#VDLN 112: Ariel Rot/Los Zigarros (Espero que me disculpen); Ariel Rot (Nunca es tarde para el Rock and Roll.)


Espero que me disculpen, pero todo esto ya se veía venir. Estaba cantado. Incluso más que el divorcio de Angelina y Bratt. Tantas idas y venidas, tantos trajes de gala, tantas poses y sonrisas, tantos comunicados no podían acabar más que con un gran hartazgo. Porque cuando dices que eres abanderado/a de la protesta, y la protesta queda envasada en píldoras de lenguaje vetusto, quijotesco y repetitivo que lanzas para que la gente se las trague y sales a bailar a la plaza del pueblo, pues en fin… queda poco creible. 

Pero lo que está claro es que hay que seguir en la brecha. No nos va a salir tan bien como a Ariel, que ha mejorado muchísimo con los años, pero la esperanza es lo último que se pierde. Eso, unido a “lo importante es seguir luchando”, “hay que permanecer unidos”, “más vale pájaro en mano que ciento volando” y “así, así, ni un paso atrás” completa el repertorio de consignas para la nueva temporada de otoño. Elige color para la camiseta, título para la moción, titular para la nota de prensa y tiramos para adelante.

Me tragué tu verso entero pero no leí el prospecto, fui las manos inocentes para tu crimen perfecto, ahora busco en la basura y hasta puede que me multen, si me encuentran en la soga, espero que me disculpen…

Pero no me descalifiquen antes de que acabe esta canción. No me sacrifiquen. Ya tuve bastante. Ya no busco diamantes debajo de la alfombra. He dejado de creer en las conspiraciones. Ojalá hubiese gente capaz de programar el futuro en reuniones fraternales. Eso significaría que hay vida inteligente en la tierra. Ojalá la gente fuese capaz de dejar de lado objetivos personales para poner como prioridad el bien común. Pero eso es poco probable ahora, porque nadie se pone de acuerdo en la definicion de “el bien común.” Incluso la RAE es imprecisa. 

Vivimos en una época que no sabe gobernarse a sí misma. Quizás debamos irnos todas a casa y empezar a autogestionarnos. Porque cuando todo es posible, todo es incierto. Y cuando damos todo por perdido es cuando más posibilidades tenemos de ganar. Menos mal que nunca es tarde para el Rock and Roll. 

(Me encanta este vídeo. No es la mejor interpretación posible, pero está para comérselo)

#VDLN 111: Izal (Asuntos delicados)


Me he enamorado. Primero fueron los Lory, luego Sidonie. Y por último, no he podido evitar el caer en las redes de Izal. Sin la transcendencia de Vetusta Morla, Izal lleva la energía y la emoción a sus canciones y, aunque no estén diciendo más que mira, solo he venido aquí por tí, si hay que saltar se salta, si hay que beber, se bebe, pero vente conmigo esta noche, lo hacen con tanto sentimiento y pasión que apoyas la moción sin más remedio. Ya usaron ese tema con más contundencia los Love of Lesbian en el Club de fans de John Boy. También les adoro, pero me parecen más infantiles. 

Además, Izal son madrileños. Y eso se nota. Se nota en su eclepticismo, en  su frescura añeja. Bueno, creo que ya ha quedado que me gustan. Y la cancion que voy a poner es super pegadiza y habla de asuntos delicados. Bueno, en realidad habla de dejarlos de lado, pero ya se sabe que siempre que se mencionan, acaban saliendo. Prueba a tomarte dos copas. 

Las diez conductas de los docentes que entorpecen la educación de los niños

Hoy, una amiga del Facebook compartía un curioso artículo titulado Las diez conductas de los padres que entorpecen la educación de los niños. Es un ejemplo tan perfecto de lo que en otra entrada llamaba La familia infantilizada que no me resisto a destriparlo.

En primer lugar, el artículo da por supuesto que la educación de los hijos e hijas es una cuestión institucional que los padres (y las madres, supongo) deberían aprender a no entorpecer. No es que hagan algo mal, no, es que intentan hacer algo cuando no les corresponden y la cagan. Y esto es porque no saben cuál es su papel. Han tenido hijos, les mantienen, les dan de comer, viven con ellos y ellas, pero no se han enterado de cuál es su papel. Y los pobres maestros y maestras, las y los profesores, sufren las consecuencias. ¿Dónde dejaron el libro de instrucciones, el prospecto, la etiqueta de sus criaturas que ahora cada vez que hacen algo estorban?

Ironías aparte, considero que, por cada una de estas diez conductas disruptivas de los progenitores, hay otras tantas de los profesores que son causa y origen. Vamos por orden.

1. Si no quieres que estudiemos con nuestros hijos, no mandes deberes

Vaya… los padres y las madres estudian con sus hijos/as. Y esto, por lo visto, crea conflictos y dependencia. Los niños, después de 5 horas lectivas, llegan a casa y tienen que seguir realizando tareas escolares, “deberes”, que viene de deber, obligacion. Y nosotros tenemos que estar mirando cómo, durante toda la tarde, se desesperan porque no entienden un problema, están cansados, se quieren ir a jugar o preferirían estar mirando a las musarañas. Y claro, lo mejor es no ayudarles.

Pues miren señores expertos: NO.  No es lo mejor. Y les voy a dar dos razones, una de madre y otra de experta. La de madre es que, miren, quiero que el niño termine de una vez para poder irnos a dar una vuelta en bici, salir a comprar por el barrio, ir a clases de viola o al parque con los amigos. Y lo quiero ya. Y si es necesario, saco la calculadora y le hago las 250 cuentas inútiles que les ha puesto hoy su profesora. La de experta es que alguien que conoce al niño de cerca, con sus competencias y limitaciones, como puede ser su madre o su padre, le ofrecerá una ayuda mucho más ajustada a sus necesidades que una maestra que tiene otros 27 niños en la clase. Por lo tanto, aunque no tengamos por qué hacerlo, la escuela delega sus funciones en nosotros y nos obliga a pasar tardes enteras haciendo tareas que, efectivamente, no nos corresponden para solventar carencias de la propia institución escolar.

2. Si no quieres que les resolvamos todo, no les mandes cosas imposibles 

Si es que tenemos unas cosas… se lo queremos resolver todo. Y, según los expertos, los niños tienen que resolver sus cosas y ser autónomos, a cualquier edad. Pero claro, el día que llegan con el encargo de hacer la maqueta de una ciudad con material reciclado en 3º de primaria, así, sin más especificaciones, y la tarea es para el fin de semana, no le resuelvas el encarguito a la criatura. El pobre, que lleva pensando 3 días cómo decirle a su madre que necesita 4 tetrabricks, 40 tapones de botella y 4 cajas de quesitos vacías. La maestra se debe creer que cada familia tiene un contenedor de material reciclado en su casa, así como una tabla de contrachapado o un cartón grande como base de la ciudad de papel. O que un niño o niña de 9 años es absolutamente capaz de encontrar estos materiales por su cuenta. Claro. Muy realista todo.

3. Si no quieres que lo focalicemos todo en el estudio, deja espacio para la vida familiar

Los progenitores es que somos de lo que no hay. Las criaturitas todo el día en el cole o haciendo deberes y nosotros sin saber disimular. Actuando como si todo estuviese focalizado en el estudio. No tenemos vida de familia, porque los niños tienen que leer un capítulo del libro de lectura obligatorio, hacer 4 ejercicios de Ciencias Naturales, otros 4 de Mates, 3 de lengua y 5 de Ciencias sociales, además de estudiar para un examen de lengua y nosotros, ale, como si la formación (escolar) fuese el eje de la vida familiar. Que poco tacto. Y encima, cuando llegan a la universidad, no les ponemos a hacer tareas domésticas ni nos preocupamos por su vida emocional y relacional… eso dice una psicóloga que debe haber hecho un estudio de observación etnográfica que, por más que busco, no encuentro publicado. Vaya.

4. Nos acusas de querer genios y de sobre-estimular a nuestros hijos, pero tú no conoces los talentos de tus estudiantes

Es verdad. En la escuela no soportan a los listillos. Las madres y los padres nos preocupamos mucho por que aprendan cosas que no tienen que aprender. ¿Para qué quieren estímulos culturales, recursos, libros, visitas a museos, al teatro, a otras ciudades, si en el cole ya les enseñan lo que es importante en la vida? Y luego, los plastas de los padres (y las madres) osamos ir al cole a decir que nuestros hijos tienen talento. Qué desfachatez. Nuestros hijos son como tienen que ser, mediocres, del montón, sin sobresalir, que eso da muchos problemas a los maestros. Que no sepan más que ellos, que eso es muy problemático, hombre ya.

5. Si no quieres que premiemos las notas, no hagas exámenes

¿Premiar las notas? ¿Pero quiénes somos nosotros para premiar las notas? Los niños han estado saliendo con las puñeteras caritas sonrientes desde infantil, pero ese tipo de triquiñuelas solo se las pueden permitir los maestros, que son los expertos en premios y castigos. En una cosa sí que estoy de acuerdo con el psicólogo de ese del artículo, el tal Domènech: “El mejor estímulo es descubrir cosas nuevas y desarrollar tus intereses, si hace falta un estímulo material, es que algo no funciona” Y es que, claro, si en el cole descubriesen cosas nuevas y desarrollasen sus intereses, no haría falta que nosotros les prometiésemos la bici si sacan buenas notas… claro.

6. Para decir que una familia disfrazar la vagancia de su hijo, primero debes demostrar tener formación sobre las dificultades de aprendizaje

A ver, si nuestros hijos/as fracasan en la escuela, la única razón posible es que son unos vagos inmaduros. Y nosotros empeñados en que quizás tengan un trastorno mental (¿quizás el tal Montenegro quiso decir Dificultad de Aprendizaje?). Si les obligásemos a hacer los deberes y a dejar de lado ese pecado capital, la pereza, el fracaso escolar desaparecería en España. Padres y madres del mundo, uníos para que nuestro país alcance las puntuaciones más altas en el informe PISA, que ya está bien de hacer pasar a nuestro profesorado por vagos incompetentes e inmaduros, aun sin trastorno mental. Y si vuestros hijos parecen tener algún problema con el aprendizaje, llamadles vagos: puede que acertéis.

He de decir, abandonando el tono irónico, que me parece muy grave que en un periódico de la tirada de la Vanguardia digan cosas de este tipo. Sabemos que  los niños  con dificultades de aprendizaje como la dislexia sufren la acusación de vagos y maleantes durante años, hasta que alguien con formación tiene a bien ofrecer un diagnóstico.

7. Si no queréis que ejerzamos  de detectives, no deis órdenes contradictorias

Aquí me quedo un poco descolocada, porque si bien no hemos de disfrazar la vagancia, tampoco hemos de comprobar si nuestros hijos han hecho los ejercicios que le ha mandado la seño. Estoy empezando a entrar en cortocircuito, porque en una reunión del cole nos dijeron que teníamos que mirar la agenda, que era el instrumento esencial para comunicarse con las familias. Que era importante para saber lo que están haciendo nuestros hijos en el cole. Además, cuando vamos a tutorías nos dicen que nuestra labor en casa es esencial… pero ahora resulta que lo estamos haciendo todo mal. Que nos debemos despreocupar, desentender de esos cientos de deberes que traen nuestros hijos a casa, y ya si eso, por casualidad, como quien no quiere la cosa, nos enteraremos casi a final de curso de que tiene un grave problema de lectura que puede ser que no sea porque es vago. Esto es lo que Bateson llamaba Doble Vínculo. Nos van a volver locos.

Pero eso sí, dicen que no les importa que les echemos un cable en su labor de profesionales de la educación, que  si tomamos las lecciones lo hagamos por escrito, que ellos siguen usando el obsoleto instrumento de evaluación llamado examen y tomar la lección de forma oral es como de chichinabo. Gracias. De nada.

Aprovecho esta tribuna para decir que mis grupos de Whatsapp son asunto mío y estoy y estaré en todos aquellos que me de la santa gana. La libertad de reunión (aunque sea digital) y de expresión no han quedado derogadas para los progenitores.
8. Si no quieres que usemos el estudio como peaje, motiva lo suficiente a tus estudiantes

Borremos esta frase de nuestro repertorio:  “hasta que no hagas los deberes no ves la tele”. A ver qué nos hemos creído. Los progenitores debemos hacer lo que los maestros y maestras no hacen en sus aulas: inculcar (¿os he dicho alguna vez que odio la palabra inculcar?) a nuestros amadísimos hijos el gusto por el aprendizaje y la sabiduría, para que estén durante todo su tiempo libre haciendo ejercicios sin ningún sentido en su vida real. (La vida es eso que pasa mientras haces deberes).

9. ¿Será que nos empeñamos en proyectarnos en nuestros hijos, o que tú quieres que todos los estudiantes sean excelentes y motivados de fábrica?

“A ver, si tu hijo es un zoquete, ¿Por qué te empeñas en que estudie? ¿No ves que ese tipo de estudiantes, los que no aprenden solos, me dan mucho trabajo? Si tú no pudiste estudiar, no te proyectes en tu hijo y mándale a FP, alma de cántaro.” (Voz en off)

10. Si quieres que respetemos la línea escolar… sigue una línea escolar

Yo entiendo que los profes se ponen nerviosos cuando las familias les llevamos la contraria. Por ejemplo, si a la profesora de tu hijo le gusta dar gritos en clase y  decirle al niño que es lento, o al amigo de tu hijo que es penoso, haberte informado de la línea escolar antes de llevarle a ese colegio. Si te gusta más Santillana que Anaya, pues pregunta antes cuál es la editorial que dota de material al cole a cambio de garantizarle la compra de un montón de libros por parte de los molestos progenitores. Y si te gusta más que estén sentados en círculo que en parejas, infórmate antes. No se te ocurra mencionar la palabra constructivismo, ni decir aprendizaje significativo, ni Zona de Desarrollo Próximo o Andamiaje: algunos maestros, los más mayores seguramente, y practicamente todos los profesores, creerán que son palabrotas y pondrán en práctica la autoridad que les otorga el estado.

#VDLN 110: Ganamos (Bebe)


A lo largo de estos años he aprendido dos cosas muy importantes. La primera, que de todo hay que aprender. Repetimos una y otra vez el mismo error hasta que, por fin, nos damos cuenta de cuál era la pieza del engranaje que fallaba y la cambiamos, unas veces con más agilidad que otras.

La segunda, que no hay mal que por bien no venga. Toda marcha trae consigo un reencuentro. Toda ruptura, una nueva unión. La soledad es únicamente un receso. Hoy lloras, mañana ríes. Hoy ríes, mañana lloras. Por eso, no hay que dar las cosas por supuesto nunca, porque la rueda del destino da vueltas y vueltas.

Las despedidas con rencor y odio son lo más común. Un error que cometemos con demasiada frecuencia. Qué se le va a hacer, nos cuesta soltar, nos cuesta reconocer que no es nuestro lugar ni nuestro momento. Nos cuesta que no nos quieran, que no nos necesiten, que no nos amen. Y sin embargo, irse con rencor es lo peor que podemos hacer. Porque esa despedida no nos permite agradecer todo lo que debemos a las personas que pasan por nuestra vida. Gracias. Ganamos mucho juntos. Ganamos amor y confianza, ganamos ternura, confidencias, risas, buenos ratos, música compartida. Ganamos, aunque también perdimos y dejamos cosas por el camino. Pero… ¿y todo lo que ganamos?

El despedirnos con alegría y agradecimiento no significa que no se vaya a producir la separación. Hemos aprendido y aquí acabó nuestro camino juntos/as. Pero nos vamos contentas de lo que aprendimos, sabiendo que no se volverá a repetir, que nunca más viviremos esos momentos que pasamos juntos hablando, susurrando, lamentando, conviviendo. Nunca.

Y nos vamos con valentía, con una sonrisa, sabiendo que nos esperan nuevas puertas por abrir, tras las que encontraremos escenarios diferentes, ensayaremos nuevas pautas, nuevas creencias, nuevas estrategias, nuevos estares y malestares. Y nunca volverán esos días que fueron tuyos y míos. Qué pena. Pasó. A ver lo que viene ahora. Emoción de lo desconocido.

Hay personas que permanecen siempre en el mismo sitio, que encuentran su lugar desde muy pronto y se quedan en calma durante toda su vida. Pero hay también personas viajeras, que van de un sitio a otro, de una ciudad a otra, de un país a otro, de unas manos a otros ojos, a otro pelo, a otra cama. Y encuentran espacios infinitos en los que habitar, hasta que el infinito queda en nada. Entonces, buscan otro lugar y la aventura continúa.

Ganamos. Siempre ganamos, la vida nos da esa oportunidad. Y morimos habiendo ganado. No una oposición, ni un cargo político, ni un nombramiento, ni un diploma. Morimos habiendo ganado el respeto, el cariño de nuestra gente y la tranquilidad de haber hecho lo que pudimos con las materias primas que nos fueron concedidas. Ganamos.



La amiga sin hijos

Elena Ferrante, tanto en su novela Los días del abandono (Crónicas del desamor, Lumen, 2011, recopilación de las tres primeras novelas de la autora) como en la última novela de su tetralogía Dos Amigas (La niña perdida, cuarto volumen de la saga Dos Amigas, Lumen, 2015) se refiere a una situación que me fue muy familiar: la de la amiga que se hace cargo de los hijos de una madre desquiciada, haciendo sentir a esta como ineficaz, egoísta y poco comprensiva. La madre, inmersa en los cuidados desde la mañana a la noche, frustrada porque no consigue ni una hora del día para escribir, harta de los coqueteos de su exitoso marido con otras mujeres, sola, sin una red social de apoyo, en una ciudad que no es la suya, ve cómo esta mujer intima con sus hijas y consigue de ellas cosas inauditas: las niñas sonríen, hablan, obedecen, juegan con entusiasmo. Y la mujer que consigue estas cosas, perfectamente arreglada y vestida, de sonrisa permanente, dirige a la madre miradas de censura y la contradice delante de sus hijas.

No sé si esta situación os es familiar. Yo recuerdo una época de mi vida en la que tuve una amiga así. Persona que se las daba de tener una gran inteligencia emocional, no era consciente del derroche de energía que supone ocuparse de 3 niños pequeños durante todo el día. Levantarse, prepararles para ir al colegio y a la guardería, mal-prepararte tú, llevarles, irte a trabajar, mal.comer, recoger a los niños, pasar la tarde con ellos, llevarles a clase de música, o de fútbol, o de Kunfú, o lo que quiera que hayan elegido  hacer ese curso, volver, hacer la cena mientras se pelean…. y entonces llegaba ella.

Ella, rodeada de tules y olor a incienso. Ella, vestida de blanco, recién salida de la clase de yoga. Ella, pidiéndote que respirases y que hablases despacio. Ella… ralentizando la hora de irse a la cama. Ella, postergando mi momento de descanso, ese momento en el que yo podría sentarme, respirar en soledad, fumarme un mísero cigarro, cerrar los ojos.

Yo necesitaba que llegase ese momento. Me dolía todo el cuerpo. Lo necesitaba. Y ella, en cada movimiento que hacía, cada palabra que decía, me comunicaba lo mal que lo estaba haciendo. Mis hijos estaban encantados de tener una amiga adulta que les ayudase a alargar el momento de irse a la cama. Y yo acababa haciéndolo fatal, regañando a mis hijos, enfadándome con mi amiga y mandándoles a todos a la cama de mala manera.

¿Qué le hubiese pedido yo a mi amiga, si pudiese dar marcha atrás? Que me dejase hacer a mi manera. Que no usurpase mi lugar. Que aunque ella creyese que lo iba a hacer mucho mejor que yo, el sistema que se había establecido era el que era. Yo no podía hacer lo que hacía ella: no podía postergar la hora de irse a la cama hasta las 11 de la noche. Y ella no debía hacer lo que era mi responsabilidad: no podía dar a los niños la impresión de que yo era una mala persona que no hacía las cosas de una forma divertida, con sutileza, con energía, con amor. No debía hacerles creer que podrían tener una madre dulce y comprensiva, pero me tenían a mí. La culpa estaba presente en esa relación, es más que evidente, soy más que consciente.

Así que, amigas bien intencionadas, tías enrolladas que llegáis un día para no quedaros, haced el favor. Si no vais a estar ahí todos los días para ayudar, no hace falta que despleguéis todos vuestros encantos con nuestros hijos. Seguro que podéis ser de mucha ayuda en muchísimas circunstancias y que nuestros hijos pueden disfrutar de vosotras en innumerables ocasiones. Pero en los momentos que nos tocan a nosotras, dad un paso atrás. Ya sabemos que estáis más descansadas y con más energía, pero quizás esas lecciones que queréis darnos no nos hagan mucho bien. Porque no son realistas. Porque ignoran nuestras circunstancias y nos atribuyen esa identidad de mala madre de la que todas huimos.

¿Que nos sentimos culpables por no llegar a todo de la manera perfecta que nos gustaría? Seguramente. Somos así de absurdas. Pero quizás un día, si es que os decidís a tener hijos, comprenderéis lo que sentimos cuando intentáis parafrasearnos delante de nuestros hijos y conseguir que ellos ratifiquen vuestra elevada calidad como posibles madres.

O puede que decidáis que, finalmente, no los vais a tener. Es una decisión perfectamente comprensible. Entonces, os recomiendo otra lectura: Diario de una Buena Vecina, de Doris Lessing (1983).