Adolescentes en la brecha

Siempre que oigo eso de que las hijas y los hijos aprenden lo que les enseñan en casa, me dan ganas de darme de cabezazos en la pared. “Pobrecita”, diréis, “ha sido un mal ejemplo para ellxs y ahora se arrepiente”. Pues no, en realidad no me arrepiento de nada. Pero sí he llegado a comprender por qué la característica principal de la adolescencia es el desafío a un orden autoritario, el de la familia, y la búsqueda de la propia identidad a través de la ruptura con este orden. 

No, no fuman, no beben. No se drogan (de momento). Estudian, hacen los deberes. Son un primor en cuanto a conducta en general. No tengo nada que echarles en cara, más allá de la dejadez para participar en las tareas del hogar y ese mal humor que no les puedo reprochar, por lo que me toca. Sin embargo, me dan miedo. Me dan miedo porque piensan demasiado. Porque han llegado a profundizar en temas que para mí son totalmente desconocidos. Porque, considerándome yo progresista, tolerante, así como en una línea chupiguay, consiguen hacerme sentir retrógrada y rancia cuando hablamos sobre ciertos temas. Y me da mucha rabia. Y me enfado. 

Me descubro en algunas ocasiones jurando en hebreo, diciendo que lo que plantean es antinatural, que eso son tonterías que se ha inventado una lista o un listo con mucho tiempo libre y poca cabeza. Sé que en otro contexto no lo diría, pero con ellos la desinhibición es total y sale a relucir mi verdadero yo sin filtros. Me da rabia que se fíen más de lo que les dice cualquier tuitero o tuitera que de lo que les digo yo. Me dan ganas de ir a buscar a la tuitera en cuestión y arrancarle los ojos, pero me contengo, respiro, y recuerdo que a mi me pasaba lo mismo con mi madre y mi padre (pero si pillase a esa tía, la despellejaba, os lo juro).

El caso es que, cuando llega el momento en que compruebas que tus esquemas mentales ya no son los que reinan en la casa, la crisis está servida. Lo que más me revienta es esa superioridad adolescente que desprecia todo mi conocimiento acumulado, que me mira con cara de condescendencia y me sonríe. Lo que más me asusta es que he perdido cierta influencia para adoctrinar. Lo que me alivia es que mi opinión sigue siendo importante, porque, lo admitan o no, les afecta profundamente lo que yo diga.  Lo que me encanta es que todavía me dicen que me quieren.

Viernes dando la nota #24: Un burdo rumor

viernes dando la nota 2Puede ser que haya gente que no sepa quién es Javier Krahe, ese cantautor garitero que conocimos en los años 80 por su disco La Mandrágora, junto a Joaquín Sabina (el innombrable) y Alberto Pérez. Ya con 70 años sigue en su linea irreverente que comienza cuando da carpetazo a sus estudios de empresariales y se larga con su novia a Canadá, según reza la Wikipedia. 

Esta canción que traigo hoy al #VDLN es, desde mi punto de vista, el himno de una generación de hombres preocupados por su rendimiento y/o por su volumen. Las expresiones artísticas cobran distintos sentidos a lo largo del tiempo, y lo que en su día fue una sátira sobre las exigencias femeninas se convierte, en una vuelta de tuerca, en una sátira sobre los miedos masculinos. Porque imagínense a una mujer haciendo una canción análoga sobre su vagina… NO…. ¿O sí? Sería algo así como “No sé tus escalas, por lo tanto eres muy dueño de ir por ahí diciendo que las tengo muy pequeñas…” y luego un sinfin de encuestas a diestro y siniestro con catadores que dan su opinión, finalizando con una referencia a que el amante en cuestión acuda al psiquiatra. Muy radical ¿no?

Seguramente, la cantante en cuestión sería tachada de feminazi. Pero pelillos a la mar. Es hijo de su tiempo, y todo eso del patriarcado no deja de ser un burdo rumor. 

Te pones precioso cuando luchas por mis derechos

3530456538_860257cbeb_bEstá claro que hay hombres… y hombres. Hoy vamos a hablar de los que nos gustan, de los que hemos tenido la suerte de encontrar en nuestro camino, de los que hacen esfuerzos para quitarse la costra patriarcal que llevamos todas y todos desde que nacemos. 

Son esos hombres que, cuando limpian el polvo, no dicen que nos están ayudando. Los que piden cita para el médico sin contar con nosotras porque la criatura se ha constipado. Esos que apoyan a las mujeres cuando son interrumpidas o silenciadas en una reunión. Los que exigen que haya cambiador de bebés en los servicios públicos masculinos. Los que lloran y los que ríen nuestros chistes.

Esos hombres no se ponen a la defensiva cuando hablamos de feminismo, y tampoco intentan abanderar el movimiento siendo los más feministas entre los feministas. Saben que hay un trabajo que hacer, y su papel es permanecer en un segundo plano. 

Son hombres que nos toman en serio. Nada de “qué carácter tienes, mujer” ni “ya estás con la regla”. Y a partir de ahí, la solución de los conflictos es mucho más fácil: dos personas adultas hablando con argumentos sobre sus diferencias y sus coincidencias. Sin palmaditas en la espalda, sin palabras bonitas y vacías. 

Hombres que se sienten orgullosos cuando su compañera tiene éxito profesional, que no se sienten inferiores por ello. Que no dudan en pedir una reducción de jornada para cuidar a sus hijos y que se sienten bien haciéndolo. Hombres que acompañan a sus mujeres en el parto, en la lactancia, en las noches sin dormir.

Hombres que corren con lobos, que bailan bajo la lluvia, que no nos quieren sumisas, que no son sumisos a un poder que nos oprime a todas y a todos. Esos hombres están preciosos cuando luchan por nuestros derechos. 

Viernes dando la nota #23: Los amigos que perdí

viernes dando la nota 2

Llegan las ferias de Villa Springfield y nos traen a Dorian. No es un grupo que me apasione, pero me gusta escuchar esas canciones que me traen a la memoria historias de juventud, cuando andábamos como pollos sin cabeza y nos perdíamos en desiertos interminables creyéndonos el centro del universo. Los amigos que perdí es una historia de un joven que se cree que ha madurado porque ha dejado de alucinar. No se da cuenta de que ahora, cuando ha sentado la cabeza, empieza la parte más surrealista de la vida: un mundo de reflejos que será muy difícil de descifrar si no aprende a traspasar las puertas de la percepción sin necesidad de sustancias.

Malditos decálogos

decalogoQué agobio tengo últimamente. No hago más que leer decálogos y consejos sobre cómo educar, tratar, contentar, sanar mi relación con… mis hijos y mi hija. “10 cosas que debes saber sobre…”,  “5 cosas que no debes decir a…”, “25 formas de…”. No doy a basto a leer tantas listas de buenas intenciones. Pero eso no es lo malo: lo peor es cuando intentas ponerlas en práctica. 

Ya hablé en mi entrada sobre las falsas preguntas sobre lo difícil que es llevar a la práctica estos consejos bien intencionados. No es lo mismo el ideal de interacción social que tienes en mente,  que la relación que realmente tiene lugar en el intento. Cuando te pones a aplicar alguna de esas propuestas imaginativas que alguien ha escrito haciendo un impecable brainstorming, los resultados pueden ser asombrosos. La última experiencia la tuve con el listado 25 formas de preguntar a tus hijos ¿cómo ha ido el día en el cole? 

Siempre he tenido problemas para obtener información sobre las mil canalladas que les hacen a nuestros niños y niñas en el colegio. Mi angustia materna imagina y teje mil situaciones terribles que se ocultan tras la cara de poker de mis hijos cuando salen por la puerta de esa institución demoníaca. Cuando mis ahora adolescentes mellizos eran pequeños, me tuve que repasar algún otro texto sobre memoria de testigos infantiles para recordad que los niños de 3 años son sugestionables y pueden generan falsas memorias para complacer al adulto que pregunta. 

Por eso, cuando leí el título de ese artículo, la verdad es que no abrigué mucha esperanza de su éxito, pero le eché un vistazo. Me llamó la atención la pregunta 12: “Si una nave de alienígenas llegara a tu clase y se llevara a alguien, ¿a quién querrías que fuera?” Uy, qué pregunta más sugerente y graciosa… voy a probar. Me acerco a mi Vampi, de 8 años, que estaba jugando con sus Playmovil muy concentrado y se lo pregunto. 

SORPRENDIDO

Esa fue su cara. Más o menos. 

– V.: Pues a nadie

– MK: ¿Ni siquiera a la maestra?

– V.: No

– MK: ¿Si tuvieses que elegir entre que se llevasen a la maestra o a algún niño o niña, qué elegirías?

– V.: Pues a la maestra.

Las únicas conclusiones que pude sacar de esta conversación fueron que mi hijo no cree en los alienígenas, que no quiere deshacerse de nadie de su entorno escolar en particular y que siente una solidaridad hacia sus congéneres que le hace sacrificar al adulto aunque no sienta nada malo hacia él  o ella. 

Esta experiencia me ha hecho reafirmarme en algo que he aprendido a lo largo de los años: que debo aprender a confiar en la capacidad de adaptación y supervivencia de mis hijos. No digo que no haya que estar atentos. Que las madres y los padres estén atentos a las señales que puedan lanzar las niñas y los niños es bueno y deseable. Lo que digo es que es mejor vivir sin miedo, como decía Rosana. Por eso, he decidido que, a partir de ahora, haré caso omiso de los decálogos y seguiré haciendo lo que he hecho siempre: observar, darles mucho la lata con mis sermones, defenderles con uñas y dientes cuando lo necesiten y estar siempre disponible cuando me quieran contar que la nave de alienígenas, por fin, llegó a su clase. 

¿Dónde está la tierra?

portal zone, another dimensionSé que este será el tipo de entrada que os hace pensar que he perdido el norte. Y es verdad. Pero no sólo lo he perdido yo. Mal de muchos, consuelo de tontos, dicen. Pero es que desde hace ya bastante tiempo (no es de ahora) siento que la tierra que está bajo nuestros pies se ha alejado y nos ha dejado suspendidos en una atmósfera irreal. 

Hablamos de ganar y perder de una manera tan superflua que me siento como en un tablero de ajedrez. No sé muy bien qué pieza soy, pero tengo claro que los movimientos no dependen de mi voluntad. Pierdo de vista los objetivos ante tanta información cruzada. No sé muy bien a dónde queremos llegar. El otro día vi una noticia por ahí que decía que se vendían aldeas abandonadas por un precio irrisorio y le envié el enlace a mi compañero de aventuras y desventuras. Así, sin más. Irse, volver a la tierra, desaparecer. Dejar de depender de un sistema que nos tiene cogidos de los pelos. Dejarnos de circunloquios complicados para seguir viviendo. 

Hubo un tiempo en que cualquier persona de la aldea era imprescindible. Cada cuál conocía su papel y lo desempeñaba sin escollos. Ahora todos somos prescindibles. Mueren miles de personas en lugares remotos y firmamos en Change.org para detener la masacre. Nos sentimos tristes y cansados y nos mandan una pastilla. Nos roban ingentes cantidades de dinero y salimos a la calle a gritar al aire. Tenemos hijos y nos dicen que no sabemos criarlos ni educarlos, desprecian el poder de nuestros cuerpos para alimentarlos y nos someten a prácticas violentas cuando les traemos al mundo. Y cuando se hacen mayores, la incertidumbre sobre su futuro dura décadas.

Vivimos en la sociedad del espectáculo, un espectáculo que está perdiendo su gracia. La verdad, no sé como acabar esta entrada. Esto no es un camino de ida y vuelta, pues partimos hace ya mucho tiempo y no sabemos a dónde nos dirigimos. No creo que la solución esté en unas elecciones. No creo que esto se solucionase aunque ganasen “los buenos”. Porque no es un problema político, es un problema humano. Y los problemas humanos son esos que se solucionan con cambios terrenales. Este en el que estamos metidos es de órdago, de glaciación, tormenta solar, tsunami, volcán y terremoto. Algo que sea capaz de destruir el yo y volver a colocar el nosotros en su lugar. 

Mi padre se reía cuando de pequeña le decía que el ser humano nunca debería haber salido de las cavernas. Ahora seguro que me tomaría en serio. 

Viernes dando la nota #22: I don’t Wanna talk about it

20140404-062132.jpgHoy os traigo una de mis canciones preferidas, I Don’t wanna talk about it. La conocí en la voz desgarrada de Rod Stewart y en uno de sus álbumes estrella, Atlantic Crossing (1975), lleno de canciones románticas. Pero los primeros en cantarla en 1972 fueron Crazy Horse.

Everything but de girl la cantaron en voz femenina en 1988

Indigo girls la cantaron para la BSO de Philadelphia

Pero mi versión preferida es el dúo que hizo Rod Stewart en 2004 con Amy Belle, una cantante callejera que fue descubierta por un amigo de Rod en las calles de Glasgow.

Como creo que la que me gusta en esta versión realmente es Amy, aquí os dejo de postre una preciosa canción cantada por ella sola: I love you.

La píldora de la felicidad

Es bien sabido que existe un sesgo de género en cuanto a la prescripción de ansiolíticos y  antidepresivos. En atención primaria, se receta con mucha más frecuencia este tipo de fármacos a mujeres que a hombres. ¿Qué pasa con las mujeres? ¿Somos más propensas a los desórdenes mentales? ¿Nos condiciona nuestra genética y nuestras hormonas a sufrir con más frecuencia ataques de ansiedad y depresión? ¿Somos la versión postmoderna de las victorianas histéricas que acudían a la consulta de Freud para psicoanalizarse y recibir sesiones de hipnosis?191007

Pongámonos en situación. El trabajo, la casa, los niños, son demasiadas cosas para una sola persona. Nuestra pareja también trabaja, y aunque colabora en el hogar (las veces que podemos decir esto, reconocedlo, no son muy abundantes) no asume la responsabilidad de la misma forma que lo hacemos nosotras. Plancha, comida, reuniones en el colegio, aseo de los niños, llevarles al médico, comprar el material escolar, ir a la reunión de trabajo, preparar los informes del mes, corregir trabajos y exámenes, estar presentable para salir a la calle… al final la montaña se va acumulando sobre los hombros y nuestra salud se resiente. Y empezamos a pensar si somos tontas o qué. Si es normal que toda la responsabilidad de una familia recaiga sobre los hombros de una sola persona. Mientras, vemos imágenes en la tele de casas perfectas, niños inmaculados, mujeres a la última con peinados perfectos que llegan a la oficina como si tal cosa y, cuando vuelven, todo está listo para seguir la rutina hogareña. Ah, y no lo olvidemos: la relación de pareja también es perfecta.

Happy_Family_Photo

Es entonces cuando se produce el crack. Y es aquí donde tenemos distintos caminos que elegir, que dependen de la forma en la que definimos el problema

1) Hay mujeres que achacan el ataque de nervios a su desordenada salud mental. No solo ellas: toda la sociedad lo hace. Una mujer que se descompone, sufre ataques de ansiedad, llora, chilla, es y siempre ha sido una histérica. El problema está en su interior: si no sabes regular tus emociones, si no consigues respirar y contener toda esa ira que mana de tu interior, eres una enferma mental. Es entonces cuando las mujeres acuden al médico y éste, que ya está acostumbrado a este patrón, les receta ansiolíticos y antidepresivos. Problema resuelto. La píldora de la felicidad como droga legal hace su trabajo, el mismo que hace el alcohol de manera menos aprobada por la sociedad. Ahogamos nuestras penas en las pastillas y el problema está resuelto, porque hemos definido el problema como nuestra reacción emocional desajustada a nuestro mundo circundante. Es el mismo proceso que observamos con el diagnóstico de TDAH y su medicalización: si el niño es “muy movido”, un diagnóstico de hiperactividad y la posterior medicalización con Ritalín resuelve el problema definido desde el interior del individuo.

6892668967_7400febce3_o

2) En segundo lugar, hay mujeres que tiran por el camino de la psicología positiva. Leen a Paolo Coelho, a Fisher, a Dyer. Se gastan una pasta en literatura de autoayuda y en clases de yoga. En este proceso, aprenden muchas cosas y mejoran su forma de pensar y su salud tanto física como psíquica. Sin embargo, en ese proceso descubren que hay cosas en el exterior que no cambian cuando cambia tu interior. Que un proceso de comunicación sana depende de ambos interlocutores, y que si el otro no está dispuesto a cambiar las normas del juego, por muy buena comunicadora que hayas aprendido a ser, hay escollos insalvables. Cuando vuelves de tu clase de yoga, la montaña de tareas sigue esperándote agazapada en el hogar. Aquí, el problema vuelve a estar definido desde el interior del individuo, aunque hay un paso hacia el exterior. Hemos resuelto parte del problema: nos sentimos mejor. Pero el exterior sigue siendo el mismo: demasiadas tareas para una sola persona, demasiadas exigencias, falta de comprensión, balones fuera, etc.

1131688192_89359e8d8d_o

3) La tercera vía nunca la recomiendo sin haber pasado por la segunda, aunque esto no será garantía de que no perdamos los nervios más de una vez. Esta tercera vía consiste en abordar el problema de cara. Coger el toro por los cuernos. En este camino hay mucho de ruptura, de aceptación y de cambio. En esta vía no tememos el conflicto: lo afrontamos como herramienta de transformación. Es cierto que este camino puede conducir a cambios drásticos. Implica definir el problema desde el exterior. De esta forma, nuestra relación de pareja, nuestras relaciones familiares, sociales y laborales se ven cuestionadas. Es la hora de un cambio que favorezca nuestra salud física y mental. La forma de resolver este problema puede ser muy diferente en distintos casos, pero en esta vía no nos sometemos a la opresión de la medicalización, que nos culpabiliza y aplaca nuestras emociones, que nos mantiene en la posición de que el problema somos nosotras.

Bien hermanas, toca pensar qué debe cambiar en nuestra vida para dejar de derrapar. La píldora de la felicidad es una solución pasajera que nos mantiene dormidas. No digo que no haya casos extremos en los que sea necesaria (nunca la he probado, la verdad), pero no me creo que las mujeres padezcamos más depresión y ansiedad por naturaleza. El recurso a la pastilla es la vía fácil que nos ofrece, sí, lo  voy a decir, el patriarcado para aplacar nuestro inconformismo con la situación a la que nos vemos sometidas. Antes, la santa inquisición quemaba a las brujas. Ahora las droga para que estén tranquilas y sin armar mucho alboroto. 

Lo sé, no estoy dando ninguna solución, ni siquiera un mísero decálogo. Pero es que no hace falta. Lo único que necesitamos es observar, evaluar, aceptar y actuar. Ninguna solución es rápida ni definitiva, pero lo que hay que tener claro es que lo importante es la forma en que definimos el problema. 

Viernes dando la nota #21 : Canciones románticas para Cris

20140404-062132.jpgNo sé si me gusta más esta canción o las versiones que nos inventábamos de ella. El caso es que el otro día la escuché en la radio y se me volvió a pegar como una lapa, igual que en aquel entonces. La canción nació vieja, con ese aire de años 50. De su álbum del 88, “Más allá del bien y del mal“, Los Rebeldes sacan su lado más romántico en Bajo la luz de la luna. Cris, va por ti, que hoy es tu cumple. I love you.

Y aquí una curiosidad. ¿Conocéis las canciones que hizo Carlos Segarra para la BSO de la película Las Edades de Lulú? Esa película tan mala basada en el estupendo libro de Almudena Grandes. Ahí va una de las más famosas, Buscando tu luz