Hablemos de segregación


Como vivo en un lugar recóndito de la Mancha, no me había enterado de que a las familias que queremos que nuestros hijos y que nuestras hijas aprendan inglés se nos acusa de segregacionistas, por el simple hecho de hacer uso de algo que el sistema pone a nuestra disposición: colegios públicos en los que se trabajan varias asignaturas en esa segunda lengua y en los que se da una séptima hora de inglés. Desde la capital del reino, llegan mensajes de que el sistema bilingüe que implantó el PP está siendo un fracaso porque carece de los medios necesarios, los niños y las niñas no aprenden ni contenidos ni idioma y los más vulnerables son los más perjudicados. 

Escucho también que los niños y niñas que, después de haber ido a un cole bilingüe, van a un IES de secciones, son altaneras/os, clasistas y miran por encima del hombro a sus compañeras/os monolingües. Vamos, que la introducción del bilingüismo está siendo un elemento segregador en el que los pobres docentes no tienen absolutamente nada que ver. 

La segregación forma parte de nuestras vidas. Recuerdo a ese niño al que nunca dejaban ir a las excursiones del colegio porque las maestras no se querían hacer cargo de él. O ese al que ponían al fondo de la clase con tareas diferentes al resto de la clase. O esos niños y niñas a las que se hace repetir una y otra vez curso, hasta que se dan cuenta de que tienen una dificultad de aprendizaje y hay que hacer una adaptación para que aprendan. O las niñas que son leídas como niños y viceversa, que son acosados de mil formas y maneras y a los que se les niega la entrada al centro si no van vestides conforme a la ley de la buena gente. O esa niña a la que obligan a quitarse el velo. O ese niño al que llaman penoso, vago y desgraciado porque no sabe hacer las tareas. O a los chavales y las chavalas de humanidades, pobres, que no valían para ciencias. Sí. La segregación forma parte de nuestras vidas. 

Lo que está claro es que el saber se traduce en poder, y las personas que son capaces de comunicarse en lenguas dominantes tienen más poder que quienes no lo son. Pero el mundo es así, no lo he inventado yo. Otra cosa es cómo uses tu poder, pero la diferencia está establecida en estructuras muy superiores. Los saberes crean poder. En otros países, todas las personas tienen acceso relativamente igualitario al aprendizaje de una segunda lengua. Pero en España seguimos siendo unos borricos que doblan las películas, nos reímos de la gente que pronuncia bien los anglicismos y despreciamos el conocimiento de un idioma extranjero. Y además, si queremos que nuestros hijos y nuestras hijas lo aprendan, somos unos segregadores. 

Lo que eliminaría ese segregacionismo que producen los sistemas bilingües sería que todas las personas tuviésemos las mismas oportunidades para acceder al aprendizaje de una L2, no que las familias dejásemos de desear que nuestras hijas y nuestros hijos aprendiesen inglés. Dejemos de marear la perdiz y de acusar a las familias y, si realmente somos tan luchadores y queremos tanto la igualdad, luchemos por un sistema que fomente el aprendizaje de una L2 igual que el aprendizaje de las Matemáticas o de las Ciencias Sociales. Que ese aprendizaje no dependa de que tengamos pasta para viajar y mandar a nuestros hijos e hijas de intercambio, o de que tengamos unos amigos en UK, o de que tengamos la posibilidad de llevar a nuestra prole a colegios bilingües carísimos y super pijos. 

En las condiciones actuales, nos queda la educación en valores. No imagino a mis hijos ni a mi hija mirando por encima del hombro a sus compañeros y compañeras por saber más inglés. No formarían parte de mi familia si lo hiciesen. Las personas que lo hacen son gente estúpida y engreída que actúa así en todas las facetas de su vida. Siento mucho que os hayáis encontrado con gente. Yo sí me he encontrado con ese tipo de gente en mis años de lucha por aprender un inglés que no me enseñaron en el colegio y que tuve que aprender en la universidad a la fuerza. Y esas humillaciones y desprecios fueron los que me llevaron a tomar la decisión de que mis hijos no pasarían por lo mismo que había pasado yo. Llamadme segregadora si queréis. 

Las críticas fachiprogres al bilingüismo

Ya he escrito alguna que otra entrada sobre bilingüismo. Creo que los gobiernos del PP han implantado la enseñanza bilingüe de forma chapucera causando estragos en los colegios públicos. Se obliga a los maestros y maestras a tener un B2, y con ese aprendizaje precario de una segunda lengua se convierten en docentes bilingües, sin tener mucha formación sobre lo que es el bilingüismo, cómo se debe introducir y cómo trabajar la enseñanza bilingüe con niños y niñas con diversas competencias e identidades culturales. Los colegios están haciendo esfuerzos ingentes, pero hay muchas quejas y muchos problemas. 

Lo que no me parece adecuado es que todas estas quejas y todos estos problemas se achaquen al propio hecho de introducir una enseñanza bilingüe en un colegio. No, mira: el problema no es el bilingüismo. Hay muchos niños y niñas en nuestro país y en otros países que tienen una enseñanza bilingüe en el colegio y les va bien. Pero claro, son coles privados, llenos de niños y niñas de “buenas familias”, o coles públicos con buenos sistemas de implantación del bilingüismo, como el del British Council (antes de que llegara el señor Paco con las rebajas). 

Pero lo que ya me toca mucho la moral es la crítica fachiprogre de moda: que el bilingüismo segrega, porque hay niños y niñas que no aprenden Naturales y Sociales en inglés. ¿Perdona? Este problema no se puede plantear en un sistema realmente bilingüe, en el que se trabaja con la inmersión desde los 3 años (o los 6 años, si el niño o niña empieza a ir al cole en primaria). Si en un sistema bilingüe, a un niño le cuesta aprender, lo adecuado es ofrecer apoyos que faciliten la inclusión. Hay miles, qué digo, millones de niños que aprenden en inglés, y los problemas de aprendizaje se trabajan desde las medidas de apoyo planteadas por el sistema educativo. 

Que no, que el bilingüismo no segrega. Lo que segrega es el sistema chapucero mediante el cuál se ha implantado el bilingüismo, obligando a las familias a matricular a sus hijas e hijos en academias de ingles por las tardes. Vaya despropósito. Un buen sistema bilingüe no necesita de academias. Lo que sí es segregador es argumentar que el bilingüismo segregra, instando a las familias que quieren que sus hijos e hijas tengan una buena formación en una segunda lengua a que les lleven a colegios privados de ricos, que son los únicos aptos, por lo visto, para acoger programas bilingües. 

Tenemos derecho a que nuestras hijas e hijos aprendan una L2 en la escuela pública. Tenemos derecho a un buen sistema bilingüe. También a una escuela inclusiva con unas ratios adecuadas, sí. Pero no me vengan con el rollo de que el bilingüismo segrega, y que qué egoistas somos las familias por pedir que haya bilingüismo en la escuela pública. Es el argumento más facha y clasista que he escuchado en la vida. Nada, que como los sistemas bilingües son para ricos, que nos olvidemos de ellos, que la escuela pública es diversa y ahí se aprende en español, como diosito manda. 

El WhatsApp del cole: El terror de las maestras

Cuando el WhatsApp llegó a nuestras vidas, cambió nuestras prácticas. Como cualquier otra tecnología, se introdujo en nuestra cultura interactiva y ofreció nuevas posibilidades a nuestras comunicaciones. En el caso de la vida escolar, nos ofreció la posibilidad de hablar entre nosotras/os, las madres y los padres, sin las prisas que son habituales en nuestros breves encuentros a la entrada y salida del colegio. 

Pasó un curso usando el WhatsApp, y al curso siguiente, en la reunión inicial del colegio de mi hijo, la directora introdujo en su discurso una perorata en contra de los grupos de WhatsApp de madres y padres. Ya otros cursos se había quejado de que las madres hablábamos en la puerta del colegio y difundíamos rumores y críticas infundadas sobre el centro. Pero ahora, directamente, nos estaba instando a no usar el WhatsApp. Me sentí como una niña pequeña a la que están echando una reprimenda por hacer algo prohibido y a la que están limitando las formas de comunicación con el mundo. 

Las madres somos ciudadanas libres, mayores de edad, con libertad de expresión y de reunión. Las críticas atroces que están recibiendo los grupos de WhatsApp de madres no responden a otra cosa que al miedo de los centros educativos a que haya unión entre las familias y se empiecen a denunciar las malas praxis de manera colectiva. Por lo demás, los grupos de WhatsApp del cole no son diferentes a los grupos de amigotes, familiares, antiguos alumnos, etc. Hay gran diversidad entre ellos y las dinámicas que se generan pueden ser múltiples, desde los grupos que no hacen más que compartir cadenas de niños secuestrados como los que están abonados a los vídeos humorísticos de caídas o al negro del WhatsApp. Pero son grupos de personas adultas y nadie externo tiene derecho a venir a fiscalizarlos o a pedir que no se hable de X o de Y. 

Por lo demás, personalmente no espero nada de los grupos de WhatsApp del colegio. Mi hijo rara vez tiene dudas sobre lo que hay que hacer de deberes y si tengo algo que decirle al centro o a la tutora voy personalmente a hablar con la persona en cuestión. Siempre me ha molestado la gente que se queja en la puerta del colegio porque la tutora hace esto o lo otro y espera que sea otra la que se caldee y suba a hablar con la directora. Mientras, su hijo o hija está sufriendo las consecuencias de su falta de responsabilidad, y tenemos que ser otras las que le saquemos las castañas del fuego. 

Los grupos de WhatsApp sirven para lo que sirven, pero lo que es claramente sintomático es el revuelo que han montado los maestros y profesores para desacreditarlos. Si tanto les molesta que las familias les critiquen, deberían mirarse un poco a sí mismos y a sí mismas y recordar cuando hablan de la vida privada de una familia en público, critican el aspecto de una madre o cotillean sobre la separación de los padres de uno de sus alumnos. El respeto no es unidireccional, y si se pide respeto, hay que estar dispuesto a ofrecer lo mismo a cambio. 

Los padres cuarteleros: Una tendencia en alza

Tomada de Pixabay

Los expertos lo han detectado con su radar “encuentra fenómenos”. Son los padres cuarteleros. Tratan a sus hijos a golpe de silbato, les educan en un ambiente absolutamente dictatorial y nunca les ayudan a levantarse cuando se caen. Esta forma de educación, que se puso de moda tras la adopción de las tesis de ese concepto pseudocientífico llamado “hiperparentalidad”, está acabando con la autonomía y la autoestima de niños y jóvenes, que tienen sistemas nerviosos débiles y son incapaces de enfrentarse a los retos más sencillos de la vida, como tomar decisiones por sí mismos, hacer amigos, abordar los conflictos con serenidad o mantener conversaciones distendidas. 

Los padres cuarteleros hacen oídos sordos a las quejas de sus hijos. No importa que lleguen llorando a casa del colegio con un ojo morado. Les dicen que se defiendan, que devuelvan el puñetazo y que no lloren como nenazas. Si su hijo es una hija, les dicen que algo habrán hecho, que sean tranquilitas y jueguen a la goma en el patio, así no se meterán en líos. Es así como los casos de acoso en el colegio han aumentado de forma alarmante: sin un control por parte de las familias, que son las encargadas del bienestar de los menores, no hay nadie que ponga freno a la escalada de violencia en los colegios e institutos. 

Además, este tipo de padres no atienden a sus hijos cuando sufren accidentes o tienen dolores. Son de la idea de que, cuando un niño se cae al suelo, hay que dejar que se levante solo para forjar su fortaleza y valentía. De este modo, están llegando a los hospitales niños con fracturas antiguas mal soldadas que no fueron atendidas debidamente en su momento. Además, los niños crecen con la idea de que no hay que ayudar al otro cuando tropieza y estamos asistiendo al surgimiento de una generación de adolescentes insensibles ante los infortunios de sus semejantes, que pasan sin mirar a las viejecitas que encuentran tiradas en el suelo y que no ceden el asiento en el metro a las embarazadas. 

Marilita Jiménez, experta en ingeniería genética en la Universidad de Gayamil, afirma que estos padres crían a sus hijos como si fuesen infantes de la marina. Las maneras espartanas en la educación están dando lugar a gran cantidad de casos de estrés postraumático en niños y adolescentes, que llegan gritando “SEÑOR, SÍ SEÑOR” a las consultas de psiquiatría. “Como sigamos así, en unos años vamos a tener zombis en vez de personas paseando por las calles” afirma la experta. 

Quedaron atrás los tiempos en los que se daba crédito a las teorías que afirmaban que una crianza respetuosa y con amor generaba individuos respetuosos consigo mismo y con sus semejantes. En la actualidad, parece que estamos educando a soldados que van a ir a la guerra a combatir por su patria, más que a ciudadanos conscientes y resilientes, preocupados por contribuir al bien común. Y es que necesitamos personas que se construyan sobre una base sólida de apoyo, respeto y amor por parte de sus progenitores, y no de individuos obedientes sin autoestima que no sepan relacionarse con los demás porque nunca les han cuidado. 

#VDLN 123: Jeff Buckley (Hallelujah) o cuando los cover molan

La música se puede vivir de abajo a arriba o de arriba a abajo. Para los que la viven de esta última forma, el desmembrarla, comprender sus entresijos y comprenderla desde lo racional lleva a una lucha de contradicciones y a una pérdida de sentido desmotivante e inutil.

La fe está muy bien, pero hay personas que han nacido pragmáticas y necesitan pruebas. Quizás la inmediatez de los tiempos actuales nos esté revistiendo de una falta de paciencia patológica que nos impide perseverar y mantener la esperanza de que en un futuro veremos el producto de todo ese trabajo. Pero saber a qué conducen todos nuestros esfuerzos quizás sea una necesidad básica. Hago todo esto ¿para qué? ¿Cuál es el resultado final? Quizás la clave esté en que el propio hacer sea el fin. Hacer por hacer, encontrando un disfrute en la labor cotidiana, en la construcción del edificio, piedra a piedra, sin estar seguras de que algún día lo vamos a ver terminado, como ocurría (y ocurre) con las catedrales.

Pero el caso es que cada uno, cada una, tiene que encontrar su propio camino. En un mundo post-moderno, en el que reconocemos el peso de las imposiciones sociales, nuestra alma sigue teniendo un lugar insustituible en todo esto. Somos libres, y hasta que no nos demos cuenta de ello, hasta que no asumamos nuestra propia libertad, hasta que no nos batamos en duelo con ella y nos venza, atadas a una silla y con el pelo trasquilado, no podremos entonar el Hallelujah.