Las canas

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Tengo canas desde los 18 años y desde muy pronto me empecé a teñir. Primero por coquetería, pero después por miedo a parecer una anciana. Ahora resulta que las canas se han puesto de moda y aparecen por doquier un montón de modelos impresionantes con el pelo blanco. Atraída por su bello aspecto, tengo la tentación de dejarme el pelo blanco. Pero ¿cómo?

Mi amor, que para eso es mi amor y me quiere de cualquier forma, dice que me rape la cabeza y deje crecer el pelo. El lo hace a menudo y se deja una especie de cresta en el centro que, junto con la barba larga y canosa, le da aspecto de motero peligroso. Pero yo siempre he sido una niña modosita y acomplejada. Lo de ponerme en evidencia rapándome la cabeza no sé, no lo veo. Lo pasaría mal. Me pondría un turbante y no aguantaría las miradas de compasión de la gente. Serían unos meses larguísimos. Él me dice que es una situación graciosa, cuando haces algo radical con tu aspecto, observar las reacciones de la gente y reírse de ellas. Y seguro que tiene razón, pero mi autoestima no está tan bien amueblada como para abordar ese experimento tan radical.

Otra posibilidad sería dejar crecer el pelo sin teñirme. Ir dejando crecer esa raya blanca que aparece puntual cada dos semanas. Teniendo en cuenta que mi pelo “es” oscuro (me tiño con un 5) el contraste entre la raíz y el resto del pelo sería tremendo. La gente pensaría “mírala, pobre, lo descuidada que va. Habrá perdido la razón de forma definitiva”. Y seguramente la perdería, pues soy muy sensible a mi aspecto exterior y si tengo cara de loca y desquiciada me siento loca y desquiciada. 

La tercera posibilidad sería ir a la peluquería y pedir que hiciesen un cambio radical con transición artificial: una decoloración completa del pelo. ¿En qué condiciones quedaría mi cabeza? No tengo ni idea. Y bueno… no estoy del todo segura de que me gustase el resultado. Cuando me imagino con canas me imagino con cara de anciana. Y a ver, es que empiezo a ser algo anciana, voy camino de los 50. No sé si estoy preparada para dar ese paso tan brusco a la ancianidad. Y tampoco estoy segura de que yo, con canas, tenga ese aspecto tan cool como las modelos que salen promocionando la nueva moda. 

Bueno, al final no sé qué haré, pero intuyo que algo va a pasar. Cuando se me mete en la cabeza que tengo que cambiar algo, no pasa mucho tiempo hasta que lo consigo. Sé que el pelo es una simple excusa, que lo que quiero transformar en mí y en mi entorno es mucho más profundo. Pero hasta que lo averigüe y vaya tomando forma, me conformo con hacer locuras con mi cabeza (que no es poco).

Viernes dando la nota #56: Somos viento

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Amparanoia, grupo liderado por Amparo Sánchez, nace en el barrio de Lavapiés, el barrio más mestizo de mi querido Madrid. Aunque Amparo es de Jaén, me imagino que este barrio le inspira para hacer esta música con mezclas de músicas del mundo, pero abanderada por su peculiar estilo.

Somos viento es un tema incluido en el álbum del mismo nombre, y en el que encontramos temas inspirados en su contacto con el movimiento indigenista gestado en Chiapas. El espíritu del movimiento zapatista está vivo en este tema: “No estamos de paso, no somos fracaso“. El movimiento llegó fuerte, mucho más fuerte que el 15M (el 15M es un escupitajo de brisa frente al huracán que nos trajo el Subcomandante Marcos y su Comandanta Ramona). El movimiento zapatista inundó de ilusión el mundo. SÍ SE PUEDE, pensamos. Si en Chiapas han podido, masacrados, pisoteados como están, aniquilados a cada paso que dan, nosotrxs también Podemos. ¡¡¡Claro que Podemos!!! Revisar las ensenañzas del subcomandante es valiosísimo para saber cuáles son los errores en los que no debe caer un movimiento social que busca el cambio. ¡No necesitamos permiso para ser libres! Decía… Pero seguimos teniendo que pedirlo todavía, incluso a nuestros iguales. 

Amparo Sánchez deja Amparanoia en el 2008. Ha cambiado muchísimo desde que era esa joven insurgente y revolucionaria, y ahora la podemos ver muy flamenca y haciendo sus pinitos como escritora. El año pasado presentó su libro “La niña y el Lobo” en el que cuenta su experiencia con la violencia de género. Sigue implicada en proyectos solidarios, como por ejemplo el concierto que ofreció en apoyo a las mujeres de la India Rural con la Fundación Vicente Ferrer el pasado mes de abril por internet, junto con artistas como Amaral, Rosario Flores o la Mala Rodríguez. 

En Somos Viento vemos su parte más hippie, más implicada, más revolucionaria, más soñadora. 

Somos viento, energía y movimiento. Somos viento. 

El himen de Leticia

Leticia

Creo que Leticia Sabater no requiere presentación. Esta mujer, que pobló las pantallas de TV en los programas infantiles hace décadas, ha tomado la decisión no solo de reconstruirse el himen y perder su no-virginidad, sino que además de difundirlo por las redes sociales. Twitter es un clamor. Facebook se llena de comentarios sobre el asunto en cuanto publicas algo al respecto. Hay un antes y un después desde que Leticia comunicó que se había reconstruido el himen. 

Pero bajo el clamor de risas y coñas (lógicas) sobre el evento, quizás sea interesante hacer una reflexión seria sobre el asunto. Leticia se ha reconstruido el himen. Ya solo esta simple afirmación tiene su aquel. A saber dónde estaban los restos del hipotético himen original de Leticia. Porque el hecho de reconstruir implica que se construye a partir de unos restos. Y esto, permitidme que os lo diga, es imposible. No me voy a molestar en indagar sobre los entresijos de la operación en cuestión, pero apuesto a que la telilla que se hace llamar himen tras esa intervención es cualquier cosa menos un himen. 

Por tanto, lo que aquí importa sobre todas las cosas es el concepto de himen. El himen como símbolo que reviste a la persona que lo porta. El himen como objeto que, al romperse, nos deja vulnerables a la penetración, nos cambia de estatus. La ruptura del himen implica, de una forma u otra, una pérdida de valor: el que consigue romper un himen posee por siempre el alma de esa mujer y se convierte en el depositario del derecho a penetrar y usar el vientre femenino como receptor de su descendencia. 

La ruptura de un himen supone, en las culturas tradicionales, pérdida de la propia esencia. La mujer deja de pertenecerse a sí misma (o a su padre), para pasar a pertenecer a su marido. En la cultura occidental, este proceso ha perdido su dogmatismo, y solo queda reflejado en las ceremonias matrimoniales por el velo de la novia y el vestido blanco, que se siguen usando de manera puramente estética. Sin embargo, la pérdida del himen es uno de nuestros hitos de paso no escritos que más presente está durante la adolescencia. Mamá, ya no soy virgen. Seguramente muy pocas adolescentes escojan este formulismo para anunciar su nuevo “estatus” que supone “no ser” o “dejar de ser”. Y tras esta especie de confesión, cae una nueva mirada sobre esa mujer. Ya no es lo que era. Ya no es esa joya que hay que proteger. Ya puede ser usada sin cuidado. Ya se la puede culpar de no protegerse, de vestirse como una zorra, de provocar, de mirar con descaro. 

Las mujeres nos tenemos, de alguna forma, que liberar del poder el himen para volver a respetarnos y a pedir respeto. Una mujer que se precie como liberada del himen, lo debe ser desde el momento mismo del nacimiento. Dejar de suponer himen a las personas asignadas como mujer al nacer  sería un gran paso adelante en nuestro empoderamiento y afectaría a todo el conjunto de la sociedad. Todas las personas se verían liberadas del poder del himen y muchos actos violentos hacia niñas y mujeres perderían su valor simbólico e incluso podríamos empezar a trabajar para su completa desaparición. 

Con todo esto, vuelvo a la reconstrucción del himen de Leticia. Una mujer sin himen pierde su estatus. Los hímenes se han reconstruido durante siglos para sortear y evadir el castigo que supone su ruptura no autorizada. Una vez reconstruido, la mujer sigue manteniendo su valor simbólico como mercancía de intercambio. Por otra parte, a la facción masculina siempre se le ha supuesto una compulsión malsana a romper hímenes que no les pertenecen. El desvirgar a alguien es una prebenda de gran valor en este mundo “imaginario” del que estamos hablando. ¿Qué busca una mujer como Leticia con la reconstrucción del himen? Si es verdad que lo ha hecho (cosa que no podemos comprobar a ciencia cierta, o yo al menos no) el hecho tendría una parte interna y subjetiva y una parte externa y de espectáculo. 

En la parte interna y subjetiva, todas y todos podemos suponer que Leticia le da mucha importancia a su aspecto juvenil y su promoción como objeto sexual. Aunque sus actuaciones, vídeos y presentaciones públicas desaten la mofa generalizada, esto no quiere decir que su visión de sí misma sea la que todas y todos los demás tenemos de ella. La reconstrucción del himen la pone, de forma simbólica, de nuevo en circulación. Le rejuvenece, le dota de un valor que perdió hace mucho tiempo. Es un proceso de dignificación y de resimbolización de su cuerpo, si me lo permitís. Es el culmen de una serie de transformaciones corporales técnicas que culminan con la vuelta atrás definitiva: la reconstrucción del símbolo de la pureza original. No hay patas de gallo que se resistan a un himen reconstruido. 

En la parte externa y de espectáculo, a ver, Leticia se va a pagar la operación y va a difundir la existencia y la posibilidad de la misma entre todas las mujeres interesadas en ese proceso de resimbolización. Por tanto, además de hacernos mucha gracia, sus tonterías en el twitter llegan a los subconscientes de mujeres vulnerables, sin autoestima, que no se sienten amadas y que quizás piensen en un momento dado que la reconstrucción del himen puede ser una solución a sus problemas. 

Así, a lo tonto, ya tenemos en la arena pública, y en primera línea, una operación de cirugía estética que reconstruye nuestra esencia y nos devuelve el tesoro perdido. Perverso. Es un ejemplo bestial de lo que B.P. llama farmacopornoterrorismo. 

Familias diferentes en la escuela

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En el año 2005, Griffith y Smith escribían Mothering for schooling. Estas dos autoras, sociólogas, trabajadoras, madres, escriben sobre la forma en la que el discurso escolar de la relación familia-escuela determina las tareas que nosotras, como madres, tenemos que realizar y se suponen necesarias y adecuadas para el funcionamiento escolar. De esta forma, la escuela mantiene una imagen de familia y madre ideales que actúan como pieza maestra para que todo el engranaje funcione.

Si sois madres y tenéis hijas e/o hijos en edad escolar, habréis sentido en algún momento la presión de la escuela y sus expectativas hacia vosotras. Según mi experiencia, el colegio de mis hijxs tiene una visión de la madre como una persona que se ocupa de su casa las 24 h. del día y que forma parte de una familia nuclear tradicional que tiene una red social extensa formada por la familia de ambos progenitores (que se supone viven en la misma ciudad) y por amigos/as y conocidos/as de la infancia, la adolescencia y la juventud.

Esta imagen determina en gran medida las acciones y “trabajos” que el colegio supone que la familia (principalmente la madre) puede desarrollar con relativa facilidad para apoyar sus procedimientos y sus actividades. Y el ignorar condiciones diferentes en los distintos tipos de familia supone una discriminación estructural que impone trabajos poco realistas sobre unos supuestos falsos acerca de las condiciones de vida de las familias.

Voy a enumerar ciertas condiciones que la escuela tendría que contemplar para no discriminar a familias y personas con distintos planteamientos y formas de vida en relación a su imagen ideal de familia y persona:

1) No todas/os las niñas/os pasan todos los días en la misma casa. Por tanto, la escuela debería tener esto en cuenta a la hora de comunicar ciertas actividades. Aunque los progenitores se lleven estupendamente (que afortunadamente siempre ha sido mi caso), la logística a veces es complicada, y no se puede pedir un disfraz de un día para otro, por ejemplo. El conseguir los elementos de un disfraz en un tiempo récord dependen de ciertas condiciones supuestas que pueden no darse en algunas familias: a) Todas las pertenencias de la criatura están en una sola casa; b) Uno de los miembros de la familia puede abandonar los cuidados para comprar/coser complementos del disfraz mientras el otro se ocupa de la prole.

2) Por otra parte, suponer que la familia dispone de una red social extensa deja fuera de juego a personas que se han trasladado al lugar desde su ciudad natal por motivos laborales y han dejado atrás a toda esa red. Por tanto, el conseguir cosas que la escuela da por hecho que “todo el mundo tiene” (como un sombrero de paja, unos pantalones azules, un pañuelo rojo o unos zapatos oscuros) adquiere mayor dificultad cuando no tienes primos/as, hermanos/as o amigos/as íntimos/as a los/as que pedírselo. O lo tienes o lo compras. Y para comprar algo, volvemos al punto 1: hay que avisar con tiempo y disponer de un presupuesto anual para disfraces y complementos.

3) Además de las familias monoparentales y de padres/madres divorciadxs, otro tipo de familias bastante ninguneado son las familias numerosas. La escuela supone una familia nuclear con un retoño, dos a lo sumo. Por tanto, da por supuesto que la capacidad de atención de las madres o padres hacia la tonelada de tarea escolar que mandan a sus estudiantes está focalizada en un máximo de 2 niños/as. Craso error. El trabajo aumenta exponencialmente con el número de hijxs. Y además, si alguno de ellos es un bebé, compatibilizar el apoyo a las tareas escolares y el amamantamiento y atención al pequeño o pequeña es una tarea de locos que la escuela no tiene en su imaginario.

4) Si además de familia monoparental y numerosa, resulta que eres madre trabajadora, apaga y vámonos. Instrucciones como “lavar la ropa del disfraz para volver a llevarlo mañana” o la de “llevar un plato típico de un país X” me dan risa y llanto a la vez. Ya no te digo tareas tales como “hacer una maqueta de una ciudad con material reciclado”. Esta última es de las mejores. Suponen que yo guardo los cartones de leche a la espera de que a la niña o al niño le vayan a mandar una tarea escolar, y que me puedo sentar toda una tarde entera, desatendiendo al resto de la familia y de las tareas cotidianas para hacer una obra de ingeniería.

5) Por último, y no menos importante, quisiera mencionar la persistencia de la escuela por asignarnos a las madres tareas de cocina y costura. Yo, que no sé ni coser ni cocinar, he tenido que ir esquivando durante años estas tareas que me imponían de manera persistente. Con los años he de reconocer que esta exigencia ha ido disminuyendo, pero hubo una época que me tuve que comprar una máquina de coser y aprender a mal usarla para que mis hijxs pudiesen participar en el desfile de carnaval que la ciudad organizaba para los colegios. Era un mes intenso de costura que tenía que compaginar con mi trabajo y el cuidado de mis pequeños, sin tener, como la mayoría de las madres con las que compartía tarea, conocimientos de costura y familiares con tiempo y con estupendísimas máquinas de coser industriales (vivo en una ciudad de tradición de talleres de costura).  Tardé en darme cuenta del absurdo, pero hasta entonces la costura me aportó semanas de angustia persistentes. No me malentendáis: me gustaría colaborar con la escuela, pero la escuela solo me pide hacer cosas que no sé hacer ni quiero aprender. Podría ir el día de los oficios a contarles que soy investigadora, organizar un taller de escritura o montar un cuenta cuentos o una escuela de madres y padres. Pero nunca se interesaron por esos talentos extraños para una mujer/madre de familia.

En conclusión, sería importante que la escuela tomase en serio eso de la atención individualizada. Su ideario de familia se corresponde cada vez menos con las múltiples situaciones que se pueden encontrar en la vida real. Además, debería dejar de atribuir características supuestas a las familias diversas: estas familias no son problemáticas de fábrica y merecen su atención y su respeto. Ya estoy un poco harta de escuchar las inferencias desinformadas que hacen sobre lxs hijxs de padres y madres separadas. Hagan su trabajo: descubrir los talentos y las necesidades educativas de sus estudiantes observando su realidad, y no imponiéndoles una realidad imaginaria y normativa que elimina la diversidad o la patologiza. 

Viernes dando la nota #55: Androgynous

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¿Qué más da cómo te vistas, si llevas falda  o pantalón, si eres padre o madre… o solo hijx? El caso es vivir y amar. El caso es crear y vivir. ¿Cuando el aspecto empezó a suponer etiquetado genérico, cuándo el etiquetado genérico empezó a suponer maltrato y violencia por una falta de coincidencia supuesta, por unas normas nunca escritas?

Here come Dick, he’s wearing a skirt
Here comes Jane, y’know she’s sporting a chain
Same hair, revolution
Same build, evolution
Tomorrow who’s gonna fuss

And they love each other so
Androgynous
Closer than you know, love each other so
Androgynous

Don’t get him wrong and don’t get him mad
He might be a father, but he sure ain’t a dad
And she don’t need advice that’ll center her
She’s happy with the way she looks
She’s happy with her gender

Mirror image, see no damage
See no evil at all
Kewpie dolls and urine stalls
Will be laughed at
The way you’re laughed at now

Now, something meets Boy, and something meets Girl
They both look the same
They’re overjoyed in this world
Same hair, revolution
Unisex, evolution
Tomorrow who’s gonna fuss
And tomorrow Dick is wearing pants
And tomorrow Janie’s wearing a dress
Future outcasts and they don’t last
And today, the people dress the way that they please
The way they tried to do in the last centuries

Androgynous fue retomada, después de los Replacements, por Joan Jett. Pero la versión que me parece más interesante es la interpretada por ella junto con Miley Cyrus (sí, la de la bola) y Laura Jane Grace. Esta canción fue grabada para recaudar fondos para la Happy Hippie Foundation, una ONG creada por Cyrus para apoyar a las personas jóvenes LGTB sin hogar. Parece que no todo es malo en la cantante de la bola. Parece que  vivir rompiendo las normas no escritas de qué llevar puesto, cómo decorar nuestro cuerpo, a quién amar y cómo sentir supone sufrimiento, abandono, violencia y desprecio. Abrir la mente cuesta un gran esfuerzo, pero una vez abierta ya no hay vuelta atrás. 

 

¿Por qué censuran los pezones?

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Ayer, la Fox nos sorprendió con un acto de censura absurdo y cateto: el que dicen que es el cuadro más caro de la historia, Las damas de Argel, de Picasso, apareció con los pezones de las damas emborronados. ¿Quizás los de la Fox temían que nos excitásemos con la visión de los pezones de un cuadro cubista? ¿Seguro que este gesto responde exclusivamente a la patanería de los responsables de una cadena de televisión?

Si tenéis una cuenta en Facebook, sabréis de su obsesión por los pezones. Si hay algo que les produce pavor a los administradores de esa red social es el cuerpo de las mujeres, y especialmente nuestras tetas y su puntiagudo acabado. En el siglo XXI, en el que la pornografía es el negocio que más dinero genera en Internet, no creo que esta obsesión censuradora esté originada en un inocente pudor derivado de valores tradicionales. Por el contrario, considero que este afán por censurar nuestros pezones deriva de un acto intencional que tiene como objeto hacer del pezón femenino un elemento de connotaciones exclusivamente sexuales. 

¿Y que tiene de malo que el pezón femenino tenga connotaciones sexuales? Diréis. Pues nada, si no viviésemos en una sociedad hipócrita que difunde violencia y pornografía de manera indiscriminada y después construye la sexualidad como un conjunto de actividades secretas que deben permanecer ocultas en los espacios públicos. Lo único que tienes que hacer para revestir algo de un halo de suciedad es prohibirlo. Y prohibir la visión de los pezones femeninos es algo que se manifiesta con más fuerza en una época en la que la difusión de la imagen en forma de vídeos y fotos caseras se ha extendido a la población general como parte de la era digital. Nuestro mundo está dominado por la imagen, y todo el que tenga una cuenta en una red social tiene la capacidad de difundir sus fotos. Sin embargo, a nosotras se nos veta la posibilidad de difundir fotos de nuestros pechos. Incluso las imágenes de amamantamiento han entrado en la categoría de censurables. 

Y es aquí donde quería llegar. Hubo un momento no muy lejano en la historia en el que dar el pecho en público era la cosa más normal del mundo. El ser humano es una especie mamífera, y los pechos femeninos, en fin, aunque no haga falta decirlo, tienen una función alimenticia en nuestra especie y se han usado hasta no hace mucho tiempo para amamantar a las crías. La historia del arte nos ha dejado gran cantidad de vírgenes de la leche que pueblan los museos europeos.

Virgen de la leche. Bartolomé Bermejo.
Virgen de la leche. Bartolomé Bermejo.

Censurar sus pezones sacros supondría una ingente labor de lavado de cerebro y de atentado contra el patrimonio. Pero la ignorancia social que nos invade, acompañada de la invasión mediática de las redes sociales y de la intolerancia de ciertos organismos públicos (tiendas, piscinas, museos bibliotecas de las que se expulsa a las madres lactantes), crean una visión de persecución social y rechazo de la lactancia materna. 

¿Y quién se beneficia con todo esto? Pues, como no podía ser de otra forma, las grandes multinacionales que nos venden sus productos artificiales para alimentar a nuestros bebés, y entre ellas, Nestlé, multinacional suiza que lleva 140 años en el mercado, obteniendo pingües ganancias con lo que llama “salud y nutrición”. Imaginad que la lactancia materna volviese a recuperar su puesto como forma de alimentación prioritaria de las niñas y los niños. Imaginad que los partos fuesen respetuosos y no medicalizados, no se separase a los bebés recién nacidos de sus madres nada más nacer, se usase la técnica de la cesárea solo cuando fuese estrictamente necesario y las bajas por maternidad permitiesen amamantar hasta los 6 meses en exclusiva y al menos hasta los 2 años con alimentación complementaria. Imaginad que pudiésemos sacar nuestros pechos en cualquier sitio sin sentirnos censuradas, juzgadas y castigadas. Eliminando todas esas trabas para el establecimiento de una lactancia materna exitosa, se acabaría el negocio de la leche materna (aunque ya sabemos que Nestlé tiene recursos para todo, y se va a engañar a las mujeres del “tercer mundo” cuando las del primero dejan de enriquecerle).

Así es cómo la mojigatería hipócrita de nuestra sociedad ante nuestros pechos desnudos controla prácticas de subsistencia tan básicas cono el amamantamiento y contribuye al enriquecimiento de unos pocos basado en el sufrimiento de muchos. Este es uno de los ejemplos de cómo la era digital controla nuestras prácticas y nuestros cuerpos. Si has conseguido, tras los muchos obstáculos que te pondrán y las múltiples informaciones erróneas sobre la lactancia materna que difunden personas de bata blanca, ofrecer la leche que tú misma generas y que es gratis, a tu bebé, todavía te queda enfrentarte al rechazo público de tus pezones. Y quizás decidas llevarte un biberón esos días que sales de casa y estás fuera todo el día. Porque sacar la teta en un espacio público te supone sudores y disgustos.

La censura pública recluta múltiples adeptos y adeptas que, con su ignorancia, están contribuyendo a que otros (que no son ellos) conserven sus ganancias a costa de nuestra salud. Por eso, movimientos como el #FreeTheNipple , al que se han unido famosas de todo el mundo, o el #MamáNoTeEscondas , promovido por madres y padres blogueras españolas, son de gran importancia y actúan como formas de resistencia al control semiótico que los medios de comunicación digital pretenden instaurar sobre nuestros pezones. 

La persistencia en la censura de los pezones los sitúa en una posición comprometida ante los ojos de millones de internautas y televidentes que, obedientes y sumisos en unas ocasiones, o pagados por intereses que no dan la cara en otras, van sembrando la inquina en las redes sociales con sus comentarios y denuncian el mínimo indicio de pezón que encuentren por ahí. Todo grupo de mujeres sobre parto natural o sobre lactancia tiene su troll. Con todo el tiempo del mundo, este personaje se dedica a denunciar puntualmente las fotos de amamantamiento o de partos naturales y a censurar, cargado/a de razón, a aquellas madres que se sienten en el derecho de mostrar prácticas que están en el corazón de nuestra existencia como especie. 

Se habla mucho últimamente (y con razón) de los ataques que sufren los grupos de feministas en las redes sociales. Aquí podríamos incluir los ataques que estamos sufriendo las personas que defendemos la lactancia natural y el parto respetado, que nos posicionamos en contra de la violencia obstétrica y de la medicalización excesiva, masiva y no necesaria de la infancia. Todo esto va en contra de intereses económicos muy poderosos (el alimenticio y el farmacéutico) que dependen, entre otras cosas, del control del cuerpo femenino para subsistir. Lo único que podemos hacer contra estos ataques es resistir. Y el único arma que tenemos es la unión, el apoyo mutuo y la difusión de la información. 

Viernes dando la nota #54: Lobo López

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Siempre quise analizar esta canción. Es una de esas que muestran un tipo de hombre muy común en estas latitudes: el descuidao graciosillo y libre, resistente al compromiso, enamoradizo y olvidadizo por igual. En Emborracharme, de Lori Meyers, ya hablé de ese tipo de hombre, entregado pero abocado al fracaso por su mala cabeza. El éxito de Lobo López se puede explicar por la oportunidad que brinda a algunas mujeres de reírse a pierna suelta de esos hombres-Lobos-López que pululan por sus vidas aportando muchas promesas de amor idílico, palabras bonitas, ojos de cordero degollado, versos sueltos de noches inolvidables y novelas de días de ausencias. 

Estos Lobos López son para disfrutarlos en el aquí y el ahora. Brindan momentos inolvidables de diversión y desenfreno. Experiencias psicodélicas, noches de borrachera, lectura de poemas a la luz de la luna, baños nocturnos en la playa, gamberradas inconfesables en las noches madrileñas y dejan un regustillo dulce y chisposo en el corazón. Querer profundizar más hace que Lobo López pierda su encanto. Lo mejor es decir “Bueno bueno Lobo, tengo que dejarte, me están esperando, nos encontraremos en alguna parte.”

Pero bueno, esos encuentros fortuitos a veces son muy provechosos. Se revive la pasión vivida y nos permite atesorar una experiencia de desenfreno más. Si se trata de frascos de amor, de comer mejor y de ese tipo de cosas, y estamos in the mood, pues podemos darle una oportunidad al López. Total, él mañana volverá a su rutina de merodeo, de piterpaneo eterno, de cañeo y ronda de sustancias. Y en algún momento volverá a decirnos que nos echa muchísimo de menos. ¡Bendito muro de metacrilato!

http://wp.me/p4dE2N-lN

Tú qué sabrás, mamá

(EDITADA para dejar claro que no es una entrada sobre adolescencia y rebeldía)

Una cosa que he aprendido como madre de una persona adolescente es que no sé nada. Todo lo que digo está pasado de moda, es un error, es absurdo, es prejuicioso, capacitista, todofóbico y alienante. Yo que me creía informada, abierta de mente, tolerante y esas cosas. Craso error. Todo lo veo con las gafas de la antigüedad que me caracteriza. Todo. Quiera o no. Y esto creo que no tiene que ver con la adolescencia y esa forma tradicional y occidental de ver esta supuesta fase del desarrollo. Creo que tiene más que ver con el proceso de ser que nos impone de alguna forma la sociedad en la que vivimos.

Leía el otro día que las madres no existen. Y me entró la risa, porque esa sola afirmación demuestra todo lo que nos necesitan, seamos traje o esencia. La nueva generación se construye negando la anterior, al menos en nuestra cultura, de modo que, seamos o no unas brujas, nuestras hijas necesitan negarnos (no tanto así nuestros hijos). Nuestra forma de vestir, nuestra forma de ver la sexualidad, nuestras ideas políticas, nuestras reacciones emocionales, nuestras relaciones de pareja, nuestra identidad de género, todo será cuestionado, con o sin argumentos bien construidos. Y no hay momento más desgarrador para una mujer joven que tener que dar la razón a esa que llama “mamá”. Y no hay momento más terrible que el atisbo de rasgos parecidos a “ella”. Creo que todo esto tiene que ver con el terror que les produce nuestra lucha y nuestro sufrimiento, nuestros conflictos y nuestros miedos. No pueden aguantar la simple idea de que van a pasar por lo que hemos pasado nosotras, y por eso buscan mil caminos para huir. Y a veces los encuentran. Otras se adentran en el laberinto y se pierden más aún. 

Hay algo en todo esto que me despierta ternura: a veces, negándome, mi adolescente me dice cuánto me necesita y lo desolada que se sentiría sin mí. No tengo más remedio que seguirle el juego, aunque sea una peligrosa relación de doble vínculo, de esas que te dicen “vete” y cuando te estás yendo te preguntan “¿A dónde vas, mami?” Esto requiere grandes dosis de equilibrio, que no soy capaz de atesorar en todas las ocasiones. Pero a ver ¿qué voy a hacer? ¿Abandonarla y olvidarme de ella, como me sugiere dramáticamente? Y es que, aunque su entorno de aprendizaje le invite a rechazarme como figura de referencia, ella encuentra en mí ese remanso de seguridad, lo busca, pregunta y espera la respuesta correcta y, si no la encuentra, se siente perdida. 

Creo que no me queda otra que aceptar esa vorágine de etiquetas que sobrevuelan mi cabeza, admitir que el feminismo de la ¿cuál ya? tercera o cuarta ola nos ha superado a las mujeres blancas heterosexuales de clase media sin haber resuelto ni uno solo de nuestros problemas y añadiendo uno más: el reproche que nos lanzan nuestras hijas por ser sus madres… o por no serlo. El reproche que nos lanzan por ser mujeres de la forma en que lo somos y su construcción como personas rechazando nuestra forma de ser mujer. Esto nos mantiene en la constante lucha de construcción de nuestra identidad en un permantente estado de conflicto. De oprimidas hemos pasado a opresoras sin haber pasado por la liberación. Y esto no tiene nada que ver con la adolescencia ni con la rebeldía: solo hay que darse un paseo por los textos postfeministas para ver dónde hemos acabado. Será que es necesario, pero es otro paso en el proceso de invisibilización, esta vez por no ser puta, trans, lesbiana, etcétera. 

El problema de hacerse relativista y abrazar el construccionismo social es que te pasas el día cuestionándolo todo y al final no sabes ni quién eres ni con quién estás hablando. Hay veces que echo en falta la simpleza de la ceguera socio-cultural, el no darme cuenta de cómo se mantiene esto que llamamos sistema. Quedar suspendida en el aire, sin etiquetas, lejos de ser una liberación, supone una desnudez descarnada que te deja sin saber que hacer. Pero en fin, de momento seguiré haciendo de madre, que parece que es el papel solicitado. Qué seré más adelante… la historia lo dirá.

Viernes dando la nota #53: Sister Golden Hair

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Sí, hoy volvemos al sonido California, a ese sonido de panderetas, a las camisetas ceñidas de manga corta, los vaqueros ajustados, y esas gafas de pasta de Gerry Beckley. América nace en Londres aunque, como su propio nombre indica, tiene más bien ese regustillo yankie que solo le puede dar el hijo de un tejano. Pero vamos a lo que nos interesa, Sister Golden Hair.

Los padres de Gerry, no muy acostumbrados a que los jóvenes llamasen “sister” a sus amigas, creyeron que había surgido un caso de incesto en su familia. Gerry tuvo que sacarles de su error: no es más que una canción de amor de pelo largo, sin compromisos, sin ataduras. “Además, mamá, está dedicada a ti y a las madres de mis amigos: todas sois rubias

Well I tried to make it sunday, but I got so damn depressed
that I set my sights on monday and I got myself undressed

I ain’t ready for the altar but I do agree there’s times
when a woman sure can be a friend of mine

Sister Golden Hair es una canción que hemos de escuchar con perspectiva. Las cosas han cambiado tanto, que seguramente a la muchachada le cueste reconocer este tipo de galanteo. Pero en esa época seguro que era lo más: que un chico le dijese a una chica que no se quiere casar con ella pero que no se la puede quitar de la mente, que quiere ser su amigo, que se ha pasado desde el lunes (nada más y nada menos) pensando en ella, esperando que llegase el fin de semana para volver a verla. Y encima que la llame “hermana de pelo dorado” (que así en castellano suena como más místico). Me imagino a la rubia escuchando todo esto y poniendo ojitos. Aunque luego quede todo en agua de borrajas, es un momento glorioso, no me digáis que no. 

Y como detalle friki, aquí os dejo la banda sonora de Breaking Bad, una de las canciones más conocidas de America, A Horse With No Name.