Hansel y Gretel en Villa Springfield

Ayer nos levantamos en Villa Springfield con la triste noticia de que dos niños habían sido abandonados por sus padres en el Ayuntamiento. Los niños, de 10 y 22 meses respectivamente, fueron enviados con premura a una casa de acogida de Portland. Un gran revuelo se extendió por el pueblo. La gente hacía todo tipo de comentarios en la plaza. A media tarde se habían formado dos bandos claramente diferenciados: los que se compadecían de la decisión que había tenido que tomar esa pareja, en la calle y sin ningún medio de vida ni domicilio fijo, por una parte, y los que clamaban contra unos padres desnaturalizados que abandonaban a sus hijos sin luchar por mantenerlos a su lado, por otra. Hubo quién se preguntaba en voz alta por la nacionalidad de la pareja (seguro que son extranjeros) y aseguraba que él (springfildiano de pro) nunca haría algo así. Los menos, nos preguntábamos por qué nuestro excelso Ayuntamiento no había ofrecido apoyo a la familia para que no tuvieran que separarse de sus hijos.

Hoy leemos en la prensa la versión que dan los padres de las criaturas. Alegan que, al no tener un domicilio fijo, no tenían posibilidad de cobrar el subsidio de desempleo. Por ello acuden al Ayuntamiento a solicitar una dirección ficticia para tal fin. Vamos, que fueron buscando apoyo y se encontraron en una trampa sin salida en la que los funcionarios les conminaton a marcharse dejando allí a sus hijos, al más puro estilo Sor María pero con apoyo legal y cobertura de prensa.
Todo esto me hace plantearme nuevamente la mierda de sociedad en la que vivimos. Una sociedad que no valora, respeta y apoya la infancia es una sociedad enferma. Y separar a unos niños de su madre y su padre sin medidas sociales de por medio, sin ofrecer un apoyo institucional a la pobreza, es una medida más propia de un estado totalitario que de un país que presume de tener la Constitución más progresista de Europa. 
¿Alguien se ha preocupado por la pena y la desesperación de esos niños al ser separados de sus padres? ¿Del efecto que esto pueda tener en su desarrollo posterior? Ah, no, que son pobres y medio extranjeros. Yo solo les deseo que no sufran mucho en la casita de chocolate en la que les ha colocado nuestra estupenda concejala de servicios sociales y que encuentren lo antes posible el camino de vuelta a los brazos de su madre.

DEBERES PARA EL VERANO

Por fin nuestros niños y niñas tienen vacaciones. Después de un largo curso de pupitres, pizarra y notas, llega el merecido descanso. Las plazas se llenarán de voces infantiles llenas de juego y alegría. Qué bonito. Ah, ¿qué dices? ¿Que no? ¿Que tienen que hacer deberes? No me jds.

Pues sí, ayer Mother y Father Killer llegaron a casa con un dossier de tareas veraniegas para Moster Girl y Vampirillo. Entre el inventario había problemas, sumas y restas, dictados, lecturas e incluso aprender a hablar en público. Farher y Mother se miraron con incredulidad. ¿Tenían que hacer de maestros durante el verano? ¿Y lo de hacer de padre y madre para cuando?
— ¿Y a ti qué te han dicho de Vampirillo, Mother?
— Que se tiene que esforzar y participar más en el grupo. Me ha dicho que hagamos cosas este verano.
— ¿Y qué vamos a hacer?
— Pues se me ha ocurrido que vaya a la próxima reunión de vecinos a debatir sobre el arreglo de las goteras del tejado.
— ¿Tú crees? ¿Y si le montamos una asamblea de amiguitos en el camping?
— Qué quieres ¿acabar con su reputación? Los niños en verano juegan, no hacen asambleas.
— Cierto… 
— Bueno, ¿y Monster Girl? ¿Qué tiene que hacer?
— Muchas cuentas y problemas para madurar.
Aquí hago un inciso. ¿Madurar? Madurar maduran las peras, las manzanas, los tomates. Las matemáticas se aprenden, a no ser que hayan cambiado las teorías que me enseñaron el la Facultad de Psicología. Cierto que hay una base conceptual que madura a una temprana edad, relacionada con el concepto de número y la numerosidad y que si esta base no evoluciona de la manera típica, pueden aparecer dificultades en el aprendizaje del cálculo y la aritmética. Pero de ahí a pensar que las matemáticas se aprenden por maduración haciendo muchos problemas y cuentas va un trecho que ignora todas las teorías del aprendizaje y los procesos educativos.
Es curioso, porque los maestros se supone que estudian Psicología del Desarrollo y Psicología de la educación, de modo que sabrán que las teorías de la maduración de Gesell (http://es.m.wikipedia.org/wiki/Arnold_Gesel)l  sobre el desarrollo infantil fueron superadas en los años 60 por el conductismo, y a partir de entonces han pasado muchas cosas: la Psicología Cognitiva recuperó el estudio de los procesos mentales desterrado por el conductismo y a su influjo surgió una interesante línea de investigación aplicada a la educación que prima el aprendizaje significativo frente al memorístico. Por otra parte, autores que desarrollaron sus trabajos incluso antes que Gesell,(http://www.education.com/reference/article/arnold-gesell-child-learning-development-theory/como el Soviético Vigotsky (http://www.learning-theories.com/vygotskys-social-learning-theory.html) o el Ginebrino Piaget (http://www.learning-theories.com/piagets-stage-theory-of-cognitive-development.html, desarrollaron, cada uno a su manera, elegantes teorías del desarrollo y el aprendizaje que siguen influyendo decisivamente a los teóricos actuales de la educación.
Lo más importante de estas dos teorías es que ofrecen propuestas bastante concretas sobre lo que hay que hacer para que las niñas y los niños aprendan. Sin menospreciar el aprendizaje por descubrimiento de Piaget, me he decantado siempre por la propuesta sociocultural de Vygotsky y su concepto de Zona de Desarrollo Próximo. Lo que plantea Vygotsky es algo tan sencillo como que, para que un niño aprenda, alguien le tiene que enseñar ofreciéndole apoyos que vayan ligeramente más allá de lo que sabe hacer solo. Claro, esta propuesta se carga de un plumazo algunas de las premisas del sistema educativo actual: pierde sentido que el maestro marque un ritmo similar para todas las criaturas que habitan su aula y, por otra parte, pone en cuestión los métodos didácticos basados en la lección magistral y la cumplimentación hasta la saciedad de los ejercicios propuestos en los libros de texto.
Pero además, Vygotsky nos muestra cómo el aprendizaje solo se entiende si va ligado a actividades funcionales y significativas para el aprendiz. Esto significa que, para aprender matemáticas, es más interesante necesitarlas en algún momento de tu vida cotidiana y tener a alguien cerca que te enseñe a usarlas que inflarte ha hacer cuentas y problemas descontextualizados sin ton ni son.
–Father ¿Sabes lo que te digo? Pasemos de torturar a los niños este verano con tareas sin sentido y mandémoles a hacer la compra. Monster será la responsable del dinero y Vampi tendrá que asumir la parte interactiva de la tarea: hablar con el tendero.
— ¿Comeremos este verano?
— Confiemos en ellos. Seguro que desarrollan sus propias estrategias.
— Eso es explotación infantil, lo sabes ¿verdad?
— Todo sea por su educación, Father, todo sea por su educación.

EL INTERÉS SOCIAL DE LA INFANCIA

Los niños y las niñas se han convertido en una masa objeto de gran interés cuando se trata de adoctrinar para conseguir adeptos, votantes, fieles, forofos, etc. de las diversas sectas de las que se compone nuestra sociedad. La iglesia quiere meter mano en la escuela para introducir a los niños en la cabeza la idea de dios y que, cuando sean mayores, no duden en marcar la casilla de la iglesia en su declaración de la renta. Los ganaderos quieren meter mano en la escuela con la idea de elevar la muy selectísima pero minoritaria afición de nuestra sociedad por la fiesta nacional y así seguir embolsándose la pasta por torturar animales en un ruedo. Los políticos quieren manipular los materiales de aprendizaje de nuestros hijos y nuestras hijas para tener su oportunidad de fijar un modelo de sociedad obsoleto y caduco en sus mentes vírgenes.

Pero a pesar de este grandísimo interés por la infancia, las familias seguimos teniendo grandes dificultades para conciliar nuestra vida laboral con un cuidado y una atención de calidad hacia nuestros hijos e hijas.El ser humano tiene crías, se reproduce: es un hecho. Un hecho que parece que a algunos y a algunas no les parece bien, sobre todo cuando las personas que los tienen son empleadas o compañeras de trabajo. No voy a hablar aquí de las medidas de conciliación de la vida familiar y laboral, sobre las que ha corrido tinta, y es bien sabido que son mucho mejores en países como Alemania o Finlandia. Voy a hablar de la falta de consideración de la propia sociedad hacia las personas que tenemos hijos e hijas, que, por suerte o por desgracia, empezamos a ser minoría. Voy a hablar de las situaciones cotidianas en las que tener niños nos convierte en bichos raros, estorbos, casi antisistemas.
Primer caso. La amiga despechada.
Imaginad la situación: dos buenas amigas que salen juntas, hablan por teléfono todos los días, comparten hobbies y aficiones, toman café, van a la piscina. Una de ellas queda embarazada y, a las 40 semanas (semana arriba, semana abajo) tiene un bebé. Entonces, su vida cambia radicalmente. Un bebé no es un gatito, no se alimenta de pan y leche. Un bebé requiere de una atención continuada de 24 horas al día. La mamá que lo atiende (y el papá que atiende a la mámá, si es que la mamá tiene esa suerte) está a menudo extenuada, y los pocos ratitos libres que tiene los dedica a descansar, a asearse, a comer y a otras actividades que mantienen sus constantes vitales equilibradas. Es entonces cuando la amiga advierte que algo ha cambiado. Sus llamadas ya no son atendidas puntualmente, su amiga ya no va a la piscina ni toma café con ella. Su amiga siempre está cansada y evita las largas conversaciones sobre los múltiples amores y desamores que, en ese momento, le suenan a Peterpanmanía pura y dura. Y entonces un día, la mamá extenuada se encuentra con esta sentencia lapidaria acompañada de una mirada de desprecio: “¿Te has dado cuenta de que te has quedado sin vida? La has sustituido por ese bebé.”
Muy comprensiva hay que ser para que esta amistad siga su curso. Los malestares se van acumulando, los desencuentros se amontonan, hasta que la relación se rompe y no vuelve nunca más. Porque si alguien que se llama “amiga” no comprende que mi vida y ese bebé ahora son la misma cosa, es muy difícil que pueda integrarse en este río de acontecimientos que supone la maternidad.
Segundo caso. El colegio sabe más de crianza que yo.
Eso parece ser, y se permiten decirle a las madres de infantil en la reunión previa al primer día de colegio de sus niños y niñas de 3 años que no les tienen que mimar, que si lloran que ya se les pasará, que no le den mayor importancia. Que se vayan tranquilas a sus quehaceres: el colegio se ocupará de esas rabietas sin sentido. Pero vamos a ver, ¿en qué país vivimos? ¿Es que en magisterio nadie ha estudiado a Bolwy y la angustia de separación? ¿No saben que lo normal es que un niño llore si le separan de su madre, que lo extraño sería lo contrario? ¿Y cómo pretenden que me dé la vuelta indiferente ante el llanto de mi hijo? Y encima te vetan la entrada al centro. ¿Qué esconden ahí, instrumentos de tortura quizás?
Ya, ya sé que estoy exagerando un pelín… pero tanto secretismo te hace sospechar ¿no? ¿Tanto perturbamos el ritmo perdagógico del dibujado de círculos amarillos (tarea predominante en primero de infantil) que no podemos entrar a echar un vistacillo a nuestro peque?
Bueno, vale, aceptamos barco. Pero que encima me den consejos de cómo criar a mi hijo, eso si que no. Vamos, que le digan a la madre de tres hijos o más a qué hora se tienen que acostar, qué tienen que hacer los fines de semana y qué tienes que darles de cenar me parece una intromisión excesiva en mi vida familiar. Y encima que no me pregunten nunca: ¿Qué le gusta a Vampirín? ¿Cuál es la forma de comunicarse con él? ¿Cuáles son sus peculiaridades? Una extraña sensación se apodera de nosotras: nuestro hijo se ha convertido en un número. Esta sensación no te abandona hasta que llegan a la universidad, donde siguen siendo un número pero independiente, con fundamento.
Tercer caso. Participación en la vida de la comunidad. 


Desde que tengo hijos me adquirido una gran cultura sobre animación infantil, conciertos cutres de jóvenes saltarines disfrazados de seres extraños, cabalgatas en las que te fríen a caramelazos… es una pena, pero todo aquello que está dirigido a los niños es un bodrio absoluto. No recuerdo haberme entretenido con una película de dibujos animados desde que estrenaron BUSCANDO A NEMO. Y encima, más adelante, tuve que ir a ver High School Musical y Crepúsculo. SÍ, ME GUSTARON, LO CONFIESO. Llega un momento que tu cerebro entra en un estado de enajenación que te tragas lo que te echen. Pero por favor, dejadnos entrar con los niños en actividades de adultos. No os molestéis tanto cuando escucháis a un niño llorar o cuchichear. En una reunión, una conferencia, la proyección de una película, una obra de teatro ¿no nos dejaríais estar un rato sin empezar a chistar como locos? O al menos ¿No podríais facilitar nuestra participación en la vida social adulta de alguna forma? Si nos preguntáis, os podemos dar ideas.
Cuarto caso. Los sin hijos (parafraseando a Cosas que (me) pasan) Ya en el primer caso hemos hecho un acercamiento. Sin embargo, merece la pena incidir en este aspecto. No se os ocurra decir “qué cansada estoy” delante de un o una sin hijos. Yo he obtenido algunas respuestas de este tipo: 
Cansada ¿de qué? si  o has hecho nada. Reacción: mirada asesina y desearle que tenga pronto un bebé de los de alta demanda que le sacuda las entrañas de arriba a abajo y de dentro a afuera. La maldición está echada. 
Verbalizas muy a menudo que estás cansada. Deberías revisar lo que estás haciendo mal en tu vida.  Esta frase épica es de la amiga despechada. No voy a decir lo que pensé en ese momento, porque ya pongo bastantes tacos en el blog y no es plan de sobrarme hoy. Pero una buena hostia si que la hubiese dado. 
Hay que comprometerse en la lucha social. Deja a los niños en algún sitio y ven a la asamblea. A ver, define algún sitio. Porque me gustaría saber qué hay en tu cabeza cuando piensas en algún sitio. ¿El cuarto de las ratas? ¿La despensa con candado tipo Carrie, tupida de imágenes de Cristo crucificado? ¿O quizás una más normalita, como en la que encerraban a Harry Potter (malditos muggles)? Venga, encuentra el sitio adecuado y después de la reunioncilla me recoges al niño, le das de cenar y le acuestas, please. 
Estos casos no agotan las ocasiones en los que las personas con hijos e hijas nos sentimos ignoradas,  incomprendidas y marginadas. Pero no lo olvidéis: existimos, gracias a nosotras y nosotros cobraréis (a lo mejor, quizás, con suerte) vuestras pensiones. Y si quitan las pensiones, espero que lo hagan de forma selectiva: solo tendremos derecho a ella los que hemos invertido nuestro tiempo, nuestro amor y nuestra riqueza personal criando a nuestros hijos. 

CONSULTORIO SENTIMENTAL

Hoy he recibido en mi página un mensaje que dice así:

Querida Mother Killer o Killer Mother,  me gustaría me ayudarás con una duda: hoy a las puertas de las vacaciónes escolares,  que no son de tres meses pero si aproximadamente 2 meses y 19 días ¿Como coño hago para que me respete mi hijo de 4 años y su hermano mayor escorpio, a los cuales he criado y crió con apego y amor ( traducción ” hacer lo queráis conmigo” que si eso ya me sacrifico yo”) gracias tronka!!

Respuesta: 
Querida amiga: 
Para que nos respeten, lo primero que hay que hacer es respetarse una misma. O al menos, si nos respetamos nosotras, nos dará igual que no nos respeten los que tenemos a nuestro alrededor. Poco a poco se irán dando cuenta que sus fechorías no calan hondo en nuestros huesos y no nos minan la voluntad. 
He leído en algunos sitios que si los niños te pegan, hay que darles un abrazo y mucho cariño. A mí personalmente eso me parece una soberana tontería. Si a una persona a la que pegas, te da un abrazo y un beso, al principio te desconcertará, pues no es la conducta habitual: si tú pegas a alguien, lo más normal es que te la devuelvan. Pero si te sigue pegando y sigues haciendo lo mismo, lo que vas a conseguir es que te pegue más fuerte, para que se quite de encima esa pesada que, encima de que estoy cabreado y la estoy intentando hacer daño, se me pega como una lapa. 
Además, si tu hijo o hija te pega y tú te pones amorosa, aprenderá que para conseguir cariño da lo mismo que pegues a alguien o que le llames amor mío. Eso, ya sabes, le producirá grandes traumas en su vida cotidiana, y tú acabarás con yernos o nueras sadomasoquistas en tu haber. 
Así que, cuando tu hijo  te pegue, no reacciones de forma desmedida, no le sueltes una hostia (bien dá), no le zarandees ni le tires a la piscina, pero tampoco des saltos de alegría. Enfádate y huye despavorida, déjale ahí solo, donde esté, y que te eche de menos. Si estás en unos grandes almacenes, espera a que los guardias de seguridad le encuentren, llorando y moqueando, y le lleven a megafonía. Cuando escuches tu nombre (sabe cómo te llamas ¿verdad? Se lo habrás enseñado… ¿no?… vaya madre), remolonea un poco entre los estantes del perfume y el maquillaje: seguro que encuentras algo que te guste. Pasado un rato, ves a por él (no esperes a que le lleven al centro de acogida, tampoco es para tanto), y cuando le veas dale un beso y un abrazo. Ahora sí que lo necesita. 
Eso es criar con amor y con apego: dar a nuestras hijas e hijos lo que necesitan en cada momento, sin excusas, sin melindres, a pecho descubierto. Nunca dejes de respetarte, querida. Si no te quieres tú misma ¿quién te va a querer?

LOS CALCETINES NEGROS

Cuando tus hijos se convierten en adolescentes estás en ese punto intermedio en el que no sabes si seguir preocupándote de su armario y su bolsa de equipaje o dejarles hacer para que adquieran independencia y autonomía. Pero cuando les dejas autonomía y se les olvidan los calcetines negros para el concierto, se llevan los pantalones arrugados y a última hora te dicen que los zapatos se les han quedado pequeños, el arrebato de culpabilidad es tal que que te tiras un día entero dándote golpes de pecho.

Phantom Killer toca la viola en una orquesta. En los conciertos visten de negro integral. Pero a su edad, la ropa no dura mucho, y de un concierto a otro parece haber encogido.

–Hijo, toma dinero y te compras unos zapatos negros. Y si te sobra, cómprate unos pantalones o plancha los que llevas.
— Vale mamá
Pero a media mañana te acuerdas y entras en pánico… ¡¡¡Los calcetines!!! Para el concierto anterior le compré unos calcetines negros de ejecutivo que le encantaron. “Qué suaves son estos calcetines, mamá” decía. Pero claro, como ahora se los pone a todas horas, seguro que no había subido a buscarlos al cuarto de la plancha y se habría llevado cualquier guiñapo blanco.
— Ring, Ring
— ¿Phantom Killer?
— Hola mamá Killer ¿qué pasa?
— ¿te has llevado calcetines negros?
— No, tengo unos grises.
Oh no, esos calcetines grises gordos de Carrefour. ¡¡¡No!!!!
— Dile a tu padre que te deje unos
— Vale mamá.
Pero no te fías un pelo. Así que te vas a la hora del ensayo con los calcetines negros en el bolso y te cuelas en el teatro saltándote todos los sistemas de seguridad. Phantom está situado en su lugar, rodeado de colegas, y la loca de la Killer le hace señas con la mano. 
— Ehhh Phantom, que te he traído los calcetines que te gustan. 

Phanton, situado en su lugar en la orquesta, miraba para el otro lado. Su amigo Pluma Roja le daba codazos

— Phanton, tu madre.
(Esta es la canción ideal para este momento)

— Qué pasa.
— Que te he traído los calcetines.
— Mamá, no-los-ne-ce-si-to

Y me hace un gesto para que me vaya, con la cara pálida y descompuesta.
Bueno, total, seguro que no se le ven los calcetines. Quién se va a fijar en que lleva calcetines grises — intento consolarme.
Me pongo en la cola para coger un buen sitio. De esta vez no pasa que vea a mi niño tocar. Me sitúo en tercera fila… pero lo único que alcanzo a ver es esto (se me habían olvidado las gafas y tengo algo de astigmatismo):

Bueno, al menos no divisaba ningún par de llamativos calcetines grises. Así que me relajé y disfruté del concierto.
Al salir, fui corriendo a felicitar a Phanton Killer. Entonces me di cuenta de que, en ningún momento, los calcetines habían sido un problema.

MABUBO

Cuando salgo a la calle con Vampirillo por las mañanas para llevarle al colegio, llegamos al portal y nada más poner el pié en la calle dice:

No es que Vampirillo tenga lengua de trapo: a sus 7 años tiene un lenguaje adecuado a su edad. Pero cuando se aburre ha adoptado esa expresión más infantil. Antes decía un simple y convencional

pero esta expresión no debía producir los efectos que sí produce MABUBO: cierta perplejidad, cierta estupefacción, y por último la hilaridad. 
Cuando Vampirillo se aburre en casa, es relativamente fácil contentarle. Pero ¿qué hacer cuando se aburre de camino al colegio? Teniendo en cuenta que el trayecto a pie dura unos 5 minutos, lo único que se me ocurre es amenazarle con hacer lo mismo que me hacía a mí mi madre cuando se veía en la misma disyuntiva: bailar una jota. 
Yo recuerdo que esos episodios me producían gran bochorno. Era un método infalible para que dejase de dar la coña con mi letanía. 
NOOOOOO

Pero ya era demasiado tarde, y mi madre comenzaba el baile en cualquier sitio en el que estuviésemos. Normalmente era un sitio concurrido, si no no tenía gracia. Y a mí me empezaba a subir la sangre a las mejillas y la sujetaba para que no bailase. 
¡¡¡Que estamos haciendo el ridículo!!!
El sentido del ridículo me ha acompañado durante toda mi vida desde entonces. Por eso, no soy capaz de bailarle una jota a Vampirillo. Pero la simple amenaza hace que cambie el 
por su también común
Vale, así está mejor. Los dos vamos calladitos los 5 minutos de camino al cole. Ni él ni yo tenemos que pasar vergüenza. Me pregunto por qué mi madre no se limitaba a amenazarme: sé que lo hubiese entendido. 
Pero la duda me asalta… ¿qué le gustaría hacer a Vampirillo durante esos 5 minutos que dura el camino al colegio? ¿Tenéis alguna idea?

LA PARENTALIDAD POSITIVA

The hidden treasure

Hoy voy a escribir sobre parentalidad positiva por petición de un amigo que se ha atrevido a sugerir el tema. Y gracias a él he sabido que en el año 2006, el Consejo de Europa hizo una serie de recomendaciones sobre las Políticas de Apoyo al Ejercicio Positivo de la Parentalidad. Vamos, que  mientras yo me acostaba a altas horas de la madrugada foreando y discutiendo con las madres naturales, intentando saber cómo se hacía eso de dar la teta y dormir por las noches cuando tienes un bebé, había un grupo de políticos que estaba mirando por mí e intentando promover políticas que me facilitasen la vida, además de programas educativos para las madres y los padres.

Pues oiga, estamos en el 2013 y no me he enterado de nada con respecto a esas políticas maravillosas. Vale que eran recomendaciones y que no había ninguna obligación de cumplirlas, pero que la cosa esté retrocediendo y vaya a peor, pues tampoco es eso. Las maestras y profesoras (femenino genérico) se quejan mucho de la falta de respeto que les tienen, lo mucho que sufren con sus maleducados estudiantes y la poca autoridad que despliegan (aún siendo autoridad pública en algunas comunidades autónomas), pero creo que las madres y los padres (sobre todo las madres) somos la institución más atacada y menos respetada de todas en esta sociedad. Y sin lugar a dudas, la primera recomendación que yo daría para potenciar la parentalidad positiva es el RESPETO de la sociedad por la función parental.

 
El fracasado modelo educativo español se ampara como excusa permanente en la supuesta mala praxis de la familia en la educación de sus hijas e hijos. Este mantra, que repiten reiteradamente los educadores profesionales y del que se hace eco la sociedad entera, ha calado tan profundo que cada vez que intentamos hacer sugerencias sobre la… ¿cómo lo llamaríamos? enseñanza positiva, nos asaltan hordas de profes bramando por la incompetencia de las familias para educar a sus vástagos. 
 
Antes de seguir por este camino voy a aclarar una cosa: defiendo la escuela pública y me parece vergonzoso el ataque al que se está viendo sometida. Pero esto no es óbice para criticar el obsoleto modelo educativo español que lleva 30 años dando tumbos repitiendo los mismos bailes con distintos vestidos.
 
Hecha esta aclaración, paso a ejemplificar algunas de las prácticas educativas negativas en las distintas etapas educativas. Estas prácticas, desde mi punto de vista, van en contra de la parentalidad positiva y denotan una gran falta de respeto por las familias. 
 
Una de las quejas permanentes de las profes de infantil y primer ciclo de primaria es que los niños y niñas hablan mucho en clase. En las reuniones con las madres (femenino genérico, jajajaja), nos lo echan en cara con actitud grave y circunspecta. Siempre me he preguntado qué esperan de nosotras a ese respecto. ¿Que llevemos al niño con un espadadrapo en la boca al colegio quizás? ¿Que no les dejemos hablar en casa? ¿Que les digamos que en el colegio solo se habla cuando pregunta la maestra? Todas ellas muy relacionadas con la parentalidad positiva, como podéis ver. (Qué suerte si te toca en gracia como maestra una madre natural, aunque no tenga hijos/as. Es la mayor bendición que te puede tocar en este país).
 
Avanzamos en el sistema educativo, y nuestras hijas e hijos ya han aprendido a estar quietos y callados (exceptuando algunos casos perdidos que se pasan el día en el despacho de la directora o, en el peor de los casos, en el pasillo). Es entonces cuando los niños comienzan a pensar por libre, a consolidar su identidad … Y a decir lo primero que se les pasa por la cabeza. Como por ejemplo “Dios no existe”. Para qué queremos más. Entonces no te llaman del colegio para echarte la reprimenda por las ideas de tu hija, pero le montan al niño una trifulca de tres pares de narices que le hace llegar a casa diciendo: “Mamá, hay cosas que no se pueden decir.” Y te dan ganas  de ir a discutir y argumentar sobre el problema, que es un problema de conciencia en el que un adulto está ejerciendo su superioridad jerárquica sobre un niño que tiene ideas distintas a las suyas, pero sabes que entre las familias y la escuela hay un muro infranqueable.
 
Y llegamos al instituto. Qué bello el instituto, con sus PCPI, los de “diver” y las aulas de reclusión, digo de convivencia (qué pedazo de eufemismo). Ah, y se me olvidan los ACNEE, de los que he oído hablar en muchos tonos, ninguno respetuoso. ¿Formaría parte de una parentalidad positiva que etiquetásemos a nuestros hijos de forma similar? ¿Que les aplicásemos siglas y les segregásemos según sus capacidades o características de personalidad? Seguro que estáis pensando “pero detrás de esas siglas hay medidas educativas que favorecen a esos niños”… ¿estáis seguras? Yo soy más partidaria de una educación inclusiva (concepto diferente al de integración, más profundo, más comprometido), en la que los niños y las niñas no son segregados, sino que son educados en comunidad.

¡¡¡Qué difícil!!! diréis. Pues sí, tal y como está concebido el sistema educativo actual y la formación del profesorado es una misión imposible. Pero vosotras ¿educáis por separado a vuestros hijos e hijas por el hecho de ser diferentes unos de otros? No ¿verdad? Pues eso forma parte de la parentalidad positiva y de la educación sin violencia. Mis hijos, que son de los considerados con un “desarrollo típico”, manifiestan la incomodidad que les produce la segregación en las aulas. Un día, Phantom Killer tuvo un desliz en un examen y sacó un cuatrillo. Llegó a casa muy preocupado, preguntando si le iban a meter con los de PCPI. En ese momento me entró un arrebato Killer y me dieron ganas de ir al instituto a preguntar qué había visto mi hijo que le hacía formular esas preguntas. Pero qué voy a saber yo, una pobre madre ignorante. “Cállese señora, que nosotros, educadores expertos, le vamos a enseñar cómo adoptar una parentalidad positiva.”

Vale David, como al final he llevado el tema por donde yo he querido, voy a terminar comentando el decálogo de parentalidad positiva con adolescentes que nos sugiere ADOLESCENTESDOSPUNTOCERO.

1. Tendrás una visión positiva de la adolescencia….y de tu hijo o hija. Vale, lo intentaré. Pero a cambio, que ellos no me llamen vieja carca y conservadora.

2. Conocerás sus necesidades. Ya no es el niño o niña de hace unos años. Vale, si conocerlas no implica satisfacerlas siempre, estoy de acuerdo. Ya he pasado por lo del vegetarianismo y por lo de ser hacker, creo que es suficiente.Además, con los recortes en el sueldo, las necesidades adolescentes deben irse reduciendo.

3. Establecerás límites claros. Las normas y límites claros son fundamentales, sobre todo al comienzo de la adolescencia, para evitar que se sientan perdidos y desorientados y para que no desarrollen problemas de conducta. ¿Límites claros? Es fácil poner límites a la mala conducta, pero muy difícil poner límites claros para conductas que, sin ser malas, son incómodas: que no te hablen, que no te cuenten, que te suelten frescas irónicas a todas horas. Pero bueno, lo intentaremos, no vaya a ser que desarrollen problemas de conducta. Prefiero desarrollarlos yo.

4. Conocerás a tu hijo o hija. Haz todo lo posible por conocer sus aficiones, sus amigos y sus actividades. Siempre me he imaginado con unas gafas de sol y una gabardina yendo al lugar donde hacen botellón los jóvenes springfilianos. Pero ¿de verdad es necesario? Prefiero prohibirles ir de botellón.

5. No serás autoritario. Hay muchas formas de controlar y hacerse respetar sin recurrir a la imposición unilateral. Uy… ¿eso vale para los educadores además de para las madres y los padres? Porque digo yo que el autoritarismo será malo en esencia. En todo caso, hay ocasiones en las que hay que recurrir a la imposición unilateral, os lo aseguro.

6. No evitarás los conflictos. La adolescencia es una etapa en la que suele aumentar la conflictividad parento-filial. Vale, eso es fácil.

7. Lo/a dejarás crecer. Muchos padres y madres tienden a intervenir y presionar demasiado a sus hijos para que se comporten o piensen de una demasiada manera. Ok… yo les dejo crecer. Pero ¿se me permite educar en algún momento? No se trata de presionar, pero intervenir es algo inevitable, yo tengo mis propias ideas y tendré derecho a expresarme, digo yo.

8. Te comunicarás con él o ella. Aprende a escuchar, deja a un lado lo que estés haciendo y mírale a los ojos cuando te hable. También estoy de acuerdo. Pero ¿eso no debería ser mutuo? Yo el problemilla que tengo a veces es que me gustaría comunicarme y están demasiado ocupados para atenderme. Y cuando yo estoy haciendo algo es cuando les dan las ansias de comunicación. Un poco asimétrico.

9. No insultarás ni ridiculizarás. Este punto me parece básico y fundamental. Espero que se me corresponda con la misma moneda, chic@s.

10. Lo/a amarás. Este punto debería ir el primero y es sobre el que menos dudas me surgen.

 

WENDY… CASI KILLER

Hoy vamos a hablar de AMISTAD. ¡¡¡¡Siiiii!!!, amistad con mayúsculas. Casi un noviazgo. Un flechazo que nos deja tontas, y cuando nos recobramos… ahí está ella. Esa persona que no te escucha pero te oye, te oye todo el rato, aunque no estés a su lado. Esa persona que no te juzga, aunque haya entrado hasta el fondo de tu alma y haya visto los caminos más siniestros y escondidos. Esa persona que, aunque no le gusten las pelis de terror, te comenta los post del Facebook cuando te pones pesada con tu frikimanía.

La primera vez que salimos juntas… Inolvidable. Imaginaos: una fiesta de hippies, intentando inspirar pensamientos de este tipo

y dos mujeres solas, que no salen hace años porque están cargadas de churumbeles empiezan a tener ideas de este otro

En el mientras tanto, comienzan las conversaciones profundas y circunspectas. Esa marea que sube, que no se puede contener: la risa. La risa nos inunda… y acabamos liándola, vamos. Ese tipo de situación en la que no puedes contenerte y decir TODO TODO TODO lo que se te pasa por la cabeza. Situación: la Wendy, yo y una mujer decente.


Mi comentario: “Vamos, vaya juventud. Yo a estas horas ya estaría rompiendo la fiesta.”

El de Wendy: “Ya te digo, tronca. Estaríamos ya… bua bua bua.”

Comentario de la mujer decente: “Ah, pues nosotros no. Nosotros quedábamos para hacer reuniones, y hacíamos proyectos o preparábamos actividades”

…. El mundo en un hilo…

Mi comentario: JAJAJAJAJA, VAYA JUERGAS QUE OS CORRÍAIS, AHHHHHJAJAJAJAAAA. Comentario de Wendy:
:

Madre mía, que te devuelvan así a la realidad es embarazoso. De repente dices: “la he cagao…” y en su cara confirmas: Así es querida. En ese momento comienza a resonar en mi cabeza: “Tengo que salir de aquiiiiiiii”, porque me entran ganas de cagarla una y otra vez, para atrás y para adelante, arriba y abajo. Por todos lados, vamos. Así que cogemos un cubatita y nos vamos a la cocina que allí se estará más tranquilo todo.
En la cocina, nos encontramos con la anfitriona, una simpática y hippie jovencita encantadora. Y empezamos a hablar de nuestros niños. Ella nos mira extasiada… hasta que llegamos a la parte en la que no se duerme porque están chupando de la teta toda la noche. La chica da un brinquito y pregunta:

¿Pero los niños maman por la noche?

Respuesta recomendada: “Claro cariño, los niños pequeños maman por la noche porque necesitan energía más a menudo que los mayores. Pueden sufrir una hipoglucemia si no lo hacen. Pero no te preocupes, cuando el bebé mama, el cuerpo de la madre segrega una sustancia, la prolactina, que tiene un efecto sedante y la madre pronto concilia el sueño.”

Respuesta unánime: BUAJAJAJAJAJAJAJAJA, QUE SI MAMAN POR LA NOCHE DICEEEE, JAJAJAJAJA. Cuanto más bonita, cuanto más. Y maman, y maman y maman y no paran de mamar.

Nos entra tal ataque de risa que nuestra anfitriona hace un giro de ojos y disimuladamente se va de nuestro lado, como quien no quiere la cosa.

— Bueno Wendy, ya les hemos ahuyendado a todos… ¿nos vamos?
— Pero cómo nos vamos a ir tía, si acabamos de llegar. Y mira, están sacando la cena… LA CENA. Mira nena, que yo tengo que hacer base
–Por más que te esfuerces, te voy a hundir, Wendy
— Mira Killer, que soy más grande que tú y tengo más experiencia
— Bua, no me conoces tú a mi..
— Tía, por favor por favor por favor, solo espera que salga la cena y que coma algo… ala, mira que buena pinta tiene todo. Nada de carne, eso sí, pero mira ese humus tía, me tengo que untar tres o cuatro rebanadas y nos vamos.
— Vale, pero date prisa que la voy a liar como sigamos mucho tiempo aquí
–No Killer,contente, no digas nada. Cuando te entren ganas de decir algo mírame a mí.

Y entonces llega el momento… nosotras apoyadas en un radiador… comiendo. Y aparece un hombre de pelo cano, algo calvete, alto y delgado y dice: “Yo he estado en Marruecos.” Wendy y yo nos miramos. “Pues muy bien.” Dice Wendy, toda corrección. Y a mí me empieza a entrar, descontrolada. “Pues en Marruecos hay muchos camellos” Vale, otra en la frente amigo. Y entonces empiezo a notar el calor del radiador, que asciende, sube, llega a mis mejillas. “Uffff, que calor, es que estamos sentadas en el radiador. Oye, que mejor nos vamos. Oye, que guay eso de Marruecos, ¿eh?” Y volvemos a salir disparadas a la cocina. Esta vez tengo un plan:

— Nos vamos y nos vamos
— Jo vale tía… ¿Pero así sin despedirnos ni nada?
— Pero tía, ¿de quién nos vamos a despedir? ¿Del de Marruecos? Pero si no nos va a echar de menos nadie
— Que sí, Killer, que por lo menos nos tenemos que despedir de nuestra anfitriona.
— Vaaaale, venga.

Situación: Un grupo de jóvenes treintañeros (más cerca de los 30 que de los 35) hablan en un corro. Su hablar es pausado y sereno, y beben limonada. Una nube de humo denso les rodea. Dos madres desmelenadas se les acercan e intentando no reír les dicen “Oye chicos, que nos vamos”. “Pero si la fiesta acaba de empezar, ¿porqué os vais?

Sé que Wendy ha palidecido en ese momento. Sabe que una Killer siempre dice la verdad, aunque le cueste. Y esta Killer está en su fase de absoluta sinceridad. ¡¡¡NOOOOO!!!
“Nena, es que nos aburrimos y como es la primera vez que salimos en siglos, tenemos que aprovechar la noche.” Nos mira con comprensión, imaginando nuestros pezones macerados tras una noche entera de succión, y nos da su bendición.

Lo que ocurrió esa noche será motivo de otra entrada. Pero os puedo decir que nunca, en mi vida, me lo he pasado tan bien saliendo sola con otra mujer. Las aventuras que corrimos acabaron con un percance, pero nos acordaremos siempre a carcajadas de ese día en que me llamó a las 7 de la mañana diciendo “Killer… Killer… que me ha parado la guardia civil”

 (Continuará…)

VILLA SPRINGFIELD

La familia Killer vive en Villa Springfield. En este lugar abundan los brotes… no, no os confundáis con el nombre. No son los brotes verdes que surgen en los campos primaverales, no. Son esos brotes psicóticos que estaban latentes y con la crisis se han puesto por las nubes.

Llegué a Springfield ya como Mother, aunque todavía no era del todo Killer. Esa faceta se fue gestando a medida que sufría un trauma tras otro en esta funesta villa. Llegué de la gran urbe con un carro de mellizos que casi no abarcaba con los brazos. El primer trauma llegó cuando comprobé que, al contrario que pasaba en la gran urbe, nadie te sujetaba la puerta de los establecimientos para salir o entrar, e incluso a veces aprovechaban el momento en que tú la estabas sujetando, haciendo malabarismos con el carro gemelar, para colarse y salir triunfales. 
La falta de sensibilidad, ciudadanía y educación de los springfieldianos fue minando mi inocencia de forma sistemática hasta convertirme en lo que soy ahora. Por ejemplo, los springfieldianos no conciben que una mujer trabaje, por lo que se creen en el derecho de hacerle perder tu tiempo en la sala de espera de una consulta toda la mañana (es que claro, si solo tienes que barrer y fregar por qué te va a importar esperar) y no conciben el no poder acudir al domicilio a determinadas horas a entregar paquetes o hacer reparaciones, les tienes que explicar: “es que trabajo”, como si fueses un bicho raro.
Una de las cosas más traumáticas que recuerdo es cuando se me ocurrió preguntar en la guardería (pública) que si la carne de ternera que comían los niños era de confianza. No, no es que fuera una tiquismiquis, sino que en aquella época el notición era una epidemia de la enfermedad de las vacas locas que tenía conmocionada a media Europa. La directora de la guardería, springfieldiana ella, me trató fatal y me echó de allí sin darme ninguna prueba de la procedencia segura de la carne.Yo me fuí del despacho diciéndole que si dentro de 10 años mis hijos caían enfermos con la enfermedad de Creutzfeldt- Jakob, recaería sobre su conciencia (todavía ahora me la encuentro por la calle y me mira con ojos asustados). Por tanto, escribí una carta a la autoridad de nuestra región relatando mi preocupación y diciendo que, en tanto en cuanto no se me asegurase el origen seguro de la carne, se abstuviesen de dar a mis hijos carne de vaca en el comedor de la guardería. Afortunadamente, al poco tiempo me llegó una carta como respuesta. En ella, me aseguraban que la procedencia de la carne de vaca que comían los niños era fiable y que, si quería que mis hijos dejasen de comerla debía llevar un justificante médico señalando que la ingesta de carne de vaca podía ser perjudicial para la salud. Como no me aportaban ninguna prueba, fuí al médico a pedir el justificante y, mira por dónde… me lo dio. Cuando llegué al despacho de la directora ogro y le tiré el justificante a las narices, le hirvió la sangre y me acusó de haber falsificado el documento. “Demuéstrelo” le dije. A partir de entonces los niños no comieron carne, pero en cuanto pude les cambié de guardería. Las propias cuidadoras me manifestaron sus miedos a las iras de la funesta directora, y no estaba dispuesta a vivir pensando que ese ser frustrado y contrariado pudiese decargar su rabia en mis hijos.
He de decir que vivíamos solos en una ciudad extraña, sin ningún familiar o amigo en el que apoyarnos, con un par de gemelos y un trabajo exigente y difícil. Un día tuve que ir a la compra sola con los bebés. Cuando llegué a pagar, la cajera me dijo, en tono ofendido y anticipando la lentitud de una señora cargada de compra y de bebés, que si no tenía nadie que viniese a ayudarme. La miré con desprecio y creo que nunca olvidará, en su flamante carrera de cajera prepotente y estúpida, la velocidad con que hice la operación de sacar las cosas del carro, embolsarlas y llevármelas. 
Perra estúpida, no, no tengo a nadie que me ayude. Así han crecido mis hijos, así les he criado es este lugar inhóspito y difícil, retrógrado y cateto. Un lugar en el que no se evalúan los juicios a primera vista, un país de ciegos en el que el tuerto es el rey. 
Los niños, a pesar de haber crecido aquí, no han echado raices. No encajan en estos esquemas familiaristas cerrados. Cuando eran pequeños y nos despedíamos en la fila del cole con un beso en la boca, se oían murmullos de desaprobación. Cuando nos encontrábamos los domingos a sus compañeritos de clase, que iban a diario en chandal y zapatillas, enfundados en abrigos de paño y con zapatos de charol, mis niños les restregaban su libertad en vaqueros por la cara, y a cambio recibían la mirada de desprecio que reciben los pobres de los grandes señores. 
Cuando llegó la hora de las comuniones, ellos lo tenían muy claro: no pensaban hacer el ridículo. Mientras que las madres se peleaban por las flores que iban a comprar para la iglesia, nosotros fuimos a comprar su regalo de no-comunión: su primer reloj. Lo lucieron con orgullo y les duró menos que un caramelo a la puerta de un colegio. Y nunca, nunca, se cumplió la profecía: “ya verás cuando vean a todos de comunión, querrán hacerla ellos.”
Otra de los escarmientos que tuve con mis primeros hijos fue en el ámbito de la costura. Las springfilianas se dedican a sus labores, y en su defecto, en aquella época anterior a la crisis, eran explotadas en talleres de costura. Cuando llegaba la época de carnaval, se organizaba un desfile de disfraces por las calles de Springfield en el que participaban todos los colegios de la villa. Tres meses antes, las madres invadían el colegio por las mañanas preparando el disfráz colectivo de nuestros hijos. Se compraban los materiales en común y cada una hacía su parte en casa. A mí, trabajando y sin abuela, me costaba enterarme de los planes. No tenía las mañanas libres como ellas ni la destreza costuríl de las marujas. ¿Qué os pensáis, que las marujas costureras apoyaban al resto de las madres en las labores, facilitándoles el trabajo e informándolas de las decisiones que tomaban por las mañanas? Nooooooo. Todas pagábamos por el material común, pero a nosotras nos daban los peores retales y lo que les sobraba de sus flamantes disfraces. Así que en el último desfile, en el que madres e hijos íbamos disfrazados de pollos, nuestros disfrazes eran el hazme reir de Springfield y ellas todas y sus vástagos iban monísimos. Ahí es cuando dije “una y no más”, y no volví a participar en ninguna actividad del colegio en la que hubiese costura de por medio.
Bueno, creo que ya os habréis hecho una idea aproximada de la ciudad en la que vivo. El infierno diario de la mediocridad, la insolidaridad, el aislamiento y la tontería supina. Si oís hablar por ahí del “gusto springfieldiano” echaos las manos a la cabeza y preparaos para ver las cosas más sórdidas y feistas que podáis imaginar. En semejante prisión, la única solución ha sido convertirnos en la familia Killer.