Cuentos para dormir

Leer cuentos a los niños antes de dormir (y a cualquier hora del día) es divertido. Si lo haces de manera regular, fomentas su hábito lector y les enganchas al mundo del discurso escrito, que no es moco de pavo (esta expresión la uso porque es bastante difícil de traducir al chino, así que a ver quien es el guapo o la guapa que plagia esta entrada). Pero cuando se acaban los recursos impresos, suelo recurrir a mi calenturienta creatividad. Es entonces cuando más disfrutan. Si no fuese tan cansado, pasaría de los libros y les escenificaría cada noche una historia de cosecha propia. Los niños y las niñas son de naturaleza agradecida, y cualquier cosa que te inventes les parece maravillosa. Si además usas recursos no verbales, como modular la voz para los distintos personajes y gestos exagerados para darle vida a las escenas, tienes el éxito asegurado.

Empecé hace ya más de 10 años contándoles a mis mellizos la saga del famoso “Tal y tal” (no me dio la imaginación para inventarme un nombre más elaborado). Tal y tal era un pequeño niño aventurero que salía a jugar con su bocata de nocilla y siempre acababa envuelto en las más trepidantes aventuras. Todas las noches, de forma recurrente, Tal y tal entraba en el bosque de Irás y no Volverás a rescatar a un amigo, a una amiga, a su perro, a su gato o a quien quiera que fuese tan tonto para entrar en un bosque con ese nombre. De forma recurrente también, Tal y tal llegaba a la puerta de una cueva donde sospechaba que se encontraba la persona que iba a rescatar, y llamaba a la puerta TOC TOC TOC, y una voz profunda y grave respondía QUIEEEEEEN OSA LLAMAR A MI PUEEEEEEERTA. Tal y tal, muerto de miedo y con voz temblorosa, respondía soy yo, el pequeño Tal y tal. Entonces la puerta se abría con un espeluznante chirrido y, ante los ojos de Tal y tal aparecía… un pequeño ogro FEO FEO FEO y muuuuuuy pequeño, con la nariz llena de mocos que no hacía justicia al vozarrón que le había hecho estremecerse de pavor. A Tal y tal le entraba un ataque de risa nerviosa (a mis hij@s también) y el pobre ogro feo acababa llorando de vergüenza, reconociendo su complejo de inferioridad y devolviendo a la víctima secuestrada. Tal y tal se hacía amigo del ogro y prometía volver a hacerle compañía y enseñarle a hacer amigos para no sentirse tan solo, y volvía con el incauto o la incauta víctima a comerse el bocata de nocilla al parque.

 La saga de Tal y tal acabó hace tiempo, pero hace poco recuperé la costumbre olvidada de inventar historias a vuela pluma… o a vuela boca más bien (ala, traduce eso, mamón). Ahora han aparecido en nuestras vidas tres personajes que, la verdad, no son políticamente correctos, para qué nos vamos a engañar. Se trata de tres osos rosas, dos osos y una osa, que se llaman Telerín, Chiquilín y Ana Rosa (sigo teniendo poca imaginación para los nombres). En el primer episodio, Ana Rosa, que mangonea todo lo que quiere a sus dos pobres compañeros, les convence para que cojan una pistola de agua, se pongan una media en la cabeza y atraquen un banco. ¡¡PERO PARA QUÉ, ANA ROSA!! Y dice Ana Rosa la osa rosa:

– A ver chicos, ¿vosotros queréis ir de crucero?

– Siiiiiiii

– ¿QUÉ SOMOS?

– OSOS ROSAS

– ¿Y QUÉ QUEREMOS?

– IR DE CRUCEROOOOO

– Pues venga, pónganse las medias en la cabeza, cojan las pistolas, y a por el dinero, que yo me quedo aquí vigilando.

Así que Telerín y Chiquilín, todo temerosos, entran al banco y le dicen al cajero:

– Por favor señor, ¿nos da dinero para irnos de crucero?

– VEEEENGA YA, FUERA DE AQUÍ, TARAOS

Y los pobres osos rosas vuelven donde está la Ana Rosa y le dicen:

– No nos ha querido dar el dinero

-¿¿¿COMORRRRR??? Dadme la media y una pistola

Y va Ana Rosa, entra en el banco, todo el mundo al suelo, dame todo el dinero que tengas para mi crucero, le dan todo el dinero y sale triunfante con el saco de pasta. Se van de crucero los tres y colorín colorado este cuento se ha acabado. Y el resultado de este cuento es un niño y una madre a los que les duele la tripa de reírse. Tamaña chorrada nos proporciona un rato inigualable de diversión.

Moraleja: No es muy difícil crear. Cualquier chorrada es agradecida si se cuenta con gracia y con salero y si el que escucha y el que cuenta ponen el suficiente interés y entusiasmo. Como decían Mobby y Amaral:

Durmiendo Juntos

La cuna. Berthe Morisot.
La cuna. Berthe Morisot.

Cuando nació Vampi Killer, le regalaron una cuna. Nunca la estrenó. Desde su primer día de vida dormimos en la misma cama. Había leído sobre colecho, pero no sabía realmente cómo iba a progresar el asunto. Había leído sobre lactancia materna, sobre los patrones de alimentación de los recién nacidos, su mala costumbre de alimentarse tanto por el día como por la noche, con frecuencia las primeras semanas, y las ventajas del colecho para mantener la lactancia.

En un primer momento montamos la cuna, pensando que quizás fuese más cómodo acostarle allí cuando estuviese dormido después de alimentarse, pero poco a poco vimos que la cuna lo único que hacía era ocupar sitio en la habitación y la desmontamos. Entonces compramos una cama de dos metros. Una inmensa cama japonesa muy bajita para disminuir el peligro de caídas accidentales. Es la mejor compra que he hecho en mi vida.

El colecho tuvo, desde mi punto de vista, sus ventajas y sus inconvenientes. La mayor ventaja era poder alimentar a mi bebé mientras dormía. La verdad es que fue un bebé dormilón y comilón: si se despertaba, bastaba con ofrecerle la teta para que se volviese a dormir. Solo cuando estaba malito, muy de cuando en cuando, había que levantarse a mecerle en brazos para que se durmiera. Así que, por esa parte, era estupendo no tener que estar dando paseos nocturnos con un bebé en brazos, como pasó con sus hermanos mayores.

Otra ventaja era la tranquilidad de tenerle siempre al lado. Con los mayores me despertaba a media noche sobresaltada porque no habían llorado, y me iba a verles a la otra habitación para comprobar que respiraban. ¿Obsesiones de primeriza? No lo sé, he oído a otras madres y padres mencionar este miedo y esta conducta. Pero tener al bebé a mi lado me daba paz, y me encantaba sentir su respiración acompasada y saber que estaba bien. A esto se unía el placer de poder acariciarle y besarle mientras estaba dormido.

Pero no todo eran ventajas. Permanecía prácticamente durante toda la noche en la misma postura: de lado, de cara al niño, para amamantarle. Esto me produjo fuertes dolores de cadera, que aún hoy, después de los años, permanecen. Esto, unido a mi manía de cargar a un bebé regordete también en la cadera, con una bandolera, me dejó la espalda hecha un ocho. La práctica del yoga palió un poco estos dolores, pero lo cierto es que, desde entonces, tengo contracturas por toda la espalda y el eterno dolor de cadera.

Por otra parte, cuando el niño ya era mayor, tres años aproximadamente, le pusimos su nueva cama. Él se dormía en mi cama, y cuando estaba dormido, le llevábamos a la suya. A media noche siempre volvía con nosotros, muy sigilosamente, y se acostaba en su sitio acostumbrado: en medio de la cama. Poco a poco fue durmiendo cada vez más tiempo en su cama, pero a día de hoy, con 7 años, no he conseguido que se duerma solo. Normalmente no me importa meterme con él en su cama hasta que se duerma, pero a veces es desesperante tener que estar metida en su cama a las 10 de la noche, con cosas por hacer y luchando para que no me venza el sueño a mi también. No creo que esto sea malo para él en absoluto (aunque me ha dejado bien claro que ni se me ocurra contarle a sus amigos cómo se duerme él) pero si lo es para mí. A veces me quedo dormida y me despierto a las 11 o las 12 refunfuñando y poco operativa para realizar cualquiera actividad.

Por lo demás, el colecho creo que ha sido beneficioso para él: le permitió alimentarse cómodamente por la noche durante los primeros dos años (edad en la que decidí amamantarle solo por el día), le aportó seguridad ante su miedo a la oscuridad y los monstruos nocturnos y creo que su carácter afable e independiente proviene de esa seguridad que se fue forjando a lo largo de los años. Dormir con su mamá sigue siendo, no obstante, un placer para él. “Qué bien se está aquí” dice los días que le dejo acostarse en mi cama y dormir junto a mi.

PIDAMOS RESPETO PARA LA QUE PARE Y EL/LA QUE NACE: NO A LA VIOLENCIA OBSTÉTRICA

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Ron Mueck. Un bebé de 5 metros

Durante mi primer embarazo, en 1999, todavía no estaban en voga las redes sociales. La información sobre el parto, la lactancia y demás era de más difícil acceso que en la era 2.0. Sin embargo, yo conseguí unos cuantos libros y los devoré durante los nueve meses de espera. El que recuerdo con más cariño es El gran libro del embarazo y el parto, de Sheila Kitzinger. No sé si tuve buena o mala suerte de que ese libro cayese en mis manos. En ese momento no entendía las implicaciones de que fuese ese libro, y no otro, el que formase mis ideas sobre el parto y el nacimiento.

Sheila Kitzinger es una antropóloga social que nació hace ya muchos años, en 1929, en el Reino Unido. Yo no sabía que esa mujer era una activista por el parto natural. Tampoco sabía, por aquel entonces, la diferencia entre un parto natural y un parto medicalizado. Pero lo que Sheila contaba en aquel libro me parecía de un sentido común tan aplastante que no creí que la realidad hospitalaria fuese tan diferente a lo que ella contaba. La tengo un poco de rencor por no avisarme en la edición en español, pero le agradezco que me hiciese ver la importancia de un parto respetado.

Mi primer parto fue gemelar. Nunca hubo ninguna sugerencia por parte del ginecólogo que me llevaba el control del embarazo en el mismo hospital en el que parí de que fuese a ser necesaria una cesárea (qué bien, estaba muy contenta). Para qué decir lo contrario: yo paro estupendamente. Ni se me detienen las contracciones, ni hay sufrimiento fetal ni nada de nada. Dos de un golpe pariendo como “toda la vida”. Así que no entendí por qué nada más llegar al hospital me rompieron la bolsa del líquido amniótico y me enchufaron oxitocina, dos prácticas cuya práctica rutinaria está desaconsejada por la OMS. Podéis decir que soy una antigua, pero a día de hoy sigo escuchando a mujeres contar cómo les rompen la bolsa y enchufan el “gotero”, y para tener un parto natural y no medicalizado tienes que convertirte en la “rara” y la “loca” que lleva un plan de parto en ristre. O como alternativa tienes que viajar kilómetros para parir en un hospital que tenga experiencia en partos naturales (qué contrasentido).

Yo hacía meses que no me podía tumbar boca arriba. Con dos bebés de 3 kilos cada uno en la barriga era imposible que los pulmones tuviesen espacio. Pero los monitores requerían esa postura, aunque está demostrado que no aportan gran ventaja frente a métodos menos invasivos. Boca arriba, asfixiándome, pretendían que llegase al expulsivo (y llegué, porque mi cuerpo funcionaba perfectamente a pesar de sus invasiones). Entre gritos de “como no empujes te hacemos una cesárea” vinieron mis niños al mundo. Y se los llevaron durante una hora para observarlos. Una hora. Sin darme ninguna explicación. Y yo les dejé. La hora más larga de mi vida. Una separación innecesaria y absurda, ya que los niños estaban perfectamente. Siempre he sospechado que necesitaban datos para una de sus investigaciones sobre nacimientos gemelares, porque entraron en un programa de control del desarrollo cardíaco sin que ellos tuviesen ningún problema de ese tipo.

Cuando me devolvieron a mis niños, me empezó a bajar la tensión y empecé a desvanecerme. Me metieron corriendo en la habitación para sacarme la placenta que habían dejado dentro. Fue una experiencia mucho peor y dolorosa que todo lo anterior. Y mientras ocurría, nadie me explicaba lo que estaba pasando. Así que, a partir de ese momento, no dejé que nadie me pusiese un dedo encima en ese maldito hospital. Ya había sido suficiente. Entraban en la habitación y pretendían que saliese todo el mundo para controlarme mejor. Yo les pedí que no saliesen y me negué a cualquier exploración. La residente de turno, de muy malas maneras, me dijo: “mira bonita, que llevo toda la noche sin dormir y me tengo que ir” Y yo le dije:”mira bonita, una persona que no ha dormido en toda la noche no me pone la mano encima ni de cachondeo”.

Cuando oigo a las mujeres decir eso de “que sea una horita corta”, “cuando vi a mi bebé olvidé todo”, “lo hacen por nuestro bien y por la seguridad del bebé”, no puedo más que lamentar el largo camino que nos queda a las mujeres para respetarnos y hacernos respetar. Ninguna de esas prácticas invasivas y, en algunos casos, yatrogénicas, son necesarias. Las mujeres nunca han parido boca arriba hasta que un señor decidió que era la postura más cómoda para que él atendiese un parto. La bolsa del líquido amniótico se rompe sola durante el parto, y la oxitocina la produce la mujer de manera natural en el proceso. El libro de Isabel Fernandez del Castillo, La Revolución del Nacimiento, explica todo esto de manera sencilla pero exhaustiva. Salió justo cuando estaba embarazada de mi tercer hijo. Me dejó las cosas muy claras: una y no más. No me iban a volver a ver en el hospital.

Michel Odent dijo algo obvio pero que produjo y todavía produce gran rechazo: el bebé es un mamífero. Y nosotras también lo somos. Aunque haya gente a la que le moleste esa afirmación, es así. El proceso de parto ha funcionado durante milenios. El ser humano ha evolucionado y ha conseguido que las tasas de mortalidad desciendan gracias a la ciencia médica. Pero no dejemos que esta ciencia, que es tan beneficiosa si se usa racionalmente, se convierta en nuestra pesadilla. Racionalizar la medicalización en el parto para respetar a la mujer que pare y al bebé que nace sigue siendo la gran asignatura pendiente en nuestro país.

EL NIÑO

NiñoNunca he visto un fantasma, ni lo voy a ver. Pero la historia que os voy a contar está basada en hechos reales. Nunca he visto un fantasma, pero a veces siento que un niño me mira. Unos ojos grandes y negros, un niño vestido de blanco, vestido ¿de comunión?. Un traje de comunión antiguo. Un niño que implora. Continue reading