Child Free, please

Creo que en ningún momento de la sociedad humana y en ninguna cultura se había llegado al punto de exigir espacios de ocio sin niños y niñas y, por añadidura, sin los adultos/as que les acompañan. Pienso en lo que ha podido motivar este fenómeno y, aunque puede ser que la búsqueda de paz y silencio sea un motivo, escucho a mi alrededor y lo que oigo principalmente son voces adultas. No voy a decir que los niños y niñas no den por saco algunas veces con sus discusiones, balones, movimientos incontrolados y demás, pero si no conviven en sociedad no hay manera de educarles. 

Eso fue lo que les debió ocurrir a esos 6 chavalotes de entre 20 y 30 años que se pusieron a nuestro lado en la playa el otro día. Con su balón de reglamento daban patadas sonoras frente al lugar donde estabamos nosotros con nuestros niños, que miraban atónitos el despliegue de gilipollez supina de los colegas. Toda la tarde nos tuvieron vigilando para que no nos dieran un balonazo ni a nosotros ni a nuestros hijos. Y cuando acababan con el puto balón, pasaban a las paletas. 

A todo esto, nos dimos cuenta de que, dos sombrillas más allá había un grupo de chicas bastante monas. Dedujimos que todo ese despliegue machuno se debía a ellas. Ellos intentaban por todos los medios llamar su atención. La familia que estaba a nuestro lado estaba bastante incómoda también por el despliegue de medios de los 6 galanes y acabaron marchándose. Solo les quedábamos nosotros para lograr su objetivo, y sus juegos de pelota se intensificaron. De repente, las chicas, que pasaban de ellos de manera evidente, recogieron sus cosas y se marcharon. ¡¡¡Oh, pobrecitos, cómo se desinflaron!!! Ni balón ni paletas podían consolarles. Criaturas. Al rato recogieron también sus cosas y se marcharon. 

PAZ. Eso sí que era paz. Y es que los adultos no nos damos cuenta de lo molestos que podemos llegar a ser. O sí, pero como a nadie se le va a ocurrir pedir que los sitios sean libres de gente maleducada, pues así andamos, creyendo que la paz nos la da la ausencia de niños y niñas. A mí me gustaría, por pedir, un mundo ausente de forofos del futbol, de domingueros, de gente que hace balconing, de adultos que se toman dos copas y se creen los dueños del universo, de locos del volante que te acosan en la autopista, de rabaneras y de gente escandalosa en general. Pero este es el mundo en el que vivimos es una cuestión complicada encontrar el sitio ideal sin tener que excluir a nadie. En los 80 no dejaban entrar en las discotecas si llevabas calcetines blancos o deportivas. Siempre me llamó la atención ese tema, no sabía si era una leyenda urbana y cuáles eran las motivaciones. Quizás era la forma de que los sitios fueran Friki Free o de marcar las diferencias de clase. Qué asco. 

La última hipótesis que he elaborado es que, más allá de la búsqueda de la paz, lo que quiera alguna gente que buscan sitios Child Free es que no les quiten el sitio en el tobogan ni en las camas elásticas. Es inadmisible que los niños y niñas acaparen toda la atención que le corresponde a una generación de treintañeros y treintañeras que se niegan a abandonar su infancia. Y yo lo entiendo: es duro tener que competir con mis hijos para usar la nintendo y la play o para elegir la película del Netflix. Nos obligan a dejar de ser niños y niñas demasiado pronto y les miramos con recelo, envidiando su capacidad de disfrute y su deshinibición. Quizás deberíamos permitirnos más a menudo actividades de niños y niñas. No hace faltan que desaparezcan las criaturas para existir nosotras, las adultas, en todo nuestro esplendor.

#VDLN 108: La Mala Rodríguez/la niña


Creo que ya le dediqué un VDLN hace tiempo, pero Mala Rodríguez merece más. Merece ser escuchada y comprendida. El otro día íbamos en el coche toda la familia y sonaba su canción La Niña. Es una carga de profundidad. El Rap lo es siempre, y si encima lo canta una mujer como la Mala, la fuerza es arrolladora. 

Me pregunté si era bueno que los niños escuchasen esa canción (los pequeños, se entiende). ¿Debería ocultarles que existen niñas que se ganan la vida vendiendo droga? ¿Que se pueden comprar un montón de caprichos gracias a eso? ¿Que llevan pistola para protegerse, para que no les vuelva a pasar?

Por ser mujer, llevaba pistola, 

ya sabes, pa no sentirse sola 

a nadie le gusta que le jodan 

siempre tu tienes que pensar dos veces 

Quien se come la mierda cuando aparece 

si sales de allí es porque tienes suerte 
pa otra vez tendré mas cuidao, 

mamá, ire con gente 

No creo que sea más educativa la música de Justin Bieber, de Selena Gómez, de las Sweet California o de los Gemelier. La Mala es dura, la mala vive en un mundo peligroso y difícil. Los hombres que rodean a la mala no son tiernos adolescentes que comparten en IG la foto de su angelical novia. No son indies de barba tupida, munstangs y quejidos melódicos. Son tipos duros con tatuajes y chalecos, chicos que rapean con la mala y la increpan, que beben con ella y la piropean. 

Pues esto es lo que hay, música de barrios bajos. Música desde abajo. Sin disfraces, sin melodías tiernas que oculten el cieno. También escuchamos estas porque existen y no queremos que desaparezcan de nuestro punto de mira. Y porque no hablan de la vida de princesas y príncipes del pop. 

La ropa de mis hijos

Agustina Alonso https://flic.kr/p/7AuspH


Cuando fui madre, tuve muy claro cómo no iba a vestir nunca a mis bebés. También tuve claro que la elección de una imagen personal es importante, así que nunca he coartado sus gustos y han elegido su ropa en la medida de lo posible. Cuando nacieron, algunas personas tuvieron el detalle de regalarnos peleles de esos que dejan los muslos al aire con camisas de cuellos bordados. Nunca los estrenamos. No me hacía a la idea de ir con un carrito habitado por dos repollos. Más adelante, mi hija desarrolló el gusto por los vestidos largos, rojos “preciosos” y se iba al colegio con ese vestido de nido de abeja y vuelo imposible. A mi me daba un poco de cosa, pero había pasado unos meses en los U.S.A. y me había gustado ese “dejar hacer” a los niños y niñas en cuestión de vestuario. Así que le dejaba hacer y crearse su propia identidad. 

Yo la verdad es que de moda he sabido siempre de poco a nada. Nunca me he preocupado por las marcas y he priorizado la comodidad sobre eso que llaman “elegancia”. Todo ello unido a que no tengo que ir a eventos de esos en los que la gente se disfraza convenientemente y compite por ver quién es el mejor vestido ha hecho que la camiseta de 3 euros y los vaqueros sea mi vestimenta más común. Por eso, nunca les pediré a mis hijos e hijas más de lo que me exijo a mí misma en ese aspecto. Así las cosas, la verdad es que es una ventaja, ya que me salen bastante baratos. 

Por todo esto, siempre he pasado bastante de puntillas por las imágenes de niños y niñas maqueadas como para ir de fiesta. Me horroriza ver a las niñas en los parques con pantys de esos en los que se hacen carreras y a sus madres gritando detrás de ellas para que no se manchen el vestido. Cuando veo fotos de niños y niñas posando para la cámara, me imagino que eso requiere de una intervención sistemática desde el nacimiento, en el que la ropa ha tomado un lugar relevante desde el minuto 1, empezando con el vestido de bautismo, la capota blanca y la esclava de oro. 

Mis hijas/os van vestidos de la misma forma el lunes y el domingo. Por eso, a mi hija le sorprendió mucho que una de sus amiguitas del cole le dijese, mirando con desprecio su ropa, que ella iría muy mona, pero que su ropa de los domingos era mucho mejor. Me lo contó sorprendida, sin comprender. Un día nos encontramos con la amiguita vestida de domingo: abrigo de paño, vestido de enaguas (perdonad que no sea más precisa, no conozco los términos exactos) y lazo de raso en la cabeza. Cosas que en la vida mi hija hubiese escogido para vestir un día de fiesta. 

Y luego está la querencia del pequeño por los chandal y las deportivas. Para todo. Solo osa llevar otro look en los conciertos y las audiciones de la Escuela de Música. Y es un tremendo sacrificio para él. La verdad es que es la mar de cómodo no ser esclavos de los cinturones, los zapatos castellanos, las camisas y las chaquetitas. Los chandal combinan perfectamente en un toque de mano en el cajón. 

Por todo ello, lo de juzgar a la gente por su aspecto exterior, sin fijarse en su discurso, en su lenguaje, en su filosofía, etc., pues nos parece bastante engañoso. Las personas “bien vestidas” lo único que tienen de diferente es más dinero invertido en las telas que llevan encima. Por debajo, todas y todas somos lo mismo: monos y monas desnudas con las mismas funciones fisiológicas. Lo demás, pura vanidad. 

No va sobre crianza ni sobre respeto


Seguro que alguna vez os habéis cruzado por las redes sociales con gente que se autoproclama defensora de la Crianza con Respeto (CR). Hasta ahí, todo correcto. El respeto es algo precioso y necesario en las relaciones con nuestros hijos e hijas. Y fomentar la atención cuidadosa hacia nuestros comportamientos en la crianza es muy útil, sin duda, en una sociedad en la que el maltrato a la infancia está normalizado. 

Sin embargo, existe un grupúsculo de madres, que se dicen abanderadas de la CR, que siembran el caos y el desencuentro en las redes sociales. Atesoran bloqueos de cuenta, disputas épicas en hilos kilométricos que duran días y días, tanto en sus muros como en grupos de Facebook. Su afán parece ser la defensa a ultranza de los niños y niñas. Sin embargo, todo se tuerce cuando sus intervenciones toman un tinte mesiánico que te conmina a reconocer tus errores, a flagelarte en público como madre que calló en las garras de la sociedad enferma, a penar día tras día por todo lo que el mundo tiene de malo y de adultocéntrico y de podrido. Y mira, lo tiene. Pero hay ocasiones en que el mundo es maravilloso, las personas que te rodean son amorosas y los niños y las niñas son felices. Y vas tú, pobre de ti, y se te ocurre comentar lo maravillosa que es la vida. O decir que no es tan mala, oye tú. Ahí pierdes puntos como criandera con respeto. No te importa una mierda, pero los pierdes y además lees durante días estados del Facebook dedicados a tu disonancia cognitiva, a tu coraza de hierro y a todo el odio que encierras. 

Si reconocéis todo esto, es que habéis estado cerca de uno de estos grupúsculos de Maternidad Punky, como dice una amiga mía. Y si lo estáis, sabréis que tenéis que ir con pies de plomo con lo que os atrevéis a decir en las redes, no vaya a ser que alguna Pussy Riot de la crianza se de por aludida y tergiverse lo que habéis dicho para convertirse en la mártir de la CR, una víctima maltratada por sus ideales excelsos, por la pureza de sus creencias y por todo el amor que va dejando a su paso. Si esto sucede, tendréis que aguantar falta de respeto tras falta de respeto. Porque ellas, las damas blancas (ups perdón, blancas no, mejor… ¿rosas?) de la crianza, son muy respetuosas con los niños y las niñas, pero a los demás seres humanos les pueden dar mucho por culo. Te insultarán, te difamarán, incluso se permitirán mencionar a tus hijos e hijas en un alarde de sinvergonzonería nivel superior. 

Esta es una de las cosas que mejor saben hacer estas señoras: hablar de los hijos e hijas de otras personas. Se creen con el derecho de decir quién lo hace bien y quién lo hace mal. Se erijen en jueces sumarísimas de mujeres que pasaban por ahí y tuvieron la insensatez de comentar de manera natural algo sobre su vida cotidiana o algo que les pasó en la crianza de sus hijos. Cuantas mujeres no habrán caído en esa trampa y habrán salido dañadas de esas disputas sin sentido, que solo buscan herir al adversario para conseguir la auto-afirmación del grupo. 

Ya con mis hijos mayores, la verdad es que me paso por el forro lo que me diga ese grupúsculo. Ahora andan diciendo que no me arrepentí de aplicar el método Estivill. ¿Pero quién coño son ellas para hablar de mi vida? ¿Quiénes son ellas para hablar de la vida de cualquier madre? Independientemente de que el método Estivill me parezca una basura con la que un sinvergüenza se lucró, ¿qué derecho tienen estas señoras a decirle a nadie que se arrepienta humildemente de lo que hizo? Y lo peor es que, aunque yo me lo pase por el forro, estas actitudes de secta mesiánica con su gurusa a la cabeza hacen daño a muchas mujeres que están en momentos muy vulnerables de su crianza. Eso no me da lo mismo. Eso me cabrea mucho: que en nombre del respeto, un grupo de skinheads de la maternidad se permitan ir repartiendo inquina y mala sangre a diestro y siniestro. Eso sí: las malas somos las demás, que tenemos los ojos cerrados a la verdad, nuestra herida primal sangra y no somos capaces de ver la luz que ven ellas, las salvadoras de los niños y las niñas en un mundo de adultos rapaces y crueles. 

No me da la gana callarme

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Hola chicas. Que venía por aquí para deciros que estoy un poco harta de que, cuando se monta un escándalo, me preguntéis “¿Qué has liado ahora?” Sobre todo porque yo no lío nada: a mí me la lían. Y es que estoy más que harta de no poder expresarme en mi propio muro de Facebook y en mi Twitter. Estoy harta de la Santa Inquisición, de las personas que no toleran que pienses diferente a ellas y que si lo haces te acusan de:

– No contribuir a la revolución (como si yo fuese necesaria y estuviese contraviniendo las normas de un grupo armado)

– No haber completado mi camino espiritual (como si me importase una mierda lo que pienses de mi evolución kármica)

– Regodearme en su dolor y su desesperación por una vida plagada de demonios y dificultades (como si no tuviese otra cosa que hacer)

– Ser poco respetuosa con mis hijos y por extensión, con la humanidad entera (como si supiesen algo de mi vida y sus circunstancias)

– Lucrarme con la Crianza Respetuosa (esto es lo más curioso, en la vida me he dedicado a nada parecido y menos de manera lucrativa, cosa que algunas de la Santa Inquisición no pueden decir)

– Ser poco tolerante y no dejar que me lleven la contraria en mi muro (cuando no han dado un solo argumento para apoyar su postura y se limitan a despotricar y buscar apoyo en su grupo)

– Ser una pandillera que acosa a las pobres madres conscientes (cuando yo no me muevo de mi sitio, mis estados son privados y no me apoyo en un grupo que insulta y difama a la gente que no piensa como yo)

Mirad chicas, estoy harta de que el mundo de las mamás 2.0 sea un entorno desquiciado de neuróticas que están todo el día quejándose y peleándose. Y no me da la gana callarme. No me da la santa gana. Harta estoy de tener miedo a expresarme y a decir lo que pienso sin que venga alguien a agredirme. Si tienes algo que decir, lo puedes decir con respeto. Y deberías también respetar que alguien diga lo que le venga en gana en sus espacios privados. Si te sientes atacada y agredida, no tengo inconveniente en que lo hablemos y aclaremos las cosas, no suelo tener intenciones agresivas a no ser que necesite defenderme. Pero voy a decir lo que pienso cuando me venga en gana. Porque las ideas están para ser debatidas y comentadas y a veces puede que no estemos de acuerdo: es ley de vida.

Dejad de sentiros juzgadas y criticadas cada vez que leáis algo que va en contra de vuestras ideas. Y si no os gusta lo que digo, como lo hago en mis espacios privados, podéis salir de ellos cuando os venga en gana. Así contribuiremos a que la gente no vea este mundo de las mamás 2.0 como una panda de energúmenas que se dedican a pelearse de la manera más rastrera y malintencionada. Nos haremos todas un favor.