Ya no quiero verte más

En la “vida real” elegimos en cierta manera las personas con las que nos relacionamos, sobre todo cuando vivimos en una gran ciudad. Cuando yo vivía en Madrid, habitaba en un barrio al que, a partir de mi ingreso en el instituto, solo iba a dormir. Tenía conocidos/as pero pocas posibilidades de cruzarme con ellos/as. Por tanto, la gente a la que veía regularmente era más o menos fija y en dos o tres contextos diferentes en los que me solía mover.

Sin embargo, la vida en una pequeña ciudad es muy distinta: en cualquier momento te puedes encontrar a cualquier persona (grata o non grata) en una actividad distinta a aquella en la que la sueles tener situada. Y tienes que estar preparada para ese momento, si te has criado como urbanita. Ahí es cuando echas de menos el cómodo bloqueo feisbukiano: ya ni te veo ni me puedes ver, aunque… esos espacios en blanco en una conversación sean una locura. En la vida real no se puede hacer eso, así que, o te tragas a la persona en cuestión y tratas de ignorarle con la mayor elegancia posible o dejas de ir a los espacios que ella frecuenta.

Imaginad que pudiésemos bloquear en la vida real (tienen que hacer un episodio de Black Mirror sobre este tema YA). Llegamos a un evento y vemos como un grupo de personas contestan al aire y miran a un hueco vacío. Entonces sabemos que ahí hay alguien que nos ha bloqueado o a quien hemos bloqueado. Llegamos, saludamos y nos ponemos a hablar u optamos por pasar de esa interacción incómoda para todo el mundo, en la que van a existir disrupciones de significado, seguro. Pero ¿qué ocurre en la vida real? Pues optamos bien por enfrentarnos a la situación incómoda y seguir interactuando en un sitio en el que tenemos derecho a estar, aunque haya una persona con la que hemos tenido un conflicto, o bien por autoexcluirnos de esa interacción y dejar de ir a ese sitio.

Lo que es digno de análisis son las razones por las que bloqueamos en las redes sociales en comparación con la vida no virtual. Desde luego que si vamos por la calle y una pava viene a increparte, a juzgarte por lo que has dicho en x o en y grupo, a insultarte o a contestarte a cada cosa que dices en cualquier sitio, llamas a la policía para que te la quiten de encima. En este caso, el bloqueo de las redes es una opción sana y limpia que puede prevenir que la obsesión y el acoso, fruto de una interacción virtual mal entendida, se convierta en un problema crónico.

Por otra parte, en mi vida no virtual yo elijo con quién interactuar. Si hay una persona que me incomoda, porque hemos tenido un conflicto o porque no me gusta su forma de actuar, intento no mezclarme con ella. Eso no es óbice para que evite interactuar con las personas que tenemos en común. En el mundo virtual, este tipo de bloqueo es preventivo y muy útil. Puedes anunciarlo o no, pero desde luego en algún momento la gente se va a dar cuenta de que ha sucedido. En todo caso, para eso está la opción de bloqueo: para evitar situaciones incómodas y estresantes.

En tercer lugar, imaginad que estamos debatiendo pausadamente con una persona, y vienen treinta palmeros/as a increparnos, sin argumentos y usando ataques personales. En el mundo real, esto sería una situación clara de acoso. En el mundo virtual, puedes bloquear a los palmeros y a las palmeras y seguir debatiendo con la persona en cuestión, si es que tienes interés en dicha conversación. Sin embargo, la persona en cuestión igual se lo toma a mal, porque contaba con el apoyo de ese grupo de incondicionales que le hacen tener razón sin esforzarse mucho.

En definitiva, la interacción en redes es algo muy reciente, en comparación con la interacción cara a cara, la cual se lleva depurando y desarrollando milenios. Los recursos que nos ofrecen estas redes modelan nuestra interacción, igual que nuestra capacidad fonadora, auditiva y de expresión facial modela nuestra interacción “real”. Es ahora cuando estamos desarrollando las normas (no escritas) de cómo comportarnos en este mundo escrito, de emoticonos, reacciones, megusteos y bloqueos. No podemos pretender que todo el mundo comparta las mismas normas que nosotras consideramos son las adecuadas para relacionarse en las redes sociales. El que una persona no le de al me gusta a un comentario puede querer decir muchas cosas, y si nos emperramos en hacer interpretaciones de estos pequeños gestos podemos entrar en un bucle muy peligroso. Por ello, relajémonos. Siempre van a existir tensiones en los grupos y, sorprendentemente, siempre vamos a encontrar la forma de hacerlo notar. Pero no podemos imponer usos de una herramienta interactiva de forma unilateral: esos usos se van conformando con el tiempo y es cuestión de que las personas usuarias lleguen a acuerdos tácitos y acordes con el respeto a los demás.

Se me ha quedado en el tintero el tema de los pantallazos: una persona hace captura de pantalla para comentar la jugada en un espacio ajeno a la interacción original, exponiendo a la persona que interactúa sin que ella lo sepa. En el mundo 1.0 tenemos el correveidile, que es algo parecido. Reproducimos en otros espacios y fuera de contexto lo que ha dicho otra persona. Es lo que se llama, en términos vulgares, “hacerle un traje” a alguien. Y sí, esos son actos de gente cotilla y malintencionada. Pero ojo, tan malos son los pantallazos como el cotilleo tradicional, que nos lleva a pasamos una tarde hablando de alguien sin que ella (normalmente es ella) se pueda defender. Por eso, una cosa importante a aprender es a detectar la seguridad de un espacio, a pedirla y a ejercerla. Nada puede salir de un grupo cerrado: esa es una norma no escrita que deberíamos aplicar a todas nuestras interacciones, tanto virtuales como cara a cara. Por respeto.

Katharine Graham y la Wiki

Ayer fuimos a ver la última de Spielberg, Los papeles del Pentágono, que cuenta la historia de una mujer que tuvo que ponerse al frente del periódico de su padre cuando su marido, Phil Graham, que se había dado al alcohol y había pillado una depresión, se suicidó. Katharine Graham tomó la presidencia del Washington Post, que le correspondía por derecho propio. Ella era periodista, pero su padre pensó que una mujer no podía ocuparse de tamaña empresa.

Meryl Streep hace, como siempre, una interpretación magistral y nos muestra a una mujer abrumada en un mundo de señores con corbata que se vio envuelta en uno de los episodios más fascinantes de la historia de la prensa: la publicación de un informe secreto en el que se detallaban todas las mentiras que los políticos habían vertido durante 6 años sobre las visicitudes de la guerra de Vietnam. Ella tomó la decisión decisiva de que su periódico publicase datos del informe bajo una amenaza de la fiscalía del estado.

Pero no, no vengo a hablar aquí sobre las relaciones entre WikiLeaks, los papeles del Pentágono y el Watergate. Vengo a hablar de la forma en que la Wikipedia en español trata a Katharine Graham. Os cuento los pasos que di hasta llegar a su curiosa biografía.

En primer lugar fui a la entrada del Wasingthon Post, en donde se cita en varias ocasiones a Graham. Pero yo fui directamente a ver quién era el director del periódico. Una mujer, ¡sorpresa! Katharine Weymouth, cuyo nombre no tiene ningún hipervínculo para navegar y saber de ella, así que la googleo. Y no, renunció a su cargo en el Post en 2014. Pero voy a ver quién es su familia. Claro, como no podía ser de otra forma, es la nieta de Katharine Graham. Ay, esa manía de tomar los apellidos de los maridos y que los de la madre desaparezcan nos lía siempre.

Pero la mayor sorpresa me la llevo cuando leo la biografía de Katharine, la abuela. Soy bastante morbosa, lo reconozco, y si pone que murió por accidente, pues me gusta saber qué accidente fue ese. Así que me voy a la biografía de la Wikipedia de Katharine Graham y pasa lo siguiente: Su biografía se compone de cuatro párrafos. Ya sabemos que Spielberg no ha acudido a la Wikipedia para documentarse, pero más escueta, imposible. En el primer párrafo se habla de sus orígenes, un padre banquero y una madre (¡sorpresa!) periodista. En el segundo se cuenta que estudió periodismo y que entró a trabajar en el San Francisco News, hasta que su padre compró el Washington Post en una subasta. En el tercero cuenta que se casó con Phil Graham, abogado. Abogado, no periodista. Y lo que sigue es premonitorio: “…obtiene pronto la confianza de su suegro, …que le ofrece el puesto de director del periódico. Esta elección fue realizada en detrimento de su hija al considerar que el cargo no era el adecuado para una mujer. Katharine Graham pasa a un segundo plano.”

El cuarto párrafo, el más extenso, nos cuenta la vida del marido y su muerte por suicidio. Y fin. Nada más sabemos de Katharine Graham. Ha quedado en segundo plano desde que su padre decide dejar la dirección de un periódico a un abogado en vez de a una periodista. Así que me quedo sin saber cómo murio Katharine (en realidad no, seguí buscando información, esta vez en inglés.)

En fin, que os animo a ver la película, en la que resoplaréis en más de una y de diez ocasiones. Spielberg ha sabido reflejar el mundo #StopSeñores a la perfección, entre el humo de sus cigarrillos, sus camisas, sus corbatas, sus canas, sus trajes oscuros. Y Meryl Streep nos hace sentir el síndrome de la impostora con cada gesto, cada silencio, cada sapo que se traga. Y si os animáis a editar la wikipedia para solventar el descalabro biográfico y hacer que la biografía de Katharine Graham sea la suya y no la de su marido, sería estupendo.

#VDLN 148: El feeling es el feeling

Hoy estaba yo por poner algo de Ólafur Arnalds o de Sigur Rós, pero no hay manera. Hoy no tengo el feeling para el aire del intelecto. Hoy estoy más en la tierra y en la sangre, así que ahí va un vallenato bonito. Que a ver: no todo es reaggeton. Hay distintos géneros de música y baile latinos. Carlos Vives, colombiano, es conocido por popularizar el vallenato y la cumbia y fusionarlos con el pop. Y a mí me encanta desde los 90. Por esa época, tuve una amiga colombiana (a la que añoro mucho y con la que siento haber perdido el contacto por mi mala cabeza) que me enseñó muchas cosas, pero entre otras, me enseñó a bailar vallenato.

Cuánto siento haberte perdido de vista, mi negra. Si llego a saber que te iba a añorar tanto, te hubiese cuidado más, te hubiese mimado más y habría aceptado tus mimos. Ese merengue colombiano que tanto me empalagaba. Es muy triste que, cuando aprendemos las cosas, sea demasiado tarde. Ahora valoro a la gente que te da su alma, que tiene los sentimientos a flor de piel, que es fiel, delicada, amorosa y va con cuidado para no ofender a la brisa.

Bailando se van las penas, bailando no te olvido y te llevo siempre dentro de mi corazón. Allá donde estés, esta va por ti, negra bella.



Las señoras feministas y el placer de amamantar;

En un metanálisis publicado en enero de 2016 en The Lancet, un grupo de investigadoras e investigadores de distintos países concluye que la lactancia materna protege de las infecciones, reduce el riesgo de padecer obesidad y diabetes y está relacionado con un mayor índice de inteligencia en los niños y niñas, mientras que reduce el riesgo de padecer cáncer de mama y de ovarios y diabetes tipo 2 en las mujeres que amamantan. Según este estudio, se podrían prevenir nada más y nada menos que 823.000 muertes anuales de niños/as menores de 5 años y 20.000 muertes anuales debidas al cáncer de mama.

Sin embargo, las mujeres damos poco de mamar. Muchas porque no quieren. Pero muchas más, porque han visto fracasar sus intentos de lactancia. Muchas mujeres se quejan de que se han visto presionadas para amamantar a sus bebés: tal es el celo con el que a veces el personal sanitario se toma su labor de promoción de la lactancia materna. Sin embargo, otras se lamentan de la escasa o nula información, incluso de la desinformación que les conduce a perder su producción de leche.

Lo que sentimos nosotras en relación a nuestros pechos y el amamantamiento es muy importante. Porque se trata de nuestros cuerpos, de nuestro tiempo, de nuestra vida y de nuestros hijos e hijas. Pero ten cuidado: sentir placer está prohibido. Puedes sentir una gran tristeza por no haber logrado amamantar a tu hijo/a, o un gran alivio por haber decidido retirarte la leche tomando pastillas. Puedes sentir alegría por ver a tu hijo/a succionar alegremente de un pezón o de una tetina. Pero no: no puedes sentir placer.

A principios de los 90, una joven madre estadounidense, Denise Perrigo, llamó a un número de información para contactar con la Liga de la Leche. La pregunta que quería hacer, y que le transmitió al voluntario que atendió la llamada fue si era normal sentir placer sexual mientras amamantaba a su hija. El voluntario, en vez de darle el teléfono que había solicitado, le dio el número de atención de crisis en casos de violación. Los servicios sociales le quitaron a su hija de 2 años, a la que no pudo recuperar hasta un año después. Todo esto hubiese sido innecesario si nuestra sociedad conociese más a fondo la fisiología de la lactancia materna y reconociese a la madre como un ser sexual. Sí, sentir placer al amamantar es normal. Y no, no somos unas pervertidas: nuestro cuerpo está diseñado para amamantar a los bebés que parimos, y que mejor forma de asegurar nuestra supervivencia como especie que hacer que la lactancia sea un acto placentero.

Sé que, desde el feminismo hegemónico (parafraseando a Patricia Merino), hay cierta tendencia a llamar Iluminati y a tratar con desprecio a las mujeres que optan por una lactancia prolongada. Se tiene la idea de que la única función del amamantamiento es su función nutricia. Las madres nos vemos, desde esta perspectiva, encasilladas en determinados estereotipos tradicionales. Desde el imaginario hegemónico, las mujeres que optan por una lactancia prolongada son esclavas del patriarcado que han abandonado sus carreras y dependen de sus parejas masculinas para sobrevivir. Pero, paradójicamente, este mismo feminismo hegemónico arremete contra las mujeres que desarrollan negocios que les permiten trabajar desde sus casas para atender a sus hijas e hijos sin tener que depender de los horarios esclavos y los bajos sueldos que predominan en el mercado de trabajo.

Las investigaciones sobre la prevalencia de la lactancia materna (en adelante, LM) señalan que, a mayor duración de la lactancia, mayor es el nivel de estudios de las mujeres. Esto pudiera estar relacionado con que las mujeres con más recursos educativos y económicos tienen más posibilidades de acceder a información actualizada y correcta sobre la LM. También podría indicar que las mujeres con condiciones laborales más flexibles pueden optar por amamantar más tiempo, si así lo desean. Por otra parte, no es verdad que haya gran cantidad de mujeres que “abandonan sus carreras” por la maternidad. Yo diría que son pocas las mujeres que hacen eso, y están en su completo derecho, si así lo quieren. Lo que es un verdadero problema en el mundo laboral de nuestro país es que las mujeres siguen estando peor pagadas que los hombres, sufren discriminación por ser mujeres, se les pregunta en las entrevistas de trabajo si tienen pensado tener hijos y trabajan en condiciones nefastas por un sueldo de mierda. Eso son problemas, no que decidan amamantar a sus criaturas el tiempo que estimen oportuno (que, por lo general, no son más de tres meses en un porcentaje elevadísimo de mujeres).

Si dentro de este escenario, además tenemos que soportar que mujeres que se autodenominan feministas nos llamen pervertidas y pedófilas por sentir placer en un proceso fisiológico absolutamente normal, todo esto toma tintes muy retrógrados. Las madres no somos ángeles puros y sacrificados que lo damos todo por nuestras criaturas hasta que nos desvanecemos envueltas en un halo de santidad. Sabemos lo que es el placer y cuándo lo sentimos. Y sabemos que el placer que sentimos cuando amamantamos a nuestras crías no es ese que lleva a cometer violaciones y abusos. Señoras feministas, no sean represoras, no hagan que ocultemos la parte placentera de la lactancia. La succión y estimulación de los pezones produce oxitocina. Y con poco que investiguen verán que la producción de oxitocina está relacionada con la respuesta sexual. Esto no quiere decir que amamantemos para tener orgasmos (vaya chorrada), sino que un porcentaje de mujeres pueden tenerlos como resultado subsidiario del acto de amamantar.

¡¡Buscaos a una pareja adulta que os chupe los pechos!! – han llegado a decir las feministas hegemónicas. Señoras feministas jefas: qué mal gusto, por favor. ¿Quién les dice a ustedes que amamantamos a nuestros bebés por el placer sexual que experimentamos? Obviamente, amamantar no es lo mismo que mantener una relación sexual satisfactoria con una pareja adulta. Amamantar es un acto nutricio de amor. Nuestros bebés se nutren de nuestros pechos, pero no solo eso: también calman su miedo y su ansiedad, se relajan, duermen y juegan mientras succionan. Y no, no es una relación de esclavitud, es una relación de amor. Una mujer que no da el pecho a sus criaturas puede adoptar otras estrategias para conseguir esos efectos, por supuesto. Pero nosotras optamos por la LM prolongada. Y les aseguro que es una opción absolutamente libre, dado que la opción mayoritaria y más aceptada en nuestra sociedad no es la LM prolongada precisamente.

¿Y los hombres? ¿Qué hacen los hombres? (siempre que exista un hombre en todo este tinglado, claro). Pues los hombres pueden hacer muchas cosas. Pueden limpiar, hacer camas, hacer la comida, ir a la compra y un largo etcétera. Además, a partir de los 6 meses, pueden preparar la comida que complementa la LM y dársela al bebé. Porque han de saber que, a partir de los 6 meses, los bebés se alimentan de más cosas. Y cada vez comen más. Cuando decimos que nuestros hijos e hijas han mamado hasta los 4 años, por ejemplo, esto no quiere decir que mamen durante todo el día (o durante toda la noche) como hacían de recién nacidos. Un niño o una niña de 4 años come bastante, se alimenta de lentejas, arroz, filetes, potajes y cocidos. Y toma leche materna, si quiere y si su madre le deja, en algunos momentos del día o de la noche.

En fin, que dar la teta no es el demonio que esclaviza a las mujeres. El demonio del patriarcado es mucho más grande y más estructural. Ese demonio tiene una faceta que pretende negar nuestra capacidad de nutrir, poniendo en el centro de nuestras vidas nuestra capacidad productiva para el sistema. La LM y el parto no medicalizado (sobre el que también podríamos hablar largo y tendido) no vienen a destrozar nuestras vidas como mujeres que disfrutan, salen, trabajan y leen aunque tengan hijas/os. Pueden hacer todo lo contrario: facilitar los cuidados y permitirnos disfrutar más y mejor. Pero bueno, eso ya lo he contado en otras entradas de este blog.

Antisororidad

Muchas de las mujeres que conozco hablan de un historial de abusos de distintas dimensiones desde su adolescencia a manos de sus compañeros masculinos. He de decir que, teniendo clarísimo que su experiencia es real y suya, la mía no ha sido así. Prácticamente todos mis recuerdos de sufrimiento en la infancia y la adolescencia están ligados a mi interacción con mujeres. Y el poso que han dejado esas experiencias es el de una irónica incredulidad hacia la bondad femenina.

Cuando entré en la adolescencia, el acné se convirtió en una de mis mayores preocupaciones. Al recordarlo, todavía siento en el corazón el malestar que me producía ver mi cara enrojecida y llena de pústulas. Todas las personas que han sufrido de acné saben que es muy difícil de tratar, y que solo resta esperar y cuidar para que no se desboque. Los tratamientos a base de vitamina A no existían por aquel entonces. Además, tener a una persona encima todo el día diciéndote que tienes granos (y yo la tenía) tampoco ayuda: lo sabes porque te miras todos los días al espejo.

Por aquel entonces, yo estaba apuntada a un grupo Scout en el que convivía con un grupo de chicas de mi edad. Como en muchos grupos de chicas, había un subgrupo de lideresas que controlaban todo lo que se hacía y decía, cómo se pensaba, los chascarrillos y los objetitos de moda, etcétera. Yo nunca he sido una gran follower, así que nunca me integré del todo en ese grupo ni labré grandes amistades… aunque sí me llevé grandes disgustos.

Todo esto hay que entenderlo bajo el prisma de una adolescente de 16 años, temperamental, estudiosa, tímida y con pocas habilidades sociales, con una familia conflictiva y muy poco apoyo en el desarrollo de la propia identidad. En estas circunstancias, estás deseando ser aceptada en un grupo. Así, si un día estas chicas tan populares y dicharacheras te proponen como candidata en un concurso de belleza, pues te pones tan contenta. No piensas que en realidad son unas verdaderas hijas de puta que lo único que quieren es reírse a tu costa.

Pues así sucedió. La verdad es que no tengo claro cómo comenzó todo, porque al ser la víctima de la broma era lógico que no estuviese en los preparativos. En ese grupo teníamos el privilegio de poseer dos chalés prestados por la iglesia para nuestro esparcimiento. Los sábados los usábamos para celebrar las reuniones y las actividades del grupo y el domingo lo pasábamos jugando a las cartas y charlando sin supervisión adulta o, a lo sumo, junto a personas algo mayores que nosotras que no tenían mucha más conciencia.

El caso es que un domingo, cuando llegué, lo tenían todo preparado. Un concurso de belleza en el que se votaba entre todos el rey y la reina del grupo. Hicieron un paripé y salí yo y un chico que era famoso por su fealdad. Pero ser feo siendo chico no tiene nada que ver con ser fea siendo chica. Él era una persona integrada en el grupo, y sus amigos no le ocultaron que todo era un gran chascarrillo. Ahí la única tonta que solo se dio cuenta de todo el montaje cuando la subieron para que saliese al balcón a saludar con una corona de flores era yo.

En esos momentos te tienes que reír, porque si encima te haces la ofendida, quedas fatal. Pero todavía recuerdo sus carcajadas, allá abajo, y yo asomada al balcón del segundo piso del chalét. La vergüenza me duró años, y nunca se volvió a hablar de ese evento. Lo que para ellas fue una gracieta, para mí fue motivo de gran tristeza. Estuve llorando varias semanas, pero cuando quedaba con ellas, seguía como siempre, haciendo como si nada hubiese pasado. Ese es el gran recuerdo que tengo de mis amigas de adolescencia.

El tiempo pasó, pero lo que fui aprendiendo en cada uno de los contextos en los que he convivido con mujeres es que no debo esperar nada de nadie. El siguiente suceso traumático fue cuando llegué a la Universidad. En los primeros meses me hice amiga de un grupo de chicas que para mí eran como agua de mayo. Eran aire fresco, otro entorno, otras formas. Pero cuando saliero las notas de los primeros exámenes parciales y vieron que yo había aprobado todo y ellas habían suspendido, me dejaron de hablar. Sí, en aquella época no había ley de protección de datos, y aunque yo intenté ocultar mi éxito académico, de nada sirvió.

Estas experiencias tempranas con grupos de mujeres me han dejado un caracter independiente, solitario y desconfiado. Y no soporto las bromas. He tenido más decepciones que alegrías con mis amigas mujeres, aunque las pocas alegrías que he tenido han sido maravillosas. Todo esto hace que no me crea lo del rollo de la sororidad. He encontrado muchas peores personas en el género femenino que en el masculino a lo largo de mi vida. Seguramente mis traumas tempranos tengan algo que ver en esta percepción. Pero, claro, las esperiencias tempranas son las que nos marcan a fuego.

#VDLN 147: Morrissey (Spent the day in bed)

Ser adulto es una condena. De repente, te buscan para pedirte cuentas de la vida de otros, y tú, en vez de seguir fumando un canuto, tirada en la cama, buscando placeres ociosos y etéreos, saltas accionada por un resorte y te pones en pie. No hay escapatoria: tus deudas no están anotadas en ningún libro, pero la huida no se contempla como alternativa.

Noticias, llegan noticias. E intuyes que el mundo, dentro de poco, dejará de ser como tú lo conoces y dejarás de formar parte de él. Se reirán de tus ideas anticuadas, ideas de vieja en las que el mundo sigue siendo una mierda, pero al menos Internet funciona con una tarifa plana y la gente, si quisiera, podría indagar otras verdades en las ventanas abiertas de ceros y unos. Ceros y unos. Ceros y unos….

No quiero ser responsable de su desilusión. No quiero decirles que todo es una gran mentira. Solo quiero pasar todo el día en la cama y disfrutar de la nada. Porque de la nada venimos, y algún día, toda esta maraña de absurdas ideas se desmoronará y seremos pobres, pero libres.



Tipos de anonimato en las redes

Una que ya lleva mucho tiempo paseándose por las redes sociales (RR.SS.) se escama cuando, por enésima vez, el opinólogo de turno arremete contra el anonimato porque no tiene argumentos sólidos. A ver, señor, cuentas anónimas en las redes hay a patadas. Ya sabemos las que a usted le molestan, que son básicamente las que le sacan la vena del cuello. Pero quizás si fuese capaz de argumentar sosegadamente, no lo pasaría tan mal.

Por otra parte, ha de aprender a diferenciar los tipos de anonimato en las RR.SS. No es lo mismo una cuenta anónima con 19 seguidores que surge de repente y acude a insultar y a mofarse de sus tuits (de esas, yo tengo bloqueadas un montón) que una cuenta que lleva detrás un blog de varios años de antigüedad, un personaje que escribe en un periódico o o que ha escrito un libro, o una que maneja un profesional, y que expone argumentos educativos sensatos y sólidos. No, no es lo mismo. Y no se puede arremeter contra esas cuentas como si todo lo que dicen, han dicho y dirán no será válido si no se publica con el DNI en la boca.

A lo largo de la historia, el anonimato ha cumplido muchas funciones. Una de ellas es protegerse de las hienas que no dudarían vengarse haciendo daño. Porque no me negarán, señores que braman en contra del anonimato, que lo que quieren hacer no es argumentar con nombre y apellidos, sino pasarse tres pueblos haciendo ad hominems y atacando personalmente a la cuenta anónima que les ha sacado de quicio.

Así que no, mire, mejor prevenir que curar. Yo le aconsejo, señor, que se calme y que razone. La ironía y el sarcasmo están ahí para ser usados. Si todo el mundo juega limpio y argumenta con soltura, no hay ningún problema. Y total, para llamarnos madres ignorantes, no hace falta saber cómo nos llamamos.

Por otra parte, es delirante afirmar que hemos creado nuestros perfiles anónimos para lucrarnos. A mí me molesta especialmente que meta a Maestra de Pueblo por medio cuando dice eso, teniendo en cuenta que ha escrito un cómic con mucha gracia en el que ilustra sus aventuras como maestra novata. Escribir es un trabajo y, si está bien hecho, es justo pagar por él y no es obligatorio. Pero en lo que respecta a este blog, en la vida se habrá visto la inclusión de publicidad o la venta de ningún producto en el mismo. Yo me pago mi hosting, señor. Esto es un hobby. Por eso, escribo lo que me da la gana. Y si no le gusta, a mamarla a Parla, como dicen en mi pueblo.

El club de las madres chungas

Este club surge de mano de nuestra amiga Marta, gran administradora del grupo BDD. Y es que hace falta ya. Hace falta, porque esto se está yendo de las manos. Estamos hartas de que se nos infantilice y menosprecie. Estamos hartas de que los profesores megaestrella y sus maestras esbirras en las RRSS nos traten de ignorantes, simples y catetas. Y encima lo hagan desde una presuposición profundamente clasista y machista: que las madres, las pobres, no han tenido tiempo para formarse, no saben nada de educación y navegan por las redes sociales criticando a profesionales excelsos que solo desean el bien de sus hijos e hijas. Incluso que les van a salvar de ellas a los pobres.

Uno de los casos más sangrantes es el del profesor de Enseñanza Secundaria, Pablo Gallardo Poo, que en su libro “Espabila, chaval”, nos pide que imaginemos a una madre abogada que, como no sabe biología, no deduce que el dolor de barriga de su hijo se debe a un simple virus. La pobre madre abogada lleva a su hijo al hechicero más cercano, en vez de darle, dice el profesor Poo textualmente, antibióticos. En este párrafo, incurre en varias estupideces. En primer lugar, creer que hace falta que una madre estudie biología para llevar a su hijo al pediatra. Cuando, seguramente, cualquier madre esté más informada que Poo sobre el hecho de que los virus NO se curan con antibióticos, y sin haber estudiado biología.

En hecho de que las madres (#NotAllMothers) gocemos de tan mala prensa entre los grupos de docentes se debe seguramente al imaginario social de los años 50, en el que las madres eran aquellos ángeles del hogar que horneaban los applepie que humeaban en las ventanas y preparaban el almuerzo al hijo. Ese dulce ser reía de bromas entre hombres que no entendía, cuidaba a los inteligentes machos que traían el pan a casa y nunca se preocupaba por los terribles hechos que relataban los periódicos y la radio. Ellos, que nos tienen en ese pedestal de ser bueno y tonto, de repente se encuentran con que las madres les rebaten sus argumentos, cuestionan su concepto de evaluación por competencias, les afean sus actitudes altaneras y clasistas hacia sus alumnos y las familias de sus alumnos y les piden respeto. Es entonces cuando nos convertimos en MADRES CHUNGAS.

A las madres chungas se les han acabado las manzanas para la maestra. Saben detectar una mala práxis en el entorno escolar en cuanto la ven, y además saben cuándo y cómo pedir un cambio. Saben distinguir la manida hiperprotección de su responsabilidad de velar por los derechos y el bienestar de sus hijos. Por tanto, no se dejan llevar por los sibilinos discursos que nos sitúan como histéricas que van a defender a sus maleducados vástagos. Que a veces, señor profesor, señora profesora, la maleducada es ustéd. Y a veces, nuestros hijos e hijas llegan tan bien educados de casa que no soportan que un señor al que conocen de lejos (y que les conoce de lejos) presuponga que les tiene que increpar para que espabilen.

Yo entiendo que un gremio que ha necesitado que, en algunas comunidades, les eleven a condición de autoridad pública para defenderse de las personas a las que se supone que tienen que educar tiene que estar muy falto de formación educativa. Porque si una madre abogada que no ha estudiado biología corre el riesgo de llevar a su hijo a un hechicero, un profesor que no ha estudiado, digamos, pedagogía, corre el riesgo de educar usando los lemas “la letra con sangre entra“, “la memoria y el conocimiento son lo importante” o “aquí, el que manda soy yo” mientras gritan al cielo que en la escuela se enseña y en la familia se educa.

Las madres chungas no nos callamos. Leemos, nos informamos y sabemos cuándo un libro sobre educación es una joya o una bazofia. Porque formarse, en la edad adulta, y con ciertas competencias de aprender a aprender, tan denostadas por esos profesores de la vieja escuela, es posible. Señor profesor, su pedestal no es tan elevado. Tiene que aprender a respetar a las personas que hablan de educación basándote en argumentos reales y no en falacias de autoridad. Es duro tener que argumentar con madres, con señoras, a las que tan poco conocimiento se les supone en general ¿verdad? Pero todo es acostumbrarse. Y mientras, no le vendría mal estudiar un poco de biología.