestras de colegio ¿podéis hacerles más fácil la espera?