La educación de adultas

 

La educación siempre implica asimetría. De una forma u otra, el que dice educar se cree en posesión de la verdad absoluta. Y eso no es una máxima educativa, sino una tara de nuestra comunidad: si hacemos caso a las teorías que nos muestran cómo se construye el conocimiento, las personas son agentes activos que desarrollan sus propios caminos de sabiduría.

Pero, por otra parte, el aprendizaje se produce dentro de una comunidad que tiene una historia y unos mecanismos de aculturación ya diseñados y preparados para actuar. Nuestra mente no navega libremente eligiendo de aquí y de allá la información, procesándola y sacando conclusiones. Y quien crea eso, es que se ha tragado las narrativas dominantes de la sociedad en la que vive (paradojas de la vida). Por lo tanto, actuamos dentro de un marco que simula libertad, pero en el que las opciones están tácitamente delimitadas a un reducido subconjunto. Quien elige acciones que no están en el catálogo, tiene reservada la cárcel, el manicomio o el ostracismo, así está organizado este intrincado sistema. Luego hay acciones más aceptadas y mayoritarias y otras acciones que son minoritarias y más outsiders, pero que son aceptadas como males menores, como rarezas necesarias con las que compararse y sentirse normal y miembro de pleno derecho del grupo. Todo esto si mantenemos constante el nivel adquisitivo, que es a la libertad de elección lo que el rozamiento es a la física.

En este contexto, la madreidad o la forma de ser madre es un espacio complejo. En este espacio, distintos agentes juegan papeles de opresión ya antiguos que van cambiando de vestido para disfrazarse, para que la gente que ha aprendido a distinguirlos y ha desarrollado formas eficaces de resistencia vuelva a caer en sus redes. Y uno de los agentes de opresión más eficaces en el espacio de la madreidad son las propias madres. Es importante que aprendamos a analizar y con ello destrozar el mecanismo opresivo del que formamos parte y con el que se mantiene el sistema cómodamente, mientras nosotras seguimos controlándonos unas a otras, ejerciendo de jueces y opresoras de nuestras iguales.

Cuando digo Guerra de las Madres, todas sabemos a lo que me refiero. El hecho de que a las mujeres, después de una larga postguerra, hayan vuelto a asomar el hocico en el mundo del trabajo y representen el sector de la población con mayor índice de estudios superiores (siempre estamos hablando de ese primer mundo privilegiado en el que habitamos) está provocando quiebras en el sistema que hay que controlar. Y nunca hay mejor forma de controlar a los elementos que haciéndoles creer que las decisiones que toman se generan en ellos mismos. Y si además, estos elementos se erigen en controladores y reguladores de los de su propia especie, tenemos un sistema que se autorregula autocensurándose. Un sistema convencido es un sistema sólido. Hace tiempo que se sabe que las medidas coercitivas pueden provocar el efecto contrario al deseado: la rebelión.

Resulta que la vida fuera de casa es excitante, estimulante, nos hace sentirnos libres e importantes, independientes (siempre y cuando tengamos en cuenta el factor “rozamiento”). Esto hace que, cada vez más mujeres, consideren que su tiempo está mucho mejor empleado en formarse, divertirse, trabajar y participar en distintas esferas de la vida social pública. Este planteamiento excluye el tiempo que se invierte en la maternidad. Cada vez hay más mujeres que deciden libremente no ser madres y dedicar ese tiempo que requiere criar a un bebé (o a varios) en otras actividades, antes exclusivas de los hombres. Pero también existen las mujeres que “lo quieren todo“: ser madres y participar en la vida pública. En ese “lo quieren todo” se encierra una de las trampas del mecanismo de opresión. ¿Sólo las mujeres quieren tener hijos? ¿Los niños y las niñas son solo nuestros? Parece que nosotras somos las únicas que estamos en la disyuntiva de “elegir” entre una vida privada y una pública. Si es así, conclusión: LOS NIÑOS Y LAS NIÑAS SON NUESTROS. Evidentemente, la respuesta a esta conclusión es un gran SÍ, JÁ. Un ejemplo de ello es la lucha encarnizada que emprenden las personas partidarias de la custodia compartida impuesta, la existencia de una educación obligatoria o el control sanitario tácitamente impuesto por el sistema de salud pública.

Por tanto, los niños son nuestros sólo en tanto en cuanto cumplamos los preceptos que la sociedad nos impone, y sólo nosotras hemos de asumir las consecuencias de tener hijos en una sociedad como la nuestra: ver reducido el tiempo posible de participación en la vida pública. Todo esto no es sólo sobre nosotras, claro está. Todo esto es la consecuencia de una estructura social en la que los niños están separados de la vida social pública de los adultos y en la que la división del trabajo está estrictamente establecida: los hombres son los encargados trabajar, de ocupar cargos públicos, de construir y de mantener  a la familia económicamente, mientras que nosotras somos las cuidadoras y sustentadoras del hogar.

En este sentido, puede haber grandes transgresiones (decidir no llevar a los niños a la escuela y educarles en casa, dejar de vacunarles, darles una educación religiosa alternativa, no casarse y tener hijos sola, etcétera) o transgresiones menores permitidas (darles de mamar hasta los 4 años o no darles de mamar nunca, dormir con ellos hasta los 5 o ponerles una habitación propia nada más nacer, ponerles chupete hasta que vayan al colegio o un collar de ámbar para el dolor de encías, divorciarse, etcétera). Por supuesto, las formas de criar favorecen a distintos intereses económicos y estructurales que imagino no escapan al entendimiento de las personas que hayan leído hasta aquí. Y, por otra parte, cuando estas decisiones son tomadas por mujeres cultas, formadas, y con cierto nivel adquisitivo, es más difícil desterrarlas al ostracismo, como ocurre con las prácticas de las “malas madres pobres”. Estas mujeres argumentan, crean asociaciones, se unen para protestar, escriben blogs. Son un frente a tener en cuenta. Por eso, tener a estas madres enfrentadas en dos grupos es bueno para el sistema, pues ellas mismas se convierten en su propio control.

No voy a poner en duda que, en el ámbito de la crianza, existen cuestiones éticas que están relacionadas con el cuidado de los seres más vulnerables: los niños y las niñas. Sin embargo, estas cuestiones éticas no pueden ser resueltas emprendiendo cruzadas particulares. Hacer responsables en exclusiva de las decisiones que se toman en la crianza a las madres, alimenta la falsa idea de la libertad en la toma de decisiones, de la igualdad de condiciones contextuales (redes de apoyo, solvencia económica y salud mental y física) y sigue situándonos como responsables exclusivas del cuidado de la infancia sin serlo en realidad (de hecho y de derecho). Ignorar que la crianza implica una inversión vital excesiva en un entorno que fomenta la crianza intensiva pero no apoya a las personas que, supuestamente, tienen que llevarla a cabo, es una postura cruel e injusta hacia nosotras mismas, además de ineficaz. Las madres ni estamos solas en la toma de decisiones, ni estas decisiones dependen de nosotras al 100%. Las madres comemos, respiramos, sufrimos, amamos, lloramos, tenemos derechos y deberes y somos personas que merecen respeto. Ignorar si todas estas necesidades se satisfacen para exigir que maternemos de una forma u otra es la postura más absolutista a la que pueda estar sometida una persona.

Esto no es un anuncio de leche en polvo. Esto es una reflexión sobre la inutilidad de la gerra de las madres, que existe. Lo podemos comprobar dando un breve paseo por los múltiples foros de discusión sobre maternidad(es) que existen en Internet. Los juicios sumarísimos solo producen resquemor. Ignorar nuestras necesidades solo produce tristeza y depresión. Ignorar nuestros derechos nos sigue situando en una posición social inferior y vulnerable. Si somos mujeres empoderadas, reconozcamos el derecho de las demás a elegir su propio camino de empoderamiento. Esto no va a hacer que haya menos niños y niñas que disfruten de la lactancia materna o del colecho, va a hacer que haya más mujeres con un respaldo suficiente para dejar los yugos impuestos. Y, para conseguir esto, somos nosotras mismas las que hemos de reconocer estos yugos.

 

#VDLN 75: The Libertines/Babyshambles

Hay veces que las personas se quedan enganchadas emocionalmente a una época de su vida. Suele ser esa época en la que más se drogaron y más bebieron, más salieron de noche y más anduvieron al borde del precipicio. Es lo que acaban llamando “los viejos buenos tiempos”. Y luego siguen viviendo como si todo lo que pasa a partir de entonces fuese accesorio. Y, sin darnos cuenta, pasan los mejores días de nuestra vida. Los días en los que el sufrimiento se vive descarnado y sin anestesia. Los días en los que el amor no brinca en la pista de una discoteca, pero se desliza entre una calle desierta y un cucurucho de helado. Hay veces que no sabemos apreciar el momento en el que estamos viviendo esos viejos y buenos tiempos y pasan, se nos escapan entre los dedos escondidos por la rutina, el trabajo duro y el dolor de cuello.

Y da lo mismo dónde te encuentres, a dónde vayas, de dónde vengas. La vida está destinada a ser. En el norte, en el sur, en el este o en el oeste. En Narnia o en la pérfida Albión. En la isla de la mujer de hierro todos van de un sitio a otro y beben ginebra en sus tazas de té. Lo que antes era un imperio, ahora nos parece una fábrica abandonada. Es un espejismo: todo sigue vivo por ahí abajo. Solo tiene que nacer una nueva ilusión para que el autobús nos vuelva a llevar por caminos polvorientos en los que se respira la libertad. Y qué más da si todo va a acabar algún día. Qué más da.



#VDLN 74: Gavilán o paloma

Pablo Abraira fue sin duda un icono en mi infancia. Todo un Sex Symbol. Las madres suspiraban por él. Mis padres, que eran muy marchosos, nos ponían ese Gavilán o Paloma todos los fines de semana. Sonaba y nos poníamos a cantar a voz en grito. A mí me hacía mucha gracia que el señor Abraira se pareciese tanto a uno de mis profes en el cole. En realidad, en lo único que se parecían era en el bigote, porque mi maestro, don Porfirio, realmente era la viva imagen de Íñigo. Pero yo fantaseaba con que se pareciese al Abraira, y que un día, en plena clase de mates, se levantase y nos dijese eso de “Amiga, hay que ver cómo es el amoooor, que hiere a quien lo toma, gavilán o paloma. Pobre tonto, eterno charlatán, que fui paloma por querer ser gavilán

La canción de Gavilán o Paloma es en realidad la canción del paga-fantas, un pobre hombre que se enamora de una aprovechada que lo único que quiere es que el otro le limpie el suelo por el que ella pisa. Ya se sabe, el eterno mito de la mala mujer, de la que no se casa contigo para que se convierta en tu esclava y barra los suelos de tu casa. Pero cantada por Pablo Abraira, con esos ojos azules, con ese bigotazo, te hace pensar que esa mujer que ha dejado huir a ese bombón estaba loca y ciega. Ya sabéis, cosas de los 70. Vamos a oír a Pablo (mamá, esta va por tí).

¿A que es imposible no quererle? Esos ojos tan llenos de amor…. y la otra haciéndole comer de su mano. Pasaron los años, y nuestro Pablo sigue ahí, vivito y coleando. Y hemos de reconocer que ha envejecido estupendamente. Nada que ver con Camilo Sexto. E incluso en el 2006 sacó un últimos disco y ha participado en algún que otro programa de televisión.

Como cualquier pedazo de balada, y Gavilán o Paloma lo es, versionarla es todo un reto. Y escuchar este tema en manos de La Lupita, banda de Rock mexicana de los 90, ha sido toda una sorpresa. La imagen de los componentes de este grupo es muy diferente a la del lánguido y dulce Pablo. Y para muestra, un botón

La canción adquiere otra dimensión. Un chulo de barrio, un mucha pasta, un baboso se la canta a una mujer joven que sólo está interesada en su dinero. Da gusto escuchar al viejo baboso lamentarse porque esa mujer, la de sus sueños, no le demuestra la devoción que él se cree merecer. Acabo con este pedazo de versión de La Lupita, un grupo que merece la pena conocer.



#VDLN 73: Morphine

 

La verdad es que yo sé muy poco de música. Así, en términos técnicos. Así que esa parte se la dejamos a este fan de Morphine, Valerio Berdini, que nos explica lo que sintió cuando vio morir a Sandman en el escenario un 3 de julio de 1999 a la edad de 47 años (un chavalito) de un ataque al corazón. Morphine, dice, era una banda peculiar, un trío con instrumentos poco convencionales para maridad. Escuchad y adivinad cuales. Yo no entiendo muy bien por que Morphine no llegaron a ser más conocidos. Yo empecé ayer el día con esta canción y la verdad es que me va a costar mucho volver a encontrar una tonada mañanera que la sustituya y que me haga superar un jueves, mi día más ajetreado de la semana, como lo ha hecho esta. Trata de un jueves cualquiera, un jueves de birras y billar, y una mujer que le invita a su casa. Su marido no está…

“…you know he’s gone till the end of the month
well i was just so nervous so nervous
you know i couldn’t really quite relax
cause i was never really quite sure when her
husband was coming back
sure one of the neighbors yea one of the neighbors
one of the neighbors that saw my car
and they told her yea they told her
i think they know who you are…”

Pero claro, Sandman vivía deprisa, como sugieren sus numerosas referencias a las drogas en sus canciones y en el propio nombre del grupo. En algunas ocasiones, incluso nos invita a hacer un viaje juntos. A un sitio tranquilo, sin terremotos. A un sitio en paz…

“…Somewhere there’s no distracting breeze of information
Leaking through the windows, dripping from the trees
Somewhere there’s no earthquakes
Of other people’s anxious questions
No nervous wrecks
Going down
No nervous wrecks
Going down

Let’s take a trip together

Headlong into the irresistible orbit”

Seguro que Morphine no os deja indiferentes. Es original, suena jodidamente bien y tiene temas tan increiblemente buenos como este Lilah II. No me preguntéis por qué me parece bueno, porque no sabría decíroslo, pero a mi me llena las orejas cuando lo oigo y con eso me basta. Y es la canción a la sombra… alguien que es capaz de cantarle a su sombra tiene que ser bueno por narices.



¿Lo habrá dicho por mí?

  

Ya creo que queda muy poca gente que no esté de acuerdo con que las relaciones que se entablan en las redes sociales SON relaciones reales. Y si no, pensad en las posibilidades que nos han abierto Facebook, Twitter, Tumblr, Whatsapp, Tuenti, etcétera, para conocer gente nueva y establecer desde relaciones ligeras de buenos días y buenas noches, me gusta lo que publicaste, qué guapa estás en esa foto, hasta relaciones de amistad más profundas e incluso relaciones amorosas. 

Pero lo más interesante de las relaciones en las redes sociales (RRSS) es que estamos gestando las normas implícitas que las regulan partiendo de cero. Mientras que la interacción cara a cara ya es una vieja conocida y aprendemos sus normas desde pequeños, inmersos en nuestro grupo social, las RRSS no llevan más de 10 años en nuestras vidas y la de toda la humanidad como fenómeno de masas. Por tanto, vivimos una época histórica en la que estamos gestando las normas de la interacción en redes a partir de un proceso de ensayo y error. 

La red social que más uso es el Facebook. Aunque no soy tan ingenua para creer que mi intimidad está a salvo en mi muro restringido a mi grupo selecto de contactos, sí tengo una percepción mayor de control sobre quién ve mis publicaciones. Hace tiempo decía que Facebook es como un paseo en bicicleta y Twitter como un viaje en metro en hora punta. Poco a poco he ido aprendiendo que eso no es así del todo. Yo que me creo que todo el mundo es bueno, no había pensado que las publicaciones de mi muro podían viajar convertidas en capturas de pantalla hasta el fin de la galaxia. Pero sí: la captura de pantalla existe para algo. Los rumores, en el mundo de las RRSS, van avalados por pruebas físicas y escritas del propio puño y letra. Así que aprendí la máxima: nunca publiques nada que no quieras que se lea. 

Otra cosa que he tenido que aprender en Facebook es que nuestros muros, de vez en cuando, se convierten  en un sugerente test de Rorschach. Si una de tus amigas publicó el día anterior sobre la caza del cangrejo rojo y tú, sin haber visto esa publicación, publicas algo en contra de la caza del cangrejo rojo, ten por seguro que ella va a pensar que esa publicación va por ella. Aunque tú normalmente tengas la costumbre de ir de cara y decir lo que piensas aquí y alla: da lo mismo. Tu publicación se convierte, automáticamente, en una pseudomención. Y ya no te digo nada si esa misma publicación, la del cangrejo rojo, la ve la amiga de una famosa cazadora de cangrejos rojos a la que tú conoces de oídas pero que no tienes entre tus contactos. ¡¡Una pseudomención en diferido!! Albricias. La cosa se complica. Y puede ser mucho peor si entre tus contactos hay personas que no sintonizan mucho con la cazadora de cangrejos y se lían a dar al me gusta a tu publicación. En fin: la complejidad de las redes sociales. 

Esa inocente publicación contra la caza del cangrejo rojo, que era sincera, que surgió de tu más hondo sentimiento ecologista, se convierte en una fuente de conflictos. Pueden pasar días en los que el ambiente de tus noticias se enrarece y tus contactos no dejan de compartir carteles alusivos de El Circo (Boom) y mensajes breves y crípcicos que no logras descifrar del todo pero que contienen, casualmente, las palabras cangrejo, rojo o caza. Solo queda dejar pasar la tormenta. No puedes compartir esa sensación extraña que te queda con todo esto, porque posiblemente sea todo una paranoia. Y de hecho, lo es. 

Digamos que así funciona un poco la profecía autocumplida: tú no sabes muy bien de qué va el rollo y por qué a toda la peña le ha sentado tan mal la publicación sobre el cangrejo rojo, pero después de tanta inquina, te quedan ganas de seguir publicando sobre el cangrejo rojo aunque solo sea para joder. Y además, si tienes gracia y sentido del humor, lo harás de tal forma que provoque la risa de las enemigas de la cazadora y la ira en sus amigas. 

Ahora, para rizar el rizo, tendría que decir algo sobre la disonancia cognitiva y sobre la indefensión aprendida o sobre la psiquiatría como control social, todo ello ligado a la hermeneútica, pero creo que con lo que he dicho, queda claro mi argumento: la dinámica relacional de las redes sociales está por construir, y podemos decir que somos pioneras en establecer sus normas tácitas y ponerlas a prueba. 

#VDLN 73: Non voglio mica la luna y otras canciones calientes

Fiordaliso

¿Quién no cantó el Yo no te pido la luna a mediados de los 80? Primero en esa voz rasgada de Fiordaliso, tan típica de la trova italiana, después en las tantas versiones que se han hecho de la canción, las más conocidas cantadas por la mexicana Daniela Romo, por Sergio Dalma o por Pastora Soler. Pero nadie como ella. Es esa canción y ninguna otra la que nos transportaba al reino del éxtasis. Mirada húmeda, labios entreabiertos y qué luna ni luna ibas a querer pudiendo tener todo aquello.

Y es que los 80 eran lo mejor para esas canciones tórridas que se ponían más bien llegando al final de la fiesta. La verdad es que le tengo que agradecer a mi amiga Mon que me trajese a la memoria este género que tanto nos hacía disfrutar en aquellos tiempos, en los que decir “estar dentro de ti” no era motivo de expulsión del grupo de gente de bien. Ahora, seguro que hay más de una (es femenino genérico) riéndose del vestuario de Fiordaliso en vez de sumergirse en ese mar de sensualidad en el que te sumerge la música y la letra de su canción.

Es que los italianos (y las italianas) son así. Es fácil con ellos. Pero también la salsa nos transporta y nos hace vibrar, además de brindarnos la posibilidad de esa conjunción de pelvis moviéndose al unísono. Devórame otra vez se convirtió en el tema obligado de toda noche de sábado que se preciase. Nos buscábamos y nos dejábamos llevar. Después de la canción vendría lo mejor: mojar las sábanas o los asientos del coche o lo que se terciase. Os dejo la versión de las Azucar Moreno,en versión rumba, aunque la original es de Lalo Rodríguez.

No es por nada, pero a medida que avanzan los años, las canciones tórridas van degenerando cada vez más. Porque bailar la canción del Romeo Santos con alguien que te sepa llevar bien pues es un placer, qué os voy a decir (guiño, guiño, ya tú sabes), pero luego te pones a escuchar la letra detenidamente y se te caen los palos del sombrajo. Pero bien, quedémonos con lo de que la regla es que gocemos y olvidemos todo lo demás.

Pero en realidad… en los 80 también lo sabían hacer muy bien. Para qué nos vamos a engañar. A ver, vamos a tomarlo como es y recordando esa famosa tira de Ocaña que tan buenos consejos nos dio en su momento.



La gravedad y el aprendizaje por descubrimiento

 Hay que ser muy ignorante para creer que saber qué es la gravedad te convierte en físico/a. Incluso, si vamos más allá, reconoceremos que en realidad tenemos una mínima idea de lo que es en comparación con las nociones que tiene un profesional. Sin embargo, en cuestión de ciencias humanas, sociales y de la salud (a excepción de la reificada medicina, claro) es difícil convencer a la gente de que no saben mucho más que las expertas y expertos en estos campos.

La educación se lleva la palma en este fenómeno. La gente escucha aprendizaje por descubrimiento y cree automáticamente que sabe a qué se refiere el término. Imaginan a niños y niñas dejados a su suerte para que reformulen la historia de la ciencia mientras que adultos compasivos e indulgentes siguen sus pasos con admiración y toman un café. Escuchan aprendizaje significativo y buscan en Google, leen el primer artículo que sale (da igual que sea del Rincón del Vago) y, por arte de magia, se han convertido en expertos. Escuchan Zona de Desarrollo Próximo y, por supuesto, no entienden nada, pues la complejidad de este concepto no es posible de captar aislada del entramado teórico en el que se inscribe, pero imaginan que se debe tratar de una suerte de evolución del niño en el patio del recreo o algo así.

Así las cosas, das una patada al suelo y aparecen educadoras/es a espuertas. Por no hablar de terapeutas y coach de todo tipo. Esta gente puede ser buenísima en lo que hace, independiente de los estudios que haya realizado o los títulos que cuelguen en su despacho. Sin embargo, el que escriban en su currículum que son educadores/as o expertos en educación sin tener una especialización oficial en esos campos lleva a equívoco.

En el campo de la educación existen cientos de revistas científicas en las que las personas que investigan los procesos educativos publican sus trabajos. A partir de estos trabajos se acumulan conocimientos sobre los procesos educativos y su optimización. Ignorar que este es un trabajo arduo y complejo y pretender ser experto en educación sin tener ni idea de las teorías punteras en educación y los datos que las apoyan es poco realista.

Sin embargo, es algo muy frecuente y que encontramos con relativa facilidad. Y no culpo a estas personas, que quizás llevadas por pasiones vocacionales sin consumar han decidido dedicarse a un campo distinto al que eligieron en un principio. La ciencia y la universidad tiene una parte importante de culpa por permanecer alejadas de la sociedad en su torre de marfil. La aparición de paraprofesionales no responde más que a las necesidades de una sociedad que demanda conocimiento. Si las personas que lo construyen a partir de los métodos científicos no están dispuestas a difundirlo, siempre habrá gente dispuesta a cobrar por cubrir esta necesidad.

#VDLN 72: John Mayall

Quejarse es un arte. Lamentarse, llorar. Es música cadenciosa. Taa ta ta sh ta ta ta ta ta sh. Y vuelta a empezar. Una voz desgarrada, ojos muy abiertos y humedecidos y una buena audiencia que mueva la cabeza al ritmo de tu bajo. Espectacular. Quienes hemos pasado la adolescencia, sabemos que, si eres chico, eso de llorar viste mucho. En mi época (no es que ahora no sea mi época) los chicos tristes eran un boummm. Se llevaban. Y si encima eran poetas y les gustaba la política, era el no va más. Recuerdo a uno de esos chavales diciendo “cuando estoy triste me vuelve la inspiración. Necesito que me deje mi novia o algo así”. Y entonces ponía cara de melancólico y se ponía a declamar los 20 poemas de amor y una canción desesperada así, de una tacada. Por aquel entonces no sabíamos que Neruda había violado, así que se nos hacía el culo pepsicola y se nos caían las bragas ante el tristón.

Sí, lo sé. Lo he leído en la wiki, porqué prohibieron esta canción en España. Pero bueno, esa época pasó y con ella nuestro gusto por los chicos tristes. perdimos la paciencia y empezamos a buscar experiencias fuertes. Tanto Neruda nos había dejado agotadas y queríamos un poco de punk en nuestras venas. Así que hicimos las maletas y nos fuimos. Ahí se quedó ese chico de los ojos tristes, pensando que éramos unas desgraciadas (con todo lo que había hecho él por nosotras) y cantándonos esa canción desgarrada y cadenciosa, y aún así dicharachera. Se le rompió la tristeza de tanto usarla.

Y para rematarlo, me llama y me dice que se encuentra fatal, que vaya a verle, que no aguanta sin mí. E insiste en echarle la culpa de sus problemas a mi madre. Cuando la mujer lo único que hace es aconsejarme bien. Pero en fin, ya sabemos que es muy socorrido echarle la culpa de todo a la suegra, cuando no se tiene narices para levantar el culo del asiento y ponerse a buscar trabajo. Os dejo con el Blues de la Suegra, el primer tema del último álbum del Padrino del Blues. A sus 81 tacos está echo un chaval… y ya pasa de Neruda.