EL PRIMER CONTACTO

Cuando era libre no soportaba ver a las mamás sufridoras dando el potito a sus bebés babosos. Ese rebañar una y otra vez con la cuchara me resultaba histriónico y desesperante. Y si mientras que ella embutía la cuchara una y otra vez en la boca del pequeño, su pareja reía en los alrededores ajeno al espectáculo, peor que peor.

Cuando tuve que alimentar, me negué a dar potitos en público. Me negaba a ser el espectáculo de esas singles vacilonas que siempre creen que lo harían mejor. Pero de rebañar los morros con la cuchara no me libré. Siempre hay algo de morboso en darle de comer a un niño. Alimentar a otro es como decidir sobre su vida en el más profundo sentido.


Comer y dormir son los dos ejes fundamentales de la maternidad. Que el niño coma y me deje dormir. Y mientras te centras en el mantenimiento de los sistemas vitales de otro, te olvidas de los tuyos y vas languideciendo. Sí, la maternidad, esa bella experiencia.

El ser humano es el único animal que puede decidir conscientemente sobre su maternidad. Ahora, pasados los años, sé muy bien que lo que me empujó a ser madre fue la deseabilidad social y la necesidad de abrazar a un ser indefenso y sentirme necesitada. Si hubiese sabido que eso lo podía conseguir de otras formas, quizás hubiese reflexionado antes de actuar.

La maternidad, tan bella, tan sobrevalorada, me ha conducido a un estado de indefensión del que no sé como saldré. Atrapada en el cuidado continuado y prolongado de otros seres que exigen y demandan, mi vida se consume. El abandono de mis criaturas me ha pasado por la cabeza, no lo puedo negar, pero la culpa es un ingenioso mecanismo para el mantenimiento de la especie. Solo me queda escribir y contar cómo transcurre mi monótona vida… ¿O no tan monótona?