No es teta todo lo que reluce

  

Yolanda era una niña de 6 años. Como yo. Era mi mejor amiga. Mi única amiga. Rosi era la matona de la clase. Ella y sus secuaces esperaban a Yoli a la salida para pegarle. Pero yo le acompañaba, y como era alta para mi edad, y además era la hija de la maestra en una pequeña escuela rural, le dejaban en paz. No entendía por qué nadie quería ir con ella. Ni lo entenderé nunca. 

La única vez que estuve en casa de Yolanda probé las patatas cocidas por primera vez. Nunca más una patata cocida me ha sabido tan a gloria como aquella. Quizás porque su madre me la ofreció como si de un gran tesoro se tratase, como ofreciéndome lo más valioso que había en aquella casa. La casa estaba construída aprovechando una cueva. Era oscura y sin ventanas. No estuvimos mucho tiempo allí y solo recuerdo la ropa negra de su madre y el sabor de esa patata. Después corrimos otra vez a la calle y jugamos a las maestras. 

Yo siempre hacía de maestra y Yolanda era la alumna. Yo me sentía bien en el rol dominante, y ella parecía disfrutar del rol obediente. Hacía todo lo que yo le decía y disfrutaba tanto obedeciendo como yo mandando. Éramos felices juntas. La echo de menos. Un día, cuando ya nos habíamos ido a vivir a Madrid, le pregunté a mi madre por ella. Todos se callaron y se me quedaron mirando con cara de circunstancias. Yolanda había tenido cáncer y había muerto. Nadie me había dicho nada hasta entonces. Sentí que mi infancia se diluía en un instante. Hasta entonces, siempre había supuesto que algún día volvería al pueblo y le daría una sorpresa llamando a la puerta de su casa. No contemplé la posibilidad de no volver a verla nunca más.

Muy pocas veces he vuelto a sentir una amistad como aquella. Quizás mi memoria infantil magnifique los pocos momentos que pasamos juntas, pero esos momentos fueron auténticos. Sin rencillas, sin envidias, sin reproches, sin luchas de poder. Ella aceptaba mis rarezas. Yo aceptaba las suyas. A partir de entonces, el mundo cambió a peor. Nunca me he manejado bien entre mujeres. No comparto esos códigos. No me gustaba entonces (y mucho menos ahora) seguir a las divas y apoyar sus maniobras de acoso y derribo a los objetivos elegidos por ellas. Tampoco me gustaba convertirme en diva y tener seguidoras a las que manipular a mi antojo: odio la adulación y los aplausos de pié. Pero es realmente difícil encontrar un grupo de mujeres con las que entablar una relación igualitaria. 

Desisto. Paso de vosotras, chicas. Así, en general. Hay honrosas excepciones, eso no lo puedo negar. Pero, por lo demás, el paraíso prometido de sororidad, energía femenina entrañable y hormonas del amor ha resultado ser un fraude. Ya no me creo nada. El feminismo siempre ha estado presente en mi vida, y lo seguirá estando, pero está cambiando de ola. No podemos esperar que cambie la otra mitad de la población y nosotras seguir siendo como somos, actuando como actuamos con nosotras mismas. Es una mierda. De verdad, nos lo tenemos que hacer mirar. Así, como concepto. 

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