Las mujeres envejecemos peor

http://www.fucsia.co/moda/famosos/articulo/mujeres-iconos-de-moda-mayores-de-60-anos/64948

Uno de los primeros pasos para cambiar algo es hacerse consciente de ello. Y una cosa que está empezando a hacerse evidente es que a las mujeres, a partir de los 50, no se las toma en serio. No es que antes de los 50 sea una maravilla y nos tengan en un pedestal, no. Es que, en el ideario común, la mujer a partir de 50 adquiere un estatus de ignorante, inocente y gracioso ser que hace muy buenas croquetas pero que no entiende nada de lo que dicen los jóvenes y los hombres.

Ya sé que los lugares comunes, si no se viven y experimentan, no se comprenden. Pero imaginad. Una mujer, 50 años, baila en una discoteca. Una mujer, 50 años, va a la quedada de Pokemon Go en la Puerta del Sol de Madrid. Una mujer, desconocida, 50 años, da una opinión política en una tertulia. ¿Qué os ha pasado por la cabeza? Seguramente lo mismo que cuando veis a Iris Apfel (que ya pasó la cincuentena) vistiendo esos llamativos ropajes y collares. No es común ¿verdad? Lo típico de una mujer de 50 es estar recluida en su hogar vistiendo una bata de flores y solo saldrá del brazo de su marido con la media melenita teñida con mechas y las lorzas embutidas en un vestido por debajo de la rodilla.

Pero vamos llegando a la cincuentena, e igual que en su momento me negué a adoptar el papel de madre reciente, que deja atrás los pearcing y los tatuajes para cambiarlos por la coleta y las chanclas, me niego ahora a que se me encasille y se me mire por encima del hombro por estar llegando a un sitio al que todos y todas vamos a llegar. No es solo ya la típica actitud de los adolescentes que creen que sus madres no saben nada. Eso es comprensible y puedo vadear con ello. Es además la actitud de tus compañeros de trabajo más jóvenes, que se creen con una sabiduría infinita que tú nunca rozaste, la forma en que la gente que no te conoce te sitúa en las conversaciones, el modo en que empiezas a escuchar la palabra señora de los hombres expertos en chapuzas varias en el hogar y en el automóvil, etc.

Yo entiendo que cuando no se pasa por un etiquetado colectivo tácito e inconsciente, no se comprende cómo se vive esta situación. Pero es muy desagradable que los demás quieran que seas de una manera que te es absolutamente ajena. Se empeñan en hacernos envejecer según la idea que tienen en su mente de lo que debe ser eso. Pero lo siento, no creo que cumpla con vuestras expectativas. Nunca he sabido dónde venden esa ropa de señora, esas batas de flores y esas zapatillas imposibles. Nunca me he puesto ni faja ni combinación, no me pienso poner mechas y no pienso dejar de leer y opinar sobre política. Y lo que es peor: nunca he sabido hacer croquetas.

Para que os hagáis una idea de cómo nos sentimos las mujeres cuando llegamos a los 50, os dejo aquí un vídeo que me ha pasado una amiga mía, muy lúcida en el terreno del impacto visual y narrativo. Somos las viejas brujas locas a las que nadie tiene en cuenta, peligrosas y apestosas. Nuestra experiencia profesional, nuestras competencias, nuestras virtudes se han corrompido al llegar a los 50. Dejad paso a las jóvenes promesas y atended los consejos de los viejos expertos. Donde esté un Merlín y un hada joven y buena, que se quite Madam Mim.

#VDLN 105 : Seré mecánico por ti/ Kiko Venemo

 

Kiko Veneno

Hoy me voy a saltar la #SummerEdition de cosas horteras para contaros una experiencia que es muy habitual en estas fechas del verano: tenemos que llevar el coche a revisar, porque se acercan las vacaciones y no queremos llevarnos sorpresas en la carretera. Yo procrastino ese momento al máximo, porque sé que de una forma u otra voy a terminar muy cabreada.

¿No os pasa a vosotras que los señores mecánicos os miran con sonrisita condescendiente? Tú les explicas lo que le pasa al coche y dicen constantemente “Sí, ya, bueno, vamos a ver“. Pero bueno ¿cómo que vamos a ver? Mire señor, puede decirme lo que sea. Las mujeres ya votamos, trabajamos…. Y HASTA CONDUCIMOS, JODER. ¿Creéis que los hombres nacéis sabiendo el funcionamiento de la maquinaria de un coche? ¿Creéis que nosotras nunca llegaríamos a comprenderlo? Si viviésemos a mediados del siglo XX comprendería la actitud de los mecánicos. Pero ahora me parecen tan demodé que me pregunto cómo será su vida. Cuando necesiten un médico, un abogado, un arquitecto o un informático y aparezca una mujer para hacer el trabajo ¿saldrán corriendo? Porque cualquiera de esas profesiones son más complejas que arreglar la maquinaria de un coche.

En fin, que me toca el coño bastante todo esto. Que me tomen por tonta, que se rían de mí, que no me den explicaciones o que miren a mi pareja en vez de a mí cuando dan explicaciones sobre la reparación de MÍ coche. De verdad, ¿vosotros os habéis puesto en nuestro lugar cuando nos hacen estas cosas? ¿Creéis que exageramos, que somos unas histéricas, que realmente no tenemos ni idea de como funciona un coche? ¿Seguiríais siendo clientes de alguien que os trata así?

Es indignante. De verdad. Pero escuchando esta canción de Kiko Veneno he logrado entender algo mejor los entresijos de esta conducta incomprensible. Ser mecánico debe ser algo muy relacionado con lo masculino. Nosotras somos como un coche o una moto. Servimos para montar sobre nosotras y correr(se) a toda velocidad. Tenemos una maquinaria que requiere apretar un conjunto de tuercas para ser ajustada. Si es que nos metemos en berenjenales que no son para nosotras.

Bueno chicas, me voy a tomar el fresco un rato. Ya le he pedido a mi media naranja que sea mecánico por mí para no tener que aguantar tantas gilipolleces, pero me ha dicho que lo que va a hacer a partir de ahora es llevar él el coche al taller, que nos vamos a ahorrar muchos disgustos y que yo voy a estar mucho más contenta. Me gustaría un cambio más radical de la sociedad, pero de momento es lo máximo que puedo conseguir sin tener que arrancarle la cabeza a nadie.



La herida primal es una metáfora


Una herida es una lesión que se produce en el cuerpo debido a golpes o desgarros en la piel. Una herida es lo que veis en la foto. Una herida se cura con agua oxigenada, si es muy profunda se cose y normalmente deja una cicatriz visible de por vida. Eso es una herida en términos médicos. Se sabe cuándo se ha producido, causa dolor y daño y deja un rastro físico. Cuando tenemos una intentamos sanarla. Puede infectarse o curar con el tiempo. La podemos dejar al aire o taparla con apósitos. Duele, pero si no te tienen que cortar el miembro, la herida sana y deja un rastro blanquecino que nos recuerda el momento del accidente. No te hurges la herida, no te arranques la costra, si pica es que está curando o hay que dejarla sangrar son expresiones comunes que oímos sobre nuestras heridas. 

Y ahora vamos con lo de la herida primal. Me imagino que ya sabréis que es Freud el que habla por primera vez de la teoría primal, planteando que las experiencias de la infancia son decisivas para la constitución de la personalidad en la vida adulta y el origen de las neurosis. En particular, las experiencias traumáticas tienen, de acuerdo con esta teoría, un poder decisivo para la constitución de nuestras vidas. A partir de aquí, se cataloga como trauma cualquier evento que frustre la obtención de placer por parte de la criatura, siendo el impulso hacia el placer el motor que mueve al niño y a la niña hacia el desarrollo natural y pleno. 

Aquí ya vemos el primer viso de la metáfora. Un trauma, en términos médicos, es un golpe que causa una herida o un daño en el cuerpo físico. A partir del planteamiento de la teoría psicoanalítica, este término se asimila al ámbito psicológico y se define como trauma cualquier hecho que daña el sistema psíquico del individuo y deja una huella duradera que deja ver sus efectos a lo largo de la vida. 

En su libro Metáforas de la Vida Cotidiana, Lakoff y Johnson nos dice que “la esencia de la metáfora es entender y experimentar un tipo de cosa en términos de otra“. Plantean que nuestro entramado conceptual es metafórico y que las metáforas que organizan nuestro conocimiento tienen un efecto decisivo en nuestra forma de actuar. Ponen ejemplos tan ilustrativos como entender la discusión como una guerra o el tiempo como dinero. Estas son potentes metáforas de la cultura occidental que marcan nuestras interacciones y nuestras formas de actuar. La discusión podría ser conceptualizada con otro tipo de metáfora (la danza, la orquesta, el trabajo en equipo, etcétera) pero al entenderla como un campo de batalla, los contendientes tienen el objetivo de ganar la discusión, batir al adversario, atacar los puntos débiles de los argumentos, etcétera. Es difícil hacer de la discusión un acto constructivo y cooperativo en estos términos. 

Partiendo de este planteamiento, usar la metáfora de la herida para aludir a las experiencias tempranas y sus efectos en nosotras tiene consecuencias contundentes en nuestras formas cotidianas de actuar, hablar, pensar y argumentar sobre este tema. Una de las cosas que más les molesta a las personas que usan la metáfora de la herida cuando les dices que están usando una metáfora es la posibilidad de que estés sugiriendo la inexistencia de la herida primal. Eso es algo que, desde luego, es imposible hacer con las heridas en la piel: son claramente visibles tanto ellas como sus huellas. Pero las heridas como metáforas de los efectos emocionales que producen los sucesos tempranos no se ven, lo cual pone en riesgo su estatus de realidad. De hecho, la metaforización de estos efectos y su corporización como herida física cumplen la función de ofrecer estatus de realidad a este constructo teórico. 

En este sentido, la herida se tiene que corporeizar. Las investigaciones que hablan de sustancias segregadas, pérdidas neuronales, formación de conexiones sinápticas y demás hechos “duros” se ponen a la cabeza como sustanciación de la herida. Cuanto más grande es el golpe, más grande es la herida y más difícil es sanarla. Las huellas, las cicatrices, la sangre que mana de la herida abierta se manifiestan en nuestra incapacidad para llevar una vida normal en nuestra vida adulta. La neurosis se convierte en la herida que hay que sanar. Tienes que sanar tu herida y el primer paso que tienes que dar para hacerlo es reconocer su existencia. El recuerdo  del trauma y su integración en el flujo de conciencia se convierten en el objetivo vital de los planteamientos terapeúticos que mantienen esta metáfora viva. No hay mercromina para la segregación de cortisol.

Los traumas pueden ser pequeños eventos o sucesos arrasadores. Cada cortapisa a la consecución del placer es un trauma. Desde el llanto desatendido en la cuna hasta la la violación más abominable. De esta forma, quedan catalogadas en el mismo estante y son tratadas desde la misma perspectiva moral: golpes que producen heridas que necesitarán sanar para poder llevar una vida normal. De este modo, solo se catalogan como heridas aquellos daños ocasionados en nuestro aparato emocional desde el nacimiento hasta los 12 años aproximadamente (según las teorías psicoanalíticas). A partir de los 12 años, los golpes que nos da la vida no tienen el carácter de trauma, y las heridas son superficiales y consecuencia, quizás, de aquellas heridas antiguas que no hemos sanado. En este orden de cosas, los perpetradores de las heridas son las personas que han tenido contacto con el niño o la niñas y que estaban a cargo de sus cuidados. Y son ellos los responsables no solo de los traumas infantiles, sino de las consecuencias de estos traumas en la vida adulta. Alguien que fue tratado con desamor, tratará con desamor. Alguien que fue golpeado, golpeará. Alguien que fue violado, violará. Y la culpa no la tendrá él o ella, sino sus ancestros. Aunque sí tendrá la responsabilidad de hacerse consciente de la herida y sanarla, rompiendo así el ciclo. Creo que os sonará esta argumentación. La podéis encontrar en los últimos escritos de la Gutman y la polémica por su visión de los pederastas como víctimas. 

La metáfora es un potente instrumento simbólico que estructura nuestro sistema conceptual y determina nuestras formas de actuar. Por ello, es muy importante ser consciente de las metáforas que usamos en nuestra vida cotidiana. La metáfora de la herida primal nos hace ver al ser humano como un organismo frágil que lleva siglos de historia sufriendo por el pecado original de sus padres primigenios. Nos despoja de la responsabilidad de nuestra propia vida, pone como meta un paraíso que nunca llegaremos  a alcanzar y nos inunda de la tristeza de lo que pudo ser y no fue. Ademas, desecha nuestra capacidad de supervivencia en entornos hostiles, la vida como una trama narrativa de aprendizaje continuo, el sufrimiento de las clases oprimidas por las injusticias estructurales y otras formas de contar nuestra historia y metaforizar nuestras vidas. 

No quiero acabar sin mencionar el arma arrojadiza que emplean los creyentes y usuarios de la metáfora de la herida primal. Si tus palabras les sugieren una mínima alusión a la inexistencia de la herida, te conviertes en una persona inconsciente de sus propios traumas por la directa. Insensible, dañada y dañadora, generadora de heridas por doquier y alguien que se lo tiene que hacer mirar. Así funcionan las metáforas de la vida cotidiana: perméan nuestros conceptos y se convierten en ellos, creando un mecanismo de protección ante cualquier intruso o intrusa que ose intentar desbaratar el entramado. Y nos pasa a todas sin excepción: nadie está libre de metáforas. Yo tampoco. 

Ni periscope ni hostias


Hace unos días se hacía viral un vídeo grabado y transmitido en streaming de una madre gritándole a su hija algo sobre un tal Periscope y de un tío con la polla al aire. La madre no sabía lo que estaba pasando. Si hubiese sido consciente de que miles de personas estaban siguiendo su bronca en directo seguro que se hubiese maqueado, hubiese puesto su mejor sonrisa y habría intentado inculcar el buen hacer en las redes sociales y los supuestos peligros del Periscope. 

Para quienes no no sepan (yo no tenía ni idea, porque dejé de usar twitter hace unos años gracias a dios o al infierno), Periscope es un sistema que permite emitir vídeos en directo a través de twitter, de modo que otros usuarios pueden verlo e ir reaccionando al vídeo con comentarios. Funciona igual que los vídeos en directo del Facebook, pero en lugar de ver un montón de corazones, manos y caritas volando, salen los comentarios de los espectadores. 

Pues bien, dos adolescentes están en la habitación de una de ellas con un móvil, retransmitiendo un vídeo en directo. Sus colegas o seguidores les van dejando comentarios hasta que, de repente, la madre de una de ellas entra en la habitación gritando “NI PERISCOPE NI HOSTIAS, UN TÍO CON LA POLLA AL AIRE…”, les quita el móvil y sigue gritando mientras todo, absolutamente todo, se publica en streaming y los seguidores de las niñas, estupefactos, van dejándole mensajes a la madre a través de twitter. 

Todo muy raro ¿verdad? . En primer lugar ¿dónde está el tío con la polla al aire? Una versión que circula es que la madre entra en twitter con su propia cuenta y pilla el streaming de alguien exhibiendo sus genitales. En ese momento imagina, piensa, cree, que su hija y la amiga, por alguna razón, están viendo lo mismo que ella y entra en bucle. En este punto es conveniente que nos detengamos y pensemos un poco. Si un señor enseña la polla a nuestra hija ¿es adecuado echarle la bronca a la niña? ¿Está la niña haciendo algo malo? ¿Qué hay de malo en quedarse mirando algo que no se suele ver… al aire? En ese momento, han surgido todos los miedos ancestrales hacia el falo. Si nos paramos a pensar un poquito, quizás la madre podría haber tomado ese momento como una oportunidad pedagógica y explicarles a su hija algo sobre exhibicionismo y comportamientos sexuales. Pero claro… las niñas no estaban mirando ninguna polla, de modo que se hubiesen quedado a cuadros si su madre entra y empieza a hablarles del asunto. 

Es evidente que la madre no domina la tecnología. Y todo lo que no se domina es temible. Yo aconsejo a toda madre que tenga miedo de que sus hijas e hijos se pierdan por culpa de las redes sociales, que se esfuercen un poco en conocer el terreno en el que se mueven. Esta madre no tenía una comprensión adecuada del funcionamiento de Periscope. Igual que la avestruz esconde su cabeza en la arena y se cree invisible, ella creía que todo lo que veía ella lo estaba viendo su hija. Y claro, existe por supuesto la posibilidad de que la hija encuentre el streaming del tipo con la polla al aire, pero ella estaba a sus cosas de adolescente y no buscando cosas turbias y morbosas, como puede que hagamos las madres para confirmar nuestras sospechas de que las redes sociales son el mal. 

En resumen, más formación digital, más confianza en nuestras hijas e hijos y más preocupación por formarles en valores en vez de arrancarles el móvil de las manos. A la larga será mucho más útil para ellos si saben discernir tipos de contenidos en las redes, intenciones de los usuarios y gestión de los tiempos que se pasan en internet. 

Perros, gatos y bebés


El otro día comentaba una amiga de Facebook el malestar que le producía que la gente comparase tener perros o gatos con tener bebés. Creo que es una situación que hemos vivido prácticamente todas las personas que hemos tenido bebés. Cuando comentas lo ocupada que estás con la crianza y lo cansada que estás con las noches sin dormir, no falta el comentario de esa amiga que dice que ella también tiene a su bebé, mientras mira tiernamente al peludo atado a la pata de la mesa. 

En fin, miras a la chica en cuestión con ojos desorbitados e intentas explicarle que no, que ella no tiene un bebé. Pero no lo comprende. Igual que no lo comprendíamos nosotras cuando no teníamos bebés y pensábamos que vaya histéricas las madres, que cuando nosotras tuviésemos hijos todo iba a ser plácido y sereno, que alimentaríamos sin aspavientos compartiendo los quehaceres con nuestra pareja, que hablaríamos pausadamente a nuestros hijos para que se durmiesen a la hora establecida en su cuna. 

En primer lugar, a un gato o perro no lo pares. Y con esto no quiero señalar la importancia de que sea tuyo, no. Quiero señalar el dolor, las horas de trabajo de parto, las humillaciones y violencias sufridas en los partos hospitalarios, los 9 meses de espera viendo cómo tu cuerpo crece y tus piernas se hinchan. Todo aderezado con un montón de gente intentando controlarte y dando opiniones sobre tu vida, tu pareja y tu futuro hijo/a. Con un perro o un gato, vas, lo coges, algunas veces pagas (yo nunca pagué por un perro o un gato) y te vas a casa. Tu cuerpo no cambia ni sufre, y los comentarios que te pueda hacer la gente no implican un cambio de identidad como madre gatuna de por vida. Y sí, pobres, algunas veces el pequeño perro llora durante toda la noche y le tienes que dar un biberoncito. Pero por favor, no comparemos esto con las noches de alimentación nocturna de un bebé humano durante lo que se puede convertir en años si optas por la lactancia materna. 

En segundo lugar, nunca he oído hablar del problema de la conciliación de la vida laboral y familiar cuando tienes perros y gatos. Vamos, que igual puedes tener algún que otro problema si el perro se te pone malo o si cada vez que te vas ladra y pone en jaque a todos los vecinos. Pero no es comparable a la situación que pasa una familia cuando, a las 16 semanas del nacimiento, la madre se tiene que reincorporar al trabajo. Un niño o niña humana necesita atención las 24 horas del día durante muchos años. No se puede quedar sola en casa mientras nosotras/os nos vamos a trabajar. No, no os llevéis a engaño (no sé por qué tengo que explicar todo esto). 

Tener un bebé no es, ni de lejos, como tener un perro o un gato. Y tener un niño o niña tampoco: la educación que tenemos que brindarle a un ser humano va más allá de coge la pelota, levanta la patita, no estés merodeando por la mesa y dando lametazos a los comensales cuando estamos comiendo o espérate a salir a la calle para mear.  La educación de un niño es bastante más compleja y dura mas de una década. Y que sí, que igual que los dueños y dueñas de los perros insisten en que no todos los perros están mal educados, ni que decir tiene que tampoco todos los niños y niñas lo están. Aunque, una vez más, las comparaciones son odiosas. Los niños y niñas no pueden compararse, y lo siento mucho, con las mascotas. Que un niño moleste en un espacio público no  se puede tratar de la misma forma que un perro que moleste en el mismo espacio. Ya sé que hay mucha gente que no estará de acuerdo, pero hoy por hoy a un niño no se le puede echar de ciertos sitios por jugar, llorar o gritar, y a un perro sí. 

Tener mascotas es maravilloso. Yo he tenido perros y gatos, y la relación que se establece es profunda y bonita. Pero no es comparable, tanto en inversión material como emocional, con tener un bebé. En serio. Y si lo seguís dudando, haced la prueba. Si queréis, claro. 

#VDLN 104 #Summeredition: Cruz de Navajas (Mecano)


Lo siento, pero esta #Summeredition está dedicada a mis placeres horteras. Y Mecano lo es. Ha envejecido fatal, la verdad. Pero los ripios del trío causaban furor hace años. Y pensar que Cruz de Navajas era una de mis favoritas me causa un poco de rubor, porque mira que es casposa y rancia la canción. Una mujer que se queda sola en casa mientras su marido trabaja por la noche. Le espera con ansia por las mañanas, pero el llega cansado. Y ella va y moja las ganas en el café, magdalenas del sexo convexo, que a saber lo que es eso. El caso es que, al final, la mujer se lía con otro y entre los dos matan al marido de madrugada. 

A ver, yo siempre me he preguntado por qué matan al pobre hombre. ¿No podría decirle “mira Mario, he conocido a otro, te dejo“? Además, sin hijos ni nada, digamos que María era relativamente libre de romper su compromiso. Digo yo que, aunque tuviesen una hipoteca conjunta y estuviesen muy entrampados, no hace falta matar al pobre Mario. Pero zasca, le tienen que esperar en una esquina y asestarle unas cuantas navajadas. Qué kinkis y qué macarras. 

Pero en fin, esta canción sonó hasta la extenuación en todas las radios y la cantábamos con frenesí. De verdad, qué grimilla me da ahora. Pero en fin, aquí está. Agradeced que no os haya puesto Hijo de la Luna. 

La filosofía de las madres

Intento recordar mi infancia y a las que entonces eran madres hablando de su maternidad como lo hacemos nosotras en el Facebook y no encuentro parangón en mi memoria. Por más que busco sólo recibo las ondas de tardes de café con las vecinas contando muchos chismes, pero nunca éramos nosotrxs (o al menos muy pocas veces) lxs protagonistas de estas conversaciones. Sin embargo, entro en las redes y ahí están las madres, venga darle vueltas a un hecho aislado protagonizado por un niño, una situación en el parque, en el colegio, en una tienda, en la piscina o en el autobús. Y el nivel de profundización en este hecho me hace recordar cuando estudiaba el Discurso del Método de Descartes. Parece que estemos desgranando la existencia de Dios a veces.

Esto demuestra varias cosas: la maternidad ha llegado por fin al ámbito de la filosofía. Algo que antes era ignorado en los discursos más enrevesados de los filósofos masculinos está tomando relevancia como objeto de reflexión profunda. Y no lo digo de coña. ¿Es más elevado e importante hablar de la existencia de Dios que de la crianza en el hogar? Teniendo en cuenta que lo segundo es algo que ha sido y sigue siendo considerado como cosa de mujeres, es comprensible que haya sido ignorado por los señores pensadores de antaño.

Pero siempre que a una mujer le ha dado por pensar públicamente (en privado lo hacemos todas, aunque algunos tengan serias dudas al respecto), ha hablado de la maternidad. Y no me hagáis enumerar nombres. Podría mencionar a Simone de Beauvoire, Margaret Mead, Celia Amorós, Victoria Sau e incluso nuestra querida Amelia Varcárcel. Pero me interesan mucho más nuestras reflexiones: mujeres anónimas que abordamos el tema de la maternidad desde las tripas, el corazón y la garganta, y nos lanzamos a nuestros teclados a mostrar nuestros dolores, nuestras dudas, nuestra culpa, nuestro amor, nuestra soledad.

Muchas veces no estamos de acuerdo y defendemos con uñas y dientes nuestras posturas. Va nuestra identidad en ello, y quién sabe si algo más. Seguramente, cuando dejamos el teclado y nos encontramos de nuevo con nuestros hijos e hijas lo hagamos con una pizca más de sabiduría, o con unas cuantas dudas azotando nuestros pensamientos. Pero ningún debate es en vano. Cada debate lleva un poco de nuestras vidas y de nuestros desvelos. Quizás por eso, la contraparte de estos salones de café virtuales sea la creación de facciones enfrentadas que se baten en duelo en los grupos. Las de la Herida Primal vs. las de la Pedagogía Blanca. O las Malas Madres vs. las Madres Reales. O las blogueras comerciales vs. las blogueras independientes.

No creo que estas disputas sean muy diferentes a las que tienen los académicos y académicas en sus reuniones científicas. Una disputa siempre está investida de ego. Hay una parte de nosotras mismas que está en riesgo. Negar la herida primal y los efectos nocivos de la represión del alma infantil puede ser tan amenazante como negar la existencia de Dios. Sostener que la conciliación pasa por los permisos iguales e intransferibles tan drástico como decir que el lenguaje da forma a la realidad. Y cada cuál tiene sus argumentos bien aprendidos y ensayados. Alcanza la gloria la que construye el argumento más novedoso y contundente.

Bueno, y ahora os dejo que voy a ver cómo sigue la última discusión. Promete mucho. Creo que resolveremos, de una vez por todas, la cuadratura del círculo.

 

Médicos despiadados


Recuerdo como en un sueño el día en el que, tumbada en la camilla, el ginecólogo pasaba el ecógrafo por mi barriga y dijo “esto está muerto”. Un escalofrío recorrió mi cuerpo. Había ido sola, porque no esperaba ni de lejos ese desenlace. Con la misma me despidió y me quedé en la puerta del hospital, llorando y temblando. Menos mal que existen los teléfonos móviles. Son el mejor invento en muchos siglos. 

El reduccionismo biológico hace mucho mal a nuestro bienestar psicológico. Que los médicos se crean que con cumplir con los protocolos establecidos han cumplido con su trabajo y que piensen en sus pacientes como cachos de carne con ojos son los grandes males de la sanidad de nuestra época. Engreídos y con aires de superioridad, los médicos contemporáneos se creen con una superioridad moral que hace mucho daño a las relaciónes sociales que tienen lugar en los espacios sanitarios. Y que sea cuestión de suerte dar con un médico empático y con sabiduría integral dice mucho de la formación de estos profesionales. 

También recuerdo el día de mi primer parto. Una residente de ginecología me cose una episiotomía innecesaria sin anestesia y me regaña porque me quejo. Jovencita y sobradamente preparada, hace mal su trabajo y una hora después tengo una hemorragia que hace que me tengan que someter a un proceso doloroso y traumático. Al día siguiente, viene a explorarme y le digo que no me va a poner un dedo encima. “Mira guapa, llevo toda la noche sin dormir y no estoy para tonterías” me dice. “Mira bonita, si no has dormido en toda la noche, con más razón no me vas a tocar”. Sus compañeras la miran y le dicen que me deje, que estoy muy deprimida. No saben lo que es el síndrome de estrés postraumático. 

Muchas veces, estos semidioses se creen que con tener el título ya han cumplido con su trabajo y pueden atender a la gente como en un matadero o una cadena de montaje. Pero su modelo hace aguas por todos sitios. Aunque se empeñen en que es malo que las personas que no tenemos el don de un título en medicina consultemos internet para informarnos, lo hacemos. Hay pacientes, además, que saben dónde buscar y que tienen la competencia de entender una revisión sistemática o un ensayo clínico. Y entonces nos podemos llevar grandes sorpresas. 

Otro recuerdo que me viene a la memoria fue el día en que mi hijo fue diagnosticado de una esofagitis eosinófila. El especialista en digestivo, un médico serio que nos informaba detenidamente de todos los pormenores, dando por supuesto que teníamos cerebro, nos contó que esta enfermedad estaba relacionada con las alergias y las intolerancias. Cuando acudimos a la pediatra, le comenté este aspecto y muy ofendida me dijo que no, que de eso nada. Que qué sabría yo. Ella tenía un caso que estaba llevando y las alergias no tenían nada que ver con eso. A los dos días recibí un correo electrónico disculpándose porque había estado mirando en internet y, efectivamente, la esofagitis eosinófila tenía relación con las alergias. En fin. Pobre niño al que estaba tratando. 

Nos llevamos las manos a la cabeza por los (malos) hábitos de salud de la población española. La automedicación y la heteromedicación están a la orden del día. Personas pasándose pastillas para diversas dolencias cual yonkis desesperados. Para la tensión, para la ansiedad, para el dolor, para la fatiga… para lo que sea. Yo te paso una y tú me pasas tres. Y los médicos expiden recetas sin dar ninguna explicación. Haz lo que te digo y te curarás. No te explican ni efectos secundarios, ni cómo funciona el fármaco que te han recetado, ni hacen, en muchas ocasiones, las pruebas necesarias para saber si ese antibiótico es la indicación adecuada. Y te sorprendes cuando cambias de médico y se lleva las manos a la cabeza por lo que estaba haciendo su compañero. ¿¿¿Pero esto no era una ciencia??? Ah, ya, que el razonamiento clínico es importante y no todo es A+B=C. 

En los últimos tiempos, es sorprendente la facilidad con la que los médicos de familia recetan psicotrópicos. ¿Que estás nerviosa? Toma ansiolítico. ¿Que estás deprimida? Toma antidepresivo, luego nos ocuparemos de esos efectos secundarios que hablan de un aumento del índice de suicicios de ciertas sustancias. ¿Que no duermes bien? Toma estas pastillitas que te van a ir de lujo. Y así tienen a la población, dopada, empastillada y sin recursos para afrontar la más mínima alteración en su equilibrio vital. 

Con este panorama, se hace necesaria una buena educación para la salud. Nuestro cuerpo y nuestra mente son nuestra responsabilidad y tenemos el derecho y el deber de conocer su funcionamiento y los cuidados que necesitan. No podemos depositar esta responsabilidad en manos de unas personas cuya formación tanto moral como profesional se escapa de nuestro conocimiento. Es cierto que los médicos son necesarios. Pero hay que saber discernir cuándo lo son y para qué. No podemos pasarnos el día en el consultorio cuando sabemos que los cambios que precisamos muchas veces en nuestras vidas no son químicos, sino sociales o personales. Comer mejor, enfadarnos menos, hacer ejercicio físico, fortalecer nuestro sistema inmunológico, aprender a respirar, beber más agua, follar más… eso no se soluciona con una pastilla, sino con un esfuerzo en dirección a un objetivo. Cuando empezamos a cuidar nuestro cuerpo y abandonamos esa dependencia del señor con bata blanca, las cosas mejoran mucho y nos alejamos de muchos riesgos innecesarios. 

Eso es lo que yo planteo, aunque el sistema sanitario insiste en invadir nuestras vidas y nuestras decisiones. No sé si habréis escuchado que hace poco, un hospital de Barcelona ha pedido una orden judicial para inducir el parto a una mujer que quería parir de manera natural. La policía fue a buscarla a su casa para llevarla al paritorio, sin que hubiese ningún indicio demostrado de peligro ni para la madre ni para el bebé. Increible ¿no? Cada paso que damos para salirnos del sistema de control del estado tiene una reacción. Pero eso es señal de que algo estamos haciendo bien. Cuando tienen que recurrir a la fuerza para dominarnos, es que hemos empezado a plantar cara. 

El perdón es una cuestión de género

La filmografía occidental está llena de historias en las que alguien que ha sido gravemente maltratado, abusado u ofendido en su infancia o adolescencia, cuando llega a la edad adulta se convierte en un peligroso y sangriento asesino en serie. Eso sucede normalmente en el caso de los hombres. Es, según el imaginario serie B, su forma de sublimar las heridas. Sin embargo, aunque últimamente van apareciendo antiheroinas que se cobran la venganza por su triste infancia, la respuesta femenina a estas afrentas suele ser la locura, la enajenación, la depresión y la histeria. 

Es en este contexto en el que aparece el discurso del perdón. Este discurso, aunque no lleve inscrita de manera explícita una marca de género, va dirigido normalmente a las mujeres. Esto no quiere decir que a todas las mujeres y a ningún hombre se le sugiera que es mejor perdonar para sanar las heridas, no nos vamos a poner #notallmen #notallwomen, sino que hay un sesgo culturál que funciona insistiendo de forma persistente a las mujeres que deben sanar sus heridas perdonando. 

Quizás esto sea porque ellas son las ofendidas con mayor frecuencia. Y también porque no nos interesan las mujeres rencorosas, enfadadas y vengativas. Tengamos en cuenta que en las mujeres recae el peso de los cuidados. Nos interesa que las mujeres hagan piña con la familia y no la abandonen por un quítame ahí estas pajas. Da lo mismo lo que haya pasado en tu infancia y tu adolescencia: una buena hija perdona y contribuye a los cuidados familiares. 

Si ponéis en google la palabra “perdón” encontraréis cientos de artículos intentando convencernos de las necesidades de afrontar este proceso. Nos cuentan lo bueno que será para nosotras, lo liberador, lo sanador. Pero yo me pregunto si es el perdón lo que sana realmente. Perdonar implica dejar de sentir la necesidad de tomarse la revancha. ¿Pero implica también volver a los roles iniciales de madre-hija-esposa-hermana-nieta con respecto a tus ofensores/as? ¿Quiere decir que, una vez que has perdonado, todo vuelve a ser como el principio? Oh, espera. Si es que el principio es el estado en el que la víctima fue ofendida y maltratada. ¿Quiere decir que la persona que perdona tiene que volver a exponerse?

El proceso de perdón tal y como la sociedad lo entiende es problemático y contradictorio a este respecto. No podemos pedir a la gente que haga borrón y cuenta nueva y hacerles creer que, desde ese momento todo será idílico y habrá paz y salud en su vida. El perdón es un proceso inscrito en una red de relaciones interpersonales, e implica, por tanto, hacer cosas y dejar de hacer otras. Importa menos que perdones o no a una amiga que te ha despreciado y difamado a que perdones a tu madre o a tu hermano. Digamos que a la amiga la puedes perdonar y no volver a verla nunca más, pero a tu familia vas a tenerla siempre ahí, a no ser que haya una dolorosa ruptura. Y esta ruptura está muy mal vista socialmente y es un tabú que aparece hasta en los 10 mandamientos: “Honrarás a tu padre y a tu madre”

El perdonar, por tanto, significa, además de un proceso psicológico, un cambio en las acciones. Y este cambio en las acciones te pueden volver a situar en la misma posición en la que estabas previamente: una situación de desventaja en la que la persona ofendida deja sus deseos de revancha pero en la que no se dice nada de los sentimientos del ofensor. Nunca se habla de la necesidad de arrepentimiento para que haya perdón, excepto en los confesionarios. 

Quizás deberíamos alejarnos del concepto judeocristiano del perdón y hablar de una transformación interna que implica el vaciarnos de la ira y el rencor hacia la persona que nos ofendió pero no el deber de resituar a esta persona en nuestra red de relaciones sociales. Sin embargo, hemos de tener en cuenta que esta redefinición del perdón no contribuye al mantenimiento del orden social. La víctima se libera del daño infringido, pero deja de ser un eslabón en el sistema viciado de la familia en la que sufrió. Aquí, miles de voces presionarán por el perdón tradicional y la vuelta al nucleo para ocuparse de su parte de cuidados y hacerse cargo de la herencia.