#VDLN 92: Mina Mazzini (Questa donna insopportabile) 

  
Maravillosa Mina, nos cuenta algo que, para mí al menos, es muy común: la historia de una mujer que, aún estando profundamente herida, se enfrenta a los demás con aire altanero y sonrisa en la boca, ofreciendo un desplante al mundo. Como si ya no le importase nada. Como si los puñales hubiesen pasado silvando cerca de su oreja y no hubiesen dejado la menor huella. Fuera, un grupo de personas más bien mediocres cuchichean y juzgan todo lo que ven: su forma de andar, su forma de mirar, su forma de escribir. Y ante este acoso y derribo, se comporta como una mujer insoportable que rechaza a todo el mundo. No necesita a nadie, la verdad. Pero duele. 

Harta ya de cucarachas de piel fina, que se quejan al menor roce de un guisante en su sensible cuerpo pero atacan a degüello con su lengua viperina en cuanto tienen ocasión, le grita a las arpías que si no tienen otra cosa mejor que hacer durante todo el día que estar dando saltos de aquí para allá juzgando cada acto de habla que presencian. Esas novicias revestidas de pundonor que llevan el veneno escondido en la manga por si el de al lado se descuida en un momento dado y poder clavársela, se vuelven escandalizadas. “¿Es a mí? ¡¡Cómo es posible!! ¡¡Respeto yo quiero!!”

Al final de la noche, harta ya de tanta tontería, tantos aspavientos y tanto postureo, decide hacerse un selfie y retratar toda la miseria que siente. Somos y parecemos monos croando en una charca. Por muy dignos que queramos parecer. Y no hay más. Y debemos que pensar que los actos de habla no cobran significado hasta que alguien los interpreta. Y claro, una interpretación histrionica e histérica (como a veces no puede ser de otra forma) conduce a un revuelo histriónico e histérico. Quizás sin las profesionales en juicios sumarísimos las cosas fuesen diferentes. Pero si las cotorras marcan el pulso, solo podemos tener un gallinero como hogar. 

Os dejo con la maravillosa canción de Mina Mazzini, Questa Donna Insopportabile, de su último disco, Selfie.

La familia infantilizada

  

Hay una manada de expertos que hablan de las familias como una célula simple compuesta de papá, mamá y 1,8 hijos/as (niño y niña a ser posible). Hablan de la familia como un ente homogéneo. “Las familias” hacen esto o aquello. Eso cuando no dicen lo de “las mamis” hacen esto o aquello. Consideran a las familias, además, como un ente aborregado que no aporta nada valioso a la educación de los niños y las niñas. Si los adultos que se ocupan de los niños trabajan muchas horas, les acusan de no ocuparse de ellos, de ser cómodos, de no querer pasar tiempo con sus hijos. Pero si los adultos muestran interés por el bienestar de sus hijos, se preocupan por sus emociones e intereses, las familias son acusadas de sobreprotectoras, de hiperpaternidad, de no dejar autonomía a los niños, y bla bla bla bla. 

El caso es que esos expertos y expertas, que no sabemos si forman parte de una familia ellos mismos, o si hablan como hijos, madres, abuelos o maestras, siempre tienen la solución a nuestros problemas, aunque no tengan ni idea de lo que ocurre en nuestras casas, de cómo nos organizamos o la filosofía que seguimos para educar a nuestros hijos. Si no estamos de acuerdo con lo que ellos o ellas proponen, en seguida inventan una etiqueta para desprestigiar la labor de las familias. Este es el caso del concepto de hiperpaternidad o el de sobreprotección. El caso es que siempre hablan de lo que hacemos las madres y los padres como algo terrible que acabará convirtiendo a nuestros hijos en seres inútiles para la sociedad en la que vivimos, sin capacidad de esfuerzo, hábitos o autonomía. 

Pero partiendo de la base de que no hay dos familias iguales ¿es cierto que las familias han perdido en el último siglo la capacidad de educar a sus hijos? Recordemos que la institución escolar tal y como la conocemos es muy reciente, la educación obligatoria se impone durante el siglo XIX, y desde entonces la sociedad ha ido integrando de forma progresiva esta institución en su forma de funcionamiento. La escuela ha asegurado una educación básica para todos y ha conseguido alfabetizar prácticamente a toda la población. Es una herramienta para la igualdad, de eso no cabe duda. Sin embargo, y volviendo a aquello de que no hay dos familias iguales, no todos los niños y las niñas necesitan lo mismo de la escuela. Y, por su puesto, la escuela no puede sustituir a la familia.  

  
 Esta afirmación parece de perogrullo, pero no lo es. La escuela se empeña en cubrir el tiempo que los niños y niñas están en familia con actividades escolares que no tienen nada que ver con su ecosistema. Extienden las horas lectivas e invaden las horas no lectivas, obligando a las familias a seguir actuando como en el colegio. Quieren convertir la casa en una segunda escuela. Y tras este hecho se esconde una gran falta de confianza en la vida desinstitucionalizada. El hogar es un lugar demasiado libre como para dejarlo suelto y sin control. Institucionalizar al máximo la infancia es el objetivo para tener todo atado y bien atado. Queremos ciudadanos que vean la realidad como marca la versión oficial y que no se salgan del camino. 

Todo esto va ligado a la pérdida de autoridad de la madre y el padre, que se ve sustituida por la autoridad de los expertos y las instituciones. Las familias tienen que confiar y delegar en aquellos que dicen saber qué hacer con sus hijos para que se conviertan en personas de provecho. Muchas familias luchan contra esta invasión de su espacio desde el nacimiento de su primer hijo, rechazando las propuestas del hospital para que el parto sea medicalizado, las del pediatra sobre la alimentación cada 3 horas y las papillas de verdura y pollo a los 4 meses, las de la guardería para que enseñen a dormir a su hijo, y las de la escuela para que conviertan su casa en la continuación del colegio. Y es una lucha continua. Lo cómodo es aceptar las propuestas mayoritarias y fluir. 

Pero hay personas que decidimos no fluir y hacer las cosas a nuestra manera. Es lo que tiene el pensamiento crítico: que al final lo usas y no aceptas las imposiciones de la sociedad, que te inbuye cucharadas con el truco del avioncito. Y al vida se convierte en una lucha continua. Pero es que, si no lo haces así, la vida sería tan aburrida. Mirar las cosas desde otros puntos de vista te hace actuar por el cambio. Y está claro que las personas que decimos que no a los expertos tenemos otro plan de ruta. La escuela pública como institución caritativa quedó atrás. Ahora tiene que adaptarse a los tiempos y repensar el tipo de ciudadano que quiere construir. Y esto es, por supuesto, una cuestión política, además de educativa, psicológica, logopédica, etc. Hemos de repensar la escuela desde la ética, e incluir a toda la sociedad en esta reflexión. Y hemos de repensar la formación de maestras y maestros para que sean capaces de cumplir los objetivos que la sociedad les solicita. Porque recordemos esto: la escuela está al servicio de la ciudadanía, no la ciudadanía al servicio de la escuela.

#VDLN 91: El macho intelectual (Invasorix)

Seguramente os hayáis topado alguna vez con esta especie. Comienzan sus discursos autodenominándose humildes, aunque afirmen haber encontrado la solución para un problema largamente debatido en la sociedad. Tienen un gran concepto de sí mismos; si entras en su perfil de facebook podrás verles a ellos fotografiados en diversas poses y actitudes. Una de las más frecuentes es la mano en la barbilla y expresión de soñador mirando al cielo. Otra es él dando una clase magistral al aire libre a un grupo de estudiantes que le miran obnubilados. Campechano y brillante, vaya.

Si te los topas en una asamblea, despídete de intervenir. Hablará después de tu somera y sencilla intervención diciendo: “lo que ella ha dicho es muy interesante, pero yo añadiría lo siguiente…. ” Estará 20 minutos hablando para no añadir nada nuevo. Pero ha conseguido toda la atención, y su discurso sobrecargado hipnotiza a la gente. Es él. Es lo más.

Es lo que podemos llamar un “manspreading” simbólico. Lo mismo que pasa cuando vais sentadas al lado de un macho en el metro pero a nivel de interacción social. Ellos se expanden. Ellos se extienden y lo dominan todo. Su sombra nos protege. La mano en su barbilla nos enamora.

¿Os imagináis un día levantaros y dejarles solos hablando con su perorata? Dejarles con su puta palabra en la boca, vaya. No hace falta decirles “lo que estás diciendo es basura simple y manida, he oído discursos mucho más elaborados en un aula de infantil”. No. Te levantas y te vas a pasar la tarde de una forma mejor y dejas que caliente las orejas a quien todavía no se haya dado cuenta. Porque el tiempo es oro y machos intelectuales hay a patadas. Si necesitan que les soben el ego, que hagan asambleas no mixtas y se alaben entre ellos. Y nosotras, aprendamos a destrozar estas estrategias discursivas y simbólicas que durante siglos han inundado de mediocridad nuestros espacios de interacción.



Carlos González pasó de moda

  

Una de las entradas más leídas de mi blog es “Por qué no me gusta Carlos González”. La escribí hace más de dos años en un calentón cuando al señor en cuestión se le fue la pinza y nos aconsejó no divorciarnos hasta que nuestros hijos e hijas cumpliesen 18 años. Como si alguien le hubiese pedido opinión, como si su título de médico pediatra le capacitara para ser consejero de familia. 

Siguen llegando visitas a esa entrada y la verdad es que me sorprende que un señor que ha tratado tan mal al mundo femenino siga teniendo tanto éxito entre las embarazadas y madres jóvenes. ¿Por qué habiendo tantas mujeres expertas y con muchísima experiencia en parto, lactancia, crianza y sueño infantil sigue habiendo tanta mujer enganchada a los dictados del gurú?

No me pasa solo con Carlos González. Cada vez que un hombre abre la boca para decir lo que las mujeres debemos o no debemos hacer con nuestras tetas, con nuestros cuerpos o con nuestra vida tiendo a ignorarle. Una cosa es que digáis ser expertos en lactancia, que puede ser, aunque la verdad prefiero como experta a una mujer que además de conocer la teoría haya amamantado a su bebé. Pero otra muy distinta es que os atreváis a decirnos que tenemos que dejar de trabajar, reducir nuestra jornada o sacar a nuestros hijos del comedor escolar. No, mira. A lo mejor tomando una copa en mi casa, un amigo mío y yo podríamos hablar de ese tema. Pero tú, desde tu púlpito de experto, no puedes hablar más que de aquello para lo que te habilita tu título. A partir de ahí, puedes hablar de tus experiencias, puedes opinar desde el respeto, pero no imponer tu visión de la vida y tu experiencia al resto de la humanidad como lo correcto y lo sensato. 

Afortunadamente, ese tipo de personajes cada vez tienen menos grupies a su alrededor. Se han ido quedando solos y han ido perdiendo potencia. Pero todavía, cuando un hombre abre la boca en una conversación de mujeres, con demasiada frecuencia parece que ha hablado la verdad divina. “¡¡¡Oh sí, cuanta razón tienes!!!” “Te aplaudo de pié” “Ojalá todos los hombres fueran como tú” son algunas de las tonterías cosas que podemos leer a continuación de la palabra del Dios. Y es que somos víctimas del patriarcado, buscando el poder bajo la sombra protectora del macho alfa. 

Así que mujeres, busquen su poder dentro de sí mismas. Carlos González ha pasado de moda, igual que pasó de moda el doctor Spock (Benjamín, no el de Star Treck). Si no se cabrean con las ironías y burlas que el señor González lanza hacia las madres es que tienen sangre de horchata. De otra forma, no me lo explico. 

#VDLN 90: Corazón de Neón (Orquesta Mondragón)

  Las ciudades están vivas. O muertas, depende de la ciudad. Cuando vivía en Madrid, todo era vida. No voy a decir que no sea una ciudad difícil de habitar: es un monstruo con siete cabezas, lleno de humo, atascos y ruido, pero también lleno de historias diversas, de lugares recónditos y acogedores, de gente, mucha gente. Gente muy distinta entre sí, muy diversa. Puedes encontrar cualquier cosa en Madrid, la gente que lo conoce lo sabe. 

Pero desde que vivo en esta ciudad de mala muerte, los días pasan uno tras otro sin ninguna novedad. Las ruindades se acumulan en las esquinas. Nadie se habla, nadie se conoce, nadie te mira a los ojos. Pero oye, todo el mundo parece saber tu historia. Y si no la saben, se la inventan. Tal es su aburrimiento de vivir en esta cloaca. 

El provincialismo es una cosa muy pesada y sebosa. Te conduce al hastío, a la rutina, a vestir ropa de tonos marrones y negros, a llevar ese tipo de ropa que, en una ciudad como Madríd, no sabrías dónde comprar, pero en la cloaca hay siempre tres o cuatro tiendas disponibles para los cretinos. Jerséis verdes con coderas marrones y vaqueros rojos con bambas para ellos. Look Safari leona salvaje con mucho maquillaje y mechas rubias para ellas. Y los niños disfrazados de gilipollas los pobres. Las niñas con lazo, leotardos marrones y vestido de puntilla corto. Los niños con pantalones de pelele y leotardos azules, aunque tengan 7 años.

Pero lo peor es que siempre ves a la gente que no quieres ver. Porque como el pueblo de mala muerte es pequeño, pues todos vamos a los mismos sitios, y no puedes esquivar al indeseable de turno. Y además solo hay un grupo de personas de un tipo concreto, de modo que si te sale rana, pues a la mierda. Bueno, en realidad no hay mucha diferencia entre unos grupos y otros. Vamos, que es un verdadero infierno vivir aquí. 

En el pueblo, digo la ciudad de mala muerte no hay tradición interesante ninguna, pero como son muy rancios se pasan el día inventando cosas muy tradicionales y añejas que nunca han tenido mucha importancia. Hoy les da por esa fiesta caduca que a nadie le importa y quieren que la hagan de interés nacional, otrora por esa artesanía pueblerina que ha caído en desuso pero que puede llegar a convertirse incluso en patrimonio de la humanidad. Y sin embargo dan la espalda a artistas que han nacido aquí y son reconocidos internacionalmente por ser demasiado modernos, y en vez de darles el premio de la ciudad a ellos, se lo vuelven a dar al de siempre, aunque no le conozca nadie más allá de las fronteras de esta vetusta ciudad. 

Vamos, un verdadero primor. Así que hoy quiero recordar a mi tierra y una de las canciones que más me gustan sobre ella. El pueblo de mala muerte este también tiene una canción, creo que dice algo de qué bonito es el puente o algo así, pero de verdad que no la queréis oír ¿verdad? Así que os dejo con la Orquesta Mondragón y su canción dedicada a Madríd y a su corazón de neón.